También lloraba la sin par Catalina oyendo los gritos de la conciencia
de su buen amigo, y las tres convinieron luego en que mientras más
se humillara el bonísimo don Manuel al prosternarse ante el Dios
de Justicia, más le ensalzaría este, dándole el premio que por sus
virtudes merecía. A las once de la noche, ya levantados los manteles de
la frugal cena, hallándose la Condesa en el comedor, embebecida en la
lectura de sus devociones ante una lámpara con pantalla de figurines,
entró José Antonio. No pudiendo pasarse un día entero sin verla y
hablar con ella (tal era su adhesión ardiente, que más parecía de perro
que de persona), agarrábase a la obligación de informarse del estado
del enfermo para entrar en la casa y aproximarle a su bienhechora.
--Nuestro don Manuel está mal --le dijo Halma, cerrando su libro y
marcando la página con un dedo--. Tenemos que pedir a Dios con toda
nuestra alma que nos conserve esa vida tan preciosa, tan necesaria. Hay
que rezar, rezar sin tregua, Pepe, y tú también... Pero sin duda no
sabes; lo has olvidado... Si yo quisiera enseñarte, ¿aprenderías tú?
--Tú conseguirás de mí cuanto quieras, y nada tengo por imposible si tú
me lo mandas --replicó el joven con alegría--. Soy hechura tuya, soy un
hombre nuevo, que has formado entre tus dedos, y luego me has dado vida
y alma nuevas...
--Entre paréntesis, dime una cosa: ¿nos critican mucho por ahí?
--Horriblemente. Pero tu grande alma me ha enseñado lo que me parecía,
más que difícil, imposible, despreciar esas infamias, y no castigarlas
inmediatamente.
--Dios es nuestro juez, y nos acusa o nos absuelve, por medio de
nuestra conciencia. Vete fijando en lo que te digo, y asegúralo en tu
pensamiento. Eres un niño, y como a tal te instruyo.
--Y yo lo aprendo todo. No tendrás queja de mí. Pero yo quisiera, mi
buena Halma, que me mandaras cosas difíciles, muy difíciles, para que
probaras mi obediencia ciega.
--Por ejemplo, que te arrojes a un horno encendido, o que te tires por
la ventana.
--No es eso, aunque también eso haría si me lo mandaras. Cosas
difíciles digo, de las que ponen a prueba la voluntad de un hombre.
Mientras tú no me mandes eso, y yo te obedezca, no me creo digno de
lo que estás haciendo por mí. Tú eres extraordinaria, increíble,
inverosímil. Mi amor propio se pica, y también quiero salirme un
poquitín de lo común.
--Descuida, que todo se andará. Como inverosímil, tú, que desde que
empezamos a curar tu alma con una medicina de que todo el mundo se
burlaba, te has desmentido a ti mismo. Hasta ahora parece que voy
triunfando, y que mi extravagancia llevaba y lleva en sí algo de
eficacia divina. Pero aún falta mucho, José Antonio, y si te cansas en
lo peor del camino, me dejarás mal.
--No me cansaré. Voy contigo al fin del mundo, ya me lleves tirando
de mí por un fino hilo de seda, ya por un dogal muy fuerte. Tira sin
miedo, que no haré nada por soltarme.
--Te advierto que aunque te sueltes, aunque al tirar de la cuerda me
hieras y lastimes, no me arrepentiré de lo hecho.
--Porque tú eres... no diré una santa, ni un ángel, expresiones vagas
que han desacreditado los poetas y los predicadores..., sino una mujer
superior a cuantas andan por el mundo, la mejor, la única, el femenino
en grado sublime.
--Eh... basta. Ahí tienes otra maña que he de quitarte, la lisonja.
A los motivos de gratitud que subyugaban al parásito corregido
haciéndole esclavo sumiso de la Condesa de Halma, habíase añadido
últimamente uno, que era sin duda el más fuerte eslabón de su cadena.
A la penetración de la reformadora no podían ocultarse las recónditas
miserias y envilecimientos de la vida de Urrea, úlceras morales que
por su calidad indecorosa no podían ser mostradas. Pero la sagaz
doctora las conocía, por inducción, y creyendo, en conciencia, que para
la completa cura había que atacar aquel secreto desorden, antes que
corrompiera la parte del ser que iba paulatinamente sanando, incitó
al enfermo, en buena ley de moral médica, a la confesión o sinceridad
más radicales. Él se resistía, creyendo que cuanto a tal asunto se
refiriese no podía ni siquiera mentarse en presencia de la santa y pura
señora, como no es lícito decir en la iglesia palabras indecentes, ni
fumar, ni cubrirse. Pero ella, valerosa y serena, como Santa Isabel
de Turingia poniendo sus manos en la cabeza de los tiñosos, le abrió
camino para la explicación que deseaba, rompiendo el secreto en esta
forma:
--No es menester ser zahorí, querido Pepe, para saber que en tu vida
de pobreza vergonzante, angustiada y vil, ha de haber, además de los
sapos que ya hemos sacado del fango, culebras que necesitamos extraer
para sanarte por entero. Es inútil que me lo niegues. ¡Ah, tonto, como
se ven los gusanos que se alimentan de la putrefacción, veo en derredor
tuyo enjambre de mujeres, a quienes solo llamaré desgraciadas, porque
no hay mayor desdicha que perder el pudor!
--Es cierto. ¿Cómo negarte nada, si tú lo sabes todo?
--Tienes que limpiarte de esa podredumbre, Pepe, pues de lo contrario,
estás expuesto a corromperte de nuevo el mejor día.
--Sí, sí.
--Pero pronto, pronto. Adivino que esto no es fácil, y que para romper
con todo ese pasado vergonzoso hay obstáculos materiales. Confiésamelo,
dímelo todo, ten conmigo la franqueza que tendrías con un camarada de
tu sexo. La vida humana ofrece tantas anomalías, que aun para librarse
de la ruina se necesita tener dinero, y que del mismo vicio no puede
huirse sin mostrarse con él caballeresco y dadivoso.
--Es verdad. Eres la ciencia humana y divina --replicó Urrea con viva
emoción.
--Más claro: para cortar tus lazos viles con esa infeliz gente,
necesitas dinero. Al hacer la cuenta de tus ahogos y de los compromisos
que amargaban tu vida, has ocultado esta por delicadeza, por respeto
hacia mí. ¿No es verdad?
--Sí.
--Quizás te encuentras obligado y sujeto por favores recibidos.
--Sí.
--Quizás has contraído deudas... en común. No te apures. Hablaremos de
esto lo menos posible, para ahorrarte la vergüenza que el caso entraña.
Prométeme cortar en absoluto y para siempre, con propósito de no
reincidir, esas relaciones infames, y yo te doy el dinero que necesites
para tu completa liberación. Así, así, las cosas se dicen clarito, y se
hacen con valor.
--¡Oh, Halma! --exclamó anonadado el calavera, arrodillándose ante su
prima, e intentando besarle las manos--. Si no te digo que te tengo por
criatura sobrenatural, no expreso todo lo que siento.
--Levántate. Hoy mismo te ocuparás de eso. Dímelo todo: no ocultes
nada. Mañana liquidas tus deudas de ignominia. Si sintieras duda, o
escrúpulo, porque hubiese algún lazo dificilillo de cortar, aun con
tijeras de oro, vienes y me lo cuentas, y yo te daré ánimos, razones...
y veremos de arreglarlo.
Alentado por tan poderoso estímulo, Urrea cortó relaciones indecorosas,
algunas que le estorbaban horrorosamente, llenando su alma de hastío;
otras que, si afectaban algo a su corazón, no tenían raíces tan hondas
que no pudieran arrancarse con mediano esfuerzo. ¡Y qué libre, qué
ancho, qué desahogado se sintió después! ¡Con qué placer veía las caras
bonitas y risueñas perderse en la bruma que precede a las tinieblas del
olvido! Uno solo de los tirones que tuvo que dar le produjo dolor. Pero
acordándose de su prima, lo sufrió valeroso, y aun lo hubiera resistido
con heroísmo si fuera de los hondos y lacerantes. Pero ello se redujo
a un poquitín de pena o desconsuelo, y dos días bastaron para que la
mundana figura que motivaba aquel estado psíquico, se desvaneciera
también con las otras en una neblina de indiferencia. Al terminar
esto, la Condesa de Halma tomó ante su aplacado espíritu proporciones
enteramente divinas. Lo que sintió Urrea no podía compararse sino al
júbilo inenarrable del náufrago que pisa tierra después de angustiosa
lucha con las olas. Le salvaba aquella luz, faro, o estrella del mar, y
ante ella hacía la ofrenda de su vida futura.
No satisfecho con informarse por la noche del estado de don Manuel
Flórez, José Antonio iba también por las mañanas. Comúnmente entre
nueve y diez, Catalina había vuelto de misa, y estaba barriendo y
limpiando la sala y gabinete, mientras el ama y sobrina atendían al
enfermo. Cubría la Condesa su talle con un mandil de Constantina, y
manejaba la escoba con rara habilidad. ¡Quién había de decirlo, viendo
aquellas manos aristocráticas, finas, blancas como azucenas, de forma
bonitísima, largos, gordezuelos y puntiagudos los dedos, verdaderas
manos de Santa Isabel de Murillo, que ni en las cabezas plagadas de
miseria perdían su virginal pureza y pulcritud! Urrea no se atrevió a
pedirle permiso para besarle las manos, por no profanarlas con su labio
pecador. No merecía tan grande honra. Verdaderamente aquellos dedos que
cogían la escoba eran dignos de tomar la hostia consagrada.
--¿Y don Manuel, cómo sigue?
--Mal. La noche ha sido intranquila. No ha podido dormir, sufría mucho
de la cabeza. No ha desvariado, antes bien, habla como un santo que es.
Hoy se le administra el Santo Sacramento. Prepárase a recibirlo con
unción y alegría. ¿Sabes en qué conozco que nuestro buen don Manuel se
nos muere? En que su alma es toda candor. Piensa y habla como un niño.
Tanta simplicidad demuestra que su alma se ha despojado de todo lo
terreno. ¡Qué hermosura morir así! Aprende, primo mío, aprende, y para
que mueras como un justo, vive en la justicia y la verdad.
--Yo vivo donde tú me mandes --dijo el parásito apartándose para no
estorbarle en su barrido--. Donde me pongas allí me estaré. Y ahora,
déjame que te pregunte una cosa. Dicen en tu casa que te vas a vivir a
Pedralba.
--Eso había determinado; pero la falta de este incomparable amigo
perturba mis planes, y aún no sé lo que haré.
--¡Y yo me quedo aquí! --observó Urrea con pena--. Yo aquí solo. Verdad
que no estamos lejos, y puedo ir a verte con frecuencia. Pero no sé si
tú lo consentirás. Debo seguir en Madrid para evitarte disgustos, para
que no se ceben en ti la envidia y la malignidad.
--Esa razón no es razón. Ya sabes que no me afectan los dichos de la
gente frívola y vana. La calumnia misma, que a otros aterra, puede
venir a mí y acometerme y destrozarme. De sus ataques saldré más
fuerte de lo que soy. Es la forma civilizada del martirio, ahora que
no tenemos Dioclecianos que persigan el Cristianismo, ni sectarios
furibundos que corten cabezas de creyentes... Pero si la calumnia
no es motivo para que aquí te quedes --añadió, dejando la escoba, y
poniendo los muebles en su sitio, después de restregarles la madera con
un paño, tarea en que gustosamente le ayudó su protegido--, en Madrid
continuarás solito, por razón de tus trabajos. No olvides la segunda
parte de nuestro convenio. Has de hacerte un hombre útil que viva
honradamente, sin depender de nadie.
--Sí, sí. Yo realizaré tu hermosa idea. Eres como una madre para mí, y
debo venerarte, porgue me das el ser.
--Y debo creer que este hijo mío es ya crecidito, con fuerza suficiente
para no necesitar andadores, y juicio para gobernarse por sí solo.
--Así será, si tú lo quieres. ¿Y ahora qué me mandas? ¿Me retiro?
--Sí, tenemos mucho que hacer. Luego hemos de preparar la casa y
adornarla para recibir al Divino Visitante, que hoy tendremos aquí.
Márchate y vuelve esta tarde a la hora del Viático. No quiero que
faltes.
--No faltaré --dijo Urrea, y besando la orla del delantal grosero que
ceñía el cuerpo de la noble dama, se retiró triste... ¡Partir Halma,
quedarse él! ¡Enorme consumo de voluntad exigiría esta separación del
hijo y la madre, del discípulo aún muy tierno y la santa y fuerte
maestra!