En esta obra dirige Quevedo a Felipe IV reglas de buen gobierno
fundadas en los textos de la Biblia. Aquí, comentando a San
Lucas, VII, y San Mateo, XI, da las señas ciertas del verdadero
rey.
Envió San Juan sus mensajeros a Cristo, que le preguntaron si era el
que había de venir, el que esperaban, el Mesías prometido, el rey
Dios y hombre. Bien sabía San Juan que era Jesús el prometido, y que
no había que esperar a otro: no aguardó a nacer para declararlo[577].
¿Por qué, pues, manda a sus discípulos el Precursor santísimo que
de su parte le pregunten a Cristo lo que él sabía? La materia fué
la más grave que dispuso el Padre Eterno, y que obró el Espíritu
Santo, y que ejecutó el amor del Hijo: tratábase de dar a entender
al mundo con demostración que Jesús era hombre y Dios, el rey ungido
que prometieron los Profetas; quiso[578] que su pregunta enseñase con
la respuesta de Cristo lo que no podía tener igual autoridad en sus
palabras. Literalmente lo probaré con el texto sagrado.
Preguntaron a Jesús si era el prometido, el que había de venir; y
Cristo respondió con obras sin palabras; pues luego resucitó muertos,
dió vista a ciegos, pies a tullidos, habla a los mudos, salud a los
enfermos, libertad a los poseídos del demonio; y después dijo: «Id y
diréis a Juan que los muertos resucitan, los ciegos ven, los mudos
hablan, los tullidos andan, los enfermos guarecen.» Quien a todos da
y a nadie quita; quien a todos da lo que les falta; quien a todos da
lo que han menester y desean, ese Rey es, ese es el Prometido, es el
que se espera, y con él no hay más que esperar. Pobladas están de
coronas y cetros estas acciones. No dijo: «Yo soy rey»; sino mostróse
rey. No dijo: «Yo soy el Prometido»; sino cumplió lo prometido. No
dijo: «No hay que esperar a otro»; sino obró de suerte, que no dejó
que esperar de otro.
Sacra, Católica, Real Majestad[579], bien puede alguno mostrar
encendido su cabello en corona ardiente en diamantes, y mostrar
inflamada su persona con vestidura, no sólo teñida, sino embriagada
con repetidos hervores de la púrpura; y ostentar soberbio el cetro
con el peso del oro, y dificultarse a la vista remontado en trono
desvanecido[580], y atemorizar su habitación con las amenazas bien
armadas de su guarda[581]; llamarse rey, y firmarse rey; mas serlo y
merecer serlo, si no imita a Cristo en dar a todos lo que les falta,
no es posible, Señor. Lo contrario, más es ofender que reinar.
Quien os dijere que vos no podéis hacer estos milagros, dar vista y
pies, y vida, y salud, y resurrección y libertad de opresión de malos
espíritus, ese os quiere ciego, y tullido, y muerto, y enfermo, y
poseído de su mal espíritu. Verdad es que no podéis, Señor, obrar
aquellos milagros; mas también lo es que podéis imitar sus efectos.
Obligado estáis a la imitación de Cristo. Si os descubrís donde os
vea el que[582] no dejan que pueda veros, ¿no le dais vista? Si
dais entrada al que necesitando de ella se la negaban, ¿no le dais
pies y pasos? Si oyendo a los vasallos, a quien[583] tenía oprimido
el mal espíritu de los codiciosos, los remediais, ¿no les dais
libertad de tan mal demonio? Si oís al que la venganza y el odio
tiene condenado al cuchillo o al cordel, y le hacéis justicia, ¿no
resucitáis un muerto? Si os mostráis padre de los huérfanos y de
las viudas, que son mudos, y para quien todos son mudos, ¿no les
dais voz y palabras? Si socorriendo los[584] pobres, y disponiendo
la abundancia con la blandura del gobierno, estorbáis la hambre y
la peste, y en una y otra todas las enfermedades, ¿no sanáis a los
enfermos? Pues, ¿cómo, Señor, estos malsines de la doctrina de Cristo
os acreditarán los milagros de esta imitación, que sola os puede
hacer rey verdaderamente, y pasar la majestad de los cortos límites
del nombre? Por esto, soberano Señor, dijo Cristo: «Mayor testimonio
tengo que Juan Bautista, porque las obras que hago dan testimonio de
mí.» Y reconociendo esto San Juan, no dijo lo que sabía, sino mandó
a sus discípulos le preguntasen quién era, para que respondiendo sus
obras viese el mundo mayor testimonio que el suyo.
Pues si no puede ser buen rey, imitador del verdadero Rey de los
reyes, el que no diere a los suyos salud, vida, ojos, lengua, pies y
libertad, ¿qué será el que les quitare todo esto? Será, sin duda, mal
espíritu, enfermedad, ceguera y muerte. Considere Vuestra Majestad
si los que os apartan de hacer estos milagros quieren ellos solos
veros y que los veáis; acompañaros siempre; que no habléis con otros,
y que otros no os hablen; que no obréis salud y vida y libertad,
sino con ellos; y sin otra advertencia conoceréis que os ciegan, y
os enferman, y os tullen, y os enmudecen; y os hallaréis obseso de
malos espíritus vos, cuyo oficio es obrar en todos los vuestros lo
contrario.
¡Insensatos electores de imperios son los nueve meses! Quien debe la
majestad a las anticipaciones del parto y a la primera impaciencia
del vientre, mucho hace si se acuerda, para vivir como rey, de
que nació como hombre. Pocos tienen por grandeza ser reyes por el
grito de la comadre; pocos, aun siendo tiranos, se atribuyen a la
naturaleza: todos lo hacen deuda a sus méritos. Dichoso es quien
nace para ser rey, si reinando merece serlo; y no se merece sino
con la imitación de las obras con que Cristo respondió que era rey.
El angélico Doctor Santo Tomás, en el opúsculo _De la enseñanza
del príncipe_, dice que si los monarcas, que están en la mayor
altura y encima de todos, no son como el fieltro, que defiende de
las inclemencias del tiempo al que le lleva encima, son como las
inclemencias, diluvios y piedra sobre las espigas que cogen debajo.
Lleva el vasallo el peso del rey a cuestas como las armas, para
que le defienda, no para que le hunda. Justo es que recompense,
defendiendo, el ser llevado y el ser carga.