III

--Pues si el señor cura me promete no enfadarse --dijo Láinez después

de una pausa, en la cual se aseguró bien de sus ideas--, me permitiré

manifestarle que si apruebo lo de la dirección, pues sin dirección, o

llámese cabeza, no hay nada, no estoy de acuerdo con que el director

sea sacerdote. Que haya un eclesiástico, o dos, o veinticinco, para lo

pertinente al gobierno espiritual, muy santo y muy bueno. Pero, o yo no

sé lo que me pesco, o la señora Condesa ha querido fundar un instituto

higiénico, hablando más propiamente, un sanatorio médico-quirúrgico,

con vistas a la religión.

--¡Hombre!

--Déjeme seguir: El socorro de la indigencia, el alivio del dolor

humano, la asistencia de los enfermos, la custodia de los locos, la

práctica, en fin, de las obras de misericordia, da una importancia

desmedida al _elemento_ médico-quirúrgico-farmacéutico. Yo soy muy

práctico, reconozco la importancia del _elemento_ sacerdotal en

un organismo de esta clase; es más, creo que el tal _elemento_ es

indispensable; pero la dirección, señores, opino, respetando el parecer

del señor cura, opino, entiendo yo... que debe ser encomendada a la

ciencia.

--¡Hombre, por Dios, no sea usted...!

--Permítame...

--No, si no es eso. Equivoca usted los términos...

--¡Vaya, hombre! Yo concedo...

--¡La ciencia! Medrados estaríamos...

--Yo concedo...

--Distingamos, señores...

Y un rato estuvieron los tres quitándose uno a otro la palabra de la

boca, y tiroteándose con pedazos de expresiones.

--Yo concedo --dijo Láinez, consiguiendo al fin acabar una frase--, que

la piedad, la fe sean el corazón de este organismo; pero la cabeza no

puede ser más que la ciencia.

--¡Potras corvas! que alguna vez me ha de tocar a mí --gritó Amador

furioso, viendo que don Remigio rompía nuevamente, y que no había

manera de atajarle--. ¿Digo yo, o no digo mi parecer? Porque si ustedes

se lo parlan todo, ¡caracoles! estoy aquí de más... Pues entro en el

ajo como tercero en discordia, y digo que los señores _propinantes_

barren para dentro, cada cual mirando por su casa y oficio, este para

la Iglesia, este para la Facultad. Pues yo digo que ni lo _juno_ ni lo

_jotro_, ¡caracoles! y que la dirección debe ser administrativa, lo

dicho, administrativa. Porque aquí lo primero es asegurar la olla para

todos, y no se asegura la olla sino trabajando la tierra, y sabiendo

después cómo se distribuye el fruto entre estas y las otras bocas.

Bueno que tengamos el _elemento_ tal..., religión, bueno; el _elemento_

cual..., medicina, bueno. Pero para que estos puedan concordarse

y vivir el uno enclavijado en el otro, se necesita del _elemento_

primero, que es el trabajo, el orden, la cuenta y razón, la labranza

de la tierra, y esto no puede hacerlo la Iglesia ni la Facultad. ¡Ah!

como ustedes no le saquen su fruto a la tierra, a fuerza de machacar

en ella, ¿con qué potras van a sostener la institución? ¿de dónde

van a salir estas misas? En Pedralba, lo primero es poner la finca

en condiciones, pues... Hoy da cuatro; debe y puede dar cuarenta, y

cuando los dé, vengan pobres, y vengan tullidos, y dementes, y tiñosos,

y ciegos, para sanarlos a todos. Lo demás, es andarse por las ramas,

y empezar las cosas por el fin. La dirección debe ser agrícola y

administrativa, y aquí no hay más pontífice del campo que _este cura_,

yo mismo, y para concluir, sepan que esos son los deseos del señor

Marqués de Feramor, según carta que tengo aquí y que puedo enseñarles.

Callaron un rato el médico y el cura, como agobiados bajo la pesadumbre

del último argumento presentado por Amador; pero el ingenioso don

Remigio no tardó en recobrarse, y con nuevos y sutiles razonamientos,

pegó la hebra en esta forma:

--¡Pero mi querido Amador, si el señor Marqués no es quien ha de

decidirlo! No niego yo su respetabilidad, ni su autoridad, ni sus

excelentes deseos; pero hay que desengañarse, el señor Marqués no toca

pito, no puede tocarlo en un asunto que es de exclusiva competencia de

su señora hermana.

--Hemos convenido, amigo don Remigio --dijo Amador--, en que la

Condesa es un ángel...

--Un ángel del cielo...

--Los del cielo no sé; pero los de la tierra necesitan curador. Dejemos

a la virtuosísima, a la celestial doña Catalina de Halma entregada

solita a sus piedades, y a las blanduras de su corazón, y dentro de dos

años tendrá la finca embargada.

--Se equivoca usted, Amador. La señora sabe cuidar de sus intereses.

--Pero la señora no labra las tierras, cree que con labrar el cielo

basta, y el trigo y la cebada, ¡caracoles! y los garbanzos y las

patatas, no veo yo que nazcan de nubes arriba.

--También arriba nacen, señor de Amador, y nuestro Padre celestial, que

da ciento por uno, derrama sus dones sobre los que con fervor le adoran.

--Si yo no siembro, nada cogeré, por más que me pase el día y la noche

engarzando rosarios y potras. Don Remigio, todo eso del misticismo

eclesiástico y de la santísima fe católica, es cosa muy buena, pero

hace falta trigo para vivir. Señores, pongámonos en el ajo de lo

positivo. Coloquémonos _bajo el prisma_ de que el primero de los dogmas

sagrados es la alimentación.

--¡Hombre!...

--La alimentación he dicho, ¡caracoles! Díganme: donde no hay

manutención, ¿qué hay?

--No exageremos --replicó Láinez, que un gran trecho había permanecido

silencioso--. Concediendo toda la importancia al _aspecto_

administrativo, yo creo que la dirección... no nos apartemos del tema,

señores, creo que la dirección no debe ser agrícola ni administrativa.

Esto no es una granja.

--Yo digo que sí, una granja hospitalaria y monacal.

--No es eso.

--Y aunque lo fuera --añadió el médico--, la dirección debe correr a

cargo de la ciencia, que todo lo abarca, la ciencia, señores, que...

--¡Hombre, no nos dé usted más la tabarra con su cansada ciencia!

Porque francamente, si en estas cosas, nos pone usted a la religión

bajo la férula de una casquivana como la ciencia, la religión tendrá

que inhibirse y decir: «allá vosotros».

--No señor, porque la ciencia...

--En resumen --chilló don Remigio, algo quemado--, que usted propondrá

a la señora que le nombre jefe omnímodo de Pedralba, con poder sobre el

director espiritual y sobre todo bicho viviente.

--¡Oh, no vengo yo aquí a trabajar _pro domo mea_! Pero si doña

Catalina de Halma se digna tomar en consideración mi dictamen, y

después de establecer la dirección científica, me hace el honor de

designarme para ese puesto, no rehusaré, no señor, tendré a mucha

gloria el desempeñarlo.

--Pero como la señora no aceptará tal desatino, mi querido Láinez... No

se enfade, no quiero ofenderle...

--Paz, señores, paz --dijo Amador notando en Láinez temblores del

bigotillo pegado, y en don Remigio una vertiginosa movilidad de los

ojos, las gafas, la nariz y las manos--, y ya que no nos pongamos de

acuerdo, no llevemos a la señora, en vez de consejo sano y prudente, un

embrollo de mil demonios.

--Está en lo cierto el amigo Amador --manifestó don Remigio recobrando

su habitual placidez--; la verdad es que hemos olvidado la cuestión

concreta, en la cual estamos de acuerdo, para meternos en una cuestión

constituyente, que nosotros no hemos de resolver; al menos hasta ahora

la ilustre dama no nos ha consultado sobre la manera de organizar el

Instituto Pedralbense. ¿Estamos conformes en que debemos aconsejarle la

eliminación, no digo la expulsión, la eliminación del acogido don José

Antonio de Urrea?

--Sí --contestaron los otros.

--Pues no hay más que hablar. Yo tomaré la palabra en nombre de los

tres.

--Convenido.

--Y si en el curso de la conferencia, apunta el otro problema, el magno

problema, lo trataremos, lo discutiremos, cada cual dirá su parecer,

y allá la señora Condesa que resuelva. Es sensible que sobre el punto

grave de la organización no le llevemos una idea unánime. Vean ustedes:

ninguno de los tres es ambicioso, y no obstante, lo parecemos. Si cada

cual expresara ante la fundadora de Pedralba sus opiniones en la forma

que lo hemos hecho por el camino, lejos de ilustrarla, la llenaríamos

de confusiones, y turbaríamos la tranquilidad de su grande espíritu.

Dejémosla, que ella sola, con la ayuda del Espíritu Santo, sin oír

nuestras proposiciones radicales y un tantico interesadas, ha de llegar

a la posesión de la verdad. Las dificultades que la práctica le vaya

ofreciendo le han de hacer comprender, aunque el Divino Espíritu no

le diga nada, la necesidad de una dirección en cabeza masculina, y el

carácter que esta dirección debe tener.

Tan acertadas y discretas razones cayeron muy bien en los oídos de los

otros dos caballeros, y como ya estaban a poca distancia del castillo,

pusieron punto a su conversación, y se aproximaron con semblante

risueño, viendo que la misma señora Condesa salía a recibirles

afectuosa.

Halma · 第 36 / 43 题