como si pusieran el mantel y lo cubriesen de numerosos platos llenos
hasta los bordes. Y Schakalik, aunque muy hambriento, pensó que los
pobres deben respetar los caprichos de los ricos, y se guardó mucho de
demostrar impaciencia alguna. Entonces el jeique le dijo: «¡Oh huésped!
siéntate á mi lado, y apresúrate á hacer honor á mi mesa.» Y mi hermano
se sentó á su lado, junto al mantel imaginario, y el viejo empezó á
fingir que tocaba los platos y que se llevaba bocados á la boca, y movía
las mandíbulas y los labios como si realmente mascase algo. Y le decía á
mi hermano: «¡Oh huésped! mi casa es tu casa y mi mantel es tu mantel;
no tengas cortedad y come lo que quieras, sin avergonzarte. Mira qué
pan, cuán blanco y bien cocido. ¿Cómo encuentras este pan?» Schakalik
contestó: «Este pan es blanquísimo y verdaderamente delicioso; en mi
vida he probado otro que se le parezca.» El anciano dijo: «¡Ya lo creo!
La negra que lo amasa es una mujer muy hábil. La compré en quinientos
dinares de oro. Pero ¡oh huésped! prueba de esta fuente en que ves esa
admirable pasta dorada de kebeba con manteca, cocida al horno. Cree que
la cocinera no ha escatimado ni la carne bien machacada, ni el trigo
mondado y partido, ni el cardamomo, ni la pimienta. Come, ¡oh pobre
hambriento! y dime qué te parecen su sabor y su perfume.» Y mi hermano
respondió: «Esta kebeba es deliciosa para mi paladar, y su perfume me
dilata el pecho. Cuanto á la manera de guisarla, he de decirte que ni en
los palacios de los reyes se come otra mejor.» Y hablando así, Schakalik
empezó á mover las quijadas, á mascar y á tragar como si lo hiciera
realmente. Y el anciano dijo: «Así me gusta, ¡oh huésped! Pero no creo
que merezca tantas alabanzas, porque entonces, ¿qué dirás de ese plato
que está á tu izquierda, de esos maravillosos pollos asados, rellenos de
alfónsigos, almendras, arroz, pasas, pimienta, canela y carne picada de
carnero? ¿Qué te parece el humillo?» Mi hermano exclamó: «¡Alah, Alah!
¡Cuán delicioso es su humillo, qué sabrosos están y qué relleno tan
admirable!» Y el anciano dijo: «En verdad eres muy indulgente y muy
cortés para mi cocina. Y con mis propios dedos quiero darte á probar ese
plato incomparable.» Y el jeique hizo ademán de preparar un pedazo
tomado de un plato que estuviese sobre el mantel, y acercándoselo á los
labios á Schakalik, le dijo: «Ten y prueba este bocado, ¡oh huésped! y
dame tu opinión acerca de este plato de berenjenas rellenas que nadan en
apetitosa salsa.» Mi hermano hizo como si alargase el cuello, abriese la
boca y tragara el pedazo, y dijo cerrando los ojos de gusto: «¡Por Alah!
¡Cuán exquisito y cuán en su punto! Sólo en tu casa he probado tan
excelentes berenjenas. Todo está preparado con el arte de dedos
expertos: la carne de cordero picada, los garbanzos, los piñones, los
granos de cardamomo, la nuez moscada, el clavo, el jengibre, la pimienta
y las hierbas aromáticas. Y tan bien hecho está, que se distingue el
sabor de cada aroma.» El anciano dijo: «Por eso, ¡oh mi huésped! espero
de tu apetito y de tu excelente educación que te comerás las cuarenta y
cuatro berenjenas rellenas que hay en ese plato.» Schakalik contestó:
«Fácil ha de serme el hacerlo, pues están más sabrosas que el pezón de
mi nodriza y acarician mi paladar más deliciosamente que dedos de
vírgenes.» Y mi hermano fingió coger cada berenjena una tras otra,
haciendo como si las comiese, y meneando de gusto la cabeza y dando con
la lengua grandes chasquidos. Y al pensar en estos platos se le
exasperaba el hambre y se habría contentado con un poco de pan seco de
habas ó de maíz. Pero se guardó de decirlo.
Y el anciano repuso: «¡Oh huésped! tu lenguaje es el de un hombre bien
educado, que sabe comer en compañía de los reyes y de los grandes. Come,
amigo, y que te sea sano y de deliciosa digestión.» Y mi hermano dijo:
«Creo que ya he comido bastante de estas cosas.» Entonces el viejo
volvió á palmotear, y dispuso: «¡Quitad este mantel y poned el de los
postres! ¡Vengan todos los dulces, la repostería y las frutas más
escogidas!» Y los esclavos empezaron otra vez á ir y venir, y á mover
las manos, y á levantar los brazos por encima de la cabeza, y á cambiar
un mantel por otro. Y después, á una seña del viejo, se retiraron. Y el
anciano dijo á Schakalik: «Llegó, ¡oh huésped! el momento de endulzarnos
el paladar. Empecemos por los pasteles. ¿No da gusto ver esa pasta fina,
ligera, dorada y rellena de almendra, azúcar y granada, esa pasta de
katayefs sublimes que hay en ese plato? ¡Por vida mía! Prueba uno ó dos,
para convencerte. ¿Eh? ¡Cuán en su punto está el almíbar! ¡Qué bien
salpicado está de canela! Se comería uno cincuenta sin hartarse; pero
hay que dejar sitio para la excelente kenafa que hay en esa bandeja de
bronce cincelado. Mira cuán hábil es mi repostero, y cómo ha sabido
trenzar las madejas de pasta. Apresúrate á comerla antes de que se le
vaya el jarabe y se desmigaje. ¡Es tan delicada! Y esa mahallabieh de
agua de rosas, salpicada con alfónsigos pulverizados; y esos tazones
llenos de natillas aromatizadas con agua de azahar. ¡Come, huésped,
métele mano sin cortedad! ¡Así! ¡Muy bien!» Y el viejo daba ejemplo á mi
hermano, y se llevaba la mano á la boca con glotonería, y fingía que
tragaba como si fuese de veras, y mi hermano le imitaba admirablemente,
á pesar de que el hambre le hacía la boca agua.
El anciano continuó: «¡Ahora, dulces y frutas! Y respecto á los dulces,
¡oh huésped! sólo lucharás con la dificultad de escoger. Delante de ti
tienes dulces secos y otros con almíbar. Te aconsejo que te dediques á
los secos, pues yo los prefiero, aunque los otros sean también muy
gratos. Mira esa transparente y rutilante confitura seca de albaricoque
tendida en anchas hojas. Y ese otro dulce seco de cidras con azúcar
cande perfumado con ámbar. Y el otro, redondo, formando bolas
sonrosadas, de pétalos de rosa y de flores de azahar. ¡Ese, sobre todo,
me va á costar la vida un día! Resérvate, resérvate, que has de probar
ese dulce de dátiles rellenos de clavo y almendra. Es del Cairo, pues en
Bagdad no lo saben hacer así. Por eso he encargado á un amigo de Egipto
que me mande cien tarros llenos de esta delicia. Pero no comas tan
aprisa, pues por más que tu apetito me honre en extremo, quiero que me
des tu parecer sobre ese dulce de zanahorias con azúcar y nueces
perfumado con almizcle.» Y Schakalik dijo: «¡Oh! ¡Este dulce es una cosa
soñada! ¡Cómo adora sus delicias mi paladar! Pero se me figura que tiene
demasiado almizcle.» El anciano replicó: «¡Oh no, oh no! Yo no pienso
que sea excesivo, pues no puedo prescindir de ese perfume, como tampoco
del ámbar. Y mis cocineros y reposteros lo echan á chorros en todos mis
pasteles y dulces. El almizcle y el ámbar son los dos sostenes de mi
corazón.»
Y el viejo prosiguió: «Pero no olvides estas frutas, pues supongo que
habrás dejado sitio para ellas. Ahí tienes limones, plátanos, higos,
dátiles frescos, manzanas, membrillos, y muchas más. También hay nueces
y almendras frescas y avellanas. Come, ¡oh huésped! que Alah es
misericordioso.»
Pero mi hermano, que á fuerza de mascar en balde ya no podía mover las
mandíbulas, y cuyo estómago estaba cada vez más excitado por el
incesante recuerdo de tanta cosa buena, dijo: «¡Oh señor! He de confesar
que estoy ahito, y que ni un bocado me podría entrar por la garganta.»
El anciano replicó: «¡Es admirable que te hayas hartado tan pronto! Pero
ahora vamos á beber, que aún no hemos bebido.»
Entonces el viejo palmoteó, y acudieron los esclavos con las mangas
levantadas y los ropones cuidadosamente recogidos, y fingieron
llevárselo todo y poner después en el mantel dos copas y frascos,
alcarrazas y tarros magníficos. Y el anciano hizo como si echara vino en
las copas, y cogió una copa imaginaria y se la presentó á mi hermano,
que la aceptó con gratitud, y después de llevársela á la boca, dijo:
«¡Por Alah! ¡Qué vino tan delicioso!» E hizo ademán de acariciarse
placenteramente el estómago. Y el anciano fingió coger un frasco grande
de vino añejo y verterlo delicadamente en la copa, que mi hermano se
bebió de nuevo. Y siguieron haciendo lo mismo, hasta que mi hermano hizo
como si se viera dominado por los vapores del vino, y empezó á menear la
cabeza y á decir palabras atrevidas. Y pensaba: «Llegó la hora de que
pague este viejo todos los suplicios que me ha hecho pasar.»
Y como si estuviera completamente borracho, levantó el brazo derecho y
descargó tan violento golpe en el cogote del anciano, que resonó en
toda la sala. Y alzó de nuevo el brazo, y le dió el segundo golpe, más
recio todavía. Entonces el anciano exclamó: «¿Qué haces, ¡oh tú el más
vil entre los hombres!?» Mi hermano Schakalik respondió: «¡Oh dueño mío
y corona de mi cabeza! soy tu esclavo sumiso, aquel á quien has colmado
de dones, acogiéndole en tu mansión y alimentándole en tu mesa con los
manjares más exquisitos, como no los probaron ni los reyes. Soy aquel á
quien has endulzado con las confituras, compotas y pasteles más ricos,
acabando por saciar su sed con los vinos más deliciosos. Pero bebí
tanto, que he perdido el seso. ¡Disculpa, pues, á tu esclavo, que
levantó la mano contra su bienhechor! ¡Discúlpame, ya que tu alma es más
elevada que la mía, y perdona mi locura!»
Entonces el anciano, lejos de encolerizarse, se echó á reir á
carcajadas, y acabó por decir: «Mucho tiempo he estado buscando por todo
el mundo, entre las personas con más fama de bromistas y divertidas, un
hombre de tu ingenio, de tu carácter y de tu paciencia. Y nadie ha
sabido sacar tanto partido como tú de mis chanzas y juegos. Hasta ahora
has sido el único que ha sabido amoldarse á mi humor y á mis caprichos,
conllevando la broma y correspondiendo con ingenio á ella. De modo que
no sólo te perdono este final, sino que quiero que me acompañes á la
mesa, que estará realmente cubierta de los manjares, dulces y frutas
enumerados. Y en adelante, ya no me separaré jamás de ti.»
Y dió orden á sus esclavos para que los sirvieran en seguida, sin
escatimar nada, lo cual se ejecutó puntualmente.
Después que comieron los manjares y se endulzaron con pasteles,
confituras y frutas, el anciano invitó á Schakalik á pasar con él al
segundo comedor, reservado especialmente á las bebidas. Y al entrar
fueron recibidos al son de armoniosos instrumentos y con canciones de
las esclavas blancas, deliciosas jóvenes más hermosas que lunas. Y
mientras el viejo y mi hermano bebían exquisitos vinos, no cesaron las
cantoras de entonar admirables melodías. Y algunas bailaron después como
pájaros de alas rápidas. Y este día de fiesta terminó con besos y goces
más positivos que soñados.
Pero el jeique tomó tal afecto á mi hermano, que fué su amigo íntimo y
su compañero inseparable, demostrándole un inmenso cariño, y le
obsequiaba cada día con mayor regalo. Y no dejaron de comer, beber y
vivir deliciosamente durante veinte años más.
Pero tenía que cumplirse lo que había escrito el Destino. Y pasados los
veinte años murió el viejo, é inmediatamente el walí mandó embargar
todos sus bienes, confiscándolos en provecho propio, pues el jeique
carecía de herederos, y mi hermano no era su hijo. Entonces Schakalik,
obligado á escaparse por la persecución del walí, tuvo que buscar la
salvación huyendo de Bagdad.
Y resolvió atravesar el desierto para dirigirse á la Meca y
santificarse. Pero cierto día, la caravana á la cual se había unido fué
atacada por los nómadas, salteadores de caminos, malos musulmanes que no
practicaban los preceptos de nuestro Profeta (¡sean con él la plegaria y
la paz de Alah!) Y los viajeros fueron despojados y reducidos á
esclavitud, y á Schakalik le tocó el más feroz de aquellos bandidos
beduínos, que lo llevó á su tribu y lo hizo su esclavo. Y todos los días
le pegaba una paliza y le hacía sufrir todos los suplicios, y le decía:
«Debes ser muy rico en tu país, y si no me pagas un buen rescate,
acabarás por morir á mis propias manos.» Y mi hermano, llorando,
exclamaba: «¡Por Alah! Nada poseo, ¡oh jefe de los árabes! pues
desconozco el camino de la riqueza. Y ahora soy tu esclavo y estoy en tu
poder; puedes hacer de mí lo que quieras.»
Pero el beduíno tenía por esposa á una admirable mujer entre las
mujeres, de negras cejas y ojos de noche. Y era ardiente en la
copulación. Por eso, cada vez que el beduíno se alejaba de la tienda,
esta criatura del desierto iba á buscar á mi hermano para ofrecerle su
cuerpo. Y Schakalik, que se diferencia de todos nosotros en no ser gran
cabalgador, no podía satisfacer plenamente á la ardorosa beduína, que se
insinuaba y ponía en juego todos sus recursos, jugando las caderas, los
pechos y el ombligo. Pero un día que estaban á punto de besarse se
precipitó en la tienda el terrible beduíno, y los sorprendió en aquella
postura. Y sacó del cinturón un cuchillo tan ancho que de un solo golpe
podía rebanar la cabeza de un camello, de una á otra yugular. Y agarró á
mi hermano, empezó por cortarle los dos labios, metiéndoselos en la
boca, y le dijo: «¡Miserable! ¿Cómo te atreviste á seducir á mi esposa?»
Y empuñando el zib de mi hermano se lo cortó de un golpe y luego los
compañones. En seguida, arrastrándolo por los pies, lo echó sobre un
camello, lo llevó á lo alto de una montaña, lo tiró al suelo, y se
marchó para seguir su camino.
Como la tal montaña está situada en el camino por donde van los
peregrinos, algunos de estos peregrinos, que eran de Bagdad, hallaron á
Schakalik; y al reconocer al chistosísimo Tarro hendido, que tanto los
había hecho reir, vinieron á avisarme, después de haberle dado de comer
y beber.
Y fuí en su busca, ¡oh Emir de los Creyentes! me lo eché á cuestas, lo
traje á Bagdad, y luego de curarle, le he dado con qué mantenerse
mientras viva.
* * * * *
He aquí en pocas palabras, ¡oh Príncipe de los Creyentes! la historia de
mis seis hermanos, que habría podido contarte con más detenimiento. Pero
he preferido no abusar de tu paciencia, probando de este modo lo poco
charlatán que soy, y que además de hermano de mis hermanos podría
llamarme su padre, y que el mérito de ellos desaparece al presentarme yo
apellidado El-Samet.
Y el califa Montasser Billah se echó á reir á carcajadas y me dijo:
«Efectivamente, ¡oh Samet! hablas bien poco, y nadie podrá acusarte de
indiscreción, ni de curiosidad, ni de malas cualidades. Pero tengo mis
motivos para exigir que inmediatamente salgas de Bagdad y te vayas á
otra parte. Y sobre todo, date prisa.» Y así me desterró el califa, tan
injustamente, sin explicarme la causa de aquel castigo.
Entonces, ¡oh mis señores! empecé á viajar por todos los climas y todos
los países, hasta que supe el fallecimiento de Montasser Billah y el
reinado de su sucesor el califa El-Mostasem. Volví á Bagdad en seguida,
pero me encontré con que todos mis hermanos habían muerto. Y entonces
ese joven que se acaba de marchar tan descortésmente me llamó á su casa
para que le afeitase la cabeza. Y contra todo lo que ha dicho puedo
aseguraros, ¡oh mis señores! que le hice un grandísimo favor, y á no ser
por mi ayuda, probable es que el kadí, padre de la joven, lo hubiese
mandado matar. De modo que todo lo que ha dicho es una calumnia, y
cuanto ha contado sobre mi supuesta curiosidad, indiscreción,
charlatanería y falta de tacto es falso absolutamente, ¡oh vosotros
cuantos aquí estáis!»
* * * * *
Tal es, ¡oh rey afortunado!--prosiguió Schahrazada--, la historia en
siete partes que el sastre de la China refirió al rey. Y después añadió:
* * * * *
«Cuando el barbero Samet hubo terminado su historia, no necesitamos oir
más para convencernos de que era realmente el charlatán más
extraordinario y el rapista más indiscreto de toda la tierra. Y quedamos
persuadidos de que el joven cojo de Bagdad había sido la víctima de su
insoportable indiscreción. Entonces, aunque sus historias nos habían
hecho pasar un buen rato, acordamos castigarle. Y nos apoderamos de él,
á pesar de sus chillidos, y lo encerramos en un cuarto oscuro lleno de
ratas. Y los demás seguimos comiendo, bebiendo y disfrutando hasta que
llegó la hora de la plegaria. Y entonces nos retiramos, y yo fuí en
busca de mi esposa.
Pero al llegar á mi casa encontré á mi mujer de mal humor, y me dijo:
«¿Te parece bien dejarme sola mientras andas de diversión con tus
amigos? Si no me sacas en seguida á paseo, me presentaré al walí para
entablar la demanda de divorcio.»
Y como soy enemigo de disturbios conyugales, quise que hubiera paz, y á
pesar del cansancio salí á paseo con mi mujer. Y anduvimos recorriendo
calles y jardines hasta la puesta del sol.
Y cuando regresamos á casa encontramos por casualidad á ese jorobeta que
se hallaba á tu servicio, ¡oh rey poderoso y magnánimo! Y el jorobado
estaba borracho completamente, diciendo chistes á cuantos le rodeaban, y
recitó estos versos:
_¡No sé si elegir la copa transparente y coloreada ó el vino sutil
y purpurino!_
_¡Porque la copa es como el vino sutil y purpurino, y el vino es
como la copa coloreada y transparente!_
Y se interrumpía para embromar á los transeuntes ó para danzar,
golpeando la pandereta. Y yo y mi mujer supusimos que sería para
nosotros un agradable comensal, y le convidamos á comer con nosotros. Y
juntos comimos, y mi esposa se quedó con nosotros, pues no creía que la
presencia de un jorobado fuese como la de un hombre regular, pues de no
pensarlo así no habría comido delante de un extraño.
Entonces fué cuando á mi esposa se le ocurrió bromear con el jorobeta y
meterle en la boca la comida que lo ahogó.
Y en seguida, ¡oh rey poderoso! cogimos el cadáver del jorobeta y lo
dejamos en la casa del médico judío que está presente. Y á su vez el
médico judío lo dejó en la casa del intendente, que hizo responsable al
corredor copto.
Y tal es, ¡oh rey generoso! la más extraordinaria de las historias que
te hayan referido. Y esta historia del barbero y sus hermanos es, con
seguridad, más sorprendente que la del jorobado.»
* * * * *
Cuando el sastre hubo acabado de hablar, el rey de la China dijo: «He de
confesar que es muy interesante esa historia, y acaso más sugestiva que
la del pobre jorobeta. Pero ¿dónde está ese asombroso barbero? Quiero
verle y oirle antes de adoptar mi decisión respecto á vosotros cuatro.
Después enterraremos á nuestro jorobeta. Y le erigiremos un buen
sepulcro por lo mucho que me divirtió en vida, y aun después de muerto,
pues me ha dado ocasión de oir la historia del joven cojo, la del
barbero con sus seis hermanos y las otras tres historias.»
Y dicho esto, el rey mandó á sus chambelanes que se fuesen con el sastre
á buscar al barbero. Y una hora después, el sastre y los chambelanes,
que habían ido á sacar al barbero del cuarto oscuro, lo trajeron al
palacio y se lo presentaron al rey.
Y el rey examinó al barbero, y vió que era un anciano jeique lo menos de
noventa años, de cara muy negra, barbas muy blancas, lo mismo que las
cejas, orejas colgantes y agujereadas, narices de pasmosa longitud y
aspecto lleno de presunción y altanería. Al verlo, el rey de la China se
echó á reir ruidosamente, y le dijo: «¡Oh Silencioso! Me han dicho que
sabes contar historias admirables y llenas de maravillas. Quisiera oirte
algunas de las que sabes referir tan bien.» El barbero contestó: «¡Oh
rey del tiempo! no te han engañado al ponderarte mis cualidades, pero en
primer lugar desearía saber lo que hacen aquí, reunidos, ese corredor
nazareno, ese judío, ese musulmán, y ese jorobeta muerto, tumbado en el
suelo. ¿De dónde procede esta extraña reunión?» Y el rey de la China se
rió mucho, y replicó: «¿Y por qué me interrogas respecto á la gente que
te es desconocida?» El barbero dijo: «Pregunto solamente para demostrar
á mi rey que no soy un charlatán indiscreto, que no me ocupo nunca en lo
que no me importa, y que soy inocente de las calumnias que me dirigen,
como la de llamarme hablador y lo demás. Sabe, por tanto, que soy digno
de ostentar el sobrenombre de Silencioso, pues el poeta dijo:
_¡Cuando tus ojos vean á una persona con un sobrenombre, sabe que,
como indagues bien, siempre acabará por surgir el sentido del
sobrenombre!_»
Entonces dijo el rey: «Mucho me agrada este barbero. Voy á contarle la
historia del jorobado, y luego las relatadas por el nazareno, el judío,
el intendente y el sastre.» Y el rey refirió al barbero todas las
historias, sin omitir una particularidad. Pero no es necesario
repetirlas.
Cuando el barbero hubo oído las historias y supo la causa de la muerte
del jorobado, empezó á menear gravemente la cabeza, y exclamó: «¡Por
Alah! ¡Cosa extraordinaria es esa y me sorprende grandemente! Á ver,
levantad el velo que cubre el cadáver, que yo le vea.»
Y cuando se descubrió el cadáver, el barbero se sentó en el suelo, puso
la cabeza del jorobado en sus rodillas y le miró atentamente á la cara.
Y de pronto soltó tal carcajada, que la fuerza de la risa le hizo caer
de trasero. Y exclamó: «En verdad, toda muerte tiene una causa entre las
causas. Y la causa de la muerte de este jorobado es la cosa más
sorprendente de las cosas sorprendentes. Porque merece ser escrita con
hermosas letras de oro en los registros del reino, para enseñanza de los
hombres futuros.»
Y el rey, pasmado al oir las palabras del barbero, le dijo: «¡Oh
barbero, oh Silencioso! explícanos el sentido de tus palabras.» Y el
barbero replicó: «¡Oh rey! te juro por tu gracia y tus beneficios que tu
barbero tiene el alma en el cuerpo. Y lo vas á ver.» Y en seguida sacó
de su cinturón un frasquito con un ungüento, empapó con él el pescuezo
del jorobado y le vendó el cuello con un paño de lana. Después aguardó
que transcurriese una hora. Sacó entonces del mismo cinturón unas largas
tenazas de hierro, las introdujo en el garguero del jorobado, manipuló
en varios sentidos y las sacó al fin, llevando en ellas el pedazo de
pescado y la espina, causa de lo ocurrido al jorobeta. Y éste estornudó
estrepitosamente, abrió los ojos, volvió en sí, se palpó la cara con las
manos, dió un brinco, se puso de pie y exclamó: «¡La ilah ile Alah! ¡Y
Mohamed es el Enviado de Alah! ¡Sean con él la plegaria y la salvación
de Alah!»
Y todos los circunstantes quedaron estupefactos y llenos de admiración
hacia el barbero. Y después, al reponerse de su emoción, el rey y todos
los presentes empezaron á reir á carcajadas al ver la cara del jorobeta.
Y el rey dijo: «¡Por Alah! ¡Qué aventura tan prodigiosa! ¡En mi vida he
visto nada más sorprendente y extraordinario!» Y añadió: «¡Oh vosotros
aquí presentes! ¿Ha visto alguno que así se muera un hombre para
resucitar después? Si, gracias á Alah, no hubiese estado aquí este
barbero, nuestro jeique Samet, el día de hoy habría sido el último de
la vida del jorobado. Y sólo por la ciencia y el mérito de este barbero
admirable y lleno de capacidad hemos podido salvar su vida». Y todos los
presentes dijeron: «Verdad es, ¡oh rey! Pues esta aventura es el
prodigio de los prodigios y el milagro de los milagros.»
Entonces el rey de la China, lleno de júbilo, mandó que inmediatamente
se escribieran con letras de oro la historia del jorobado y la del
barbero, y que se conservasen en los archivos del reino. Y así se
ejecutó puntualmente. En seguida regaló un magnífico traje de honor á
cada uno de los acusados, al médico judío, al corredor nazareno, al
intendente y al sastre, y los agregó al servicio de su persona y del
palacio, y les mandó hacer las paces con el jorobeta. Y á éste le hizo
maravillosos regalos, le colmó de riquezas, le nombró para altos cargos
y lo eligió como compañero de mesa y bebida.
Pero aún tuvo más extraordinarias atenciones con el barbero; le hizo
vestir un suntuoso traje de honor, mandó que le construyesen un
astrolabio todo de oro, otros instrumentos de oro, tijeras y navajas con
perlas y pedrería; le nombró barbero y peluquero de su persona, y del
reino, y también le tomó por compañero íntimo.
Y siguieron viviendo la vida más próspera y más dichosa, hasta que puso
término á su felicidad la Arrebatadora de todo goce, la Dislocadora de
toda intimidad, la Separadora de los amigos, la Sepultadora, la
Invencible, la Inevitable.
Y Schahrazada dijo al rey Schahriar, sultán de las islas de la India y
de la China: «No creas que esta historia sea más admirable que la de la
hermosa Dulce-Amiga.» Y el sultán Schahriar preguntó: «¿Qué
Dulce-Amiga?» Entonces Schahrazada dijo:
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HISTORIA DE DULCE-AMIGA[1]
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