Llegó poco después un señor eclesiástico, amigo íntimo de Flórez,
don Modesto Díaz, que goza fama de predicador excelente, uno de los
primeros de Madrid. Tres o cuatro veces al día iba a enterarse del
estado del enfermo, a quien entrañablemente quería, pues se conocieron
desde la infancia, y en Madrid vivieron luengos años en cordialísimas
relaciones, aunque cada cual actuaba en esfera distinta dentro de lo
eclesiástico, pues si Flórez era relativamente rico, y no tenía que
discurrir para proveer decorosamente a la existencia, Díaz, obrero
incansable, trabajó toda su vida, _propter panem_. De joven, tuvo
que ganarlo para su madre, y en edad madura crió y educó sin fin de
sobrinos huérfanos, que debían de padecer hambre canina, según lo que
el pobre cura bregaba para mantenerlos, pues él daba lecciones de latín
y moral, en colegios y casas particulares, de retórica y poética en
un instituto, traducía del francés obras religiosas para un editor
católico, y con esto y la celebración y sus sermones, que llegaron a
constituirle un ingreso de cuenta, salió el hombre adelante con todo
aquel familiaje, y algo le quedaba para socorrer a un pobre.
La diferente atmósfera en que Díaz y Flórez vivían, y el distinto
camino de cada cual, no impidieron que se juntaran en el terreno de una
amistad tan antigua como cariñosa. Eran vecinos: muchas tardes paseaban
juntos, y perfectamente acordes en ideas y gustos, nunca surgió entre
ellos disputa ni desavenencia por cosa dogmática ni temporal. Ambos
eran buenos y estimados de todo el mundo; ambos piadosos y bienavenidos
con su conciencia. Hasta se parecían un poco en lo físico; solo que
Díaz no se arreglaba tan bien como el otro, ni era tan pulcro, o si se
quiere, tan elegante.
Con expresiones de sincero dolor se condolió don Modesto de la gravedad
de su amigo, manifestándose confuso por aquel repentino mal, que había
venido como un escopetazo.
--¡Pero si hace tres semanas estaba Manuel vendiendo vidas! Una tarde
que fuimos de paseo hacia la Moncloa, hicimos recuento de los años que
tenemos a la espalda, y calculando lo que podríamos vivir si el Señor
nos conservaba nuestra salud, nos corríamos tan frescos hasta los
ochenta. De buenas a primeras, Manuel da este bajón tremendo... ¿Pero
por qué? Las últimas tardes que paseamos, le noté muy metido en sí,
cosa rara, pues era hombre tan social, que siempre le veía usted el
alma revoloteando alegre fuera de la jaula... En fin, Dios lo quiere
así. Cúmplase su santa voluntad.
Con un hondo suspiro nada más comentó la Condesa estas expresiones, y
el buen sacerdote, después de enjugarse una lágrima, cambió de tono
para decir:
--Entre paréntesis, señora Condesa, sé que se va usted a su finca de
Pedralba, próxima a San Agustín, y conviene que sepa que el cura de
esta villa es mi sobrino Remigio, a quien escribiré para que se ponga
a las órdenes de usted, y la sirva en cuanto guste ordenarle. ¡Buen
muchacho, señora, que sabe su obligación, y tiene además un don de
gentes que ya lo quisieran más de cuatro! Yo le crié; es mi hechura,
y a mí me debe su doble carrera, pues a más del grado en teología
y cánones, es licenciado en derecho. Alguna guerra me dio cuando
estudiaba, porque en la Universidad por poco me le tuercen. Le tiraba
más la filosofía que la teología, y su comprensión fácil, su talento
flexible le encariñaron más de la cuenta con los estudios de materias
filosóficas y sociales novísimas. Bueno es saber de todo, y conocer
toda la extensión de las ideas humanas; pero yo dije: «para, hijo».
Él obstinado en doblárseme, y yo en que había de ponerle derecho como
un huso. Naturalmente, gané yo: el chico era dócil, respetuoso, y me
quería con locura. Cantó misa diez años ha, día de la Candelaria, y
ahí le tiene usted hecho un sacerdote modelo, obscurecido, es verdad,
en una villa de corto vecindario, pero con esperanzas de pasar a una
parroquia de la Corte, o a una canonjía.
Contestó Halma con las expresiones urbanas que el caso requería, y
la conversación, por su propio peso, recayó en don Manuel, y en la
dificultad de sacarle adelante, si Dios no hacía un milagro.
--Para mí --dijo Díaz con hondísima tristeza-- es una pérdida
irreparable, pues no tengo ningún amigo que pueda comparársele en lo
afable, en lo cariñoso y servicial. Siempre que yo necesitaba una
tarjeta de recomendación, él a dármela. Sus buenas relaciones con gente
principal eran una bendición de Dios para los que estamos en esfera
más baja. ¡Cómo le quería toda la grandeza! Y ahí tiene usted a un
hombre que hubiera podido ser obispo. Pero lo que él decía con toda
la modestia de Dios: «No sirvo, no sirvo: es mucho trabajo para mí.»
Cada lobo en su senda, y la de Manuel era fomentar la piedad en las
clases elevadas, y dirigirlas en sus campañas benéficas... Era hombre
de tan extraordinario don de gentes, que su trato lo mismo cautivaba
al rico que al pobre, y con su ten con ten, a todos les enseñaba la
buena doctrina... ¡Dios sabe cuán solo y triste me quedo sin Manuel en
este valle de lágrimas!... ¡Pues apenas tiene fecha nuestra amistad! Él
es natural de Piedrahita, yo de Muñopepe, en el mismo partido. Juntos
nos criamos, juntos fuimos a la escuela, juntos recibimos la sagrada
investidura. Él era casi rico, yo pobre; él vivía de sus rentas, yo
de mi trabajo rudo. Siempre que necesité de algún auxilio, porque hay
meses crueles, señora mía, sobre todo en verano, cuando se despuebla
Madrid, a él acudía..., ¡ay! y le encontraba siempre. ¡Qué excelente
amigo! Me facilitaba cortas cantidades, sin ningún interés... ¡Ave
María Purísima, ni hablarle de ello siquiera! Me habría pagado. ¡Entre
amigos...! Llegaba el invierno, y yo le pagaba religiosamente. Por
Navidad, de los infinitos regalos que recibe, participo yo. El Señor
le premia tanta bondad, pues sus tierras de Piedrahita siempre le dan
buenas cosechas... Así es que viviendo con decoro y sin boato, como
un buen sacerdote, tiene sobrantes, con los cuales pudo costear una
excelente escuela en Piedrahita. Sí señora, una lápida de mármol dice
a la posteridad el nombre del fundador. Pues con estas esplendideces,
aún le sobra, y no hay año que no compre alguna tierra limítrofe con
su heredad. Propietario generoso, y buen cristiano, no apura a sus
renteros, ni escatima jornales en tiempo de miseria. En fin, que
hombres como este hay pocos. El Señor le quiere para sí; acatemos su
voluntad suprema, y reconozcamos que todas las grandezas terrenas son
ceniza, polvo, nada.
Manifestose doña Catalina conforme con todo esto, y seguían platicando
sobre la vanidad de las grandezas humanas, cuando el enfermo dio una
gran voz, diciendo:
--¿Ha venido Modesto?... Que entre aquí. ¡Modesto, Modesto!
Acudió el señor Díaz, y los dos amigos se abrazaron con ardiente
cariño. El sano no podía contener las lágrimas; el enfermo, debilitado
y con el cerebro inseguro, perdiendo y recobrando a cada momento el
sentido y la palabra, no hacía más que darle palmetazos en el hombro,
y sus ojos extraviados, tan pronto reconocían a don Modesto, como le
miraban con extrañeza y estupor.
--Mi buen amigo --le dijo en un momento lúcido--, te sentí, y quise
que entraras para darte la gran noticia. Ya siento un gran alivio en
mi alma. A mi conciencia le han nacido alas, y mírame cómo subo hasta
los cielos. ¿No sabes? ¡Ay, Modesto, qué alegría! Acabo de decidir que
mi viña de Barranco de Abajo, la mejor que tengo, sea para ti. Ya es
tiempo de que descanses, hombre. ¡Qué león para el trabajo...! Ahora,
con tu viña, que puede darte tus mil cántaras, que te echen sobrinos.
Bastante tienen estas tontas con lo demás de Piedrahita, y yo nada
necesito ya, pues quiero ser pobre lo que me quede de vida... No te
vayas, Modesto, acompáñame, pues me dan más congojas... y me parece que
me he muerto, y que me han enterrado vivo, y... No, no... que no me
entierren vivo... Yo soy pobre... muy pobre, no quiero mausoleos, ni
que pongan sobre mí una de esas piedras enormes con letras de oro...
No, no quiero letras de oro, ni hebillas de plata. Y en cuanto a mi
gran cruz de Isabel la Católica, os digo que no me la pongáis, cuando
me amortajéis... el día de mi muerte. No quiero más cruz que la de mi
Redentor... a quien no me parezco nada, pero nada... Él era todo amor
del género humano, yo todo amor de mí mismo. ¿Verdad, Modesto, que no
me parezco nada... pero nada?
Procuraban calmarle; pero ni aun podían, con la ayuda del señor Díaz,
sujetarle en el lecho, pues dos o tres veces se quiso arrojar de él
desarrollando una fuerza nerviosa increíble en su extenuación.
--Dejadme --decía--, no seáis pesadas. Huyo de lo que fui... No quiero
verme, no quiero oírme. Hay un hombre, que en el siglo se llamó Manuel
Flórez. ¿Sabéis cómo le llamaría yo? _el santo de salón_. Yo no soy él;
yo quiero ser como mi Dios, todo amor, todo abnegación, todo caridad...
No entiendo de intereses. Aquel hacía cuentas, yo las deshago; aquel
vivió en mil vanidades, yo corro detrás de la verdad, ya la toco, y
vosotras, ruines cócoras, no me dejáis...
El médico, que en mitad de esta crisis apareció, dispuso remedios
que no tenían más objeto que hacerle menos dolorosa la agonía. La
parálisis de la parte inferior del cuerpo era absoluta. El derrame se
había iniciado sobre la médula, dejando libre el cerebro. Don Modesto
Díaz resolvió quedarse allí toda la noche. Después de las doce, el
moribundo, inmóvil, rígido, descompuesto el rostro, honda y débil la
voz, entornados los ojos, llamó a su amigo y le dijo:
--Modesto, hazme el favor de leerme aquel capítulo de los _Soliloquios
de nuestro Padre San Agustín... Confesión de la verdadera Fe_.
--No necesito leértelo, querido Manuel --dijo don Modesto, con sus
manos en las manos del moribundo--, pues me lo sé de memoria: «Gracias
os hago, luz mía, porque me alumbrasteis y yo os conocí. Conocíos
Criador del Cielo, y de todas las cosas visibles e invisibles, Dios
verdadero, todopoderoso, inmortal, interminable, eterno, inaccesible,
incomprensible, inconmutable, inmenso, infinito, principio de todas
las criaturas visibles e invisibles, por el cual todas las cosas son
hechas, y todos los elementos perseveran en su ser, cuya Majestad, así
como nunca tuvo principio, así jamás tendrá fin...»
Y siguió recitando de memoria largo trecho, hasta que Flórez, que
como extasiado escuchaba, repitiendo algunas palabras, le interrumpió
diciéndole:
--Más adelante, más adelante, Modesto, donde dice... ¡Ah! yo lo
recuerdo: «Tarde os conocí, lumbre verdadera, tarde os conocí, porque
tenía delante de los ojos de mi vanidad una gran nube obscura y
tenebrosa, que no me dejaba ver el sol de justicia y la lumbre de la
verdad. Como hijo de tinieblas...»
Lo restante no se entendió. Fue tan solo un murmullo ininteligible, un
pegar y despegar de labios, como si algo saboreara.
Doña Catalina y don Modesto rezaban, y el ama y sobrina habrían hecho
lo mismo si su copioso llanto se lo permitiera. Llegaron muchos amigos,
y a la madrugada, conservando el enfermo su conocimiento, aunque
turbado, se le dio la Extremaunción. Pronunció después conceptos
incoherentes, sin conocer a nadie; pero cuando ya era día claro, como
si la luz solar alentase la última chispa del pensamiento que se
extinguía, miró y conoció a la señora Condesa, y alargando lentamente
el brazo hasta tocar la manga del vestido con su mano temblorosa, le
dijo con voz apagada:
--No me olvide en sus oraciones, mi buena y santa amiga. Dios tendrá
misericordia de mí, el más inútil soldado de la cristiandad militante.
Nada hice de gran provecho: entrar, salir, saludar, consejos vanos...
charla, etiqueta, buena vida, sonrisas... bondad pálida.. ¿Sufrir?
nada... ¿Sacrificio? ninguno... ¿Trabajos? pocos. ¡Ah, señora mía y
hermana, de lo mucho y grande que usted hará en la vida mística que
emprende, pídale al Señor que me aplique a mí alguna parte, por la
buena fe con que servía sus ideas, figurando que las inspiraba! Yo no
he inspirado nada, nada grande... Todo pequeñito, todo vulgar... No
fui bueno, no fui santo: fui... simpático... ¡ay de mí! simpático.
Válgame ahora, Redentor mío, mi simplicidad, esta pena de no haber
sabido imitarte, de no haber sido como tú, sencillo, amoroso, manso,
de no haber sabido labrar con el bien propio el bien ajeno, ¡el bien
ajeno!, único que debe regocijar a un alma grande; la pena de no haber
muerto para toda vanidad, y vivido solamente para encenderme en tu
amor, y comunicar este fuego a mis semejantes.
Esta llamarada de elocuencia fue la última, y precedió a la extinción
tranquila y lenta de la vida, sin sufrimiento. Diversas cláusulas
fluctuaron en sus labios, como burbujas: una invocación a la Virgen,
y la idea, la tenaz idea que no quería soltarle hasta el dintel mismo
de la eternidad, que quizás le seguiría más allá, haciéndose también
eterna:
--No soy nada, no he hecho nada... Vida inútil, _el santo de salón,
clérigo simpático_... ¡Oh, qué dolor, _simpático_, farsa! Nada
grande... Amor no, sacrificio no, anulación no... Hebillas, pequeñez,
egoísmo... Enseñome aquel... aquel, sí...
Acercándose mucho a su rostro, pudo el buen Díaz percibir estas
expresiones... La vida se apagó tan mansamente, que no pudieron los
doloridos circunstantes determinar el momento preciso en que entregó
su alma al Señor el virtuoso don Manuel Flórez; pero aquella diminuta
porción de tiempo, punto de escape hacia la misteriosa eternidad, se
escondía entre los quince minutos que precedieron a las nueve de la
mañana.