LIBRO XX, CAPÍTULOS II Y IV

Muerto sin sucesión el Rey aragonés Don Martín, es elegido por

sucesor Don Fernando de Antequera.

Los catalanes, aragoneses y valencianos, naciones y provincias que

se comprehenden debajo la Corona de Aragón, se juntaban cada cual de

por sí para acordar lo que se debía hacer en el punto de la sucesión

de aquel reino y cuál de los pretensores les vendría más a cuento.

Los pareceres no se conformaban, como es ordinario, y mucho menos las

voluntades. Cada cual de los pretendientes tenía sus valedores y sus

aliados, que pretendían sobre todo echar cargo y obligarse al nuevo

Rey[418] con intento de encaminar sus particulares, sin cuidar mucho

de lo que en común era más cumplidero.

Los catalanes por la mayor parte acudían al conde de Urgel, en

que[419] se señalaban sobre todos los Cardonas y los Moncadas, casas

de las más principales; y aun entre los aragoneses, los de Alagón

y los de Luna se les arrimaban; en que pasaron tan adelante, que

Antonio de Luna, por salir con su intento, dió la muerte a Don García

de Heredia, Arzobispo de Zaragoza, con una celada que le paró[420]

cerca de Almunia, no por otra causa, sino por ser el que más que

todos se mostraba contra el conde de Urgel y abatía su pretensión.

Pareció este caso muy atroz, como lo era. Declararon al que lo

cometió por sacrílego[421] y descomulgado, y aun fué ocasión que

el partido del conde de Urgel empeorase; muchos por aquel delito

tan enorme se recelaban de tomar por Rey aquel cuyo principio tales

muestras daba. Los nobles de Aragón asimismo acudieron a las armas,

unos para vengar la muerte del Arzobispo; otros para amparar el

culpado. Era necesario abreviar por esta causa y por nuevos temores

que cada día se representaban: asonadas de guerra por la parte de

Francia y de Castilla, compañías de soldados que se mostraban a la

raya para usar de fuerza si de grado no les daban el reino. Las tres

provincias entre sí se comunicaron sobre el caso por medio de sus

embajadores que en esta razón despacharon. Gastáronse muchos días en

demandas y respuestas; finalmente se convinieron de común acuerdo

en esta traza: que se nombrasen nueve jueces por todos, tres de

cada cual de las naciones; éstos se juntasen en Caspe, castillo de

Aragón, para oir las partes y lo que cada cual en su favor alegase;

hecho esto y cerrado el proceso, procediesen a sentencia; lo que

determinasen por lo menos los seis de ellos, con tal, empero, que

de cada cual de las naciones concurriese un voto, aquello fuese

valedero y firme. Tomado este acuerdo, los de Aragón nombraron por

su parte a Don Domingo, Obispo de Huesca, y a Francisco de Aranda

y a Berenguel de Bardax[422]. Los catalanes señalaron a Sagariga,

Arzobispo de Tarragona, y a Guillén de Valseca y a Bernardo Gualbe.

Por Valencia entraron en este número Fray Vicente Ferrer, de la orden

de Santo Domingo, varón señalado en santidad y púlpito, y su hermano

Fray Bonifacio Ferrer, cartujano, y por tercero Pedro Beltrán[423].

Resolución maravillosa y nunca oída, que pretendiesen por juicio de

pocos hombres, y no de los más poderosos, dar y quitar un reino tan

importante.

Los jueces, luego que aceptaron el nombramiento, se juntaron y

despacharon sus edictos, por los cuales citaron los pretensores

con apercibimiento, si no comparecían en juicio, de tenellos por

excluídos de aquella demanda. Vinieron algunos; otros enviaron sus

procuradores...

Luego que el negocio de la sucesión estuvo bien sazonado, y oídas

las partes y sus alegaciones, se concluyó y cerró el proceso[424];

los jueces confirieron entre sí lo que debían sentenciar. Tuvieron

los votos secretos y la gente toda suspensa con el deseo que tenían

de saber en qué pararía aquel debate. Para los autos necesarios,

delante la iglesia de aquel pueblo hicieron levantar un cadahalso

muy ancho para que cupiesen todos, y tan alto que de todas partes se

podía ver lo que hacían; celebró la misa el Obispo de Huesca, como se

acostumbra en actos semejantes. Hecho esto, salieron los jueces de

la iglesia, que se asentaron en lo más alto del tablado, y en otra

parte los embajadores de los príncipes y los procuradores de los que

pretendían. Hallóse presente el Pontífice Benedicto[425], que tuvo

en todo gran parte. A Fray Vicente Ferrer, por su santidad y grande

ejercicio que tenía en predicar, encargaron el cuidado de razonar

al pueblo y publicar la sentencia. Tomó por tema de su razonamiento

aquellas palabras de la escritura: «_Gocémonos y regocijémonos y

démosle gloria porque vinieron las bodas del cordero_[426]. Después

de la tempestad y de los torbellinos pasados abonanza el tiempo y

se sosiegan las olas bravas del mar, con que nuestra nave, bien

que desamparada de piloto, finalmente, caladas las velas, llega al

puerto deseado. Del templo, no de otra manera que de la presencia

del gran Dios, ni con menor devoción que poco antes delante los

altares se han hecho plegarias por la salud común, venimos a hacer

este razonamiento. Confiamos que con la misma piedad y devoción

vos también oiréis nuestras palabras. Pues se trata de la elección

del Rey; ¿de qué cosa se pudiera más a propósito hablar que de su

dignidad y de su majestad, si el tiempo diera lugar a materia tan

larga y que tiene tantos cabos? Los reyes sin duda están puestos en

la tierra por Dios para que tengan sus veces, y como vicarios suyos

le semejen en todo. Debe, pues, el Rey en todo género de virtud

allegarse lo más cerca que pudiere y imitar la bondad divinal. Todo

lo que en los demás se halla de hermoso y honesto es razón que él

sólo en sí lo guarde y lo cumpla. Que de tal suerte se aventaje a sus

vasallos, que no le miren como hombre mortal, sino como a venido del

cielo para bien de todo su reino. No ponga los ojos en sus gustos ni

en su bien particular, sino días y noches se ocupe en mirar por la

salud de la república y cuidar del procomún. Muy ancho campo se nos

abría para alargarnos en este razonamiento; pero, pues el Rey está

ausente, no será necesario particularizar esto más. Sólo servirá para

que los que estáis presentes tengáis por cierto que en la resolución

que se ha tomado se tuvo muy particular cuenta con esto: que en el

nuevo Rey concurran las partes de virtud, prudencia, valor y piedad

que se podían desear. Lo que viene más a propósito es exhortaros a

la obediencia que le debéis prestar y a conformaros con la voluntad

de los jueces, que os puedo asegurar es la de Dios, sin la cual todo

el trabajo que se ha tomado sería en vano, y de poco momento la

autoridad del que rige y manda, si los vasallos no se le humillasen.

Pospuestas, pues, las aficiones particulares, poned las mientes en

Dios y en el bien común; persuadíos que aquel será mejor príncipe

que con tanta conformidad de pareceres y votos, cierta señal de la

voluntad divina, os fuere dado. Regocijáos y alegráos; festejad este

día con toda muestra de contento. Entended que debéis al santísimo

Pontífice, que presente está para honrar y autorizar este auto, y

a los jueces muy prudentes, por cuya diligencia y buena maña se ha

llevado al cabo sin tropiezo un negocio, el más grave que se puede

pensar, cuanto cada cual de vos a sus mismos padres que os dieron el

ser y os engendraron.»

Concluídas estas razones y otras en esta sustancia, todos estaban

alerta esperando con gran suspensión y atención el remate deste

auto y el nombramiento del Rey. Él mismo en alta voz pronunció la

sentencia dada por los jueces, que llevaba por escrito. Cuando llegó

al nombre de Don Fernando, así él mismo, como todos los demás que

presentes se hallaron, apenas por la alegría se podían reprimir,

ni por el ruido oir unos a otros. El aplauso y vocería fué cual se

puede pensar. Aclamaban para el nuevo Rey, vida, victoria y toda

buenandanza. Mirábanse unos a otros, maravillados como si fuera

una representación de sueño. Los más no acababan de dar crédito

a sus orejas; preguntaban a los que cerca les caían quién fuese

el nombrado. Apenas se entendían unos a otros; que el gozo cuando

es grande impide los sentidos que no puedan atender ni hacer sus

oficios. Los músicos, que prestos estaban, a la hora cantaron con

toda solemnidad, como se acostumbra, en acción de gracias, el himno

_Te Deum laudamus_.

Hízose este acto tan señalado prostero del mes de junio, el cual

concluído, despacharon embajadores para avisar al Infante Don

Fernando y acucialle[427] la venida. Hallábase él, a la sazón, en

Cuenca, cuidadoso del remate en que pararían estos negocios.

Antología de prosistas castellanos · 第 48 / 79 题