IV

Fuera del Senado, el Marqués tenía también su grupito de admiradores,

que le citaban de continuo como un modelo digno de imitación. Por él y

por otros muy contados próceres, se decía la frase de cajetín: «¡Ah, si

toda nuestra nobleza fuera así, otro gallo le cantara a este país!» El

amanerado argumento de achacar nuestras desgracias políticas a no tener

un patriciado a estilo inglés, con hábitos parlamentarios y verdadero

poder político, llegaba a ser una cantinela insoportable.

Es muy digno de notarse que Feramor desmentía la vulgar creencia de

que todo inglés de alta clase ha de ser caballista, y delirante por

cualquiera de los _sports_ que en Albión se usan. Para gloria suya,

no había importado del país serio, más que la seriedad, dejándose

de lado allí del canal las chifladuras hípicas. Aunque algo y aun

algos entendía de lo referente al _turf_, no se ocupaba de ello

sino con frialdad cortés, marcando siempre la distancia que media

intelectualmente entre un _handicap_ y un discurso político, aunque

sea ministerial. Y si era cazador, y de los buenos, no mostraba por

esta afición una preferencia sistemática y absorbente. Así los gustos

como las obligaciones existían en él en su valor propio y natural, y la

inteligencia era siempre la maestra y el ama de todo. En el concierto

de sus facultades dominaba la que Dios le había dado para que gobernase

a las demás, la facultad de administrar, y mientras llegaba el caso de

llevarle las cuentas a la Nación, llevaba las suyas con un acierto y

una nimiedad que eran un nuevo tema de aplauso para sus admiradores.

«¡Un aristócrata que administra! ¡Oh, si hubiera muchos Feramor en

nuestra grandeza, la nación no andaría tan de capa caída!»

La fortuna patrimonial del Marqués no era grande, porque su padre

había puesto en práctica doctrinas que se daban de cachetes con la

regularidad administrativa. Pero la riqueza aportada al matrimonio por

la Marquesa fortalecía considerablemente la casa, en la cual reinaba

un orden perfecto, gastándose tan solo la mitad de las rentas. Vivían,

pues, con decoro y modestia, sometidos gustosamente a un régimen de

previsión entre dos jalones, el de delante fijando el límite de

donde no debía pasar el lujo, para evitar despilfarros, el de atrás

marcando la raya de la economía, para no llegar a la sordidez. A mayor

abundamiento, la Marquesa, que parecía hecha a imagen y semejanza de

su esposo, y que con la convivencia se asimilaba prodigiosamente sus

ideas, salió tan administrativa y administradora como él, y le ayudaba

a sostener aquel venturoso equilibrio. Ambos lucían en el gobierno

de la casa, con una perfecta entonación económica, si es permitido

decirlo así. Diversas eran las opiniones mundanas sobre esta manera

de vivir, pues si algunos les criticaban por no tener una cuadra de

gran importancia hípica, como correspondía a los gustos ingleses del

Marqués, otros le elogiaban sin tasa por su excelente biblioteca,

principalmente consagrada ¡oh!... a ciencias morales y políticas. Su

mesa era inferior a la biblioteca, y superior a la cuadra. Solo había

cinco convidados un día por semana.

Expresadas las opiniones, conviene apuntar las hablillas, aunque

estas desdoren un poco la noble figura de los Feramor. Lenguas, que

evidentemente eran malas, decían que el Marqués colocaba el sobrante

de sus rentas a préstamo con réditos enormes, sacando de apuros a

sus compañeros de grandeza, comprometidos en el juego, en el _sport_

o en otros vicios. En esto la maledicencia no acertaba, como casi

siempre sucede, pues los préstamos del Marqués no eran de calidad

extremadamente usuraria. Se reforzaba, sí, con buenas hipotecas,

y cuando la garantía era floja y el reembolso problemático, sus

principios económicos le aconsejaban aumentar prudencialmente los

intereses. Ello es que si en rigor de verdad no debía ser llamado

usurero, tampoco habría mayor injusticia que aplicarle el calificativo

de generoso. Ni la adulación que todo lo puede, podía llamarle así.

Los amigos más benévolos no acertaban a descubrir en él un rasgo

de desprendimiento, o un ejemplo de favor desinteresado. Era todo

exactitud en el pensar, precisión matemática en las acciones, como una

máquina de vida social en la que se suprimieran los movimientos de

la manivela afectiva. No faltaba jamás a sus deberes, no se le podía

coger en descuido de sus compromisos; pero tampoco se le escapaba

la sensiblería de hacer el bien por el bien. Siempre en guardia, y

custodiándose a sí propio con llaves seguras que solo él manejaba, no

permitía nunca que la espontaneidad abriese su interior de hierro, ni

menos que mano profana penetrase en él.

Ved aquí por qué no gozaba de simpatías, y los que le admiraban como el

último modelo inglés de corte de personas, no le querían. Encontrábanle

todos poco español, privado de las virtudes y de los defectos de

la compleja raza peninsular. Habríanle querido menos reglamentado

moralmente, menos exacto, y un poquitín perdido. Físicamente, era

hermoso, pero sin expresión, de facciones a las cuales no se podía

poner la menor tacha, rematadas por una corona negativa, es decir, por

una calva precoz, lustrosa y limpia, que él consideraba como la más

airosa tapadera de la seriedad británica. Su trato fuera de casa era

delicado y fino, dentro de una elegante tibieza, y en la intimidad

doméstica seco y autoritario, sin ninguna disonancia, pero también sin

asomos de dulzura, como un preceptor o intendente, más que como padre

y esposo. De la señora Marquesa, que no era más que el _feminismo_

del carácter de su marido, poco hay que decir. La asimilación había

llegado a ser tan perfecta, que pensaban y hablaban lo mismo, usando

las propias locuciones familiares. Ambos se expresaban en inglés con

notable soltura. Y la asimilación no paraba en esto, pues ocurría en

aquel matrimonio joven lo que en algunos viejos, reducidos por larga

convivencia a una sola persona con dos figuras distintas. El Marqués

y la Marquesa se parecían físicamente; ¿qué digo se parecían? eran

iguales, a pesar de señalarse ella por poco bonita y él por bastante

guapo; iguales el mirar, el respirar, los movimientos musculares del

rostro, el aire grave de la frente, el temblor imperceptible de las

ventanillas de la nariz, la manera de llevar los quevedos, pues ambos

eran miopes, la boca, la sonrisa de buena educación más que de bondad.

Decía un guasón, amigo de la casa, que si uno de los dos se muriera, el

superviviente sería viudo de sí mismo.

Vivían en la casa patrimonial de los Feramor, en una de las plazoletas

irregulares próximas a San Justo, con vistas a la calle de Segovia y

al Viaducto por la parte de Poniente; casa vetusta, pero que con los

remiendos y distribuciones hechas por el Marqués no había quedado mal.

La parte baja, agrandada y mejorada notablemente, se dividía en dos

cuartos de renta, y se alquilaron, el uno para litografía, el otro para

las oficinas de una Sacramental. El segundo, distribuido al principio

en tres cuartos de alquiler, fue después anexionado a la casa para

aposentar convenientemente a los niños mayores, a la institutriz y

a parte de la servidumbre. En aquel piso escogió su habitación doña

Catalina, no permitiendo que fuera amueblada con lujo, sino más bien

como celda de convento, a lo cual se opusieron los Marqueses, enemigos

declarados de toda exageración. La exageración les sacaba de quicio,

y por tanto arreglaron la estancia modestamente, pero evitando la

afectación de pobreza monástica.

Al mes de su regreso a Madrid, la triste viuda empezó a salir de aquel

estupor doloroso en que había venido. Ya tomaba gusto a la vida de

familia, rompía la melancólica solemnidad de su silencio, y se distraía

algunos ratos en la sociedad inocente de sus sobrinitos, dándoles de

comer, ayudando a la institutriz, o bien recreándoles con cuentecillos

y juegos que no fueran ruidosos. Nunca bajaba al comedor grande a la

hora oficial de comida. O se la servía en su cuarto, o con la familia

menuda, en el comedor de arriba. Su vida era simplísima, y de una

regularidad conventual: se levantaba al romper el día, oía misa en

el Sacramento o en San Justo, volvía sobre las ocho, rezaba o leía

haciendo labor de gancho, y el resto del día lo empleaba en repasar a

los chiquillos la lección, volviendo de rato en rato a la misma tarea

de la lectura, el gancho y el rezo. Su cuñada subía con frecuencia

a darle conversación y distraerla; su hermano rara vez remontaba

su seriedad al segundo piso, y cuando tenía algo de interés que

comunicarle la llamaba a su despacho. Una mañana, después de preparar

el discurso que había de pronunciar aquella tarde en el Senado,

extrayendo mil y mil datos de revistas y periódicos que trataban de la

monserga económica, habló largamente con su hermana de lo que se verá a

continuación.

V

--Y yo te pregunto, querida hermana: ¿vas a estar así toda la vida?

¿No es ya bastante duelo? ¿No te hartas todavía de obscuridad, de

silencio, de rezos monjiles y de ese quietismo, que al fin dará al

traste con tu salud y hasta con tu vida?... ¿No respondes? Bueno.

Conociendo tu terquedad, ese silencio me indica que aún tenemos

melancolías y soledades para un rato. ¡Ah! Catalina, ¿por qué no eres

como yo? ¿por qué no tienes un poco de sentido práctico, y das de mano

a esas exageraciones? Ea, planteemos la cuestión en terreno despejado.

¿Piensas consagrar absolutamente tu vida a las devociones, a la

religión, en una palabra?

--Sí --respondió la de Halma con lacónica firmeza.

--Bueno. Ya tenemos una afirmación, ya es algo, aunque sea un

disparate. Vida religiosa: corriente. ¿Y tú lo has pensado bien? ¿No

temes que venga el desaliento, el cambio de ideas cuando ya sea tarde

para el remedio?

--No.

--Corriente. Una negación tan rotunda ya es algo. Adelante... Luego,

tu determinación es irrevocable; luego, te sientes con fuerzas para

afrontar esa vida, que yo soy el primero en alabar y enaltecer... esa

vida, ¡ah! de la cual hallamos ejemplos tan hermosos en los tiempos

pasados, pero que en los presentes... ¡ah!... Resumiendo: que te

propones ingresar en alguna de las Órdenes existentes, y acabar tu

vida en un claustro. Perfectamente; pero aquí entro yo, aquí entra tu

hermano mayor, el jefe actual de la familia, el cual tiene la suerte

de ver las cosas con gran claridad, y de plantear todas las cuestiones

en el terreno positivo. Yo te pregunto: ¿es tu deseo pertenecer a

alguna de las Órdenes claustradas y reclusas, o a estas modernas, a la

francesa, que persiguen fines esencialmente prácticos y sociales? Te lo

pregunto, querida hermana, no porque piense oponerme a tu resolución

en ninguno de los dos casos, sino para fijar bien los términos de

la cuestión, y puntualizar tus relaciones ulteriores con la familia

bajo el punto de vista social y económico. Conviene tratar el tema de

la dote, o sea de tu religiosidad bajo el aspecto de los intereses

materiales... Porque si no fijamos bien... si no demarcamos bien...

Doña Catalina interrumpió con nerviosa impaciencia a su hermano, en el

momento en que este acentuaba sus argumentaciones con los dos dedos

índices sobre el filo de la elegantísima mesa de su despacho.

--No te canses en tratar este asunto como si fuera una discusión del

Senado. Esto es sencillísimo; tanto, que yo sola puedo resolverlo sin

consejo ni auxilio de nadie. Quédense tus sabidurías para cosas de más

importancia. Yo tengo mis ideas...

Aquí la interrumpió él prontamente, apoderándose de la frase para

comentarla con cierta acritud:

--Eso es lo que yo temo, señora hermana; y cuando te oigo decir: «Tengo

mis ideas», me echo a temblar, porque los hechos me prueban que tus

ideas no son de una perfecta congruencia con la realidad.

--Ello es que las tengo, querido hermano --dijo la Condesa de Halma

con humildad--, y tú tienes las tuyas. Fácil es que no concuerden unas

con otras. Pensamos, sentimos la vida de un modo muy distinto. Déjame

a mí por mi camino, y sigue tú el tuyo. Quizás nos encontremos, quizás

no. ¿Eso quién lo sabe? Cierto es que yo quiero hacer vida religiosa.

No puedo decirte aún si entraré en las Órdenes antiguas, o en las

modernas. Soy un poco lenta en mis resoluciones, y mis ideas han de

madurar mucho para que yo me decida a ponerlas en práctica. Quizás te

sorprenda con algún proyectillo que pase un poquito la línea de lo

común. No sé. Cada cual tiene sus aspiraciones. Yo las tengo en mi

esfera, como tú en la tuya.

--Ya, ya --dijo el Marqués encontrando un fácil motivo de argumentación

humorística--. Mi señora hermana pica alto. La fuerza de su humildad

le sugiere ideas que se parecen al orgullo como una gota a otra gota.

No encuentra dignas de su ardor religioso las Órdenes consagradas por

el tiempo, y aspira a eclipsar la gloria de las Teresas y Claras,

fundando una nueva Regla monástica para su recreo particular... Y yo

pregunto: ¿corresponderán las facultades intelectuales de mi querida

hermana a la nobilísima aspiración de su alma generosa? Me permito

dudarlo... No me niegues que has pensado en ello, Catalina, y que

sueñas con la celebridad de fundadora. Te lo he conocido en lo que

callas, conversando conmigo, más que en lo que dices. Te lo he conocido

en ciertas reticencias sorprendidas en ti, cuando de soslayo tratamos

alguna vez del empleo que pensabas dar a los restos de tu legítima.

Y ahora, hermana mía, abordo nuevamente la cuestión de intereses,

asaltado de una duda. Yo pregunto: ¿mi señora hermana, en el estado

cerebral particularísimo que es producto infalible del misticismo,

está en el caso de apreciar con exactitud la cuantía de su legítima,

después de los suplidos de Oriente, que no hay para qué recordar ahora?

Permítaseme dudarlo.

--Creo poder apreciarlo --dijo la de Halma con firmeza--; aunque,

según tú, me falta el sentido de las cosas materiales.

--No es caprichosa esa opinión mía, pues la fundo en una triste

experiencia. Por no haber sabido a tiempo amaestrar la imaginación,

esta te desfigura los hechos, te agranda todo lo que pertenece al

concepto ventajoso, y te empequeñece lo...

--¡Ay, no! --replicó la viuda con viveza--. ¿Piensas que la imaginación

me empequeñece lo malo?... Di más bien lo contrario. Veo siempre

considerablemente extendido todo aquello que me perjudica...

--Seguramente creerás que la parte de tu legítima que está en mi poder

--dijo don Francisco de Paula con cierta conmiseración--, se eleva a

una cifra fabulosa. Fuera de que la legítima era en sí bastante menor

de lo que pudimos creer en vida de nuestro querido padre (que de Dios

goce), hay que tener en cuenta que tu disparatado casamiento más ha

sido para disminuirla que para aumentarla.

--Dejaremos esta cuestión para cuando sea más oportuno tratarla --dijo

doña Catalina levantándose.

--Como quieras. Pero no te impacientes por subir a tu nido, y oye

la observación que quiero hacerte respecto a tus proyectos de vida

monástica. Siéntate un momento más, y bueno será que atiendas ahora,

más que otras veces lo hiciste, a las sanas advertencias de tu hermano,

que a falta de otra sabiduría, tiene la de presentar las cuestiones

en su aspecto serio. No te censuro que te lances con ardor a la vida

religiosa y santa. También eso, aunque con apariencias imaginativas,

puede ser práctico, esencialmente práctico. Si tu conciencia, si tu

corazón te impulsan por ese camino, síguelo, que tu carácter y los

hábitos adquiridos no te permitirán quizás, o sin quizás, ir por otro.

Mi aprobación en toda regla. Cuanto pertenezca al orden de la piedad, y

a los supremos _intereses_ espirituales, me tendrá siempre en favorable

disposición. Pero concrétate a un papel puramente pasivo, pues no

naciste tú para la iniciativa ni para la actividad, en su acepción más

lata. Temo mucho a tus ambiciones de fundadora, y veo en peligro los

reducidos intereses que constituyen tu legítima. Con ellos se te podría

constituir una dote decorosa, y si me apuran, una dote espléndida. Pero

si en vez de concretarte a ser humilde oveja, como piden tu carácter

débil y, permíteme que lo diga, tus cortos alcances, te quieres meter

a pastora, no tienes ni para empezar. ¡Ah! vivimos en un siglo en que

no se pueden desmentir las leyes económicas, querida hermana; y el

que no tenga en cuenta las leyes económicas, se estrellará en toda

empresa que acometa, aun aquellas del orden espiritual. Así como no se

puede hacer una tortilla sin romper huevos, no puede emprenderse cosa

alguna sin capital. Hoy no se crean Órdenes o Congregaciones con el

esfuerzo puro de la fe y del ejemplo edificante. Se necesita que el

que funda, posea una fortuna que consagrar al servicio de Dios, o que

encuentre protectores ricos y piadosos. Tú no los encontrarás para ese

objeto, si piensas buscar apoyo en la familia. Los parientes próximos,

puedo citártelos uno por uno, no están en disposición de consagrar a

un negocio tan problemático como la salvación de las almas propias

y ajenas sus apuradas rentas. De modo, que si te obstinas en llevar

adelante un pensamiento demasiado ambicioso, no harás nada de provecho,

y perderás en vanas tentativas lo poco que tienes. Nuestra época admite

los arrebatos místicos, pero con la razón siempre por delante; admite

la caridad en grado heroico, pero con capital a la espalda, capital

para todo, hasta para allanarle a la humanidad los caminos del Cielo.

Tú no posees ni ese capital encefálico que se llama razón, ni esa razón

suprema de los actos colectivos, que se llama capital. Intenta algo que

se salga de lo común, y verás como sale un despropósito. Siembra tu

pobre iniciativa, y cogerás cosecha de tristes desengaños.

--¿Has concluido?... ¡Qué bien se explica el señor senador! --le dijo

Catalina con gracejo--. ¿Y si te dijera que no me has convencido? Me

reñirías un poquito más. ¿Y si al reñirme más, yo me permitiera el

atrevimiento de no hacerte caso? Pero si no conoces mis ideas, ni mis

planes, ¿para qué los criticas? Es una verdadera desdicha que seas tan

parlamentario, porque a todo le das el giro de discusión de negocio

grave, y te sale un debate político de cada dedo. Yo no discuto, ni

critico, ni _parlamenteo_ nada. Lo que pienso hacer lo haré si puedo,

y si no, no. ¿Ya te estás curando en salud, creyendo que voy a pedirte

algo que no sea mío? Respira tranquilo, hombre práctico, apóstol del

dogma económico, y de las sacrosantas doctrinas del capital y la renta,

y tal y qué sé yo. Niégame que existe un capital más eficaz que el que

se forma con el dinero y la razón.

--A ver... ¿qué?

--La fe... No te rías...

--Si no me río. Pues estaría bueno que yo me riera de la fe... no,

querida y respetada hermana... Debo poner punto por hoy en estas

discusiones. Sé que no he de convencerte. Yo digo: «terquedad, tu

nombre es Catalina de Halma...» Espero que otro será más afortunado que

yo.

--¿Quién?

--Don Manuel... Nuestro buen amigo triunfará de tus manías.

En aquel punto entró en el despacho la Marquesa, que acababa de llegar

de misa, y cogiendo al vuelo las últimas palabras, terció en el debate,

repitiendo, como un eco de su marido:

--Don Manuel, don Manuel te convencerá.

Halma · 第 10 / 43 题