IV

No pudieron detenerse, como deseaban, en buscar la explicación de

aquel contrasentido, porque entró Urrea con noticias frescas, que

hacían revivir el interés del asunto nazarista. Según contó el joven

reformado, por los periodistas se sabía ya la sentencia del Tribunal,

que se publicaría sin tardanza. No encontraba la Sala en don Nazario

Zaharín culpabilidad: la vagancia, el abandono de sus deberes

sacerdotales, la sugestión ejercida sobre mendigos y criminales no eran

más que un resultado del lastimoso estado mental del clérigo, y como en

ninguno de sus actos se veía la instigación al delito, sino que, por

el contrario, sus desvaríos tendían a un fin noble y cristiano, se le

absolvía libremente. Resultando del informe de los facultativos que

repetidas veces le habían examinado, que los actos del apóstol errante

eran inconscientes, por hallarse atacado de _melancolía religiosa_,

forma de _neurosis epiléptica_, se le entregaba al poder eclesiástico

para que cuidase de su curación y custodia en un Asilo religioso, o

donde lo tuviere por conveniente.

Don Manuel y Catalina guardaron profundo silencio al oír esta parte

interesantísima de la sentencia.

--A Beatriz se la absuelve libremente --prosiguió Urrea--, porque nada

resulta contra ella, y la pena que merecía por vagancia, se estima

cumplida con las dos semanas que sufrió de prisión correccional.

Ándara salía peor librada, aunque no tan mal como al principio se

creyó. De sus primeras declaraciones, y de las de Nazarín, resultaba

autora del incendio de la casa número 3 de la calle de las Amazonas.

Pero su abogado, hombre muy despierto, había conducido el asunto con

rara habilidad, demostrando que lo depuesto por Nazarín no tenía ningún

valor testifical, por hallarse este en pleno delirio pietista, presa

de la monomanía del sacrificio y de la muerte. Ándara, en sus primeras

declaraciones, había obedecido, según su defensor, a una influencia

hipnótica del falso apóstol. Ampliado el juicio, y sustentada la

no intencionalidad del incendio, el Tribunal admitió la prueba,

condenándola, por lesiones a la _Tiñosa_, a catorce meses de reclusión

penitenciaria. La causa del _Sacrílego_ no tenía nada que ver con la

de la vagancia y desafueros nazaristas. Aún no se había sentenciado,

y por bien que saliera, sus catorce o quince años de presidio no se

los quitaba nadie, porque eran muchas y muy atroces sus audacias para

llevarse la plata y vasos sagrados de las iglesias.

--Ya ve usted --dijo al fin Catalina a su amigo y limosnero--, cómo el

Tribunal, haciendo suya la opinión de los facultativos, da por cierto

que el santo varón no tiene la cabeza en regla.

--Y sin cabeza no hay conciencia --indicó el sacerdote con cierta

alegría, como si entreviera una solución a sus dudas.

--Con todo --añadió la Condesa--, no debemos aceptar ese criterio como

definitivo. Se equivocan los Tribunales, se equivocan los médicos. No

afirmemos nada, y sigamos, mi señor don Manuel, en nuestras dudas.

--Sigamos, sí, en nuestras dudas --repitió el sacerdote, para quien era

ya un descanso no pensar por cuenta propia.

--Y mis dudas --añadió Halma--, van a ser el punto de partida para

resolver la cuestión, porque si no dudáramos, no nos propondríamos,

como nos proponemos ahora, llegar a la verdad.

--Sí señora --dijo Flórez, hablando como una máquina.

--La sentencia del Tribunal, que yo esperaba, me abre camino para poner

en ejecución un pensamiento que hace días me corre por el magín.

--¡Un pensamiento! A ver... --murmuró don Manuel perplejo, admirando

de antemano y temiendo al propio tiempo las iniciativas de su ilustre

amiga.

--Yo, digo, nosotros, sabremos al fin si nuestro pobre peregrino es

santo, o es demente. Espero que podremos reconocer en él uno de los

dos estados, con exclusión del otro. Y en el caso de que existieran

juntamente santidad y locura, en ese caso...

--Arrancaremos la locura para echarla al fuego, como hierba mala nacida

en medio del trigo --dijo don Manuel--, conservando pura e intacta la

santidad.

--Y si existieran juntas y confundidas, en una misma planta --agregó

Halma--, respetaríamos este fenómeno incomprensible, y nos quedaríamos

tristes y desconsolados, pero con nuestra conciencia tranquila.

Flórez miraba al suelo, y Urrea no quitaba los ojos de su prima,

cuyas palabras deletreaba en los labios de ella, al mismo tiempo que

las oía. Después de una mediana pausa, y queriendo adelantarse al

pensamiento de la señora, dijo el sacerdote:

--Pues para llegar a ese conocimiento y a esa separación, señora mía,

tendríamos que... digo, veríamos de...

--No, si por más que usted discurra, no puede adivinar lo que he

pensado, lo que haremos, si Dios me ayuda, y creo que me ayudará, pues

la sentencia que acabamos de saber viene, como de molde, a favorecer

mi pensamiento, obra magna, don Manuel, una empresa de caridad que ha

de merecer su aprobación. Verá usted --añadió después de otra pausita,

aproximando su silla baja al sillón del limosnero--. Pues, señor, ahora

la ley civil le dice a la eclesiástica: yo, apoyada en la opinión de la

ciencia, he debido declarar y declaro que ese hombre está loco. Como

su locura es inofensiva, monomanía pietista nada más, que no exige

custodia ni vigilancia muy rigurosas, renuncio a albergarle en mis

casas de orates, donde tengo a los furiosos, a los lunáticos, casos

mil de las innumerables clases de desorden mental. Ahí tienes a ese

hombre; encárgate tú, Iglesia, de cuidarle, y, si puedes, de devolver

el equilibrio a su entendimiento. Es pacífico, es bueno, es de dulce

condición en su desvarío. No te será difícil restablecer en él el

hombre de conducta ejemplar, el sacerdote sumiso y obediente...

--Y le cogemos --dijo Flórez--, y le mandamos a un convento de

Capuchinos, o a una de las hospederías religiosas, que existen para

estos casos, y le tenemos allí un año, dos, tres, al cabo de los

cuales, estará lo mismo que entró.

--Quiere decir que no le cuidarán, que no le observarán, mirando por su

existencia y por su razón con el interés paternal que se debe a un alma

como la suya, buena, piadosa, a un alma de Dios...

--No digo que...

--Pero nada de esto pasará --afirmó la Condesa, levantándose nerviosa,

y cogiendo el bastón de Urrea para reforzar el gesto decidido con que

acentuaba la palabra.

--¿Pues qué se hará, señora?

--A usted, mi señor don Manuel, le corresponderá la gloria mundana de

esta prueba, si, como creo, Dios la corona con un éxito feliz.

--¿Y qué tengo yo que hacer, señora mía? --preguntó el eclesiástico

un poco molesto, pues no le caía en gracia aquello de hacer él cosas

que ignoraba, ni que su autoridad quedara reducida a ejecutar órdenes

superiores, como un vulgar secretario.

--Una cosa muy sencilla, y que me parece fácil. Mañana mismo... no hay

que perder un solo día... mañana mismo, don Manuel Flórez y del Campo,

el ejemplarísimo sacerdote, el gran diplomático de la caridad, coge el

sombrero y se va a ver al señor Obispo. Su Ilustrísima, naturalmente,

le recibe con los brazos abiertos, y usted le dice: «Señor Obispo, una

dama de nuestra aristocracia...»

--¡Ah! ya... Una dama de nuestra aristocracia...

--¡Si lo adivina, si lo sabe, si no tengo que decir más! Pues qué: ¿no

ha pensado usted lo mismo que yo? ¿No viene hace días dando vueltas

en su mente a esta solución? ¿No esperaba saber la sentencia para

proponérmelo?

--Sí, sí... Yo pensaba... En efecto... La idea es buena --dijo el

limosnero, queriendo cazar al vuelo las de su noble amiga--. Claro

que había pensado yo... Pues «Ilustrísimo señor, una dama de nuestra

aristocracia, persona de grandes virtudes y celo cristiano, que quiere

consagrar su vida al santo ejercicio de la caridad, ha imaginado que...»

Detúvose bruscamente don Manuel, vacilante, clavó sus ojos en Halma,

después en Urrea, para volver a mirar con escrutadora fijeza a la

ilustre señora, y en aquel punto, como si recibiera inspiración

del Cielo, o algún genio invisible en el oído le susurrara, vio el

pensamiento de la Condesa con toda claridad. Y recordando al instante

palabras y frases sueltas de conversaciones anteriores, y viendo en

ellas perfecto ajuste con lo que acababa de oír, ya no necesitó más el

agudo presbítero para recobrar toda su compostura mental, y sentirse

dueño de sí mismo, y a punto de serlo de la situación. Limpió el

gaznate para aclarar la voz, tomó de manos de Halma el bastón de Urrea,

y fue marcando con él sobre la alfombra estas o parecidas expresiones:

--La señora Condesa ha tenido un pensamiento grande y bello, como

suyo. Hace tiempo concibió el proyecto de destinar su casa de Pedralba

a un fin caritativo, estableciéndose allí, al frente de una pequeña

sociedad de desvalidos y menesterosos, de pobres enfermos y de ancianos

sin recursos. Bueno, Señor, bueno. Pues ahora, la señora Condesa se

dirige por mi conducto al señor Obispo, y le dice: «A ese pobre clérigo

perseguido, absuelto y tachado de locura, yo me le llevo a Pedralba,

allí le cuido, allí le rodeo de calma, de un bienestar modesto; doy a

su espíritu la soledad campestre, a su asendereado cuerpo descanso, y

como él es bueno y sencillo, y su corazón se conserva puro, respondo

de que en breve tiempo podré devolvérselo a la Iglesia, limpio de las

nieblas que han empañado su mente. Entréguenme el vagabundo, y les

devolveré el sacerdote; denme el enfermo, y les devolveré el santo.»

--¿Y eso puede ser? --preguntó vivamente la viuda, sin admirarse de lo

bien que el sagaz Flórez le adivinaba las intenciones--. Quiero decir:

¿consentirá el señor Obispo...?

--¡Ah!... lo veremos. Mucha fuerza ha de hacerle su nombre, señora.

--Y más aún la intervención de usted.

--En casos como este de Nazarín, el Prelado adoptará uno de dos

procedimientos: o entregar al enfermo un vale perpetuo para el Asilo de

Eclesiásticos, o ponerle bajo la salvaguardia de una familia respetable

de reconocida virtud y piedad. Esto último se ha hecho hace poco con un

pobre clérigo que padecía de ataquillos de enajenación.

--Pues la familia respetable a quien se encomiende la custodia y

cuidado de este santo varón, seré yo.

--Sin duda. Y mucho mejor, si se constituye el Asilo o Recogimiento en

forma legal y canónica, poniéndolo, como es natural, bajo la tutela del

jefe de la diócesis.

--En fin --dijo Halma gozosa--, que Nazarín es nuestro. Y el señor

Obispo, ya lo estoy viendo, alabará mucho este plan al saber que es

idea de usted.

--Idea mía no --replicó Flórez sin mirar a la dama--. Si acaso, en

parte... Ambos pensamos lo mismo. Pero yo no podía pronunciar sobre

ello la primera palabra, y tuve que aguardar a que la dijese quien

debía decirla.

--Quedamos en que mañana mismo...

--Mañana mismo, sí señora.

--No se nos adelante alguno...

--¡Ah! lo que es eso... Pierda usted cuidado.

Retirose don Manuel a su casa, y aquella noche fue acometido de una

lúgubre congoja, cuyo fundamento el buen clérigo no podía explicarse.

«Esta tristeza hondísima y que parece que me abate todo el ser --se

decía, sin poder conciliar el sueño--, no proviene de causa puramente

moral. Aquí hay algún trastorno grave de la máquina. O el hígado se me

deshace, o la cabeza se me quiere insubordinar, o el corazón se fatiga,

y me presenta la dimisión.»

V

Hízose todo como Catalina de Artal deseaba, sin que la gestión del buen

Flórez tropezase con ninguna dificultad ni obstáculo de importancia.

Notaban en él cuantos en aquella ocasión le vieron, lo mismo en las

oficinas eclesiásticas, que en las casas nobles que ordinariamente

visitaba, una gran decadencia física, la cual parecía más grave por

la pérdida de la jovialidad. Además, claramente se advertía cierta

inseguridad en las ideas, y dispersión de las mismas en el momento de

querer expresarlas, vamos, como si se le fuera el santo al cielo, según

el dicho vulgar. No era ya el mismo hombre; en pocos días su cuerpo

perdió la derechura que le hacía tan gallardo, su cara se había vuelto

terrosa, sus manos temblaban, y cuando quería sonreírse, su habitual

expresión afable le resultaba fúnebre.

--O don Manuel está muy malo --decían sus amigos--, o algún hondo pesar

silenciosamente le mina.

Una mañana, el Marqués de Feramor le mandó llamar cuando descendía del

aposento de la Condesa, y encerrándose con él en su despacho, puso la

cara de las grandes solemnidades para decirle:

--¡Parece mentira que nuestro querido Flórez, desmintiendo su grave

carácter, se haya prestado a favorecer las increíbles extravagancias

de mi hermana! Primero, la tontería de meterse a redentores de José

Antonio, poniéndose en ridículo, y dando lugar al desbordamiento de las

hablillas y chirigotas. No era esto bastante, y entre mi hermana y su

limosnero inventan este sainetón grotesco de llevarse a Pedralba toda

la cuadrilla nazarista... porque supongo irán también las discípulas,

para mayor edificación... Ya ha principiado el coro de burlas, que a mí

no me afectan, no señor, porque todo el mundo sabe que permito a mi

hermana lanzarse por su cuenta y riesgo a estas aventuras locas, para

que encuentre en la ruina y en el ludibrio de las gentes el castigo de

su soberbia.

La actitud y el lenguaje del señor Marqués eran de pontifical, según el

rito inglés parlamentario y economista.

--Lo que más me duele --añadió--, es que nuestro buen amigo, en vez

de poner un freno a estas que califico benignamente llamándolas

extravagancias, les haya dado calor y apoyo con su autoridad...

Al oír esto, una onda de sangre subió del corazón al cerebro del

sacerdote, y la ira, que era en él, por índole y por costumbre,

sentimiento casi desconocido, se encendió en su corazón súbitamente.

Al querer expresarla, las palabras se le atropellaron en la boca, su

rostro enrojeció, sus ojos se avivaron. Con lengua torpe pudo decir tan

solo:

--¿Tú qué sabes?... ¡Eres un necio!

Y salió, como huyendo de sí mismo, arrastrando el manteo, la teja

echada hacia atrás, murmurando incoherentes frases por la escalera

abajo. Iba por la calle dando tumbos, sosteniéndose por un desmedido

esfuerzo de la voluntad, y al llegar a su casa, agotado bruscamente el

esfuerzo, cayó redondo en el portal. Entre el portero y dos vecinos

que bajaban, levantáronle del suelo, y como cuerpo muerto le condujeron

al cuarto segundo donde vivía. El ama y la sobrina, dos mujeres

simplicísimas, ambas entradas en años, que le querían entrañablemente,

rompieron en estrepitoso llanto al verle entrar en tan mísero estado, y

la sobrina exclamaba:

--¡Virgen de la Valvanera! Ya lo dije yo. Mi tío venía mal desde la

semana pasada.

Acostáronle, y como una media hora tardó en recobrar el conocimiento;

mas la palabra no. El buen señor quería decir algo, y su lengua inerte

no le obedecía. Acudió el médico, fuéronle aplicados los remedios

elementales, y ya muy entrada la noche, después de algunas horas de

reposo, pudo expresarse con mediana claridad:

--No seáis tontas --dijo al ama y la sobrina, que una a cada lado del

lecho le contemplaban atribuladas--, ni deis ahora en la manía de

asustaros... Esto no es más que un aire. Lo cogí al salir de casa de

Feramor. Ya me encuentro mejor, y con la ayuda de Dios Misericordioso

y de la Virgen Santísima, mañana podré echarme a la calle. Y en caso

de que determinen que ya estoy de más en este mundo inicuo, ¿qué hemos

de hacer más que conformarnos todos, yo con irme a donde mi Padre

Celestial me destine, según mis méritos o mis culpas, vosotras con que

me vaya y os deje en paz?

Dispuso el doctor que no se le diera conversación y se le dejara

descansar toda la noche, ordenando diversas medicaciones internas y

externas. A la mañana siguiente la mejoría era bien clara, y desde muy

temprano acudieron a la casa multitud de personas. Una de las primeras

fue Urrea; a poco llegaron Consuelo Feramor y la de Monterones, y otras

muchas señoras y caballeros de distintas categorías. Todos prodigaron

al enfermo consuelos cariñosos, deseando su salud como la propia.

Iban entrando en la alcoba por tandas, y reunidos después en la sala,

lamentaban el repentino accidente del simpático sacerdote.

Consuelo llevó aparte a José Antonio para decirle:

--Sospecho que tú y Catalina no tenéis poca responsabilidad en este

arrechucho de nuestro amigo. ¡Ah! su enfermedad arranca de la parte

moral... ¿Qué... te haces el tonto? ¿No comprendes tu parte de culpa

y la de mi cuñadita, esa loca que no andaría suelta si no llevara el

nombre que lleva? ¿Ahora caes en la cuenta de que habéis desprestigiado

a este santo varón, de que le habéis puesto en ridículo a los ojos del

clero, de todos sus amigos y relaciones?

Contestación enérgica pensó darle Urrea; pero prefirió callarse por no

alborotar en casa ajena. A poco, entró Catalina de Halma, vestidita

de negro, con humilde severísimo porte, y su hermana y cuñada la

saludaron con frialdad compasiva. Ella no les hacía ningún caso, ni

se cuidaba de que le manifestaran este o el otro sentimiento. Cuando

todos se retiraban, la Condesa expresó al ama y la sobrina su deseo de

ayudarlas día y noche en aquel penoso trajín de enfermeras. Conociendo

la sinceridad de la buena señora, la familia del sacerdote aceptó tan

noble ofrecimiento, felicitándose de que pronto sería innecesario,

porque don Manuel mejoraría, con la ayuda de Dios. Pasó a verle

Catalina, y él, regocijándose de su presencia, se excitó un poquito,

presentando síntomas vagos de trabazón de lengua y de vaguedad en la

ideación:

--Señora mía --la dijo--, muy malito tiene usted a su limosnero. Ha

sido un aire, nada más que un aire... He soñado con el Recogimiento

de Pedralba en que estaríamos tan bien... ¡oh, tan bien! Estos

aires... son aires muy malos... La vida social... este vértigo, este

bullicio, este mentir continuo... mal aire, señora... ¡Destrucción de

los cuerpos, perjuicios de las almas!... Dios quiere llevarme ya. Ha

visto que no sirvo... que he llegado a la vejez sin hacer en el mundo

nada grande, ni hermoso, ni saludable para las almas. Mi conciencia

habla y me dice: «no hay en ti y derredor de ti más que vanidad de

vanidades...» Usted es grande, señora Condesa, yo soy pequeño, tan

pequeño, que me miro y no me veo mayor que un grano de arena. Un aire

me trae, otro me lleva... ¡Ah, la soledad de Pedralba...! Pero no, no

soy digno... El señor Marqués me mira desde la altura de su necedad,

y me humilla todo lo que yo merezco. ¿Qué he sido yo? Un fantasmón...

No hay que desmentirme. ¿Qué hice por la salvación de las almas?

Nada... ¡Y usted, que es santa, se digna venir a consolarme en mi

tribulación...! ¡Cuánta bondad, cuánta grandeza! Porque nadie mejor

que usted conoce mi insignificancia... Dios me dice: «no eres nada...

eres el vulgo cristiano, lo que es y no es... Vas bien vestido, y

calzas bonito zapato con hebillas de plata... ¿Y qué? Eres atento

en el hablar, obsequioso con todo el mundo; respetuoso de mí; pero

sin amor. El fuego del amor divino es en ti un fuego pintado, con

llamaradas de almazarrón como las de los cuadros de Ánimas. Llevas y

traes limosnas como la Administración de Correos lleva y trae cartas...

pero tu corazón... ¡ah! Yo que lo veo todo, lo he visto, lo he sentido

palpitar, más que por la miseria humana, por la elegancia de tus

hebillas de plata...» Luego viene un aire... ¡Hermosa debe de ser la

muerte para los que mueren en el Señor. Yo también quiero morir en Él,

yo quiero, yo quiero!...

Vivamente alarmada, la Condesa se retiró de la alcoba, pensando que

la mejoría del bendito don Manuel había sido engañosa. Y firme en

su propósito de desempeñar en la casa los menesteres más humildes,

mientras estuviese enfermo su amigo del alma, concertó con el ama y

sobrina las faenas a que debía consagrarse, resolviendo entre las tres

que, pues la presencia de la señora excitaba al enfermo, sin duda

por el cariño que este le profesaba, no era conveniente que entrase

en la alcoba sino en los casos de absoluta precisión. Desembarazada

de su mantilla, tan pronto trabajaba en la cocina, como se personaba

en la sala, para recibir visitas de seglares y clérigos. Comió con

las mujeres de la casa, y no quiso que le preparasen cama, pues con

descabezar un sueño sentadita en una silla le bastaba. La enfermedad

de su amado esposo había sido para ella educación cumplida en aquellos

trabajos y desazones, y el no dormir, el no comer, la vigilancia

constante no la afectaban lo más mínimo.

Muy bien pasó la tarde don Manuel, y a la noche llamó a sus domésticas

para que le acompañasen y diesen parola, pues la costumbre, segunda

naturaleza, le pedía trato social, conversación, amenidad. Catalina

se escondió tras de la puerta para oírle, temerosa de que volviese

a desvariar. Dijéronle Constantina y Asunción, que así se nombraban

el ama y sobrina, que ya podía darse por restablecido de aquel

arrechucho, y que le bastaría media semanita de descanso para poder

entregarse nuevamente a sus habituales quehaceres. A lo que respondió

el clérigo con serenidad:

--Puede que tengáis razón; pero por sí o por no, yo me pongo en lo

peor, y si me apuráis mucho, digo que en lo mejor, o sea la muerte, fin

de esta vida miserable y principio de la eterna.

Como ellas dijeran que siendo él un santo, nada podía temer, ahuecó la

voz para contestarles:

--Ni yo soy santo, ni ustedes saben lo que se pescan, pobres

rutinarias, pobres almas sencillas y vulgares. Estoy a vuestro nivel...

no, digo mal, a un nivel más bajo. Porque vosotras habéis padecido:

tú, Constantina, con la mala vida que te dio tu marido; tú, Asunción,

con tus enfermedades y achaques dolorosos. Vosotras habéis tenido

ocasión de perdonar agravios, yo no. Vosotras habéis sufrido escaseces

cuando no estabais a mi lado; yo he vivido siempre en mi dulce y cómoda

modestia, sin carecer de nada, bien quisto de todo el mundo, niño

mimoso y predilecto de la sociedad. Vosotras habéis luchado, yo no,

porque todo me lo encontré hecho. No me llaméis santo, porque hacéis

befa de la santidad aplicándola a quien tan poco vale.

Echáronse a llorar las dos mujeres, y le invitaron a variar de

conversación, pues aquella no era la más propia de un enfermo de la

cabeza.

--No, no --dijo Flórez, encalabrinándose--. De esto precisamente quiero

hablar yo. Soy una pobre medianía; pero abdicando en este trance mis

ridículas pretensiones, y pisoteando delante de vosotras, y delante

del mundo entero, mi orgullo, me entrego a la misericordia de mi Padre

Celestial, para que haga de mi insignificancia lo que quiera. Mi alma

no se ennegrece con pecados infames, ni se abrillanta con heroicas

virtudes. Soy lo que el lenguaje corriente llama un buen hombre. Soy...

simpático... ¡ja, ja!, simpático. En el mundo no quedará rastro de mí,

y lo mismo que es hoy la sociedad, habría sido si Manuel Flórez y del

Campo no hubiera existido en ella. ¿Cómo llamáis santo a un hombre

que se enfada, aunque no mucho, cuando alguien le molesta? ¿A ti,

Constantina, no te he reñido alguna vez porque la sopa estaba fría, o

el chocolate muy caliente, o el arroz pegado, o el café poco fuerte? Ya

ves: ¡qué santidad es esa, ni qué...! Y tú, Asunción, ¡buenas broncas

te has llevado..., porque las hebillas de mis zapatos no estaban bien

relucientes! Ya ves: ¡como si el que relucieran o no las hebillas

importara algo!... Si os apuráis mucho por lo que os estoy diciendo,

os confesaré que en mi esfera, una esfera que parece amplísima y es

muy reducida, he hecho todo el bien que he podido, y que mal, lo que

es mal, no lo hice nunca a nadie, a sabiendas. Pero de eso a que yo

sea nada menos que santo, como vosotras creéis, pobres tontas, hay

mucho camino que andar... Los santos son otros, el santo es otro... Y

de eso que dice el vulgo de que ahora no hay santos, me río yo... Los

hay, los hay, creedlo porque os lo afirmo yo... Pero no me tengáis a

mí por tal, grandísimas babiecas, y si no, contestadme: ¿qué méritos

extraordinarios veis en mí?... ¿qué infortunios y trabajos han templado

mi alma, qué injurias he tenido que sufrir y perdonar, qué grandes

campañas por el bien humano y por la fe católica han sido las mías?

¿Acaso fui perseguido por la justicia, y tratado como los malhechores?

¿Por ventura me han ultrajado, me han escarnecido, me han llenado de

vilipendio? ¿Es tribulación andar de casa en casa, festejado y en

palmitas, aquí de servilleta prendida, allá charlando de mil vanidades

eclesiásticas y mundanas, metiéndome y sacándome con achaque de

limosnitas, socorros y colectas, que son a la verdadera caridad lo que

las comedias a la vida real? ¡Ah! si lloráis por verme rebajado de esa

categoría en que vuestra inocencia quiso ponerme, llorad, sí, llorad

conmigo, lloremos juntos, para que el Señor tenga piedad de vosotras y

de mí, y nos iguale a los tres en su santa gracia.

No dijo más, porque el ama y sobrina, limpiándose el moco, y

sobreponiéndose a su acerba pena, le exhortaron para que callase y

no pensara cosas que al Divino Jesús y a la Virgen habían de serle

desagradables. Buena era la humildad; pero no tanto, Señor.

Halma · 第 24 / 43 题