III

No dio su brazo a torcer la Condesa de Halma en las primeras

explicaciones y coloquios con sus hermanos, el Marqués de Feramor y

la Duquesa de Monterones, es decir, que no se declaró arrepentida de

su matrimonio, ni renegaba de este por los trabajos y desventuras sin

cuento que de su unión con el alemán se derivaron. La memoria de su

esposo prevalecía en ella sobre todas las cosas, y no permitía que

sus hermanos la menoscabaran con acusaciones, o chistes despiadados.

Había venido a que la amparasen, dándole el resto de su legítima si

algo restaba, después de saldar cuentas con el jefe de la familia.

Pero no se humillaba, ni al pedirlo y tomarlo, en caso de que se lo

dieran, había de abdicar su dignidad, achicándose moralmente ante sus

hermanos, y dándoles toda la razón en el negocio de su casamiento. No,

no mil veces. Si no le daban auxilio ni aun en calidad de limosna, no

le faltaría un convento de monjas en que meterse. Tampoco repugnaría

el entrar en cualquiera de las Órdenes modernísimas que se consagran

a cuidar ancianos, o a la asistencia de enfermos, que entre tantas

Congregaciones, alguna habría que admitiese viudas sin dote. Replicole

a esto gravemente su hermano que no se precipitase, y que por de pronto

no debía pensar más que en reponerse de tantos quebrantos y desazones.

Cerca de un mes estuvo doña Catalina en la morada de su hermano sin ver

a nadie, ni recibir visitas, sin dejarse ver más que de la familia, y

de la criada que la servía. De las ropas que le ofrecieron, no aceptó

más que dos trajes negros, sencillísimos, haciendo voto de no usar

en todo el resto de su vida vestido de color, ni de seda, ni galas

de ninguna especie. Modestia y aseo serían sus únicos adornos, y en

verdad que nada cuadraba mejor a su rostro blanquísimo y a su figura

escueta y melancólica. Como todo se ha de decir, aquí encaja bien el

declarar que doña Catalina no era hermosa, por lo menos, según el

estilo mundano de hermosura. Pero el paso de tantas desdichas había

dejado en su semblante una sombra plácida, y en sus ojos una expresión

de beatitud que era el recreo de cuantos la miraban. Tenía el pelo

rubio tirando a bermejo, la nariz un poco gruesa, el labio inferior

demasiado saliente, la tez mate y limpia, la mirada dulce y serena,

la expresión total grave, la estatura talluda, el cuerpo rígido, el

continente ceremonioso. Algunos, que en aquellos días lograron verla,

aseguraban hallarle cierto parecido con doña Juana la Loca, tal como

nos han transmitido la imagen de esta señora la leyenda y el pincel.

Es caprichoso cuanto se diga de otras semejanzas del orden espiritual,

como no sea que la Condesa de Halma hablaba el alemán con la misma

perfección y soltura que el español.

No era muy grato al señor Marqués aquel aislamiento monástico en que

vivía su hermana, ni le hacían gracia sus propósitos de renunciar

absolutamente a la vida social. Aún podría, según él, aspirar a un

segundo matrimonio, que la indemnizara de las calamidades del primero;

mas para esto era forzoso abandonar la tiesura de imagen hierática,

las inflexiones compungidas, no vestirse como la viuda de un teniente,

y frecuentar el trato de los amigos de la casa. De la misma opinión

era la Marquesa, y ambos la sermoneaban sobre este particular; pero la

firmeza con que defendía Catalina sus convicciones, manías o lo que

fuesen, les hizo comprender que nada conseguirían por el momento, y

que debían confiar al tiempo y a las evoluciones lentas de la voluntad

humana la solución de aquel problema de familia.

Aunque es persona muy conocida en Madrid, quiero decir algo ahora

del carácter del señor Marqués de Feramor, cuya corrección inglesa

es ejemplo de tantos, y que si por su inteligencia, más sólida que

brillante, inspira admiración a muchos, a pocos o a nadie, hablando en

plata, inspira simpatías. Y es que los caracteres exóticos, formados

en el molde anglosajón, no ligan bien o no funden con nuestra pasta

indígena, amasada con harinas y leches diferentes. Don Francisco de

Paula-Rodrigo-José de Calasanz-Carlos Alberto-María de la Regla-Facundo

de Artal y Javierre, demostró desde la edad más tierna aptitudes para

la seriedad, contraviniendo los hábitos infantiles hasta el punto de

que sus compañeritos le llamaban _el viejo_. Coleccionaba sellos,

cultivaba la hucha, y se limpiaba la ropita. Recogía del suelo agujas y

alfileres, y hasta tapones de corcho en buen uso. Se cuenta que hacía

cambalaches de tantas docenas de botones por un sello de Nicaragua,

y que vendía los duplicados a precios escandalosos. Interno en los

Escolapios, estos le tomaron afecto y le daban notas de sobresaliente

en todos los exámenes, porque el chico sabía, y allá donde no llegaba

su inteligencia, que no era escasa, llegaba su amor propio, que era

excesivo. Contentísimo del niño, y queriendo hacer de él un verdadero

prócer, útil al Estado, y que fuese salvaguardia valiente de los

_intereses morales y materiales_ del país, su padre le mandó a educar

a Inglaterra. Era el señor Marqués anglómano de afición o de segunda

mano, porque jamás pasó el canal de la Mancha, y solo por vagos

conocimientos adquiridos en las tertulias sabía que de Albión son las

mejores máquinas y los mejores hombres de Estado.

Allá fue, pues, Paquito, bien recomendado, y le metieron en uno de

los más famosos colegios de Cambridge, donde solo estuvo dos años,

porque no hallándose su papá en las mejores condiciones pecuniarias,

hubo de buscar para el chico educación menos dispendiosa. En un

modesto colegio de Peterborough dirigido por católicos, completó el

primogénito su educación, haciéndose un verdadero inglés por las

ideas y los modales, por el pensamiento y la exterioridad social. En

Peterborough no había los refinados estudios clásicos de Oxford, ni

los científicos de Cambridge; los muchachos se criaban en un medio de

burguesía ilustrada, sabiendo muchas cosas útiles, y algunas elegantes,

cultivando con moderación el _horse racing_, el _boat-racing_, y con la

suficiente práctica de _lawn-tennis_ para pasar en cualquier pueblo

del continente por perfectas hechuras de Albión.

Hablaba el heredero de Feramor la lengua inglesa con toda perfección,

y conocía bastante bien la literatura del país que había sido su

madre intelectual, prefiriendo los estudios políticos e históricos a

los literarios, y siendo en los primeros más amigo de Macaulay que

de Carlyle, en los segundos más devoto de Milton que de Shakespeare.

Tiraba siempre a la cepa latina. Al salir del colegio, consiguiole su

padre un puesto en la embajada, para que por allá estuviese algunos

años más empapándose bien en la savia británica. En aquel periodo se

despertaron y crecieron sus aficiones políticas, hasta constituir

una verdadera pasión; estudió muy a fondo el Parlamento, y sus

prerrogativas, sus prácticas añejas, consolidadas por el tiempo, y no

perdía discurso de los que en todo asunto de importancia pronunciaban

aquellos maestros de la oratoria, tan distintos de los nuestros como lo

es el fruto de la flor, o el tronco derecho y macizo de la arbustería

viciosa.

Ya frisaba don Francisco de Paula en los treinta años cuando por

muerte de su señor padre heredó el marquesado; vino a España, y a los

diez meses casó con doña María de Consolación Ossorio de Moscoso y

Sherman, de nobleza malagueña, mestiza de inglesa y española, joven

de mucha virtud, menos bella que rica, y de una educación que por lo

correcta y perfilada a la usanza extranjera, no desmerecía de la de su

esposo. Poco después casó la hermana mayor del Marqués con el Duque de

Monterones. Catalina, que era la más joven, no fue Condesa de Halma

hasta seis años después.

Pues, señor, con buen pie y mejor mano entró el decimoséptimo Marqués

de Feramor en la vida social y aristocrática del pueblo a que había

traído las luces inglesas y la ortodoxia parlamentaria del país de

John Bull. Afortunadísimo en su matrimonio, por ser Consuelo y él

como cortados por la misma tijera, no lo fue menos en política, pues

desde que entró en el Senado representando una provincia levantina,

empezó a distinguirse, como persona seria por los cuatro costados,

que a refrescar venía nuestro envejecido parlamentarismo con sangre y

aliento del país parlamentario por excelencia. Su oratoria era seca,

_ceñida_, mate y sin efectos. Trataba los asuntos económicos con una

exactitud y un conocimiento que producían el vacío en los escaños.

¿Pero qué importaba esto? Al Parlamento se va a convencer, no a buscar

aplausos; el Parlamento es cosa más seria que un circo de gallos. Lo

cierto era que en aquella soledad de los bancos rojos, Feramor tenía

admiradores sinceros y hasta entusiastas, dos, tres y hasta cinco

senadores machuchos, que le oían con cierto arrobamiento, y luego

salían poniéndole en los cuernos de la luna:

--Así se tratan las cuestiones. Aquí, aquí, en este espejo tienen que

mirarse todos: esto es lo bueno, lo inglés _de la tía Javiera_, la

marca _Londón_ legítima, de patente.

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