Feramor las calmaba, haciéndoles ver cuánta impertinencia revelaba
su enojo, pues cada cual es dueño de hacer el bien, si lo hace, en
la forma que más le acomode. Con su claro talento, su fácil palabra,
mitad en serio, mitad en broma, logró poner las cosas en su punto,
demostrando que si Catalina, por su exagerado individualismo y la
salvaje independencia que iba descubriendo, podía merecer censura, no
merecía execración, ni menos ser condenada a perpetuo encierro en una
casa de orates. Pero si Feramor lograba calmar los ánimos, creando una
situación de relativa tolerancia, muy del gusto y del género inglés,
no así don Manuel Flórez, el cual, cuando cayeron sobre él furibundas
las tres damas, pidiéndole explicaciones de la increíble conducta de
la Condesa, no sabía qué contestar, ni por dónde salir: tales eran su
confusión y azoramiento. En los días siguientes le traían loco, con
preguntas, comentarios y mortificantes indagatorias.
--Pero dígame, don Manuel, ¿lo de la corrección de José Antonio, fue
idea de usted?
--De ella..., mía no... La que no comprenda que es una idea
hermosísima, que no cuente conmigo para nada.
--Hermosísima, y sobre todo práctica.
--Hemos de ver eso. La silba que se llevará don Manuel, si la
corrección fracasa, se ha de oír en Pekín.
--Y sepamos otra cosa: ¿es también de usted el pensamiento de traer a
Nazarín?
--Sí señora, mío es --dijo valientemente y tragando saliva el buen
sacerdote, decidido a corroborar siempre las ideas de doña Catalina
para no perder su autoridad--. Si no comprenden la delicadeza, el noble
fin que encierra, peor para ustedes.
--Pues mire usted, no lo comprendemos, y yo lo declaro, aunque usted
nos tenga por... indoctas. Somos muy bárbaras, queridísimo don Manuel.
--¿Pero es cierto que traerán a casa a ese pobre demente?... o
criminal... vaya usted a saber --dijo Consuelo escandalizada.
--¡Oh! yo voto porque venga --manifestó la de San Salomó, y las mismas
demostraciones hizo la Duquesa--. Yo rabio por ver al famoso mendigo y
apóstol Nazarín.
--Sí, que le traigan. Y que avisen con tiempo para invitar a todas
nuestras amigas.
--Y veremos también a Beatriz, la mística mostolense, de quien decía un
periódico que era una especie de Eloísa sin Abelardo.
--El Abelardo es Nazarín... Y que venga también Ándara. Queremos ver
toda la tribu. Sí, don Manuel, que vengan todos.
--Como no se trata de satisfacer una insana curiosidad, no les verán
ustedes.
--Pues nos oponemos a que entren en casa.
--No, no. Lo que haremos es reconocer y proclamar el delicado
pensamiento de Catalina, si los traen y nos permiten verles y hablar
con ellos... Pero que conste: ha de venir también Ándara. Ese tipo de
travesura procaz y temeridad heroica, me interesa extraordinariamente.
--Hablaremos con ellos, nos explicarán su doctrina.
--Les daremos una merienda.
--Ea, basta --dijo Flórez incomodándose--. No vendrán. Las mujeres
nazaristas, no se ha pensado en traerlas. Él, el desdichado sacerdote
melancólico y errabundo, no vendrá tampoco, sencillamente porque no
quiere venir.
--¡Ah! nuestro gozo en un pozo.
--Entonces, irá Catalina a verles al hospital. Me parece muy
inconveniente.
--Me parece una necedad formidable.
--Menos pareceres y más juicio, señoras mías. Lo que disponga _este
cura_ en asuntos para los cuales no debe faltarle competencia, al menos
por su edad, ya que no por su saber, no debe ser discutido ni menos
ridiculizado por mis buenas amigas, alguna de las cuales (lo decía por
la de Monterones) recibió de estas manos el agua del bautismo. Conque
no digo más por hoy.
Con esta admonición, en que advirtieron las tres damas un marcado
acento de severidad y amargura, cosa muy rara en don Manuel, que era un
almíbar en el trato social, especialmente con señoras, se reprimieron,
dando a sus críticas un tono puramente amistoso. Pasaron algunos
días, en los cuales no tuvo Flórez ocasión de sacar las disciplinas;
pero al ser puesto en práctica el plan de corrección del pobre Urrea,
las hablillas recrudecieron. ¡Santo Cristo! Cuando se corrió la voz
de que _le ponían casa_ a José Antonio, de que doña Catalina le
cuidaba la ropa, y don Manuel andaba por todo Madrid a la husma de
los usureros que desollaban vivo al primo de Feramor, levantose un
tumulto tan imponente, que el bueno de Flórez tuvo que plantarse.
Todo lo consentía, menos que su autoridad fuese puesta en solfa. Que
se hicieran comentarios más o menos discretos de sus acciones, no le
importaba; pero que sus acciones se desfiguraran maliciosamente, no
podía quedar sin correctivo. Fue, ¿y qué hizo? Convocó a las tres
damas que eran cabeza de motín, y les echó un sermón por todo lo
serio, dejándolas, si no convencidas, calladas, y con pocas ganas
de meterse en vidas ajenas. Retirose el buen limosnero a su casa,
fatigado de aquellas luchas a que la genial iniciativa de la Condesa
le comprometía, rompiendo la placidez fácil de su religioso gobierno,
y al introducirse en la cama, después de sus rezos, o entreverando el
rezo con la meditación profana, se decía: «¡Cuánto mejor que esta buena
señora siguiera los caminos ya hechos y despejados, en vez de empeñarse
en abrirlos nuevos, desbrozando la trocha salvaje! ¡Cuánto más cómodo
para todos que acatara _lo establecido_, y se echara en brazos de los
que ya tienen perfectamente organizados los servicios de caridad, las
Juntas de damas, las archicofradías, las hermandades, mis colectas para
escuelas, mis...! ¡Cuánto mejor abrazarse _a lo establecido_, Señor,
que...!»
A pesar de los pesares, don Manuel dormía como un bendito. No así José
Antonio, que en la casa frontera (calle del Olivar) se pasaba las
noches en claro, por causa de la exaltación de su felicidad, pues
la onda venturosa, cuando viene con fuerza, se parece a la onda del
infortunio en que quita el sueño y aun el apetito. Tan grande novedad
era para él ver definitivamente resuelto el problema alimenticio, no
vivir mañana y tarde discurriendo en qué rama posarse para comer, que
el mismo asombro de su dicha le tenía como en ascuas, receloso de su
destino. ¡Le parecía tan inverosímil ser amo de su casa, es decir,
estar en seguras paces con el casero, ver un principio de arreglo en
las cosas necesarias para vivir; tener en su comedor loza modesta, pero
loza al fin, en vez de los dos o tres platos rotos que eran su único
ajuar; encontrarse los armarios surtidos de ropa blanca, que la misma
Catalina con solícita mano materna había puesto allí! Todo esto era
como un sueño, como un pasaje fantástico de las _Mil y una noches_.
Temía despertar, y que tantos bienes desaparecieran en un restregar de
ojos, volviéndole a la tristísima realidad de su vida anterior. Y para
colmo de ventura, podría consagrarse seriamente a un trabajo fácil y
muy de su gusto, la zincografía, pues ya le iban a disponer local y
aparatos a propósito. ¡Qué dicha, qué gloria, qué divina lotería! ¿Con
qué lengua, con qué voces bendeciría a su celestial Providencia, la
santa y amorosa Halma?
Su nueva vida apartó al parásito de los sitios que ordinariamente
frecuentaba, sin dejar de concurrir alguna noche a las casas de
sus parientes. Y, al conocer allí los comentarios zumbones que del
nobilísimo acto de su prima se hacían, perdió el hombre los estribos,
cruzó palabras agrias con el Duque de Monterones y con dos o tres
sujetos más, cuyas esposas o hermanas se habían permitido ridiculizar
a la Condesa, y seguramente, si él fuera otro y en más le estimaran,
de sus destempladas expresiones hubiera resultado algún lance. Feramor
le calmaba, pues sus principios de buena educación repugnaban aquella
forma violenta, y hasta cierto punto española, de tratar asunto tan
delicado. Cuanto menos se hablara de ello, mejor. Pero Urrea estimaba
el silencio como una complicidad cobarde con los murmuradores, y
quería, por el contrario, hablar hasta que le oyeran los sordos,
proclamar a gritos, no solo la inmaculada virtud de Catalina, sino su
talento, y la superioridad de sus ideas, que aquel vulgo elegante y
corrompido no podría comprender nunca. Feramor le dijo con gravedad:
--La forma, mi querido José Antonio, es cosa de suma importancia en
la vida social, y no es posible desconocer su valor positivo, sin
exponerse a gravísimos males. Todo se puede hacer haciéndolo bien; nada
es factible con malas formas.
Retirose Urrea maldiciendo a su primo, a quien llamaba _el hombre de
cartulina Bristol_, y a la mañana siguiente muy temprano se fue a ver
a la Condesa, hacia la cual una atracción invencible le arrastraba
en cuerpo y alma. El agradecimiento vivísimo se transformaba en una
adhesión caballeresca, en un cariño fraternal o filial, que así debe
llamársele para expresar bien su pureza, en el deseo de serle útil, y
prestarle algún servicio proporcionado a la inmensidad del bien que de
la ilustre señora había recibido. Pero siempre que a ella se acercaba,
sentíase agobiado de tristeza, porque su conciencia le acusaba de
agravios inferidos anteriormente a la generosa viuda, y aquel día hizo
propósito firme de descargar su alma de aquel peso, confesando a su
bienhechora los pecados que contra ella había cometido. Encontróla
dobladillando, con la ayuda de su criada Prudencia, las sábanas y ropa
de comedor que faltaban para completar el ajuar del perdis redimido.
Retirose Prudencia, y prima y primo hablaron lo que sigue: