Retirose don Manuel bien embozadito en su luenga pañosa, porque
apretaba el frío, y meditabundo y un poco descontento de sí, por el
camino se decía: «Esta doña Catalina es el demonio... ¡qué barbaridad!
Quiero decir que es un ángel, un ser extraordinario. Ya no me queda
duda. Tiene mucho más talento que yo, sabe más que yo, y descubre cosas
que nadie ve, que si al principio parecen disparates, bien examinadas
resultan con toda la hermosura y toda la grandeza de Dios. Cada día
sale con una novedad. ¡Y qué ideas, Dios mío! ¿Que me reservará para
mañana?»
Esto decía, sintiendo un poquitín la humillación del maestro que se ve
convertido en educando. Pero como era tan buena persona, y no dejaba
entrar nunca en su alma la ruin envidia, y además estimaba cordialmente
a la Condesa, en vez de enojarse neciamente por el gradual desgaste de
su autoridad, se apropiaba las ideas de la discípula, y haciéndolas
suyas las presentaba de nuevo en forma metódica y sistemática, con lo
cual creía resultar a los ojos de ella, y aun a los suyos propios,
como el verdadero inspirador, siendo en verdad el inspirado. Hombre
flexible, creado para las adaptaciones sociales, y para aplicar y
defender la santa doctrina según el medio y las ocasiones en que le
correspondía actuar; bastante sagaz para conocer lo bueno donde quiera
que saliese, y bastante práctico para saber aprovecharlo, obraba como
obran siempre los caracteres de su complexión y hechura, no poniéndose
frente a ninguna fuerza que creen útil, sino dejándose llevar por dicha
fuerza, con tanto estudio y picardía en la postura, que parezca que la
dirigen y conducen.
Metiose el buen clérigo en su casa pensando en la corrección de Urrea,
y pues la señora confiaba en su ayuda para lograrla, hacía propósito de
adelantarse a ella en el desarrollo de aquel pensamiento, de hacerlo
suyo, agregándole pormenores que lo harían de seguro más eficaz. Pero
lo que le desconcertaba era no saber qué nuevas invenciones sacaría
de su inspirado caletre la Condesa, pues a lo mejor salía por donde
menos se esperaba. Las iniciativas de él casi nunca cuajaban; las de
ella venían con tal fuerza, que al punto conquistaban al maestro, y no
había más remedio que seguirlas, componiéndolas y retocándolas después
para conservar las preeminencias exteriores del poder gobernante. En
suma, que si al principio Halma parecía una reina constitucional a la
moderna, que reinaba y no gobernaba, poco a poco iba sacando los pies
de las alforjas, y picando en absoluta soberana. Mas era tan buena,
tan discreta y piadosa, que se arreglaba habilidosamente para dejar
a su ministro las satisfacciones y aun la creencia de la iniciativa
gubernamental.
--Bueno, Señor, bueno --decía don Manuel poniéndose ante su cena, tan
frugal como bien condimentada--. Y esto de querer avistarse con el
desdichado Nazarín, ¿para qué será? ¿Qué objeto lleva, qué ideas le
mueven, qué planes acaricia? No lo entiendo. Pero allá veremos por
dónde sale, y quiera Dios que sea por un registro fácil de entender, y
más fácil de manejar.
A la misma hora que el respetabilísimo Flórez cenaba, pero no aquel
día, sino pasados dos o tres, José Antonio de Urrea comía con su primo
Feramor en casa de los Duques de Monterones. Fácil es comprender de qué
hablarían, al encontrarse solos en el salón, poco antes de la comida.
--No lo creo, aunque me lo jures --le decía el Marqués, sin poder
contener la risa--. Tú estás soñando, Pepe, o quieres burlarte de mí.
¿Y dices que te lanzaste a fijar tu petición en la fabulosa cantidad
de...?
--Cinco mil duros. Y aún creo que me quedé corto. Entré en la mística
celda decidido a plantear el negocio _sobre la base_ de los cuatro
mil... Claro, las bromas o pesadas o no darlas... Y en el curso de la
conferencia, viendo las buenas disposiciones de Halma, me arranqué
a los cinco mil. Éxito completo. ¡Ah! bien puedo decir ahora que tu
hermana es una santa; pero así como suena, ¡una santa!... todo lo
contrario de ti, que eres el Sumo Pontífice del egoísmo. ¡Qué bondad,
qué dulzura, qué penetración, qué talento sutil para comprender las
circunstancias en que yo vivo! Sostengo que ella tiene más talento
que tú, y que es mucho más práctica, sublimemente práctica. La
indulgencia noble con que iba puntualizando mis miserias, mis acciones
indecorosas, me llegó al alma, Paco, porque al propio tiempo que me
reñía dulcemente por mi conducta, la disculpaba, atribuyéndola, más
que a perversión moral, al inexorable despotismo de la necesidad, del
hábito... ¡Oh, qué mujer, qué alma grande y hermosa! Cree que me hizo
llorar... mi palabra que sí. Llegué a figurarme que era un chiquillo,
que me regañaban por la travesura de romper un juguete de precio,
prometiéndome comprarme otro. En fin, que el cielo se ha abierto al fin
para mí, después de haber llamado a su puerta inútilmente tanto tiempo.
Estoy salvado, Paco; tu hermana me salva... Creo en la Providencia, en
Dios... Soy feliz, seré otro hombre, gracias a ella, a ese ángel con
más talento que todos los Artales y Feramor de este siglo y de todos
los pasados siglos, amén.
--Pues te doy mi enhorabuena --le dijo el Marqués con sorna--. ¿Ves
como acerté, al indicarte...? Me daba el corazón que mi hermana se
gastaría su dinero en la regeneración de los perdidos de la familia.
Obra laudable, a fe.
--Si te burlas, peor para ti.
--No me burlo. Ahora, lo que importa es que tu honradez esté a la
altura de la virtud de Catalina, so pena de que resulte una santidad no
solo inútil, sino merecedora del manicomio antes que de los altares.
--No temas nada. En primer lugar, no me dan el dinero a mí, lo que en
verdad no me importa. Mejor, mejor es así. No me lo dan; lo _dedican_
a la grande y hermosa obra de remediar las penas del primer desdichado
del mundo, y de socorrer la miseria más angustiosa y lacerante que
alumbran el sol y la luna.
Después de la comida, excitado el hombre por la nutrición abundante
y la copiosa bebida, volvió a charlar con su primo mientras fumaban,
y se enterneció al referir las bondades de Halma. Colmaba también de
elogios a don Manuel Flórez, llamándole padre de los pobres, apóstol
de gentiles, lumbrera de la caridad, y al fin, charla que te charla,
por entre los entusiasmos del hombre extraviado, deseoso de redención,
asomó el cinismo del aventurero arbitrista.
--Tengo además otro proyectillo. A ver qué te parece. Tu hermana
adoraba a su marido, aquel pobre _besugo_ alemán, que vino aquí a que
le matáramos el hambre. La memoria de Carlos Federico es su única
pasión mundana, y su espíritu se alimenta de la idea del muerto, como
planta que vive de lo que extraen las raíces. Hablando conmigo, se dejó
decir que su mayor gusto sería transportar a España el cuerpo, que
debe de estar incorrupto, de su esposo querido, para sepultarse ella
con él, naturalmente, cuando se la lleve Dios... Pues bien; se me ha
ocurrido proponerle la traída del difunto... Vamos, que le contrato
la conducción de las cenizas preciosas por cinco mil duros, siendo de
mi cuenta todos los gastos, embarque, transportes por ferrocarril,
aduanas... porque las momias también pagan derechos. ¿Qué te parece?
--Que es una contrata como otra cualquiera. Redacta tu pliego de
condiciones, estudia el asunto...
--Se pueden ganar un par de mil duros... palabra que sí. Me planto en
Corfú, hago la exhumación, y me comprometo a traerlo decorosamente, con
una cuadrilla de frailes franciscanos, que vengan cantando responsos
por toda la travesía. Y me encargo de asegurar el féretro, de envasarlo
convenientemente, y de hacer la entrega en el punto de España que ella
designe. He de percibir a toca teja dos mil duros antes de partir para
Corfú, y tres mil en el acto de entregar la santa reliquia.
--¡Pobre hermana mía! --exclamó el Marqués, viendo súbitamente las
extravagancias de su primo bajo el aspecto serio y peligroso--. Esto le
pasa por querer gobernarse sola, desconociendo su incapacidad. Ya verá,
ya verá... José Antonio, te prevengo que si continúas inspirando a mi
desgraciada hermana esas que no sé si son tonterías o locuras, tendré
que intervenir como jefe de la familia.
Dejole con la palabra en la boca, mascullando el cigarro. «Te desprecio
--murmuró Urrea viéndole partir--, egoistón, eterno inglés de la
humanidad desvalida, usurero... Shylock disfrazado de aristócrata...»
No tardó en circular en la tertulia de Monterones la noticia de la
redención del perdido con los dineros y la piedad de Catalina de Halma,
y los despiadados comentarios que sobre ello se hicieron, no solo
herían a la noble señora, sino a su respetable maestro espiritual.
--Porque yo me explico todo --decía la Duquesa--; me explico
las debilidades de mi pobre hermana, cuya cabeza se destornilló
lastimosamente desde antes de casarse; me explico las audacias de
Pepe Antonio; lo que no entiendo es que don Manuel autorice tales
despropósitos.
Consuelo Feramor, que no hacía buenas migas con su hermana política,
y censuraba sin piedad su retraimiento, tachándolo de mojigatería y
orgullo, llegó a decir a su marido:
--La culpa la tienes tú... y algo le toca al angelical don Manuel.
¡Pues si fuera cierto lo que me dijeron hoy en casa de Cerdañola! No,
no puede ser... Lo cuento como chiste. Pues que Catalina ha suplicado
a Flórez que le traiga a Nazarín... Esto sería demasiado, ¿verdad?
Pero qué sé yo... lo creo, me inclino a creerlo. Un entendimiento
soliviantado que se dispara, ¿a qué tonterías, a qué extravagancias no
llegará?
--Dejémosla disponer de su dinero como guste --dijo la de San
Salomó, menos intransigente que sus amigas, sin duda por no ser de
la familia--, y alabemos a Catalina de Halma, si nos da lo que a
pedirle vamos. Y no hay que diferir nuestro sablazo, señoras mías.
Podría suceder que llegáramos tarde, y encontráramos agotado el filón.
Reunámonos mañana, plantémonos allá las tres, levantados en alto los
terribles alfanjes de oro... y ¡zás!
Consuelo Feramor, María Ignacia Monterones y la Marquesa de San Salomó
eran al modo de presidentas, vicepresidentas o secretarias en estas o
las otras Juntas benéficas señoriles que reúnen fondos, ya por medio de
limosnas, ya con el señuelo de funciones teatrales, rifas y kermessas,
para socorrer a los pobres de tal o cuál distrito, edificar capillas,
o atender al inconmensurable montón de víctimas que los desatados
elementos o nuestras desdichas públicas acumulan de continuo sobre
la infeliz España. No hay que decir que las tres cayeron sobre la
solitaria y triste viuda con el furor de piedad que desplegar solían en
semejantes casos. Recibiólas Catalina con atento agasajo y finísimas
demostraciones de amistad; pero con la misma urbanidad serena que
empleó en las cortesanías, negoles el socorro que solicitaban. En
redondo, en seco: que cada cual debía entenderse a solas para practicar
la caridad.
Salieron desconcertadas, confusas, rabiosas, y en el paroxismo de su
ira, Consuelo dijo a su marido:
--Si no fuera ella quien es, y nosotros quien somos, creería yo que la
residencia natural de tu hermana era un santo manicomio.