ocupado por un sultán tributario de su soberano el califa Harún
Al-Rachid, que se llamaba el rey Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní.
Amparaba á los pobres y á los necesitados, se compadecía de sus súbditos
desgraciados y repartía su fortuna entre los que creían en nuestro
Profeta Mohamed (¡con él sean la plegaria y la paz de Alah!) Era, pues,
verdaderamente digno de este elogio del poeta:
_¡Transformó en su pluma la punta de la lanza, el corazón de los
enemigos en una hoja donde escribir, y en tinta su sangre!_
Tenía dos visires, llamados respectivamente El-Mohin ben-Sauí y El-Faldl
ben-Khacan. Pero hay que saber que El-Faldl era el hombre más generoso
de su tiempo, dotado de buen carácter, admirables costumbres y
excelentes cualidades, que le granjearon el cariño de todos los
corazones y la estimación de los hombres prudentes y sabios, quienes le
consultaban y pedían su parecer en los asuntos más difíciles. Y todos
los habitantes del reino, sin ninguna excepción, le deseaban larga vida
y muchas prosperidades, porque hacía todo el bien posible y odiaba la
injusticia. En cuanto al otro visir, llamado El-Mohin, era muy
diferente: tenía horror al bien y cultivaba el mal, hasta tal punto, que
un poeta dijo:
_¡Le vi! Y en seguida me dispuse á huir ante la mancilla de su
aproximación, y me levanté la orla del ropón para evitar su torpe
contacto! ¡Y confié mi salvación á la ligereza de mi corcel para
que me llevase lejos de aquel elemento tan impuro!_
De modo que á cada uno de estos dos visires, tan distintos entre sí, se
les puede aplicar cada uno de estos versos de otro poeta:
_¡Goza la deliciosa compañía del hombre noble, de alma noble, hijo
de noble, pues siempre observarás que el hombre noble ha nacido
noble y de padre noble!_
_¡Pero aléjate del contacto del hombre vil, de alma vil, de
extracción vil, porque siempre verás que el hombre vil ha nacido de
padre vil!_
La gente sentía, pues, tanto odio y repulsión hacia el visir El-Mohin,
como amor le inspiraba el visir El-Faldl. Así es que El-Mohin tenía una
gran enemistad hacia su compañero, y no desperdiciaba ninguna ocasión de
perjudicarle ante el sultán.
Un día entre los días, Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní estaba sentado en
el trono de su reino, en la sala de justicia, rodeado de todos los
emires y de todos los notables y grandes de su corte. Y ese día había
llegado al mercado un lote de esclavas de todos los países. El rey se
dirigió á su visir El-Faldl, y le dijo: «Quiero que me busques una
esclava que no tenga igual en el mundo. Que además de su perfección y su
belleza, tenga una admirable dulzura de carácter.»
Al oir estas palabras del rey dirigidas á su visir El-Faldl Fadleddín,
el visir El-Mohin, lleno de envidia porque el rey depositaba toda su
confianza en su rival, quiso desalentar al soberano, y exclamó: «¡Pero
si se pudiese encontrar á esa mujer, habría que pagarla lo menos en diez
mil dinares de oro!» Entonces el rey, más obstinado por tal dificultad,
llamó inmediatamente á su tesorero, y le dijo: «Toma en seguida diez mil
dinares de oro y llévalos á casa de mi visir El-Faldl.» Y el tesorero se
apresuró á ejecutar la orden.
El visir se dirigió en seguida al zoco de los esclavos, pero nada
encontró que ni de cerca ni de lejos se ajustase á las condiciones
requeridas para la compra. Reunió entonces á todos los corredores que se
ocupaban de la compra y de la venta de esclavas blancas y negras, y les
encargó que buscasen una esclava como la quería el rey. Y les dijo:
«Cuando una esclava alcance el precio de mil dinares de oro avisadme en
seguida, y ya veré si conviene.»
Y desde entonces no pasaba día sin que dos ó tres corredores propusiesen
una linda esclava al visir, que siempre despedía al corredor y á la
esclava sin ultimar la compra. Y vió durante un mes más de mil
muchachas, á cual más hermosa y capaces de infundir virilidad á mil
viejos impotentes. Pero no podía decidirse por ninguna de ellas.
Un día entre los días iba á montar á caballo para visitar al rey y
rogarle que aguardara algún tiempo, cuando se le acercó un corredor á
quien conocía, y que, teniéndole el estribo, lo saludó respetuosamente y
recitó en honor suyo estas dos estancias:
_¡Oh tú, que das mayor realce á la gloria del reinado y restauras
el añoso edificio de los antepasados! ¡Oh tú, siempre victorioso
gran visir!_
_¡Das nueva vida á los míseros y á los moribundos con tu
generosidad y tus beneficios! ¡Y todas tus acciones son siempre
gratas al Recompensador y las ponemos sobre nuestra frente!_
Y recitados los versos, dijo el corredor al visir: «¡Oh noble El-Faldl!
te anuncio que ha parecido la esclava que tuviste la bondad de
encargarme que buscara, y está á tu disposición.» Y el visir dijo:
«Tráela para que yo la vea.» Y regresó á su palacio, adonde una hora
después llegaba el corredor con la esclava. Únicamente diré para
describirla que era de una esbeltez deliciosa, de pechos rectos y
gloriosos, párpados oscuros, ojos de noche, mejillas redondas, fina
barbilla adornada con un hoyuelo, caderas poderosas y sólidas, cintura
de abeja y nalgas soberanas. Iba vestida de telas raras y escogidas.
Pero olvidaba decirte, ¡oh rey! que su boca era una flor, su saliva
jarabe, sus labios nuez moscada y su cuerpo fino y flexible como una
tierna rama de sauce. Su voz, canto de la brisa, era más agradable que
el céfiro que se perfuma al pasar entre las flores de los jardines. Y
era digna de estos versos del poeta:
_¡Su piel es más suave que la seda, su voz canta como el agua, con
las ondulaciones del agua, y como ella también reposada y pura!_
_¡Y sus ojos! Alah dijo: «¡Sed!» y fueron hechos. ¡Son la obra de
un Dios! ¡Y su mirada turba á los humanos más que el vino y su
fermento!_
_¡Pensando en ella en las horas nocturnas, mi alma se turba y mi
cuerpo arde! ¡Y al pensar en su crencha, negra como la noche, y en
su frente de aurora, iluminadora de la mañana, me siento morir!_
Y á causa de sus gracias y de su dulzura, la llamaron desde la pubertad
Dulce-Amiga.
Por eso cuando la vió el visir quedó completamente maravillado, y
preguntó al corredor: «¿Qué precio tiene esta esclava?» Y el otro
contestó: «Su amo pide diez mil dinares, y en eso hemos quedado, porque
me parece justo. Pero él jura que pierde al venderla en ese precio por
una porción de cosas que yo quisiera que oyeses de sus mismos labios.»
Entonces el visir dijo: «Pues que venga en seguida.»
El corredor salió en busca del amo de la esclava y lo llevó ante el
visir. Y el visir vió que el amo de la maravillosa joven era un persa
viejísimo, aniquilado por la edad, que lo había reducido á huesos y
pellejo. Como dice el poeta:
_¡El Tiempo y el Destino me envejecieron; mi cabeza tiembla y mi
cuerpo se viene abajo! ¿Quién es capaz de resistir á la fuerza y la
violencia del Tiempo?_
_¡Hace muchos años me tenía derecho y erguido y andaba hacia el
sol! ¡Ahora, caído de aquella altura, mi compañía es la enfermedad,
y la inmovilidad mi amada!_
Y el amo de la esclava deseó la paz al visir. Y el visir le dijo:
«¿Estás conforme en venderme esta esclava en diez mil dinares? Has de
saber que no es para mí, sino para el rey.» El anciano contestó: «Siendo
para el rey, prefiero ofrecérsela como un presente, sin aceptar precio
alguno. Pero ¡oh visir magnánimo! ya que me interrogas, mi deber es
contestarte. Sabe que esos diez mil dinares apenas me indemnizan del
importe de los pollos con que la alimenté desde su infancia, de los
magníficos vestidos con que siempre la adorné y de los gastos que he
hecho para instruirla. Porque ha tenido varios maestros y aprendió á
escribir con muy buena letra; conoce también las reglas de la lengua
árabe y de la lengua persa, la gramática y la sintaxis, los comentarios
del Libro, las reglas de derecho divino y sus orígenes, la
jurisprudencia, la moral, la filosofía, la medicina, la geometría y el
catastro. Pero sobresale especialmente en el arte de versificar, en
tañer los más variados instrumentos, en el canto y en el baile; y por
último, ha leído todos los libros de los poetas é historiadores. Y todo
ello ha contribuído á hacer más admirables su ingenio y su carácter; por
eso la he llamado Dulce-Amiga.» El visir dijo: «Verdaderamente tienes
razón, pero sólo puedo dar diez mil dinares. Además, los haré pesar y
comprobar inmediatamente.»
Y en efecto, el visir mandó pesar inmediatamente los diez mil dinares de
oro en presencia del anciano persa, que los tomó. Pero antes de
marcharse, el viejo mercader de esclavos se acercó al visir y le dijo:
«Quisiera, ¡oh mi señor! que me permitieses un consejo.» Y el visir
repuso: «Di lo que quieras.» Y prosiguió el anciano: «Aconsejo á mi
señor el visir que no lleve inmediatamente al palacio del rey Mohammad
ben-Soleimán El-Zeiní á mi esclava Dulce-Amiga, porque mi esclava ha
llegado hoy de viaje, y el cambio de clima y de aguas la ha fatigado
mucho. Por eso lo mejor para ti y para ella es que la conserves en tu
casa diez días, y así reposará y ganará en hermosura y tomará un baño en
el hammam y se cambiará de vestidos. Y entonces la podrás presentar al
rey, y con esto tu gestión parecerá más honrosa y meritoria á los ojos
de nuestro sultán.» Y el visir comprendió que el viejo persa era buen
consejero y le hizo caso. Y retuvo en su palacio á Dulce-Amiga, mandando
que preparasen un aposento reservado para que descansase.
Pero el visir El-Faldl tenía un hijo de admirable hermosura, como la
luna cuando sale. Su cara era de una blancura maravillosa, sus mejillas
sonrosadas, y en una de ellas tenía un lunar como una gota de ámbar
gris, según dice el poeta:
_¡Las rosas de sus mejillas! ¡Más deliciosas que los dátiles rojos
en sus racimos!_
_¡Si su cuerpo es tierno y dulce, su corazón es duro é inexorable!
¿Por qué no poseerá su corazón algunas de las cualidades de su
cuerpo?_
_¡Porque si su cuerpo, tan tierno y tan dulce, influyera algo en su
corazón, no sería tan injusto ni tan duro para mi amor!_
_¡Y tú, amigo, que me reconvienes por el amor que me domina, cree
que tengo disculpa, pues no soy ya dueño de mí, y mi cuerpo y
todas mis fuerzas se encuentran bajo el poder de esa pasión
dominadora!_
_¡Y sabe que el único culpable no es él ni soy yo, sino mi corazón!
¡Y no me verías languidecer si mi joven tirano fuese más
compasivo!_
Pero el hijo del visir, que se llamaba Alí-Nur, nada sabía de la compra
de la esclava. Y además, el visir había empezado por encargar á
Dulce-Amiga que no olvidase los consejos que tenía que darle. Y le dijo:
«Sabe ¡oh hija mía! que te he comprado por cuenta de nuestro amo el rey,
para que seas la preferida entre sus favoritas. De modo que debes tener
mucho cuidado en evitar todas las ocasiones de comprometerte y
comprometerme. Así es que he de advertirte que tengo un hijo algo mala
cabeza, pero guapo mozo. No hay en este barrio ninguna doncella que no
se haya entregado á él y de cuya flor no haya gozado. Por tanto, evita
su encuentro; que no oiga tu voz ni vea tu rostro, pues de otra suerte
te perderías sin remedio.» Y Dulce-Amiga dijo: «Escucho y obedezco.» Y
el visir, tranquilizado sobre este punto, se alejó para seguir su
camino.
Pero por voluntad escrita de Alah, las cosas llevaron un rumbo muy
diferente. Porque algunos días después, Dulce-Amiga fué al hammam del
palacio del visir, y las esclavas emplearon toda su habilidad en darle
un baño que fuera el mejor de su vida. Después de haberle lavado los
miembros y el cabello, le dieron masaje. Y la depilaron esmeradamente,
frotaron con almizcle su cabellera, le tiñeron con alheña las uñas de
los pies y de las manos, le alargaron con kohl las cejas y las pestañas,
y quemaron junto á ella pebeteros de incienso macho y ámbar gris,
perfumándole de este modo toda la piel. Después la envolvieron con una
sábana embalsamada con azahar y rosas, le sujetaron la cabellera con un
paño caliente, y la sacaron del hammam para llevarla al aposento donde
la aguardaba la mujer del visir, madre del hermoso Alí-Nur. Dulce-Amiga,
al ver á la mujer del visir, corrió á su encuentro y le besó la mano, y
la esposa del visir la besó en las dos mejillas, y le dijo: «¡Oh
Dulce-Amiga! ¡ojalá te dé ese baño todo el bienestar y todas las
delicias! ¡Oh Dulce-Amiga, cuán hermosa estás, cuán limpia y perfumada!
Iluminas nuestro palacio, que no necesita más luz que la tuya.» Y
Dulce-Amiga, muy emocionada, se llevó la mano al corazón, á los labios y
á la frente, é inclinando la cabeza, respondió: «Gracias, ¡oh madre y
señora! ¡Proporciónete Alah todos los goces de la tierra y del paraíso!
En verdad ha sido delicioso este baño, y sólo me ha dolido una cosa: no
compartirlo contigo.» Entonces la madre de Alí-Nur mandó que llevasen á
Dulce-Amiga sorbetes y pastas, y se dispuso á marchar al hammam para
tomar su baño.
Pero no quiso dejar sola á Dulce-Amiga, por temor y por prudencia.
Llamó, pues, á dos esclavas jóvenes, y les mandó que guardasen la puerta
del aposento de Dulce-Amiga, diciéndoles: «No dejéis entrar á nadie
bajo ningún pretexto, porque Dulce-Amiga está desnuda y podría
enfriarse.» Y las dos esclavas contestaron respetuosamente: «Escuchamos
y obedecemos.»
Y entonces la madre de Alí-Nur, rodeada de sus doncellas, se fué al
hammam después de haber besado otra vez á Dulce-Amiga, que le deseó un
baño delicioso.
Pero en aquel momento entraba en la casa el joven Alí-Nur, buscó á su
madre para besarle la mano, como todos los días, y como no la encontrara
en su habitación, la fué buscando por todas las demás, hasta que llegó
frente á la puerta de aquella en que estaba encerrada Dulce-Amiga. Y vió
á las dos esclavas que guardaban la puerta, y las dos esclavas le
sonrieron, porque era muy gentil y le adoraban en secreto. Pero
asombrado al ver aquella puerta tan bien guardada, les dijo: «¿Está ahí
mi madre?» Y las esclavas, intentando rechazarle, le contestaron: «¡Oh,
no, amo Alí-Nur, no está ahí nuestra ama! ¡No está ahí! ¡Ha ido al
hammam! ¡Está en el hammam, amo Alí-Nur!» Y Alí les dijo: «Pues
entonces, ¿qué hacéis aquí, corderas? Apartaos para que pueda
descansar.» Y ellas replicaron: «¡No entres, oh Alí-Nur, no entres ahí!
¡Ahí sólo está nuestra ama joven Dulce-Amiga!» Alí-Nur exclamó: «¿Qué
Dulce-Amiga?» Y ellas contestaron: «La hermosa Dulce-Amiga, que tu padre
y amo nuestro el visir Fadleddín ha comprado en diez mil dinares para
el sultán. Acaba de salir del hammam y está desnuda, sin más ropa que la
sábana del baño. ¡No entres, oh Alí-Nur, no entres! Podría enfriarse, y
nuestra ama nos pegaría. ¡No entres, oh Alí-Nur!»
Entretanto, Dulce-Amiga oía estas palabras desde su habitación, y
pensaba: «¡Por Alah! ¿Cómo será ese joven Alí-Nur, cuyas hazañas me ha
enumerado su padre el visir? ¿Cómo será ese mancebo que no ha dejado en
el barrio doncella intacta ni mujer sin ataque? ¡Por Alah, que desearía
verle!» Y no pudiendo aguantarse, se puso de pie, y perfumada aún con
todos los aromas del hammam, llena de frescura, con los poros abiertos á
la vida, se acercó á la puerta, la entreabrió poco á poco y se puso á
mirar. Y vió á Alí-Nur. Y le pareció como la luna llena. Y sólo con
mirarle le sacudió la emoción y se estremeció toda su carne. Y al mismo
tiempo, Alí-Nur había tenido ocasión de mirar por la puerta
entreabierta, apreciando toda la hermosura de Dulce-Amiga.
Y arrebatado por el deseo, dió tal grito y sacudió tan fuertemente á las
dos esclavas, que llorando huyeron de entre sus manos, refugiándose en
la habitación contigua, y desde allí se pusieron á mirar, pues Alí-Nur
no se había tomado el trabajo de cerrar la puerta después de haber
llegado junto á Dulce-Amiga. Y así vieron todo lo que ocurrió.
Y efectivamente, Alí-Nur avanzó hacia donde estaba Dulce-Amiga, que,
aturdida, se había dejado caer en el diván, y le aguardaba desnuda,
toda temblorosa y con los ojos muy abiertos. Y Alí-Nur, llevándose la
mano al corazón, se inclinó ante Dulce-Amiga y le dijo: «¡Oh
Dulce-Amiga! ¿Eres tú la que ha comprado mi padre en diez mil dinares de
oro? ¿Te pesaron acaso en el otro platillo para contrastar bien tu
verdadero valor? ¡Oh Dulce-Amiga! ¡Eres más hermosa que el oro fundido,
tu cabellera más abundante que la de una leona del desierto y tus pechos
más frescos y más suaves que el musgo de los arroyos!» Ella contestó:
«Alí-Nur, ante mis ojos asombrados apareces más poderoso que el león del
desierto; ante mi carne que te desea, más fuerte que el leopardo, y ante
mis labios que palidecen, más rasgador que el duro acero. ¡Alí-Nur, mi
sultán!»
Y ebrio Alí-Nur, se precipitó sobre Dulce-Amiga. Y las dos esclavas se
asombraban al ver todo esto desde fuera. Pues aquello era para ellas muy
extraño y no lo comprendían. Porque Alí-Nur, después de cambiar ruidosos
besos con Dulce-Amiga, se apoderó de sus piernas y penetró en la casa de
la misericordia. Y Dulce-Amiga le rodeó con sus brazos, y durante algún
tiempo sólo hubo besos, contorsiones y elocuencia sin palabras.
Entonces las dos siervas quedaron sobrecogidas de terror. Y gritando,
huyeron espantadas, yendo á refugiarse en el hammam, cuando precisamente
salía del baño la madre de Alí-Nur, humedecida por el sudor que le
corría por el cuerpo. Y les dijo á las esclavas: «¿Qué os pasa para
chillar y correr de este modo, hijas mías?» Y ellas clamaban: «¡Oh
señora, oh señora!» Y ella insistió: «¿Pero qué ocurre, desdichadas?» Y
ellas, llorando, dijeron: «¡Oh señora, he aquí que nuestro joven amo
Alí-Nur ha empezado á darnos golpes y nos ha echado! Y luego le vimos
entrar en la habitación de nuestra ama Dulce-Amiga, y él gustó su lengua
y ella también. Y no sabemos qué le haría después, porque ella suspiraba
mucho, y él también suspiraba encima de ella. ¡Y estamos aterradas por
todo eso!»
Entonces, la esposa del visir, aunque iba calzada con los altos zuecos
de madera que se usan para el baño, echó á correr á pesar de su avanzada
edad, seguida por todas sus doncellas, y llegó á la habitación de
Dulce-Amiga, precisamente cuando Alí-Nur, habiendo oído los gritos de
las esclavas, había huído más que de prisa, una vez terminada la cosa.
Y la mujer del visir, pálida de emoción, se acercó á Dulce-Amiga y le
dijo: «¿Qué es lo que ha ocurrido?» Y Dulce-Amiga repitió las palabras
que Alí-Nur le había enseñado: «¡Oh mi señora! Mientras estaba
descansando del baño, echada en el diván, entró un joven á quien nunca
había visto. Y era muy hermoso, ¡oh señora! y hasta se te parecía en los
ojos y en las cejas. Y me dijo: «¿Eres tú, Dulce-Amiga, la que ha
comprado mi padre en diez mil dinares?» Y yo le contesté: «Sí; soy
Dulce-Amiga, comprada por el visir en diez mil dinares, pero estoy
destinada al sultán Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní.» Y el joven,
riéndose, replicó: «¡No lo creas, oh Dulce-Amiga! Acaso haya tenido mi
padre esa intención, pero ha cambiado de parecer y te ha destinado toda
para mí.» Entonces, ¡oh mi señora! á fuer de esclava sumisa desde mi
nacimiento, hube de obedecer. Además, creo haber hecho bien, pues
prefiero ser esclava de tu hijo Alí-Nur, ¡oh mi señora! que convertirme
en esposa del mismo califa que reina en Bagdad.» La madre de Alí-Nur
contestó: «¡Ah, hija mía, qué desdicha para todos nosotros! Mi hijo
Alí-Nur es un gran malvado, y te engañó. Pero dime, hija mía, ¿que ha
hecho contigo?» Dulce-Amiga respondió: «Me rendí á su voluntad, y él se
apoderó de mí y nos enlazamos.» Y la mujer del visir dijo: «¿Pero te ha
poseído por completo?» Y replicó Dulce-Amiga: «Ciertamente, y hasta tres
veces, ¡oh madre mía!» Al oir esto la madre de Alí-Nur, dijo: «¡Oh hija
mía! ¡Cómo te han destrozado!» Y empezó á llorar y á abofetearse, y
todas sus esclavas lloraban lo mismo, y clamaban: «¡Qué calamidad, qué
calamidad!» Porque en el fondo lo que aterraba á la madre de Alí-Nur y á
las doncellas de la madre de Alí-Nur era el temor que les inspiraba el
padre de Alí-Nur. En efecto, el visir, aunque bueno y generoso, no podía
tolerar aquella usurpación, sobre todo tratándose de cosa del rey,
pudiendo ponerse en tela de juicio el honor y el comportamiento del
visir. Y en el arrebato de su ira era capaz de matar á su hijo Alí-Nur,
al cual lloraban todas aquellas mujeres, considerándole perdido para su
amor y su afecto.
Y entonces entró el visir Fadleddín y vió á todas las mujeres llorando,
llenas de desolación. Y preguntó: «¿Pero qué os ocurre, hijas mías?» Y
la madre de Alí-Nur se secó los ojos y dijo: «¡Oh esposo mío! Empieza
por jurarme por la vida de nuestro Profeta (¡sean con él la plegaria y
la paz de Alah!) que has de conformarte de todo punto con lo que te
diga, si no, moriré antes que hablar.» Juró el visir, y su mujer le
contó el supuesto engaño de Alí-Nur y la irremediable pérdida de la
virginidad de Dulce-Amiga.
Alí-Nur había hecho pasar muy malos ratos á sus padres, pero Fadleddín,
al enterarse de su reciente fechoría, quedó aterrado, se desgarró las
vestiduras, se dió de puñetazos en la cara, se mordió las manos, se mesó
las barbas y tiró por los aires el turbante. Entonces su esposa trató de
consolarle, y le dijo: «No te aflijas de ese modo, pues los diez mil
dinares te los restituiré por completo sacándolos de mi peculio y
vendiendo parte de mis pedrerías.» Pero el visir Fadleddín exclamó:
«¿Qué piensas, ¡oh mi señora!? ¿Se te figura que lamento la pérdida de
ese dinero, que para nada necesito? Lo que me aflige es la mancha que ha
caído en mi honor y la probable pérdida de la vida.» Y su esposa dijo:
«En realidad, nada se ha perdido, pues el rey ignora hasta la existencia
de Dulce-Amiga, y con mayor razón la pérdida de su virginidad. Con los
diez mil dinares que te daré podrás comprar otra esclava, y nosotros
nos quedaremos con Dulce-Amiga, que adora á nuestro hijo. Y es un
verdadero tesoro el haberla encontrado, porque es de todo punto
perfecta.» El visir replicó: «¡Oh madre de Alí-Nur! Te olvidas del
enemigo que queda detrás de nosotros, del segundo visir, llamado
El-Mohín ben-Sauí, que acabará por enterarse de todo alguna vez. Aquel
día avanzará entre las manos del rey y le dirá...»
Al llegar á este momento de su narración, vió Schahrazada que iba á
nacer el día, é interrumpió discretamente su relato.
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 33.ª NOCHE_
[Illustration]
Schahrazada prosiguió:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el visir Fadleddín dijo á su
mujer: «Aquel día mi enemigo el visir Sauí se presentará entre las manos
del sultán y le dirá: «¡Oh rey! He aquí que el visir á quien tanto
ponderas y de cuya adhesión pretendes estar seguro te sacó diez mil
dinares para comprarte una esclava, y efectivamente, compró una esclava
sin igual en el mundo. Y como la encontraba maravillosa, le dijo á su
hijo Alí-Nur, mozalbete corrompido: «Tómala, hijo mío; más vale que la
goces tú que ese sultán viejo, que tiene no sé cuántas concubinas, suya
virginidad no puede disfrutar.» Y el joven Alí-Nur, que es una
especialidad en lo de robar virginidades, se apoderó de la hermosa
esclava, y en un abrir y cerrar de ojos la perforó de parte á parte.
Pero he aquí que sigue pasando agradablemente el tiempo con ella en el
palacio de su padre, y el joven perforador, disoluto y holgazán, no sale
de las habitaciones de las mujeres.»
»Al oir estas palabras de mi enemigo--siguió diciendo el visir
Fadleddín--, el sultán, que me estima, se negará á creerlo, y dirá:
«Mientes, ¡oh Mohín ben-Sauí!» Pero Sauí le contestará: «Permíteme
cercar con soldados la casa de Fadleddín, y te traeré inmediatamente la
esclava, y con tus propios ojos comprobarás la cosa.» Y el sultán, que
es mudable, le dará permiso, y Sauí vendrá aquí con los soldados,
apoderándose de Dulce-Amiga, que arrebatará de vosotras y la llevará
entre las manos del sultán. Y el sultán interrogará á Dulce-Amiga, que
tendrá que confesarlo todo. Entonces mi enemigo Sauí, afirmando su
triunfo, dirá: «¡Oh mi señor! ¿Ves cómo soy para ti un buen consejero?
Pero ¿qué le vamos á hacer? Está escrito que me has de despreciar,
mientras que el traidor Fadleddín será tu preferido.» Y el sultán,
rectificando su opinión con respecto á mí, me castigará severamente. Y
seré la irrisión de cuantos hoy me estiman, y perderé mi vida y con ella
toda la casa.»
Al oir esto la madre de Alí-Nur, respondió á su esposo: «Créeme; no
hables á nadie de este asunto, y nadie se enterará. Confía tu suerte á
la voluntad de Alah, el muy poderoso. Sólo ocurrirá lo que haya de
ocurrir.» Entonces el visir se sintió tranquilizado con estas palabras,
calmándose su inquietud en cuanto á las consecuencias futuras, pero no
por ello se aplacó su cólera contra Alí-Nur.