CUARTA PARTE

I

No se avenía con su desamparo José Antonio de Urrea, que, desde el

momento de la desaparición de la Condesa de Halma, arrebatada de su

presencia en carromato, y no de fuego, vivía sumergido en un mar de

tristeza, sin más entretenimiento que medir con ojos lánguidos la

extensión de la soledad cortesana que le rodeaba. Madrid, con todo su

bullicio, y los mil encantos de la vida social, habían venido a ser

para él una estepa, en cuya aridez ninguna flor, ni la del bien ni la

del mal, podía coger para su consuelo. Pasaba el día tumbado en un

sofá, rumiando sus amargos hastíos de la lectura, del trabajo, de la

meditación misma. Por las noches se lanzaba fuera de casa, buscando en

un voltijear inquieto por calles y plazas el alivio de su melancolía.

No volvió a poner los pies ni de día ni de noche en las casas de sus

parientes, hacia los cuales sentía un despego muy próximo al horror.

Sus amigos íntimos de otros tiempos, compañeros de desorden, se le

habían hecho tan antipáticos, que de ellos huía como del cólera. De

amistades de otro sexo, no se diga: éranle, más que antipáticas,

odiosas. Con todo, una noche fue tan hondo su tedio, y tan vivo su afán

de encontrar algo en que su alma se esparciera, que se dejó tentar del

demonio de sus recuerdos. Pudo creer un momento que refrescando pasadas

amistades se consolaría; pero no hizo más que llegar a las puertas del

vicio, y retrocedió sobresaltado. Las tentaciones no hacían más que

soliviantarle la imaginación; pero sin poder debelar la fortaleza de su

voluntad.

Otro aspecto singularísimo del estado de su espíritu, era que todas las

personas que conocía se habían transformado en su criterio social así

como en sus afectos. El primo Feramor no era más que un figurón, una

inteligencia secundaria, petrificada en las fórmulas del positivismo,

y barnizada con la cortesía inglesa; Consuelo y María Ignacia dos

fantochonas, en las cuales se encontraba la comadre vulgarísima, a

poco que se rascara la delgada costra aristocrática que las cubría;

mujeres sin fe, sin calor moral, ignorantes de todo lo grave y serio,

instruidas tan solo en frivolidades que las conducirían al desorden, al

vicio mismo, si no las atara el miedo social, y las posiciones de sus

respectivos maridos; la Marquesa de San Salomó una cursi por todo lo

alto, queriendo hacer grandes papeles con mediana fortuna, echándoselas

de mujer superior porque merodeaba frases en novelas francesas, y tenía

en su tertulia media docena de señores entre políticos y literarios que

poseían cierto gracejo para hablar mal del prójimo; Zárate, un sabio

cargante que coleccionaba nombres de autores extranjeros y títulos

de obras científicas, como los chicos coleccionan sellos o cajas de

fósforos; Jacinto Villalonga un político corrompido, de esos que

envenenan cuanto tocan, y hacen de la Administración una merienda de

blancos y negros; Severiano Rodríguez otro que tal, mal revestido de

una dignidad hipócrita; el general Morla un Diógenes cuyo tonel era

el casino; el Marqués de Casa-Muñoz un ganso, digno de morar en los

estanques del Retiro; y por este estilo todos cuantos en otro tiempo

le movían a envidia o estimación, se degradaban a sus ojos hasta el

punto de que él, José Antonio de Urrea, mirado con menosprecio y

lástima, se conceptuaba ya superior a todos ellos. Para él toda la

humanidad se condensaba en una sola persona, la celestial Catalina de

Halma, resumen de cuanto bueno existe en nuestra Naturaleza, excluido

absolutamente lo malo; con la ausencia, que la misma señora le impuso

como última etapa del procedimiento educativo, tomaba en el alma del

discípulo proporciones colosales la figura moral y religiosa de su

maestra, y la veneración que hacia ella sentía iba rayando en delirio.

Sus insomnios eran martirio y consuelo, porque en la soledad de la

noche, el excitado cerebro sabía engañar la realidad, oyendo la propia

voz de Halma, y viendo entre vagas claridades la figura misma de la

noble dama. «Voy a concluir loco perdido» --se dijo una mañana--, y

diciéndolo tomó la temeraria determinación que había de poner fin a su

soledad. No se detuvo a pensarlo más, para no arrepentirse, y en el

breve espacio de algunas horas vendió sus trebejos de zincografía, y

heliograbado, traspasó la casa, arregló un breve equipaje, y liquidadas

varias cuentas pendientes, salió a tomar informes del coche de Aranda.

«No puedo más, no puedo más --decía corriendo de calle en calle--. La

desobedezco; pero ya me perdonará, si quiere. Y si no, arrostro su

enojo. Todo antes que este vacío en que me muero.»

El coche de Aranda había salido ya cuando él llegó a la administración,

y no queriendo esperar veinticuatro horas más para lanzarse fuera de

Madrid, que había llegado a ser su Purgatorio, tomó billete en un

coche que al amanecer salía para Torrelaguna. Impaciente por partir,

la noche se le hizo larguísima. Una hora antes de la salida, ya estaba

en la administración, temeroso de que el coche se le escapara. Lo que

hizo este fue retardar media hora la salida, pero al fin, gracias a

Dios, viose el hombre en la delantera, junto al mayoral, y las casas

de Madrid se iban quedando atrás, ¡oh alegría! y atrás se quedaron

los depósitos del Lozoya, y las casetas de los vigilantes de Consumos

en Cuatro Caminos, y Tetuán; y después todo era campo, la estepa del

Norte de Madrid, a trechos esmaltada de un verde risueño, gala de los

primeros días de Abril, y limitada por el grandioso panorama de la

sierra. El corazón se le ensanchaba, el aire asoleado y puro llenábale

de vida los pulmones. Desde su infancia no se había visto tan contento,

ni gozado de una tan feliz y espléndida mañana. Se sentía niño, cantaba

a dúo con el mayoral, y lo único que de rato en rato obscurecía el sol

de su dicha era el temor de que Halma se enfadase por su desobediencia.

Y en verdad que los Hados, o hablando cristianamente, la Providencia

Divina, no le favorecieron en aquel viaje, sin duda en castigo de

su indisciplina, porque antes de llegar a Alcobendas, una de las

caballerías (dicen las historias que fue _la Gallarda_) dio a conocer

su inquebrantable resolución de no seguir tirando del coche, por piques

sin duda y rozamientos con el mayoral. Y ni los furibundos argumentos

que en forma de palos este le aplicaba, la convencían del perjuicio que

su obstinación causaba a los viajeros. En esta y otras cosas, la parada

en Alcobendas, que debía ser breve, duró una horita larga, resultando

después que el jamelgo con que fue sustituida _la Gallarda_, cojeaba

horrorosamente. Urrea contaba llegar a San Agustín al medio día, y a

las dos, todavía faltaba largo trecho. Pero lo peor fue que como a un

tiro de fusil más allá de Fuente el Fresno, una de las ruedas dijo con

estallido formidable, que primero la hacían astillas que dar una vuelta

más, y ved aquí a todos los viajeros en pie, sin saber si quedarse

allí, o volver al pueblo por donde acababan de pasar. Urrea no vaciló

un momento, y encargando su maleta al mayoral para que la entregase en

San Agustín, echó a andar resueltamente para esta villa. A buen paso,

llegaría al caer de la tarde, y no había de ser tan desgraciado que no

encontrara allí una caballería que le llevase a Pedralba.

Anduvo con sostenido paso y sin sentir fatiga, y cuando conceptuaba

haber andado más de una legua preguntó a un hombre que iba en la misma

dirección, en un borriquillo:

--Buen amigo, ¿estoy muy lejos de San Agustín?

--Como una media horica.

--¿Encontraré allí una caballería para ir a Pedralba?

--¿A Pedralba, señor... a la casa de los locos?

--¡De los locos!

--Nada, es un decir. Así la llamamos, desde que está allí esa señora

que ha traído no sé cuántos orates para ponerles en cura.

--Doña Catalina, Condesa de Halma, a quien todo el país respetará y

venerará como una santa.

--Dígole, señor, que mejorando lo presente, así es. ¿Sabe lo que se

cuenta en el pueblo?

--¿Qué, hombre, qué?

--Que la doña Catalina es reina, sí señor, una reina o emperadora de

los extranjis de allá muy lejos, y que hubo una rigolución por donde

la echaron del trono, y el Papa Santísimo la mandó acá en son de

penitencia. Eso dicen: yo no sé.

--Patrañas. Pero en fin, ¿podré ir a caballo a Pedralba?

--Como decírselo a lo seguro, no puedo, señor. Llegará y veralo. Para

caballerías, el cura.

--Don Remigio Díaz, ¿no es eso? Le conozco de nombre, y por la fama de

su mérito. ¿Y el señor párroco podría facilitarme...?

--Como tenerlo, lo tiene: jaca, y por más señas, una burra hermana de

este... Y si el señor va cansado y quiere montarse un poco...

Sin esperar respuesta, el bondadoso campesino se desmontó, ofreciendo

su rucio al caballero. No vaciló Urrea en aceptarlo, más que por

cansancio, por no desairar tan gallarda atención. Llevando su

cabalgadura al paso del dueño de ella, siguió José Antonio pidiéndole

informes de los habitantes de Pedralba.

--Y esa que ustedes creen reina, vendría en una carroza magnífica,

escoltada de lacayos y servidores.

--No señor... ¡Qué risa! Vino en carromato. Parece que ha hecho voto

de vivir a lo pobre mientras no le devuelvan el reino que le quitaron.

Primero llegó el carromato con muebles, baúles de ropa fina, y cosas

para el lavatorio de las señoras principales. Un espejo trajeron de más

de una vara, y otros muchos arrequisitos de palacios reales. Después

volvió el carro trayendo a la señora, vestidita de negro, como la

Virgen de la Soledad.

--Y esos locos que aloja consigo llegaron antes, según creo.

--Sí señor. Los trajo Cecilio, y por ahí andan sueltos. Dicen que

uno es cura trajinante, y otro el primer músico de la capilla de los

palacios mostrencos de Inglaterra. De una de las mujeres se dice que es

loca médica, y que cura todas las enfermedades de flato con solo mirar,

y la otra parece que es la mejor mano para salar guarros que la señora

tenía en su reino.

--Vaya --dijo Urrea parando y descendiendo del borrico--. Ya he

descansado. Muchas gracias, y vuelva usted a montarse, que si no me

equivoco, ya estamos cerca, y aquellas casas que allí se ven son las

primeras del pueblo.

--A fe que sí. Ya llegamos --dijo el labriego, mirando hacia un grupo

de gente que por entre unos árboles, a mano derecha del camino real, a

este se aproximaba--. Señor, señor... ahí tiene a don Remigio, nuestro

peine de cura... digo peine porque sabe más que Merlín. Véalo: viene

hacia acá, y le mira a usted mucho.

Urrea vio que hacia él se llegaba, destacándose presuroso del grupo,

un clérigo joven, vivaracho, con el balandrán colgado de los hombros,

gorro de terciopelo negro, bastón nudoso. Descubriose el madrileño para

saludarle, y el curita le preguntó con extraordinaria viveza si era don

José Antonio de Urrea.

--Servidor de usted, señor cura.

--¡Alto! Dese usted preso --dijo el párroco en un tono que reunía el

humorismo y la buena crianza--. Nada, nada, que se viene usted conmigo

a la prevención, señor de Urrea, donde le tengo apercibida una modesta

cama para que descanse, cena frugal, y una yegua para que le lleve a

Pedralba.

--Señor cura, ¡cuánta bondad! Pero permítame usted que me asombre de

esa previsión que parece sobrenatural. Yo no he anunciado mi viaje...

--Pero lo que usted no anuncia, porque se ha venido acá como un

colegial escapado, otros lo adivinan.

--No entiendo.

--La señora Condesa me dijo ayer: «He dejado en Madrid a un loquinario

de primo mío, con órdenes terminantes de no moverse de allí, para que

no desatienda las obligaciones que le he impuesto. Pero le conozco y

se cansará, y querrá venir a verme, con pretexto de recibir nuevas

órdenes. De hoy o mañana no pasa. Cuando recale por San Agustín, señor

don Remigio, hágame el favor de atenderle, darle hospitalidad si

llega de noche, y facilitarle una modesta caballería para que venga a

Pedralba.»

--Estoy encantado, señor cura --dijo Urrea loco de alegría--. Esto

parece un sueño, un cuento de hadas..., y usted el genio protector, y

yo... no sé qué parezco yo, el más feliz de los hombres..., y en este

momento el más agradecido de los viajeros.

Halma · 第 28 / 43 题