DON FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS

(1580-1645)

Su _Política de Dios_ fué publicada en 1626; en igual año, la _Vida

del Buscón_; los dos _Sueños_ titulados: las _Zahurdas de Plutón_ y

la _Visita de los Chistes_ en 1627, y el _Marco Bruto_ en 1644.

El siglo XVI había adornado el lenguaje con el período amplio y

la frase fluida y encadenada. Fray Luis de Granada y Fray Luis de

León, habían adiestrado en su uso la prosa doctrinal; Cervantes, la

prosa narrativa. Sólo en los historiadores (sobre todo en Mendoza,

bastante menos en Mariana) se advertía la opuesta tendencia, a la

frase cortada y breve. Esta manera especial de los historiadores

obedecía, según se ha dicho, a la imitación de Salustio y Tácito,

y como en el siglo XVII abundan, al par de los historiadores, los

escritores moralistas, que se inspiraban habitualmente en las obras

de Séneca el filósofo, cuajadas de sentencias, antítesis y simetrías,

de ahí que, contrastando con el lenguaje del siglo XVI, predomine

en el del XVII la frase elíptica. Era ésta la forma apropiada para

el estilo _conceptuoso_ que entonces predominó entre los prosistas

(contrario al que dominó en los poetas, el _culterano_); la cláusula

corta se prestaba muy especialmente para exponer los _conceptos_, que

así llamaban a la comparación primorosa de dos ideas que mutuamente

se esclarecen, y en general todo pensamiento agudo enunciado de

una manera rápida y picante. Lo que principalmente buscaba el

conceptista al escribir, era hacer gala de agudeza e ingenio, por

eso muestra gusto especial por las metáforas forzadas, asociaciones

anormales de ideas, transiciones bruscas, y gusto por los contrastes

violentos en que se funda todo humorismo, que humoristas son los

grandes escritores de este siglo, Quevedo y Gracián. En estos

autores geniales, el conceptismo aparece lleno de profundidad, la

frase encierra más ideas que palabras (al revés del culteranismo,

que prodiga más las palabras que las ideas); pero en los autores de

orden inferior de este siglo la agudeza suele estribar únicamente

en lo rebuscado del pensamiento, en equívocos triviales y en

estrambóticas comparaciones. El siglo XVI fué el de esplendor de la

prosa castellana, el XVII es ya de decadencia; y uno de los síntomas

de ésta es precisamente el buscar como principal sazón de la obra

literaria el artificio y la agudeza.

Quevedo es el representante más notable del estilo propio de los

autores del siglo XVII y el maestro de casi todos ellos. Es un genio,

aunque un genio de la decadencia; modelo en la expresión siempre

penetrante y enérgica, en el lenguaje satírico lleno de ironía y

escarnio, en el chiste pronto y centelleante, en los abultados rasgos

con que esboza los tipos caricaturescos de sus obras festivas y las

tétricas fantasías burlescas de sus _Sueños_. El defecto que a veces

echa a perder el estilo de Quevedo es la exageración del ingenio,

la originalidad extravagante, la oscuridad del concepto; como dice

Fernández Guerra: «hacen sudar sus genialidades y agudezas, y sobre

todo su lenguaje es tan idiótico y exquisito, que pone a prueba, para

sólo entenderlo a veces, a los talentos más ejercitados en el estudio

de nuestro riquísimo idioma».

En su lenguaje se mezclan el artificio literario con la castiza

llaneza popular; su vocabulario, al par que abunda en términos

técnicos y pedantescos, es de los más ricos en toda clase de términos

vulgares, sin que retroceda ante lo más grosero y soez, ofreciéndonos

así mezcladas las reminiscencias de la poderosa cultura del autor con

la vena genial de su inspiración picaresca.

En el manejo de los caudales de la lengua, muestra Quevedo soltura

y desenfado tan magistral, que halla siempre en ella instrumento

dócil a sus más sutiles y extrañas ocurrencias; se doblegan a los

caprichos de su imaginación lo mismo la sintaxis que la significación

de las voces, a las que frecuentemente da un valor convencional y

de ocasión, o las leyes de composición de las palabras, pues las

forja nuevas siempre que las echa de menos para lograr un efecto

cómico, creando así un diccionario burlesco suyo propio, lleno de

voces tales como _titulecer_, remedo de amanecer; _disparatario_, por

vocabulario de disparates; _pretenmuela_, cuando no le parece propio

usar «pretendiente», y otros innumerables, algunos de los cuales

forman parte de nuestro lenguaje ordinario. La invención de Quevedo

en el vocabulario de burlas la continúan otros autores de este siglo,

Gracián por ejemplo, en el vocabulario de las ideas abstractas; y

de esta labor de enriquecimiento y neologismo proviene la mayor

parte del caudal de la lengua moderna que hoy hablamos. La riqueza

heredada, que el lenguaje del siglo XVI ostentaba como único tesoro,

parecía ya escasa.

Antología de prosistas castellanos · 第 61 / 79 题