Don Quijote es metido en una jaula por el cura y el barbero,
que le hacen creerse encantado para grandes empresas, y así le
llevan a su casa. En el camino se les une un canónigo de Toledo,
quien, compadecido del prisionero, y hallándole cuerdo en sus
razones, logra hacerle desenjaular y le exhorta a que abandone
sus disparatadas caballerías. Sobre esto se enreda una discusión,
que lejos de convencer a Don Quijote, acaba por suscitar en su
imaginación el sueño de la más ideal aventura caballeresca. Al
principio, el canónigo, fiando mucho en sus buenos consejos,
dirige a Don Quijote esta vehemente exhortación:
«Y si todavía llevado de su natural inclinación quisiere leer
libros de hazañas y de caballerías, lea en la Sacra Escritura el
de los Jueces, que allí hallará verdades grandiosas y hechos tan
verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo Lusitania; un César,
Roma; un Anibal[441], Cartago; un Alejandro, Grecia; un Conde Fernán
González, Castilla; un Cid, Valencia[442]; un Gonzalo Fernández[443],
Andalucía; un Diego García de Paredes[444], Estremadura; un Garci
Pérez de Vargas[445], Jerez; un Garcilaso[446], Toledo; un don
Manuel de León[447], Sevilla; cuya[448] leción de sus valerosos
hechos puede entretener, enseñar, deleitar y admirar a los más
altos ingenios que los leyeren. Esta sí será letura digna del buen
entendimiento de vuestra merced, señor Don Quijote mío; de la cual
saldrá erudito en la historia, enamorado de la virtud, enseñado
en la bondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad,
osado[449] sin cobardía, y todo esto para honra de Dios, provecho
suyo y fama de la Mancha, do[450], según he sabido, trae vuestra
merced su principio y origen.»
Atentísimamente estuvo Don Quijote escuchando las razones del
canónigo, y cuando vió que ya había puesto fin a ellas, después
de haberle estado un buen espacio mirando, le dijo: «Paréceme,
señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminado a
querer darme a entender[451] que no ha habido caballeros andantes
en el mundo, y que todos los libros de caballerías son falsos,
mentirosos, dañadores e inútiles para la república, y que yo he hecho
mal en leerlos y peor en creerlos, y más mal[452] en imitarlos,
habiéndome puesto a seguir la durísima profesión de la caballería
andante[453] que ellos enseñan; negándome que no ha habido[454] en
el mundo Amadises ni de Gaula, ni de Grecia[455], ni todos los otros
caballeros de que las escrituras están llenas.»
--«Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va
relatando»--dijo a esta sazón el canónigo. A lo cual respondió Don
Quijote: «Añadió[456] también vuestra merced, diciendo que me habían
hecho mucho daño tales libros, pues me habían vuelto el juicio y
puéstome[457] en una jaula, y que me sería mejor hacer la enmienda
y mudar de letura, leyendo otros más verdaderos y que mejor[458]
deleitan y enseñan.»--«Así es»--dijo el canónigo.--«Pues yo--replicó
Don Quijote--hallo por mi cuenta que el sin juicio y el encantado es
vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra
una cosa tan recibida en el mundo y tenida por tan verdadera...;
porque querer dar a entender a nadie que Amadis no fué en el mundo,
ni todos los otros caballeros aventureros de que están colmadas las
historias, será querer persuadir que el sol no alumbra, ni el hielo
enfría, ni la tierra sustenta; porque, ¿qué ingenio puede haber
en el mundo que pueda persuadir a otro que no fué verdad lo de la
infanta Floripés y Gui de Borgoña[459], y lo de Fierabrás con la
puente de Mantible[460], que sucedió en el tiempo de Carlomagno?
Que ¡voto a tal! que es tanta verdad como es ahora de día; y si es
mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles, ni
la guerra de Troya, ni los doce Pares de Francia, ni el Rey Artús de
Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan
en su reino por momentos[461]; y también se atreverán a decir que es
mentirosa la historia de Guarino Mezquino[462] y la de la demanda
del Santo Grial[463], y que son apócrifos los amores de don Tristán
y la reina Iseo[464], como los de Ginebra y Lanzarote[465], habiendo
personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueña Quintañona,
que fué la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña. Y
es esto tan así[466], que me acuerdo yo que me decía una mi[467]
agüela de partes[468] de mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas
reverendas: Aquella, nieto, se parece a la dueña Quintañona[469]; de
donde arguyo yo que la debió de conocer ella, o por lo menos debió
de alcanzar a ver algún retrato suyo. Pues ¿quién podrá negar no ser
verdadera la historia de Pierres y la linda Magalona, pues aun hasta
hoy día se ve en la armería de los reyes la clavija[470] con que
volvía al caballo de madera, sobre quien iba el valiente Pierres por
los aires, que es un poco mayor que un timón de carreta? Y junto a la
clavija está la silla de Babieca, y en Roncesvalles está el cuerno
de Roldán[471], tamaño como una grande viga; de donde se infiere que
hubo doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballeros
semejantes,
destos que dicen las gentes
que a sus aventuras van[472].
Si no... digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones,
del Paso[473], las empresas de Mosén Luis de Falces[474] contra don
Gonzalo de Guzmán, caballero castellano, con otras muchas hazañas
hechas por caballeros cristianos destos y de los reinos extranjeros,
tan auténticas y verdaderas, que torno a decir que el que las negase
carecería de toda razón y buen discurso.»
Admirado quedó el canónigo de oir la mezcla que Don Quijote hacía de
verdades y mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas
cosas tocantes y concernientes a los hechos de su andante caballería,
y así le respondió: «No puedo yo negar, señor Don Quijote, que no
sea verdad algo de lo que vuestra merced ha dicho, especialmente en
lo que toca a los caballeros andantes españoles; y asimismo quiero
conceder que hubo doce Pares de Francia; pero no quiero creer que
hicieron todas aquellas cosas que el Arzobispo Turpín[475] dellos
escribe... En lo de que hubo Cid no hay duda, ni menos Bernardo del
Carpio[476]; pero de que hicieron las hazañas que dicen, creo que la
hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra merced dice del
conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en la armería
de los reyes, confieso mi pecado: que soy tan ignorante o tan corto
de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la
clavija, y más siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.»
--«Pues allí está, sin duda alguna--replicó Don Quijote--; y, por más
señas, dicen que está metida en una funda de vaqueta, porque no se
tome de moho.»
--«Todo puede ser--respondió el canónigo--; pero por las órdenes que
recebí, que no me acuerdo haberla visto; mas, puesto que conceda
que está allí, no por eso me obligo a creer las historias de tantos
Amadises ni las de tanta turbamulta de caballeros como por ahí nos
cuentan, ni es razón que un hombre como vuestra merced, tan honrado
y de tan buenas partes, y dotado de tan buen entendimiento, se dé a
entender que son verdaderas tantas y tan estrañas locuras como las
que están escritas en los disparatados libros de caballerías.»
--«¡Bueno está eso!--respondió Don Quijote--. Los libros que están
impresos con licencia de los reyes y con aprobación de aquellos
a quien se remitieron[477], y que con gusto general son leídos y
celebrados de los grandes y de los chicos, de los pobres y de los
ricos, de los letrados e ignorantes, de los plebeyos y caballeros,
finalmente, de todo género de personas de cualquier estado y
condición que sean, ¿habían de ser mentira, y más llevando tanta
apariencia de verdad, pues nos cuentan el padre, la madre, la patria,
los parientes, la edad, el lugar y las hazañas, punto por punto y día
por día, que el tal caballero hizo o caballeros[478] hicieron? Calle
vuestra merced, no diga tal blasfemia--y créame, que le aconsejo
en esto lo que debe de hacer como discreto--, si no léalos y verá
el gusto que recibe de su leyenda[479]. Si no, dígame: ¿hay mayor
contento que ver, como si dijésemos, aquí[480] ahora se muestra
delante de nosotros un gran lago de pez hirviendo a borbollones, y
que andan nadando y cruzando por él muchas serpientes, culebras y
lagartos, y otros muchos géneros de animales feroces y espantables,
y que del medio del lago sale una voz tristísima, que dice: _Tú,
caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando,
si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se
encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho, y arrójate en mitad de
su negro y encendido licor; porque si así no lo haces, no serás digno
de ver las altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete
castillos de las siete fadas[481], que debajo desta negregura[482]
yacen?_ ¿Y que apenas el caballero no ha acabado[483] de oir la voz
temerosa, cuando, sin entrar más en cuentas consigo, sin ponerse
a considerar el peligro a que se pone, y aun sin despojarse de
la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Dios y a su
señora, se arroja en mitad del bullente lago, y cuando no se cata
ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con
quien los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa? Allí le parece
que el cielo es más transparente, y que el sol luce con claridad
más nueva[484]; ofrécesele a los ojos una apacible floresta de tan
verdes y frondosos árboles compuesta[485], que alegra a la vista su
verdura, y entretiene los oídos el dulce y no aprendido canto[486]
de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos, que por los
intricados[487] ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas
frescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas
arenas y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan.
Acullá vee una artificiosa fuente, de jaspe variado[488] y de liso
mármol compuesta; acá vee otra a lo brutesco[489] ordenada, adonde
las menudas conchas de las almejas con las torcidas casas blancas y
amarillas del caracol, puestas con orden desordenada, mezclados entre
ellas pedazos de cristal luciente y de contrahechas esmeraldas, hacen
una variada labor, de manera que el arte imitando a la naturaleza,
parece que allí la vence. Acullá, de improviso, se le descubre un
fuerte castillo o vistoso alcázar, cuyas murallas son de macizo oro;
las almenas, de diamantes; las puertas, de jacintos; finalmente,
él es de tan admirable compostura, que con ser la materia de que
está formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubíes, de
perlas, de oro y de esmeraldas, es de más estimación su hechura; y
¿hay más que ver después de haber visto esto, que ver salir por la
puerta del castillo un buen número de doncellas, cuyos galanos y
vistosos trajes, si yo me pusiese ahora a decirlos como las historias
nos los cuentan, sería nunca acabar, y tomar luego la que parecía
principal de todas por la mano al atrevido caballero, que se arrojó
en el ferviente lago[490], y llevarle sin hablarle palabra dentro
del rico alcázar o castillo... y bañarle con templadas aguas, y
luego untarle todo con olorosos ungüentos, y vestirle una camisa de
cendal delgadísimo, toda olorosa y perfumada, y acudir otra doncella
y echarle un mantón sobre los hombros, que, por lo menos menos[491],
dicen que suele valer una ciudad[492], y aun más? ¿Qué es ver, pues,
cuando nos cuentan que tras todo esto le llevan a otra sala, donde
halla puestas las mesas con tanto concierto, que queda suspenso y
admirado? ¿Qué el verle echar agua a manos[493], toda de ámbar y de
olorosas flores distilada? ¿Qué el hacerle sentar sobre una silla de
marfil? ¿Qué verle servir todas[494] las doncellas, guardando un
maravilloso silencio? ¿Qué el traerle tanta diferencia de manjares,
tan sabrosamente guisados, que no sabe el apetito a cuál deba de
alargar la mano? ¿Cuál será oír[495] la música, que en tanto que
come suena, sin saberse quién la canta ni adónde suena? ¿Y después
de la comida acabada y las mesas alzadas, quedarse el caballero
recostado sobre la silla, y quizá mondándose los dientes, como es
costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra mucho más
hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado
del caballero, y comenzar a darle cuenta de qué castillo es aquél,
y de cómo ella está encantada en él, con otras cosas que suspenden
al caballero, y admiran a los leyentes que van leyendo su historia?
No quiero alargarme más en esto, pues dello se puede colegir que
cualquiera parte que se lea de cualquiera historia de caballero
andante, ha de causar gusto y maravilla a cualquiera que la leyere; y
vuestra merced créame y, como otra vez le he dicho, lea estos libros,
y verá cómo le destierran la melancolía que tuviere, y le mejoran la
condición, si acaso la tiene mala.»