aposento de Dulce-Amiga al oir los gritos de las dos esclavas, y se pasó
el día dando vueltas por aquellos alrededores. No volvió al palacio
hasta que fué de noche, y se apresuró á deslizarse junto á su madre, en
el departamento de las mujeres, para evitar la cólera del visir. Y su
madre, á pesar de todo lo ocurrido, acabó por abrazarle y perdonarle, y
lo ocultó cuidadosamente, ayudada por todas sus doncellas, que
envidiaban secretamente á Dulce-Amiga por haber tenido entre sus brazos
á aquel ciervo incomparable. Además, todas estaban de acuerdo para
prevenirle contra la ira del visir. De modo que Alí-Nur, durante un mes
entero, fué amparado por aquellas mujeres, que por la noche le abrían la
puerta de las habitaciones de su madre. Y allí se deslizaba Alí-Nur
sigilosamente, y allí, en connivencia con su madre, le iba á buscar en
secreto Dulce-Amiga.
Por último, un día la madre de Alí-Nur, viendo al visir menos indignado
que de costumbre, le preguntó: «¿Hasta cuándo va á durar ese persistente
enojo contra nuestro hijo Alí-Nur? ¡Oh mi señor! realmente hemos
perdido una esclava del rey; pero ¿quieres que perdamos también á
nuestro hijo? Pues sabe que si continúa esta situación, nuestro hijo
Alí-Nur huirá para siempre de la casa paterna, y entonces lloraremos á
este hijo, único fruto de mis entrañas.» Conmovido el visir, preguntó:
«¿Y qué medio emplearemos para impedirlo?» Y la mujer respondió: «Ven á
pasar esta noche con nosotras, y cuando llegue Alí-Nur yo os pondré en
paz. Por lo pronto finge quererlo castigar, pero acaba por casarlo con
Dulce-Amiga. Porque Dulce-Amiga, según lo que en ella he podido ver, es
admirable en todo y quiere á Alí-Nur, que está enamoradísimo de ella.
Además, ya te he dicho que te daré de mi peculio el dinero que gastaste
en comprarla.»
El visir se conformó con lo que proponía su esposa, y apenas entró
Alí-Nur en las habitaciones de su madre, se arrojó sobre él, lo tiró al
suelo y levantó un puñal como para matarle. Pero entonces la madre de
Alí-Nur se precipitó entre el puñal y su hijo, y dirigiéndose al visir,
exclamó: «¿Qué intentas hacer?» Y el visir repuso: «Lo voy á matar, para
castigarle.» Y la madre replicó: «¿Pero no sabes que está arrepentido?»
Y Alí-Nur dijo: «¡Oh padre! ¿tendrás valor para sacrificarme de esta
suerte?» Entonces el visir, sintiendo que los ojos se le arrasaban en
lágrimas, dijo: «¡Oh desventurado! ¿no tuviste tú valor para arrebatarme
la tranquilidad y acaso la vida?» Y Alí-Nur respondió: «Oye, ¡oh padre
mío! lo que dice el poeta:
_Supón por un momento que haya obrado muy mal y cometido todos los
delitos; ¿no sabes que los seres nobles gozan con perdonar,
concediendo un indulto completo?_
_¿No sabes también que al proceder así te realzas, singularmente si
el enemigo está entre tus manos, ó te implora desde el fondo de una
sima abierta al pie de la montaña desde cuya cumbre tú le
dominas?_»
Al oir estos versos, el visir soltó á su hijo, á quien tenía sujeto con
las rodillas; entró en su alma la compasión y lo perdonó. Entonces
Alí-Nur se incorporó, besó la mano á sus padres, y quedó en una actitud
sumisa. Y su padre le dijo: «¡Oh hijo mío! ¿por qué no me advertiste que
querías de veras á Dulce-Amiga, y que no se trataba de uno más de tus
caprichos? Si yo hubiese sabido que ibas á conducirte con ella como es
debido, no habría vacilado en otorgártela.» Y Alí-Nur contestó:
«Efectivamente, ¡oh padre mío! estoy dispuesto á cumplir con Dulce-Amiga
como se merece.» Y el visir dijo: «En ese caso, ¡oh mi querido hijo! el
único ruego que he de hacerte, y que no debes olvidar nunca, para que
siempre te acompañe mi bendición, consiste en que me prometas no
contraer legítimas nupcias con otra mujer que no sea Dulce-Amiga, ni
maltratarla jamás, ni venderla.» Y Alí-Nur contestó: «¡Juro por la vida
de nuestro Profeta y por el Corán sagrado no tomar otra esposa legítima
mientras viva Dulce-Amiga, no maltratarla nunca y no venderla jamás!»
Después de esto toda la casa se llenó de júbilo. Alí-Nur pudo poseer
libremente á Dulce-Amiga y siguió viviendo con ella durante un año,
siendo muy felices. En cuanto al rey, Alah hizo que olvidase
completamente los diez mil dinares que le había entregado al visir
Fadleddín para la compra de la esclava. Y por lo que se refiere al
malvado Ben-Sauí, no tardó en descubrir todo lo ocurrido, pero no se
atrevió á decir todavía nada al rey, porque el padre de Alí-Nur era
estimadísimo, no sólo del sultán, sino de todo el pueblo de Bassra.
Y he aquí que un día el visir Fadleddín fué al hammam, salió
apresuradamente todo sudoroso del baño, y cogió un enfriamiento, que le
obligó á meterse en la cama. Después se agravó, y ya no pudo dormir ni
de noche ni de día, y fué tal su consunción, que parecía la sombra de lo
que había sido. Entonces no quiso demorar el cumplimiento de sus últimos
deberes, y mandó que compareciese su hijo Alí-Nur, el cual se presentó
en seguida con los ojos llenos de lágrimas. Y el visir le dijo: «¡Oh
hijo mío! no hay felicidad que no tenga su término, ni bien sin límite,
ni plazo sin vencimiento, ni copa sin brebaje amargo. Hoy me toca á mí
gustar la copa de la muerte.» Y el visir recitó estas estrofas:
_¡Podrá hoy olvidarte la muerte, pero no te olvidará mañana! ¡Todos
caminamos apresuradamente al abismo de la anulación!_
_¡Para los ojos del muy Altísimo no hay llanos ni cumbres! ¡Todas
las alturas están niveladas: no hay hombre pequeño ni hombre
gigante!_
_¡Y jamás ha habido rey, Imperio ni profeta que haya podido
desafiar la ley de la muerte!_
Después prosiguió de este modo: «¡Oh hijo mío! No me queda ahora más que
encargarte una cosa: que cifres tu fuerza en Alah, no pierdas nunca de
vista los fines primordiales del hombre, y sobre todo, que cuides mucho
de nuestra hija y esposa tuya Dulce-Amiga.» Entonces contestó Alí-Nur:
«¡Oh padre mío! ¿Cómo es posible que nos dejes? Desaparecido tú de la
tierra, ¿qué nos quedará? Eres famoso por tus beneficios, y los oradores
sagrados citan tu nombre desde el púlpito de nuestras mezquitas el santo
día del viernes para bendecirte y desearte larga vida.» Y Fadleddín
dijo: «¡Oh hijo mío! sólo ruego á Alah que me reciba y no me rechace.»
Después pronunció en voz alta los dos actos de fe de nuestra religión:
«¡Juro que no hay más Dios que Alah! ¡Juro que Mohamed es el profeta de
Alah!» Y luego exhaló el último suspiro, y quedó inscrito para siempre
entre los elegidos bienaventurados.
Y en seguida todo el palacio se llenó de gritos y lamentos. Llegó la
noticia al sultán, y toda la ciudad de Bassra supo el fallecimiento del
visir Fadleddín ben-Khacan. Y todos los habitantes lo lloraban, sin
exceptuar á los niños de las escuelas. Por su parte, Alí-Nur, á pesar de
su abatimiento, nada escatimó para hacer unos funerales dignos de la
memoria de su padre. Y á estos funerales asistieron todos los emires y
visires, incluso el malvado Ben-Sauí, que, como los demás, tuvo que
ayudar á transportar el féretro. También concurrieron los altos
dignatarios, los grandes del reino, y todos los habitantes de Bassra,
sin excepción. Y al salir de la casa mortuoria, el jeique principal, que
dirigía los funerales, recitó en honor del muerto las siguientes
estancias:
_¡Al hombre encargado de recoger sus despojos mortales le dijo:
Obedece mis órdenes, pues sabe que en vida atendió á mis consejos!_
_¡Si te place, haz correr por encima de él el agua lustral; pero
cuida de regar su cuerpo con las lágrimas vertidas por los ojos de
la Gloria, de la Gloria que le llora!_
_¡Aparta de él los bálsamos mortuorios y los aromas! ¡Sírvete más
bien para embalsamarle de los perfumes de sus beneficios y del
suave olor de sus buenas acciones!_
_¡Bajen del cielo los ángeles gloriosos para rendirle homenaje y
llevar sus mortales despojos, dejando correr el llanto!_
_¡Es inútil cansar con el peso de su ataúd los hombros de los
portadores, pues los hombros de todos los humanos están rendidos
por el peso de sus beneficios y por la carga del bien que les echó
encima cuando vivía!_
Alí-Nur, después de los funerales, guardó prolongado luto y estuvo
encerrado mucho tiempo en su casa, negándose á ver á nadie y á ser
visto, y así permaneció entregado á su aflicción. Pero un día entre los
días, estando sentado, lleno de dolor, oyó llamar á la puerta, se
levantó á abrir, y vió entrar á un joven de su edad, hijo de uno de los
antiguos amigos y comensales de su difunto padre. Y este joven besó la
mano á Alí-Nur, y le dijo: «¡Oh mi señor y dueño! todo humano, aunque
perezca, vive en sus descendientes, y tú tienes que ser el hijo ilustre
de tu padre; por lo tanto, no debes afligirte eternamente, ni olvidar
las santas palabras del señor de los antiguos y modernos, nuestro
profeta Mohamed (¡la plegaria y la paz de Alah sean con él!), que dijo:
«Cura tu alma y no guardes más luto á la criatura.»
Nada pudo contestar Alí-Nur, y resolvió en seguida poner término á su
aflicción, por lo menos exteriormente. Se levantó, fué á la sala de
reuniones y mandó que llevasen á ella todo lo necesario para recibir
dignamente á los visitantes. Y desde aquel momento abrió las puertas de
su casa y empezó á recibir á todos sus amigos, viejos y jóvenes. Pero
tomó particular afecto á diez jóvenes, que eran hijos de los principales
mercaderes de Bassra. Y pasaba el tiempo en su compañía, entre
diversiones y festines. Y á todo el mundo regalaba objetos de valor, y
en cuanto le visitaba alguien, daba en seguida una fiesta en honor suyo.
Pero todo lo hacía con tal prodigalidad, á pesar de las prudentes
advertencias de Dulce-Amiga, que su administrador, asustado de aquel
procedimiento, se le presentó un día y le dijo: «¡Oh mi señor y dueño!
¿no sabes que es perjudicial la excesiva generosidad, y que los regalos
harto numerosos acaban con las riquezas? Recuerda que el que da sin
contar se empobrece. Ya lo expuso el poeta, que expresó la verdad cuando
dijo:
_¡Mi dinero! ¡Lo conservo cuidadosamente, y en vez de derrocharlo,
lo convierto en barras fundidas; el dinero es mi espada y es
también mi escudo!_
_¡Dárselo á mis enemigos, á mis peores enemigos, sería una locura!
¡Entre los hombres equivale obrar así á transformar la felicidad en
infortunio!_
_¡Pues mis enemigos se apresurarán á comérselo y bebérselo
alegremente, y no pensarán en dar una limosna al necesitado!_
_¡Por eso hago bien ocultando mi dinero al perverso que no sabe
compadecer los males de sus semejantes!_
_¡Conservaré mi dinero! ¡Desdichado del pobre que pide una limosna,
lleno de sed, como el camello apartado del abrevadero durante cinco
días! ¡Su alma llegará á ser más vil que la misma alma del perro!_
_¡Oh! ¡Desgraciado del hombre sin dinero y sin recursos, aunque sea
el más sabio de los sabios y su mérito resplandezca más que el
sol!_»
Oídos estos versos, Alí-Nur miró á su administrador, y le dijo: «Tus
palabras no han de influir en mí para nada. Sabe de una vez para siempre
esto que te voy á decir: Cuando hechas tus cuentas resulte que aún me
quede dinero para el desayuno, procura no molestarme con la
preocupación de la cena. Porque tiene razón el poeta cuando dice:
_Si algún día me viese abandonado por la fortuna y rendido á la
pobreza, ¿qué haría yo? ¡Pues precisamente privarme de mis placeres
y no mover ni brazos ni piernas!_
_¡Desafío á todo el mundo á que me presente un avaro que haya
merecido alabanzas por su avaricia, y también lo reto á que me
enseñe un pródigo que haya muerto á causa de su prodigalidad!_»
Al oir estos versos, el administrador no pudo hacer más que retirarse,
saludando respetuosamente á su amo, para ir á ocuparse en sus asuntos.
En cuanto á Alí-Nur, ya no supo reprimir desde aquel día su generosidad,
que le incitaba á dar cuanto poseía, regalándolo á sus amigos y hasta á
los extraños. Bastaba que cualquier convidado exclamase: «¡Qué bonita es
tal cosa!», para que inmediatamente le contestara: «Tuya es.» Si otro
decía: «¡Oh mi querido señor, qué hermosa es esta finca!»,
inmediatamente le replicaba Alí-Nur: «Voy á mandar que la inscriban
ahora mismo á tu nombre.» Y mandaba traer el cálamo, el tintero de cobre
y el papel, é inscribía la casa á nombre del amigo, sellando el
documento con su propio sello. Y así hizo durante todo un año; y por la
mañana daba un banquete á todos sus amigos, y por la tarde les ofrecía
otro, al son de los instrumentos, amenizándolo los mejores cantantes y
las danzarinas más notables.
Y ya no hacía caso de las advertencias de Dulce-Amiga, y hasta llegó á
tenerla olvidada; pero ella no se quejaba nunca y se consolaba con la
lectura de los libros de los poetas. Y un día que Alí-Nur entró en su
gabinete, le dijo: «¡Oh luz de mis ojos! escucha estas estrofas:
_¡Cuanto más bien se hace, más firme aparece la ventura de la vida,
pero hay que temer los ciegos golpes del Destino!_
_¡La noche se hizo para el sueño y el descanso; la noche es la
salvación del alma; pero tú derrochas locamente esas horas
reparadoras, y no ha de asombrarte que una mañana te sorprenda
súbitamente la desdicha!_»
Y apenas acababa de recitar estos versos, se oyó llamar á la puerta. Y
Alí-Nur, saliendo del gabinete, fué á abrir, y se encontró con el
administrador, al que condujo á una habitación contigua á la sala de
reuniones, donde estaban varios amigos de Alí-Nur, que apenas se
separaban de él. Y Alí-Nur preguntó á su administrador: «¿Qué ocurre,
para que pongas esa cara tan triste?» Y el otro dijo: «¡Oh mi señor! ¡Ya
ha llegado lo que tanto temía!» Y Alí-Nur insistió: «Pero ¿qué pasa?» Y
el administrador dijo: «Sabe que ya ha terminado mi cometido, pues ya no
tengo nada tuyo que administrar. Ya no te quedan fincas, ni nada que
valga un óbolo ni menos de un óbolo. Y he aquí que traigo las cuentas
de lo que has gastado, hasta derrochar todo tu capital.» Y al oir estas
palabras, Alí-Nur bajó la cabeza y dijo: «¡Alah es el único fuerte, el
único poderoso!»
Pero precisamente, uno de los amigos, que estaba en la sala, oyó esta
conversación y se apresuró á comunicarla á los demás, diciendo: «¡Oh mis
señores, sabed que á Alí-Nur no le queda ya ni por valor de un óbolo!» Y
en este momento entró Alí-Nur muy preocupado y muy pálido, confirmando
con su gesto la exactitud de la mala nueva.
Al verle, uno de los convidados se levantó y le dijo: «¡Oh mi señor! con
tu venia me voy á retirar, porque mi mujer está de parto y no puedo
abandonarla, de modo que he de marchar á su lado.» Alí-Nur se lo
permitió; y entonces se levantó otro amigo y le dijo: «¡Oh mi dueño
Alí-Nur! necesariamente he de ir ahora mismo á casa de mi hermano, que
celebra las ceremonias de la circuncisión de su hijo.» Y Alí-Nur se lo
permitió. Y todos los demás amigos fueron alegando pretextos para
marcharse, desde el primero hasta el último, y Alí-Nur acabó por verse
solo en medio de la gran sala de reuniones. Entonces mandó llamar á
Dulce-Amiga, y le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! aún ignoras la desgracia que
se me ha venido encima.» Y le refirió cuanto le acababa de ocurrir. Y
ella contestó: «¡Oh dueño mío! ya hace tiempo que te lo anunciaba, y tú,
en vez de hacerme caso, hasta me recitaste un día estos versos:
_¡Si la Fortuna pasara un día por delante de tu puerta, acógela en
seguida, y disfruta de ella á gusto, y que la gocen también todos
tus amigos, pues podría escabullirse de entre tus manos!_
_¡Pero si se detuviese para siempre en tu casa, usa ampliamente de
ella, pues la generosidad no ha de agotarla, ni tiene por qué
sujetarla la avaricia!_
De modo que cuando oí estos versos me callé y no quise contrariarte.» Y
Alí-Nur le dijo: «¡Oh Dulce-Amiga! bien sabes que nada he escatimado á
mis amigos, pues con ellos he derrochado todos mis bienes. Y ahora no
puedo creer que me abandonen en la desgracia.» Pero Dulce-Amiga replicó:
«¡Te juro por Alah que para nada te han de servir!» Y Alí-Nur dijo:
«Ahora mismo voy á verlos, uno por uno; y llamaré á su puerta, y cada
cual me dará generosamente alguna cantidad, y de este modo reuniré un
capital con el que me dedicaré al comercio, y me apartaré para siempre
del juego y de las diversiones.» Y efectivamente, se levantó en seguida
y recorrió la calle de Bassra en que vivían sus amigos, pues todos ellos
vivían en aquella calle, que era la más hermosa de la ciudad. Y llamó á
la primera puerta, y le abrió una negra, que le dijo: «¿Quién eres?» Él
contestó: «Avisa á tu amo que ha venido hasta su puerta Alí-Nur para
decirle: «Tu servidor Alí-Nur besa tus manos y espera una muestra de tu
generosidad.» Y la negra fué á avisar á su amo. Y éste contestó: «Sal en
seguida y dile que no estoy en casa.» Y la negra volvió, y le dijo á
Alí-Nur: «¡Oh señor, no está mi amo!» Y Alí-Nur dijo para sí: «Éste es
un mal nacido que se me niega, pero los demás no serán mal nacidos.» Y
fué á llamar á la puerta de otro amigo, y le mandó el mismo recado que
al primero, y recibió de él la misma respuesta negativa. Entonces
Alí-Nur recitó esta estrofa:
_¡Apenas llegué frente á la casa se apresuraron á dejarla vacía, y
vi huir á todos sus moradores, temerosos de que pusiese á prueba su
generosidad!_
Y después dijo: «¡Por Alah! que he de visitar á todos, pues espero
encontrar por lo menos uno que haga lo que estos traidores se han negado
á hacer.» Pero no pudo encontrar á nadie que le recibiese, ni que le
enviase siquiera un pedazo de pan. Y entonces se consoló recitando estos
versos:
_¡El hombre próspero es como un árbol: le rodea la gente mientras
lo cubren los frutos!_
_¡Pero apenas estos frutos caen, se dispersa la gente para buscar
otro árbol mejor!_
_¡Todos los hijos de este tiempo padecen la misma enfermedad, y no
he encontrado uno solo que estuviese libre de ella!_
Y después fué á buscar á Dulce-Amiga, y le dijo: «¡Por Alah! ¡Ni
siquiera uno me ha recibido!» Y ella contestó: «¡Oh dueño mío, ya te
había advertido que no te ayudarían en nada! Ahora te aconsejo que
empieces por vender los muebles y objetos preciosos que tenemos en casa,
y con eso nos podremos sostener algún tiempo.» Y Alí-Nur hizo lo que
Dulce-Amiga le aconsejaba. Pero pasados los días ya no les quedó nada
que vender, y entonces Dulce-Amiga, aproximándose á Alí-Nur, que lloraba
lleno de desesperación, le dijo: «¡Oh dueño mío! ¿por qué lloras? ¿No
estoy yo todavía aquí? ¿No sigo siendo la misma Dulce-Amiga á quien
llamas la más hermosa de las mujeres? Cógeme, pues, llévame al zoco de
los esclavos y véndeme. ¿Has olvidado que tu difunto padre me compró en
diez mil dinares de oro? Espero que Alah nos ayude en esta venta y la
haga fructuosa, y hasta que te paguen por mí más que la primera vez. Y
en cuanto á nuestra separación, ya sabes que si Alah ha escrito que nos
hemos de encontrar algún día, acabaremos por reunirnos.» Alí-Nur
contestó: «¡Oh Dulce-Amiga, nunca accederé á separarme de ti, ni
siquiera por una hora!» Y ella replicó: «Tampoco lo quisiera yo, ¡oh mi
dueño Alí-Nur! pero la necesidad no tiene ley, como dijo el poeta:
_¡No dudes en hacer aquello á que te obligue la necesidad! ¡No
retrocedas ante nada, siempre que esté en los límites de la
decencia!_
_¡No te preocupes sin un motivo fundado, y cree que son muy escasas
las aflicciones que tengan un verdadero motivo de constante
preocupación!_»
Alí-Nur cogió entonces en brazos á Dulce-Amiga, le besó la cabellera, y
con lágrimas en los ojos recitó estas estrofas:
_¡Detente, por favor! ¡Déjame recoger una mirada de tus ojos, una
sola mirada, para que me acompañe durante todo el camino; una
mirada que sirva de remedio á mi alma, herida por esta separación
mortal!_
_¡Pero si hasta esto te parece exagerado, no me lo des, y déjame
entregado á mi dolor y sin más compañía que mi tristeza!_
Entonces Dulce-Amiga habló con palabras tan dulces á Alí-Nur, que acabó
por decidirle á que tomase la resolución que le acababa de proponer,
pues era el único medio de evitar que el hijo de Fadleddín ben-Khacan se
viese en aquella pobreza indigna de su rango. Salió, pues, con
Dulce-Amiga, y la llevó al zoco de los esclavos; se dirigió al más
experto de los corredores y le dijo: «Es necesario, ¡oh corredor! que
sepas el valor de esta joya que vas á pregonar en el mercado. No vayas á
equivocarte.» Y el corredor respondió: «¡Oh mi señor Alí-Nur! soy tuyo,
y conozco, además de mis deberes, las consideraciones que te debo.»
Entonces Alí-Nur entró en una habitación del khan y levantó el velo que
cubría el rostro de Dulce-Amiga. Y al verla, exclamó el corredor: «¡Por
Alah! ¡Si es la esclava que apenas hace dos años vendí en diez mil
dinares de oro al difunto visir!» Y Alí-Nur asintió: «La misma es.»
Entonces dijo el corredor: «¡Oh Alí-Nur! cada criatura lleva pendiente
del cuello su destino y no se puede librar de él. Te juro que he de
poner toda mi inteligencia en vender tu esclava al precio más alto del
mercado.»