[Illustration: LIBROS
CÉLEBRES
ESPAÑOLES
Y
EXTRANJEROS]
Director literario: V. Blasco Ibáñez
[Illustration: EL LIBRO
DE LAS
MIL NOCHES Y UNA NOCHE]
ES PROPIEDAD. DERECHOS
EXCLUSIVOS DE TRADUCCIÓN
AL ESPAÑOL.
[Illustration: EL LIBRO
DE LAS MIL NOCHES
Y UNA NOCHE
TRADUCCIÓN DIRECTA Y LITERAL DEL ÁRABE POR EL
DOCTOR J. C MARDRUS
Versión española de VICENTE BLASCO IBAÑEZ
PRÓLOGO DE E. GÓMEZ CARRILLO
TOMO TERCERO
=Historias: Del Jorobado, con el Sastre, el Corredor
nazareno, el Intendente y el Médico judío=
(_continuación_).--=De Dulce-Amiga y Alí-Nur.--De
Ghanem-ben-Ayub y de su hermana Fetnah.=
PROMETEO
Germanías, 33.--VALENCIA
(Published in Spain)]
[Illustration]
HISTORIA DEL JOROBADO...
(CONTINUACIÓN)
[Illustration: Historia de Bacbac, tercer hermano del barbero]
«Bacbac el ciego, por otro nombre el Cacareador hinchado, es mi tercer
hermano. Era mendigo de oficio, y uno de los principales de la cofradía
de los pordioseros de Bagdad, nuestra ciudad.
Cierto día, la voluntad de Alah y el Destino permitieron que mi hermano
llegase á mendigar á la puerta de una casa. Y mi hermano Bacbac, sin
prescindir de sus acostumbradas invocaciones para pedir limosna: «¡Oh
donador, oh generoso!», dió con el palo en la puerta.
Pero conviene que sepas, ¡oh Comendador de los Creyentes! que mi hermano
Bacbac, igual que los más astutos de su cofradía, no contestaba cuando,
al llamar á la puerta de una casa, le decían: «¿Quién es?» Y se callaba
para obligar á que abriesen la puerta, pues de otro modo, en lugar de
abrir, se contentaban con responder desde dentro: «¡Alah te ampare!» Que
es el modo de despedir á los mendigos.
De modo que aquel día, por más que desde la casa preguntasen: «¿Quién
es?», mi hermano callaba. Y acabó por oir pasos que se acercaban, y que
se abría la puerta. Y se presentó un hombre al cual Bacbac, si no
hubiera estado ciego, no habría pedido limosna seguramente. Pero aquel
era su destino. Y cada hombre lleva su destino atado al cuello.
Y el hombre le preguntó: «¿Qué deseas?» Y mi hermano Bacbac respondió:
«Que me des una limosna, por Alah el Altísimo.» El hombre volvió á
preguntar: «¿Eres ciego?» Y Bacbac dijo: «Sí, mi amo, y muy pobre.» Y el
otro repuso: «En ese caso, dame la mano para que te guíe.» Y le dió la
mano, y el hombre lo metió en la casa, y lo hizo subir escalones y más
escalones, hasta que lo llevó á la azotea, que estaba muy alta. Y mi
hermano, sin aliento, se decía: «Seguramente, me va á dar las sobras de
algún festín.»
Y cuando hubieron llegado á la azotea, el hombre volvió á preguntar:
«¿Qué quieres, ciego?» Y mi hermano, bastante asombrado, respondió: «Una
limosna, por Alah.» Y el otro replicó: «Que Alah te abra el día en otra
parte.» Entonces Bacbac le dijo: «¡Oh tú, un _tal_! ¿no podías haberme
contestado así cuando estábamos abajo?» A lo cual replicó el otro: «¡Oh
tú, que vales menos que mi trasero! ¿por qué no me contestaste cuando yo
preguntaba desde dentro: «¿Quién es? ¿Quién está á la puerta?» ¡Conque
lárgate de aquí en seguida, ó te haré rodar como una bola, asqueroso
mendigo de mal agüero!» Y Bacbac tuvo que bajar más que de prisa la
escalera completamente solo.
Pero cuando le quedaban unos veinte escalones dió un mal paso, y fué
rodando hasta la puerta. Y al caer se hizo una gran contusión en la
cabeza, y caminaba gimiendo por la calle. Entonces varios de sus
compañeros, mendigos y ciegos como él, al oirle gemir le preguntaron la
causa, y Bacbac les refirió su desventura. Y después les dijo: «Ahora
tendréis que acompañarme á casa para coger dinero con que comprar comida
para este día infructuoso y maldito. Y habrá que recurrir á nuestros
ahorros, que, como sabéis, son importantes, y cuyo depósito me habéis
confiado.»
Pero el hombre de la azotea había bajado detrás de él y le había
seguido. Y echó á andar detrás de mi hermano y los otros dos ciegos, sin
que nadie se apercibiese, y así llegaron todos á casa de Bacbac.
Entraron, y el hombre se deslizó rápidamente antes de que hubiesen
cerrado la puerta. Y Bacbac dijo á los dos ciegos: «Ante todo,
registremos la habitación, por si hay algún extraño escondido.»
Y aquel hombre, que era todo un ladrón de los más hábiles entre los
ladrones, vió una cuerda que pendía del techo, se agarró de ella, y
silenciosamente trepó hasta una viga, donde se sentó con la mayor
tranquilidad. Y los dos ciegos comenzaron á buscar por toda la
habitación, insistiendo en sus pesquisas varias veces, tentando los
rincones con los palos. Y hecho esto, se reunieron con mi hermano, que
sacó entonces del escondite todo el dinero de que era depositario, y lo
contó con sus dos compañeros, resultando que tenían diez mil dracmas
juntos. Después, cada cual cogió dos ó tres dracmas, volvieron á meter
todo el dinero en los sacos, y los guardaron en el escondite. Y uno de
los tres ciegos marchó á comprar provisiones y volvió en seguida,
sacando de la alforja tres panes, tres cebollas y algunos dátiles. Y los
tres compañeros se sentaron en corro y se pusieron á comer.
Entonces el ladrón se deslizó silenciosamente á lo largo de la cuerda,
se acurrucó junto á los tres mendigos y se puso á comer con ellos. Y se
había colocado al lado de Bacbac, que tenía un oído excelente. Y Bacbac,
oyendo el ruido de sus mandíbulas al comer, exclamó: «¡Hay un extraño
entre nosotros!» Y alargó rápidamente la mano hacia donde oía el ruido
de las mandíbulas, y su mano cayó precisamente sobre el brazo del
ladrón. Entonces Bacbac y los dos mendigos se precipitaron encima de él,
y empezaron á gritar y á golpearle con sus palos, ciegos como estaban, y
pedían auxilio á los vecinos, chillando: «¡Oh musulmanes, acudid á
socorrernos! ¡Aquí hay un ladrón! ¡Quiere robarnos el poquísimo dinero
de nuestros ahorros!» Y acudiendo los vecinos, vieron á Bacbac, que,
auxiliado por los otros dos mendigos, tenía bien sujeto al ladrón, que
intentaba defenderse y escapar. Pero el ladrón, cuando llegaron los
vecinos, se fingió también ciego, y cerrando los ojos, exclamó: «¡Por
Alah! ¡Oh musulmanes! Soy ciego y socio de estos otros tres, que me
niegan lo que me corresponde de los diez mil dracmas de ahorros que
poseemos en comunidad. Os lo juro por Alah el Altísimo, por el sultán,
por el emir. Y os pido que me llevéis á presencia del walí, donde se
comprobará todo.» Entonces llegaron los guardias del walí, se apoderaron
de los cuatro hombres y los llevaron entre las manos del walí. Y el walí
preguntó: «¿Quiénes son esos hombres?» Y el ladrón exclamó: «Escucha mis
palabras, ¡oh walí justo y perspicaz! y sabrás lo que debes saber. Y si
no quisieras creerme, manda que nos den tormento, á mí el primero, para
obligarnos á confesar la verdad. Y somete en seguida al mismo tormento á
estos hombres para poner en claro este asunto.» Y el walí dispuso:
«¡Coged á ese hombre, echadlo en el suelo, y apaleadle hasta que
confiese!» Entonces los guardias agarraron al ciego fingido, y uno le
sujetaba los pies y los demás principiaron á darle de palos en ellos. A
los diez palos, el supuesto ciego empezó á dar gritos y abrió un ojo,
pues hasta entonces los había tenido cerrados. Y después de recibir
otros cuantos palos, no muchos, abrió ostensiblemente el otro ojo.
Y el walí, enfurecido, le dijo: «¿Qué farsa es esta, miserable
embustero?» Y el ladrón contestó: «Que suspendan la paliza y lo
explicaré todo.» Y el walí mandó suspender el tormento, y el ladrón
dijo: «Somos cuatro ciegos fingidos, que engañamos á la gente para que
nos dé limosna. Pero además simulamos nuestra ceguera para poder entrar
fácilmente en las casas, ver las mujeres con la cara descubierta,
seducirlas, cabalgarlas y al mismo tiempo examinar el interior de las
viviendas y preparar los robos sobre seguro. Y como hace bastante tiempo
que ejercemos este oficio tan lucrativo, hemos logrado juntar entre
todos hasta diez mil dracmas. Y al reclamar mi parte á estos hombres, no
sólo se negaron á dármela, sino que me apalearon, y me habrían matado á
golpes si los guardias no me hubiesen sacado de entre sus manos. Esta es
la verdad, ¡oh walí! Ahora, para que confiesen mis compañeros, tendrás
que recurrir al látigo, como hiciste conmigo. Y así hablarán. Pero que
les den de firme, porque de lo contrario no confesarán nada. Y hasta
verás cómo se obstinan en no abrir los ojos, como yo hice.»
Entonces el walí mandó azotar á mi hermano el primero de todos. Y por
más que protestó y dijo que era ciego de nacimiento, le siguieron
azotando hasta que se desmayó. Y como al volver en sí tampoco abrió los
ojos, mandó el walí que le dieran otros trescientos palos, y luego
trescientos más, y lo mismo hizo con los otros dos ciegos, que tampoco
los pudieron abrir, á pesar de los golpes y á pesar de los consejos que
les dirigía el ciego fingido, su compañero improvisado.
Y en seguida el walí encargó á este ciego fingido que fuese á casa de mi
hermano Bacbac y trajese el dinero. Y entonces dió á este ladrón dos mil
quinientos dracmas, ó sea la cuarta parte del dinero, y se quedó con lo
demás.
En cuanto á mi hermano y los otros dos ciegos, el walí les dijo:
«¡Miserables hipócritas! ¿Conque coméis el pan que os concede la gracia
de Alah, y luego juráis en su nombre que sois ciegos? Salid de aquí y
que no se os vuelva á ver en Bagdad ni un solo día.»
Y yo, ¡oh Emir de los Creyentes! en cuanto supe todo esto salí en busca
de mi hermano, lo encontré, lo traje secretamente á Bagdad, lo metí en
mi casa, y me encargué de darle de comer y vestirlo mientras viva.
Y tal es la historia de mi tercer hermano, Bacbac el ciego.»
* * * * *
Y al oirla el califa Montasser Billah, dijo: «Que den una gratificación
á este barbero y que se vaya en seguida.» Pero yo, ¡oh mis señores!
contesté: «¡Por Alah! ¡Oh Príncipe de los Creyentes! No puedo aceptar
nada sin referirte lo que les ocurrió á mis otros tres hermanos.» Y
concedida la autorización, dije:
[Illustration]
Historia de El-Kuz, cuarto hermano del barbero
«Mi cuarto hermano, el tuerto El-Kuz El-Assuaní, ó el Botijo irrompible,
ejercía en Bagdad el oficio de carnicero. Sobresalía en la venta de
carne y picadillo, y nadie le aventajaba en criar y engordar carneros de
larga cola. Y sabía á quién vender la carne buena y á quién despachar la
mala. Así es que los mercaderes más ricos y los principales de la ciudad
sólo se abastecían en su casa y no compraban más carne que la de sus
carneros; de modo que en poco tiempo llegó á ser muy rico y propietario
de grandes rebaños y hermosas fincas.
Y seguía prosperando mi hermano El-Kuz, cuando cierto día entre los
días, que estaba sentado en su establecimiento, entró un jeique de larga
barba blanca, que le dió dinero y le dijo: «¡Corta carne buena!» Y mi
hermano le dió de la mejor carne, cogió el dinero y devolvió el saludo
al anciano, que se fué.
Entonces mi hermano examinó las monedas de plata que le había entregado
el desconocido, y vió que eran nuevas, de una blancura deslumbradora. Y
se apresuró á guardarlas aparte en una caja especial, pensando: «He aquí
unas monedas que me van á dar buena sombra.»
Y durante cinco meses seguidos el viejo jeique de larga barba blanca fué
todos los días á casa de mi hermano, entregándole monedas de plata
completamente nuevas á cambio de carne fresca y de buena calidad. Y
todos los días mi hermano cuidaba de guardar aparte aquel dinero. Pero
un día mi hermano El-Kuz quiso contar la cantidad que había reunido de
este modo, á fin de comprar unos hermosos carneros, y especialmente unos
cuantos moruecos para enseñarles á luchar unos con otros, ejercicio muy
gustado en Bagdad, mi ciudad. Y apenas había abierto la caja en que
guardaba el dinero del jeique de la barba blanca, vió que allí no había
ninguna moneda, sino redondeles de papel blanco.
Y entonces empezó á darse puñetazos en la cara y en la cabeza, y á
lamentarse á gritos. Y en seguida le rodeó un gran grupo de transeuntes,
á quienes contó su desventura, sin que nadie pudiera explicarse la
desaparición de aquel dinero. Y El-Kuz seguía gritando y diciendo:
«¡Haga Alah que vuelva ahora ese maldito jeique, para que le pueda
arrancar las barbas y el turbante con mis propias manos!»
Y apenas había acabado de pronunciar estas palabras, cuando apareció el
jeique. Y el jeique atravesó por entre el gentío, y llegó hasta mi
hermano para entregarle, como de costumbre, el dinero. En seguida mi
hermano se lanzó contra él, y sujetándole por un brazo, dijo: «¡Oh
musulmanes! ¡Acudid en mi socorro! ¡He aquí al infame ladrón!» Pero el
jeique no se inmutó para nada, pues inclinándose hacia mi hermano le
dijo de modo que sólo pudiera oirle él: «¿Qué prefieres, callar ó que te
comprometa delante de todos? Y té advierto que tu afrenta ha de ser más
terrible que la que quieres causarme.» Pero El-Kuz contestó: «¿Qué
afrenta puedes hacerme, maldito viejo de betún? ¿De qué modo me vas á
comprometer?» Y el jeique dijo: «Demostraré que vendes carne humana en
vez de carnero.» Y mi hermano repuso: «¡Mientes, oh mil veces embustero
y mil veces maldito!» Y el jeique dijo: «El embustero y el maldito es
quien tiene colgando del gancho de su carnicería un cadáver en vez de un
carnero.» Y mi hermano protestó violentamente, y dijo: «¡Perro, hijo de
perro! Si pruebas semejante cosa, te entregaré mi sangre y mis bienes.»
Y entonces el jeique se volvió hacia la muchedumbre y dijo á voces: «¡Oh
vosotros todos, amigos míos! ¿veis á este carnicero? Pues hasta hoy nos
ha estado engañando á todos, infringiendo los preceptos de nuestro
Libro. Porque en vez de matar carneros degüella cada día á un hijo de
Adán y nos vende su carne por carne de carnero. Y para convenceros de
que digo la verdad, entrad á registrar la tienda.»
Entonces surgió un clamor, y la muchedumbre se precipitó en la tienda de
mi hermano El-Kuz, tomándola por asalto. Y á la vista de todos apareció
colgado de un gancho el cadáver de un hombre, desollado, preparado y
destripado. Y en el tablón de las cabezas de carnero había tres cabezas
humanas, desolladas, limpias y cocidas al horno, para la venta.
Y al ver esto, todos los presentes se lanzaron sobre mi hermano,
gritando: «¡Impío, sacrílego, asesino!» Y la emprendieron con él á palos
y á latigazos. Y los más encarnizados contra él y los que más cruelmente
le pegaban eran sus parroquianos más antiguos y sus mejores amigos. Y el
viejo jeique le dió tan violento puñetazo en un ojo, que se lo saltó sin
remedio. Después cogieron el supuesto cadáver degollado, ataron á mi
hermano El-Kuz, y todo el mundo, precedido del jeique, se presentó
delante del ejecutor de la ley. Y el jeique le dijo: «¡Oh Emir! He aquí
que te traemos, para que pague sus crímenes, á este hombre que desde
hace mucho tiempo degüella á sus semejantes y vende su carne como si
fuese de carnero. No tienes más que dictar sentencia y dar cumplimiento
á la justicia de Alah, pues he aquí á todos los testigos.» Y esto fué
todo lo que pasó. Porque el jeique de la blanca barba era un brujo que
tenía el poder de aparentar cosas que no lo eran realmente.
En cuanto á mi hermano El-Kuz, por más que se defendió, no quiso oirle
el juez, y lo sentenció á recibir quinientos palos. Y le confiscaron
todos sus bienes y propiedades, no siendo poca su suerte con ser tan
rico, pues de otro modo le habrían condenado á muerte sin remedio. Y
además le condenaron á ser desterrado.
Y mi hermano, con un ojo menos, con la espalda llena de golpes y medio
muerto, salió de Bagdad camino adelante y sin saber adónde dirigirse,
hasta que llegó á una ciudad lejana, desconocida para él, y allí se
detuvo, decidido á establecerse en aquella ciudad y ejercer el oficio de
remendón, que apenas si necesita otro capital que unas manos hábiles.
Fijó, pues, su puesto en un esquinazo de dos calles, y se puso á
trabajar para ganarse la vida. Pero un día que estaba poniendo una pieza
nueva á una babucha vieja oyó relinchos de caballos y el estrépito de
una carrera de jinetes. Y preguntó el motivo de aquel tumulto, y le
dijeron: «Es el rey, que sale de caza con galgos, acompañado de toda la
corte.» Entonces mi hermano El-Kuz dejó un momento la aguja y el
martillo y se levantó para ver cómo pasaba la comitiva regia. Y mientras
estaba de pie, meditando sobre su pasado y su presente y sobre las
circunstancias que le habían convertido de famoso carnicero en el último
de los remendones, pasó el rey al frente de su maravilloso séquito, y
dió la casualidad de que la mirada del rey se fijase en el ojo huero de
mi hermano El-Kuz. Y al verlo, el rey palideció, y dijo: «¡Guárdeme Alah
de las desgracias de este día maldito y de mal agüero!» Y dió vuelta
inmediatamente á las bridas de su yegua y desanduvo el camino,
acompañado de su séquito y de sus soldados. Pero al mismo tiempo mandó á
sus siervos que se apoderaran de mi hermano y le administrasen el
consabido castigo. Y los esclavos, precipitándose sobre mi hermano
El-Kuz, le dieron tan tremenda paliza, que lo dejaron por muerto en
medio de la calle. Y cuando se marcharon se levantó El-Kuz y se volvió
penosamente á su puesto, debajo del toldo que le resguardaba, y allí se
echó completamente molido. Pero entonces pasó un individuo del séquito
del rey que venía rezagado. Y mi hermano El-Kuz le rogó que se
detuviese, le contó el trato que acababa de sufrir y le pidió que le
dijera el motivo. El hombre se echó á reir á carcajadas, y le contestó:
«Sabe, hermano, que nuestro rey no puede tolerar ningún tuerto, sobre
todo si el tuerto lo es del ojo derecho. Porque cree que ha de traerle
desgracia. Y siempre manda matar al tuerto sin remisión. Así es que me
sorprende mucho que todavía estés vivo.»
Mi hermano no quiso oir más. Recogió sus herramientas, y aprovechando
las pocas fuerzas que le quedaban, emprendió la fuga y no se detuvo
hasta salir de la ciudad. Y siguió andando hasta llegar á otra población
muy lejana que no tenía rey ni tirano.
Residió mucho tiempo en aquella ciudad, cuidando de no exhibirse; pero
un día salió á respirar aire puro y darse un paseo. Y de pronto oyó
detrás de él relinchar de caballos, y recordando su última desventura,
escapó lo más aprisa que pudo, buscando un rincón en que esconderse,
pero no lo encontró. Y delante de él vió una puerta, y empujó la puerta
y se encontró en un pasillo largo y oscuro, y allí se escondió. Pero
apenas se había ocultado aparecieron dos hombres, que se apoderaron de
él, le encadenaron, y dijeron: «¡Loor á Alah, que ha permitido que te
atrapásemos, enemigo de Alah y de los hombres! Tres días y tres noches
llevamos buscándote sin descanso. Y nos has hecho pasar amarguras de
muerte.» Pero mi hermano dijo: «¡Oh señores! ¿A quién os referís? ¿De
qué órdenes habláis?» Y le contestaron: «¿No te ha bastado con haber
reducido á la indigencia á todos tus amigos y al amo de esta casa? ¡Y
aún nos querías asesinar! ¿Dónde está el cuchillo con que nos amenazabas
ayer?»
Y se pusieron á registrarle, encontrándole el cuchillo con que cortaba
el cuero para las suelas. Entonces lo arrojaron al suelo, y le iban á
degollar, cuando mi hermano exclamó: «Escuchad, buena gente: no soy ni
un ladrón ni un asesino, pero puedo contaros una historia sorprendente,
y es mi propia historia. Y ellos, sin hacerle caso, le pisotearon, le
golpearon y le destrozaron la ropa. Y al desgarrarle la ropa vieron en
su espalda desnuda las cicatrices de los latigazos que había recibido en
otro tiempo. Y exclamaron: «¡Oh miserable! He aquí unas cicatrices que
prueban todos tus crímenes pasados.» Y en seguida lo llevaron á
presencia del walí, y mi hermano, pensando en todas sus desdichas, se
decía: «¡Oh cuán grandes serán mis pecados, cuando así los expío siendo
inocente de cuanto me achacan! Pero no tengo más esperanza que en Alah
el Altísimo.»
Y cuando estuvo en presencia del walí, el walí lo miró airadísimo y le
dijo: «Miserable desvergonzado, los latigazos con que marcaron tu cuerpo
son una prueba sobrada de todas tus anteriores y presentes fechorías.» Y
dispuso que le dieran cien palos. Y después lo subieron y ataron á un
camello y le pasearon por toda la ciudad, mientras el pregonero gritaba:
«He aquí el castigo de quien se mete en casa ajena con intenciones
criminales.»
Pero entonces supe todas estas desventuras de mi desgraciado hermano. Me
dirigí en seguida en su busca, y lo encontré precisamente cuando lo
bajaban desmayado del camello. Y entonces, ¡oh Emir de los Creyentes!
cumplí mi deber de traérmelo secretamente á Bagdad, y le he señalado una
pensión para que coma y beba tranquilamente hasta el fin de sus días.
Tal es la historia del desdichado El-Kuz: En cuanto á mi quinto hermano,
su aventura es aún más extraordinaria, y te probará ¡oh Príncipe de los
Creyentes! que soy el más cuerdo y el más prudente de mis hermanos.»
[Illustration: Historia de El-Aschar, quinto hermano del barbero]
«Este hermano mío, ¡oh Emir de los Creyentes! fué precisamente aquel á
quien cortaron la nariz y las orejas. Le llaman El-Aschar porque ostenta
un vientre voluminoso como una camella preñada, y también por su
semejanza con un caldero grande. Y es muy perezoso durante el día, pero
de noche desempeña cualquier comisión, procurándose dinero por toda
suerte de medios ilícitos y extraños.
Al morir nuestro padre heredamos cien dracmas de plata cada uno.
El-Aschar cogió los cien dracmas que le correspondían, pero no sabía en
qué emplearlos. Y se decidió por último á comprar cristalería para
venderla al por menor, prefiriendo este oficio á cualquier otro porque
no le obligaba á moverse mucho. Se convirtió, pues, en vendedor de
cristalería, para lo cual compró un canasto grande, en el que puso sus
géneros, buscó una esquina frecuentada y se instaló tranquilamente en
ella, apoyada la espalda contra la pared y delante el canasto,
pregonando su mercadería de esta suerte:
_¡Oh cristal! ¡Oh gotas de sol! ¡Oh senos de adolescente! ¡Ojos de
mi nodriza! ¡Soplo endurecido de las vírgenes! ¡Oh cristal, oh
cristal!_
Pero más tiempo se lo pasaba callado. Y entonces, apoyando con mayor
firmeza la espalda contra la pared, empezaba á soñar despierto. Y he
aquí lo que soñaba un viernes, en el momento de la oración:
«Acabo de emplear todo mi capital, ó sean cien dracmas, en la compra de
cristalería. Es seguro que lograré venderla en doscientos dracmas. Con
estos doscientos dracmas compraré otra vez cristalería y la venderé en
cuatrocientos dracmas. Y seguiré vendiendo y comprando hasta que me vea
dueño de un gran capital. Entonces compraré toda clase de mercancías,
drogas y perfumes, y no dejaré de vender hasta que haya hecho
grandísimas ganancias. Y así podré adquirir un gran palacio y tener
esclavos, y tener caballos con sillas y gualdrapas de brocado y de oro.
Y comeré y beberé soberbiamente, y no habrá cantora en la ciudad á la
que no invite á cantar en mi casa. Y luego me concertaré con las
casamenteras más expertas de Bagdad, para que me busquen novia que sea
hija de un rey ó de un visir. Y no transcurrirá mucho tiempo sin que me
case, ya que no con otra, con la hija del gran visir, porque es una
joven hermosísima y llena de perfecciones. De modo que le señalaré una
dote de mil dinares de oro. Y no es de esperar que su padre el gran
visir vaya á oponerse á esta boda; pero si no la consintiese, le
arrebataría á su hija y me la llevaría á mi palacio. Y compraré diez
pajecillos para mi servicio particular. Y me mandaré hacer ropa regia,
como la que llevan los sultanes y los emires, y encargaré al joyero más
hábil que me haga una silla de montar toda de oro, con incrustaciones de
perlas y pedrería. Y montado en el corcel más hermoso de los corceles,
que compraré á los beduinos del desierto ó mandaré traer de la tribu de
Anezi, me pasearé por la ciudad precedido de numerosos esclavos y otros
detrás y alrededor de mí; y de este modo llegaré al palacio del gran
visir. Y el gran visir cuando me vea se levantará en honor mío, y me
cederá su sitio, quedándose de pie algo más abajo que yo, y se tendrá
por muy honrado con ser mi suegro. Y conmigo irán dos esclavos, cada uno
con una gran bolsa. Y en cada bolsa habrá mil dinares. Una de las bolsas
se la daré al gran visir como dote de su hija, y la otra se la regalaré
como muestra de mi generosidad y munificencia y para que vea también
cuán por encima estoy de todo lo de este mundo. Y volveré solemnemente á
mi casa, y cuando mi novia me envíe á una persona con algún recado,
llenaré de oro á esa persona y le regalaré telas preciosas y trajes
magníficos. Y si el visir llega á mandarme algún regalo de boda, no lo
aceptaré y se lo devolveré, aunque sea un regalo de gran valor, y todo
esto para demostrarle que tengo gran altura de espíritu y soy incapaz de
la menor falta de delicadeza. Y señalaré después el día de mi boda y
todos los pormenores, disponiendo que nada se escatime en cuanto al
banquete ni respecto al número y calidad de músicos, cantoras y
danzarinas. Y prepararé mi palacio tendiendo alfombras por todas
partes, cubriré el suelo de flores desde la entrada hasta la sala del
festín, y mandaré regar el pavimento con esencias y agua de rosas.
»La noche de bodas me pondré el traje más lujoso, me sentaré en un trono
colocado en un magnífico estrado, tapizado de seda con bordados de
flores y pájaros. Y mientras mi mujer se pasee por el salón con todas
sus preseas, más resplandeciente que la luna llena del mes del Ramadán,
yo permaneceré muy serio, sin mirarla siquiera ni volver la cabeza á
ningún lado, probando con todo esto la entereza de mi carácter y mi
cordura. Y cuando me presenten á mi esposa, deliciosamente perfumada y
con toda la frescura de su belleza, yo no me moveré tampoco. Y seguiré
impasible, hasta que todas las damas se me acerquen y digan: «¡Oh señor,
corona de nuestra cabeza! aquí tienes á tu esposa, que se pone
respetuosamente entre tus manos y aguarda que la favorezcas con una
mirada. Y he aquí que, habiéndose fatigado al estar de pie tanto tiempo,
sólo espera tus órdenes para sentarse.» Y yo no diré tampoco ni una
palabra, haciendo desear más mi respuesta. Y entonces todas las damas y
todos los invitados se prosternarán y besarán la tierra muchas veces
ante mi grandeza. Y hasta entonces no consentiré en bajar la vista para
dirigir una mirada á mi mujer, pero sólo una mirada, porque volveré en
seguida á levantar los ojos y recobraré mi aspecto lleno de dignidad. Y
las doncellas se llevarán á mi mujer, y yo me levantaré para cambiar de
ropa y ponerme otra mucho más rica. Y volverán á llevarme por segunda
vez á la recién casada con otros trajes y otros adornos, bajo el
hacinamiento de las alhajas, el oro y la pedrería perfumada con nuevos
perfumes más gratos todavía. Y cuando me hayan rogado muchas veces,
volveré á mirar á mi mujer, pero en seguida levantaré los ojos para no
verla más. Y guardaré esta prodigiosa compostura hasta que terminen por
completo todas las ceremonias.
Pero en este momento de su relato, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y discreta como siempre, no quiso abusar más aquella noche
del permiso otorgado.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ LA 32.ª NOCHE_
Siguió contando la historia al rey Schahriar:
He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el barbero prosiguió así la
aventura de su quinto hermano El-Aschar:
* * * * *
»...hasta que terminen por completo todas las ceremonias. Entonces
mandaré á algunos de mis esclavos que cojan un bolsillo con quinientos
dinares en moneda menuda, y la tiren á puñados por el salón, y repartan
otro tanto entre músicos y cantoras y otro tanto á las doncellas de mi
mujer. Y luego las doncellas llevarán á mi esposa á su aposento. Y yo me
haré esperar mucho. Y cuando entre en la habitación atravesaré por entre
las dos filas de doncellas. Y al pasar cerca de mi esposa le pisaré el
pie de un modo ostensible para demostrar mi superioridad como varón. Y
pediré una copa de agua azucarada, y después de haber dado gracias á
Alah, la beberé tranquilamente.
»Y seguiré no haciendo caso á mi mujer, que estará en la cama dispuesta
á recibirme, y á fin de humillarla y demostrarle de nuevo mi
superioridad y el poco caso que hago de ella, no le dirigiré ni una vez
la palabra, y así aprenderá cómo pienso conducirme en lo sucesivo, pues
no de otro modo se logra que las mujeres sean dóciles, dulces y tiernas.
Y en efecto, no tardará en presentarse mi suegra, que me besará la
frente y las manos, y dirá: «¡Oh mi señor! dígnate mirar á mi hija, que
es tu esclava y desea ardientemente que la acompañes y le hagas la
limosna de una sola palabra tuya.» Pero yo, á pesar de las súplicas de
mi suegra, que no se habrá atrevido á llamarme yerno por temor de
demostrar familiaridad, no le contestaré nada. Entonces me seguirá
rogando, y estoy seguro de que acabará por echarse á mis pies y los
besará, así como la orla de mi ropón. Y me dirá entonces: «¡Oh mi señor!
¡Te juro por Alah que mi hija es virgen! ¡Te juro por Alah que ningún
hombre la vió descubierta ni conoce el color de sus ojos! No la afrentes
ni la humilles tanto. Mira cuán sumisa la tienes. Sólo aguarda una seña
tuya para satisfacerte en cuanto quieras.»
»Y mi suegra se levantará para llenar una copa de un vino exquisito,
dará la copa á su hija, que en seguida vendrá á ofrecérmela, toda
temblorosa. Y yo, arrellanado en los cojines de terciopelo bordados en
oro, dejaré que se me acerque, sin mirarla, y gustaré de ver de pie á la
hija del gran visir delante del ex vendedor de cristalería, que
pregonaba en una esquina:
_¡Oh gotas de sol! ¡Oh senos de adolescente! ¡Ojos de mi nodriza!
¡Soplo endurecido de las vírgenes! ¡Oh cristal! ¡Ombligo de niño!
¡Cristal! ¡Miel coloreada! ¡Cristal!_
»Y ella, al ver en mi tanta grandeza, habrá de tomarme por el hijo de
algún sultán ilustre cuya gloria llene el mundo. Y entonces insistirá
para que tome la copa de vino, y la acercará gentilmente á mis labios. Y
furioso al ver esta familiaridad, le dirigiré una mirada terrible, le
daré una gran bofetada y un puntapié en el vientre, de esta manera...»
Y mi hermano hizo ademán de dar el puntapié á su soñada esposa y se lo
dió de lleno al canasto que encerraba la cristalería. Y el cesto salió
rodando con su contenido. Y se hizo añicos todo lo que constituía la
fortuna de aquel loco.
Ante aquel irreparable destrozo, El-Aschar empezó á darse puñetazos en
la cara y á desgarrarse la ropa y á llorar. Y entonces, como era
precisamente viernes é iba á empezar la plegaria, las personas que
salían de sus casas vieron á mi hermano, y unos se paraban movidos de
lástima, y otros siguieron su camino creyéndole loco.
Y mientras estaba deplorando la pérdida de su capital y de sus
intereses, he aquí que pasó por allí, camino de la mezquita, una gran
señora. Un intenso perfume de almizcle se desprendía de toda ella. Iba
montada en una mula enjaezada con terciopelo y brocado de oro, y la
acompañaba considerable número de esclavos y sirvientes.
Al ver todo aquel cristal roto y á mi hermano llorando, preguntó la
causa de tal desesperación. Y le dijeron que aquel hombre no tenía más
capital que el canasto de cristalería, cuya venta le daba de comer, y
que nada le quedaba después del accidente. Entonces la dama llamó á uno
de los criados y le dijo: «Da á ese pobre hombre todo el dinero que
lleves encima.» Y el criado se despojó de una gran bolsa que llevaba
sujeta al cuello con un cordón, y se la entregó á mi hermano. Y
El-Aschar la cogió, la abrió, y encontró después de contarlos quinientos
dinares de oro. Y estuvo á punto de morirse de emoción y alegría, y
empezó á invocar todas las gracias y bendiciones de Alah en favor de su
bienhechora.
Y enriquecido en un momento, se fué á su casa para guardar aquella
fortuna. Y se disponía á salir para alquilar una buena morada en que
pudiese vivir á gusto, cuando oyó que llamaban á la puerta. Fué á abrir,
y vió á una vieja desconocida que le dijo: «¡Oh hijo mío! sabe que casi
ha transcurrido la hora de la plegaria en este santo día de viernes, y
aún no he podido hacer mis abluciones. Y te ruego que me permitas entrar
para hacerlas, resguardada de los importunos.» Y mi hermano dijo:
«Escucho y obedezco.» Y abrió la puerta de par en par y la llevó á la
cocina, donde la dejó sola.
Y á los pocos instantes fué á buscarle la vieja, y sobre el miserable
pedazo de estera que servía de tapiz terminó su plegaria, haciendo votos
en favor de mi hermano, llenos de compunción. Y mi hermano le dió las
gracias más expresivas, y sacando del cinturón dos dinares de oro se los
alargó generosamente. Pero la vieja los rechazó con dignidad, y dijo:
«¡Oh hijo mío, alabado sea Alah, que te hizo tan magnánimo! No me
asombra que inspires simpatías á las personas apenas te vean. Y en
cuanto á ese dinero que me ofreces, vuelva á tu cinturón, pues á juzgar
por tu aspecto debes ser un pobre saaluk, y te debe hacer más falta que
á mí, que no lo necesito. Y si en realidad no te hace falta, puedes
devolvérselo á la noble señora que te lo dió por habérsete roto la
cristalería.» Y mi hermano dijo: «¡Cómo! Buena madre, ¿conoces á esa
dama? En ese caso, te ruego que indiques dónde la podré ver.» Y la vieja
contestó: «Hijo mío, esa hermosa joven sólo te ha demostrado su
generosidad para expresar la inclinación que le inspira tu juventud, tu
vigor y tu gallardía. Pues su marido es impotente y nunca logrará
satisfacerla, porque Alah le ha castigado con unos compañones tan fríos,
que dan lástima. Levántate, pues, guarda en tu cinturón todo el dinero
para que no te lo roben en esta casa tan poco segura, y ven conmigo.
Pues has de saber que sirvo á esa señora hace mucho tiempo y me confía
todas sus comisiones secretas. Y en cuanto estés con ella, no te encojas
para nada, pues debes hacer con ella todo aquello de que eres capaz. Y
cuanto más hagas, más te querrá. Y por su parte, se esforzará en
proporcionarte todos los placeres y todas las alegrías, y serás dueño
absoluto de su hermosura y sus tesoros.»
Cuando mi hermano oyó estas palabras de la vieja, se levantó, hizo lo
que le había dicho, y siguió á la anciana, que había echado á andar. Y
mi hermano marchó detrás de ella hasta que llegaron ambos á un gran
portal, en el que la vieja llamó á su modo. Y mi hermano se hallaba en
el límite de la emoción y de la dicha.
Y á aquel llamamiento salió á abrir una esclava griega, muy bonita, que
les deseó la paz y sonrió á mi hermano de una manera muy insinuante. Y
le introdujo en una magnífica sala con grandes cortinajes de seda y oro
fino y magníficos tapices. Y mi hermano, al verse solo, se sentó en un
diván, se quitó el turbante, se lo puso en las rodillas y se secó la
frente. Y apenas se hubo sentado se abrieron las cortinas y apareció
una joven incomparable, como no la vieron las miradas más maravilladas
de los hombres. Y mi hermano El-Aschar se puso de pie sobre sus dos
pies.
Y la joven le sonrió con los ojos y se apresuró á cerrar la puerta, que
se había quedado abierta. Y se acercó á El-Aschar, le cogió de la mano y
lo llevó consigo al diván de terciopelo. Y como antes de ejercer de
cabalgador quisiera hablar, la joven, con una mano en la boca, le indicó
que callase, mientras que con la otra le invitaba á que no perdiese el
tiempo con más dilaciones. Y en el mismo instante mi hermano hizo á la
joven cuanto sabía hacer en punto á copulaciones, abrazos, besos,
mordiscos, caricias, contorsiones y variaciones, una, dos, tres veces, y
así durante algunas horas del tiempo.
Después de aquellos transportes, la joven se levantó y le dijo á mi
hermano: «¡Ojo de mi vida! no te muevas de aquí hasta que yo vuelva.»
Después salió rápidamente y desapareció.
Pero de pronto se abrió violentamente la puerta y apareció un negro
horrible, gigantesco, que llevaba en la mano un alfanje desnudo. Y gritó
al aterrorizado El-Aschar: «¡Oh grandísimo miserable! ¿Cómo te atreviste
á llegar hasta aquí, ¡oh tú, producto mixto de los compañones
corrompidos de todos los criminales!?» Y mi hermano no supo qué
contestar á lenguaje tan violento, se le paralizó la lengua, se le
aflojaron los músculos y se puso muy pálido. Entonces el negro le
cogió, lo desnudó completamente y se puso á darle de plano con el
alfanje más de ochenta golpes, hasta que mi hermano se cayó al suelo y
el negro lo creyó cadáver. Llamó entonces con voz terrible, y acudió una
negra con un plato lleno de sal. Lo puso en el suelo y empezó á llenar
de sal las heridas de mi hermano, que á pesar de padecer horriblemente,
no se atrevía á gritar por temor de que le remataran. Y la negra se
marchó después que hubo cubierto completamente de sal todas las heridas.
Entonces el negro dió otro grito tan espantoso como el primero, y se
presentó la vieja, que, ayudada por el negro, después de robar todo el
dinero á mi hermano, lo cogió por los pies, lo arrastró por todas las
habitaciones hasta llegar al patio, donde lo lanzó al fondo de un
subterráneo, en el que acostumbraba á precipitar los cadáveres de todos
aquellos á quienes con sus artificios había atraído á la casa para que
sirviesen de cabalgadores á su joven señora.
El subterráneo en cuyo fondo habían arrojado á mi hermano El-Aschar era
muy grande y oscurísimo, y en él se amontonaban los cadáveres unos sobre
otros. Allí pasó El-Aschar dos días enteros, imposibilitado de moverse
por las heridas y la caída. Pero Alah (¡alabado y glorificado sea!)
quiso que mi hermano pudiese salir de entre tanto cadáver y arrastrarse
á lo largo del subterráneo, guiado por una escasa claridad que venía de
lo alto. Y pudo llegar hasta el tragaluz de donde descendía aquella
claridad, y una vez allí salir á la calle, fuera del subterráneo.
Se apresuró entonces á regresar á su casa, á la cual fuí á buscarle, y
le cuidé con los remedios que sé extraer de las plantas. Y al cabo de
algún tiempo, curado ya completamente, mi hermano resolvió vengarse de
la vieja y de sus cómplices por los tormentos que le habían causado. Se
puso á buscar á la vieja, siguió sus pasos, y se enteró bien del sitio á
que solía acudir diariamente para atraer á los jóvenes que habían de
satisfacer á su ama y convertirse después en lo que se convertían. Y un
día se disfrazó de persa, se ciñó un cinto muy abultado, escondió un
alfanje bajo su holgado ropón, y fué á esperar la llegada de la vieja,
que no tardó en aparecer. En seguida se aproximó á ella, y fingiendo
hablar mal nuestro idioma, remedó el lenguaje bárbaro de los persas.
Dijo: «¡Oh buena madre! soy forastero, y quisiera saber dónde podría
pesar y reconocer unos novecientos dinares de oro que llevo en el
cinturón, y que acabo de cobrar por la venta de unas mercaderías que
traje de mi tierra.» Y la maldita vieja de mal agüero le respondió:
«¡Oh, no podías haber llegado más á tiempo! Mi hijo, que es un joven tan
hermoso como tú, ejerce el oficio de cambista, y te prestará el pesillo
que buscas. Ven conmigo, y te llevaré á su casa.» Y él contestó: «Pues
ve delante.» Y ella fué delante y él detrás, hasta que llegaron á la
casa consabida. Y les abrió la misma esclava griega de agradable
sonrisa, á la cual dijo la vieja en voz baja: «Esta vez le traigo á la
señora músculos sólidos y un zib bien á punto.»
Y la esclava cogió á El-Aschar de la mano y le llevó á la sala de las
sedas, y estuvo con él entreteniéndole algunos momentos; después avisó á
su ama, que llegó é hizo con mi hermano lo mismo que la primera vez.
Pero sería ocioso repetirlo. Después se retiró, y de pronto apareció el
negro terrible, con el alfanje desenvainado en la mano, y gritó á mi
hermano que se levantara y lo siguiese. Y entonces mi hermano, que iba
detrás del negro, sacó de pronto el alfanje de debajo del ropón, y del
primer tajo le cortó la cabeza.
Al ruido de la caída acudió la negra, que sufrió la misma suerte;
después la esclava griega, que al primer sablazo quedó también
descabezada. Inmediatamente le tocó á la vieja, que llegó corriendo para
echar mano al botín. Y al ver á mi hermano con el brazo cubierto de
sangre y el acero en la mano, se cayó espantada en tierra, y El-Aschar
la agarró del pelo y le dijo: «¿No me conoces, vieja zorra, podrida
entre las podridas?» Y respondió la vieja: «¡Oh mi señor, no te
conozco!» Pero mi hermano dijo: «Pues sabe, ¡oh alcahueta! que soy aquel
en cuya casa fuiste á hacer las abluciones, trasero de mono viejo.» Y al
decir esto, mi hermano partió en dos mitades á la vieja de un solo
sablazo. Después fué á buscar á la joven que había copulado con él dos
veces.
No tardó en encontrarla, ocupada en componerse y perfumarse en un
aposento retirado. Y cuando la joven le vió cubierto de sangre, dió un
grito de terror y se arrojó á sus pies, rogándole que le perdonase la
vida. Y mi hermano, recordando los placeres compartidos con ella, le
otorgó generosamente la vida, y le preguntó: «¿Y cómo es que estás en
esta casa, bajo el dominio de ese negro horrible á quien he matado con
mis manos?» La joven respondió: «¡Oh dueño mío! antes de estar encerrada
en esta maldita casa, era yo propiedad de un rico mercader de la
población, y esta vieja solía venir á verme y nos manifestaba mucha
amistad. Un día entre los días fué á su casa y me dijo: «Me han invitado
á una gran boda, pues no habrá en el mundo otra parecida. Y vengo á
llevarte conmigo.» Yo le contesté: «Escucho y obedezco.» Me puse mis
mejores ropas, cogí un bolsillo con cien dinares y salí con la vieja.
Llegamos á esta casa, en la cual me introdujo con su astucia, y caí en
manos de ese negro atroz, que después de arrebatarme la virginidad, me
sujetó aquí á la fuerza y me utilizó para sus criminales designios, á
costa de la vida de los jóvenes que la vieja le proporcionaba. Y así he
pasado tres años entre las manos de esa vieja maldita.» Entonces mi
hermano dijo: «Pero llevando aquí tanto tiempo, debes saber si esos
criminales han amontonado riquezas.» Y ella contestó: «Hay tantas, que
dudo mucho que tú solo pudieras llevártelas. Ven á verlo tú mismo.»
Y se llevó á mi hermano, y le enseñó grandes cofres llenos de monedas de
todos los países y de bolsillos de todas las formas. Y mi hermano se
quedó deslumbrado y atónito. Ella entonces le dijo: «No es así como
podrás llevarte este oro. Ve á buscar unos mandaderos y tráelos para que
carguen con él. Mientras tanto, yo prepararé los fardos.»
Apresuróse El-Aschar á buscar á los mozos, y al poco tiempo volvió con
diez hombres que llevaban cada uno una gran banasta vacía.
Pero al llegar á la casa vió el portal abierto de par en par. Y la joven
había desaparecido con todos los cofres. Y comprendió entonces que se
había burlado de él para poderse llevar las principales riquezas. Pero
se consoló al ver las muchas cosas preciosas que quedaban en la casa y
los valores encerrados en los armarios, con todo lo cual podía
considerarse rico para toda su vida. Y resolvió llevárselo al día
siguiente; pero como estaba muy fatigado, se tendió en el magnífico
lecho y se quedó dormido.
Al despertar al día siguiente, llegó hasta el límite del terror al verse
rodeado por veinte guardias del walí, que le dijeron: «Levántate á
escape y vente con nosotros.» Y se lo llevaron, cerraron y sellaron las
puertas, y lo pusieron entre las manos del walí, que le dijo: «He
averiguado tu historia, los asesinatos que has cometido y el robo que
ibas á perpetrar.» Entonces mi hermano exclamó: «¡Oh walí! Dame la señal
de la seguridad, y te contaré lo ocurrido.» Y el walí entonces le dió
un velo, símbolo de la seguridad, y El-Aschar le contó toda la historia
desde el principio hasta el fin. Pero no sería útil repetirla. Después
mi hermano añadió: «Ahora, ¡oh walí lleno de ideas justas y rectas!
consentiré, si quieres, en compartir contigo lo que queda en aquella
casa.» Pero el walí replicó: «¿Cómo te atreves á hablar de reparto? ¡Por
Alah! No tendrás nada, pues debo cogerlo todo. Y date por muy contento
al conservar la vida. Además, vas á salir inmediatamente de la ciudad y
no vuelvas por aquí, bajo pena del mayor castigo.» Y el walí desterró á
mi hermano, por temor á que el califa se enterase de la historia de
aquel robo. Y mi hermano tuvo que huir muy lejos.
Pero para que se cumpliese por completo el Destino, apenas había salido
de las puertas de la ciudad le asaltaron unos bandoleros, y al no
hallarle nada encima, le quitaron la ropa, dejándole en cueros, le
apalearon y le cortaron las orejas y la nariz.
Y supe entonces, ¡oh Emir de los Creyentes! las desventuras del pobre
El-Aschar. Salí en su busca, y no descansé hasta encontrarlo. Lo traje á
mi casa, donde le curé, y ahora le doy para que coma y beba durante el
resto de sus días.
¡Tal es la historia de El-Aschar!
Pero la historia de mi sexto y último hermano, ¡oh Emir de los
Creyentes! merece que la escuches antes de que me decida á descansar.»
[Illustration]
Historia de Schakalik, sexto hermano del barbero
«Se llama Schakalik ó el Tarro hendido, ¡oh Comendador de los Creyentes!
Y á este hermano mío le cortaron los labios, y no sólo los labios, sino
también el zib. Pero le cortaron los labios y el zib á consecuencia de
circunstancias extremadamente asombrosas.
Porque Schakalik, mi sexto hermano, era el más pobre de todos nosotros,
pues era verdaderamente pobre. Y no hablo de los cien dracmas de la
herencia de nuestro padre, porque Schakalik, que nunca había visto tanto
dinero junto, se comió los cien dracmas en una noche, acompañado de la
gentuza más deplorable del barrio izquierdo de Bagdad.
No poseía, pues, ninguna de las vanidades de este mundo, y sólo vivía de
las limosnas de la gente, que lo admitía en su casa por su divertida
conversación y por sus chistosas ocurrencias.
Un día entre los días había salido Schakalik en busca de un poco de
comida para su cuerpo extenuado por las privaciones, y vagando por las
calles se encontró ante una magnífica casa, á la cual daba acceso un
gran pórtico con varios peldaños. Y en estos peldaños y á la entrada
había un número considerable de esclavos, sirvientes, oficiales y
porteros. Y mi hermano Schakalik se aproximó á los que allí estaban y
les preguntó de quién era tan maravilloso edificio. Y le contestaron:
«Es propiedad de un hombre que figura entre los hijos de los reyes.»
Después se acercó á los porteros, que estaban sentados en un banco en el
peldaño más alto, y les pidió limosna en el nombre de Alah. Y le
respondieron: «¿Pero de dónde sales para ignorar que no tienes más que
presentarte á nuestro amo para que te colme en seguida de sus dones?»
Entonces mi hermano entró y franqueó el gran pórtico, atravesó un patio
espacioso y un jardín poblado de árboles hermosísimos y de aves
cantoras. Lo rodeaba una galería calada, con pavimento de mármol, y unos
toldos le daban frescura durante las horas de calor. Mi hermano siguió
andando y entró en la sala principal, cubierta de azulejos de colores
verde, azul y oro, con flores y hojas entrelazadas. En medio de la sala
había una hermosa fuente de mármol, con un surtidor de agua fresca, que
caía con dulce murmullo. Una maravillosa estera de colores alfombraba la
mitad del suelo, más alta que la otra mitad, y reclinado en unos
almohadones de seda con bordados de oro se hallaba muy á gusto un
hermoso jeique de larga barba blanca y de rostro iluminado por benévola
sonrisa. Mi hermano se acercó, y dijo al anciano de la hermosa barba:
«¡Sea la paz contigo!» Y el anciano, levantándose en seguida, contestó:
«¡Y contigo la paz y la misericordia de Alah con sus bendiciones! ¿Qué
deseas, ¡oh tú!?» Y mi hermano respondió: «¡Oh mi señor! sólo pedirte
una limosna, pues estoy extenuado por el hambre y las privaciones.»
Y al oir estas palabras, exclamó el viejo jeique: «¡Por Alah! ¿Es
posible que estando yo en esta ciudad se vea un ser humano en el estado
de miseria en que te hallas? ¡Cosa es que realmente no puedo tolerar con
paciencia!» Y mi hermano, levantando las dos manos al cielo, dijo:
«¡Alah te otorgue su bendición! ¡Benditos sean tus generadores!» Y el
jeique repuso: «Es de todo punto necesario que te quedes en esta casa,
para compartir mi comida y gustar la sal en mi mesa.» Y mi hermano dijo:
«Gracias te doy, ¡oh mi señor y dueño! Pues no podría estar más tiempo
en ayunas, como no me muriese de hambre.» Entonces el viejo dió dos
palmadas y ordenó á un esclavo que se presentó inmediatamente: «¡Trae en
seguida el jarro y la palangana de plata, para que nos lavemos las
manos!» Y dijo á mi hermano Schakalik: «¡Oh huésped! Acércate y lávate
las manos.»
Y al decir esto, el jeique se levantó, y aunque el esclavo no había
vuelto, hizo ademán de echarse agua en las manos con un jarro invisible
y restregárselas como si tal agua cayese.
Al ver esto, no supo qué pensar mi hermano Schakalik; pero como el viejo
insistía para que se acercase á su vez, supuso que era una broma, y como
él tenía también fama de divertido, hizo ademán de lavarse las manos lo
mismo que el jeique. Entonces el anciano dijo: «¡Oh vosotros! poned el
mantel y traed la comida, que este pobre hombre está rabiando de
hambre.»