--Pues si el señor cura me promete no enfadarse --dijo Láinez después
de una pausa, en la cual se aseguró bien de sus ideas--, me permitiré
manifestarle que si apruebo lo de la dirección, pues sin dirección, o
llámese cabeza, no hay nada, no estoy de acuerdo con que el director
sea sacerdote. Que haya un eclesiástico, o dos, o veinticinco, para lo
pertinente al gobierno espiritual, muy santo y muy bueno. Pero, o yo no
sé lo que me pesco, o la señora Condesa ha querido fundar un instituto
higiénico, hablando más propiamente, un sanatorio médico-quirúrgico,
con vistas a la religión.
--¡Hombre!
--Déjeme seguir: El socorro de la indigencia, el alivio del dolor
humano, la asistencia de los enfermos, la custodia de los locos, la
práctica, en fin, de las obras de misericordia, da una importancia
desmedida al _elemento_ médico-quirúrgico-farmacéutico. Yo soy muy
práctico, reconozco la importancia del _elemento_ sacerdotal en
un organismo de esta clase; es más, creo que el tal _elemento_ es
indispensable; pero la dirección, señores, opino, respetando el parecer
del señor cura, opino, entiendo yo... que debe ser encomendada a la
ciencia.
--¡Hombre, por Dios, no sea usted...!
--Permítame...
--No, si no es eso. Equivoca usted los términos...
--¡Vaya, hombre! Yo concedo...
--¡La ciencia! Medrados estaríamos...
--Yo concedo...
--Distingamos, señores...
Y un rato estuvieron los tres quitándose uno a otro la palabra de la
boca, y tiroteándose con pedazos de expresiones.
--Yo concedo --dijo Láinez, consiguiendo al fin acabar una frase--, que
la piedad, la fe sean el corazón de este organismo; pero la cabeza no
puede ser más que la ciencia.
--¡Potras corvas! que alguna vez me ha de tocar a mí --gritó Amador
furioso, viendo que don Remigio rompía nuevamente, y que no había
manera de atajarle--. ¿Digo yo, o no digo mi parecer? Porque si ustedes
se lo parlan todo, ¡caracoles! estoy aquí de más... Pues entro en el
ajo como tercero en discordia, y digo que los señores _propinantes_
barren para dentro, cada cual mirando por su casa y oficio, este para
la Iglesia, este para la Facultad. Pues yo digo que ni lo _juno_ ni lo
_jotro_, ¡caracoles! y que la dirección debe ser administrativa, lo
dicho, administrativa. Porque aquí lo primero es asegurar la olla para
todos, y no se asegura la olla sino trabajando la tierra, y sabiendo
después cómo se distribuye el fruto entre estas y las otras bocas.
Bueno que tengamos el _elemento_ tal..., religión, bueno; el _elemento_
cual..., medicina, bueno. Pero para que estos puedan concordarse
y vivir el uno enclavijado en el otro, se necesita del _elemento_
primero, que es el trabajo, el orden, la cuenta y razón, la labranza
de la tierra, y esto no puede hacerlo la Iglesia ni la Facultad. ¡Ah!
como ustedes no le saquen su fruto a la tierra, a fuerza de machacar
en ella, ¿con qué potras van a sostener la institución? ¿de dónde
van a salir estas misas? En Pedralba, lo primero es poner la finca
en condiciones, pues... Hoy da cuatro; debe y puede dar cuarenta, y
cuando los dé, vengan pobres, y vengan tullidos, y dementes, y tiñosos,
y ciegos, para sanarlos a todos. Lo demás, es andarse por las ramas,
y empezar las cosas por el fin. La dirección debe ser agrícola y
administrativa, y aquí no hay más pontífice del campo que _este cura_,
yo mismo, y para concluir, sepan que esos son los deseos del señor
Marqués de Feramor, según carta que tengo aquí y que puedo enseñarles.
Callaron un rato el médico y el cura, como agobiados bajo la pesadumbre
del último argumento presentado por Amador; pero el ingenioso don
Remigio no tardó en recobrarse, y con nuevos y sutiles razonamientos,
pegó la hebra en esta forma:
--¡Pero mi querido Amador, si el señor Marqués no es quien ha de
decidirlo! No niego yo su respetabilidad, ni su autoridad, ni sus
excelentes deseos; pero hay que desengañarse, el señor Marqués no toca
pito, no puede tocarlo en un asunto que es de exclusiva competencia de
su señora hermana.
--Hemos convenido, amigo don Remigio --dijo Amador--, en que la
Condesa es un ángel...
--Un ángel del cielo...
--Los del cielo no sé; pero los de la tierra necesitan curador. Dejemos
a la virtuosísima, a la celestial doña Catalina de Halma entregada
solita a sus piedades, y a las blanduras de su corazón, y dentro de dos
años tendrá la finca embargada.
--Se equivoca usted, Amador. La señora sabe cuidar de sus intereses.
--Pero la señora no labra las tierras, cree que con labrar el cielo
basta, y el trigo y la cebada, ¡caracoles! y los garbanzos y las
patatas, no veo yo que nazcan de nubes arriba.
--También arriba nacen, señor de Amador, y nuestro Padre celestial, que
da ciento por uno, derrama sus dones sobre los que con fervor le adoran.
--Si yo no siembro, nada cogeré, por más que me pase el día y la noche
engarzando rosarios y potras. Don Remigio, todo eso del misticismo
eclesiástico y de la santísima fe católica, es cosa muy buena, pero
hace falta trigo para vivir. Señores, pongámonos en el ajo de lo
positivo. Coloquémonos _bajo el prisma_ de que el primero de los dogmas
sagrados es la alimentación.
--¡Hombre!...
--La alimentación he dicho, ¡caracoles! Díganme: donde no hay
manutención, ¿qué hay?
--No exageremos --replicó Láinez, que un gran trecho había permanecido
silencioso--. Concediendo toda la importancia al _aspecto_
administrativo, yo creo que la dirección... no nos apartemos del tema,
señores, creo que la dirección no debe ser agrícola ni administrativa.
Esto no es una granja.
--Yo digo que sí, una granja hospitalaria y monacal.
--No es eso.
--Y aunque lo fuera --añadió el médico--, la dirección debe correr a
cargo de la ciencia, que todo lo abarca, la ciencia, señores, que...
--¡Hombre, no nos dé usted más la tabarra con su cansada ciencia!
Porque francamente, si en estas cosas, nos pone usted a la religión
bajo la férula de una casquivana como la ciencia, la religión tendrá
que inhibirse y decir: «allá vosotros».
--No señor, porque la ciencia...
--En resumen --chilló don Remigio, algo quemado--, que usted propondrá
a la señora que le nombre jefe omnímodo de Pedralba, con poder sobre el
director espiritual y sobre todo bicho viviente.
--¡Oh, no vengo yo aquí a trabajar _pro domo mea_! Pero si doña
Catalina de Halma se digna tomar en consideración mi dictamen, y
después de establecer la dirección científica, me hace el honor de
designarme para ese puesto, no rehusaré, no señor, tendré a mucha
gloria el desempeñarlo.
--Pero como la señora no aceptará tal desatino, mi querido Láinez... No
se enfade, no quiero ofenderle...
--Paz, señores, paz --dijo Amador notando en Láinez temblores del
bigotillo pegado, y en don Remigio una vertiginosa movilidad de los
ojos, las gafas, la nariz y las manos--, y ya que no nos pongamos de
acuerdo, no llevemos a la señora, en vez de consejo sano y prudente, un
embrollo de mil demonios.
--Está en lo cierto el amigo Amador --manifestó don Remigio recobrando
su habitual placidez--; la verdad es que hemos olvidado la cuestión
concreta, en la cual estamos de acuerdo, para meternos en una cuestión
constituyente, que nosotros no hemos de resolver; al menos hasta ahora
la ilustre dama no nos ha consultado sobre la manera de organizar el
Instituto Pedralbense. ¿Estamos conformes en que debemos aconsejarle la
eliminación, no digo la expulsión, la eliminación del acogido don José
Antonio de Urrea?
--Sí --contestaron los otros.
--Pues no hay más que hablar. Yo tomaré la palabra en nombre de los
tres.
--Convenido.
--Y si en el curso de la conferencia, apunta el otro problema, el magno
problema, lo trataremos, lo discutiremos, cada cual dirá su parecer,
y allá la señora Condesa que resuelva. Es sensible que sobre el punto
grave de la organización no le llevemos una idea unánime. Vean ustedes:
ninguno de los tres es ambicioso, y no obstante, lo parecemos. Si cada
cual expresara ante la fundadora de Pedralba sus opiniones en la forma
que lo hemos hecho por el camino, lejos de ilustrarla, la llenaríamos
de confusiones, y turbaríamos la tranquilidad de su grande espíritu.
Dejémosla, que ella sola, con la ayuda del Espíritu Santo, sin oír
nuestras proposiciones radicales y un tantico interesadas, ha de llegar
a la posesión de la verdad. Las dificultades que la práctica le vaya
ofreciendo le han de hacer comprender, aunque el Divino Espíritu no
le diga nada, la necesidad de una dirección en cabeza masculina, y el
carácter que esta dirección debe tener.
Tan acertadas y discretas razones cayeron muy bien en los oídos de los
otros dos caballeros, y como ya estaban a poca distancia del castillo,
pusieron punto a su conversación, y se aproximaron con semblante
risueño, viendo que la misma señora Condesa salía a recibirles
afectuosa.