LAS ZAHURDAS DE PLUTÓN

El autor finge en este _Sueño_ que, dejando el camino

desagradable y solitario de la virtud, se pasa a otro atestado de

gente de todas condiciones que por él corría; encarece el humor

agradable y entretenido de estos pasajeros, y pondera su contento

de ir en compañía tan reverenda y honrada.

Mas duróme poco, porque oí decir a mis espaldas: «¡Dejen pasar

los boticarios!»[591]--¿Boticarios pasan?--dije yo entre mí--; al

infierno vamos. Y fué así, porque al punto nos hallamos dentro por

una puerta como[592] de ratonera, fácil de entrar[593], e imposible

de salir por ella.

Y fué de ver que nadie en todo el camino dijo: «Al infierno vamos»;

y todos, estando en él, dijeron muy espantados: «¡En el infierno

estamos!» ¿En el infierno?--dije yo muy afligido--; ¡no puede ser!

Quíselo poner a pleito; comencéme a lamentar de las cosas que dejaba

en el mundo: los parientes, los amigos, los conocidos, las damas;

y estando llorando esto, volví la cara hacia el mundo, y vi venir

por el mismo camino, despeñándose a todo correr, cuanto[594] había

conocido allá, poco menos. Consoléme algo en ver esto, y que, según

se daban priesa a llegar al infierno, estarían conmigo presto.

Comenzóseme a hacer áspera la morada y desapacibles los zaguanes.

Fuí entrando poco a poco entre unos sastres que se me llegaron, que

iban medrosos de los diablos. En la primera entrada hallamos siete

demonios escribiendo los que íbamos entrando. Preguntáronme mi

nombre; díjele y pasé. Llegaron a mis compañeros, y dijeron que eran

remendones, y dijo uno de los diablos: «Deben entender los remendones

en el mundo que no se hizo el infierno sino para ellos, según se

vienen por acá.» Preguntó otro diablo cuántos eran; respondieron

que ciento, y replicó un verdugo mal barbado entrecano: «¿Ciento,

y sastres? No pueden ser tan pocos; la menor partida que habemos

recibido ha sido de mil y ochocientos. En verdad que estamos por no

recibirles.» Afligiéronse ellos; mas al fin entraron. Ved cuáles

son los malos, que es para ellos amenaza el no dejarlos entrar en

el infierno. Entró el primero[595] un negro, chiquito, rubio, de

mal pelo; dió un salto en viéndose allá, y dijo: «Ahora acá estamos

todos.» Salió de un lugar, donde estaba aposentado, un diablo de

marca mayor[596], corcovado y cojo; y arrojándolos en una hondura

muy grande, dijo: «Allá va leña.» Por curiosidad me llegué a él y le

pregunté de qué estaba corcovado y cojo, y me dijo (que era diablo

de pocas palabras): «Yo era recuero de remendones. Iba por ellos al

mundo, y de traerlos a cuestas me hice corcovado y cojo; he dado en

la cuenta, y hallo que se vienen mucho más apriesa que yo los puedo

traer.» En esto hizo otro vómito dellos el mundo, y hube de entrarme

porque no había donde estar ya allí, y el monstruo infernal empezó a

traspalar, y diz que es la mejor leña que se quema en el infierno,

remendones de todo oficio, gente que sólo tiene bueno ser enemiga de

novedades.

Pasé adelante por un pasadizo muy escuro, cuando por mi nombre me

llamaron. Volví a la voz los ojos, casi tan medrosa como ellos, y

hablóme un hombre, que por las tinieblas no pude divisar más de lo

que la llama que le atormentaba me permitía. «¿No me conoce? me dijo;

a...» (ya lo iba a decir) y prosiguió tras su nombre:... «el librero?

Pues yo soy. ¡Quién tal pensara!» Y es verdad, Dios, que yo siempre

lo sospeché, porque era su tienda el burdel de los libros... «¿Qué

quiere?--me dijo viéndome suspenso--pues es tanta mi desgracia que

todos se condenan por las malas obras que han hecho, y yo y algunos

libreros nos condenamos por las obras malas que hacen los otros, y

por lo[597] que hicimos barato de los libros en romance y traducidos

del latín, sabiendo ya con ellos los tontos lo que encarecían en

otros tiempos los sabios; que ya hasta el lacayo latiniza, y hallarán

a Horacio en castellano en la caballeriza.» Más iba a decir, sino

que un demonio le comenzó a atormentar con humazos de hojas de sus

libros, y otro a leerle alguno dellos. Yo, que vi que ya no hablaba,

fuíme adelante, diciendo entre mí: Hay quien se condena por obras

malas ajenas, ¿qué harán los que las hicieran propias?

En esto iba, cuando en una gran zahurda andaban mucho número

de ánimas gimiendo, y muchos diablos con látigos y zurriagas

azotándolos[598]. Pregunté qué gente eran, y dijeron que no eran sino

cocheros; y dijo un diablo lleno de cazcarrias, romo y calvo, que

quisiera más (a manera de decir) lidiar con lacayos; porque había

cochero de aquellos que pedía aun dineros por ser atormentado, y que

la tema de todos era que habían de poner pleito a los diablos por el

oficio, pues no sabían chasquear los azotes tan bien como ellos...

Y lleguéme a unas bóvedas donde comencé a tiritar de frío y dar

diente con diente, que me helaba. Pregunté, movido de la novedad

de ver frío en el infierno, qué era aquello; y salió a responder

un diablo zambo, con espolones y grietas, lleno de sabañones, y

dijo: «Señor, este frío es de que en esta parte están recogidos los

bufones, truhanes y juglares, chocarreros hombres por demás[599]

y que sobran en el mundo, y que están aquí retirados, porque si

anduvieran por el infierno sueltos, su frialdad es tanta, que

templaría el dolor del fuego.» Pedíle licencia para llegar a verlos;

diómela, y calofriado llegué y vi la más infame casilla del mundo,

y una cosa que no habrá quien lo crea, que se atormentaban unos

a otros con las gracias que habían dicho acá. Y entre los bufones

vi muchos hombres honrados que yo había tenido por tales; pregunté

la causa, y respondióme un diablo que eran aduladores, y que por

esto eran bufones de entre cuero y carne[600]. Y repliqué yo, cómo

se condenaban, y me respondieron: «Gente es que se aviene acá sin

avisar, a mesa puesta y a cama hecha como en su casa. Y en parte los

queremos bien, porque ellos se son diablos para sí y para otros, y

nos ahorran de trabajos, y se condenan a sí mismos; y por la mayor

parte en vida los más ya andan con marca del infierno, porque el que

no se deja arrancar los dientes por dinero, se deja matar hachas en

las nalgas o pelar las cejas; y así, cuando acá los atormentamos,

muchos dellos después de las penas sólo echan menos las pagas...»

Y volviendo vi un hombre asentado en una silla a solas, sin fuego,

ni hielo, ni demonio, ni pena alguna, dando las más desesperadas

voces que oí en el infierno, llorando el propio corazón, haciéndose

pedazos a golpes y a vuelcos. ¡Válgame Dios!--dije en mi alma, ¿de

qué se queja éste no atormentándole nadie? Y él cada punto doblaba

sus alaridos y voces. «Dime, dije yo: ¿qué eres y de qué te quejas,

si ninguno te molesta, si el fuego no te arde[601] ni el hielo te

cerca?»--«¡Ay!, dijo dando voces, que la mayor pena del infierno es

la mía: ¿verdugos te parece que me faltan? ¡Triste de mí, que los más

crueles están entregados a mi alma! ¿No los ves?», dijo; y empezó a

morder la silla y a dar vueltas alrededor y gemir; «vélos, que sin

piedad van midiendo a descompasadas culpas eternas penas. ¡Ay, qué

terrible demonio eres, memoria del bien que pude hacer, y de los

consejos que desprecié y de los males que hice! ¡Qué representación

tan continua! Déjasme tú, y sale el entendimiento con imaginaciones

de que hay gloria que pude gozar, y que otros gozan a menos costa que

yo mis penas! ¡Oh, qué hermoso que pintas el cielo, entendimiento,

para acabarme! Déjame un poco siquiera. ¿Es posible que mi voluntad

no ha de tener paz conmigo un punto? ¡Ay, huésped, y qué tres llamas

invisibles, y qué sayones incorpóreos me atormentan en las tres

potencias del alma! Y cuando éstos se cansan, entra el gusano de la

conciencia, cuya hambre en comer del alma nunca se acaba: vesme aquí

miserable y perpetuo alimento de sus dientes.» Y diciendo esto,

salió[602] la voz: «¿Hay en todo este desesperado palacio quien

trueque sus almas y sus verdugos a[603] mis penas? Así, mortal, pagan

los que supieron en el mundo, tuvieron letras y discurso, y fueron

discretos; ellos se son infierno y martirio de sí mismos.» Tornó

amortecido a su ejercicio con más muestras de dolor. Apartéme de él

medroso, diciendo: ¡Ved de lo que sirve caudal de razón y doctrina

y buen entendimiento mal aprovechado! ¡Quién se lo vió[604] llorar

sólo, y tenía dentro de su alma aposentado el infierno?

Antología de prosistas castellanos · 第 64 / 79 题