VI

Rezaron, cenaron. Al dar la señora la orden para los trabajos del día

siguiente, dijo al buen don Nazario:

--Padre, mañana no va usted al monte, ni al prado, ni a la huerta, ni

quiero que ande moviendo piedras, ni cortando troncos.

--¿Pues qué haré, señora?

--Mañana descansa el cuerpo, y trabajará usted con la inteligencia.

--¿Tengo que ir a San Agustín?

--No señor. ¡Buena le espera allá con las _Summas_...!

--Entonces...

--De nueve a diez, a la hora en que concluyo mis tareas de la mañana,

le espero a usted arriba, en el cuarto de la costura, que es por ahora

nuestra sala capitular.

--Está bien.

Amaneció Dios, y Nazarín, despachada la obligación de sus oraciones

matutinas, se limpió y acicaló muy bien, vistiéndose con las ropas

de cura que le había dado don Remigio. Decía él, distinguiendo

cuerdamente entre cosas y cosas, que si en medio del pueblo, y haciendo

vida errante, no se cuidaba para nada de la prestancia personal, al

presentarse en el aposento de una tan principal y santa señora, llamado

expresamente por ella, debía revestirse de la forma más decorosa, sin

salir de su habitual sencillez. A las nueve y media en punto, ya se

hallaba en el lugar de la cita. Díjole su discípula que se esperase,

pues la señora no tardaría en subir, y a los pocos minutos entró doña

Catalina. Esta, con gran sorpresa de Beatriz, ordenó a esta que se

quedara. Sentáronse los tres. Pausa, y alguna tosecilla. Rompió Halma

el silencio diciendo:

--Padre Nazarín, le llamo para que me dé su opinión sobre cosas muy

graves que ocurren... no, que amenazan a nuestra pobre Pedralba.

Apenas hemos nacido, y ya parece que estamos amenazados de muerte. No

encuentro la solución de este conflicto en que me veo; mi inteligencia

es muy corta; necesita ayuda, luces de otras inteligencias más claras

que la mía. Me hace falta el consejo de usted.

--Honor inmenso es para mí, señora Condesa --replicó el peregrino con

voz grave, permaneciendo en una inmovilidad de estatua--. Yo estimo su

confianza, y corresponderé a ella diciéndole lo que tenga por acertado,

justo y bueno, conforme a la santa ley de Dios. En este caso, como en

todos, de mis labios no sale más que la verdad, la verdad, tal como en

mí la siento.

--¿Adivina usted sobre qué quiero consultarle?

--Sí señora. No es adivinación. He oído algo.

--Un conflicto tremendo.

--Para mí no lo es.

Tanta seguridad desconcertó a la señora, y francamente, también hubo de

inquietarla un poco el que Nazarín, al verse consultado por ella, no

rompiese con un exordio de modestia, llamándose indigno, y protestando,

como es de rigor en casos tales, de su incapacidad, etc...

--¿Que no es un conflicto tremendo?

--Digo que no lo tengo yo por tal.

--Y hace dos días que pido en vano al Señor y a la Virgen Santísima que

me iluminen para resolverlo.

--Y la han iluminado a usted --dijo don Nazario, con un aplomo que

desconcertó más a la Condesa--. Y le han dicho: «En tu conciencia,

en tu corazón, tienes la clave de esto que llamas conflicto y no lo

es.» ¡Si está resuelto! ¡Si es claro como la luz! Perdóneme usted,

señora, si le hablo con una firmeza que podrá creer arrogante y hasta

irrespetuosa. Es que cuando creo poseer la verdad en asunto grande o

chico, no puedo menos de decirla, para que la oiga y se entere bien

aquel que de ella necesita. Si usted no ha visto aún esa verdad,

conviene que yo se la ponga delante de los ojos. Ahí va: ¡Expulsar

a José Antonio! Nunca. ¡Suplicarle que se retire! Tampoco. Es una

crueldad, una flaqueza, un pecado de barbarie casi homicida, que Dios

castigará, descargando sobre Pedralba su mano justiciera.

--Si yo no quiero que salga, no, no --dijo Catalina, desconcertada ante

la energía que no esperaba sin duda en hombre tan manso.

--Que no salga, no --repitió en voz queda la nazarista, que sentada en

una silla baja al otro extremo de la estancia, oía y callaba.

--Bueno: pues no sale --prosiguió Halma--. Verdaderamente, sería

injusto. El infeliz se porta bien, es otro hombre. Pero sigo viendo

mi conflicto, señor don Nazario, porque al retener a José Antonio,

contrarío los deseos de personas respetabilísimas, cuyo enojo podría

ser funesto a Pedralba. La benevolencia de esas personas, que casi casi

son instituciones para mí, nos es necesaria. Veo difícil que podamos

vivir teniéndolas en contra.

--La señora puede llevar adelante su empresa caritativa con respecto

a nuestro buen Urrea, sin que las personas que considera como

instituciones, tengan que intervenir para nada en los asuntos de

Pedralba.

--¿Pero cómo puede ser eso?

--No hay nada más sencillo, y es muy extraño que usted no lo vea.

--Lo que extraño mucho --dijo Halma, inquieta y nerviosa--, es el

desahogo con que me niega la existencia del conflicto, sin añadir

razones para que yo vea fácil y hacedero lo que hoy tengo por difícil,

si no imposible. Espero de usted luces más claras para convencerme de

que el consejo que me da no es una vana fórmula. ¿Cree usted que puedo

indisponerme con don Remigio?

--No señora: don Remigio es nuestro inmediato jefe espiritual, y le

debemos acatamiento y sumisión. No diré yo palabra ofensiva contra él,

le respeto mucho; estoy bajo su autoridad, que es paternal y dulce.

Los demás me importan menos... pero, en fin, a todos les respeto,

y cuando he dicho que el conflicto se resolvería fácilmente, no he

querido decir que para ello tuviera la señora que malquistarse con tan

dignas personas. Al contrario, puede seguir con ellas en relaciones

cordialísimas.

--Don Nazario --dijo la Condesa, no ya nerviosa, sino sofocada,

levantándose--, yo no le entiendo a usted.

Parecía natural que al ver en la gobernadora de Pedralba aquel

movimiento de impaciencia, Nazarín se aturrullara, y pidiera perdón,

dando por terminado el consejo. Levantose también respetuoso, y con

muchísima flema, y tocando suavemente el hombro de la Condesa, le dijo:

--Tenga usted calma. No hemos concluido.

Pausa. Sentados ambos de nuevo, sonaron otra vez las tosecillas, y

Nazarín prosiguió en esta forma:

--Estoy seguro, segurísimo de que ha de entenderme pronto. Usted dice

para sí: «¿Pero este es el hombre que andaba por los caminos, errante,

descalzo, viviendo de limosna, practicando la ley de pobreza dada por

Jesucristo? ¿Y es el mismo que ahora se llega a mí, y con dureza me

habla, y me dice _siéntate_, como se le diría a un chiquillo de nuestra

escuela?...» Pues soy el mismo, señora. De limosna viví, de limosna

vivo. Soy como los pájaros que libres cantan, y enjaulados también...

El medio en que se vive... y se canta... algo ha de significar. Antes

cantaba yo para los pobres, y era como ellos, pobre y humilde; ahora

canto para los ricos, y he de hacerlo en tonos diferentes. Pero en

este caso, como en el otro, teniendo que decir una verdad que creo

útil a las almas, no están de más las formas austeras. Lo mismo

hacía entonces: que lo diga ésa. Cierto que usted es persona grande

y de notoria virtud; pero como ahora se halla en el caso de tomar

resoluciones graves, yo, su consejero en este momento, tengo que

revestirme de autoridad, de la misma autoridad que hube de emplear ante

la pobre mujer ignorante y pecadora.

--Me trata usted, pues --dijo la Condesa, en el colmo de la

confusión--, como a pecadora...

--Ya sé que no; ya sé que es usted persona virtuosísima; pero podría

dejar de serlo, si con tiempo no determinara variar de ideas sobre

puntos muy fundamentales. Necesita usted modificar radicalmente su

sistema de practicar la caridad, y su sistema de vida. Si así no lo

hiciere, podría perder el reposo, y con el reposo... hasta la misma

virtud.

--No le entiendo a usted, no sé lo que quiere decirme --replicó Halma,

no ya inquieta, sino acongojada por los estupendos y no esperados

conceptos que el mendigo errante se permitía expresar--. Quiere decir

tal vez que no he sabido dar a mis proyectos de vida cristiana la forma

más aceptable.

--No señora, no ha sabido usted.

--¿Lo dice de veras?

--Como digo que desde hace bastante tiempo la señora vive en una

equivocación lastimosa... pero desde hace mucho tiempo. No vaya a creer

que me duele pronunciar ante usted la verdad de lo que siento. Al

contrario, señora, gozo en manifestarla, y la manifestaría aunque viera

que usted no la oía con gusto.

--Le aseguro a usted que, en verdad... no me sabe muy bien lo que me

dice... Según eso, el camino que emprendo no es el mejor...

--Es buen camino, y por él se puede llegar a la perfección. Pero usted

no llegará, no señora.

--¿Por qué?

--Porque no... porque su camino es otro... y ahí está la equivocación.

Y yo llego a tiempo para decirle: «Señora Condesa, su camino de usted

no es ese, sino aquel.»

Halma · 第 38 / 43 题