PARTE II, CAPÍTULO XXIII

Terminado el relato episódico de las bodas de Camacho, o mejor

dicho, de Basilio, quiere visitar Don Quijote la Cueva de

Montesinos[510]; en esta visita le acompaña un primo de cierto

Licenciado, que había hallado Don Quijote en su camino. Después

de haber descendido a la sima Don Quijote atado con cuerdas,

cuenta al Primo y a Sancho lo que vió en la cueva. Cervantes

llena de finísima poesía toda esta concepción fantástico-burlesca.

«A obra de doce o catorce estados[511] de la profundidad desta

mazmorra, a la derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz

de poder caber en ella[512] un gran carro con sus mulas. Éntrale una

pequeña luz por unos resquicios o agujeros, que lejos le responden,

abiertos en la superficie de la tierra. Esta concavidad y espacio

vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y mohino de verme, pendiente y

colgado de la soga, caminar por aquella escura región abajo, sin

llevar cierto ni determinado camino, y así determiné entrarme en

ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos que no descolgásedes

más soga, hasta que yo os lo dijese; pero no debistes de oírme. Fui

recogiendo la soga que enviábades, y haciendo della una rosca o

rimero, me senté sobre él, pensativo además[513], considerando lo que

hacer debía para calar al fondo, no teniendo quien me sustentase; y

estando en este pensamiento y confusión, de repente y sin procurarlo,

me salteó un sueño profundísimo, y cuando menos lo pensaba, sin saber

cómo ni cómo no, desperté dél, y me hallé en la mitad del más bello,

ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza, ni imaginar

la más discreta imaginación humana. Despabilé los ojos, limpiémelos,

y vi que no dormía, sino que realmente estaba despierto. Con todo

esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo

mismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha;

pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre

mí hacía, me certificaron que yo era allí entonces el que soy aquí

ahora. Ofrecióseme luego a la vista un real y suntuoso palacio o

alcázar, cuyos muros y paredes parecían de trasparente y claro

cristal fabricados, del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que

por ellas salía y hacia mí se venía un venerable anciano vestido

con un capuz[514] de bayeta morada, que por el suelo le arrastraba;

ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial, de raso

verde: cubríale la cabeza una gorra milanesa negra[515], y la barba

canísima le pasaba de la cintura; no traía arma ninguna, sino un

rosario de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los

dieces asimismo como huevos medianos de avestruz: el continente,

el paso, la gravedad y la anchísima presencia[516], cada cosa de

por sí y todas juntas me suspendieron y admiraron. Llegóse a mí, y

lo primero que hizo fué abrazarme estrechamente, y luego decirme:

«Luengos tiempos ha, valeroso caballero Don Quijote de la Mancha,

que los que estamos en estas soledades encantados, esperamos verte,

para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda

cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña

sólo guardada para ser acometida de tu invencible corazón y de tu

ánimo stupendo: Ven conmigo, señor clarísimo, que te quiero mostrar

las maravillas que este trasparente alcázar solapa, de quien[517]

yo soy alcaide y guarda mayor perpetua[518], porque soy el mismo

Montesinos, de quien la cueva toma nombre.» Apenas me dijo que era

Montesinos[519], cuando le pregunté si fué verdad lo que en el mundo

de acá arriba se contaba, que él había sacado de la mitad del pecho

con una pequeña daga[520] el corazón de su grande amigo Durandarte,

y llevádole a la señora Belerma, como él se lo mandó al punto de su

muerte. Respondióme que en todo decían verdad sino en la daga, porque

no fué daga, ni pequeña[521], sino un puñal buído[522], más agudo que

una lezna.»

--«Debía de ser, dijo a este punto Sancho, el tal puñal de Ramón de

Hoces el Sevillano.»--«No sé, prosiguió Don Quijote, pero no sería

dese puñalero, porque Ramón de Hoces fué ayer, y lo de Roncesvalles,

donde aconteció esta desgracia, ha muchos años; y esta averiguación

no es de importancia, ni turba ni altera la verdad y contesto de la

historia.»--«Así es, respondió el Primo; prosiga vuesa merced, señor

Don Quijote, que le escucho con el mayor gusto del mundo.»

«No con menor lo cuento yo, respondió Don Quijote, y así digo que

el venerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde

en una sala baja, fresquísima sobremodo[523], y toda de alabastro,

estaba un sepulcro de mármol con gran maestría fabricado, sobre el

cual vi a un caballero tendido de largo a largo, no de bronce ni de

mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros,

sino de pura carne y de puros huesos. Tenía la mano derecha (que a

mi parecer es algo peluda y nervosa, señal de tener muchas fuerzas

su dueño)[524] puesta sobre el lado del corazón, y antes que

preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso, mirando al del

sepulcro, me dijo[525]: Este es mi amigo Durandarte, flor y espejo

de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo; tiénele aquí

encantado, como me tiene a mí y a otros muchos y muchas, Merlín[526],

aquel francés encantador, que dicen que fué hijo del diablo; y lo que

yo creo es que no fué hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un

punto más que el diablo. El cómo o para qué nos encantó, nadie lo

sabe, y ello dirá andando los tiempos, que no están muy lejos, según

imagino. Lo que a mí me admira es que sé tan cierto como ahora es de

día, que Durandarte acabó los de su vida en mis brazos, y que después

de muerto le saqué el corazón con mis propias manos (y en verdad que

debía de pesar dos libras, porque según los naturales, el que tiene

mayor corazón es dotado de mayor valentía del[527] que le tiene

pequeño); pues siendo esto así, y que realmente murió este caballero

¿cómo ahora se queja[528] y sospira de cuando en cuando como si

estuviese vivo? Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz,

dijo:

¡Oh mi primo Montesinos!

Lo postrero que os rogaba,

Que cuando yo fuere muerto,

Y mi ánima arrancada,

Que llevéis mi corazón

Adonde Belerma estaba,

Sacándomele del pecho,

Ya con puñal, ya con daga[529].

Oyendo lo cual el venerable Montesinos se puso de rodillas ante el

lastimado caballero, y con lágrimas en los ojos le dijo: Ya, señor

Durandarte, carísimo primo mío, ya hice lo que me mandastes en el

aciago día de nuestra pérdida; ya os saqué el corazón lo mejor que

pude, sin que os dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié

con un pañizuelo de puntas[530], yo partí con él de carrera para

Francia, habiéndoos primero puesto en el seno de la tierra con tantas

lágrimas, que fueron bastantes a lavarme las manos, y limpiarme con

ellas la sangre que tenían de haberos andado en las entrañas; y por

más señas, primo de mi alma, en el primero lugar que topé saliendo

de Roncesvalles, eché un poco de sal en vuestro corazón, porque no

oliese mal y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado a la presencia

de la señora Belerma[531], la cual, con vos y conmigo y con Guadiana,

vuestro escudero, y con la dueña Ruidera[532] y sus siete hijas y

dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos nos

tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años; y aunque pasan

de quinientos, no se ha muerto ninguno de nosotros, solamente faltan

Ruidera y sus hijas y sobrinas, las cuales llorando, por compasión

que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas

lagunas, que ahora, en el mundo de los vivos y en la provincia de la

Mancha, las llaman _las Lagunas de Ruidera_: las siete son de los

Reyes de España[533], y las dos sobrinas, de los caballeros de una

orden santísima, que llaman de San Juan. Guadiana, vuestro escudero,

plañendo asimesmo vuestra desgracia, fué convertido en un río llamado

de su mesmo nombre, el cual, cuando llegó a la superficie de la

tierra y vió el sol del otro cielo, fué tanto el pesar que sintió

de ver que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra;

pero como no es posible dejar de acudir a su natural corriente, de

cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le

vean. Vanle administrando de sus aguas las referidas lagunas, con

las cuales y con otros muchas que se llegan, entra pomposo y grande

en Portugal; pero con todo esto, por dondequiera que va muestra su

tristeza y melancolía, y no se precia de criar en sus aguas peces

regalados y de estima, sino burdos y desabridos, bien diferentes de

los del Tajo dorado[534]; y esto que agora os digo, ¡oh primo mío!,

os lo he dicho muchas veces, y como no me respondéis, imagino que

no me dais crédito o no me oís, de lo que yo recibo tanta pena cual

Dios lo sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que

no sirvan de alivio a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna

manera; sabed que tenéis aquí en vuestra presencia (y abrid los

ojos y veréislo) aquel gran caballero de quien tantas cosas tiene

profetizadas el sabio Merlín, aquel Don Quijote de la Mancha, digo,

que de nuevo y con mayores ventajas que en los pasados siglos, ha

resucitado en los presentes la ya olvidada andante caballería, por

cuyo medio y favor podría ser que nosotros fuésemos desencantados,

que las grandes hazañas para los grandes hombres están guardadas.--Y

cuando así no sea, respondió el lastimado Durandarte con voz

desmayada y baja, cuando así no sea, ¡oh primo!, digo, paciencia y

barajar[535]; y volviéndose de lado tornó a su acostumbrado silencio

sin hablar más palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos

acompañados de profundos gemidos y angustiados sollozos. Volví la

cabeza, y vi por las paredes de cristal, que por otra sala pasaba una

procesión de dos hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas

de luto, con turbantes blancos sobre las cabezas al modo turquesco.

Al cabo y fin de las hileras venía una señora, que en la gravedad lo

parecía, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas

y largas que besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que

el mayor de alguna[536] de las otras: era cejijunta, y la nariz

algo chata, la boca grande, pero colorados los labios, los dientes,

que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos,

aunque eran blancos como unas peladas almendras: traía en las manos

un lienzo delgado, y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de

carne momia, según venía seco y amojamado. Díjome Montesinos, cómo

toda aquella gente de la procesión eran sirvientes de Durandarte y

de Belerma, que allí con sus dos señores estaban encantados, y que

la última, que traía el corazón entre el lienzo y en las manos,

era la señora Belerma, la cual con sus doncellas cuatro días en la

semana[537] hacían aquella procesión y cantaban, o por mejor decir,

lloraban endechas[538] sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón

de su primo: y que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa

como tenía la fama[539], era la causa las malas noches y peores días

que en aquel encantamento pasaba, como lo podía ver en sus grandes

ojeras y en su color quebradiza; y no toma ocasión su amarillez y

sus ojeras... sino del dolor que siente su corazón por el que de

continuo tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la

desgracia de su mal logrado amante: que si esto no fuera, apenas la

igualara en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso,

tan celebrada en todos estos contornos y aun en todo el mundo.--Cepos

quedos[540], dije yo entonces, Señor Don Montesinos; cuente vuesa

merced su historia como debe, que ya sabe que toda comparación es

odiosa, y así no hay para qué comparar a nadie con nadie; la sin par

Dulcinea del Toboso es quien es, y la señora doña Belerma es quien

es y quien ha sido, y quédese aquí. A lo que él me respondió: Señor

Don Quijote, perdóneme vuesa merced, que yo confieso que anduve mal,

y no dije bien en decir, que apenas igualara la señora Dulcinea a la

señora Belerma, pues me bastaba a mí haber entendido, por no sé qué

barruntos, que vuesa merced es su caballero, para que me mordiera

la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo. Con esta

satisfacción que me dió el gran Montesinos, se quietó mi corazón

del sobresalto que recibí en oír que a mi señora la comparaban con

Belerma.»

--«Y aun me maravillo yo, dijo Sancho, de cómo vuesa merced no se

subió sobre el vejote, y le molió a coces todos los huesos, y le peló

las barbas sin dejarle pelo en ellas.»--«No, Sancho amigo, respondió

Don Quijote, no me estaba a mí bien hacer eso, porque estamos todos

obligados a tener respeto a los ancianos, aunque no sean caballeros,

y principalmente a los que lo son y están encantados; yo sé bien que

no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y respuestas

que entre los dos pasamos»[541]. A esta sazón dijo el Primo: «yo

no sé, Señor Don Quijote, cómo vuesa merced en tan poco espacio de

tiempo como ha que está allá abajo[542], haya visto tantas cosas y

hablado y respondido tanto.»--«¿Cuánto ha que bajé?» preguntó Don

Quijote.--«Poco más de una hora», respondió Sancho.--«Eso no puede

ser, replicó Don Quijote, porque allá me anocheció y amaneció, y

tornó a anochecer y amanecer tres veces, de modo que a mi cuenta tres

días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista

nuestra.»--«Verdad debe de decir mi señor, dijo Sancho, que como

todas las cosas que le han sucedido son por encantamento, quizá lo

que a nosotros nos parece un hora debe de parecer allá tres días con

sus noches.»

COLOQUIO QUE PASÓ ENTRE CIPIÓN Y BERGANZA,

PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURRECCIÓN[543]

Con gran asombro suyo se sienten estos perros una noche dotados

de habla y aprovechan tal beneficio para contarse sus vidas;

es esta narración una sátira de la sociedad de entonces y de

diversos tipos de la misma. Ya cerca del amanecer, se le ocurre

al hablador Berganza contar un incidente más para reírse de las

locuras en que abundaban los poetas y hombres de ciencia.

_Berganza._ Perdóname, porque el cuento es breve y no sufre dilación,

y viene aquí de molde.

_Cipión._ Sí perdono; concluye presto, que a lo que creo, no debe

estar muy lejos el día.

_Berganza._ Digo que en las cuatro camas que están al cabo desta

enfermería, en la una[544] estaba un alquimista[545], en la otra un

poeta, en la otra un matemático, y en la otra uno de los que llaman

arbitristas[546].

_Cipión._ Ya me acuerdo haber visto a esa buena gente.

_Berganza._ Digo, pues, que una siesta de las del verano pasado,

estando cerradas las ventanas, y yo cogiendo el aire debajo de la

cama del uno dellos[547], el poeta se comenzó a quejar lastimosamente

de su fortuna, y preguntándole el matemático de qué se quejaba,

respondió que de su corta suerte. «¿Cómo, y no será razón que me

queje, prosiguió, que habiendo yo guardado lo que Horacio manda en

su _Poética_, que no salga a luz la obra que después de compuesta

no hayan pasado diez años por ella[548], y que tenga yo una de

veinte años de ocupación y doce de pasante[549], grande en el

sujeto[550], admirable y nueva en la invención, grave en el verso,

entretenida en los episodios, maravillosa en la división, porque

el principio responde al medio y al fin, de manera que constituyen

el poema alto, sonoro, heroico, deleitable y sustancioso, y que

con todo esto no hallo un príncipe a quien dirigille? Príncipe,

digo, que sea inteligente, liberal y magnánimo. ¡Mísera edad y

depravado siglo nuestro!»--«¿De qué trata el libro?» preguntó el

alquimista. Respondió el poeta: «Trata de lo que dejó de escribir el

arzobispo Turpín del rey Artús de Inglaterra, con otro suplemento

de la _Historia de la demanda del Santo Brial_[551], y todo en

verso heroico, parte en octava y parte en verso suelto; pero todo

esdrújulamente, digo, en esdrújulos de nombres sustantivos, sin

admitir verbo alguno[552].--«A mí, respondió el alquimista, poco

se me entiende[553] de poesía; y así no sabré poner en su punto la

desgracia de que vuesa merced se queja, puesto que, aunque fuera

mayor, no se igualaba a la mía, que es, que por faltarme instrumento

o un príncipe que me apoye y me dé a la mano los requisitos que la

ciencia de la alquimia pide, no estoy ahora manando en oro[554], y

con más riquezas que los Midas, que los Crasos y Cresos»--«¿Ha hecho

vuesa merced, dijo a esta sazón el matemático, señor alquimista, la

experiencia de sacar plata de otros metales?»--«Yo, respondió el

alquimista, no la he sacado hasta ahora; pero realmente sé que se

saca, y a mí no me faltan dos meses para acabar la piedra filosofal,

con que se puede hacer plata y oro de las mismas piedras.»--«Bien

han exagerado vuesas mercedes sus desgracias, dijo a esta sazón

el matemático; pero al fin, el uno tiene libro que dirigir, y el

otro está en potencia propincua[555] de sacar la piedra filosofal;

mas, ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola, que no tiene donde

arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto

fijo[556], y aquí lo dejo, y allí lo tomo, y pareciéndome que ya lo

he hallado, y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando

no me cato[557] me hallo tan lejos dél, que me admiro. Lo mismo me

acaece con la cuadratura del círculo, que he llegado tan al remate

de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya en la

faldriquera; y así es mi pena semejable a las de Tántalo, que está

cerca del fruto, y muere de hambre; y propincuo al agua, y perece

de sed; por momentos pienso dar en la coyuntura de la verdad, y por

minutos me hallo tan lejos della, que vuelvo a subir el monte que

acabé de bajar, con el canto de mi trabajo a cuestas, como otro nuevo

Sísifo.» Había hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y

aquí le rompió diciendo: «¡cuatro quejosos, tales que lo pueden ser

del Gran Turco, ha juntado en este hospital la pobreza, y reniego

yo de oficios y ejercicios que ni entretienen ni dan de comer a sus

dueños! Yo, señores, soy arbitrista, y he dado a Su Majestad en

diferentes tiempos muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho

suyo y sin daño del reino; y ahora tengo hecho un memorial, donde

le suplico me señale persona con quien comunique un nuevo arbitrio

que tengo, tal, que ha de ser la total restauración de sus empeños;

pero por lo que me ha sucedido, con los otros memoriales, entiendo

que éste también ha de parar en el carnero[558]. Mas, porque vuesas

mercedes no me tengan por mentecato, aunque mi arbitrio quede

desde este punto público, le quiero decir, que es éste: hase de

pedir en Cortes que todos los vasallos de Su Majestad, desde la

edad de catorce a sesenta años, sean obligados a ayunar una vez

en el mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se escogiere

y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios de fruta,

carne y pescado, vino, huevos y legumbres, que han de gastar aquel

día, se reduzga[559] a dinero y se dé a Su Majestad sin defraudalle

un ardite, so cargo de juramento; y con esto en veinte años queda

libre de socaliñas y desempeñado, porque si se hace la cuenta,

como yo la tengo hecha, bien hay en España más de tres millones de

personas de la dicha edad[560], fuera de los enfermos, más viejos

o más muchachos, y ninguno destos dejará de gastar, y esto contado

al menorete[561], cada día real y medio, y yo quiero que sea no

más de un real, que no puede ser menos, aunque coma alholvas.

Pues ¿paréceles a vuesas mercedes que sería barro tener cada mes

tres millones de reales como ahechados?»[562] Y esto antes sería

provecho que daño a los ayunantes, porque con el ayuno agradarían al

cielo y servirían a su rey, y tal[563] podría ayunar, que le fuese

conveniente para su salud. Este es el arbitrio limpio de polvo y

de paja, y podríase coger por parroquias sin costa de comisarios,

que destruyen la república.» Riyéronse[564] todos del arbitrio y

del arbitrante, y él también se riyó de sus disparates, y yo quedé

admirado de haberlos oído, y de ver que por la mayor parte los de

semejantes humores venían a morir en los hospitales.

Antología de prosistas castellanos · 第 55 / 79 题