VIII

Llegó poco después un señor eclesiástico, amigo íntimo de Flórez,

don Modesto Díaz, que goza fama de predicador excelente, uno de los

primeros de Madrid. Tres o cuatro veces al día iba a enterarse del

estado del enfermo, a quien entrañablemente quería, pues se conocieron

desde la infancia, y en Madrid vivieron luengos años en cordialísimas

relaciones, aunque cada cual actuaba en esfera distinta dentro de lo

eclesiástico, pues si Flórez era relativamente rico, y no tenía que

discurrir para proveer decorosamente a la existencia, Díaz, obrero

incansable, trabajó toda su vida, _propter panem_. De joven, tuvo

que ganarlo para su madre, y en edad madura crió y educó sin fin de

sobrinos huérfanos, que debían de padecer hambre canina, según lo que

el pobre cura bregaba para mantenerlos, pues él daba lecciones de latín

y moral, en colegios y casas particulares, de retórica y poética en

un instituto, traducía del francés obras religiosas para un editor

católico, y con esto y la celebración y sus sermones, que llegaron a

constituirle un ingreso de cuenta, salió el hombre adelante con todo

aquel familiaje, y algo le quedaba para socorrer a un pobre.

La diferente atmósfera en que Díaz y Flórez vivían, y el distinto

camino de cada cual, no impidieron que se juntaran en el terreno de una

amistad tan antigua como cariñosa. Eran vecinos: muchas tardes paseaban

juntos, y perfectamente acordes en ideas y gustos, nunca surgió entre

ellos disputa ni desavenencia por cosa dogmática ni temporal. Ambos

eran buenos y estimados de todo el mundo; ambos piadosos y bienavenidos

con su conciencia. Hasta se parecían un poco en lo físico; solo que

Díaz no se arreglaba tan bien como el otro, ni era tan pulcro, o si se

quiere, tan elegante.

Con expresiones de sincero dolor se condolió don Modesto de la gravedad

de su amigo, manifestándose confuso por aquel repentino mal, que había

venido como un escopetazo.

--¡Pero si hace tres semanas estaba Manuel vendiendo vidas! Una tarde

que fuimos de paseo hacia la Moncloa, hicimos recuento de los años que

tenemos a la espalda, y calculando lo que podríamos vivir si el Señor

nos conservaba nuestra salud, nos corríamos tan frescos hasta los

ochenta. De buenas a primeras, Manuel da este bajón tremendo... ¿Pero

por qué? Las últimas tardes que paseamos, le noté muy metido en sí,

cosa rara, pues era hombre tan social, que siempre le veía usted el

alma revoloteando alegre fuera de la jaula... En fin, Dios lo quiere

así. Cúmplase su santa voluntad.

Con un hondo suspiro nada más comentó la Condesa estas expresiones, y

el buen sacerdote, después de enjugarse una lágrima, cambió de tono

para decir:

--Entre paréntesis, señora Condesa, sé que se va usted a su finca de

Pedralba, próxima a San Agustín, y conviene que sepa que el cura de

esta villa es mi sobrino Remigio, a quien escribiré para que se ponga

a las órdenes de usted, y la sirva en cuanto guste ordenarle. ¡Buen

muchacho, señora, que sabe su obligación, y tiene además un don de

gentes que ya lo quisieran más de cuatro! Yo le crié; es mi hechura,

y a mí me debe su doble carrera, pues a más del grado en teología

y cánones, es licenciado en derecho. Alguna guerra me dio cuando

estudiaba, porque en la Universidad por poco me le tuercen. Le tiraba

más la filosofía que la teología, y su comprensión fácil, su talento

flexible le encariñaron más de la cuenta con los estudios de materias

filosóficas y sociales novísimas. Bueno es saber de todo, y conocer

toda la extensión de las ideas humanas; pero yo dije: «para, hijo».

Él obstinado en doblárseme, y yo en que había de ponerle derecho como

un huso. Naturalmente, gané yo: el chico era dócil, respetuoso, y me

quería con locura. Cantó misa diez años ha, día de la Candelaria, y

ahí le tiene usted hecho un sacerdote modelo, obscurecido, es verdad,

en una villa de corto vecindario, pero con esperanzas de pasar a una

parroquia de la Corte, o a una canonjía.

Contestó Halma con las expresiones urbanas que el caso requería, y

la conversación, por su propio peso, recayó en don Manuel, y en la

dificultad de sacarle adelante, si Dios no hacía un milagro.

--Para mí --dijo Díaz con hondísima tristeza-- es una pérdida

irreparable, pues no tengo ningún amigo que pueda comparársele en lo

afable, en lo cariñoso y servicial. Siempre que yo necesitaba una

tarjeta de recomendación, él a dármela. Sus buenas relaciones con gente

principal eran una bendición de Dios para los que estamos en esfera

más baja. ¡Cómo le quería toda la grandeza! Y ahí tiene usted a un

hombre que hubiera podido ser obispo. Pero lo que él decía con toda

la modestia de Dios: «No sirvo, no sirvo: es mucho trabajo para mí.»

Cada lobo en su senda, y la de Manuel era fomentar la piedad en las

clases elevadas, y dirigirlas en sus campañas benéficas... Era hombre

de tan extraordinario don de gentes, que su trato lo mismo cautivaba

al rico que al pobre, y con su ten con ten, a todos les enseñaba la

buena doctrina... ¡Dios sabe cuán solo y triste me quedo sin Manuel en

este valle de lágrimas!... ¡Pues apenas tiene fecha nuestra amistad! Él

es natural de Piedrahita, yo de Muñopepe, en el mismo partido. Juntos

nos criamos, juntos fuimos a la escuela, juntos recibimos la sagrada

investidura. Él era casi rico, yo pobre; él vivía de sus rentas, yo

de mi trabajo rudo. Siempre que necesité de algún auxilio, porque hay

meses crueles, señora mía, sobre todo en verano, cuando se despuebla

Madrid, a él acudía..., ¡ay! y le encontraba siempre. ¡Qué excelente

amigo! Me facilitaba cortas cantidades, sin ningún interés... ¡Ave

María Purísima, ni hablarle de ello siquiera! Me habría pagado. ¡Entre

amigos...! Llegaba el invierno, y yo le pagaba religiosamente. Por

Navidad, de los infinitos regalos que recibe, participo yo. El Señor

le premia tanta bondad, pues sus tierras de Piedrahita siempre le dan

buenas cosechas... Así es que viviendo con decoro y sin boato, como

un buen sacerdote, tiene sobrantes, con los cuales pudo costear una

excelente escuela en Piedrahita. Sí señora, una lápida de mármol dice

a la posteridad el nombre del fundador. Pues con estas esplendideces,

aún le sobra, y no hay año que no compre alguna tierra limítrofe con

su heredad. Propietario generoso, y buen cristiano, no apura a sus

renteros, ni escatima jornales en tiempo de miseria. En fin, que

hombres como este hay pocos. El Señor le quiere para sí; acatemos su

voluntad suprema, y reconozcamos que todas las grandezas terrenas son

ceniza, polvo, nada.

Manifestose doña Catalina conforme con todo esto, y seguían platicando

sobre la vanidad de las grandezas humanas, cuando el enfermo dio una

gran voz, diciendo:

--¿Ha venido Modesto?... Que entre aquí. ¡Modesto, Modesto!

Acudió el señor Díaz, y los dos amigos se abrazaron con ardiente

cariño. El sano no podía contener las lágrimas; el enfermo, debilitado

y con el cerebro inseguro, perdiendo y recobrando a cada momento el

sentido y la palabra, no hacía más que darle palmetazos en el hombro,

y sus ojos extraviados, tan pronto reconocían a don Modesto, como le

miraban con extrañeza y estupor.

--Mi buen amigo --le dijo en un momento lúcido--, te sentí, y quise

que entraras para darte la gran noticia. Ya siento un gran alivio en

mi alma. A mi conciencia le han nacido alas, y mírame cómo subo hasta

los cielos. ¿No sabes? ¡Ay, Modesto, qué alegría! Acabo de decidir que

mi viña de Barranco de Abajo, la mejor que tengo, sea para ti. Ya es

tiempo de que descanses, hombre. ¡Qué león para el trabajo...! Ahora,

con tu viña, que puede darte tus mil cántaras, que te echen sobrinos.

Bastante tienen estas tontas con lo demás de Piedrahita, y yo nada

necesito ya, pues quiero ser pobre lo que me quede de vida... No te

vayas, Modesto, acompáñame, pues me dan más congojas... y me parece que

me he muerto, y que me han enterrado vivo, y... No, no... que no me

entierren vivo... Yo soy pobre... muy pobre, no quiero mausoleos, ni

que pongan sobre mí una de esas piedras enormes con letras de oro...

No, no quiero letras de oro, ni hebillas de plata. Y en cuanto a mi

gran cruz de Isabel la Católica, os digo que no me la pongáis, cuando

me amortajéis... el día de mi muerte. No quiero más cruz que la de mi

Redentor... a quien no me parezco nada, pero nada... Él era todo amor

del género humano, yo todo amor de mí mismo. ¿Verdad, Modesto, que no

me parezco nada... pero nada?

Procuraban calmarle; pero ni aun podían, con la ayuda del señor Díaz,

sujetarle en el lecho, pues dos o tres veces se quiso arrojar de él

desarrollando una fuerza nerviosa increíble en su extenuación.

--Dejadme --decía--, no seáis pesadas. Huyo de lo que fui... No quiero

verme, no quiero oírme. Hay un hombre, que en el siglo se llamó Manuel

Flórez. ¿Sabéis cómo le llamaría yo? _el santo de salón_. Yo no soy él;

yo quiero ser como mi Dios, todo amor, todo abnegación, todo caridad...

No entiendo de intereses. Aquel hacía cuentas, yo las deshago; aquel

vivió en mil vanidades, yo corro detrás de la verdad, ya la toco, y

vosotras, ruines cócoras, no me dejáis...

El médico, que en mitad de esta crisis apareció, dispuso remedios

que no tenían más objeto que hacerle menos dolorosa la agonía. La

parálisis de la parte inferior del cuerpo era absoluta. El derrame se

había iniciado sobre la médula, dejando libre el cerebro. Don Modesto

Díaz resolvió quedarse allí toda la noche. Después de las doce, el

moribundo, inmóvil, rígido, descompuesto el rostro, honda y débil la

voz, entornados los ojos, llamó a su amigo y le dijo:

--Modesto, hazme el favor de leerme aquel capítulo de los _Soliloquios

de nuestro Padre San Agustín... Confesión de la verdadera Fe_.

--No necesito leértelo, querido Manuel --dijo don Modesto, con sus

manos en las manos del moribundo--, pues me lo sé de memoria: «Gracias

os hago, luz mía, porque me alumbrasteis y yo os conocí. Conocíos

Criador del Cielo, y de todas las cosas visibles e invisibles, Dios

verdadero, todopoderoso, inmortal, interminable, eterno, inaccesible,

incomprensible, inconmutable, inmenso, infinito, principio de todas

las criaturas visibles e invisibles, por el cual todas las cosas son

hechas, y todos los elementos perseveran en su ser, cuya Majestad, así

como nunca tuvo principio, así jamás tendrá fin...»

Y siguió recitando de memoria largo trecho, hasta que Flórez, que

como extasiado escuchaba, repitiendo algunas palabras, le interrumpió

diciéndole:

--Más adelante, más adelante, Modesto, donde dice... ¡Ah! yo lo

recuerdo: «Tarde os conocí, lumbre verdadera, tarde os conocí, porque

tenía delante de los ojos de mi vanidad una gran nube obscura y

tenebrosa, que no me dejaba ver el sol de justicia y la lumbre de la

verdad. Como hijo de tinieblas...»

Lo restante no se entendió. Fue tan solo un murmullo ininteligible, un

pegar y despegar de labios, como si algo saboreara.

Doña Catalina y don Modesto rezaban, y el ama y sobrina habrían hecho

lo mismo si su copioso llanto se lo permitiera. Llegaron muchos amigos,

y a la madrugada, conservando el enfermo su conocimiento, aunque

turbado, se le dio la Extremaunción. Pronunció después conceptos

incoherentes, sin conocer a nadie; pero cuando ya era día claro, como

si la luz solar alentase la última chispa del pensamiento que se

extinguía, miró y conoció a la señora Condesa, y alargando lentamente

el brazo hasta tocar la manga del vestido con su mano temblorosa, le

dijo con voz apagada:

--No me olvide en sus oraciones, mi buena y santa amiga. Dios tendrá

misericordia de mí, el más inútil soldado de la cristiandad militante.

Nada hice de gran provecho: entrar, salir, saludar, consejos vanos...

charla, etiqueta, buena vida, sonrisas... bondad pálida.. ¿Sufrir?

nada... ¿Sacrificio? ninguno... ¿Trabajos? pocos. ¡Ah, señora mía y

hermana, de lo mucho y grande que usted hará en la vida mística que

emprende, pídale al Señor que me aplique a mí alguna parte, por la

buena fe con que servía sus ideas, figurando que las inspiraba! Yo no

he inspirado nada, nada grande... Todo pequeñito, todo vulgar... No

fui bueno, no fui santo: fui... simpático... ¡ay de mí! simpático.

Válgame ahora, Redentor mío, mi simplicidad, esta pena de no haber

sabido imitarte, de no haber sido como tú, sencillo, amoroso, manso,

de no haber sabido labrar con el bien propio el bien ajeno, ¡el bien

ajeno!, único que debe regocijar a un alma grande; la pena de no haber

muerto para toda vanidad, y vivido solamente para encenderme en tu

amor, y comunicar este fuego a mis semejantes.

Esta llamarada de elocuencia fue la última, y precedió a la extinción

tranquila y lenta de la vida, sin sufrimiento. Diversas cláusulas

fluctuaron en sus labios, como burbujas: una invocación a la Virgen,

y la idea, la tenaz idea que no quería soltarle hasta el dintel mismo

de la eternidad, que quizás le seguiría más allá, haciéndose también

eterna:

--No soy nada, no he hecho nada... Vida inútil, _el santo de salón,

clérigo simpático_... ¡Oh, qué dolor, _simpático_, farsa! Nada

grande... Amor no, sacrificio no, anulación no... Hebillas, pequeñez,

egoísmo... Enseñome aquel... aquel, sí...

Acercándose mucho a su rostro, pudo el buen Díaz percibir estas

expresiones... La vida se apagó tan mansamente, que no pudieron los

doloridos circunstantes determinar el momento preciso en que entregó

su alma al Señor el virtuoso don Manuel Flórez; pero aquella diminuta

porción de tiempo, punto de escape hacia la misteriosa eternidad, se

escondía entre los quince minutos que precedieron a las nueve de la

mañana.

Halma · 第 27 / 43 题