VI

También lloraba la sin par Catalina oyendo los gritos de la conciencia

de su buen amigo, y las tres convinieron luego en que mientras más

se humillara el bonísimo don Manuel al prosternarse ante el Dios

de Justicia, más le ensalzaría este, dándole el premio que por sus

virtudes merecía. A las once de la noche, ya levantados los manteles de

la frugal cena, hallándose la Condesa en el comedor, embebecida en la

lectura de sus devociones ante una lámpara con pantalla de figurines,

entró José Antonio. No pudiendo pasarse un día entero sin verla y

hablar con ella (tal era su adhesión ardiente, que más parecía de perro

que de persona), agarrábase a la obligación de informarse del estado

del enfermo para entrar en la casa y aproximarle a su bienhechora.

--Nuestro don Manuel está mal --le dijo Halma, cerrando su libro y

marcando la página con un dedo--. Tenemos que pedir a Dios con toda

nuestra alma que nos conserve esa vida tan preciosa, tan necesaria. Hay

que rezar, rezar sin tregua, Pepe, y tú también... Pero sin duda no

sabes; lo has olvidado... Si yo quisiera enseñarte, ¿aprenderías tú?

--Tú conseguirás de mí cuanto quieras, y nada tengo por imposible si tú

me lo mandas --replicó el joven con alegría--. Soy hechura tuya, soy un

hombre nuevo, que has formado entre tus dedos, y luego me has dado vida

y alma nuevas...

--Entre paréntesis, dime una cosa: ¿nos critican mucho por ahí?

--Horriblemente. Pero tu grande alma me ha enseñado lo que me parecía,

más que difícil, imposible, despreciar esas infamias, y no castigarlas

inmediatamente.

--Dios es nuestro juez, y nos acusa o nos absuelve, por medio de

nuestra conciencia. Vete fijando en lo que te digo, y asegúralo en tu

pensamiento. Eres un niño, y como a tal te instruyo.

--Y yo lo aprendo todo. No tendrás queja de mí. Pero yo quisiera, mi

buena Halma, que me mandaras cosas difíciles, muy difíciles, para que

probaras mi obediencia ciega.

--Por ejemplo, que te arrojes a un horno encendido, o que te tires por

la ventana.

--No es eso, aunque también eso haría si me lo mandaras. Cosas

difíciles digo, de las que ponen a prueba la voluntad de un hombre.

Mientras tú no me mandes eso, y yo te obedezca, no me creo digno de

lo que estás haciendo por mí. Tú eres extraordinaria, increíble,

inverosímil. Mi amor propio se pica, y también quiero salirme un

poquitín de lo común.

--Descuida, que todo se andará. Como inverosímil, tú, que desde que

empezamos a curar tu alma con una medicina de que todo el mundo se

burlaba, te has desmentido a ti mismo. Hasta ahora parece que voy

triunfando, y que mi extravagancia llevaba y lleva en sí algo de

eficacia divina. Pero aún falta mucho, José Antonio, y si te cansas en

lo peor del camino, me dejarás mal.

--No me cansaré. Voy contigo al fin del mundo, ya me lleves tirando

de mí por un fino hilo de seda, ya por un dogal muy fuerte. Tira sin

miedo, que no haré nada por soltarme.

--Te advierto que aunque te sueltes, aunque al tirar de la cuerda me

hieras y lastimes, no me arrepentiré de lo hecho.

--Porque tú eres... no diré una santa, ni un ángel, expresiones vagas

que han desacreditado los poetas y los predicadores..., sino una mujer

superior a cuantas andan por el mundo, la mejor, la única, el femenino

en grado sublime.

--Eh... basta. Ahí tienes otra maña que he de quitarte, la lisonja.

A los motivos de gratitud que subyugaban al parásito corregido

haciéndole esclavo sumiso de la Condesa de Halma, habíase añadido

últimamente uno, que era sin duda el más fuerte eslabón de su cadena.

A la penetración de la reformadora no podían ocultarse las recónditas

miserias y envilecimientos de la vida de Urrea, úlceras morales que

por su calidad indecorosa no podían ser mostradas. Pero la sagaz

doctora las conocía, por inducción, y creyendo, en conciencia, que para

la completa cura había que atacar aquel secreto desorden, antes que

corrompiera la parte del ser que iba paulatinamente sanando, incitó

al enfermo, en buena ley de moral médica, a la confesión o sinceridad

más radicales. Él se resistía, creyendo que cuanto a tal asunto se

refiriese no podía ni siquiera mentarse en presencia de la santa y pura

señora, como no es lícito decir en la iglesia palabras indecentes, ni

fumar, ni cubrirse. Pero ella, valerosa y serena, como Santa Isabel

de Turingia poniendo sus manos en la cabeza de los tiñosos, le abrió

camino para la explicación que deseaba, rompiendo el secreto en esta

forma:

--No es menester ser zahorí, querido Pepe, para saber que en tu vida

de pobreza vergonzante, angustiada y vil, ha de haber, además de los

sapos que ya hemos sacado del fango, culebras que necesitamos extraer

para sanarte por entero. Es inútil que me lo niegues. ¡Ah, tonto, como

se ven los gusanos que se alimentan de la putrefacción, veo en derredor

tuyo enjambre de mujeres, a quienes solo llamaré desgraciadas, porque

no hay mayor desdicha que perder el pudor!

--Es cierto. ¿Cómo negarte nada, si tú lo sabes todo?

--Tienes que limpiarte de esa podredumbre, Pepe, pues de lo contrario,

estás expuesto a corromperte de nuevo el mejor día.

--Sí, sí.

--Pero pronto, pronto. Adivino que esto no es fácil, y que para romper

con todo ese pasado vergonzoso hay obstáculos materiales. Confiésamelo,

dímelo todo, ten conmigo la franqueza que tendrías con un camarada de

tu sexo. La vida humana ofrece tantas anomalías, que aun para librarse

de la ruina se necesita tener dinero, y que del mismo vicio no puede

huirse sin mostrarse con él caballeresco y dadivoso.

--Es verdad. Eres la ciencia humana y divina --replicó Urrea con viva

emoción.

--Más claro: para cortar tus lazos viles con esa infeliz gente,

necesitas dinero. Al hacer la cuenta de tus ahogos y de los compromisos

que amargaban tu vida, has ocultado esta por delicadeza, por respeto

hacia mí. ¿No es verdad?

--Sí.

--Quizás te encuentras obligado y sujeto por favores recibidos.

--Sí.

--Quizás has contraído deudas... en común. No te apures. Hablaremos de

esto lo menos posible, para ahorrarte la vergüenza que el caso entraña.

Prométeme cortar en absoluto y para siempre, con propósito de no

reincidir, esas relaciones infames, y yo te doy el dinero que necesites

para tu completa liberación. Así, así, las cosas se dicen clarito, y se

hacen con valor.

--¡Oh, Halma! --exclamó anonadado el calavera, arrodillándose ante su

prima, e intentando besarle las manos--. Si no te digo que te tengo por

criatura sobrenatural, no expreso todo lo que siento.

--Levántate. Hoy mismo te ocuparás de eso. Dímelo todo: no ocultes

nada. Mañana liquidas tus deudas de ignominia. Si sintieras duda, o

escrúpulo, porque hubiese algún lazo dificilillo de cortar, aun con

tijeras de oro, vienes y me lo cuentas, y yo te daré ánimos, razones...

y veremos de arreglarlo.

Alentado por tan poderoso estímulo, Urrea cortó relaciones indecorosas,

algunas que le estorbaban horrorosamente, llenando su alma de hastío;

otras que, si afectaban algo a su corazón, no tenían raíces tan hondas

que no pudieran arrancarse con mediano esfuerzo. ¡Y qué libre, qué

ancho, qué desahogado se sintió después! ¡Con qué placer veía las caras

bonitas y risueñas perderse en la bruma que precede a las tinieblas del

olvido! Uno solo de los tirones que tuvo que dar le produjo dolor. Pero

acordándose de su prima, lo sufrió valeroso, y aun lo hubiera resistido

con heroísmo si fuera de los hondos y lacerantes. Pero ello se redujo

a un poquitín de pena o desconsuelo, y dos días bastaron para que la

mundana figura que motivaba aquel estado psíquico, se desvaneciera

también con las otras en una neblina de indiferencia. Al terminar

esto, la Condesa de Halma tomó ante su aplacado espíritu proporciones

enteramente divinas. Lo que sintió Urrea no podía compararse sino al

júbilo inenarrable del náufrago que pisa tierra después de angustiosa

lucha con las olas. Le salvaba aquella luz, faro, o estrella del mar, y

ante ella hacía la ofrenda de su vida futura.

No satisfecho con informarse por la noche del estado de don Manuel

Flórez, José Antonio iba también por las mañanas. Comúnmente entre

nueve y diez, Catalina había vuelto de misa, y estaba barriendo y

limpiando la sala y gabinete, mientras el ama y sobrina atendían al

enfermo. Cubría la Condesa su talle con un mandil de Constantina, y

manejaba la escoba con rara habilidad. ¡Quién había de decirlo, viendo

aquellas manos aristocráticas, finas, blancas como azucenas, de forma

bonitísima, largos, gordezuelos y puntiagudos los dedos, verdaderas

manos de Santa Isabel de Murillo, que ni en las cabezas plagadas de

miseria perdían su virginal pureza y pulcritud! Urrea no se atrevió a

pedirle permiso para besarle las manos, por no profanarlas con su labio

pecador. No merecía tan grande honra. Verdaderamente aquellos dedos que

cogían la escoba eran dignos de tomar la hostia consagrada.

--¿Y don Manuel, cómo sigue?

--Mal. La noche ha sido intranquila. No ha podido dormir, sufría mucho

de la cabeza. No ha desvariado, antes bien, habla como un santo que es.

Hoy se le administra el Santo Sacramento. Prepárase a recibirlo con

unción y alegría. ¿Sabes en qué conozco que nuestro buen don Manuel se

nos muere? En que su alma es toda candor. Piensa y habla como un niño.

Tanta simplicidad demuestra que su alma se ha despojado de todo lo

terreno. ¡Qué hermosura morir así! Aprende, primo mío, aprende, y para

que mueras como un justo, vive en la justicia y la verdad.

--Yo vivo donde tú me mandes --dijo el parásito apartándose para no

estorbarle en su barrido--. Donde me pongas allí me estaré. Y ahora,

déjame que te pregunte una cosa. Dicen en tu casa que te vas a vivir a

Pedralba.

--Eso había determinado; pero la falta de este incomparable amigo

perturba mis planes, y aún no sé lo que haré.

--¡Y yo me quedo aquí! --observó Urrea con pena--. Yo aquí solo. Verdad

que no estamos lejos, y puedo ir a verte con frecuencia. Pero no sé si

tú lo consentirás. Debo seguir en Madrid para evitarte disgustos, para

que no se ceben en ti la envidia y la malignidad.

--Esa razón no es razón. Ya sabes que no me afectan los dichos de la

gente frívola y vana. La calumnia misma, que a otros aterra, puede

venir a mí y acometerme y destrozarme. De sus ataques saldré más

fuerte de lo que soy. Es la forma civilizada del martirio, ahora que

no tenemos Dioclecianos que persigan el Cristianismo, ni sectarios

furibundos que corten cabezas de creyentes... Pero si la calumnia

no es motivo para que aquí te quedes --añadió, dejando la escoba, y

poniendo los muebles en su sitio, después de restregarles la madera con

un paño, tarea en que gustosamente le ayudó su protegido--, en Madrid

continuarás solito, por razón de tus trabajos. No olvides la segunda

parte de nuestro convenio. Has de hacerte un hombre útil que viva

honradamente, sin depender de nadie.

--Sí, sí. Yo realizaré tu hermosa idea. Eres como una madre para mí, y

debo venerarte, porgue me das el ser.

--Y debo creer que este hijo mío es ya crecidito, con fuerza suficiente

para no necesitar andadores, y juicio para gobernarse por sí solo.

--Así será, si tú lo quieres. ¿Y ahora qué me mandas? ¿Me retiro?

--Sí, tenemos mucho que hacer. Luego hemos de preparar la casa y

adornarla para recibir al Divino Visitante, que hoy tendremos aquí.

Márchate y vuelve esta tarde a la hora del Viático. No quiero que

faltes.

--No faltaré --dijo Urrea, y besando la orla del delantal grosero que

ceñía el cuerpo de la noble dama, se retiró triste... ¡Partir Halma,

quedarse él! ¡Enorme consumo de voluntad exigiría esta separación del

hijo y la madre, del discípulo aún muy tierno y la santa y fuerte

maestra!

Halma · 第 25 / 43 题