Prosiguiendo voy el discurso de mi historia, y diré mejor el
de mi obediencia, pues sólo ella es la que puede darme aliento
para carrera tan larga. Diré también, con verdad, lo que dijo el
Historiador Romano en el medio de su obra. Pudiera dejallo aquí,
si no fuera cebando el alma con el gusto del sujeto. Ansí también
lo confieso, pues ansí me acontece, y porque con lo que hasta aquí
se ha descubierto, bastaba para juzgar lo que resta, mas no basta
para la integridad y al amor que a la misma obra se debe, que se
ha de anteponer al propio gusto. Historia es, como se ha visto,
humilde y de humildes, contra la primera ley de historia que pide
siempre cosas grandes. No se veen pensamientos ni discursos largos
de Príncipes para conquistar nuevos reinos, o mudar de sus asientos
grandes Estados, descubrir nuevas provincias, trastornar repúblicas,
consejos profundos de paz y guerra, trocar la paz y deshacer las
suertes de todo esto temporal y visible; cosas que se huelgan
todos de leellas, y con tanto gusto (ojalá con tanto fruto) que se
olvidan de la comida y aun del sueño. A mí no me dieron a escoger,
que no es pequeña disculpa; abracé mi suerte, que a muchos parecía
desgraciada, estéril, pobre; y en lo que hasta aquí ha salido a
luz, se han desengañado buena parte dellos y mudado de parecer.
Certifican personas de buen juicio que se ha hecho evidencia, no
sólo ser sabrosa y de fruto la historia, que trata casos raros y
empresas grandes, y todo eso que llaman hazañoso, sino también la
que se humilla al yermo, al claustro, al silencio y al silicio, y a
quanto tiene nombre de mortificación, que suena siempre tan mal a
las orejas del mundo. Véese en esta historia trocado todo, y en vez
de aquellas preñadas pláticas de los Consejeros de Estado, de los
razonamientos de los Capitanes para disciplinar al ejército o animar
los soldados a la batalla, de aquellas promesas de la vitoria o
presagios de la suerte adversa, de las conjeturas de lo que pretende
el enemigo, la loa del soldado valiente, la diligencia, destreza
y ánimo del Capitán, los varios trances de la fortuna, la alegría
del buen suceso, la riqueza del despojo y de la presa, el número de
los muertos y cautivos, los premios de los que, como esforzados,
escalaron primero el muro o derribaron las banderas enemigas, y otros
cien particulares con que se enriquecen las historias profanas;
en vez, digo, de todo esto, entran las amonestaciones santas, los
consejos de una celestial prudencia, donde se descubre la sutileza
y el ingenio de nuestro mortal enemigo; la perseverancia en el
ejercicio santo, la fortaleza en el rigor de la penitencia, el
fruto de la oración continua, la sumisión del cuerpo, el desprecio
de sí mismo, el desengaño de las cosas visibles, la vitoria contra
nuestras pasiones, la lucha porfiada contra nuestros apetitos;
la esperanza del premio, y tal premio, los anuncios de la salud
del alma, los recatos, aun en el estado más seguro; el celo de la
cerimonia, aunque sea pequeña, porque no se toque al muro de lo
esencial; las prevenciones antes de llegar a las cosas sagradas;
apoyar lo que se desmorona del rigor primero y esforzar lo que parece
va enflaqueciendo en la virtud; muertes venturosas, suficientes para
encender en santa invidia los más tibios; castigos rigurosos a culpas
casi sin nombre, mejores para labrar coronas que para enmienda de los
delincuentes, y otro alarde de cosas semejantes, menudencias para los
ojos del siglo y de tanta estima en los de Dios, que no las remunera
menos de con un reino eterno.