--Pues ayer --manifestó el vivaracho--, le interrogué yo sobre
eso del _rusismo_. Se mostró sorprendido, y me dijo que sus actos
son la expresión de sus ideas, y estas le vienen de Dios; que no
conoce la literatura rusa más que de oídas, y que siendo una la
humanidad, los sentimientos humanos no están demarcados dentro de
secciones geográficas, por medio de líneas que se llaman fronteras.
Aseguró después que para él las ideas de nacionalidad, de raza, son
secundarias, como lo es esa ampliación del sentimiento del hogar
que llamamos patriotismo. Todo eso lo tiene nuestro don Nazario por
caprichoso y convencional. Él no mira más que a lo fundamental, por
donde viene a encontrar naturalísimo que en Oriente y Occidente haya
almas que sientan lo mismo, y plumas que escriban cosas semejantes.
--Si es lo que yo digo --indicó el que había entrado con Zárate--.
Ese es un tío muy largo, pero muy largo... No hay quien me apee de
la opinión que formé de él el primer día. Estamos aquí haciéndole la
corte al patriarca de los tumbones, y popularizando al Mesías de la
gorronería... ¡Oh! convengamos en que hace su papel con un histrionismo
perfecto, y que ha sabido llevar hasta lo sublime el carácter del
farsante aventurero y vagabundo. Yo sostengo que este tipo es la
condensación más acabada del españolismo en todas sus fases... sin
negar que lo muy español pueda ser también muy ruso... entendámonos.
--Pero vengan acá, señores míos --dijo don Manuel atrayendo con su
gesto y con sus palabras la atención benévola y cortés de toda aquella
tropa--. Perdónenme si meto baza en sus discusiones. Piense cada cual
de este desdichado Nazarín lo que quiera. Pero al demonio se le ocurre
ir a buscar la filiación de las ideas de este hombre nada menos que
a la Rusia. Han dicho ustedes que es un místico. Pues bien: ¿a qué
traer de tan lejos lo que es nativo de casa, lo que aquí tenemos en el
terruño y en el aire y en el habla? ¿Pues qué, señores, la abnegación,
el amor de la pobreza, el desprecio de los bienes materiales, la
paciencia, el sacrificio, el anhelo de no ser nada, frutos naturales
de esta tierra, como lo demuestran la historia y la literatura, que
debéis conocer, han de ser traídos de países extranjeros? ¡Importación
mística, cuando tenemos para surtir a las cinco partes del mundo! No
sean ustedes ligeros, y aprendan a conocer dónde viven, y a enterarse
de su abolengo. Es como si fuéramos los castellanos a buscar garbanzos
a las orillas del Don, y los andaluces a pedir aceitunas a los chinos.
Recuerden que están en el país del misticismo, que lo respiramos, que
lo comemos, que lo llevamos en el último glóbulo de la sangre, y que
somos místicos a raja tabla, y como tales nos conducimos sin darnos
cuenta de ello. No vayan tan lejos a indagar la filiación de nuestro
Nazarín, que bien clara la tienen entre nosotros, en la patria de la
santidad y la caballería, dos cosas que tanto se parecen y quizás
vienen a ser una misma cosa, pues aquí es místico el hombre político,
no se rían, que se lanza a lo desconocido, soñando con la perfección
de las leyes; es místico el soldado, que no anhela más que batirse, y
se bate sin comer; es místico el sacerdote, que todo lo sacrifica a
su ministerio espiritual; místico el maestro de escuela que, muerto
de hambre, enseña a leer a los niños; son místicos y caballerescos el
labrador, el marinero, el menestral, y hasta vosotros, pues vagáis por
el campo de las ideas, adorando una Dulcinea que no existe, o buscando
un más allá, que no encontráis, porque habéis dado en la extraña
aberración de ser místicos sin ser religiosos. He dicho.
Celebraron los buenos _chicos_ el discurso del venerable don Manuel,
y cuando alguno, con el respeto debido, a contestarle se disponía,
llegaron nuevos visitantes, dos damas y dos caballeros aristocráticos,
que anhelaban conocer a Nazarín, y tres o cuatro personas más, gente
literaria o política, que ya le había visto y deseaba sondearle de
nuevo, porque entre sí traían grande y enmarañada discusión sobre si
era un tunante muy largo o un sencillote con la cabeza trastornada.
--¿Qué? ¿no podemos verle? --dijo sobresaltada una de las damas.
--Habrá que esperar a que salgan los que están dentro... la pintura,
señora, la fotografía y las artes del diseño.
--¿Y qué? --preguntó a los periodistas uno de los de oficio literario
que acababa de entrar.
--¿Saben ustedes si ha leído el librito de su nombre que anda por ahí?
--Lo ha leído --replicó uno de los que llegaron con Flórez--, y dice
que el autor, movido de su afán de novelar los hechos, le enaltece
demasiado, encomiando con exceso acciones comunes, que no pertenecen al
orden del heroísmo, ni aun al de la virtud extraordinaria.
--A mí me aseguró que no se reconoce en el héroe humanitario de
Villamanta, que él se tiene por un hombre vulgarísimo, y no por un
personaje poemático o novelesco.
--Y dice también que en su reyerta con los bandidos en la cárcel de
Móstoles, no le costó tanto trabajo vencer su ira como en el libro se
dice; que la venció al instante y con mediano esfuerzo.
--Pues para mí --manifestó el caballero aristocrático--, el libro
es un tejido de mentiras. Toda la escena de Nazarín con el señor de
la Coreja, la tengo por invención del escritor, porque don Pedro de
Belmonte es primo mío, le conozco bien, y sé que en ningún caso pudo
sentar a su mesa al mendigo haraposo. Esta no cuela. Que mi primo
cogiera una estaca, y le moliera los huesos, y le plantara en medio del
camino, después de soltarle los perros, muy natural, muy verosímil.
Está en carácter; ese es su genio; no puede esperarse otra cosa de su
desatinada locura. Pero agasajarle, ponerse a hablar con él del Papa
y del Verbo divino, eso no lo creo, eso no es verdad, es falsear a
mi primo Belmonte. ¡Figúrense ustedes que fui la semana pasada a la
Coreja, y a poco de entrar en su casa tuve que salir escapado en busca
de la pareja de la Guardia civil!
En esto vieron salir a Urrea de la celda, seguido de los pintores y del
cómico.
--Ea, ya tenemos aquí al chambelán, que viene a anunciarnos que Su
Excelencia nos espera.
Pero el chambelán traía muy distintas órdenes.
--Señores --les dijo--, tengo el sentimiento de participarles que el
amigo Nazarín les suplica por mi conducto que le dejen solo. Siente
fatiga, y si no me engaño, tiene bastante fiebre. Le he tomado el
pulso. Necesita descanso, quietud, silencio.
El efecto de estas palabras fue desastroso. Las dos damas no tenían
consuelo.
--¿Pero no podremos verle, siquiera un instante?
--Me ha suplicado que, por hoy, le libre del vértigo de las visitas.
--Y hace bien en cerrar la puerta --declaró Flórez--. No sé cómo
aguanta tanta impertinencia. Ea, señores, estamos de más aquí.
--Poco a poco --dijo Urrea--. La orden tiene una excepción. Supo que
está aquí don Manuel, y ha manifestado deseos de verle. Pase usted;
pero solo.
--¡Ay! nosotras... podríamos pasar también, hablarle un ratito...
--indicó una de las damas.
--¡Oh!, no... sin duda quiere confesarse. Vámonos.
--¡Qué fastidio!... ¡Volveremos otro día! Yo quiero verle. Díganme
ustedes, señores periodistas: ¿cómo es Nazarín? ¿Es cierto que su
rostro tiene tal expresión, que desconcierta a cuantos le miran? ¿Y
cómo está vestido? ¿Qué dice? ¿Ríe o llora? ¿Habla con los que le
visitan, les echa la bendición, o no hace más que mirarles?
Contestaban los buenos _chicos_ a estas preguntas, excitando la
curiosidad de las nobles señoras, en vez de calmarla. Inconsolables
ellas por el chasco sufrido, y no pudiendo anegar sus ojos, sedientos
de aquella gran novedad, en la fisonomía del apóstol errante, los
clavaban en la puerta. ¡Ah! detrás de aquella puerta estaba...
Volverían a la mañana siguiente.
Entró don Manuel, y desfilaron por las escaleras abajo todos los
demás. Alguno propuso a las aristócratas llevarlas a ver a Ándara. Pero
después de una espontánea conformidad con esta idea, una de las dos
reflexionó y dijo:
--¡Imposible! ¿Está usted loco? ¡Nosotras entrar en la Galera!
Luego fue apuntada la idea de visitar a Beatriz, y esto no pareció tan
mal a las dos señoras. Sí, sí, podrían ver a la mística vagabunda y
soñadora. Dividióse el grupo en la calle, y unos se dirigieron a la
inmediata de San Blas, y los otros a la remota de Quiñones.
Salió Ándara al locutorio, y lo primero que le preguntaron los _chicos_
fue si había leído el libro titulado _Nazarín_.
--Me lo leyeron --replicó la presa--, porque a mí me estorba lo negro.
¡Ay, qué mentironas dice! Yo que ustedes, pondría en el papel que el
_escribiente_ de ese libro es un embustero, y le avergonzaría, para que
se fuera con sus papas a otra parte. ¿Pues no dice que yo pegué fuego a
la casa?
--Tú también lo dijiste al principio; pero ahora, ausente de tu señor
Nazarín, que no te permite mentir, has arreglado con tu defensor, que
es hombre listo, esa salidita del fuego casual. El hecho queda por lo
menos dudoso, y la pena será relativamente corta.
--¡Que fue _de_ casual, ¡ea!... ¡Caraifa con los niños de la prensa!
Yo al principio no supe lo que decía. Se me derramó el condenado
petróleo... Quedeme a obscuras... Encendí un misto, y vele ahí todo
ardiendo... ¿Que no lo creen? Así _costa_... ¿Y quién me lo desmiente?
¿Quién me prueba que fue de voluntad? Si alguno de ustedes es el que ha
escrito ese arrastrado libro, arrastrado le vea yo, ¡mal ajo!
--¿Sabes que te estás volviendo otra vez muy mal hablada?
--Desde que no está con el apóstol, ha vuelto a sus mañas.
--Ándara, nosotros somos tus amigos, y te queremos mucho. Pero si dices
expresiones feas, se lo contaremos a don Nazario, y verás, verás.
--No, no se lo digan. Es la costumbre de antes, que sale... Pero una
palabra mala, dicha sin pensar, no hace pecado. Es que me encalabrino
cuando me hablan del maldito libraco. ¡Miren que decir ese desgalichao
autor que yo parezco un palo vestido! Fea soy, digo, lo que es bonita,
no soy ahora, como lo era antes, aunque sea mala comparación... pero
no tan fea que me tenga miedo la gente. Él será un esperpento, y en
sus escrituras quiere hacer conmigo una _desageración_. ¿Verdad que no
tanto?
--Tienes razón, no tanto, Andarilla. Otra cosa: ¿Deseas mucho ver a tu
maestro?
--¡Ay, no me lo diga! ¡Verle! ¡Qué diera yo por verle, por oír su
voz!... Créanme, señores de la prensa, y pueden ponerlo en el papel,
si les viene a mano. Por verle daría yo la salud que ahora tengo, y la
que tendré en muchos años. Me conformaría con estar en esta cárcel o
en un presidio toda mi vida, si supiera que le había de ver todos los
días, aunque no fuera más que un cuarto de hora.
--Eso es querer, Ándara.
--Esto es querer, y creer en él, pues no ha mandado Dios al mundo otro
que se le parezca... lo digo y lo sostengo, aunque me claven en cruz
para que cante otra cosa. Que me desuellen viva para que diga que no le
quiero, y ayudando yo misma a que me arranquen el pellejo, diré que es
mi padre, y mi señor, y mi todo.
--¡Bien, brava Ándara!
--Nos contó Beatriz que ella le ve en espíritu, y siempre que quiere le
hace revivir en su imaginación...
--Esa es muy _soñona_. Yo, como más bruta que mi hermana Beatriz,
¡bendita sea! no le veo cuando quiero, sino cuando él quiere dejarse
ver.
--¡Hola, hola! Explícanos eso.
--No sean _materiales_, y compréndanlo sin más explicadera. Por las
noches, cuando me tumbo en mi jergón, en medio de unas obscuridades
como las del alma de Caín, si he sido buena por el día, si no he tenido
pensamientos malos, abro los ojos, y en lo más negro de lo negro, veo
una claridad, y en ella mi Nazarín que pasa... no hace más que pasar y
mirarme sin decir nada... Pero por los ojos que me pone, entiendo lo
que quiere hablarme. Unas veces me riñe unas miajas, otras me dice que
está contento de mí.
--Pues si le ves esta noche, no es mala peluca la que te echa.
--¿Por qué?
--Por esa mentira tan gorda de que el incendio de la casa fue _de_
casual.
--¡Eh, que no es mentira!... Mentira lo que dice el libro, tocante
a que quise _zajumar_ el cuarto... ¡Vaya, que ya es por demás tanta
conferencia! Lárguense al periódico, que allá tendrán que plumear.
--Antes hemos de preguntarte otra cosa, ¡caraifa!
--No respondo más.
--¿A que sí? ¿La Beatriz viene a verte?
--Dos veces por semana. Ayer me trajo un vestido, que le dio para mí
una señora de la grandeza.
--¡Hola, hola!... Noticia. ¿No te dijo el nombre de esa señora?
Y todos ellos sacaron papel y lápiz.
--Sí; pero no me acuerdo. Era un nombre muy bonito... así como...
Señor, ¿cómo era?
--Haz memoria, Andarilla. ¿Sería la Condesa de Halma?
--Esa misma... Bien decía yo que era cosa buena... pues... del alma
santísima.
--Bien, Ándara... te dejamos ya, caraifa.
--Adiós... adiós.