II

Dirigiéronse hacia la casa rectoral, escoltados por los que de paseo

venían con don Remigio, y este hizo el gasto de conversación por el

camino, dedicando un sentido recuerdo a la memoria del santo don

Manuel Flórez, y condoliendose de lo triste y solo que con tal

desgracia se habría quedado el tío Modesto. En la puerta se despidieron

afectuosamente los acompañantes, y don Remigio y su improvisado amigo

entraron.

--¡Valeriana, Valeriana! --gritó el curita desde la puerta, y habiendo

comparecido una mujer gruesa y tan entrada en años como en carnes, le

dijo--: Este es el caballero que esperábamos, o que creíamos ver llegar

de Madrid hoy, mañana o pasado. Cenaremos pronto, Valeriana, que el

señor, diga lo que quiera, trae un apetito muy regular. ¿Verdad que sí?

Dio las gracias Urrea cortésmente, añadiendo con cierta timidez que su

deseo era llegar pronto a Pedralba...

--Tenga usted calma... y váyase convenciendo de que está secuestrado

--le dijo el clérigo con ese humorismo hospitalario que suelen emplear

los ricos de pueblo--. ¿Creía usted que yo le iba a soltar tan pronto?

Está fresco el señor de Urrea. Mire usted: ya es de noche, y no tenemos

luna; el camino de aquí a Pedralba es muy malo para ir a pie, y a

caballo no puede ser, porque hoy el chico del alcalde me llevó la jaca

a Torrelaguna, y esta es la hora que no ha vuelto. Conque resígnese,

y mañana con la fresca saldrá usted, acompañado de _este cura_, que

también tiene que visitar a la señora Condesa.

¿Qué remedio tenía el impaciente viajero más que conformarse con la

voluntad de Dios, representado en aquella ocasión por el bondadoso

y vivaracho don Remigio? Entraron en una sala espaciosa, lugareña,

clerical, de paredes blancas, descubiertas las añosas vigas del techo,

limpia, oliendo a iglesia y a pajar, con diversos objetos religiosos

de adorno, enfundados en tul color de rosa para defenderlos de las

moscas. Trajo una lámpara la niña del ama, pues era ya casi de noche,

y don Remigio hizo sentar a su huésped en el largo sofá de Vitoria

con colchoneta de percal rojo rameado, ocupando él un sillón verde,

cubierto en brazos y respaldo por estrellas de _crochet_. Frente a

frente los dos, pudo Urrea observar la fisonomía del buen curita, el

cual era hombre como de treinta y cinco años, de poquísimas carnes,

mediana estatura, con la cabeza y manos siempre en movimiento, pues no

hablaba con ellas menos que con la voz. En su rostro descollaba una

nariz pequeña, picuda y roja, en cuyo caballete se apoyaba malamente la

montura de las gafas, y quedando entre estas y los ojos mayor espacio

del conveniente, tan pronto bajaba el hombre la cabeza para mirar

por encima de los vidrios, como la alzaba para mirar por ellos. La

pequeñez de la nariz le obligaba a llevarse la mano a las gafas tres

o cuatro veces por minuto, no porque se cayeran, sino porque entre

mano, nariz y anteojos había esta instintiva señal de inteligencia.

Todo el rostro era un poquito encendido de color, y las orejas más,

y su mirada revelaba agudeza, penetración, y un natural bondadoso y

tolerante. Urrea encontró en don Remigio extraordinaria semejanza,

salva la edad, con la fisonomía expresiva, inolvidable, de don Juan

Eugenio Hartzenbusch. Y en el curso de la conversación, entrando ya en

confianza, se aventuró a decírselo. Echose a reír don Remigio, y le

contestó:

--Otros han hecho la misma observación. Indudablemente me parezco al

ilustre poeta, al gran erudito y académico, honra y prez de las letras

españolas. Es un triste honor para mí, porque el parecido del rostro

patentiza más la desemejanza intelectual entre hombres de tan relevante

mérito y esta modestísima personalidad.

--¡Oh! no se achique usted, amigo mío --le dijo Urrea, saliendo al

encuentro de aquella modestia, un poquito afectada--. Ya sabemos, ya

sabemos lo que usted vale...

--¡Por Dios, señor de Urrea!... Y aunque algo valiera un hombre, más

por el estudio que por dotes naturales, ¿de qué le sirve en este rincón

del mundo, en este destierro...?

Con la presteza del pájaro que salta de un palito a otro en la

estrechez de su jaula, saltaba don Remigio de un asunto a otro en la

conversación.

--¿Pero no sabe, señor de Urrea? --dijo levantándose del sillón para

sentarse en el sofá--. ¿No sabe a quién tengo de huésped desde hace dos

días? ¡Qué sorpresa le voy a dar! ¿No adivina?

--No señor.

--Pues al mismísimo padre Nazarín.

Urrea saltó de su asiento, y lo mismo hizo don Remigio, que al

levantarse, impuso silencio a su huésped, diciéndole en voz baja:

--Vamos a verle y observarle sin que él se entere. Venga usted conmigo.

Llevole por un pasillo de recodos, al extremo del cual había una puerta

de cuarterones, pequeña y fuerte. La claridad de la cocina, que en

uno de los huecos de la izquierda se denunciaba con picantes olores,

permitíales recorrer sin tropiezo aquella parte de la casa, que por su

irregularidad era un modelo de arquitectura villanesca. Antes de llegar

a la puerta, que a Urrea le pareció desde el primer momento misteriosa,

don Remigio secreteó algunas explicaciones en el oído de su huésped.

--En este cuarto, que mi antecesor destinó a la cría de palomas, he

instalado yo mi modestísima biblioteca. Aquí tengo a mi hombre. Por

esta mirilla, que hay en la tabla, fíjese bien, como del vuelo de un

duro, puede usted verle...

El débil rayo de luz que salía por la mirilla guió a José Antonio,

que, aplicando los ojos, vio una estancia, cuya capacidad no pudo

apreciar, y en el centro de ella, junto a una mesa, frente a la puerta

sentado, un hombre... La luz de un candilón de dos mecheros, de los que

ya son arqueológicos, le iluminaba la cara, que al pronto el observador

no reconoció. Era un clérigo, vestido exactamente como don Remigio, con

gorro de terciopelo y sotana. Hojeaba un grueso librote, y después de

fijar su atención y su dedo índice en una página, escribía rápidamente

en cuartillas colocadas sobre el mismo libro.

--Pero no es... --murmuró el forastero apartando su rostro de la

mirilla.

Díjole el cura que se fijase bien, y en efecto, después de mucho mirar,

José Antonio reconoció y diputó al clérigo de la biblioteca por el

padre Nazarín en persona.

Cogiéndole de un brazo, don Remigio volvió a conducir a su huésped a la

sala, para poder hablar con libertad, y antes de llegar a ella le dijo:

--Claro, ha tardado usted en reconocerle, porque se lo figuraba como

le conoció en Madrid, con barba, y el traje de mendigo seglar. Así

nos le trajo aquí doña Catalina. Con franqueza, yo tenía curiosidad

vivísima de ver a este hombre, porque conozco el libro que de sus

inauditas aventuras cristianas anda por ahí, he leído también en la

prensa mil informaciones acerca del proceso, y así, en cuanto supe que

había llegado el tal, me planté en Pedralba con mi amigo Láinez, el

médico del pueblo. ¡Figúrese usted nuestro asombro, señor de Urrea,

cuando le hablamos, y advertimos en él discernimiento claro, serenidad

pasmosa, y una mansedumbre evangélica, de la cual creo que no hay otro

ejemplo! Claro que a pesar de estas señales, la locura existe. Algo

tiene el agua cuando la bendicen, y por algo los señores facultativos

y la Audiencia le han declarado irresponsable de las extravagancias

que constan en el proceso. Pero a pesar de todo, señor de Urrea, este

hombre ha llegado a interesarme, le he tomado cariño en los pocos días

que ha que nos tratamos, y... qué sé yo, no le tengo por cosa perdida,

ni mucho menos. La piedad angelical de la señora Condesa y nuestra

modesta cooperación, triunfarán de la malicia que se ha infiltrado

invisible en el cerebro de este buen señor, y le devolveremos sano y

equilibrado a la Iglesia militante, en la cual, o mucho me engaño, o

puede ser un elemento, sí señor, un elemento de grandísima valía.

--Pero esta transformación...

--A eso voy. Con mil artificios traté yo, en mis primeras visitas a

Pedralba, de despertar en él la soberbia, y no lo pude conseguir, no

señor. Creíamos todos que se quejaría de los que en una u otra forma

le han traído a mal traer de algunos meses acá. Nada de eso. Ni contra

la curia, ni contra la prensa, ni contra nadie ha pronunciado la más

leve recriminación, ni tiene por cruel o injusto lo que con él se ha

hecho. Esto es muy raro, ¿verdad? Láinez me decía: «Es muy extraño

que no observemos en él ni el menor destello de delirio persecutorio,

que es uno de los síntomas primordiales...» Si delirio es el amar sin

restricción alguna, y ponderar y encarecer como mercedes los ultrajes

que ha recibido, ahí puede estar el principio de la desorganización

cerebral. Le digo a usted que este caso nos tiene pasmados.

--Realmente...

--Pues verá usted. Por buscarle las vueltas, le digo: «Padre Nazarín,

gran violencia será para usted no poder salir ahora descalzo y

harapiento por los caminos.» Contestación: «Para mí, señor don Remigio,

no es violencia ningún estado que se me imponga por quien debe y

puede hacerlo. Pedí limosna cuando creí que debía vivir como los más

desdichados y menesterosos. Dios, en mi corazón, me ordenaba hacerlo

así, y ninguna ley humana me lo prohibía. Pero al mismo tiempo que la

pobreza, o antes quizás, Dios me ordena la obediencia. Yo vagaba en

libertad. La ley humana me cortó el paso, y me mandó que la siguiera.

Obedecí. Sometime sin réplica a cuanto de mí quisieron hacer. Contesté

con verdad a cuanto me preguntaron. Conforme me hallaba de antemano

con la sentencia que contra mí se pronunciara, fuera la que fuese.

Determinaron que soy un enfermo. Diéronme a escoger, para mi reposo,

entre un asilo y la morada patriarcal y campestre de la señora Condesa

de Halma, y preferí esto. Aquí me tienen dispuesto, hoy como ayer, a

la suma obediencia. La señora doña Catalina, y usted, señor cura, por

delegación de la ley eclesiástica, que ahora sustituye a la civil en

mi castigo, enmienda o curación, pues de todo habrá en ello, son los

dueños de mis acciones y de mi vida. No soy libre, ni quiero serlo, si

los que saben más que yo deciden que no debe dárseme libertad.»

--Es extraño, sí...

--Pues verá usted. Digo yo: «Amigo Nazarín, si la señora Condesa lo

consiente, ¿se decide usted a venirse conmigo unos días a mi modesta

casa de San Agustín?» Contestación: «Yo no decido nada. Voy a donde me

lleven.»

--Como el loro del cuento.

--Exactamente. Con licencia de la señora, me le traje aquí, y por el

camino se me ocurrió tantearle en teología. Un asombro, señor de Urrea.

Se expresa con sencillez, sin énfasis doctoral ni literario, y tan

fuerte está el hombre, que por más que quise no pude cogerle en tanto

así de falsedad lógica o desliz herético. En sus opiniones, ni el menor

asomo de demencia, mi señor de Urrea, de donde yo deduzco, y en ello

conviene conmigo el amigo Láinez, que el desvarío, si existe, no radica

en la parte de los espacios cerebrales que sirve como de vehículo a las

ideas, sino en aquella otra por donde pasa todo este torrente de las

acciones, de la conducta, señor de Urrea. ¿Es esto claro?

--Sí. Pero la transformación personal...

--A eso voy.

(El ama anunció que estaba dispuesta la cena.)

--Ya vamos. Pues cuando llegó aquí, le digo: «Si es verdad que yo mando

y usted obedece, amigo Nazarín, ahora mismo se va usted a afeitar, y

a vestirse con mi ropa.» Pues tan conforme. Yo mismo le afeité. Fue

una risa... Y mi modesta ropa y mi calzado, señor de Urrea, le vienen

como hechos a la medida. Cuando se lo ponía, le digo: «¡Cómo extrañará

usted la sujeción de esta ropa civilizada, hecho ya el cuerpo a su

pergenio salvaje, y bíblico, según los periodistas!» ¡Vaya que llamar

bíblico...! ¿Pues qué cree usted que me contestó?

--(Señor cura --vino a decir el ama--, que la cena se enfría.)

--Contestaría que el hábito no hace al monje.

--Vamos al instante... Y que él no ha fijado nunca la atención en

las diferencias entre estos y los otros vestidos. Dijo más... Señor

de Urrea, pasemos a mi modesto comedor... Palabras textuales: «El

vestido que usted llama salvaje, señor don Remigio, no lo tenía yo

por indecoroso en mi vida errante y entre gente pobrísima. Pero esto

no quiere decir que lo prefiera yo sistemáticamente a todos los demás

estilos y maneras de cubrir el cuerpo, porque sería afectación, y la

afectación, gracias a Dios, no cabe en mí.»

--Lo mismo nos dijo un día en el Hospital, cuando los periodistas

y otras muchas personas que íbamos a verle, nos permitíamos

interrogarle... Palabras textuales: «Vean en mí cuanto quieran, señores

míos; pero la afectación, por más que miren, no la verán jamás.»

Halma · 第 29 / 43 题