IV

Por la tarde, Urrea y el mayor de los Borregos estuvieron dando vuelta

a la tierra con el arado en una de las piezas de sembradura próximas

a la casa. Nazarín y el Borrego chico regaron los plantíos nuevos de

la huerta, a mano, con cubos y regadera, y después escardaron los

bancales, que con los abundantes riegos de días anteriores, habían

formado costra. Silencioso y atento a su trabajo, el clérigo no hablaba

con su compañero más que lo preciso. Ladislao había ido a la fuente del

monte, a traer la ropa lavada por Aquilina, y los chicos, después de

dar la lección con Halma, se fueron a jugar con los nietos de Cecilio

en el campo frontero a la casa de abajo. En la cocina se hallaba la

Condesa, de mandil al cinto, fregoteando la loza, cuando Beatriz, que

arriba trajinaba, bajó a anunciarle la llegada de los tres señores a

caballo.

--¡Ah! no les esperaba tan pronto --dijo la dama, preparándose para

recibirles decorosamente--. Vienen como en son de capítulo o consejo.

¿No sabes a qué? Luego lo sabrás.

--Me figuro que será para que admitamos a las tres ancianas enfermas de

Colmenar, que quieren venir a Pedralba. Yo creo que tendremos local,

pasándome yo al cuarto de Aquilina.

--No es eso: las tres viejecitas llegarán el lunes. Las acomodaremos

como se pueda, hasta que el maestro nos arregle los cuartos del Norte.

Nuestros tres amigos vienen a otro asunto, muy delicado por cierto, del

cual me habló anteayer don Remigio. Quiera Dios iluminarles para que

conozcan cuán injusto... En fin, no puedo contártelo ahora; es cosa

larga.

Salió la señora al encuentro de los viajeros, y subieron los cuatro

a la única habitación de la casa, propia para visitas, y aun para

cónclaves tan solemnes como el que aquel día en Pedralba se celebraba,

porque tenía dotación de sillas hasta para seis personas, y un sofá de

principios de siglo con asientos de crin, que a la legua transcendía

a cosa eclesiástica y capitular. Encerrados allí la Condesa y sus

tres amigos, discutieron y peroraron todo lo que les dio la gana, sin

que fuera de la estancia se sintiese rumor alguno, ni había tampoco

por allí oreja humana que lo recogiese. A la hora y media, más bien

más que menos, salieron, y se marcharon como habían venido. Nadie

supo lo que allí con tanto sigilo se había tratado, ni ninguno de los

huéspedes de Pedralba, fuera de Urrea, sentía comezón de curiosidad

por aquella desusada reunión. Por la noche, en el rosario y cena, notó

el ex-calavera muy encendidos los ojos de su prima. Sin duda había

llorado. Concluida la cena, y cuando se despedían para marchar cada

cual a su dormitorio, la señora dijo a Urrea:

--Poco te ha durado el buen acomodo del cuartito de la torre: tú y el

padre tendréis que iros a la casa de abajo, porque necesitamos alojar

aquí a tres ancianitas. Se os llevarán las camas allá. Ten paciencia,

Pepe. Para eso y para todo te recomiendo la paciencia, sin la cual nada

de provecho haríamos aquí.

Y no dijo más, ni él se atrevió a expresar cosa alguna, pues al

intentarlo se le ponía un nudo en la garganta. La señora, después de

dar a cada cual la orden de trabajo para el día siguiente, se retiró.

A Beatriz le tocaba aquella noche la función de conserjería, cerrar

puertas y ventanas, apagar fuegos y luces, cuidando de que todos,

media hora después de la cena, entrasen en sus respectivos aposentos.

Buscándole las vueltas para cogerla sola, Urrea pudo cambiar con ella

algunas palabras, cuando atrancaba la puerta del Norte, después de

cerrar el gallinero.

--Beatriz, por lo que más quieras en el mundo, dime qué han venido a

tratar con mi prima esos tres facinerosos.

--¡Jesús, yo no sé!

--Sí lo sabes. Dímelo por Dios.

--Te has olvidado de una de las principales reglas que nos ha impuesto

la señora. Aquí no se permite contar lo que pasa, ni llevar y traer

cuentos. Cada cual ocúpese en desempeñar su trabajo, sin cuidarse de lo

que digan o hagan los demás.

--Es verdad... Pero como sin duda se trata de alguna conspiración

contra mí, tengo que defenderme.

--Yo no sé nada, José Antonio, no me preguntes.

--Pues dime solo una cosa. ¿Ha llorado mi prima?

--Eso no puedo negártelo, porque bien se le conoce en los ojos.

--¿Y sabes el motivo?

--¡Oh, el motivo!... Que no puede hacer todo el bien que quiere. Su

alma tiene grandes alas; pero la jaula es corta... Y no más. Silencio

te digo, y retírate.

No tuvo más remedio el pobre novicio que meterse en su aposento de la

torre, donde encontró a Nazarín de rodillas frente a la imagen del

Crucificado. El farolito que alumbraba la estancia estaba en el suelo:

iluminadas de abajo arriba las dos figuras vivientes y el estrambótico

mueblaje, resultaba todo de un aspecto sepulcral. En el profundo

abatimiento de su espíritu, Urrea se creyó en un panteón. Echándose en

la cama, como para tomar la postura del sueño eterno, y sin esperar a

que el apóstol peregrino acabase su rezo, le dijo:

--Padre, ¿se fijó usted en los ojos de mi prima?

--Sí, hijo mío --replicó el clérigo, siguiendo de hinojos, y moviendo

tan solo la cabeza para mirarle--. La señora Condesa, nuestra reina,

nuestra madre, ¡ay!, ha llorado mucho.

--¿Se enteró usted del conciliábulo?

--Sé que llegaron juntos esos tres señores, y estuvieron aquí largo

rato. Como no me importa, ni es cosa de mi incumbencia, no tengo más

que decir.

--Creo firmemente que se han reunido para expulsarme de aquí, y que

obedecen a intrigas de mi primo Feramor. Me lo dice el corazón, me lo

dice la tierra cuando la labro, los troncos cuando les pego con el

hacha, me lo dicen los bueyes cuando les pongo el yugo. No puede haber

equivocación en esto; el vivir en medio de la Naturaleza, rodeado de

soledad, le hace a uno adivino.

--Si eso fuera cierto --dijo Nazarín levantándose, y acudiendo a él con

ademán afectuoso--, si en efecto, por estas o las otras razones, se te

mandara salir de Pedralba...

--Ya sé lo que usted me dirá... que me vaya, es decir, que me muera.

--Estamos aquí para la obediencia, para la resignación, para no tener

voluntad propia. Ya me ves a mí: toma mi ejemplo.

--¿Pero usted no considera que lanzarme de aquí es ponerme en brazos de

la muerte?

--¿Por qué? Dios velará por ti.

--¿Y a dónde voy yo, padre?

--Al mundo, a otra soledad como esta, que encontrarás fácilmente.

Búscala, que nada abunda tanto en la tierra como la soledad.

--No, no: yo, fuera de aquí, soy hombre concluido. Halma debe suponer

que mi expulsión de Pedralba es mi sentencia de muerte. Dígaselo usted.

--Yo no puedo decir eso a la señora, ni nada. Asilado como tú, la regla

me prohíbe hablar al superior, cuando este no me habla. Contesto a lo

que me preguntan, y nada más.

--Pues se lo diré yo, le diré que desconfíe de esa gente infame...

--No hables mal, no injuries, no aborrezcas.

--¡Ah! Nazarín es un santo: yo quisiera serlo, pero la maldad antigua,

la que existe allá en los sedimentos del corazón no me deja.

--Porque tú quieres. Lucha con tus malas pasiones, pídele a Dios

auxilio, y vencerás. Es menos difícil de lo que parece. Si alguien

te causa agravios, perdónale; si te injurian, no respondas con otras

injurias; si te hieren, resístelo y calla; si te persiguen en una

ciudad, huyes a otra; si te expulsan, te vas, y donde quiera que estés,

arranca de tu corazón el anhelo de venganza para poner en él el amor

de tus enemigos.

--Y haré todo eso, que es muy hermoso, sí, muy hermoso --dijo Urrea con

ligerísima inflexión irónica--; pero antes de adoptar vida tan santa,

quiero despedirme del mundo con una satisfacción: le cortaré la cabeza

a don Remigio, que es el alma de este complot indigno.

--Hijo mío, parece que estás loco --díjole Nazarín, posando la palma

de su mano sobre la frente ardorosa del calavera reformado--. Pero qué

absurdos se te ocurren. ¡Matar!

--¿Pues no me matan a mí?

--Privarte de estar aquí no es darte la muerte.

--Me la daré yo si me arrojan.

--Bah, eres un niño; pero yo estoy al cuidado tuyo, y procuraré que no

hagas mañas.

--No puedo, no podré vivir fuera de aquí... Cuando salga, o me arrojaré

con una piedra al cuello en el primer río por donde pase, o buscaré un

abismo bien negro y profundo que quiera recoger mis pobres huesos.

Su pecho se inflaba. Una opresión fortísima en la caja torácica le

impedía expulsar todo el aire recogido por sus ávidos pulmones. Se

ahogaba; le faltó la voz, y de su garganta salía un gemido angustioso.

Al fin rompió a llorar como un niño.

--Llora, llora todo lo que quieras --le dijo el curita manchego

sentándose a su lado--. Eso es bueno. Las penas de la infancia, con el

lloro quedan reducidas a nada.

--¡Ah, bendito Nazarín --exclamó Urrea entre sollozos, estrechándole la

mano--, soy muy desgraciado! Reconozca usted que no hay infortunio como

el mío.

--Pues hijo, de poco te quejas. Tú eras malo, muy malo, tú mismo me lo

has dicho. La señora Condesa quiso corregirte, y lo ha conseguido hasta

un punto del cual no ha podido pasar. Pero luego viene Dios a completar

la obra, te coge por su cuenta, y te manda adversidades y amarguras

para que con ellas puedas alcanzar tu completa reforma. Bendice la

mano que te hiere, resígnate, anúlate, y sentirás en tu alma un grande

alivio.

--No podré... no podré... --replicó José Antonio, afectado de una gran

inquietud nerviosa--. Usted, como santo, ve todo eso muy fácil... y

naturalmente, por ser usted así, dicen que está loco... No lo está,

yo sé que no lo está... pero por eso lo dicen, por no ser usted

humano como yo... Fórmeme a su imagen y semejanza, hágame divino,

y entonces... ¡ah! entonces yo también perdonaré las injurias, y

bendeciré la mano negra de don Remigio que me hiere, y la boca sucia de

Láinez que me escupe.

Y como si le pincharan, saltó del lecho, gritando:

--No puedo, no puedo estar en ese potro... Necesito salir, respirar el

aire, ver las estrellas...

--Salir al campo es imposible: la regla no lo consiente, y además, la

puerta está cerrada.

--Pues yo quiero salir, correr... ver el cielo.

--Abriendo la ventana lo verás. Ven: ahí lo tienes. ¡Cuán hermoso esta

noche!

Ambos contemplaron un instante el estrellado firmamento, y ante la

inmensidad muda, indiferente a nuestras desdichas, Urrea sintió crecer

su inmensa pena. Retirándose de la ventana, dijo suspirando:

--Padre Nazarín, si usted me quiere, hable de esto con mi prima.

--Yo no puedo hablar de esto ni de nada. ¿Qué soy yo aquí? Nadie, un

triste acogido. Ni tengo autoridad, ni voz, ni opinión, y solo en caso

de que la señora me preguntara, le manifestaría mi humilde parecer.

Calificado de demente, me han puesto en esta santa casa al amparo de la

sublime caridad de la Condesa de Halma. Figúrate tú si es posible que

esta pida consejo a un hombre cuya razón se cree perturbada, y si yo a

dárselo me atreviera, figúrate el caso que haría de mí.

--Catalina, como yo, no cree que nuestro querido Nazarín padezca de

enajenación. Esas son vulgaridades en que un espíritu superior como el

suyo no puede incurrir. Sabe que usted posee la verdad divina, y que su

voz es la voz de Dios...

--No digas desatinos, Pepe. Confórmate con lo que el Señor disponga de

ti. No luches contra su poder... entrégate.

Urrea se arrojó en una silla, abatiendo sus brazos como un hombre

rendido de luchar.

--Aunque usted todo lo sabe y todo lo penetra --dijo después de una

larga pausa--, yo necesito confiarle cuanto hay dentro de mí. Más que

por deber, lo hago por necesidad, porque el corazón no me cabe en el

pecho, porque me ahogo si no le cuento a alguien mi pena, la causa de

mi pena, y la imposibilidad del remedio de mi pena.

--Pues sentémonos aquí, y cuéntame todo lo que quieras, que si no

tienes sueño, yo tampoco, y así pasaremos la noche.

Tanto y tanto habló Urrea que, al concluir, ya palidecían las

estrellas, y se difundía por el cielo la purísima luz del alba.

V

A las nueve de la mañana, Halma y Beatriz, en un cuarto de los altos,

daban las últimas puntadas en las sábanas y colchas para las camas

de las viejas que pronto entrarían en la comunidad de Pedralba. Con

tiempo por delante, trabajo entre las manos, y sin testigo que las

cohibiese, hablaron largamente.

--Conque ya ves --decía la Condesa--, cuando yo pensaba que en esta

soledad no vendrían a turbarnos las pasiones que hemos dejado allá,

resulta que la sociedad por todas partes se filtra; cuando creíamos

estar solas con Dios y nuestra conciencia, viene también el mundo,

vienen también los intereses mundanos a decir: «Aquí estoy, aquí

estamos. Si te vas al desierto, al desierto te seguiremos.»

--¡Vaya, que es tecla la de esos señores! --replicó Beatriz--. ¿Qué

daño les hace el pobrecito José Antonio?

--Este tumulto ha sido movido por mi hermano y otras personas de la

familia, que no ven nunca más que el lado malicioso y grosero de las

cosas humanas. Las almas tienen ojos: las hay ciegas, las hay miopes,

las hay enfermas de la vista... En casa de mi hermano se reúne gente

frívola y vana. Yo les perdono las mil ridiculeces que han dicho de mí;

creí que nunca más tendría que pensar en tales malicias ni aun para

perdonarlas. A mis hermanos les compadezco por ignorar que no siempre

prevalece en las almas la maldad, y que una conciencia dañada puede

purificarse. No creen; hablan mucho de Dios, admiran sus obras en la

Naturaleza, pero no saben admirarlas ni entenderlas en la conciencia

humana. No son malos, pero tampoco son buenos; viven en ese nivel

medio moral a que se debe toda la vulgaridad y toda la insulsez de la

sociedad presente. A tales personas, hazles comprender que nuestro

pobre José Antonio se ha corregido, que no es aquel hombre, sino

otro. Semejante prodigio no entra en aquellas cabezas atiborradas de

política, de falsa piedad y de una moral compuesta y bonita para uso de

las familias elegantes.

Antes de referir lo que dijo Beatriz, conviene manifestar que,

habiéndole ordenado una y otra vez la Condesa que la tutease, hizo los

imposibles por complacerla, sin poder conseguirlo más que a medias.

La obediencia y el respeto en su lengua se tropezaban, dando lugar a

fenómenos rarísimos. Cuando estaban las dos en la cocina o lavando

ropa, y surgía conversación sobre cualquier asunto doméstico, la mujer

de pueblo llamaba de tú sin gran esfuerzo a la señora. Pero cuando

se hallaban en el piso alto de la casa, y recaía la conversación en

cualquier punto que no fuera del trajín diario, se le resistía el

empleo de la forma familiar, vamos, que con toda la voluntad del mundo,

no podía, Señor, no podía.

--¡Y por esas cosas perversas que piensan los de Madrid --dijo

Beatriz--, tendrá la señora que arrojar de aquí a su primo! ¡Lástima

grande, porque el pobrecito cumple bien, y es tan gustoso de esta vida

del campo!

--¡Arrojarle! Nunca he pensado en ello. Sería una crueldad. Le

defenderé mientras pueda, y creo que antes se cansarán ellos de

atacarle que yo de defenderle. Pero presumo, mi querida Beatriz, que

este negocio de mi primo ha de ocasionarme algún trastorno en mi pobre

ínsula, si esos señores insisten en señalarle como un peligro para mí

y para Pedralba. Yo desprecio la opinión aviesa y calumniosa; pero tal

podrá llegar a ser la que se ha formado en Madrid contra mí por haber

admitido aquí al pobre Pepe, que no habrá más remedio que tenerla en

cuenta. Podrían sobrevenir sucesos que dieran al traste con nuestro

humilde reino, porque las autoridades eclesiásticas me retirarán su

protección, dejándome sola, la autoridad civil me mirará también con

malos ojos, y ¡adiós Pedralba, adiós nuestra dichosa soledad, adiós

nuestros días serenos consagrados a Dios y a los pobres!

--Eso no puede ser --dijo Beatriz muy convencida--. El Señor no lo

consentirá.

--El Señor lo consentirá por darme un sufrimiento más, y acabar de

probarme. El Señor, que me afligió, cuando a bien lo tuvo, con tantas

desdichas, ahora me envía la mayor y más dolorosa, mi honra puesta en

duda, Beatriz, y...

--¡_Tu_ honra! --exclamó Beatriz irguiéndose altanera, y por primera

vez empleó el _tu_ en un asunto grave--. No, yo digo que eso no puede

ser, y si la honra de la mujer más santa que existe en el mundo no

brilla como el sol, digo que el Infierno se ha desatado sobre la tierra.

--Calma, calma. El Infierno está donde estaba, las gentes mentirosas

y frívolas hacen hoy lo que han hecho siempre, y mi conciencia,

traspasada de parte a parte por la mirada de Dios, resplandece gozosa

delante de todos los infiernos y de todas las maldades habidas y por

haber. Esto digo yo.

--¡Y yo --exclamó Beatriz, presa de una súbita exaltación,

levantándose-- digo que _tú_ eres una santa, y que yo te adoro!

Cayó a sus pies, como cuerpo muerto, y se los besó una y otra vez.

--Levántate... déjame... no me gustan esos extremos --dijo Halma--.

Óyeme con tranquilidad.

--No puedo, no puedo... ¡La idea de que ultrajan a mi reina y señora me

enloquece!

--Ten calma y paciencia. ¿Qué te importa a ti ni a mí que me ultrajen?

¿No nos desagravia Dios al instante, dándonos la alegría del padecer,

esa felicidad que ellos no conocen?... Déjame seguir, y que acabe de

explicarte la causa de lo turbada que estoy.

--Ya escucho --dijo Beatriz sentándose, pero sin atender a la costura.

--Pues reducido el caso de José Antonio a cuestión pura de conciencia,

nada temo. Soy inocente, él también, y Dios lo sabe. Desprecio los

juicios de la frivolidad humana, y sigo impávida mi camino. Pero

como no somos libres, como dependemos de una autoridad, de varias

autoridades, si retengo a mi primo en Pedralba, corre peligro nuestra

pobre ínsula religiosa, esta ciudad, o más bien aldea de Dios que tanto

trabajo me ha costado fundar. Aquí tienes el horroroso conflicto en que

me veo. Si Dios no se digna iluminarme, no sé cómo he de resolverlo...

Es triste, tristísimo, que para no aparecer como rebelde a la autoridad

eclesiástica, tenga que dar el golpe de gracia a un inocente, y

apartarlo de esta bendita vida... Nunca será justo ni caritativo que le

expulse; pero ¡ay! habré de exponerle la situación y suplicarle que nos

deje.

Callaron ambas, volvieron a funcionar las agujas, y los picotazos de

estas y los suspiros de las dos costureras parecían continuar el triste

diálogo. Metida en sí misma, la Condesa prosiguió razonando así:

--Es triste cosa que no se encuentre la paz ni aun en el desierto. Yo

ambicionaba crearme una pequeña sociedad mía, consagrada conmigo al

servicio de Dios; yo deseaba decirlo a la sociedad grande: «No te

quiero, abomino de ti, y me voy a formar, con cuatro piedras y una

docena de personas, mi pueblo ideal, con mis leyes y mis usos, todo

con independencia de ti...» Pero no puede ser. El organismo total es

tan poderoso, que no hay manera de sustraerse a él. La Iglesia, contra

la cual no tendré nunca acción ni pensamiento, no me deja mover sin

su permiso en este humilde rincón, donde me encierro con mi piedad

y el amor de mis semejantes. Para conservarme en la compañía de mis

hermanos, de mis hijos, tengo que transigir con las rutinas de fuera,

venidas de allá, del enemigo, del mundo. Huyo de él y me acosa, me

sigue a mi Tebaida, diciéndome: «Ni en lo más hondo de la tierra te

librarás de mí.» ¡Dios me dé luces para librarme de ti, sociedad

grande! ¡Deme paciencia para sufrirte, si no consiente mi emancipación!

Una hora más tarde, hallándose la señora en la cocina, proseguía su

monólogo, y recobraba lentamente el admirable reposo de su espíritu.

--Vaya, que es para tomarlo a risa. Yo creí que mi ínsula, oculta entre

estas breñas, viviría pobre y obscura, ni envidiosa ni envidiada. Y

ahora resulta que la cercan y la acosan las ambiciones humanas. ¡Pobre

ínsula, tan sola, tan retirada, y ya te salen por todas partes Sanchos

que quieren ser tus gobernadores! La Iglesia me pide la dirección de

esta humilde comunidad; la Ciencia, no queriendo ser menos, también

pretende colarse, y por último, solicita dirigirnos y gobernarnos... la

Administración. ¿Y qué haré yo ante tan apremiantes intrusos? El Señor

me dirá lo que tengo que hacer, el Señor no ha de dejarme indefensa y

vacilante en medio de este conflicto. ¡Obediencia, independencia!...

¡Oh, entre vosotras dos, dígame el Señor cómo he de componerme!

Antes de comer, Beatriz, que en toda la temporada de Madrid, y en los

días de Pedralba, no había tenido ni ataques leves de su constitutivo

mal espasmódico, creyéndose por tan largo reposo completamente curada,

sintió amagos aquel día, sin duda por las emociones violentas de su

diálogo con la señora. Procuró esta tranquilizarla, asegurándole que

con la ayuda de Dios todo se arreglaría: para que se distrajera, y

amansara con un saludable ejercicio los desatados nervios, la mandó a

llevar la comida de Urrea y Nazarín al monte, donde ambos trabajaban.

Aquilina, que era la designada para esta comisión, se quedó en

Pedralba, y Beatriz, con su cesta a la cabeza, se puso en camino

gustosa de tomar el aire y divagar por el campo.

Por la tarde llegó don Remigio de paseo, el cual se mostró con la

señora Condesa más amable que nunca, dándole palmaditas en el hombro,

diciéndole que no se apurase por lo que los tres amigos y vecinos le

habían manifestado el día anterior; que no procediera con precipitación

en el asunto de José Antonio, ni se disgustase por tener que darle la

licencia absoluta, pues él, don Remigio, con toda cautela y habilidad,

convidándole para una cacería en Torrelaguna, o pesca en el Jarama,

le convencería de la necesidad de presentar su dimisión de asilado

pedralbense... Y así se conciliaba todo, evitando a la señora la pena

de despedirle... Y tomando resueltamente el tono festivo, dejose

caer en el otro asunto. ¡Oh! lo de la dirección médico-farmacéutica

propuesta por Láinez era una graciosísima necedad... ¿Pues y lo de la

dirección aratoria y oficinesca, producto del caletre de don Pascual

Amador? Ya supuso él que la señora Condesa se desternillaría de

risa, en su fuero interno, oyendo tales despropósitos. La dirección

religiosa, sobre la base de una perfecta concordancia de ideas y

sentimientos entre el Rector y la fundadora, se caía de su peso, y con

tal organismo, no era difícil llevar a Pedralba por caminos gloriosos.

Oyole Halma con benevolencia, sin soltar prenda en asunto tan delicado,

y hablaron luego de los trabajos de instalación, de lo que aún no se

había hecho, y de lo que se haría pronto para completar y redondear el

pensamiento. Todo lo encontró don Remigio acertadísimo, admirable,

superior. Y como la conversación recayese en Nazarín, se acordó de que

había recibido una carta para él.

--Aquí está --dijo poniéndola en manos de la señora--. Aunque usted y

yo estamos autorizados para leerla, se la entrego sin abrir. Trae el

sello de Alcalá, y debe de ser de los infelices Ándara y Tinoco (el

_Sacrílego_), que ya están purgando sus delitos en aquel penal. Le

llaman sin duda, ¡pobrecillos!, y si de mí dependiera, le permitiría

que fuese y les consolara, dando vigor y salud a sus desdichadas

almas. Pero temo que me venga una ronca del Superior, si ese viaje

le consiento, aunque solo sea por pocos días. Piénselo usted, no

obstante, y si la señora Condesa toma la iniciativa, y acepta la

responsabilidad...

Negose la dama a resolver sobre aquel punto, y ya que hablaban de

Nazarín, ambos le colmaron de elogios.

--Es tan humilde --dijo don Remigio-- y su comportamiento tan ejemplar,

su obediencia tan absoluta, que si de mí dependiera, no tendría

inconveniente en darle de alta. ¿Ha notado usted, en el tiempo que aquí

lleva, algo por donde se confirme y corrobore la opinión de demente?

--Nada, señor don Remigio. Sus actos todos, su lenguaje, son de una

cordura perfecta.

--¿Ni siquiera un rasgo ligero de trastorno, algo que indique por lo

menos irregularidad en la ideación...?

--Absolutamente nada.

--Es particular. Vive como un santo; no ocasiona el menor disgusto,

discurre bien cuando se le incita a discurrir, calla cuando debe

callar, obedece siempre, trabaja sin descanso, y no obstante... no sé,

no sé... Láinez dice que su inteligencia se aplana poco a poco.

--No lo creo yo así.

--La Facultad sabrá lo que afirma. Si ese síntoma crece, llegará a un

estado de imbecilidad... Lo dice Láinez... ¿Ha notado usted indicios de

aplanamiento cerebral?

--Ninguno.

--¿Dificultad en coordinar las ideas, lentitud para expresarlas?...

--No señor...

--¿Habla usted con él a menudo?

--Muy poco.

--Pues conviene tantear esa inteligencia, presentándole temas difíciles

por vía de ejercicio. Así se verá si hay vigor o flaqueza en sus

facultades. Yo empleé este procedimiento no ha mucho con un primo

mío, que dio en padecer disturbios de la mente, y el resultado fue

desastroso.

--Pues en este caso, me figuro que será lisonjero. Haga usted la

prueba.

--Que sí, que sí. Mándemele allá mañana.

--Irá; pero... Si usted me lo permite... --dijo la de Halma,

súbitamente asaltada de una idea.

--¿Qué?

--Antes de mandarle allá, haré yo un pequeño examen.

--Corriente. Y luego me toca a mí, que he de ser duro, examinador

implacable. Mire usted: le propondré, para que me los desarrolle, los

puntos más difíciles de las Summas y de las...

--¡Pobrecillo! No tanto...

--Como no es más que una prueba, pronto se conoce si su inteligencia

declina.

--Y aunque declinase un poco, por causa de la edad, de los disgustos,

su razón puede conservarse sin ningún extravío, y siendo así, debiera

el Superior devolverle las licencias.

--Lo veremos. No digo que no... Señora mía, adiós.

--Don Remigio, muchas gracias por todo. ¿No quiere tomar nada?

--¡Oh, gracias! Fuera de mis horas, ya sabe que no...

--¿Ni chocolate?

--¡Oh! ¡golosinas de viejos! Señora, somos de la hornada moderna, de la

Facultad de Derecho... Adiós, que es tarde. Descansar.

--Hasta cuando usted quiera, señor cura.

Halma · 第 37 / 43 题