IV

Siempre que entraba don Manuel, después de larga ausencia de medio

día o día entero, en el cuarto de su noble amiga la Condesa de Halma,

encontrábala sumergida en una melancolía profunda y tenebrosa, como

nadadora que bucea en una cisterna. Abierto sobre la falda el libro

de la _Ciudad de Dios_, de San Agustín, o alguna otra obra mística;

apoyada la mejilla en la mano derecha, el codo del mismo lado sostenido

en la mano izquierda y esta en la rodilla derecha, que se elevaba por

tener el pie sobre un taburete, parecía un Dante pensativo, revolviendo

en su mente los círculos negros del Infierno, o los luminosos del

Paraíso. Viéndola en tales tristezas anegada, silenciosa y ceñuda,

procuraba don Manuel alegrarle los ánimos con su grata conversación, y

unas veces lo conseguía y otras no. Pues aquella tarde ¿cuál no sería

la sorpresa del simpático Flórez al encontrar a su ilustre amiga en un

estado de inquietud placentera? No daba crédito a sus ojos viéndola

en pie, corriendo de un lado a otro de la estancia, como si arreglara

y pusiera en orden los libros y objetos de devoción que en varios

estantillos tenía. Y lo más extraño era que en su rostro resplandecían

la animación, la vida. Sus ojos, siempre apagados, brillaban con fulgor

de fiebre; sus mejillas, siempre macilentas, habían tomado un rosado

tinte, como si volviera de un paseo por el campo, harta de sol y de

aire.

--¿Qué tiene usted, mi noble y santa amiga? --le preguntó el

sacerdote--. ¿Qué le pasa?

--Nada, no me pasa nada. Estoy contenta. ¿Esto es pasar algo?

--Sí... Me alegro mucho de verla tan gozosa. No conviene dejar caer

el espíritu en la tristeza. La virtud es por naturaleza alegre, y la

conciencia pura se regocija en sí misma...

--Siéntese usted si gusta, y déjeme a mí en pie. Siento una

inexplicable necesidad de andar, de moverme. De repente, la quietud ha

empezado a serme molesta.

--La he recomendado a usted un ejercicio prudencial. La virtud no

requiere precisamente la postración sedentaria, que hasta puede llegar

a ser un vicio y llamarse pereza.

--Y ahora me preguntará usted el motivo o razón de este contento que en

mí observa.

--En efecto, señora mía, se lo pregunto a usted.

--Y yo le respondo que no lo sé; que no puedo explicar qué pasa esta

tarde en mi alma. Veremos si llego a darme cuenta de ello. Y ahora, voy

a interrogar yo. Dígame: ¿quién es Nazarín?

Quedose un rato suspenso el buen Flórez, y miró el rostro de la Condesa

como quien quiere descifrar un obscuro acertijo.

--Pues Nazarín... --murmuró.

--¿Qué hombre es ese? ¿Le conoce usted?

--Sí, señora.

--¿De ahora, o le conoce usted hace tiempo?

--Es un sacerdote, manchego, de mediana edad. Hace dos o tres años, no

recuerdo bien la fecha, tuve ocasión de tratarle en la sacristía de

San Cayetano. Pareciome un hombre excelente, de costumbres purísimas,

humilde, de no común inteligencia, parco de palabras... Después me le

encontré alguna que otra vez en la calle; hablamos. El infeliz parecía

disgustado; revelaba una pobreza honda, sin quejarse de ella. Creí que

su cortedad de genio y su extremada delicadeza le tenían en tal estado,

y le aconsejé que se sacudiera, procurando adquirir un poco de don de

gentes. Después le he visto incluido en un proceso escandaloso, y su

nombre arrastrado por la vía pública. Francamente, me supo muy mal

que un sacerdote viniese a tal situación, ya fuese por debilidad de

carácter, ya por verdadera malicia. Supe que estaba en el hospital,

convaleciente de un tifus agudísimo, y, ¿qué cree usted?... me fui a

verle. Yo soy así: me gusta enterarme por mí mismo. Le vi, hablamos

largamente, y...

--¿Opina usted como casi todo el mundo, que es un pobre loco?

--Esa es la opinión general.

--Pero la de usted, la de usted es la que yo quiero saber.

--La mía no tiene importancia. Expertos facultativos le han examinado,

profesores de enfermedades mentales y nerviosas.

--Pero usted tiene bastante entendimiento para no necesitar de

los juicios ajenos para formar el suyo. Dígame lo que piensa, en

conciencia, de ese hombre. ¿Es un pillo?

--Creo que no.

--¿Firmemente que no?

--Sostengo con plena convicción que no es un malvado.

--Luego es un loco.

--No me atrevo a decir tanto.

--Luego, es un hombre de miras elevadas, un hombre que...

--Tampoco afirmo eso.

--Luego, usted no ha podido formar una opinión concreta.

--No señora, no he podido. Y, créame usted, ha sido para mí el tal

Nazarín objeto de grandes confusiones.

--¿Cómo no me había hablado de eso, don Manuel?

--Porque no pensaba que tal asunto mereciera fijar la atención de la

señora Condesa.

--¿Sabe usted que anda por ahí un libro que trata de Nazarín, en

el cual se cuenta cómo salió a sus peregrinaciones, cómo encontró

prosélitos, cómo realizó actos de verdadero heroísmo y de sublime

caridad?

--He leído ese libro, que me regaló su autor, con una dedicatoria muy

expresiva. Pero no me fío de lo que allí se cuenta, por ser obra más

bien imaginativa que histórica. Los escritores del día, antes procuran

deleitar con la fantasía que instruir con la verdad.

--¿Puedo yo leer ese libro?

--Seguramente. Pero sin olvidar que es novela.

--Entonces prefiero otra cosa.

--¿Qué?

--Ver al propio Nazarín. El sujeto vivo dará más luz que una historia

cualquiera, aun suponiendo que no fuese fantástica, y tan solo escrita

para entretenimiento de los desocupados.

--¿Ver a Nazarín? ¿Dónde?

--En cualquier parte. En el hospital..., aquí.

--Eso me parece más grave. Con todo, no digo que no.

--Diga usted que sí, y acabaremos más pronto. Ahora, punto y aparte:

hablemos de otra cosa.

--Pues a otra cosa --repitió Flórez, algo caviloso por el repentino

salto de la tristeza al contento en el ánimo de la ilustre señora--.

Ya sabe usted que mañana se hará la entrega de la legítima. Ya hemos

salido de eso.

--¡Gracias a Dios! Mucho tengo que agradecer también a mi hermano

--dijo Catalina sentándose algo fatigada, cual si sus excitados nervios

entraran en sedación--. Si he de decirle a usted la verdad, veo con

absoluta indiferencia la llegada de ese dinero a mis pobres manos.

--La persona que mira al cielo --dijo el cura entornando los ojuelos

para ver mejor el rostro de su amiga--, se acostumbra mejor que otras a

despreciar los bienes terrenales.

--Y respecto al empleo que debemos dar a ese capitalito, ya hablaremos

despacio.

--Si no recuerdo mal, ya hemos hablado bastante. Convinimos en que

usted fundaría, en pleno campo y lejos del bullicio, un instituto de

caridad, con rentas propias...

--Y que antes, se reservaría una suma para repartirla entre los

necesitados.

--Sí; pero eso es difícil, porque no tendríamos ni para empezar. La

caridad debe hacerse con método, apoyándose en el criterio de la

Iglesia, y favoreciendo los planes de la misma. No vale dar limosna sin

ton ni son. Falta saber a quién se da, y cómo se da.

--¿Sabe usted, mi buen don Manuel, que no entiendo bien eso?

--Se lo expliqué a usted con toda latitud ayer mismo.

--Pues lo he olvidado. Pero no hay que repetirlo. Ya lo comprenderé

cuando tenga la cabeza más serena.

De repente, el buen clérigo se dio un golpe en la frente, como si

quisiera matar un mosquito que le picaba, y exclamó:

--¡Ah, ya caigo, ya, ya!

--¿Qué?

--Nada, que mientras hablábamos, me devanaba yo los sesos pensando

quién habría estado aquí hoy de visita. Y ahora me ha venido

súbitamente a la memoria.

--Mi primo Pepe Antonio de Urrea.

--Le encontré en el portal: él entraba, yo salía. Me han dicho que es

hombre corregido.

--Así parece... ¡pobrecillo! Me ha conmovido contándome sus apuros para

ganarse la vida con un rudo trabajo.

--Y seguramente le ha pedido a usted dinero para sus empresas.

--Sí...

--Y le ha hablado a usted de Nazarín.

--Exactamente.

--Pero no puedo encontrar la relación entre Nazarín y los conflictos

pecuniarios del descendiente de los Urreas.

--Le he prometido estudiar su petición, y resolverla de acuerdo con

usted.

--Lo menos le habrá pedido a usted dos o tres mil reales.

--Algo más: cinco mil duros.

--¡Ave María purísima!... ¡San Antonio bendito!

--Crea usted que me reí, y desde que me habló de esto, empecé a

sentirme alegre. Los apuros de un hombre por cosa que tan poco vale,

como es el dinero, me causan alegría. Es como el rechazo de todo lo

que yo he sufrido por el maldito dinero, en los días terribles en que

me hacía tanta falta. Y ahora que en nada de mi propio interés puedo

emplearlo, pues perdí el bien de mi vida, ahora que tengo bajo tierra

los restos del que era mi único amor, y considero en el cielo su alma,

me alegra el gemido de los que piden dinero con apremiante necesidad, y

al ver que lo tengo, me alegro más. Experimento, créalo usted, como un

secreto anhelo de venganza..., sí, quiero vengarme de mi destino, que

a tantas privaciones me sujetó, y tantas amarguras me hizo pasar... Y

cuando se acerca a mí un desgraciado pidiéndome aquello que yo no pude

tener cuando lo necesitaba, y que poseo ahora que no lo necesito...

--Se venga usted... negándoselo.

--No señor, dándoselo... Es una venganza en la cual confundo a mi

destino y al mismo dinero, materia vil y despreciable, cuyo reparto

no debe someterse a ninguna regla de orden y gobierno. Las leyes

económicas de mi hermano me parecen una de las más infames invenciones

del egoísmo humano.

--¿De modo que usted, señora mía, cree que para despreciar al dinero y

castigarlo por su vileza, debe dársele al primer loquinario que lo pide

sin que sepamos en qué lo ha de emplear?

--Creo que el empleo final de la moneda es siempre el mismo, dese a

quien se diere. Caiga donde caiga, va a satisfacer necesidades. El

manirroto, el disipado, el vicioso mismo, lo hacen pasar a otras manos,

que lo aprovechan en lo que debe aprovecharse. Lance usted un puñado

de billetes a la calle, o entrégueselo al primer perdido que pase,

al primer ladrón que lo solicite, y ese dinero, como van todas las

aguas a los ríos, y los ríos al mar, irá a cumplir su objeto en el

mar inmenso de la miseria humana. Cerca o lejos, aquí o allá, con ese

dinero arrojado por usted a la calle se vestirá alguien, alguien matará

su hambre y su sed. El resultado final de toda donación de numerario es

siempre el mismo.

--Señora mía --dijo don Manuel un poco aturdido--. No seamos

paradójicos..., no seamos sofísticos. Si usted me permite que la

contradiga, que le haga una demostración clara de su error en esa

materia...

El hombre no podía expresarse bien. Estaba sofocadísimo, sentía calor,

y se abanicaba con su teja.

V

--Por más que usted diga --prosiguió la Condesa--, yo creo que la

limosna consiste esencialmente en dar lo que se tiene al que no lo

tiene, sea quien fuera, y empléelo en lo que lo empleare. Imagine usted

las aplicaciones más abominables que se pueden dar al dinero, el juego,

la bebida, el libertinaje. Siempre resultará que corriendo, corriendo,

y después de satisfacer necesidades ilegítimas, va a satisfacer las

legítimas. ¡Dar a los pobres, nada más que a los pobres! Sobre que no

se sabe nunca quiénes son los verdaderos pobres, todo lo que se da va

a parar a ellos por un camino o por otro. Lo que importa es la efusión

del alma, la piedad, al desprendernos de una suma que tenemos y que

otro nos pide.

--¿Y usted siente esa efusión del alma al dar a su primo el auxilio que

solicita?

--Sí señor; la siento, porque veo tras su petición un mundo de

necesidades abrumadoras, de martirios horribles, en que igualmente

gimen el alma y el cuerpo. Veo la falta de alimento, la estrechez de la

vivienda, la persecución de los acreedores, la vida angustiosa, llena

de humillaciones y vergüenzas ocultas, la disparidad terrible entre los

medios de existencia y el nombre retumbante que se lleva en el mundo.

Yo creo que en mi primo son ciertos los propósitos de enmienda; pero

demos de barato que no lo sean; admitamos que nos engaña, que es un

perdido, un tronera lleno de vicios, entre los cuales descuella el de

la postulación a diestro y siniestro. ¿Y qué hará usted para sacarle

del infierno de esa vida? ¿Predicarle? Nada se conseguirá mientras no

se le ponga en condiciones de variar de conducta, y por más que usted

se devane los sesos, no hallará otra manera de redención que darle lo

que no tiene, porque su mala vida no es más que el resultado fatal,

inevitable, de la pobreza.

--¿Según eso, señora mía --dijo el sacerdote con cierta severidad--,

usted piensa darle a José Antonio los cinco mil duros que le pide?

--Sí señor, he resuelto dárselos, y así se lo he prometido. Mi palabra

es oro. Pero...

--¿Pero qué?...

--¡Oh! aún falta lo mejor. Para que vea usted que no soy paradójica ni

sofista, se los doy y no se los doy.

--¿Se los presta usted?

--Tampoco. Se los doy en una forma que usted ha de aprobar seguramente.

Le adjudico la cantidad, quedando esta en mis arcas, a disposición de

sus administradores.

--Que son...

--Usted y yo. Nosotros nos encargamos de arreglarle una casa decente,

de asegurarle la subsistencia durante el tiempo que se determinará,

y, por añadidura, le pagamos sus deudas, le rompemos esas cadenas

infames que le condenan en vida a un horrible infierno, le libramos

de la vergüenza del sablazo, de la humillación de carecer de todo.

Completaremos nuestra obra dándole medios de trabajar en esa empresa

que dice trae entre manos, especulación que conviene estudiar

detenidamente para ver si en efecto es tal que en ella puede formarse

un hombre honrado. Vamos, ¿qué me dice de esta forma de practicar la

caridad? ¿Cree usted que hay otra manera de traer al buen camino a

un hombre lleno de defectos, desquiciado, empedernido en mil hábitos

perniciosos?

--Contesto, señora mía, que en principio aplaudo su pensamiento.

Respecto a la práctica... no sé... Dígame usted: ¿José Antonio acepta

el auxilio en la forma y condiciones que usted acaba de indicarme?

--El pobrecillo se echó a llorar. Bien conocí que sus lágrimas brotaban

del corazón. «Eres la Providencia misma --me decía--, y realizas el

sueño de mi vida; tú me salvas, tú me redimes, tú haces de mí otro

hombre, y por ti, Halma, bien puedo decir que vuelvo a nacer.» Y

diciendo esto me besaba las manos.

--Y yo también se las beso a usted ahora --dijo don Manuel, haciéndolo

con verdadero enternecimiento--. Es usted una santa... a su manera,

quiero decir que cada día saca usted una nueva forma de santidad. Debo

decirle, en conciencia, que en estas cosas, la originalidad suele ser

un poquitín peligrosa, pero hasta ahora vamos bien, y que siga el Señor

inspirándole esas benditas iniciativas.

--Me complace que usted apruebe mi plan --dijo Catalina, excitada por

el aplauso--, y que se compadezca de ese desgraciado primo mío, el

cual, claramente lo veo, tiene más viciada la cabeza que el corazón.

Cierto que es la informalidad andando, que no acaba cuando se pone

a enjaretar embustes, que por procurarse el pan de cada día, comete

mil bajezas. Por eso mismo, por ser un enfermo del alma, le está

perfectamente indicada la medicina de la caridad tutelar y educativa.

¿No estoy en lo cierto?

--Sí, señora mía --replicaba Flórez entornando los párpados y afirmando

con la cabeza.

--La caridad se ha de ejercer en toda clase de enfermos y en toda

clase de miserables, y este Urreíta es un pobre de solemnidad... _de

tres capas_, un desgraciado, cuyas angustias parten los corazones.

Él me lo decía, haciéndome reír y llorar al mismo tiempo: «Querida

prima, el último de los pordioseros es un millonario comparado conmigo.

Recoge zoquetes de pan y peladuras de patatas; pero se lo come en paz,

y su espíritu vive con la serenidad y la alegría del pájaro, que al

amanecer canta saludando al día... Hasta los ciegos que andan por ahí

tocando la flauta o el violín son menos desdichados que yo. Envidio a

los vendedores de periódicos, a los mozos de cuerda, y a los poceros

de la Villa. Todos comen su bazofia sin comerse al propio tiempo la

vergüenza, que es amarga como la hiel.» ¡Pobrecillo de mi alma! No

puedo menos de considerarle, señor don Manuel, como un niño mañoso a

quien hay que educar. Le haremos todo el bien posible, sin escatimar

los azotes. Porque eso sí, mucha caridad, pero mucho rigor.

--Eso, eso; y si conseguimos su enmienda, habremos hecho una obra

meritoria y grande --dijo suspirando el sacerdote, que si al principio

sintió su poquito de resquemor ante la hermosa iniciativa de su

discípula, no tardó en apropiarse las ideas de ella, con la mira de

vigorizarlas y recobrar de este modo su magisterio.

--Y nadie me quita de la cabeza --prosiguió Halma-- que el corazón

de Pepe es bueno, y que hay en él, aunque por muy escondido no se

vea, materia abundante para obtener la verdadera virtud. De niño era

un ángel. Somos de la misma edad, y juntos vivimos algún tiempo en

Zaportela: su madre, mi tía Rudesinda, me quería locamente, y como yo

era endeblilla y enfermucha, me llevaba consigo al campo para que me

repusiera. Pepe Antonio y yo pasábamos largas temporadas hechos unos

salvajes, corriendo por praderas y sembrados, declarando la guerra a

los pobres grillos, y comiéndonos, no solo la fruta madura, sino la

verde. Pues mire usted: yo era mucho más traviesa que Pepe Antonio,

yo solía tener malicias, inocentes, eso sí, pero malicias, y él no,

él parecía un santito en agraz, y no es que fuera hipócrita, no; era

la bondad misma, la pureza y la abnegación. Un día, delante de mí,

se quitó la camisita para dársela a un niño pobre. Todo lo daba, no

era glotón, ni avaricioso, ni envidiosillo, como todos los chicos.

Mis faltas las tomaba para sí, y se dejaba castigar para que no me

castigaran. Luego, tomó camino tan diferente del mío, que estuvimos sin

vernos muchísimo tiempo. Cuando volvimos a encontrarnos, ya era él un

hombre, y hacía en Madrid una vida de vértigo y desorden. La orfandad,

la miseria vergonzante corrompieron aquella alma buena, que parecía

creada para el bien.

--¡Qué cabeza la mía, señora Condesa! --dijo don Manuel, que con un

gesto renegaba de su flaca memoria--. ¿Pues no se me había olvidado

darle la buena noticia?... Esos recuerdos infantiles de Zaportela me

hacen recordar que el señor Marqués ha convenido conmigo en adjudicar a

usted, no esa finca, sino otra mejor, el castillo de Pedralba, en esta

provincia. ¡Tanto le dije, que...!

--¡Oh, qué dicha!... ¿Pero es cierto? ¡Pedralba nada menos! Tiene usted

razón, mi hermano es la misma bondad, y yo no sé cómo agradecerle

tantos beneficios. De niña, también viví en Pedralba: no puede usted

figurarse el cariño que tengo a las viejas y carcomidas piedras del

castillo, que de tal no tiene más que el nombre.

--Y la propiedad de esa finca sin duda facilita los proyectos de

fundación... ¿No es eso, señora Condesa?

Doña Catalina no contestó, y su meditación silenciosa llenó nuevamente

de recelo el espíritu del buen sacerdote. La pregunta que antecede

había sido formulada por Flórez con objeto de explorar el pensamiento

de su noble amiga, el cual cada día se concentraba más, arrojando

de súbito alguna claridad esplendorosa, que al propio tiempo que

deslumbraba al buen maestro, le ponía en gran confusión. Tras largo

silencio, la Condesa reanudó el diálogo diciendo:

--Quedamos en eso.

--En que... sí... en que Pedralba puede servir de base...

--No pensaba yo en Pedralba. Lo que digo es que usted no se opone a que

vea yo a ese que llaman Nazarín.

--¡Ah!... sí... en efecto... Pues, sí, no hay inconveniente...

--¿Usted no se atreve a afirmar si es loco o santo?

--Al menos, hasta ahora...

--Pues yo quiero saberlo, me conviene saberlo con certeza.

--Espero llegar a la certidumbre con solo tratarle un poco; analizar

sus ideas y someter a un examen prolijo sus acciones.

--Y aunque para mi convencimiento me baste el dictamen de usted, ¿será

impropio, será impertinente que yo misma le vea y le hable, si no por

otro motivo, por satisfacer una curiosidad que me inquieta?

--No creo improcedente que usted aprecie por si misma su estado

cerebral --repuso el clérigo, midiendo bien las palabras--. Pero antes

conviene que le examine yo, que hablemos despacio. Luego determinaremos

en qué sitio y ocasión puede usted satisfacer su curiosidad.

--Perfectamente... Pero prontito, don Manuel.

--Mañana mismo le haré una visita en el hospital. Ea, es muy tarde, y

usted va a comer, y yo a mi casa. Es de noche. Adiós, amiga mía, y a

descansar. Descanse no solo el cuerpo sino el pensamiento, que harto

trabaja en idear cosas grandes. Adiós... Hasta mañana.

Halma · 第 17 / 43 题