Fuera del Senado, el Marqués tenía también su grupito de admiradores,
que le citaban de continuo como un modelo digno de imitación. Por él y
por otros muy contados próceres, se decía la frase de cajetín: «¡Ah, si
toda nuestra nobleza fuera así, otro gallo le cantara a este país!» El
amanerado argumento de achacar nuestras desgracias políticas a no tener
un patriciado a estilo inglés, con hábitos parlamentarios y verdadero
poder político, llegaba a ser una cantinela insoportable.
Es muy digno de notarse que Feramor desmentía la vulgar creencia de
que todo inglés de alta clase ha de ser caballista, y delirante por
cualquiera de los _sports_ que en Albión se usan. Para gloria suya,
no había importado del país serio, más que la seriedad, dejándose
de lado allí del canal las chifladuras hípicas. Aunque algo y aun
algos entendía de lo referente al _turf_, no se ocupaba de ello
sino con frialdad cortés, marcando siempre la distancia que media
intelectualmente entre un _handicap_ y un discurso político, aunque
sea ministerial. Y si era cazador, y de los buenos, no mostraba por
esta afición una preferencia sistemática y absorbente. Así los gustos
como las obligaciones existían en él en su valor propio y natural, y la
inteligencia era siempre la maestra y el ama de todo. En el concierto
de sus facultades dominaba la que Dios le había dado para que gobernase
a las demás, la facultad de administrar, y mientras llegaba el caso de
llevarle las cuentas a la Nación, llevaba las suyas con un acierto y
una nimiedad que eran un nuevo tema de aplauso para sus admiradores.
«¡Un aristócrata que administra! ¡Oh, si hubiera muchos Feramor en
nuestra grandeza, la nación no andaría tan de capa caída!»
La fortuna patrimonial del Marqués no era grande, porque su padre
había puesto en práctica doctrinas que se daban de cachetes con la
regularidad administrativa. Pero la riqueza aportada al matrimonio por
la Marquesa fortalecía considerablemente la casa, en la cual reinaba
un orden perfecto, gastándose tan solo la mitad de las rentas. Vivían,
pues, con decoro y modestia, sometidos gustosamente a un régimen de
previsión entre dos jalones, el de delante fijando el límite de
donde no debía pasar el lujo, para evitar despilfarros, el de atrás
marcando la raya de la economía, para no llegar a la sordidez. A mayor
abundamiento, la Marquesa, que parecía hecha a imagen y semejanza de
su esposo, y que con la convivencia se asimilaba prodigiosamente sus
ideas, salió tan administrativa y administradora como él, y le ayudaba
a sostener aquel venturoso equilibrio. Ambos lucían en el gobierno
de la casa, con una perfecta entonación económica, si es permitido
decirlo así. Diversas eran las opiniones mundanas sobre esta manera
de vivir, pues si algunos les criticaban por no tener una cuadra de
gran importancia hípica, como correspondía a los gustos ingleses del
Marqués, otros le elogiaban sin tasa por su excelente biblioteca,
principalmente consagrada ¡oh!... a ciencias morales y políticas. Su
mesa era inferior a la biblioteca, y superior a la cuadra. Solo había
cinco convidados un día por semana.
Expresadas las opiniones, conviene apuntar las hablillas, aunque
estas desdoren un poco la noble figura de los Feramor. Lenguas, que
evidentemente eran malas, decían que el Marqués colocaba el sobrante
de sus rentas a préstamo con réditos enormes, sacando de apuros a
sus compañeros de grandeza, comprometidos en el juego, en el _sport_
o en otros vicios. En esto la maledicencia no acertaba, como casi
siempre sucede, pues los préstamos del Marqués no eran de calidad
extremadamente usuraria. Se reforzaba, sí, con buenas hipotecas,
y cuando la garantía era floja y el reembolso problemático, sus
principios económicos le aconsejaban aumentar prudencialmente los
intereses. Ello es que si en rigor de verdad no debía ser llamado
usurero, tampoco habría mayor injusticia que aplicarle el calificativo
de generoso. Ni la adulación que todo lo puede, podía llamarle así.
Los amigos más benévolos no acertaban a descubrir en él un rasgo
de desprendimiento, o un ejemplo de favor desinteresado. Era todo
exactitud en el pensar, precisión matemática en las acciones, como una
máquina de vida social en la que se suprimieran los movimientos de
la manivela afectiva. No faltaba jamás a sus deberes, no se le podía
coger en descuido de sus compromisos; pero tampoco se le escapaba
la sensiblería de hacer el bien por el bien. Siempre en guardia, y
custodiándose a sí propio con llaves seguras que solo él manejaba, no
permitía nunca que la espontaneidad abriese su interior de hierro, ni
menos que mano profana penetrase en él.
Ved aquí por qué no gozaba de simpatías, y los que le admiraban como el
último modelo inglés de corte de personas, no le querían. Encontrábanle
todos poco español, privado de las virtudes y de los defectos de
la compleja raza peninsular. Habríanle querido menos reglamentado
moralmente, menos exacto, y un poquitín perdido. Físicamente, era
hermoso, pero sin expresión, de facciones a las cuales no se podía
poner la menor tacha, rematadas por una corona negativa, es decir, por
una calva precoz, lustrosa y limpia, que él consideraba como la más
airosa tapadera de la seriedad británica. Su trato fuera de casa era
delicado y fino, dentro de una elegante tibieza, y en la intimidad
doméstica seco y autoritario, sin ninguna disonancia, pero también sin
asomos de dulzura, como un preceptor o intendente, más que como padre
y esposo. De la señora Marquesa, que no era más que el _feminismo_
del carácter de su marido, poco hay que decir. La asimilación había
llegado a ser tan perfecta, que pensaban y hablaban lo mismo, usando
las propias locuciones familiares. Ambos se expresaban en inglés con
notable soltura. Y la asimilación no paraba en esto, pues ocurría en
aquel matrimonio joven lo que en algunos viejos, reducidos por larga
convivencia a una sola persona con dos figuras distintas. El Marqués
y la Marquesa se parecían físicamente; ¿qué digo se parecían? eran
iguales, a pesar de señalarse ella por poco bonita y él por bastante
guapo; iguales el mirar, el respirar, los movimientos musculares del
rostro, el aire grave de la frente, el temblor imperceptible de las
ventanillas de la nariz, la manera de llevar los quevedos, pues ambos
eran miopes, la boca, la sonrisa de buena educación más que de bondad.
Decía un guasón, amigo de la casa, que si uno de los dos se muriera, el
superviviente sería viudo de sí mismo.
Vivían en la casa patrimonial de los Feramor, en una de las plazoletas
irregulares próximas a San Justo, con vistas a la calle de Segovia y
al Viaducto por la parte de Poniente; casa vetusta, pero que con los
remiendos y distribuciones hechas por el Marqués no había quedado mal.
La parte baja, agrandada y mejorada notablemente, se dividía en dos
cuartos de renta, y se alquilaron, el uno para litografía, el otro para
las oficinas de una Sacramental. El segundo, distribuido al principio
en tres cuartos de alquiler, fue después anexionado a la casa para
aposentar convenientemente a los niños mayores, a la institutriz y
a parte de la servidumbre. En aquel piso escogió su habitación doña
Catalina, no permitiendo que fuera amueblada con lujo, sino más bien
como celda de convento, a lo cual se opusieron los Marqueses, enemigos
declarados de toda exageración. La exageración les sacaba de quicio,
y por tanto arreglaron la estancia modestamente, pero evitando la
afectación de pobreza monástica.
Al mes de su regreso a Madrid, la triste viuda empezó a salir de aquel
estupor doloroso en que había venido. Ya tomaba gusto a la vida de
familia, rompía la melancólica solemnidad de su silencio, y se distraía
algunos ratos en la sociedad inocente de sus sobrinitos, dándoles de
comer, ayudando a la institutriz, o bien recreándoles con cuentecillos
y juegos que no fueran ruidosos. Nunca bajaba al comedor grande a la
hora oficial de comida. O se la servía en su cuarto, o con la familia
menuda, en el comedor de arriba. Su vida era simplísima, y de una
regularidad conventual: se levantaba al romper el día, oía misa en
el Sacramento o en San Justo, volvía sobre las ocho, rezaba o leía
haciendo labor de gancho, y el resto del día lo empleaba en repasar a
los chiquillos la lección, volviendo de rato en rato a la misma tarea
de la lectura, el gancho y el rezo. Su cuñada subía con frecuencia
a darle conversación y distraerla; su hermano rara vez remontaba
su seriedad al segundo piso, y cuando tenía algo de interés que
comunicarle la llamaba a su despacho. Una mañana, después de preparar
el discurso que había de pronunciar aquella tarde en el Senado,
extrayendo mil y mil datos de revistas y periódicos que trataban de la
monserga económica, habló largamente con su hermana de lo que se verá a
continuación.
V
--Y yo te pregunto, querida hermana: ¿vas a estar así toda la vida?
¿No es ya bastante duelo? ¿No te hartas todavía de obscuridad, de
silencio, de rezos monjiles y de ese quietismo, que al fin dará al
traste con tu salud y hasta con tu vida?... ¿No respondes? Bueno.
Conociendo tu terquedad, ese silencio me indica que aún tenemos
melancolías y soledades para un rato. ¡Ah! Catalina, ¿por qué no eres
como yo? ¿por qué no tienes un poco de sentido práctico, y das de mano
a esas exageraciones? Ea, planteemos la cuestión en terreno despejado.
¿Piensas consagrar absolutamente tu vida a las devociones, a la
religión, en una palabra?
--Sí --respondió la de Halma con lacónica firmeza.
--Bueno. Ya tenemos una afirmación, ya es algo, aunque sea un
disparate. Vida religiosa: corriente. ¿Y tú lo has pensado bien? ¿No
temes que venga el desaliento, el cambio de ideas cuando ya sea tarde
para el remedio?
--No.
--Corriente. Una negación tan rotunda ya es algo. Adelante... Luego,
tu determinación es irrevocable; luego, te sientes con fuerzas para
afrontar esa vida, que yo soy el primero en alabar y enaltecer... esa
vida, ¡ah! de la cual hallamos ejemplos tan hermosos en los tiempos
pasados, pero que en los presentes... ¡ah!... Resumiendo: que te
propones ingresar en alguna de las Órdenes existentes, y acabar tu
vida en un claustro. Perfectamente; pero aquí entro yo, aquí entra tu
hermano mayor, el jefe actual de la familia, el cual tiene la suerte
de ver las cosas con gran claridad, y de plantear todas las cuestiones
en el terreno positivo. Yo te pregunto: ¿es tu deseo pertenecer a
alguna de las Órdenes claustradas y reclusas, o a estas modernas, a la
francesa, que persiguen fines esencialmente prácticos y sociales? Te lo
pregunto, querida hermana, no porque piense oponerme a tu resolución
en ninguno de los dos casos, sino para fijar bien los términos de
la cuestión, y puntualizar tus relaciones ulteriores con la familia
bajo el punto de vista social y económico. Conviene tratar el tema de
la dote, o sea de tu religiosidad bajo el aspecto de los intereses
materiales... Porque si no fijamos bien... si no demarcamos bien...
Doña Catalina interrumpió con nerviosa impaciencia a su hermano, en el
momento en que este acentuaba sus argumentaciones con los dos dedos
índices sobre el filo de la elegantísima mesa de su despacho.
--No te canses en tratar este asunto como si fuera una discusión del
Senado. Esto es sencillísimo; tanto, que yo sola puedo resolverlo sin
consejo ni auxilio de nadie. Quédense tus sabidurías para cosas de más
importancia. Yo tengo mis ideas...
Aquí la interrumpió él prontamente, apoderándose de la frase para
comentarla con cierta acritud:
--Eso es lo que yo temo, señora hermana; y cuando te oigo decir: «Tengo
mis ideas», me echo a temblar, porque los hechos me prueban que tus
ideas no son de una perfecta congruencia con la realidad.
--Ello es que las tengo, querido hermano --dijo la Condesa de Halma
con humildad--, y tú tienes las tuyas. Fácil es que no concuerden unas
con otras. Pensamos, sentimos la vida de un modo muy distinto. Déjame
a mí por mi camino, y sigue tú el tuyo. Quizás nos encontremos, quizás
no. ¿Eso quién lo sabe? Cierto es que yo quiero hacer vida religiosa.
No puedo decirte aún si entraré en las Órdenes antiguas, o en las
modernas. Soy un poco lenta en mis resoluciones, y mis ideas han de
madurar mucho para que yo me decida a ponerlas en práctica. Quizás te
sorprenda con algún proyectillo que pase un poquito la línea de lo
común. No sé. Cada cual tiene sus aspiraciones. Yo las tengo en mi
esfera, como tú en la tuya.
--Ya, ya --dijo el Marqués encontrando un fácil motivo de argumentación
humorística--. Mi señora hermana pica alto. La fuerza de su humildad
le sugiere ideas que se parecen al orgullo como una gota a otra gota.
No encuentra dignas de su ardor religioso las Órdenes consagradas por
el tiempo, y aspira a eclipsar la gloria de las Teresas y Claras,
fundando una nueva Regla monástica para su recreo particular... Y yo
pregunto: ¿corresponderán las facultades intelectuales de mi querida
hermana a la nobilísima aspiración de su alma generosa? Me permito
dudarlo... No me niegues que has pensado en ello, Catalina, y que
sueñas con la celebridad de fundadora. Te lo he conocido en lo que
callas, conversando conmigo, más que en lo que dices. Te lo he conocido
en ciertas reticencias sorprendidas en ti, cuando de soslayo tratamos
alguna vez del empleo que pensabas dar a los restos de tu legítima.
Y ahora, hermana mía, abordo nuevamente la cuestión de intereses,
asaltado de una duda. Yo pregunto: ¿mi señora hermana, en el estado
cerebral particularísimo que es producto infalible del misticismo,
está en el caso de apreciar con exactitud la cuantía de su legítima,
después de los suplidos de Oriente, que no hay para qué recordar ahora?
Permítaseme dudarlo.
--Creo poder apreciarlo --dijo la de Halma con firmeza--; aunque,
según tú, me falta el sentido de las cosas materiales.
--No es caprichosa esa opinión mía, pues la fundo en una triste
experiencia. Por no haber sabido a tiempo amaestrar la imaginación,
esta te desfigura los hechos, te agranda todo lo que pertenece al
concepto ventajoso, y te empequeñece lo...
--¡Ay, no! --replicó la viuda con viveza--. ¿Piensas que la imaginación
me empequeñece lo malo?... Di más bien lo contrario. Veo siempre
considerablemente extendido todo aquello que me perjudica...
--Seguramente creerás que la parte de tu legítima que está en mi poder
--dijo don Francisco de Paula con cierta conmiseración--, se eleva a
una cifra fabulosa. Fuera de que la legítima era en sí bastante menor
de lo que pudimos creer en vida de nuestro querido padre (que de Dios
goce), hay que tener en cuenta que tu disparatado casamiento más ha
sido para disminuirla que para aumentarla.
--Dejaremos esta cuestión para cuando sea más oportuno tratarla --dijo
doña Catalina levantándose.
--Como quieras. Pero no te impacientes por subir a tu nido, y oye
la observación que quiero hacerte respecto a tus proyectos de vida
monástica. Siéntate un momento más, y bueno será que atiendas ahora,
más que otras veces lo hiciste, a las sanas advertencias de tu hermano,
que a falta de otra sabiduría, tiene la de presentar las cuestiones
en su aspecto serio. No te censuro que te lances con ardor a la vida
religiosa y santa. También eso, aunque con apariencias imaginativas,
puede ser práctico, esencialmente práctico. Si tu conciencia, si tu
corazón te impulsan por ese camino, síguelo, que tu carácter y los
hábitos adquiridos no te permitirán quizás, o sin quizás, ir por otro.
Mi aprobación en toda regla. Cuanto pertenezca al orden de la piedad, y
a los supremos _intereses_ espirituales, me tendrá siempre en favorable
disposición. Pero concrétate a un papel puramente pasivo, pues no
naciste tú para la iniciativa ni para la actividad, en su acepción más
lata. Temo mucho a tus ambiciones de fundadora, y veo en peligro los
reducidos intereses que constituyen tu legítima. Con ellos se te podría
constituir una dote decorosa, y si me apuran, una dote espléndida. Pero
si en vez de concretarte a ser humilde oveja, como piden tu carácter
débil y, permíteme que lo diga, tus cortos alcances, te quieres meter
a pastora, no tienes ni para empezar. ¡Ah! vivimos en un siglo en que
no se pueden desmentir las leyes económicas, querida hermana; y el
que no tenga en cuenta las leyes económicas, se estrellará en toda
empresa que acometa, aun aquellas del orden espiritual. Así como no se
puede hacer una tortilla sin romper huevos, no puede emprenderse cosa
alguna sin capital. Hoy no se crean Órdenes o Congregaciones con el
esfuerzo puro de la fe y del ejemplo edificante. Se necesita que el
que funda, posea una fortuna que consagrar al servicio de Dios, o que
encuentre protectores ricos y piadosos. Tú no los encontrarás para ese
objeto, si piensas buscar apoyo en la familia. Los parientes próximos,
puedo citártelos uno por uno, no están en disposición de consagrar a
un negocio tan problemático como la salvación de las almas propias
y ajenas sus apuradas rentas. De modo, que si te obstinas en llevar
adelante un pensamiento demasiado ambicioso, no harás nada de provecho,
y perderás en vanas tentativas lo poco que tienes. Nuestra época admite
los arrebatos místicos, pero con la razón siempre por delante; admite
la caridad en grado heroico, pero con capital a la espalda, capital
para todo, hasta para allanarle a la humanidad los caminos del Cielo.
Tú no posees ni ese capital encefálico que se llama razón, ni esa razón
suprema de los actos colectivos, que se llama capital. Intenta algo que
se salga de lo común, y verás como sale un despropósito. Siembra tu
pobre iniciativa, y cogerás cosecha de tristes desengaños.
--¿Has concluido?... ¡Qué bien se explica el señor senador! --le dijo
Catalina con gracejo--. ¿Y si te dijera que no me has convencido? Me
reñirías un poquito más. ¿Y si al reñirme más, yo me permitiera el
atrevimiento de no hacerte caso? Pero si no conoces mis ideas, ni mis
planes, ¿para qué los criticas? Es una verdadera desdicha que seas tan
parlamentario, porque a todo le das el giro de discusión de negocio
grave, y te sale un debate político de cada dedo. Yo no discuto, ni
critico, ni _parlamenteo_ nada. Lo que pienso hacer lo haré si puedo,
y si no, no. ¿Ya te estás curando en salud, creyendo que voy a pedirte
algo que no sea mío? Respira tranquilo, hombre práctico, apóstol del
dogma económico, y de las sacrosantas doctrinas del capital y la renta,
y tal y qué sé yo. Niégame que existe un capital más eficaz que el que
se forma con el dinero y la razón.
--A ver... ¿qué?
--La fe... No te rías...
--Si no me río. Pues estaría bueno que yo me riera de la fe... no,
querida y respetada hermana... Debo poner punto por hoy en estas
discusiones. Sé que no he de convencerte. Yo digo: «terquedad, tu
nombre es Catalina de Halma...» Espero que otro será más afortunado que
yo.
--¿Quién?
--Don Manuel... Nuestro buen amigo triunfará de tus manías.
En aquel punto entró en el despacho la Marquesa, que acababa de llegar
de misa, y cogiendo al vuelo las últimas palabras, terció en el debate,
repitiendo, como un eco de su marido:
--Don Manuel, don Manuel te convencerá.