PRIMERA PARTE

I

Doy a mis lectores la mejor prueba de estimación sacrificándoles mi

amor propio de erudito investigador de genealogías... vamos, que les

perdono la vida, omitiendo aquí el larguísimo y enfadoso estudio de

linajes, por donde he podido comprobar que doña Catalina de Artal,

Xavierre, Iraeta y Merchán de Caracciolo, Condesa de Halma-Lautenberg,

pertenece a la más empingorotada nobleza de Aragón y Castilla, y que

entre sus antecesores figuran los Borjas, los Toledos, los Pignatellis,

los Gurreas, y otros nombres ilustres. Explorando la selva genealógica,

más bien que árbol, en que se entrelazan y confunden tan antiguos y

preclaros linajes, se descubre que, por el casamiento de doña Urianda

de Galcerán con un príncipe italiano, en 1319, los Artales entroncan

con los Gonzagas y los Caracciolos. Por otro lado, si los Xavierres de

Aragón aparecen injertos en los Guzmanes de Castilla, en la rama de

los Iraetas corre la savia de los Loyolas, y en la de los Moncadas de

Cataluña la de los Borromeos de Milán. De lo cual resulta que la noble

señora no solo cuenta entre sus antepasados varones insignes por sus

hazañas bélicas, sino santos gloriosos, venerados en los altares de

toda la cristiandad.

Como he dado al buen lector mi palabra de no aburrirle, me guardo

para mejor ocasión los mil y quinientos comprobantes que reuní,

comiéndome el polvo de los archivos, para demostrar el parentesco de

doña Catalina con el antipapa don Pedro de Luna, Benedicto XIII. Busca

buscando, hallé también su entronque lejano con Papas legítimos, pues

existiendo una rama de los Artal y Ferrench que enlazó con las familias

italianas de Aldobrandini y Odescalchi, resulta claro como la luz que

son parientes lejanos de la Condesa los Pontífices Clemente VIII e

Inocencio XI.

De monarcas no se diga, pues el árbol aparece cuajado, como de un

lozano fruto, de apellidos regios, y allí veis los Albrit y Foix de

Navarra, los Cerdas y Trastamaras de acá, y otros mil nombres que

a cien leguas trascienden a realeza, como los de Rohan, Bouillon,

Lancaster, Montmorency, etc... Fiel a mi compromiso, envaino mi

erudición, y emprendo la reseña biográfica, designando a doña

Catalina-María del Refugio-Aloysa-Tecla-Consolación-Leovigilda, etc...

de Artal y Javierre como tercera hija de los señores Marqueses de

Feramor. Huérfana de padre y madre a los siete años, quedó al cuidado

del primogénito, actualmente Marqués de Feramor, y de su hermana doña

María del Carmen Ignacia, Duquesa de Monterones. En 1890, casó con un

joven agregado a la embajada alemana, el Conde de Halma-Lautenberg,

matrimonio que hubo de realizarse contra viento y marea, pues los

hermanos de ella y toda la familia se opusieron tenazmente por cuantos

medios le sugerían su orgullo y terquedad. Querían desposarla con un

individuo de la casa de Muñoz Moreno-Isla, de nobleza mercantil, pero

bien amasada con patacones. Catalina, que desde muy niña mostraba

increíbles ascos al vil metal, se prendó del diplomático alemán, que a

su seductora figura unía un desprecio hermosísimo de las materialidades

de la existencia. Grandes trapisondas y disturbios hubo en la familia

por la tiránica firmeza de los hermanos mayores, y la resistencia

heroica, hasta el martirio, de la enamorada doncella. Casados al fin,

no sin intervención judicial, el esposo fue destinado a Bulgaria, de

aquí a Constantinopla, y allá le siguió doña Catalina, rompiendo toda

relación con sus hermanos. Calamidades, privaciones, desdichas sin

fin la esperaban en Oriente, y al conocerlas la familia de acá, por

referencias de diplomáticos extranjeros y españoles, no veía en todo

ello más que la mano de Dios castigando duramente a Catalina de Artal

por la amorosa demencia que la llevó a enlazarse con un advenedizo, de

familia desconocida, hombre sin seso, desordenadísimo en sus ideas,

desatado de nervios, y habitante aburrido de las regiones imaginativas.

Para colmo de infortunio, Carlos Federico era pobre, con el título

pelado, y sin más renta que su sueldo, pelado también, pues la familia

de Halma-Lautenberg, que desciende, según noticias que tengo por

fidedignas, del Landgrave de Turingia y Hesse, Hermann II, había venido

tan a menos como cualquier familia de por acá, de las que, después

de mil tumbos y vaivenes, caen a lo hondo del abismo social para no

levantarse nunca.

Contratiempos mil, reveses de fortuna, escaseces y aun hambres

efectivas padeció la infeliz doña Catalina en aquellas lejanas tierras,

sin más consuelo que el amor de su esposo, que nunca le faltó, ni de

él tuvo queja, pues Dios, al privarla de tantos bienes, concediole

con creces la paz conyugal. Tiernamente amada y amante, la íntima

felicidad de su matrimonio la compensaba de tanta desdicha del orden

externo. Carlos Federico era bueno, dulce, aunque medio loco según

unos, y loco entero según otros. La mala opinión acerca de su gobierno

cerebral debió trascender hasta la Cancillería de Berlín, porque fue

destituido de su cargo. La joven pareja se encontró a merced de la

Divina voluntad, que sin duda quería someter a durísima prueba el alma

fuerte de la dama española, pues a los dos meses de la destitución, y

cuando, en espera de recursos para venirse a Occidente, vivía obscuro

y resignado el matrimonio en una humilde casita de Pera, se le declaró

al esposo una tisis, con tan graves caracteres, que no era difícil

presagiar un desenlace fúnebre en breve plazo.

Reveló entonces su temple finísimo el alma de Catalina de Artal, pues

cobrando ánimos con aquel nuevo golpe, aventurose a pedir auxilio a sus

hermanos de Madrid, que si al principio si hicieron un poco de rogar,

cedieron al fin, mirando más al decoro de la familia que a la caridad

cristiana. Con el mezquino socorro que le enviaron, pudo la heroína

transportar a su pobre enfermo a la isla de Corfú, afamada por la

benignidad de su clima. Allí vivieron, si aquello era vivir, en un pie

de milagrosa economía; supliendo con el cariño los recursos materiales,

y las comodidades con prodigios de inteligencia, él resignado, ella

valerosa y sublime como enfermera, amantísima como esposa, diligente

en el manejo de la humilde casa, hasta que al fin Dios llamó a sí al

infeliz Conde de Halma en la madrugada del 8 de Septiembre, día de la

Natividad de Nuestra Señora.

Halma · 第 7 / 43 题