Don Quijote en su camino se halla con un discreto caballero de
la Mancha, en el cual Cervantes cifra su propio ideal de la vida
santa y sencilla.
En estas razones estaban cuando los alcanzó un hombre, que detrás
dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua
tordilla, vestido un gabán[496] de paño fino verde, jironado[497] de
terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo; el aderezo
de la yegua era de campo y de la jineta, asimismo[498] de morado y
verde; traía un alfanje morisco pendiente de un ancho tahalí de verde
y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las espuelas no
eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y bruñidas,
que por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si fueran
de oro puro.
Cuando llegó a ellos el caminante los saludó cortésmente, y picando a
la yegua se pasaba de largo; pero Don Quijote le dijo: «Señor galán,
si es que vuesa merced lleva el camino que nosotros, y no importa el
darse priesa, merced recibiría en que nos fuésemos juntos.»... Detuvo
la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro de Don
Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en
el arzón delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba el de
lo Verde a Don Quijote, mucho más miraba Don Quijote al de lo Verde,
pareciéndole hombre de chapa[499]: la edad mostraba ser de cincuenta
años; las canas, pocas, y el rostro, aguileño, la vista entre alegre
y grave; finalmente, en el traje y apostura daba a entender ser
hombre de buenas prendas[500]. Lo que juzgó de Don Quijote de la
Mancha el de lo Verde fué, que semejante manera ni parecer de hombre
no le había visto jamás: admiróle la longura de su caballo[501], la
grandeza de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro, sus
armas, su ademán y compostura, figura y retrato no visto por luengos
tiempos atrás en aquella tierra.
Notó bien Don Quijote la atención con que el caminante le miraba,
y leyóle en la suspensión su deseo; y como era tan cortés y tan
amigo de dar gusto a todos, antes que le preguntase nada, le salió
al camino, diciéndole: «esta figura que vuesa merced en mí ha visto,
por ser tan nueva y tan fuera de las que comúnmente se usan, no me
maravillaría yo de que le hubiese maravillado; pero dejará vuesa
merced de estarlo cuando le diga, como le digo, que soy caballero
destos que dicen las gentes
que a sus aventuras van.
Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entreguéme
en los brazos de la fortuna, que me llevasen donde más fuese
servida. Quise resucitar la ya muerta andante caballería, y ha
muchos días que tropezando aquí, cayendo allí, despeñándome acá, y
levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo
viudas, amparando doncellas, y favoreciendo casadas, huérfanos y
pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes; y así por
mis valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar ya en
estampa[502] en casi todas o las más naciones del mundo. Treinta
mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de
imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia.
Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras o en una sola,
digo que yo soy Don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado
el _Caballero de la Triste Figura_; y puesto que[503] las propias
alabanzas envilecen, esme forzoso decir yo tal vez las mías, y esto
se entiende, cuando no se halla presente quien las diga: así que,
señor gentil-hombre, ni este caballo, esta lanza, ni este escudo, ni
escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez de mi rostro,
ni mi atenuada flaqueza os podrá admirar de aquí adelante, habiendo
ya sabido quién soy y la profesión que hago[504].»
Calló en diciendo esto Don Quijote, y el de lo Verde, según se
tardaba en responderle, parecía que no acertaba a hacerlo; pero de
allí a buen espacio le dijo: «acertastes, señor caballero, a conocer
por mi suspensión mi deseo; pero no habéis acertado a quitarme la
maravilla que en mí causa[505] el haberos visto, que puesto que como
vos, señor, decís que el saber ya quién sois me lo podría quitar, no
ha sido así, antes ahora que lo sé, quedo más suspenso y maravillado.
Cómo, ¿y es posible que hay[506] hoy caballeros andantes en el mundo,
y que hay historias impresas de verdaderas caballería? No me puedo
persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare
doncellas, ni honre casadas, ni socorra huérfanos, y no lo creyera,
si en vuesa merced no lo hubiera visto con mis ojos. Bendito sea el
cielo, que con esa historia que vuesa merced dice que está impresa de
sus altas y verdaderas caballerías, se habrán puesto en olvido las
innumerables de los fingidos caballeros andantes de que estaba lleno
el mundo, tan en daño de las buenas costumbres, y tan en perjuicio y
descrédito de las buenas historias.»--«Hay mucho que decir, respondió
Don Quijote, en razón de si son fingidas o no las historias de los
andantes caballeros.»--«¿Pues hay quién dude, respondió el Verde,
que no son falsas las tales historias?»--«Yo lo dudo, respondió Don
Quijote, y quédese esto aquí, que si nuestra jornada dura, espero en
Dios de dar a entender a vuesa merced que ha hecho mal en irse con la
corriente de los que tienen por cierto que no son verdaderas.»
Desta última razón de Don Quijote tomó barruntos el caminante de que
Don Quijote debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras
lo confirmase; pero antes que se divirtiesen en otros razonamientos,
Don Quijote le rogó le dijese quién era, pues le había dado parte de
su condición y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán:
«yo, señor caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de
un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido: soy más
que medianamente rico, y es mi nombre Don Diego de Miranda; paso la
vida con mi mujer y con mis hijos y con mis amigos: mis ejercicios
son el de la caza y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino
algún perdigón manso[507] o algún hurón atrevido; tengo hasta seis
docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia
algunos, y de devoción otros: los de caballerías aun no han entrado
por los umbrales de mis puertas; hojeo más los que son profanos que
los devotos, como sean de honesto entretenimiento, que deleiten con
el lenguaje, y admiren y suspendan con la invención, puesto que[508]
destos hay muy pocos en España; alguna vez como con mis vecinos
y amigos, y muchas veces los convido: son mis convites limpios y
aseados, y no nada escasos: ni gusto de murmurar, ni consiento que
delante de mí se murmure: no escudriño las vidas ajenas, ni soy
lince de los hechos de los otros; oigo misa cada día; reparto de mis
bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras, por no
dar entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que
blandamente se apoderan del corazón más recatado; procuro poner en
paz los que sé que están desavenidos; soy devoto de nuestra Señora, y
confío siempre en la misericordia infinita de Dios nuestro Señor.»
Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos
del hidalgo; y pareciéndola buena y santa, y que quien la hacía debía
de hacer milagros, se arrojó del rucio, y con gran priesa le fué a
asir del estribo derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le
besó los pies una y muchas veces. Visto lo cual por el hidalgo le
preguntó: «¿qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son estos?»--«Déjenme
besar, respondió Sancho, porque me parece vuesa merced el primer
santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.»--«No
soy santo, respondió el hidalgo, sino gran pecador; vos sí, hermano,
que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.» Volvió
Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la
profunda malencolía[509] de su amo, y causado nueva admiración a Don
Diego.