Entonces Alí-Nur entró en la bodega, y quedó estupefacto ante lo que

veía. A lo largo de las paredes estaban ordenadas sobre tablas vasijas y

más vasijas de oro macizo, de plata maciza y de cristal, con

incrustaciones de toda clase de pedrerías. Alí-Nur acabó por decidirse,

eligió lo que fué de su mayor agrado, y volvió al salón. Puso las

preciosas vasijas sobre la alfombra, se sentó al lado de Dulce-Amiga,

escanció el vino en copas de cristal con cerco de oro, y Dulce-Amiga y

él empezaron á beber, maravillándose de todas las cosas encerradas en

aquel palacio. No tardó Ibrahim en ofrecerles olorosas flores, y después

se apartó discretamente, como manda la buena educación, cuando se ve á

un joven sentado con su esposa. Y ambos siguieron bebiendo hasta que les

dominó el vino; y entonces se les colorearon las mejillas, les brillaron

los ojos como los de las gacelas, y Dulce-Amiga acabó por desatar sus

cabellos. Ibrahim sintió una gran envidia, y se dijo: «¿Por qué he de

apartarme de ellos, cuando puedo disfrutar de su compañía? ¿Cuándo me

hallaré en otra fiesta tan encantadora como la de ver á estos dos

admirables jóvenes que parecen dos lunas?» É Ibrahim volvió sobre sus

pasos y fué á sentarse al otro extremo del salón. Entonces Alí-Nur le

dijo: «¡Oh señor! te pido por tu vida que te acerques y te sientes con

nosotros.» Y el jeique Ibrahim se sentó á su lado, y Alí-Nur cogió una

copa, la llenó y se la alargó, diciéndole: «¡Oh jeique, toma y bebe!

Verás qué bien sabe, y comprenderás las delicias que encierra el fondo

de la copa.» Pero el jeique Ibrahim respondió: «¡Protéjame Alah! ¿No

sabes, ¡oh joven! que hace trece años que no he cometido esa falta?

¿Ignoras que he cumplido dos veces mis deberes de hadj en la gloriosa

Meca?» Y Alí-Nur, que estaba empeñadísimo en emborrachar al anciano

Ibrahim, viendo que por la persuasión no la lograría, no insistió más;

se bebió la copa llena, la volvió á llenar, se la bebió otra vez, y á

los pocos momentos imitó todos los ademanes de un borracho, y acabó por

echarse al suelo, en donde fingió dormir. Entonces Dulce-Amiga dirigió

una insistente mirada al viejo Ibrahim, y le dijo: «¡Oh jeique Ibrahim!

¡Mira cómo se porta conmigo este hombre!» Y él contestó: «¡Qué

desventura! Pero ¿por qué hace eso?» Dulce-Amiga dijo: «¡Si fuera esta

la primera vez! Pero siempre hace lo mismo. Bebe y bebe, y luego se

emborracha y se duerme, y me deja sola, sin nadie que me haga compañía y

beba conmigo. Y así no le encuentro gusto á la bebida, pues nadie

comparte mi copa, y ni siquiera tengo gana de cantar, porque no hay

quien me escuche.» Entonces el jeique Ibrahim, cuyos músculos se

estremecían al influjo de aquellas miradas ardientes y de aquella voz

armoniosa, le dijo: «Realmente, así no ha de serte agradable beber.» Y

Dulce-Amiga llenó entonces la copa, se la alargó sonriendo, y le dijo:

«Por mi vida te ruego que tomes esa copa y la aceptes por darme gusto. Y

de este modo merecerás mi gratitud.» Entonces el jeique Ibrahim tendió

la mano, cogió la copa y acabó por beber. Y Dulce-Amiga se la llenó de

nuevo é hizo que la bebiese, y luego otra más, y le dijo: «¡Oh mi señor!

¡nada más que ésta!» Pero él contestó: «¡Por Alah! No puedo complacerte.

Bastante he bebido ya.» Ella volvió á insistir muy afable, é

inclinándose hacia él, le dijo: «¡Por Alah! ¡No hay más remedio!» Y el

jeique tomó la copa y se la llevó á los labios. Pero en aquel momento

Alí-Nur se echó á reir y se incorporó bruscamente...

Al llegar á este punto de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y discreta, dejó para la noche siguiente la prosecución de

su historia.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 35.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que Alí-Nur se echó á reir, se

incorporó bruscamente, y dijo á Ibrahim: «¿Qué estás haciendo? ¿No te

rogué hace una hora que me acompañaras, y te negaste entonces, y dijiste

que llevabas trece años sin hacer semejante cosa?» Entonces el jeique

Ibrahim se avergonzó mucho, pero se sobrepuso en seguida y se apresuró á

decir: «¡Por Alah! ¡Nada tienes que echarme en cara! Toda la culpa es de

ella, que ha insistido hasta que ha logrado convencerme.» Entonces se

echó á reir de nuevo Alí-Nur, y lo mismo hizo Dulce-Amiga, que acabó por

acercarse á su oído, y le dijo: «Déjame hacer, y ya verás cómo nos

reímos á su costa.» Después echó vino en su copa y la bebió, escanció

otra á Alí-Nur, que bebió también, y así siguió bebiendo y dando de

beber á Alí-Nur, sin hacer caso alguno del jeique Ibrahim. Entonces

éste, que los miraba asombrado, acabó por decirles: «¿Qué manera es ésa

de convidar á los demás á beber con vosotros? ¿Es sólo para que miren lo

que hacéis?» Y Alí-Nur y Dulce-Amiga se echaron á reir y consintieron

que bebiera con ellos, y así estuvieron bebiendo hasta pasada la tercera

parte de la noche.

En este momento Dulce-Amiga dijo al jeique Ibrahim: «¡Oh jeique Ibrahim!

¿quieres permitirme que encienda una de esas velas?» Y él contestó, ya

medio borracho: «¡Sí; puedes hacerlo, pero no enciendas más que una

sola.» Y ella se levantó en seguida, y no encendió una sola, sino todas

las velas de los ochenta candelabros del salón, y se volvió á su sitio.

Entonces Alí-Nur dijo á Ibrahim: «¡Oh jeique, cuánto me place estar á tu

lado! Confío en que me permitirás encender una de esas antorchas.» Y el

jeique Ibrahim contestó: «¡Bueno; levántate y enciende una, pero nada

más que una! ¡no creas que me vas á engañar!» Y Alí-Nur se levantó, y no

encendió una, sino las ochenta antorchas de la sala y además las ochenta

arañas, sin que el jeique Ibrahim se diese la menor cuenta de ello.

Entonces todo el salón, todo el palacio y todo el jardín quedaron

iluminados. Y el jeique Ibrahim dijo: «Verdaderamente, sois más

libertinos que yo.» Y como ya estaba completamente ebrio, se levantó y

recorrió el salón por uno y por otro lado, abrió las ochenta ventanas,

volvió á sentarse y á seguir bebiendo con los dos jóvenes, y llenaron el

salón con la alegría de sus risas y sus canciones.

Pero el Destino, que está en manos de Alah el Omnisciente, el Entendedor

de todo, el Creador de causas y efectos, quiso que el califa

Harún-Al-Rachid estuviese precisamente á aquella hora tomando el fresco,

á la claridad de la luna, sentado junto á una de las ventanas de su

palacio que daba al Tigris. Y mirando por casualidad en aquella

dirección, vió toda aquella iluminación que brillaba en el aire y se

reflejaba á través del agua. Y no sabiendo qué pensar, empezó por llamar

á su gran visir Giafar Al-Barmakí. Y cuando se le presentó Giafar, le

dijo á gritos: «¡Oh perro visir! ¿Eres mi servidor, y no me das cuenta

de lo que ocurre en mi ciudad de Bagdad?» Y Giafar contestó: «No sé lo

que quieres decirme con esas palabras.» Y el califa volvió á gritarle:

«¡Me parece asombroso! Si á estas horas asaltasen á Bagdad nuestros

enemigos, no sería menos estupendo; ¿no ves, ¡oh maldito visir! que mi

Palacio de las Maravillas está completamente iluminado? ¿Quién es el

hombre lo suficientemente audaz ó suficientemente poderoso que haya

podido iluminarlo encendiendo todas las arañas y abriendo todas las

ventanas? ¡Desdichado de ti! Es irrisorio que me llamen el califa y que,

sin embargo, puedan ocurrir semejantes cosas sin mi permiso.» Y Giafar,

todo tembloroso contestó: «¿Pero quién ha dicho que el Palacio de las

Maravillas está con las ventanas abiertas y las luces encendidas?» Y el

califa dijo: «Acércate aquí y mira.» Y Giafar se aproximó, miró hacia

los jardines, y vió toda aquella iluminación, que parecía como si el

palacio estuviese incendiado, brillando más que la claridad de la luna.

Entonces Giafar comprendió que aquello debía de ser una imprudencia del

jeique Ibrahim, y como era hombre naturalmente bueno y compasivo, se le

ocurrió inmediatamente inventar algo para disculpar al anciano guardián

del palacio, que probablemente no habría hecho aquello más que para

obtener alguna ganancia. Dijo, pues, al califa: «¡Oh Emir de los

Creyentes! El jeique Ibrahim vino á verme la semana pasada, y me dijo:

«¡Oh amo Giafar! mi mayor deseo es celebrar las ceremonias de la

circuncisión de mis hijos bajo tus auspicios, y durante tu vida y la

vida del Emir de los Creyentes.» Yo le contesté: «¿Y qué deseas de mí,

¡oh jeique!?» Y él respondió: «Deseo nada más que por tu mediación se

logre permiso del califa para celebrar las ceremonias de la circuncisión

de mis hijos en el salón del Palacio de las Maravillas.» Y yo le dije:

«¡Oh jeique! ya puedes preparar lo necesario para la fiesta. En cuanto á

mí, si Alah quiere, tendré audiencia del califa y le enteraré de tus

deseos.» Entonces el jeique Ibrahim se marchó. En cuanto á mí, ¡oh Emir

de los Creyentes! se me olvidó por completo hablarte de ese asunto.»

Entonces el califa contestó: «¡Oh Giafar! en vez de una falta has

cometido dos, y he de castigarte por ambos motivos. En primer lugar, no

me has dado cuenta de la petición del jeique. Y en segundo lugar, no le

has concedido lo que deseaba en realidad, pues si vino á hacerte aquella

súplica fué para darte á entender que necesitaba algún dinero para los

gastos. Y he aquí que nada le diste, ni me avisaste de su deseo para que

yo le pudiese dar algo.» Y Giafar contestó: «¡Oh Emir de los Creyentes!

ha sido un olvido.» Y el califa transigió: «Está bien; por esta vez te

perdono. Pero ¡por la memoria de mis padres y mis antepasados! te mando

que vayas á pasar la noche en casa del jeique Ibrahim, que es un hombre

de bien, muy escrupuloso y muy estimado de los ancianos de Bagdad, que

lo visitan frecuentemente. Ya sabes cuán caritativo es para los pobres y

cuán compasivo para todos los necesitados, y seguramente en este momento

tendrá en su casa á mucha gente, que albergará y alimentará por amor á

Alah. Acaso, si fuésemos allí, alguno de esos pobres haría en nuestro

favor algún voto que nos sería provechoso en este mundo y en el otro.

Quizá también sea provechosa nuestra visita al buen jeique Ibrahim, que

lo mismo que todos sus amigos, se llenará de júbilo al vernos.» Pero

Giafar repuso: «¡Oh Emir de los Creyentes! ha transcurrido la mayor

parte de la noche, y todos los invitados de Ibrahim se dispondrán ya á

dejar el palacio.» Y el califa dijo: «Es mi voluntad que vayamos á

reunirnos con ellos.» Entonces tuvo que callarse, pero se quedó muy

pensativo, sin saber qué partido tomar.

El califa se levantó inmediatamente, hizo lo mismo Giafar, y seguidos de

Massrur el portaalfanje, se dirigieron hacia el Palacio de las

Maravillas, no sin haber tomado la precaución de disfrazarse de

mercaderes.

Después de haber atravesado las calles de la ciudad, llegaron al Jardín

de las Delicias. Y el califa se adelantó el primero, y vió que la puerta

principal estaba abierta, y se quedó muy sorprendido, y dijo á Giafar:

«He aquí que el jeique Ibrahim ha dejado la puerta abierta, cuando no es

ésa su costumbre.» Entraron los tres, atravesaron el jardín y llegaron

al palacio. Y el califa dijo: «¡Oh Giafar! tengo que verlo todo sin que

se enteren, pues he de saber quiénes son los convidados del jeique

Ibrahim y cuántos son los venerables ancianos que vinieron á su fiesta y

qué regalos le han hecho. Pero en este momento deben estar cada uno en

su rincón, abstraídos por las prácticas religiosas de las ceremonias, ya

que no se oyen voces, ni vemos á nadie.» Y el califa, señalando á un

nogal cuya altura dominaba el palacio, dijo: «¡Oh Giafar! quiero subirme

á ese árbol que extiende su ramaje cerca de las ventanas, y desde ahí

podré mirar adentro. Conque ayúdame.» Y el califa subió al árbol, y no

dejó de trepar de rama en rama hasta que llegó á una muy á propósito

para atisbar el salón. Entonces se sentó en ella y miró á través de una

de las ventanas que estaban abiertas.

Y he ahí que vió á un joven y á una joven, ambos hermosos como lunas

(¡gloria á quien los creó!), y vió también al jeique Ibrahim, guardián

de su palacio, sentado entre los dos jóvenes con la copa en la mano, y

oyó que decía á Dulce-Amiga: «¡Oh soberana de la belleza! La bebida no

sabe bien si no la acompaña la canción. Y para que nos permitas oir el

encanto de tu voz maravillosa, escucha lo que dice el poeta:

_¡Ya leilí! ¡Ya einí!_[2].

_¡Nunca bebas sin que cante tu amiga! ¡Observa que el caballo no

bebe sin el ritmo del silbido!_

_¡Ya leilí! ¡Ya einí!_

_¡Después halaga á tu amiga, y acaríciala! ¡En seguida lánzate

sobre ella y tiéndela! ¡Lo tuyo es grande y lo suyo pequeño!..._

_¡Ya leilí! ¡Ya einí!»_

Al ver al jeique Ibrahim en aquella postura, y al oir de su boca aquella

canción escandalosa y nada conveniente para su edad, el califa se

encolerizó de tal modo que le brotaba el sudor de entre los ojos. Y se

apresuró á descender del árbol, y miró á Giafar y le dijo: «¡Oh Giafar!

En mi vida he presenciado un espectáculo tan edificante como el de esos

respetables jeiques de nuestra mezquita que están reunidos en esa sala

para cumplir religiosamente las piadosas ceremonias de la circuncisión.

Esta noche es verdaderamente una noche bendita. Sube ahora tú al árbol,

y apresúrate á mirar, y no desperdicies esta ocasión de santificarte,

gracias á las bendiciones de esos santos jeiques.» Cuando Giafar oyó

estas palabras del Emir de los Creyentes se quedó muy perplejo, pero no

pudo vacilar en obedecerle y se apresuró á trepar al árbol, llegó frente

á la ventana y miró hacia el interior del salón. Y vió el espectáculo de

los tres bebedores: el anciano Ibrahim, con la copa en la mano, cantando

y moviendo la cabeza, Alí-Nur y Dulce-Amiga mirándole fijamente,

oyéndole y riéndose á carcajadas.

Al verlo Giafar se creyó perdido; pero bajó del árbol y se postró ante

el Emir de los Creyentes. Y el califa dijo: «¡Oh Giafar! ¡Bendito sea

Alah, que nos ha hecho seguir fervorosamente las ceremonias de la

purificación, como la de esta noche, y nos aparta del mal camino, de las

tentaciones y del error, y de la vista de los libertinos!» Y Giafar

estaba tan confuso que no sabía qué contestar. Y el califa, mirando á

Giafar, prosiguió: «Vamos á otra cosa. Quisiera saber quién ha guiado

hasta este lugar á esos dos jóvenes, que se me figuran forasteros. En

verdad he de decirte, Giafar, que nunca han visto mis ojos belleza,

perfecciones, delicadeza ni encantos como los de ellos.» Entonces Giafar

pidió perdón al califa, que se lo otorgó, y le dijo: «¡Oh califa!

ciertamente has dicho la verdad. Son muy hermosos.» Y el califa repuso:

«¡Oh Giafar! Subamos otra vez al árbol y observémosles desde la rama.»

Y haciéndolo así, treparon hasta la rama que daba al salón y se pusieron

á contemplarle.

Precisamente en aquel momento decía el jeique Ibrahim: «¡Oh soberana

mía! Este vino de los collados me ha hecho perder la seriedad, que me

parece una cosa ridícula. Pero para ser completamente feliz necesito que

pulses las cuerdas armoniosas.» Y Dulce-Amiga contestó: «¡Por Alah! ¡Oh

jeique Ibrahim! ¿Cómo voy á pulsar las cuerdas si carezco de

instrumento?» Apenas oyó el jeique Ibrahim estas palabras de

Dulce-Amiga, salió del aposento. Y el califa dijo á Giafar: «¿Quién sabe

lo que irá á hacer ahora ese viejo libertino?» Y Giafar respondió:

«¡Quién ha de saberlo!» Entretanto, el jeique Ibrahim volvió al salón

con un laúd en la mano. Y el califa se fijó en aquel laúd y vió que era

el que solía tocar su cantor favorito Ishak cuando había fiesta en el

palacio ó quería distraer á su señor. Y el califa dijo: «¡Por Alah!

¡Esto ya es demasiado! Pero quiero oir á esa maravillosa joven, y si

canta mal os he de crucificar á todos, y si canta bien perdonaré á esos

tres; pero á ti, ¡oh Giafar! te crucificaré de todos modos.» Y Giafar

exclamó: «¡Alahumma! ¡Ojalá no sepa cantar!» Y asombrado el califa,

preguntó: «¿Por qué prefieres el primer caso al segundo?» Y contestó

Giafar: «Porque crucificado en su compañía pasaré mejor las horas del

suplicio, y nos consolaremos mutuamente.» Y el califa, al oirle, rió en

silencio.

Mientras tanto, Dulce-Amiga había cogido el laúd y lo templaba

diestramente. Después de algunos preludios, pulsó las cuerdas y vibraron

con toda su alma, con una intensidad capaz de liquidar el hierro, de

despertar á los muertos y de conmover corazones de roca y de bronce. Y

súbitamente, acompañándose con el laúd, empezó á cantar:

_¡Ya leilí!..._

_Cuando me vió mi enemigo, vió también que el amor se complacía en

apagar mi sed en su manantial, y dijo: «¡Esa agua está turbia!»_

_¡Ya einí!..._

_Si mi amigo atiende á esas voces, debe huir lo más lejos posible!

Pero ¿podrá olvidar que me debe todas las delicias y todas las

locuras de nuestro amor? ¡Oh locuras y delicias de nuestros

amores!_

_¡Ya leilí!..._

Dulce-Amiga, después de haber cantado, siguió tañendo el armonioso laúd

de cuerdas animadas, y el califa tuvo que reprimirse para no contestar

con un «¡Ya einí!» de admiración. Y dijo: «¡Oh Giafar! En mi vida he

oído voz tan maravillosa como la de esa esclava.» Giafar, sonriendo,

dijo: «Espero que se habrá desvanecido la ira del califa contra su

servidor.» Y el califa dijo: «Verdad es ¡oh Giafar! que se ha

desvanecido.» Entonces bajaron del árbol, y dijo el califa: «Quiero

entrar en el salón, sentarme entre ellos, y oir á esa esclava cantar

delante de mí.» Pero Giafar advirtió: «¡Oh Emir de los Creyentes! Si te

presentases entre ellos, les molestarías, y el jeique Ibrahim se moriría

del susto.» Entonces el califa dijo: «¡Oh Giafar! tienes que indicarme

un medio de saber todo lo que se refiere á este lance, sin que ellos lo

adviertan ni me conozcan.»

Y el califa y Giafar, mientras pensaban cómo se las compondrían para

lograr lo que deseaban, iban avanzando hacia el estanque que estaba en

medio del jardín y comunicaba con el Tigris. Contenía una enorme

cantidad de peces, que iban á refugiarse allí en busca del alimento que

se les echaba. Así es que el califa había sabido que allí acudían

algunos pescadores, pues cierto día estaba asomado á una de las ventanas

del Palacio de las Maravillas y vió á los pescadores, y dió orden al

jeique Ibrahim de que no les permitiese la entrada en el jardín ni la

pesca en el estanque, encargándole que castigara severamente al que se

desmandase.

Pero aquella noche, como había quedado la puerta abierta, entró un

pescador, que se había dicho: «¡He aquí una buena ocasión de hacer una

pesca magnífica!» Y se llamaba Karim este pescador, y era muy conocido

entre todos los pescadores del Tigris. Echadas las redes en el estanque,

se puso á esperar, mientras recitaba estos versos:

_¡Oh tú que viajas por el agua! ¡Al viajar olvidas los peligros y

la perdición! Pero ¿cuándo dejarás de inquietarte, cuándo te

convencerás de que la fortuna nunca viene cuando se la busca?_

_¿No ves al mar enfurecido y al pescador cansado? ¡Rendido está de

cansancio por las noches, mientras las noches están llenas de

estrellas, mientras las noches están serenas y llenas de

estrellas!_

_¡Echó su red de cuerdas, la golpean las olas, y sus ojos no miran

más que el seno de la red!_

_¡No hagas como el pescador, oh viajero! ¡Mira! ¡He aquí al hombre

que conoce el valor de la vida y de la tierra, que sabe gozar de

los días y de las noches, de la tierra y de sus bienes! ¡Es

dichoso, su espíritu está tranquilo, y él vive de todos los frutos

de la tierra!_

_¡Mira! ¡He aquí que se despierta por la mañana, después de una

noche de delicias! ¡Se despierta por la mañana bajo la sonrisa de

una joven gacela, bajo la mirada de dos ojos de gacela que le

pertenecen y le sonríen!_

_¡Gloria al Señor! ¡Da á unos y priva á otros! ¡Unos pescan y otros

se comen el pescado! ¡Gloria al Señor!_

Cuando el pescador Karim acabó de cantar, avanzó hacia él el califa y le

dijo de pronto: «Oh Karim!» Y Karim se volvió sobresaltado al oir su

nombre. Y á la claridad de la luna conoció al califa, y se quedó

paralizado de terror. Después se repuso un poco, y dijo: «¡Por Alah! ¡Oh

Emir de los Creyentes! no creas que hago esto por infringir tus

órdenes, pues la pobreza y el tener una familia tan numerosa como la mía

me han impulsado á obrar así esta noche.» Y el califa dijo: «Está bien,

¡oh Karim! Hagamos cuenta de que no te he visto. ¿Quieres echar la red

en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo?» Entonces, contentísimo el

pescador, se apresuró á echar la red invocando el nombre de Alah, y

esperó á que llegara al fondo. La sacó después, encontrándola llena de

pescados de todas clases y en cantidad incalculable. Y el califa quedó

muy satisfecho, y le dijo: «Ahora, ¡oh Karim! desnúdate.» Y Karim se

apresuró á despojarse de sus prendas una por una: el ropón de anchas

mangas, remendado con piezas de todos colores y lleno de chinches y

pulgas en número suficiente para cubrir la superficie de la tierra; el

turbante, que no habría desenrollado en tres años, hecho con trapos, y

que encerraba piojos grandes y chicos, blancos y negros y de otras

clases. Y luego de haberse quitado el ropón y el turbante, se quedó

desnudo delante del califa. Entonces el califa empezó también á

desnudarse, quitándose el ropón de seda iskandaraní y el de seda

baalbakí, el de terciopelo y el chaleco, y dijo al pescador: «Karim,

toma esta ropa y póntela.» Por su parte, el califa cogió el ropón del

pescador y su turbante, y se los puso, se enrolló la bufanda de Karim, y

le dijo: «Ya te puedes ir por tu camino.» Y el hombre dió las gracias al

califa y le recitó estas dos estrofas:

_¡Me has hecho dueño de una riqueza sin límites, y no los ha de

tener mi gratitud! ¡Me colmaste de todos los dones sin llevar

cuenta!_

_¡He de honrarte, pues, mientras esté entre los vivos, y después de

muerto aún te darán mis huesos las gracias dentro del sepulcro!_

Pero apenas había acabado de recitar estos versos el pescador, cuando

notó el califa que le invadían los piojos y las chinches domiciliados en

aquellos andrajos, y toda aquella miseria empezó á circular activamente

á lo largo de su cuerpo. Y empezó á coger puñados de parásitos que le

corrían por el cogote, el pecho y todas partes, y los tiraba muy lejos,

lleno de repugnancia. Y tal fué su espanto, que llegó á decir al

pescador: «¡Oh desgraciado Karim! ¿Cómo hiciste para reunir en tus

mangas y en tu turbante todos estos animales dañinos?» Y Karim

respondió: «¡Oh mi señor! no los temas para nada, pues ahora sientes sus

picaduras; pero si tienes paciencia y haces lo que yo, nada sentirás

dentro de una semana, y como ya no te molestará que te piquen, no les

harás pizca de caso.» El califa, á pesar de su horror, se echó á reir, y

dijo: «Pero desdichado, ¿cómo voy á resistir esta suciedad sobre mi

cuerpo?» Y repuso el pescador: «¡Oh Emir de los Creyentes! querría

decirte una cosa, pero me impone la presencia de mi augusto califa.» El

rey dijo: «Habla en seguida.» Y así habló el pescador: «Se me ocurre,

¡oh Príncipe de los Creyentes! que para tener un oficio con qué ganarte

la vida has querido aprender á pescar. Si así fuese, ¡oh soberano emir!

he aquí que esa ropa y ese turbante han de serte muy á propósito para

eso.» Entonces el califa, riéndose de esto que le decía el pescador, se

despidió de él. Y Karim se fué por su camino, mientras que el califa

cogió la banasta de palma donde estaban los peces, la cubrió con hierba

fresca y corrió en busca de Giafar y de Massrur, que le aguardaban á

cierta distancia. Y al verle creyeron que era Karim el pescador, y

Giafar, temiendo que descargase sobre el pescador la cólera del califa,

le dijo: «¡Oh Karim! ¿qué vienes á hacer aquí? Huye á escape, que el

califa está en el jardín esta noche.» Y cuando el califa oyó esto que

decía Giafar, le dió tal risa, que se caía de trasero. Y Giafar exclamó:

«¡Por Alah! ¡Si es nuestro amo y califa, el mismo Emir de los

Creyentes!» Y dijo el califa: «¡Efectivamente, ¡oh Giafar! y tú eres mi

gran visir, y al llegar á tu lado no me has conocido! ¿Cómo quieres que

me conozca el jeique Ibrahim, que está completamente borracho? Quédate

aquí y espera á que yo vuelva.» Y Giafar dijo: «Escucho y obedezco.»

Entonces el califa llamó á la puerta del palacio. Y el jeique Ibrahim se

levantó para preguntar: «¿Quién llama?» Y contestó el califa: «Soy yo,

jeique Ibrahim.» Y el anciano dijo: «¿Pero quién eres tú?» Respondióle

el califa: «Soy el pescador Karim. He sabido que tenías convidados esta

noche, y he venido á traerte buen pescado, vivito y coleando.»

Precisamente á Alí-Nur y á Dulce-Amiga les gustaba mucho el pescado. Y

al oir hablar al pescador, se alegraron hasta el límite de la alegría. Y

Dulce-Amiga dijo: «Abre pronto, ¡oh jeique Ibrahim! y déjale entrar con

el pescado que trae.» Entonces el jeique Ibrahim se decidió á abrir la

puerta, y el califa, disfrazado de pescador, pudo entrar sin ningún

contratiempo y fué á saludar á los presentes. Pero el jeique Ibrahim le

contestó con una carcajada, y le dijo: «¡Bien venido sea entre nosotros

el más ladrón de sus compañeros! ¡Ven á enseñarnos ese pescado tan bueno

que traes!» Y el pescador quitó la hierba fresca y mostró el pescado que

llevaba en la cesta, y vieron que estaba vivo aún y coleando todavía; y

Dulce-Amiga exclamó entonces: «¡Por Alah! ¡oh señores míos, qué hermoso

es ese pescado! ¡Lástima que no esté frito!» El anciano Ibrahim asintió

en seguida: «¡Por Alah! verdad dices.» Y volviéndose hacia el califa,

exclamó: «¡Oh pescador! ¡qué lástima que no hayas traído frito este

pescado! ¡Cógelo, ve á freirlo y tráenoslo en seguida.» Y contestó el

califa: «Pongo tus órdenes sobre mi cabeza. Lo voy á freir y en seguida

lo traigo.» Y todos le contestaron á un tiempo: «¡Sí, sí; fríelo pronto

y tráenoslo!»

El libro de las mil noches y una noche; t. 3 · 第 6 / 12 段