En este _Sueño_ el autor ve en el Infierno a varios personajes
que se nombran en frases hechas. Entrevista con Don Enrique de
Villena.
Descubrióse una grandísima redoma de vidrio, dijéronme que llegase,
y vi jigote, que se bullía[605] en un ardor terrible, y andaba
danzando por todo el garrafón, y poco a poco se fueron juntando
unos pedazos de carne y unas tajadas, y déstas se fué componiendo
un brazo, un muslo y una pierna, y al fin se coció y enderezó[606]
un hombre entero. De todo lo que había visto y pasado me olvidé,
y esta visión me dejó tan fuera de mí, que no me diferenciaba de
los muertos. ¡Jesús mil veces!, dije, ¿qué hombre es éste, nacido
en guisado, hijo de una redoma? En esto oí una voz que salía de la
vasija, y dijo: «¿Qué año es éste?»--«De seiscientos y veinte y dos»,
respondí.--«Este año esperaba yo.»--«¿Quién eres, dije, que, parido
de una redoma, hablas y vives?»--«¿No me conoces?, dijo; la redoma
y las tajadas ¿no te advierten que soy aquel famoso nigromántico
de Europa?[607] ¿No has oído decir que me hice tajadas dentro de
una redoma para ser inmortal?»--«Toda mi vida lo he oído decir, le
respondí; mas túvelo por conversación de la cuna y cuento de entre
dijes y babador. ¿Qué tú eres? Yo confieso que lo más que llegué a
sospechar fué que eras algún alquimista que penabas en esa redoma, o
algún boticario; todos mis temores doy por bien empleados por haberte
visto.»--«Sábete, dijo, que mi nombre no fué del título que me da
la ignorancia[608], aunque tuve muchos; sólo te digo que estudié
y escribí muchos libros, y los míos quemaron, no sin dolor de los
doctos.»--«Sí me acuerdo, dije yo: oído he decir que estás enterrado
en un convento de religiosos; mas hoy me he desengañado.»--«Ya que
has venido aquí, dijo, desatapa esa redoma.» Yo empecé a hacer fuerza
y a desmoronar tierra con que estaba enlodado el vidrio de que era
hecha, y díjome: «espera; dime primero: ¿hay mucho dinero en España?
¿En qué opinión está el dinero? ¿Qué fuerza alcanza? ¿Qué crédito?
¿Qué valor?» Respondíle: «No han descaecido las flores de las Indias,
aunque los extranjeros han echado unas sanguijuelas desde España al
cerro del Potosí, con que se van restañando las venas, y a chupones
se empezaron a secar las minas.»--«¿Ginoveses andan a la zacapela
con el dinero?, dijo él; vuélvome jigote. Hijo mío, los ginoveses
son lamparones del dinero, enfermedad que procede de tratar con
gatos[609]. Y vese que son lamparones, porque sólo el dinero que va a
Francia[610] no admite ginoveses en su comercio. ¿Salir tenía yo[611]
andando esos usagres de bolsas por las calles? No digo yo hecho
jigote en redoma, sino hecho polvos en salvadera quiero estar antes
que verlos hechos dueños de todo.»--«Señor nigromántico, repliqué yo,
aunque esto es así, han dado en adolecer de caballeros en teniendo
caudal, úntanse de señores, y enferman de príncipes; y con esto y los
gastos y empréstidos[612] se apolilla la mercancía y se viene todo
a repartir en deudas y locuras. La verdad adelgaza y no quiebra, en
esto se conoce que los ginoveses no son verdad, porque adelgazan y
quiebran.»--«Animádome has, dijo, con eso. Dispondréme a salir desta
vasija, como primero me digas en qué estado está la honra en el
mundo.»--«Mucho hay que decir en esto, le respondí yo; tocado has una
tecla del diablo: todos tienen honra y todos son honrados, y todos lo
hacen todo caso de honra. Hay honra en todos estados, y la honra se
está cayendo de su estado, y parece que está ya siete estados debajo
de tierra. Si hurtan, dicen que por conservar esta negra de honra, y
que quieren más hurtar que pedir. Si piden, dicen que por conservar
esta negra honra, y que es mejor pedir que no hurtar. Si levantan un
testimonio, si matan a uno, lo mismo dicen; que un hombre honrado
antes se ha de dejar morir entre dos paredes que sujetarse a nadie,
y todo lo hacen al revés. Y al fin en el mundo todos han dado en la
cuenta, y llaman honra a la comodidad; y con presumir de honrados y
no serlo, se ríen del mundo.»--«El diablo puede salir a vivir en ese
mundecillo, dijo el. Considérome yo a los hombres con unas honras
títeres que chillan, bullen y saltan; que parecen honras, y mirado
bien son andrajos y palillos. ¿El no decir verdad será mérito? ¿El
embuste y la trapaza caballería? ¿Y la insolencia donaire? Honrados
eran los españoles cuando podían decir deshonestos y borrachos a los
extranjeros; mas andan diciendo aquí malas lenguas que ya en España
ni el vino se queja de mal bebido ni los hombres mueren de sed. En
mi tiempo no sabía el vino por dónde subía a las cabezas, y ahora
parece que se sube hacia arriba... Dime, ¿hay letrados?»--«Hay plaga
de letrados, dije yo; no hay otra cosa sino letrados; porque unos
lo son por oficio, otros lo son por presunción, otros por estudio,
y déstos pocos; y otros (éstos son los más) son letrados porque
tratan con otros más ignorantes que ellos (en esta materia hablaré
como apasionado), y todos se graduan de dotores y bachilleres,
licenciados y maestros, más por los mentecatos con quien tratan que
por las universidades; y valiera más a España langosta perpetua que
licenciados al quitar.»--«Por ninguna cosa saldré de aquí, dijo el
nigromántico. ¿Eso pasa? Ya yo los temía, y por las estrellas alcancé
esa desventura; y por no ver los tiempos que han pasado embutidos de
letrados me avecindé en esta redoma, y por no los verme quedaré hecho
pastel en bote.» Repliqué: «En los tiempos pasados, que la justicia
estaba más sana, tenía menos dotores, y hála sucedido lo que a los
enfermos, que cuantas más juntas de dotores se hacen sobre él, más
peligro muestra y peor le va, sana menos y gasta más. La justicia,
por lo que tiene de verdad, andaba desnuda; ahora anda empapelada
como especias. Un Fuero Juzgo con su _maguer_ y su _cuemo_, y
_conusco_ y _faciamus_, era todas las librerías; y aunque son voces
antiguas, suenan con mayor propiedad, pues llaman sayón al alguacil,
y otras cosas semejantes. Ahora ha entrado una cáfila de Menoquios,
Surdos y Fabros, Farinacios y Cujacios, consejos y decisiones y
responsiones y lecciones y meditaciones; y cada día salen autores, y
cada uno con tres volúmenes: _Doctoris Putei_, I, 6, volúmenes 1, 2,
3, 4, 5, 6 hasta 15. _Licenciati Abbatis de Usuris_, _Petri Cusqui
in Codicem_, _Rupis_, _Brutiparcin_, _Castani_, _Montocanense de
Adulterio et Parricidio_, _Cornazano_, _Rocabruno_, etc. Los letrados
todos tienen un cimenterio por librería, y por ostentación andan
diciendo: tengo tantos cuerpos; y es cosa brava que las librerías
de los letrados todas son cuerpos sin alma, quizá por imitar a sus
amos. No hay cosa en que no nos dejen tener razón; sólo lo que no
dejan tener a las partes es el dinero, que le quieren ellos para sí.
Y los pleitos no son sobre si lo que deben a uno se lo han de pagar
a él; que eso no tiene necesidad de preguntas y respuestas: los
pleitos son sobre que el dinero sea de letrados y del procurador, sin
justicia, y la justicia sin dinero, de las partes. ¿Queréis ver que
tan malos son los letrados? Que si no hubiera letrados, no hubiera
porfías; y si no hubiera porfías, no hubiera pleitos; y si no hubiera
pleitos, no hubiera procuradores; y si no hubiera procuradores, no
hubiera enredos; y si no hubiera enredos, no hubiera delitos; y si no
hubiera delitos, no hubiera alguaciles; y si no hubiera alguaciles,
no hubiera cárcel; y si no hubiera cárcel, no hubiera jueces; y si no
hubiera jueces, no hubiera pasión; y si no hubiera pasión, no hubiera
cohecho. Mirad la retahila de infernales sabandijas que se produce de
un licenciadito, lo que disimula una barbaza[613] y lo que autoriza
una gorra. Llegaréis a pedir un parecer, y os dirán: Negocio es de
estudio; diga vuesa merced, que ya estoy al cabo; habla la ley en
propios términos.--Toman un quintal de libros, dánle dos bofetadas
hacia arriba y hacia abajo, y leen de priesa, arremedando un abejón,
luego dan un gran golpe con el libro patas arriba sobre una mesa,
muy esparrancado de capítulos, y dicen: En el propio caso habla
el jurisconsulto. Vuesa merced me deje los papeles; que me quiero
poner bien en el hecho del negocio, y téngalo por más que bueno, y
vuélvase por acá mañana en la noche; porque estoy escribiendo sobre
la tenuta de Trasbarras; mas, por servir a vuesa merced, lo dejaré
todo. Y cuando al despediros le queréis pagar (que es para ellos la
verdadera luz y entendimiento del negocio que han de resolver), dice,
haciendo grandes cortesías y acompañamientos: ¡Jesús, señor! Y entre
Jesús y señor, alarga la mano, y para gastos de pareceres se emboca
un doblón.»--«No he de salir de aquí (dijo el nigromántico) hasta
que los pleitos se determinen a garrotazos; que en el tiempo que por
falta de letrados se determinaban las causas a cuchilladas, decían
que el palo era alcalde[614], y de ahí vino: _Júzguelo el alcalde de
palo_. Y si he de salir ha de ser sólo a dar arbitrio a los reyes
del mundo, que quien quisiere estar en paz y rico, me pague los
letrados a su enemigo para que lo embelequen y roben y consuman.
Dime, ¿hay todavía Venecia en el mundo?»--«Sí la hay, dije yo; no hay
otra cosa sino Venecia y venecianos.»--«¡Oh! dóila al diablo (dijo
el nigromántico) por vengarme del mismo diablo, que no sé que pueda
darla a nadie sino por hacerle mal. Es república esa, que mientras
que no tuviere conciencia durará, porque si restituye lo ajeno no le
queda nada. ¡Linda gente!, la ciudad fundada en el agua, el tesoro
y la libertad en el aire, la deshonestidad en el fuego; y al fin es
gente de quien huyó la tierra[615], y son narices de las naciones
y el albañal de las monarquías por donde purgan las inmundicias de
la paz y de la guerra; y el turco los permite por hacer mal a los
cristianos, los cristianos por hacer mal a los turcos, y ellos, por
poder hacer mal a unos y a otros, no son moros ni cristianos, y así
dijo uno dellos mismos en una ocasión de guerra, para animar a los
suyos contra los cristianos. ¡Ea, que antes fuisteis venecianos que
cristianos! Dejemos eso, y dime: «¿hay muchos golosos de valimientos
de los hombres del mundo?»--«Enfermedad es (dije yo) esa de que todos
los reinos son hospitales.» Y él replicó: «Antes casas de orates
entendí yo; mas según la relación que me haces, no me he de mover
de aquí. Mas quiero que tú les digas a esas bestias que en albarda
tienen la vanidad y ambición, que los reyes y príncipes son azogue
en todo. Lo primero, el azogue, si le quieren apretar, se va; así
sucede a los que quieren tomarse con los reyes más mano[616] de lo
que es razón. El azogue no tiene quietud; así son los ánimos por la
continua mareta de negocios. Los que tratan y andan con el azogue,
todos andan temblando; así han de hacer los que tratan con los reyes,
temblar delante dellos de respeto y temor, porque si no, es fuerza
que tiemblen después hasta que caigan. ¿Quién reina ahora en España,
que es la postrera curiosidad que he de saber; que me quiero volver
a jigote, que me hallo mejor?» «Murió Filipo III», dije yo.--«Fué
santo rey y de virtud incomparable (dijo el nigromántico), según leí
yo en las estrellas pronosticado.»--«Reina Filipo IV días há», dije
yo.--«¿Eso pasa? (dijo). ¿Qué, ya ha dado el tercero cuarto para la
hora que yo esperaba?» Y diciendo y haciendo subió por la redoma, y
la trastornó y salió fuera. Iba diciendo y corriendo: «Más justicia
se ha de hacer ahora por un Cuarto que en otros tiempos por doce
millones.»
Yo quise partir tras él, cuando me asió del brazo un muerto, y dijo:
«Déjale ir; que nos tenía con cuidado a todos; y cuando vayas al otro
mundo di que Agrages estuvo contigo, y que se queja que le levantéis:
_Agora lo veredes_[617]. Yo soy Agrages: mira bien que no he dicho
tal; que a mí no se me da nada que ahora ni nunca lo veáis; y siempre
andáis diciendo: _Agora lo veredes, dijo Agrages_. Sólo ahora que
a tí y al de la redoma os oí decir que reinaba Filipo IV, digo
que ahora lo veredes. Y pues soy Agrages, _agora lo veredes, dijo
Agrages_.»
VIDA DEL BUSCÓN LLAMADO DON PABLOS
EJEMPLO DE VAGABUNDOS Y ESPEJO DE TACAÑOS
El buscón cuenta cómo estuvo en pupilaje con un compañero suyo de
escuela, hijo de un notable segoviano.
Determinó, pues, Don Alfonso de poner a su hijo en pupilaje: lo
uno por apartarle de su regalo, y lo otro por ahorrar de cuidado.
Supo que había en Segovia un licenciado Cabra, que tenía por oficio
de criar hijos de caballeros, y envió allá el suyo y a mí para
que le acompañase y sirviese. Entramos primer domingo después de
Cuaresma en poder de la hambre viva, porque tal laceria no admite
encarecimiento. El era un clérigo cerbatana, largo sólo en el talle,
una cabeza pequeña, pelo bermejo. No hay más que decir[618] para
quien sabe el refrán que dice, ni gato ni perro de aquella color. Los
ojos avecinados en el cogote, que parecía que miraba por cuévanos;
tan hundidos y escuros, que era buen sitio el suyo para tiendas de
mercaderes; la nariz entre Roma y Francia...; las barbas descoloridas
de miedo de la boca vecina, que, de pura hambre, parecía que
amenazaba comérselas; los dientes le faltaban no sé cuántos, y pienso
que por holgazanos y vagamundos se los habían desterrado; el gaznate
largo como avestruz, con una nuez tan salida, que parecía se iba a
buscar de comer forzada de la necesidad; los brazos secos; las manos
como un manojo de sarmientos cada una. Mirado de media abajo, parecía
tenedor, o compás con dos piernas largas y flacas; su andar muy de
espacio; si se descomponía algo, se sonaban los huesos como tablillas
de San Lázaro[619]; la habla ética; la barba grande, por nunca se la
cortar[620], por no gastar; y él decía que era tanto el asco que le
daba ver las manos del barbero por su cara, que antes se dejaría
matar que tal permitiese; cortábale los cabellos un muchacho de los
otros. Traía un bonete los días de sol, ratonado con mil gateras,
y guarniciones de grasa; era de cosa que fué paño, con los fondos
de caspa. La sotana, según decían algunos, era milagrosa, porque no
se sabía de qué color era. Unos, viéndola tan sin pelo, la tenían
por de cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca
parecía negra, y desde lejos entre azul; llevábala sin ciñidor; no
traía cuello ni puños; parecía, con los cabellos largos y la sotana
mísera y corta, lacayuelo[621] de la muerte. Cada zapato podía ser
tumba de un filisteo. Pues ¿su aposento? Aun arañas no había en él:
conjuraba los ratones, de miedo que no le royesen algunos mendrugos
que guardaba; la cama tenía en el suelo, y dormía siempre de un lado,
por no gastar las sábanas; al fin, era archipobre y protomiseria.
A poder, pues, déste vine y en su poder estuve con Don Diego, y la
noche que llegamos nos señaló nuestro aposento y nos hizo una plática
corta, que por no gastar tiempo no duró más; díjonos lo que habíamos
de hacer. Estuvimos ocupados en esto hasta la hora del comer; fuímos
allá: comían los amos primero, y servíamos los criados. El refitorio
era un aposento como un medio celemín; sustentábanse a una mesa hasta
cinco caballeros. Yo miré lo primero por los gatos, y como no los
vi, pregunté que cómo no los había a un criado antiguo, el cual, de
flaco, estaba ya con la marca del pupilaje. Comenzó a enternecerse, y
dijo: «¿Cómo gatos? Pues ¿quién os ha dicho a vos que los gatos son
amigos de ayunos y penitencias? En lo gordo se os echa de ver que
sois nuevo.»
Yo con esto me comencé a afligir, y más me asusté cuando advertí que
todos los que de antes vivían en el pupilaje estaban como leznas,
con unas caras que parecían se afeitaban con diaquilón. Sentóse el
licenciado Cabra y echó la bendición; comieron una comida eterna,
sin principio ni fin; trajeron caldo en unas escudillas de madera,
tan claro, que en comer una dellas peligraba Narciso más que en la
fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado
tras un garbanzo güérfano y solo que estaba en el suelo. Decía Cabra
a cada sorbo: «Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo
que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.» Acabando de decillo,
echóse su escudilla a pechos[622], diciendo: «Todo esto es salud y
otro tanto ingenio.» ¡Mal ingenio te acabe! decía yo entre mí, cuando
vi un mozo, medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en
las manos, que parecía la había quitado de sí mismo. Venía un nabo
aventurero a vueltas, y dijo el maestro: «¿Nabos hay? No hay para
mí perdiz que se le iguale: coman, que me huelgo de vellos comer.»
Repartió a cada uno tan poco carnero, que en lo que se les pegó a las
uñas y se les quedó entre los dientes pienso que se consumió todo,
dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba,
y decía: «Coman, que mozos son, y me huelgo de ver sus buenas ganas.»
Mire vuesa merced qué buen aliño para los que bostezaban de hambre.
Acabaron de comer, y quedaron unos mendrugos en la mesa, y en el
plato unos pellejos y unos güesos; y dijo el pupilero: «Quede esto
para los criados, que también han de comer; no lo queramos todo.»
¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado, decía yo; que tal
amenaza has hecho a mis tripas! Echó la bendición, y dijo: «Ea, demos
lugar a los criados, y váyanse hasta las dos a hacer ejercicio,
no les haga mal lo que han comido.» Entonces yo no pude tener la
risa, abriendo toda la boca. Enojóse mucho, y díjome que aprendiese
modestia, y tres o cuatro sentencias viejas, y fuése. Sentámonos
nosotros; y yo, que vi el negocio mal parado, y que mis tripas pedían
justicia, como más cano y más fuerte que los otros, arremetí al
plato, como arremetieron todos, y emboquéme de tres mendrugos los
dos y el un[623] pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al ruido
entró Cabra diciendo: «Coman como hermanos, pues Dios les da con
qué; no riñan, que para todos hay.» Volvióse al sol y dejónos solos.
Certifico a vuesa merced que había uno dellos que se llamaba Surre,
vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía, que una
cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre tres no
la acertaba a encaminar de las manos a la boca.