(1544-1606)
Publicó la _Historia de la Orden de San Jerónimo_ en los años 1600 y
1605.
Escribía con gran esmero, cosa poco acostumbrada entre sus
contemporáneos, así que su lenguaje es de lo más puro y correcto
que hay en castellano; notable por la elegancia, siempre sobria,
que mantiene la alteza de la narración aun cuando ésta se emplee en
las más pobres y humildes vidas en que por fuerza había de ocuparse
a menudo. Menéndez y Pelayo coloca a Sigüenza entre los primeros
estilistas españoles después de Juan de Valdés y Cervantes.
Tenía un concepto de la Historia enteramente artístico; tanto, que
llega a señalarle como leyes, en primer lugar, el _estilo_, y sólo
en segundo término, la veracidad: «Prometo ser en cuanto pudiere
religioso en las leyes de la historia; la primera, que es el estilo
y una manera de contar breve, lisa, sin afectación ni afeites,
procuraré imitalla en aquellos primeros príncipes de la lengua latina
que acertaron en esto felizmente, cultivando con mucho estudio su
lengua, lo que en la nuestra pensamos alcanzar sin trabajo. La verdad
y la fe, que es lo segundo, y el alma sin la cual ni ésta ni otra
merece nombre de historia, será de tanta entereza que ella misma
asegurará sin sospecha a los lectores.»
HISTORIA DE LA ORDEN DE SAN JERÓNIMO
PARTE II (1600), PÁGINA 251
Cuenta la vida de Fray Juan de Carrión, llena de humildad simple
y candorosa.
Era este siervo de Dios natural de Carrión, de padres honrados, y
llamóle Dios al estado de la religión siendo de más de veinte y cinco
años, hombre hecho, Sacerdote ya, y el tiempo que vivió en el siglo,
de buen ejemplo. Sintieron mucho en su pueblo que los dejase, porque
con su vida y ejemplo aprovechaba a todos. Vínose al monasterio de
Nuestra Señora de Guadalupe, pidió el hábito al padre Fray Fernando
Yáñez, echó luego de ver su buena alma, y diósele de buena gana.
Industrióle él mismo en las cosas de la religión, y a la buena
leche de esta doctrina le hizo crecer presto, y pasar del estado de
infante al de varón perfeto, y a la medida de la edad de la plenitud
de Cristo. Ansí olvidó todo lo de atrás, y tan de hecho renunció
el mundo, que vino aun a perder la memoria de lo que había sido;
cosa felicísima, y que si fuese en nuestra mano, o ya que no lo es,
procurásemos merecerla, nos haría como bienaventurados en la tierra.
Acontencióle muchas veces vestirse el pellón que tenía sobre la cama,
e irse ansí a Maitines, y sin advertir qué llevaba, ni que se reirían
dél, todo olvidado de sí mismo y puesto el pensamiento en Dios,
porque jamás se apartaba de su presencia, llevándole dentro de sí, o
imaginándose dentro dél. Por ésta y por otras muchas cosas que hacía,
sin advertencia de lo de afuera, le llamaban Fray Juan el Simple,
unos burlando de su inocencia, otros admirados de su perfeción:
juzgando cada uno conforme a la regla con que se nivelaba dentro. Y
era en la realidad lo uno y lo otro, porque en la malicia (o como
agora las llamamos: discreciones humanas) era semejante a aquel niño
que puso Cristo por modelo de su escuela, y de la traza que habían
de tener los que habían de entrar en su reino, y junto con esto, y
necesariamente junto, un juicio muy alto, y tanta claridad y aviso
para las cosas de la religión y virtud y del negocio de su estado,
que en sus pareceres y en sus votos, ninguno de los aventajados le
hacía ventaja; como quien tenía la ciencia que es propia de los
santos y estaba levantado en otra más excelente región. Andan estas
almas sencillas (digámoslo ansí) como zabullidas en Dios y en sí
mismas, puestas en una quietud soberana, donde no llega turbación
de malicia. Y como aquel mar inmenso no le puede mudar ni alterar
cosa criada, los que dentro dél se recogen, gozan de una calma y
bonanza que no se puede explicar, sino con las mismas palabras que
quiso Dios lo dijesen sus Profetas santos, como lo cuenta David en
las Enigmas y Símbolo de aquel Psalmo tan celebrado: _Qui habitat
in adiutorio altissimi, in protectione Dei cœli commorabitur_. Que
aun estas primeras palabras no se podrán bien declarar en nuestra
lengua, y mucho menos entenderse, sino de los que supieren aquel
lenguaje. Alcanzó nuestro simple Fray Juan esto en poco tiempo, y el
modo (según algunos dicen) fué, porque en ninguna cosa se buscó a sí
mismo, ni miraba en su provecho particular, ni en sus gustos, no sólo
en las cosas corporales, sino aun en las de virtud, y que llamamos
de espíritu, procurando a los principios salir con victoria contra
todos sus apetitos, y levantarse sobre todo quanto tenía apariencia
de negocio proprio, haciéndose fuerza y violencia, en quanto sentía
que era propria voluntad, hasta venir a no tener cosa suya ni en
las potencias exteriores ni interiores, y quedarse en una candidez
e inocencia grande, dejándose llevar de sola la voluntad divina,
que era para él la de su Prelado. Esta simpleza santa, dicen los
ejercitados, que es aquel _biso_ o aquel lino blanquísimo (era un
lienzo de Egipto) más delicado que la más fina holanda, recio con
esto y de mucha dura, como le pinta la Escritura, de hilo doblado
y torcido, de que se hacían las telas y velos del Tabernáculo del
Señor, porque no basta ser blanco y de un hilo, sino que han de ser
dos. No sólo no buscarnos en las cosas materiales interese de carne
y sangre, mas aun en los mismos ejercicios de las virtudes se mezcla
el amor proprio, si no se le mira a las manos con gran recato. Tan
delicada es esta estambre que ha de hacer el aposento a Dios. Sin
duda dicen bien, y bien hacía nuestro Fray Juan en caminar con tanta
perseverancia con estos pasos, que son los contrarios por donde aquel
hombre primero perdió para todos aquella pureza, blancura e inocencia
con que salió de las manos de su Hacedor, y quedamos desemejados y
feos, deslustrada tanta hermosura. Desta virtud o fuente de virtudes,
manaban en este siervo de Dios otras muchas; era para todos afable,
dulce, amoroso, consuelo de quantos con él trataban para quanto le
querían en obras de humildad y caridad. Dondequiera que la obediencia
le llevaba, sin otro discurso ni razón más de que era mandado, iba
alegre. Vivió algunos años en esta pureza y en el reposo de una
virtud que tanto nos hace parecidos a Dios; no sabemos quantos ni
otras muchas circunstancias que hicieran harto el caso entenderlas.
Quando el Señor quiso llevarle deste mundo, de que él estaba tan
fuera, revelóle su voluntad, pues eran tan unos en ella. Estaba un
día en el coro con el convento, en el oficio divino, santo y bueno,
sin género de indisposición ni otro acidente; tocóle el espíritu del
Señor, hablóle dentro y revelóle su fin. En ese mismo punto comenzó
a andar en el coro de una parte a otra con fervor y con acto que
parecía estaba fuera de sí; iba de uno en otro religioso a las filas
donde estaban asentados; echábase a sus pies y besábaselos; pedíales
perdón del mal ejemplo que les había dado con sus negligencias y
faltas. Puesto allí de rodillas y derramando lágrimas, decía a cada
uno: «Perdóname, hermano, por el amor del Señor, y mira que me
mandas para el otro mundo, que estoy de partida para allá.» Puso
admiración en todos la novedad de Fray Juan; los más discretos
suspendían el juicio desto, que por de fuera parecía locura; otros
se reían teniéndola por simpleza, y aun otros pensaban que se había
tornado loco. Muchos que conocían su entereza y buen juicio, y le
tenían por siervo de nuestro Señor, decían que no carecía aquello de
algún misterio, y que sin duda le habían hecho revelación de su fin.
Acabados estos abrazos y despedidas con actos tan humildes, se puso
de rodillas en medio del coro, alzó los ojos al cielo, hirió tres
veces los pechos con el puño, como quando decía la culpa, y díjosela
al Señor desta manera: «Perdóname, Señor, la multitud de defectos que
he hecho en este santo lugar, rezando y cantando las horas, y la poca
reverencia y devoción con que he estado aquí delante de tu Majestad
divina y de los Ángeles santos que nos acompañan.» Dijo esto, y de
allí a un poco, estando con gran sosiego de cuerpo y espíritu, dió el
alma a su Criador.