E inmediatamente marchó al sitio en que solían reunirse los mercaderes,

y aguardó á que llegasen, pues en aquel momento llegaban dispersos,

comprando esclavas de todos los países y llevándolas hacia aquel punto

del zoco en que se juntaban mujeres turcas, griegas, circasianas,

georgianas, abisinias y de otras partes. Y cuando vió el corredor que

estaban allí todos y que la plaza se había llenado con la muchedumbre de

corredores y compradores, se subió á un poyo y dijo: «¡Oh vosotros

todos, mercaderes y hombres de riquezas! sabed que no todo lo redondo es

nuez; no todo lo alargado es plátano; no todo lo colorado es carne; no

todo lo blanco es grasa; no todo lo tinto es vino, ni todo lo pardo es

dátil. ¡Oh mercaderes ilustres entre los de Bassra y Bagdad! he aquí que

presento hoy á vuestro justiprecio y valoración una perla noble y única

que si hubiera equidad en apreciarla valdría más que todas las riquezas

reunidas. Á vosotros corresponde señalar el precio que ha de servir como

base de pujas; pero antes venid á ver con vuestros ojos.» Y los hizo

aproximarse, les mostró á Dulce-Amiga, y en seguida, por unanimidad,

acordaron empezar por anunciarla en cuatro mil dinares como base de

pujas. Entonces el corredor gritó: «¡Cuatro mil dinares la perla de las

esclavas blancas!» Y en seguida un mercader pujó á cuatro mil

quinientos. Pero precisamente en aquel instante el visir Ben-Sauí pasaba

á caballo por el zoco de los esclavos, y vió á Alí-Nur de pie al lado

del corredor, y á éste pregonando un precio. Y dijo para sí: «Ese

calavera de Alí-Nur está vendiendo el último de sus esclavos después de

haber vendido el último de sus muebles.» Pero pronto se enteró de que lo

que se pregonaba era una esclava blanca, y pensó: «Alí-Nur debe estar

vendiendo su esclava, porque ya no posee ni un óbolo. ¡Cómo se alegraría

mi corazón si esto fuese verdad!» Llamó entonces al pregonero, que

acudió en cuanto conoció al visir, y besó la tierra entre sus manos.» Y

el visir le dijo: «Quiero comprar esa esclava que pregonas. Tráela en

seguida para que la vea.» Y el pregonero, que no podía negarse á

obedecer al visir, se apresuró á llevarle á Dulce-Amiga y le levantó el

velo. Al ver aquel rostro sin igual y al admirar todas las perfecciones

de la joven, se maravilló el visir y preguntó: «¿Qué precio es el que ha

alcanzado?» Y el corredor respondió: «Cuatro mil quinientos dinares á la

primera puja.» Y el visir dijo: «Pues bien; á ese precio me quedo con

ella.» Y al hablar así miró fijamente á todos los mercaderes, que no se

atrevieron á pujar, y ni uno solo tuvo valor para ofrecer mayor precio,

temiendo la venganza del visir. Después el visir dijo al corredor: «¿Qué

haces ahí parado? Ya sabes que tomo la esclava en cuatro mil dinares de

oro, y te doy quinientos de corretaje.» El corredor no supo qué

responder, y con la cabeza baja se fué á buscar á Alí-Nur, que estaba

algo más lejos, y le dijo: «¡Oh señor, cuánta es nuestra desgracia! Se

nos va de entre las manos Dulce-Amiga por un precio irrisorio; se la

llevan por nada. Ahí tienes al malvado visir Ben-Sauí, enemigo de tu

padre, que lo ha adivinado todo y no nos ha dejado llegar al verdadero

precio. Quiere quedarse con ella por solo el importe de la primera puja.

Y si estuviéramos seguros de que la pagase al contado, podríamos dar

gracias á Alah, aunque el precio sea tan mezquino; pero ese maldito

visir es el peor pagador del mundo, y conozco todas sus astucias y

maldades. Y he aquí lo que va á hacer: te dará una letra de crédito para

uno de sus agentes, al cual ordenará secretamente que no te pague nada.

Y cada vez que vayas á cobrar, el agente te dirá: «Mañana pagaré», y ese

mañana no llegará nunca. Y tanto te aburrirá esta serie de retrasos, que

acabarás por hacer un arreglo con el agente y le confiarás el papel

firmado por el visir, y el agente se apresurará á hacerlo pedazos, y de

este modo perderás sin remedio el precio de la esclava.»

Y Alí-Nur, desesperado al oir todo esto, preguntó al corredor: «¿Y qué

haremos ahora?» Y el corredor respondió: «Voy á darte un buen consejo.

Me llevaré al zoco á Dulce-Amiga, y tú nos alcanzarás, y arrancándola de

entre mis manos, le hablarás de este modo: «¡Desdichada! ¿Qué te

propones? ¿No sabes que hice juramento de fingir tu venta en el zoco

para humillarte y corregir tu mal genio?» En seguida le darás unos

golpes y te la llevarás. Y entonces todo el mundo, incluso el visir,

creerá que, en realidad, no trajiste la esclava más que para cumplir tu

juramento.» Le pareció muy bien á Alí-Nur, y dijo: «Es realmente una

buena idea.» Entonces el corredor marchó al centro del zoco, cogió de la

mano á la esclava y la llevó á presencia del visir El-Mohin ben-Sauí, y

le dijo: «Señor, el propietario de la esclava es ese hombre que está

allí, á pocos pasos de nosotros. Pero he aquí que se aproxima.» Y

efectivamente, Alí-Nur se acercó al grupo, se apoderó violentamente de

Dulce-Amiga, le dió un puñetazo y le dijo: «¡Desdichada! ¿No sabes que

no te he traído al zoco más que para cumplir un juramento? Vuelve á casa

y procura ser obediente. Y no creas que necesito el precio de tu venta,

pues aunque me viese muy apurado, preferiría desprenderme de todos mis

muebles y hasta lo último de cuanto me pertenece antes que pensar en

traerte al zoco.»

Al oirlo, gritó el visir: «¡Pobre de ti, loco mancebo! Hablas como si

aún te quedase algún mueble ó cualquier cosa que vender. Pero ya sabemos

todos que no tienes ni un óbolo.» Y al hablar así quiso apoderarse

violentamente de Dulce-Amiga. Pero todos los mercaderes y corredores

miraban con simpatía á Alí-Nur, muy estimado por ellos, que se acordaban

de los favores de su padre, su buen protector. Entonces Alí-Nur les

dijo: «Acabáis de oir las palabras insultantes de este hombre, y os tomo

á todos por testigos de ello.» Por su parte, el visir dijo: «¡Oh

mercaderes! por consideración á todos vosotros no mato ahora mismo á ese

insolente.» Pero los mercaderes se miraban unos á otros, como diciéndose

con los ojos: «Ayudemos á Alí-Nur.» Y añadieron en voz alta: «Este

asunto no nos incumbe. Arreglaos como podáis.» Y Alí-Nur, que era audaz

y valiente, sujetó por las bridas al caballo del visir, después agarró á

su enemigo, lo sacó de la silla y lo tiró al suelo. Le puso la rodilla

en el pecho, empezó á darle puñetazos en la cabeza, en el vientre y en

todas partes, le escupió en la cara y le dijo: «¡Perro, hijo de perro,

mal nacido! ¡Maldito sea tu padre, y el padre de tu padre, y el padre de

tu madre, oh corrompido!» Y le dió tan fuerte puñetazo en la quijada,

que le rompió varios dientes. Y la sangre corría por las barbas del

visir, que había ido á caer en medio de un charco de lodo.

Al ver esto, los diez esclavos que acompañaban al visir desenvainaron

los alfanjes y quisieron echarse encima de Alí-Nur y despedazarle; pero

el gentío se lo impidió y les decía: «¿Qué vais á hacer? Vuestro amo es

visir; pero ¿no sabéis que el otro es hijo de visir? ¿No teméis que

mañana se reconcilien y paguéis vosotros las consecuencias?» Y los

esclavos vieron que era más prudente abstenerse.

Y como Alí-Nur se había cansado de dar golpes, soltó al visir, que se

levantó cubierto de sangre y barro, y se dirigió al palacio del sultán,

seguido por las miradas de la muchedumbre, que no sentía por él ninguna

compasión.

En seguida Alí-Nur cogió de la mano á Dulce-Amiga y se volvió á su casa

aclamado por el gentío.

El visir llegó en un estado lamentable al palacio del rey Mohammad

ben-Soleimán El-Zeiní, se detuvo á la puerta y comenzó á gritar: «¡Oh

rey! ¡Te implora un afligido!» Y el rey mandó que se lo presentasen, y

vió que era su visir El-Mohin ben-Sauí. Y en el límite del asombro, le

dijo: «¿Pero quién se ha atrevido á tratarte de esa manera?» Y el visir

se echó á llorar y recitó estos versos:

_¿Es posible que, existiendo tú entre los vivientes, me haga su

víctima el Tiempo? ¿Es posible que, siendo tú mi intrépido

defensor, hagan de mí su presa los perros enfurecidos?_

_¿Es posible, ¡oh nube benéfica que nos das la lluvia! que todo

sediento pueda extinguir su sed en tus aguas vivas, y que yo, tu

protegido, me muera de sed bajo tu cielo?_

Y después añadió: «¡Oh señor! ¿Permitirás que así traten á todos los

servidores que te aman y te sirven? ¿Tolerarás que se cometan con ellos

semejantes infamias?» Y el rey preguntó: «¿Pero quién te ha tratado de

ese modo?» Entonces el visir dijo: «Has de saber, ¡oh rey! que he salido

hoy á dar una vuelta por el zoco, para comprar una buena esclava que

supiera condimentar los manjares, pues mi cocinera los quema todos los

días, y vi en el zoco una esclava joven como no vi otra en toda mi vida.

Y el corredor á quien me dirigí me contestó: «Creo que pertenece al

joven Alí-Nur, hijo del difunto visir Khacan.» Ahora bien; recordarás,

¡oh mi señor y soberano! que entregaste tiempo ha diez mil dinares de

oro al visir Fadleddín para comprar una hermosa esclava que reuniese

todas las perfecciones. Y en aquel tiempo el visir no tardó en encontrar

y comprar la tal esclava; pero como era verdaderamente maravillosa y le

había gustado mucho, se la regaló á su hijo Alí-Nur. Y Alí-Nur, muerto

su padre, se entregó á tales locuras que no tardó en vender todos sus

bienes, sus fincas y hasta los muebles de su casa. Y cuando ya no tuvo

ni un óbolo para vivir, llevó al zoco á la esclava para venderla, y la

entregó á un corredor, el cual la subastó en seguida. Y los mercaderes

empezaron á pujar de tal modo, que el precio de la esclava llegó

inmediatamente á cuatro mil dinares. Entonces la vi, y quise comprarla

para mi soberano el sultán, que ya había dado por ella una importante

suma. Llamé al corredor y le dije: «Hijo mío, yo te daré los cuatro mil

dinares.» Pero el corredor me mostró al propietario de la esclava, y

éste apenas me vió corrió hacia mí, gritando como un energúmeno: «¡Sucia

cabeza vieja! ¡Jeique maldito y nefasto! Antes que cedértela se la

vendería á un nazareno ó á un judío, aunque me llenases de oro el velo

que la cubre.» Y yo dije: «Pero joven, si no la quiero para mí, pues la

destino á nuestro señor el sultán, que es nuestro buen soberano, nuestro

bienhechor.» Y al oir estas palabras, en vez de ceder se enfureció más

aún, se tiró á la brida de mi caballo, me agarró de una pierna y me echó

al suelo, y sin hacer caso de mi avanzada edad ni respetar mis barbas

blancas, empezó á pegarme y á insultarme de todas maneras, y acabó por

ponerme en el deplorable estado en que me ves en este momento, ¡oh rey

bueno y justo! Y todo esto me ha pasado por querer complacer á mi sultán

y comprarle una esclava que le pertenecía y que juzgué digna del honor

de compartir su lecho.»

Entonces el visir se echó á las plantas del rey y rompió nuevamente á

llorar, implorando justicia. Y al verle y oir su relato, se encolerizó

de tal manera el sultán, que el sudor le brotaba por entre los ojos, y

volviéndose hacia los emires y grandes del reino, les hizo una seña.

Inmediatamente se presentaron ante él cuarenta guardias con las espadas

desenvainadas. Y el sultán les dijo: «Marchad inmediatamente á la casa

del que fué mi visir El-Faldl ben-Khacan, y saqueadla y destruidla por

completo. Apoderaos de Alí-Nur y de su esclava, atadle los brazos,

arrastradlos sobre el lodo y traedlos á mi presencia.» Los cuarenta

guardias contestaron: «Escuchamos y obedecemos», y se dirigieron en

seguida á casa de Alí-Nur.

Pero había en el palacio un joven chambelán llamado Sanjar, que había

sido mameluco del difunto Fadleddín y se había criado con su amo

Alí-Nur, á quien profesaba gran cariño. Y dispuso la Suerte que

presenciara la queja del visir Ben-Sauí y cómo el sultán daba sus

crueles órdenes. Y salió corriendo, tomando el camino más corto para

llegar á la casa de Alí-Nur, que al oir llamar precipitadamente á la

puerta fué á abrir en persona, y al ver á su amigo el joven Sanjar quiso

abrazarle; pero éste, sin consentirlo, exclamó: «¡Oh mi querido dueño!

no son á propósito estos instantes para palabras cariñosas ni para

saludos, pues oye lo que dice el poeta:

_¡Liberta tu alma, desátala de la tiranía de las cadenas y vuela en

seguida! ¡Vuela á lo lejos y deja que las casas se derrumben sobre

quienes las construyeron!_

_¡Oh amigo mío! ¡Encontrarás muchos países distintos del tuyo, pues

la tierra de Alah es infinita; pero otra alma que sea tu alma no la

has de encontrar!_

Y Alí-Nur dijo: «¡Oh amigo Sanjar! ¿qué vienes á anunciarme?» Sanjar

contestó: «Sálvate y salva á la esclava Dulce-Amiga, porque El-Mohin

ben-Sauí os ha tendido un lazo, y como caigáis en él moriréis sin

misericordia. Sabe que el sultán, por instigación del visir, ha enviado

contra vosotros á cuarenta guardias con los alfanjes desenvainados.

Debéis emprender la fuga antes de que os ocurra una desgracia.» Y Sanjar

alargó su mano á Alí-Nur, que estaba llena de oro, y le dijo: «¡Oh mi

señor! he aquí cuarenta dinares que han de serte útiles en estos

momentos, y perdóname que no pueda ser más generoso. Pero no perdamos

tiempo. ¡Levántate y huye!»

Entonces Alí-Nur se apresuró á avisar á Dulce-Amiga, que se cubrió

inmediatamente con su velo, y ambos salieron de la casa, y después de la

ciudad, y llegaron á orillas del mar, amparados por el muy Altísimo. Y

divisaron un bajel que precisamente se disponía á desplegar las velas, y

acercándose vieron al capitán que estaba de pie en medio del barco, y

decía: «El que no se haya despedido que se despida inmediatamente; el

que no haya acabado de proveerse de víveres que acabe en el acto; el que

haya olvidado algo en su casa vaya ligero á buscarlo, porque he aquí que

vamos á zarpar.» Y todos los viajeros contestaron: «Nada nos queda que

hacer, capitán; ya estamos listos.» Entonces el capitán gritó á sus

hombres: «¡Hola! ¡Desplegad las velas y soltad las amarras!» Y en aquel

momento preguntó Alí-Nur: «¿Para dónde zarpas, capitán?» Y el capitán

contestó: «Para Bagdad, morada de paz.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y discreta como siempre, interrumpió su relato.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 34.ª NOCHE_

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el capitán contestó á

Alí-Nur: «Para Bagdad, morada de paz», Alí-Nur suplicó: «Aguarda, que

allá vamos.» Y seguido de Dulce-Amiga, subió á bordo de la nave, que en

seguida tendió sus velas y zarpó volando como la enorme ave llamada

Rokh, según dice el poeta:

_¡Mira la nave: su aspecto seduce á quien la ve! ¡El viento quiere

igualarle en rapidez, pero no se sabe quién vence en esta gran

carrera de velocidad!_

_¡Es como un ave que con las alas desplegadas se hubiese

precipitado sobre el mar y se balancease en él!_

Y el bajel bogaba con viento favorable, llevando á todos los viajeros.

Esto en cuanto á Alí-Nur y Dulce-Amiga.

Por lo que se refiere á los cuarenta guardias enviados por el sultán

para apoderarse de Alí-Nur, llegaron á casa de éste, la cercaron por

todos lados, echaron abajo las puertas, invadieron la morada y

comenzaron á buscar por todas partes, pero no pudieron encontrar á

nadie. Entonces destruyeron totalmente la casa y marcharon á comunicar

al sultán lo infructuoso de sus pesquisas. Y el sultán ordenó:

«¡Buscadlos por todas partes y registrad si es preciso toda la ciudad!»

Y como en aquel momento llegase el visir Ben-Sauí, le llamó el sultán, y

para consolarle le dió un hermoso ropón de honor, y le dijo: «¡Te

prometo que sólo yo he de vengarte!» Y el visir le deseó larga vida y

todas las felicidades. Después el rey mandó que los pregoneros

promulgaran por toda la ciudad el siguiente bando: «¡Si alguno de

vosotros, ¡oh habitantes! encontrase á Alí-Nur, hijo del difunto visir

Ben-Khacan, se apoderará de él y lo presentará al sultán, y en

recompensa se le darán mil dinares y un traje de honor! ¡Pero si alguien

le ve y le oculta, sufrirá un ejemplar castigo!» Sin embargo, á pesar de

todas las pesquisas, nadie pudo averiguar qué había sido de Alí-Nur.

Este y Dulce-Amiga llegaron sin contratiempo á Bagdad, y el capitán les

dijo: «He ahí la famosa Bagdad, la dulce morada. Es la ciudad feliz que

nunca ha sufrido las escarchas del invierno, la ciudad que vive á la

sombra de sus rosales, en una eterna primavera, en medio de flores y

jardines, mecida por el canto de sus aguas murmuradoras.» Y Alí-Nur dió

las gracias al capitán por sus bondades durante el viaje, le pagó cinco

dinares de oro por el pasaje, y saliendo del navío seguido de

Dulce-Amiga, penetró en Bagdad.

Pero quiso el Destino que Alí-Nur, en vez de tomar el camino usual,

emprendiera otro, que le llevó al centro de los jardines que rodean á la

ciudad. Y se detuvieron á la puerta de un jardín con una cerca muy

grande, cuya entrada estaba bien barrida y regada, y tenía á cada lado

un banco. La puerta, que era magnífica, estaba cerrada, y la coronaban

hermosas lámparas de todos colores. Contiguo á ella había un estanque

lleno de agua muy clara. Más allá de la puerta partía una avenida entre

dos hileras de postes con magníficas telas de brocado que ondeaban al

viento.

Entonces Alí-Nur dijo á Dulce-Amiga: «¡Por Alah! ¡Hermoso es este

lugar!» Y ella contestó: «Descansemos una hora en estos bancos.» Y

después de haberse lavado la cara y las manos con el agua fresca del

estanque, se sentaron á tomar el aire en un banco, y respiraron

deliciosamente la suave brisa que corría. Y tan á gusto se encontraban

allí, que no tardaron en dormirse, después de haberse tapado con una

manta.

Ahora bien; el jardín á cuya puerta estaban dormidos se llamaba el

Jardín de las Delicias, y había en medio de él un palacio, llamado de

las Maravillas, que era propiedad del califa Harún-Al-Rachid. Cuando el

califa sentía el cansancio de la ciudad, iba á distraerse y á olvidar

sus preocupaciones en aquel jardín y en aquel palacio. Todo el palacio

formaba un inmenso salón con ochenta ventanas, y de cada una pendía una

gran lámpara, y en el centro había una inmensa araña de oro macizo,

resplandeciente como el sol. Aquel salón sólo se abría cuando llegaba el

califa, y entonces se encendían las lámparas y la araña y se abrían

todas las ventanas, y el califa se sentaba en un magnífico diván forrado

de seda, terciopelo y oro, y mandaba á las cantoras que cantasen y á los

músicos que tañesen sus instrumentos; pero lo que prefería era oir al

ilustre cantor Ishak, cuyos cantos é improvisaciones admiraba todo el

mundo. Y en medio de la calma de la noche y respirando aquel aire

perfumado con las flores del jardín, el califa descansaba de las fatigas

de la ciudad.

Había nombrado guarda del palacio y del jardín á un buen anciano,

llamado el jeique Ibrahim, que vigilaba día y noche para que los

paseantes y los curiosos no entrasen en el jardín, singularmente mujeres

y niños, que podían estropear ó robar las flores y las frutas. Y aquella

noche, al dar su vuelta acostumbrada, abrió la puerta principal del

jardín y vió dormidas en el banco á dos personas desconocidas, cubiertas

con una misma manta. Y se indignó, y dijo: «He aquí dos audaces que han

infringido las órdenes del califa, y como me ha autorizado para imponer

cualquier castigo á todo el que se acerque á este palacio, voy á

hacerles saber lo que cuesta el apoderarse de ese banco, que está

reservado á los servidores del califa.» Y el jeique Ibrahim cortó una

rama de un árbol y se acercó á los durmientes, é iba á darles de

latigazos, cuando de pronto pensó: «¡Oh Ibrahim! ¿qué vas á hacer? Vas

á golpear despiadadamente á personas que no conoces, que tal vez sean

extranjeros ó mendigos del camino de Alah, á quienes haya encaminado

hacia aquí el Destino. Lo mejor es verles primeramente la cara.» Y el

jeique Ibrahim levantó la manta que les ocultaba el rostro, y se quedó

encantado al ver aquellas dos caras maravillosas, cuyas mejillas había

juntado el sueño, y que parecían más hermosas que las flores del jardín.

Y pensó: «¿Qué iba yo á hacer? ¿Qué ibas á hacer, ciego Ibrahim?

Merecerías que te golpearan á ti, para castigarte por tu injusta

cólera.» Después les tapó nuevamente la cara, se sentó á sus pies, y

empezó á dar masaje á los de Alí-Nur, que le había inspirado una inmensa

simpatía. Y Alí-Nur, al sentir aquellas manos que le acariciaban, no

tardó en despertarse, y vió á un respetable anciano. Avergonzado de que

éste le diera masaje, apartó los pies en seguida, se incorporó, y

cogiendo la mano del jeique Ibrahim, se la llevó á los labios y luego á

la frente. Entonces el jeique le preguntó: «¿De dónde venís, hijos

míos?» Y Alí-Nur dijo. «¡Oh señor, somos extranjeros!» Y se le arrasaron

los ojos en lágrimas. Ibrahim repuso: «¡Oh hijo mío! no soy de los que

olvidan que el Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz de Alah!)

recomendó en varios pasajes del Libro Noble la hospitalidad para los

forasteros, y que se les recibiera cordialmente y con agrado. Venid,

pues, conmigo; os enseñaré este jardín y el palacio, y así olvidaréis

vuestras penas y respiraréis á gusto.» Entonces Alí-Nur le preguntó:

«¡Oh señor! ¿de quién es este jardín?» Y el jeique Ibrahim, para no

intimidar á Alí-Nur y algo también por jactancia, dijo: «Este palacio y

este jardín me pertenecen, y los he heredado de mi familia.» Entonces se

levantaron Dulce-Amiga y Alí-Nur, y franquearon la puerta del jardín

precedidos por Ibrahim.

Alí-Nur había visto en Bassra hermosos jardines, pero no había ni soñado

con uno parecido á aquél. Formaban la entrada principal magníficos arcos

superpuestos, de un efecto grandioso, y la cubrían unas parras que

dejaban colgar espléndidos racimos, rojos unos como rubíes, negros otros

como el ébano. Árboles frutales doblados al peso de la fruta madura

sombreaban aquella avenida. Cantaban los pájaros en las ramas sus

alegres motivos: el ruiseñor modulaba melodías; la tórtola entonaba su

lamento de amor; el mirlo silbaba como un hombre; el palomo arrullaba

como un embriagado con licores fuertes. Cada frutal estaba representado

por sus dos especies mejores: había albaricoques de almendra dulce y

amarga; había sabrosos frutales del Khorasán; ciruelos cuyos frutos

tenían el color de labios hermosos; mirabeles de dulce encanto; higos

rojos, blancos y verdes, de aspecto admirable. Las flores eran como

perlas y coral; las rosas aparecían más bellas que las mejillas de una

mujer hermosa; las violetas recordaban la llama del azufre. Había flores

blancas de arrayán, alelíes, alhucemas y anémonas, cuyas corolas se

cubrían con una diadema de lágrimas de nubes. Las manzanillas sonreían,

mostrando todos sus dientes, y los narcisos miraban á las rosas con

hondos y negros ojos. La cidra redonda parecía una copa sin asa y sin

cuello; los limones colgaban como bolas de oro. Flores de todos los

colores alfombraban la tierra; la primavera reinaba en los planteles y

en los bosquecillos; los fecundos ríos crecían, rodaban los manantiales,

y cantaba la brisa como una flauta, contestándole suavemente el céfiro,

y esta canción del aire armonizaba toda aquella alegría.

Así entraron Alí-Nur y Dulce-Amiga con el jeique Ibrahim en el Jardín de

las Delicias. Y entonces el jeique Ibrahim, que no quería hacer las

cosas á medias, les invitó á penetrar en el Palacio de las Maravillas, y

abriendo la puerta les hizo entrar.

Alí-Nur y Dulce-Amiga se detuvieron deslumbrados ante el esplendor de

aquel salón nunca visto y lleno de cosas extraordinarias y asombrosas.

Estuvieron admirando largo tiempo aquella belleza, y después, para

descansar la vista de tanto esplendor, fueron á apoyarse en una ventana

que daba al jardín. Y Alí-Nur, contemplando el vergel y los mármoles

bañados por la luz de la luna, empezó á pensar en sus penas pasadas, y

dijo á Dulce-Amiga: «¡Oh Dulce-Amiga! Este lugar lleno de encanto ¡me

recuerda tantas cosas! ¡Y he aquí que la paz desciende sobre mi alma y

extingue el fuego que me consume, apartando de mí la tristeza!»

El jeique Ibrahim les llevó las provisiones que había ido á buscar, y

comieron cuanto quisieron; después se lavaron las manos, y se apoyaron

de nuevo en la ventana, contemplando los árboles cargados de fruta

sabrosa. Al cabo de un rato, Alí-Nur preguntó al jeique Ibrahim: «¡Oh

jeique Ibrahim! ¿tienes que darnos algo para beber? Juzgo muy natural

beber algo después de haber comido.» Y entonces Ibrahim les llevó una

vasija llena de agua dulce y fresca. Pero Alí-Nur le dijo: «¿Qué nos

traes? No es esto lo que yo quiero.» Ibrahim preguntó: «¿Acaso deseas

vino?» Y Alí-Nur dijo: «¡Claro que sí!» Y el jeique Ibrahim repuso:

«¡Guárdeme Alah bajo su protección! ¡Hace trece años que me abstengo de

esa bebida funesta, porque el Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz

de Alah!) maldijo á todo aquél que beba cualquiera bebida fermentada, al

que la exprima y al que la venda!» Entonces le contestó Alí-Nur:

«Permíteme, ¡oh jeique! que te diga dos palabras.» El otro respondió:

«Dilas.» Y Alí-Nur dijo: «Si te indico el medio de que me facilites lo

que te pido, sin que seas tú el bebedor, ni el fabricante, ni el

portador del vino, ¿serás culpable ó maldito?» El jeique repuso: «Creo

que no.» Y Alí-Nur dijo: «Pues entonces toma estos dos dinares y estos

dos dracmas, monta en el burro que está á la puerta del jardín y que nos

trajo hasta aquí, ve al zoco, detente á la puerta de cualquier mercader

de aguas destiladas de rosas y flores, pues estos mercaderes siempre

tienen vino en lo más retirado de la tienda, y al primer transeunte que

halles ruégale, dándole el dinero, que entre á comprarte la bebida por

el precio de los dos dinares de oro, y le darás dos dracmas por el

recado; y él mismo colocará en el borrico los cántaros de vino, y como

será el burro quien lo traiga, el transeunte quien lo compre, y nosotros

los que lo bebamos, no intervendrás para nada en el lance, pues no serás

ni el bebedor, ni el fabricante, ni el portador. Y de este modo nada

tendrás que temer por haber faltado á la santa ley del Libro.» El

jeique, al oir á Alí-Nur, se echó á reir á carcajadas, y dijo: «¡Por

Alah! Nunca he encontrado persona más simpática que tú, ni con tanto

ingenio y encanto.» Y Alí-Nur contestó: «¡Por Alah! Muy agradecidos te

estamos, ¡oh jeique Ibrahim! y no aguardamos de ti más que ese favor,

que te pedimos con insistencia.» Entonces el jeique Ibrahim, que no

había querido revelar hasta aquel momento que había en el palacio toda

clase de bebidas fermentadas, dijo á Alí-Nur: «¡Oh amigo! Toma estas

llaves de mi bodega y de mi despensa, que siempre están llenas para

obsequiar al Emir de los Creyentes cuando me honra con su visita. Puedes

entrar en ellas y tomar á tu gusto todo lo que te plazca.»

El libro de las mil noches y una noche; t. 3 · 第 5 / 12 段