II

Refieran en buen hora los sufrimientos de Catalina de Artal en

aquellos tristes días y en los que siguieron a la muerte de su

adorado esposo, los que posean mística inspiración y estén avezados

a relatar vidas y muertes de mártires gloriosos. Yo no sé hacerlo, y

dejando este trabajo a plumas expertas, que seguramente escribirán la

edificante historia, no hago más que apuntar los hechos capitales,

como antecedentes o fundamento de lo que me propongo referir. ¿Qué

puedo decir del hondísimo dolor de la dama al ver expirar en sus

brazos al que era su vida toda, amor primero, alegría última, único

bien terrestre de su alma? La opinión del mundo, que rara vez deja de

equivocarse en sus precipitados y vanos juicios, había contrahecho la

persona moral del señor Conde, pintándole en los círculos de Madrid con

colores de malicia. Pero al historiador de conciencia, bien enterado

de su asunto, toca el borrar toda falsedad con que los habladores y

envidiosos ennegrecen un noble carácter. Esto hago yo ahora, asegurando

que Carlos Federico de Halma era un bendito, y que la investigación más

rebuscona y pesimista no encontrará en su conducta, después de casado,

ninguna tacha. Desbarato resueltamente la reputación que lenguas

demasiado sueltas le hicieron en Madrid, y reconstruyo su verdadera

personalidad de hombre recto, leal, sincero, añadiendo a estas

cualidades las que adquirió en la convivencia con su digna esposa.

No poca parte había tenido en la dudosa reputación del alemán,

antes del casorio, la volubilidad de sus ideas, la ligereza de sus

juicios, sus distracciones, que llegaron a formar un verdadero centón

anecdótico, sus displicencias negras alternadas con hervores de loco

entusiasmo por cualquier motivo de arte o amoríos, su prolijidad

machacona en las disputas, y un sinnúmero de manías, algunas de las

cuales no le abandonaron hasta su muerte. Se calentaba la cabeza

pensando en la habitabilidad de todas las estrellas del cielo, chicas

y grandes, y el que quisiera sacarle de sus casillas, no tenía más

que poner en duda la infinita difusión de familias humanas por la

inmensidad planetaria. Del absoluto menosprecio de toda religión

positiva había pasado, poco antes de casarse, y por influencia de la

angelical Catalina, a un ferviente ardor cristiano, más imaginativo

que piadoso, sed del alma que apetecía, sin satisfacerse nunca, no

devociones externas y prácticas litúrgicas, sino embriagueces de la

fantasía, mirando más a la leyenda seductora que al dogma severo.

En Oriente, la esposa logró poner algún orden en los descabellados

entusiasmos de Carlos Federico, hasta que, atacado de cruelísima

dolencia, tan difícil era combatir en él la fiebre abrasadora, como

el espiritualismo delirante. Uno y otro fuego le consumían por igual,

y creyérase que ambos, juntando sus llamas, le redujeron a ceniza

impalpable.

La noche misma de su muerte, refirió a su mujer, entre dos ataques de

disnea, un sueño que había tenido por la tarde, y como viese Catalina

en aquel relato una extraña lógica y cierta lucidez clásica, se

afligió extremadamente, pensando que su pobre enfermo entreveía ya

los horizontes del reino de la eterna verdad. Tanto sentido, tanta

sindéresis en la composición de un poemita fantástico, pues no otra

cosa era el bien relatado sueño, ¿qué podían significar sino que el

poeta se moría? Así fue en efecto. En los últimos minutos de vida se

lanzaba, con desbocada imaginación, a un proyecto de viaje por Asia

Menor y Palestina, con el doble objeto de visitar las ruinas de Troya,

primero, y el país de Galilea después. (Átense estos cabos.) En su

pensamiento se entrelazaron dos nombres: Homero-Cristo. Y al querer dar

la explicación de aquel abrazo histórico y poético, gimió, dio una gran

voz... «¡ah!» y expiró...

Podría creerse que la muerte del Conde fue el último dolor de la

infortunada Catalina de Artal, y que tras aquella tribulación le

concedió el cielo días de descanso, ya que no de ventura. Pues no

fue así. Sobre la tristeza de su viudez, y el recuerdo siempre vivo

del pobre muerto, viose agobiada de calamidades de otro orden. Hasta

entonces había conocido las humillaciones y escaseces indecorosas

que lastimaban su dignidad de aristócrata. Pero a poco de enviudar,

y residiendo aún en Corfú por no tener medios de trasladarse a otro

sitio, supo lo que es la miseria, la efectiva, horripilante miseria, y

sufrió vejámenes que habrían abatido almas de peor temple que la suya.

Alojada como de limosna en una casa inglesa primero, en una hostería

griega después, Catalina de Artal se vio privada de alimento algunos

días, obligada a lavar su escasa ropa, a remendarse sus zapatos, y a

prestar servicios que repugnaban a su delicado organismo. Pero todo lo

llevaba con paciencia, todo lo aceptaba por amor de Cristo, anhelando

purificarse con el sufrimiento. Como se le ofreciera una coyuntura

propicia para salir de aquella situación, quiso aprovecharla, más

que por mejorar de vida, por encontrarse entre personas allegadas, en

quienes emplear los cariños que atesoraba su hermoso corazón. Llegose

un día inopinadamente a la isla jónica un hermano de Carlos Federico,

grande aficionado a los viajes marítimos, y que divagaba por el

Archipiélago en un yate de unos comerciantes del Pireo. Propúsole el

tal llevarla a Rodas, donde era cónsul el Conde Ernesto de Lautenberg,

tío suyo y del difunto esposo de Catalina, caballero muy bondadoso y

corriente, a quien la infeliz dama había conocido en Constantinopla.

Dejose llevar la viuda por Félix Mauricio (que así se nombraba su

cuñado), atraída principalmente por la esperanza de vivir en compañía

de la Condesa Ernesto de Lautenberg, señora húngara, muy simpática y

que había demostrado a la española, en los breves días de su trato, una

cordial adhesión. Salieron, pues, de Corfú en la embarcación griega,

mal llamada yate, pues por su pequeñez y escaso tonelaje no era más

que un balandro bonito, propio para regatas y excursiones cortas. Iba

tripulado por jóvenes _dilettantes_ de la mar. A causa del mal gobierno

y de la impericia del que hacía de capitán, no pudieron capear un

furioso temporal que les cogió entre Zante y Cefalonia, y lanzados por

el viento y el oleaje hacia el golfo de Patrás, entraron de arribada

en Misolonghi con grandes averías. Días y días estuvieron allí,

esperando buen tiempo, y lanzados de nuevo a la mar, llegaban siempre

a donde no querían ir. Félix Mauricio y el amigote ateniense que

capitaneaba la frágil nave, profesaban la teoría de que los temporales

con vino _son menos_, y empalmaban las turcas que era una maldición.

De este modo y con tales ansiedades y vicisitudes, navegando a merced

de Neptuno, y sin arte para dominarle, fueron dando tumbos por toda

la vuelta sur del Peloponeso. Como quien va describiendo eses por el

laberinto de callejuelas de una ciudad tortuosa, tan pronto tropezaban

en Candía, como en Cerigo (la antigua Cytheres); metiéronse a la

buena de Dios por entre las Cícladas, tocando en Milo y Paros, luego

recorrieron las Espóradas, visitando Samos, Cos y otras hasta parar en

Rodas, después de dos meses largos de endemoniada navegación.

Como todo se disponía en contra de los deseos de la infeliz viuda,

resultó que el Conde Ernesto se había ido a Alemania con licencia, y

que su esposa, la simpática y bonísima húngara, se había muerto tres

meses antes. Aceptó resignada la Condesa de Halma esta nueva decepción,

y tratando con su cuñado de la necesidad de que la trasladase a

Corinto o Atenas, desde donde podría comunicarse con su familia de

Madrid, y preparar su vuelta a España, contestole el joven en forma

tan descarnada y grosera, que no pudo la señora, por más esfuerzos

que hizo, poner su humildad por encima de su orgullo en la réplica.

Hallábanse en un fonducho próximo al muelle. Renunció la dama la

hospitalidad a bordo, que el capitán del balandro le ofrecía, y

enterada de que existía en Rodas un convento de la Orden Tercera, allá

se dirigió volviendo la espalda para siempre al Conde Félix Mauricio, y

a sus insensatos compañeros de aventuras marítimas.

Gracias a los buenos franciscanos, la noble señora fue alojada

decorosamente, y empezaron las negociaciones para su regreso a la madre

patria. Dígase de paso, a fin de completar la información, que el tal

Félix Mauricio era lo peorcito de la familia Halma-Lautenberg. Había

pertenecido al cuerpo consular, sirviendo en Alicante y en Esmirna.

Aquí casó con una griega rica, y abandonando la carrera se dedicó al

comercio de esponjas, con varia fortuna. Cuando le encontramos en el

balandro había logrado rehacerse de su primera quiebra. Su carácter

violento y quisquilloso, su exterior desagradable, y más que nada su

inclinación irresistible a las libaciones alcohólicas, le hacían poco

estimable y estimado de propios y extraños. Una tarde, hallándose

doña Catalina platicando con el guardián del convento, vio al yate

darse a la vela, y le hizo la señal de la cruz. Perdonó a la nave y a

sus tripulantes, y dio gracias a Dios por haber salido en bien de su

peligrosísima aventura por los mares de Grecia.

Los caritativos frailes lograron arreglar a la infortunada Condesa su

regreso a Occidente, y tomándole billete en el _Lloyd Austriaco_, la

expidieron para Malta, donde otros religiosos de la misma regla se

encargarían de reexpedirla para Marsella, y de allí a Barcelona. Pero

como el _Lloyd Austriaco_ no tocaba en Rodas, la viajera tuvo que hacer

la travesía entre esta isla y el punto de escala, que era Esmirna, en

una goleta turca que cargaba frutas y trigo. Nuevos contratiempos para

la pobre señora Condesa, pues aquellos demonios de turcos hicieron la

gracia de llevar un formidable contrabando, y la goleta fue visitada

en aguas de Quíos por un falucho de guerra, y apresada y detenida

con todos sus pasajeros y tripulantes, hasta que el bajá de Esmirna

decidiera el número de palos que le habían de administrar al patrón.

Entre tanto, pasaba doña Catalina mil privaciones y amarguras, pues

allí no había frailes Franciscos que mirasen por ella. Y gracias que

al fin logró verse a bordo del vapor austriaco, el cual, para que en

todo se cumpliese el sino de la dama sin ventura, era un verdadero

inválido. Recelaba ella de todo, del mar y del cielo, y de los

desmanes de la gentuza de varias razas orientales que en aquellas

embarcaciones entra y sale de continuo. Pero ni el cielo, ni la mar, ni

el pasaje ocasionaron a la señora ningún disgusto. Fue la endiablada

máquina del vapor la que se encargó de interrumpir lastimosamente

la navegación, rompiéndose en la demora de Candía. Quedose el buque

como una boya, con el árbol de la hélice en dos pedazos, sin gobierno

el timón por rotura de los guardines. Dio al fin remolque un vapor

inglés, y le llevó a Damieta; allí trasbordaron, pasando a Alejandría,

donde, por variar, sufrieron un nuevo y penoso trasbordo con pérdida

del equipaje, y mojadura total de la ropa puesta. En rumbo para Malta,

con divertimiento de Siroco fortísimo, golpes de mar, y por fin de

fiesta, a la entrada de La Valette, rotura de una de las palas de la

hélice, retraso, peligro... En Malta, la dama errante fue atacada de

calenturas intermitentes. Dos semanas de hospital, riesgo de muerte,

consternación, abandono. Por fin, cumpliéndose en aquel triste caso

lo de _Dios aprieta, pero no ahoga_, Catalina de Halma puso el pie en

Marsella en un estado deplorable por lo tocante a nutrición, vestido

y calzado, y cinco días después, los señores Marqueses de Feramor

vieron entrar en su casa a una mujer que más bien parecía espectro,

el rostro descarnado, como de la tierra comido, los ojos brillantes y

febriles, las ropas deshechas por el tiempo, el viento y la mar, roto

el calzado..., lastimosa figura en verdad. Y como el señor Marqués,

poseído de espanto, la mirase ceñudo y dijese:

--¿Quién es usted?

Hubo de contestarle Catalina:

--¿Pero de veras no me conoces? Soy tu hermana.

Halma · 第 8 / 43 题