En mal hora se metió don Manuel Flórez en conferencias de exploración
espiritual con el apóstol andante, porque siempre salía de la celda
medio trastornado, ya creyendo ver en Nazarín la mayor perfección a
que puede llegar alma de cristiano, ya viéndole y juzgándole como un
ser dislocado, completamente fuera del ambiente social en que vivía.
«No puede ser, Señor, no puede ser --se decía el buen viejo, dándose
palmadas en el cráneo, ya retirado en su vivienda, y descansando
de los trajines del día--. Cada tiempo trae su forma y estilos de
santidad. No nos disloquemos, Señor, no nos desviemos de nuestra
agrupación planetaria, si no queremos ser bólido errante, perdido por
los espacios. Lo que yo digo: la locura no es más que eso, o mejor
dicho, es precisamente eso, el escape por la tangente... y este hombre,
con toda su virtud, que hay que reconocer, ha tomado mucha fuerza, y
se escapa, se dispara fuera de la órbita... ¡Qué lástima, Señor, qué
lástima! Porque... lo digo con verdad... difícilmente se encontraría
un espíritu de mayor rectitud, de mayor pureza... Pero ha tomado la
doctrina en su sentido más riguroso, por lo más estrecho, por donde
duele, y... no sé, no sé... Él cree que el equivocado soy yo, y yo que
el equivocado es él. Él dice que procede conforme a razón, y con plena
conciencia de ajustarse a la ley de Cristo, y yo digo... No, Señor,
yo no digo nada, no sé, he perdido los papeles; este hombre me ha
trastornado, ha llenado mi cabeza de confusión. No, no vuelvo a verle
más. La sinrazón es contagiosa... Un loco hace mil. No más, no más.»
Y a pesar de esto, volvía, pues siempre le quedaba algún puntillo
que dilucidar, o seno escondido que reconocer en el pensamiento
del peregrino. Volvía, y a nueva conferencia, nueva turbación y
desconcierto del buen clérigo social. Se creerá que es exageración
lo que se cuenta, pero es la verdad pura. Don Manuel llegó a perder
el apetito, cosa de extraordinaria novedad en él, dormía mal, y se
desmejoró su rostro. Creyeron sus amigos que había dado el bajón
repentino de la aproximación a los setenta, y no faltó quien atribuyese
a una causa moral la pérdida de aquel excelso aplomo que era su
característica. Quizás su bondad se resintió de haber encontrado una
bondad superior, o que tal le pareciera, y como vivía en la rutina de
no tratar más que inferiores, en el terreno de conciencia, el repentino
encuentro de un ser, ante el cual alguna de las energías de su alma
tenía que hacer reverencia, le puso quizás de mal talante, aunque sin
llegar, ni por asomo, a las tristezas de la envidia, pues era incapaz
de este odioso sentimiento. ¿Consistiría tal vez en que el trato
social, las consideraciones y aun lisonjas de que era objeto, habían
llegado a formar en su alma la concreción de amor propio (de la cual
los caracteres más dueños de sí no pueden librarse), y el conocimiento
y trato de Nazarín rebajaron un poquito el concepto de su propio valer
moral? Con independencia de la humillación y desprecio de sí mismo que
impone la idea cristiana, todo ser conserva un poder de apreciación
o evaluación psíquica, por el cual, sin darse cuenta de ello, a sí
propio se estima y tasa. Sin duda Flórez empezó a conocer que se había
tasado en algo más de lo que realmente valía. Como era recto y noble,
acababa por conformarse diciéndose: «Bueno, Señor, bueno. Yo creí ser
de lo mejorcito, y ahora resulta que hay quien me da quince y raya.
Pues reconozca yo mi insignificancia, o mi inferioridad manifiesta, y
alabada sea la perfección donde quiera que se encuentre.»
El buen señor no podía pensar en otra cosa, y la fijeza de tal idea
iba socavando su salud. A veces se pasaba las noches en habilidosos
distingos y paralelos, anhelando engrandecer el concepto propio, sin
rebajar excesivamente el ajeno: «Él es bueno, yo también. No digamos
santos, porque la santidad en nuestros tiempos ¿dónde está? Yo soy
social, él individual; mi esfera es el mundo de los ricos, la suya el
de los pobres. En ambas esferas se sirve a Dios, ¡vaya! Él fortifica
su alma en la soledad, yo en el bullicio; yunque por yunque, no sé
decir cuál es el mejor. Cierto es que si miramos a la doctrina pura y
a su aplicación a nuestras acciones, él aparece con ventaja, yo con
desventaja; pero miremos a los resultados prácticos de una y otra forma
de ejercer el ministerio, y entonces, ¿cómo dudar que la supremacía
está de la parte acá? Y por último, Señor, él se va del seguro, él se
corre de lo posible a lo imposible, en él la virtud se permite hacer
sus escapatorias al campo de la extravagancia, y...»
Elevando los brazos, y mirando al techo de su alcoba, en la cual se
paseaba para entretener el insomnio, añadía: «Señor, Señor, llevar a la
práctica la doctrina en todo su rigor y pureza, no puede ser, no puede
ser. Para ello sería precisa la destrucción de todo lo existente. Pues
qué, Jesús mío, ¿tu Santa Iglesia no vive en la civilización? ¿Adónde
vamos a parar si...? No, no, no hay que pensarlo... Digo que no puede
ser... Señor, ¿verdad que no puede ser?»
Como pasaban días y días sin que Catalina le interrogase sobre el
examen o estudio psicológico del apóstol vagabundo, creyó del caso
don Manuel tomar la iniciativa en aquel asunto, que más valía dar su
opinión antes que la dama por sí misma y por otros caminos llegase a
formarla. Todo lo temía de su talento agudo, afinado por una voluntad
persistente.
--¿Y qué? --le preguntó Halma, demostrando menos curiosidad de la que
Flórez esperaba.
--Empiezo por declarar --dijo don Manuel con solemnidad sincera, la
mano puesta sobre su corazón--, que no conozco alma más bella que la
del desventurado sacerdote, a quien la ley ha perseguido por vagancia
y por haber dado amparo y protección a una mujer criminal. Si del
estado de su entendimiento tengo aún mis dudas, de su conciencia, de su
intención pura y rectamente cristiana, no puedo dudar. Quiero decir,
señora mía, que encuentro una disconformidad irreductible entre la
conciencia y el intellectus de ese singular hombre, y que si yo hallara
manera de conciliar una con otro, tendría que declarar a Nazarín el ser
más perfecto que ha podido formarse dentro del molde humano.
--Según eso, usted sigue viendo en él las dos naturalezas, el santo y
el loco, y ni sabe separarlas, ni fundirlas, porque locura y santidad
no pueden ser lo mismo.
--Exactamente.
--Bien podría deducirse de todo ello que, en nuestra imperfectísima
comprensión de las cosas del alma, no sabemos lo que es locura, no
sabemos lo que es santidad.
--¡No sé, no sé! --exclamó el limosnero extraordinariamente turbado,
llevándose las manos a la cabeza.
--Serénese, don Manuel. ¿Será que usted, en su larga vida, nunca se
ha visto delante de un problema semejante? Contésteme ahora: ¿el
buen Nazarín practica la doctrina de Cristo tal como los Evangelios
santísimos nos la enseñan?
--Sí señora.
--Y a pesar de esto, la conducta del buen hombre nos parece
desconcertada... porque nuestras ideas así nos lo imponen. Si
creyéramos otra cosa, debiéramos imitarle, renunciar a todo, abrazando
el estado de absoluta pobreza.
--Sí señora.
--Y eso no puede ser. Hay algo dentro de nosotros mismos, y en la
atmósfera que respiramos y en el mundo que nos rodea, que nos dice que
no puede ser.
--Sí... puede ser... pero no puede ser... Ser no ser... He aquí,
señora, la gran duda.
--Sigo preguntando. ¿Nazarín es humilde?
--Humildísimo. Asombra ver su tranquilidad ante los resultados
probables del proceso. Si le condenan a presidio, lo acepta gozoso,
lo mismo que si le hicieran subir al cadalso. Si le encierran en un
manicomio, en el manicomio entrará y vivirá sin protesta. No se queja
de la ley, ni de los jueces, ni de sus acusadores, ni de la opinión,
que con tan distintos criterios le juzga.
--Y en el caso de que saliera libre, ¿se sometería al superior
eclesiástico, sacrificando su independencia al rigor de la disciplina?
--También. Pues esto es lo admirable. Dice que si le absuelven
libremente, se someterá y que...
--¿Qué más?... Sigo yo contando, pues usted, mi señor don Manuel, no
tiene hoy la palabra tan expedita como de costumbre. Dice también
el buen Nazarín que cuando se encuentre libre, persistirá en el
cumplimiento del voto de pobreza que ha hecho al Señor.
--Cosa imposible, así tan en absoluto, pues la mendicidad, fuera de
las Órdenes que la practican por su instituto, es contraria al decoro
eclesiástico.
--Y dice más...
--¿Pero cómo sabe usted...?
--Dice también que el mayor anhelo de su alma es que le devuelvan las
licencias para poder celebrar... y que se irá a vivir al presidio
a donde sea destinado el _Sacrílego_, si se lo permiten las leyes
penitenciarias, o si no, en la misma población, con objeto de verle
diariamente. Está comprometido a conducir al cielo el alma de aquel
criminal, y la conducirá. Los mismos propósitos tiene respecto
a Ándara, y su mayor gozo sería que los encierros a que ambos
delincuentes fuesen destinados, radicaran en la misma ciudad. Si no,
compartiría su tiempo entre la vecindad de Ándara y la proximidad del
_Sacrílego_, llevándose consigo a Beatriz, sin temor alguno de ser
censurado y escarnecido por la compañía de una mujer.
--Tales son sus ideas, sí señora... Tan cierto es ello como que usted
tiene algo de zahorí --dijo don Manuel, sin disimular su asombro--.
¿Pero usted..., acaso, le ha visto, le ha oído...?
--No; pero veo a Beatriz, de quien soy amiga, y amiga del alma. No he
querido decírselo hasta que no viniera una coyuntura propicia.
--¡Ah!... Me parece bien... Beatriz, la discípula...
--Pues bien, señor don Manuel de mi alma, esas ideas y propósitos del
don Nazario bastardean un poco aquella pureza del alma de que me
hablaba hace un rato. La extrema humildad, ¿no se da la mano con el
orgullo?
--Tal vez, tal vez.
--Por lo cual yo, más decidida que usted, sin duda porque soy más
ignorante, veo bien patente la locura de ese santo varón... ¿Es un loco
santo, o un santo loco?...
--Locura... santidad... --murmuraba Flórez mirando al suelo, la cabeza
sostenida por ambas manos, los codos apoyados en las rodillas, con
todas las señales en rostro y acento de una hondísima turbación.