PARTE III (1605). PRÓLOGO

Prosiguiendo voy el discurso de mi historia, y diré mejor el

de mi obediencia, pues sólo ella es la que puede darme aliento

para carrera tan larga. Diré también, con verdad, lo que dijo el

Historiador Romano en el medio de su obra. Pudiera dejallo aquí,

si no fuera cebando el alma con el gusto del sujeto. Ansí también

lo confieso, pues ansí me acontece, y porque con lo que hasta aquí

se ha descubierto, bastaba para juzgar lo que resta, mas no basta

para la integridad y al amor que a la misma obra se debe, que se

ha de anteponer al propio gusto. Historia es, como se ha visto,

humilde y de humildes, contra la primera ley de historia que pide

siempre cosas grandes. No se veen pensamientos ni discursos largos

de Príncipes para conquistar nuevos reinos, o mudar de sus asientos

grandes Estados, descubrir nuevas provincias, trastornar repúblicas,

consejos profundos de paz y guerra, trocar la paz y deshacer las

suertes de todo esto temporal y visible; cosas que se huelgan

todos de leellas, y con tanto gusto (ojalá con tanto fruto) que se

olvidan de la comida y aun del sueño. A mí no me dieron a escoger,

que no es pequeña disculpa; abracé mi suerte, que a muchos parecía

desgraciada, estéril, pobre; y en lo que hasta aquí ha salido a

luz, se han desengañado buena parte dellos y mudado de parecer.

Certifican personas de buen juicio que se ha hecho evidencia, no

sólo ser sabrosa y de fruto la historia, que trata casos raros y

empresas grandes, y todo eso que llaman hazañoso, sino también la

que se humilla al yermo, al claustro, al silencio y al silicio, y a

quanto tiene nombre de mortificación, que suena siempre tan mal a

las orejas del mundo. Véese en esta historia trocado todo, y en vez

de aquellas preñadas pláticas de los Consejeros de Estado, de los

razonamientos de los Capitanes para disciplinar al ejército o animar

los soldados a la batalla, de aquellas promesas de la vitoria o

presagios de la suerte adversa, de las conjeturas de lo que pretende

el enemigo, la loa del soldado valiente, la diligencia, destreza

y ánimo del Capitán, los varios trances de la fortuna, la alegría

del buen suceso, la riqueza del despojo y de la presa, el número de

los muertos y cautivos, los premios de los que, como esforzados,

escalaron primero el muro o derribaron las banderas enemigas, y otros

cien particulares con que se enriquecen las historias profanas;

en vez, digo, de todo esto, entran las amonestaciones santas, los

consejos de una celestial prudencia, donde se descubre la sutileza

y el ingenio de nuestro mortal enemigo; la perseverancia en el

ejercicio santo, la fortaleza en el rigor de la penitencia, el

fruto de la oración continua, la sumisión del cuerpo, el desprecio

de sí mismo, el desengaño de las cosas visibles, la vitoria contra

nuestras pasiones, la lucha porfiada contra nuestros apetitos;

la esperanza del premio, y tal premio, los anuncios de la salud

del alma, los recatos, aun en el estado más seguro; el celo de la

cerimonia, aunque sea pequeña, porque no se toque al muro de lo

esencial; las prevenciones antes de llegar a las cosas sagradas;

apoyar lo que se desmorona del rigor primero y esforzar lo que parece

va enflaqueciendo en la virtud; muertes venturosas, suficientes para

encender en santa invidia los más tibios; castigos rigurosos a culpas

casi sin nombre, mejores para labrar coronas que para enmienda de los

delincuentes, y otro alarde de cosas semejantes, menudencias para los

ojos del siglo y de tanta estima en los de Dios, que no las remunera

menos de con un reino eterno.

Antología de prosistas castellanos · 第 51 / 79 题