Terminado el relato episódico de las bodas de Camacho, o mejor
dicho, de Basilio, quiere visitar Don Quijote la Cueva de
Montesinos[510]; en esta visita le acompaña un primo de cierto
Licenciado, que había hallado Don Quijote en su camino. Después
de haber descendido a la sima Don Quijote atado con cuerdas,
cuenta al Primo y a Sancho lo que vió en la cueva. Cervantes
llena de finísima poesía toda esta concepción fantástico-burlesca.
«A obra de doce o catorce estados[511] de la profundidad desta
mazmorra, a la derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz
de poder caber en ella[512] un gran carro con sus mulas. Éntrale una
pequeña luz por unos resquicios o agujeros, que lejos le responden,
abiertos en la superficie de la tierra. Esta concavidad y espacio
vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohino de verme, pendiente y
colgado de la soga, caminar por aquella escura región abajo, sin
llevar cierto ni determinado camino, y así determiné entrarme en
ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos que no descolgásedes
más soga, hasta que yo os lo dijese; pero no debistes de oírme. Fui
recogiendo la soga que enviábades, y haciendo della una rosca o
rimero, me senté sobre él, pensativo además[513], considerando lo que
hacer debía para calar al fondo, no teniendo quien me sustentase; y
estando en este pensamiento y confusión, de repente y sin procurarlo,
me salteó un sueño profundísimo, y cuando menos lo pensaba, sin saber
cómo ni cómo no, desperté dél, y me hallé en la mitad del más bello,
ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza, ni imaginar
la más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos,
y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto. Con todo
esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo
mismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha;
pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre
mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí
ahora. Ofrecióseme luego a la vista un real y suntuoso palacio o
alcázar, cuyos muros y paredes parecían de trasparente y claro
cristal fabricados, del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que
por ellas salía y hacia mí se venía un venerable anciano vestido
con un capuz[514] de bayeta morada, que por el suelo le arrastraba;
ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial, de raso
verde: cubríale la cabeza una gorra milanesa negra[515], y la barba
canísima le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un
rosario de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los
dieces asimismo como huevos medianos de avestruz: el continente,
el paso, la gravedad y la anchísima presencia[516], cada cosa de
por sí y todas juntas me suspendieron y admiraron. Llegóse a mí, y
lo primero que hizo fué abrazarme estrechamente, y luego decirme:
«Luengos tiempos ha, valeroso caballero Don Quijote de la Mancha,
que los que estamos en estas soledades encantados, esperamos verte,
para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda
cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña
sólo guardada para ser acometida de tu invencible corazón y de tu
ánimo stupendo: Ven conmigo, señor clarísimo, que te quiero mostrar
las maravillas que este trasparente alcázar solapa, de quien[517]
yo soy alcaide y guarda mayor perpetua[518], porque soy el mismo
Montesinos, de quien la cueva toma nombre.» Apenas me dijo que era
Montesinos[519], cuando le pregunté si fué verdad lo que en el mundo
de acá arriba se contaba, que él había sacado de la mitad del pecho
con una pequeña daga[520] el corazón de su grande amigo Durandarte,
y llevádole a la señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su
muerte. Respondióme que en todo decían verdad sino en la daga, porque
no fué daga, ni pequeña[521], sino un puñal buído[522], más agudo que
una lezna.»
--«Debía de ser, dijo a este punto Sancho, el tal puñal de Ramón de
Hoces el Sevillano.»--«No sé, prosiguió Don Quijote, pero no sería
dese puñalero, porque Ramón de Hoces fué ayer, y lo de Roncesvalles,
donde aconteció esta desgracia, ha muchos años; y esta averiguación
no es de importancia, ni turba ni altera la verdad y contesto de la
historia.»--«Así es, respondió el Primo; prosiga vuesa merced, señor
Don Quijote, que le escucho con el mayor gusto del mundo.»
«No con menor lo cuento yo, respondió Don Quijote, y así digo que
el venerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde
en una sala baja, fresquísima sobremodo[523], y toda de alabastro,
estaba un sepulcro de mármol con gran maestría fabricado, sobre el
cual vi a un caballero tendido de largo a largo, no de bronce ni de
mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros,
sino de pura carne y de puros huesos. Tenía la mano derecha (que a
mi parecer es algo peluda y nervosa, señal de tener muchas fuerzas
su dueño)[524] puesta sobre el lado del corazón, y antes que
preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso, mirando al del
sepulcro, me dijo[525]: Este es mi amigo Durandarte, flor y espejo
de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo; tiénele aquí
encantado, como me tiene a mí y a otros muchos y muchas, Merlín[526],
aquel francés encantador, que dicen que fué hijo del diablo; y lo que
yo creo es que no fué hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un
punto más que el diablo. El cómo o para qué nos encantó, nadie lo
sabe, y ello dirá andando los tiempos, que no están muy lejos, según
imagino. Lo que a mí me admira es que sé tan cierto como ahora es de
día, que Durandarte acabó los de su vida en mis brazos, y que después
de muerto le saqué el corazón con mis propias manos (y en verdad que
debía de pesar dos libras, porque según los naturales, el que tiene
mayor corazón es dotado de mayor valentía del[527] que le tiene
pequeño); pues siendo esto así, y que realmente murió este caballero
¿cómo ahora se queja[528] y sospira de cuando en cuando como si
estuviese vivo? Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz,
dijo:
¡Oh mi primo Montesinos!
Lo postrero que os rogaba,
Que cuando yo fuere muerto,
Y mi ánima arrancada,
Que llevéis mi corazón
Adonde Belerma estaba,
Sacándomele del pecho,
Ya con puñal, ya con daga[529].
Oyendo lo cual el venerable Montesinos se puso de rodillas ante el
lastimado caballero, y con lágrimas en los ojos le dijo: Ya, señor
Durandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el
aciago día de nuestra pérdida; ya os saqué el corazón lo mejor que
pude, sin que os dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié
con un pañizuelo de puntas[530], yo partí con él de carrera para
Francia, habiéndoos primero puesto en el seno de la tierra con tantas
lágrimas, que fueron bastantes a lavarme las manos, y limpiarme con
ellas la sangre que tenían de haberos andado en las entrañas; y por
más señas, primo de mi alma, en el primero lugar que topé saliendo
de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestro corazón, porque no
oliese mal y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado a la presencia
de la señora Belerma[531], la cual, con vos y conmigo y con Guadiana,
vuestro escudero, y con la dueña Ruidera[532] y sus siete hijas y
dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos nos
tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años; y aunque pasan
de quinientos, no se ha muerto ninguno de nosotros, solamente faltan
Ruidera y sus hijas y sobrinas, las cuales llorando, por compasión
que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas
lagunas, que ahora, en el mundo de los vivos y en la provincia de la
Mancha, las llaman _las Lagunas de Ruidera_: las siete son de los
Reyes de España[533], y las dos sobrinas, de los caballeros de una
orden santísima, que llaman de San Juan. Guadiana, vuestro escudero,
plañendo asimesmo vuestra desgracia, fué convertido en un río llamado
de su mesmo nombre, el cual, cuando llegó a la superficie de la
tierra y vió el sol del otro cielo, fué tanto el pesar que sintió
de ver que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra;
pero como no es posible dejar de acudir a su natural corriente, de
cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le
vean. Vanle administrando de sus aguas las referidas lagunas, con
las cuales y con otros muchas que se llegan, entra pomposo y grande
en Portugal; pero con todo esto, por dondequiera que va muestra su
tristeza y melancolía, y no se precia de criar en sus aguas peces
regalados y de estima, sino burdos y desabridos, bien diferentes de
los del Tajo dorado[534]; y esto que agora os digo, ¡oh primo mío!,
os lo he dicho muchas veces, y como no me respondéis, imagino que
no me dais crédito o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual
Dios lo sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que
no sirvan de alivio a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna
manera; sabed que tenéis aquí en vuestra presencia (y abrid los
ojos y veréislo) aquel gran caballero de quien tantas cosas tiene
profetizadas el sabio Merlín, aquel Don Quijote de la Mancha, digo,
que de nuevo y con mayores ventajas que en los pasados siglos, ha
resucitado en los presentes la ya olvidada andante caballería, por
cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos desencantados,
que las grandes hazañas para los grandes hombres están guardadas.--Y
cuando así no sea, respondió el lastimado Durandarte con voz
desmayada y baja, cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia y
barajar[535]; y volviéndose de lado tornó a su acostumbrado silencio
sin hablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos
acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos. Volví la
cabeza, y vi por las paredes de cristal, que por otra sala pasaba una
procesión de dos hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas
de luto, con turbantes blancos sobre las cabezas al modo turquesco.
Al cabo y fin de las hileras venía una señora, que en la gravedad lo
parecía, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas
y largas que besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que
el mayor de alguna[536] de las otras: era cejijunta, y la nariz
algo chata, la boca grande, pero colorados los labios, los dientes,
que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos,
aunque eran blancos como unas peladas almendras: traía en las manos
un lienzo delgado, y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de
carne momia, según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos, cómo
toda aquella gente de la procesión eran sirvientes de Durandarte y
de Belerma, que allí con sus dos señores estaban encantados, y que
la última, que traía el corazón entre el lienzo y en las manos,
era la señora Belerma, la cual con sus doncellas cuatro días en la
semana[537] hacían aquella procesión y cantaban, o por mejor decir,
lloraban endechas[538] sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón
de su primo: y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa
como tenía la fama[539], era la causa las malas noches y peores días
que en aquel encantamento pasaba, como lo podía ver en sus grandes
ojeras y en su color quebradiza; y no toma ocasión su amarillez y
sus ojeras... sino del dolor que siente su corazón por el que de
continuo tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la
desgracia de su mal logrado amante: que si esto no fuera, apenas la
igualara en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso,
tan celebrada en todos estos contornos y aun en todo el mundo.--Cepos
quedos[540], dije yo entonces, Señor Don Montesinos; cuente vuesa
merced su historia como debe, que ya sabe que toda comparación es
odiosa, y así no hay para qué comparar a nadie con nadie; la sin par
Dulcinea del Toboso es quien es, y la señora doña Belerma es quien
es y quien ha sido, y quédese aquí. A lo que él me respondió: Señor
Don Quijote, perdóneme vuesa merced, que yo confieso que anduve mal,
y no dije bien en decir, que apenas igualara la señora Dulcinea a la
señora Belerma, pues me bastaba a mí haber entendido, por no sé qué
barruntos, que vuesa merced es su caballero, para que me mordiera
la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo. Con esta
satisfacción que me dió el gran Montesinos, se quietó mi corazón
del sobresalto que recibí en oír que a mi señora la comparaban con
Belerma.»
--«Y aun me maravillo yo, dijo Sancho, de cómo vuesa merced no se
subió sobre el vejote, y le molió a coces todos los huesos, y le peló
las barbas sin dejarle pelo en ellas.»--«No, Sancho amigo, respondió
Don Quijote, no me estaba a mí bien hacer eso, porque estamos todos
obligados a tener respeto a los ancianos, aunque no sean caballeros,
y principalmente a los que lo son y están encantados; yo sé bien que
no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y respuestas
que entre los dos pasamos»[541]. A esta sazón dijo el Primo: «yo
no sé, Señor Don Quijote, cómo vuesa merced en tan poco espacio de
tiempo como ha que está allá abajo[542], haya visto tantas cosas y
hablado y respondido tanto.»--«¿Cuánto ha que bajé?» preguntó Don
Quijote.--«Poco más de una hora», respondió Sancho.--«Eso no puede
ser, replicó Don Quijote, porque allá me anocheció y amaneció, y
tornó a anochecer y amanecer tres veces, de modo que a mi cuenta tres
días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista
nuestra.»--«Verdad debe de decir mi señor, dijo Sancho, que como
todas las cosas que le han sucedido son por encantamento, quizá lo
que a nosotros nos parece un hora debe de parecer allá tres días con
sus noches.»
COLOQUIO QUE PASÓ ENTRE CIPIÓN Y BERGANZA,
PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURRECCIÓN[543]
Con gran asombro suyo se sienten estos perros una noche dotados
de habla y aprovechan tal beneficio para contarse sus vidas;
es esta narración una sátira de la sociedad de entonces y de
diversos tipos de la misma. Ya cerca del amanecer, se le ocurre
al hablador Berganza contar un incidente más para reírse de las
locuras en que abundaban los poetas y hombres de ciencia.
_Berganza._ Perdóname, porque el cuento es breve y no sufre dilación,
y viene aquí de molde.
_Cipión._ Sí perdono; concluye presto, que a lo que creo, no debe
estar muy lejos el día.
_Berganza._ Digo que en las cuatro camas que están al cabo desta
enfermería, en la una[544] estaba un alquimista[545], en la otra un
poeta, en la otra un matemático, y en la otra uno de los que llaman
arbitristas[546].
_Cipión._ Ya me acuerdo haber visto a esa buena gente.
_Berganza._ Digo, pues, que una siesta de las del verano pasado,
estando cerradas las ventanas, y yo cogiendo el aire debajo de la
cama del uno dellos[547], el poeta se comenzó a quejar lastimosamente
de su fortuna, y preguntándole el matemático de qué se quejaba,
respondió que de su corta suerte. «¿Cómo, y no será razón que me
queje, prosiguió, que habiendo yo guardado lo que Horacio manda en
su _Poética_, que no salga a luz la obra que después de compuesta
no hayan pasado diez años por ella[548], y que tenga yo una de
veinte años de ocupación y doce de pasante[549], grande en el
sujeto[550], admirable y nueva en la invención, grave en el verso,
entretenida en los episodios, maravillosa en la división, porque
el principio responde al medio y al fin, de manera que constituyen
el poema alto, sonoro, heroico, deleitable y sustancioso, y que
con todo esto no hallo un príncipe a quien dirigille? Príncipe,
digo, que sea inteligente, liberal y magnánimo. ¡Mísera edad y
depravado siglo nuestro!»--«¿De qué trata el libro?» preguntó el
alquimista. Respondió el poeta: «Trata de lo que dejó de escribir el
arzobispo Turpín del rey Artús de Inglaterra, con otro suplemento
de la _Historia de la demanda del Santo Brial_[551], y todo en
verso heroico, parte en octava y parte en verso suelto; pero todo
esdrújulamente, digo, en esdrújulos de nombres sustantivos, sin
admitir verbo alguno[552].--«A mí, respondió el alquimista, poco
se me entiende[553] de poesía; y así no sabré poner en su punto la
desgracia de que vuesa merced se queja, puesto que, aunque fuera
mayor, no se igualaba a la mía, que es, que por faltarme instrumento
o un príncipe que me apoye y me dé a la mano los requisitos que la
ciencia de la alquimia pide, no estoy ahora manando en oro[554], y
con más riquezas que los Midas, que los Crasos y Cresos»--«¿Ha hecho
vuesa merced, dijo a esta sazón el matemático, señor alquimista, la
experiencia de sacar plata de otros metales?»--«Yo, respondió el
alquimista, no la he sacado hasta ahora; pero realmente sé que se
saca, y a mí no me faltan dos meses para acabar la piedra filosofal,
con que se puede hacer plata y oro de las mismas piedras.»--«Bien
han exagerado vuesas mercedes sus desgracias, dijo a esta sazón
el matemático; pero al fin, el uno tiene libro que dirigir, y el
otro está en potencia propincua[555] de sacar la piedra filosofal;
mas, ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola, que no tiene donde
arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto
fijo[556], y aquí lo dejo, y allí lo tomo, y pareciéndome que ya lo
he hallado, y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando
no me cato[557] me hallo tan lejos dél, que me admiro. Lo mismo me
acaece con la cuadratura del círculo, que he llegado tan al remate
de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya en la
faldriquera; y así es mi pena semejable a las de Tántalo, que está
cerca del fruto, y muere de hambre; y propincuo al agua, y perece
de sed; por momentos pienso dar en la coyuntura de la verdad, y por
minutos me hallo tan lejos della, que vuelvo a subir el monte que
acabé de bajar, con el canto de mi trabajo a cuestas, como otro nuevo
Sísifo.» Había hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y
aquí le rompió diciendo: «¡cuatro quejosos, tales que lo pueden ser
del Gran Turco, ha juntado en este hospital la pobreza, y reniego
yo de oficios y ejercicios que ni entretienen ni dan de comer a sus
dueños! Yo, señores, soy arbitrista, y he dado a Su Majestad en
diferentes tiempos muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho
suyo y sin daño del reino; y ahora tengo hecho un memorial, donde
le suplico me señale persona con quien comunique un nuevo arbitrio
que tengo, tal, que ha de ser la total restauración de sus empeños;
pero por lo que me ha sucedido, con los otros memoriales, entiendo
que éste también ha de parar en el carnero[558]. Mas, porque vuesas
mercedes no me tengan por mentecato, aunque mi arbitrio quede
desde este punto público, le quiero decir, que es éste: hase de
pedir en Cortes que todos los vasallos de Su Majestad, desde la
edad de catorce a sesenta años, sean obligados a ayunar una vez
en el mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se escogiere
y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios de fruta,
carne y pescado, vino, huevos y legumbres, que han de gastar aquel
día, se reduzga[559] a dinero y se dé a Su Majestad sin defraudalle
un ardite, so cargo de juramento; y con esto en veinte años queda
libre de socaliñas y desempeñado, porque si se hace la cuenta,
como yo la tengo hecha, bien hay en España más de tres millones de
personas de la dicha edad[560], fuera de los enfermos, más viejos
o más muchachos, y ninguno destos dejará de gastar, y esto contado
al menorete[561], cada día real y medio, y yo quiero que sea no
más de un real, que no puede ser menos, aunque coma alholvas.
Pues ¿paréceles a vuesas mercedes que sería barro tener cada mes
tres millones de reales como ahechados?»[562] Y esto antes sería
provecho que daño a los ayunantes, porque con el ayuno agradarían al
cielo y servirían a su rey, y tal[563] podría ayunar, que le fuese
conveniente para su salud. Este es el arbitrio limpio de polvo y
de paja, y podríase coger por parroquias sin costa de comisarios,
que destruyen la república.» Riyéronse[564] todos del arbitrio y
del arbitrante, y él también se riyó de sus disparates, y yo quedé
admirado de haberlos oído, y de ver que por la mayor parte los de
semejantes humores venían a morir en los hospitales.