Muerto sin sucesión el Rey aragonés Don Martín, es elegido por
sucesor Don Fernando de Antequera.
Los catalanes, aragoneses y valencianos, naciones y provincias que
se comprehenden debajo la Corona de Aragón, se juntaban cada cual de
por sí para acordar lo que se debía hacer en el punto de la sucesión
de aquel reino y cuál de los pretensores les vendría más a cuento.
Los pareceres no se conformaban, como es ordinario, y mucho menos las
voluntades. Cada cual de los pretendientes tenía sus valedores y sus
aliados, que pretendían sobre todo echar cargo y obligarse al nuevo
Rey[418] con intento de encaminar sus particulares, sin cuidar mucho
de lo que en común era más cumplidero.
Los catalanes por la mayor parte acudían al conde de Urgel, en
que[419] se señalaban sobre todos los Cardonas y los Moncadas, casas
de las más principales; y aun entre los aragoneses, los de Alagón
y los de Luna se les arrimaban; en que pasaron tan adelante, que
Antonio de Luna, por salir con su intento, dió la muerte a Don García
de Heredia, Arzobispo de Zaragoza, con una celada que le paró[420]
cerca de Almunia, no por otra causa, sino por ser el que más que
todos se mostraba contra el conde de Urgel y abatía su pretensión.
Pareció este caso muy atroz, como lo era. Declararon al que lo
cometió por sacrílego[421] y descomulgado, y aun fué ocasión que
el partido del conde de Urgel empeorase; muchos por aquel delito
tan enorme se recelaban de tomar por Rey aquel cuyo principio tales
muestras daba. Los nobles de Aragón asimismo acudieron a las armas,
unos para vengar la muerte del Arzobispo; otros para amparar el
culpado. Era necesario abreviar por esta causa y por nuevos temores
que cada día se representaban: asonadas de guerra por la parte de
Francia y de Castilla, compañías de soldados que se mostraban a la
raya para usar de fuerza si de grado no les daban el reino. Las tres
provincias entre sí se comunicaron sobre el caso por medio de sus
embajadores que en esta razón despacharon. Gastáronse muchos días en
demandas y respuestas; finalmente se convinieron de común acuerdo
en esta traza: que se nombrasen nueve jueces por todos, tres de
cada cual de las naciones; éstos se juntasen en Caspe, castillo de
Aragón, para oir las partes y lo que cada cual en su favor alegase;
hecho esto y cerrado el proceso, procediesen a sentencia; lo que
determinasen por lo menos los seis de ellos, con tal, empero, que
de cada cual de las naciones concurriese un voto, aquello fuese
valedero y firme. Tomado este acuerdo, los de Aragón nombraron por
su parte a Don Domingo, Obispo de Huesca, y a Francisco de Aranda
y a Berenguel de Bardax[422]. Los catalanes señalaron a Sagariga,
Arzobispo de Tarragona, y a Guillén de Valseca y a Bernardo Gualbe.
Por Valencia entraron en este número Fray Vicente Ferrer, de la orden
de Santo Domingo, varón señalado en santidad y púlpito, y su hermano
Fray Bonifacio Ferrer, cartujano, y por tercero Pedro Beltrán[423].
Resolución maravillosa y nunca oída, que pretendiesen por juicio de
pocos hombres, y no de los más poderosos, dar y quitar un reino tan
importante.
Los jueces, luego que aceptaron el nombramiento, se juntaron y
despacharon sus edictos, por los cuales citaron los pretensores
con apercibimiento, si no comparecían en juicio, de tenellos por
excluídos de aquella demanda. Vinieron algunos; otros enviaron sus
procuradores...
Luego que el negocio de la sucesión estuvo bien sazonado, y oídas
las partes y sus alegaciones, se concluyó y cerró el proceso[424];
los jueces confirieron entre sí lo que debían sentenciar. Tuvieron
los votos secretos y la gente toda suspensa con el deseo que tenían
de saber en qué pararía aquel debate. Para los autos necesarios,
delante la iglesia de aquel pueblo hicieron levantar un cadahalso
muy ancho para que cupiesen todos, y tan alto que de todas partes se
podía ver lo que hacían; celebró la misa el Obispo de Huesca, como se
acostumbra en actos semejantes. Hecho esto, salieron los jueces de
la iglesia, que se asentaron en lo más alto del tablado, y en otra
parte los embajadores de los príncipes y los procuradores de los que
pretendían. Hallóse presente el Pontífice Benedicto[425], que tuvo
en todo gran parte. A Fray Vicente Ferrer, por su santidad y grande
ejercicio que tenía en predicar, encargaron el cuidado de razonar
al pueblo y publicar la sentencia. Tomó por tema de su razonamiento
aquellas palabras de la escritura: «_Gocémonos y regocijémonos y
démosle gloria porque vinieron las bodas del cordero_[426]. Después
de la tempestad y de los torbellinos pasados abonanza el tiempo y
se sosiegan las olas bravas del mar, con que nuestra nave, bien
que desamparada de piloto, finalmente, caladas las velas, llega al
puerto deseado. Del templo, no de otra manera que de la presencia
del gran Dios, ni con menor devoción que poco antes delante los
altares se han hecho plegarias por la salud común, venimos a hacer
este razonamiento. Confiamos que con la misma piedad y devoción
vos también oiréis nuestras palabras. Pues se trata de la elección
del Rey; ¿de qué cosa se pudiera más a propósito hablar que de su
dignidad y de su majestad, si el tiempo diera lugar a materia tan
larga y que tiene tantos cabos? Los reyes sin duda están puestos en
la tierra por Dios para que tengan sus veces, y como vicarios suyos
le semejen en todo. Debe, pues, el Rey en todo género de virtud
allegarse lo más cerca que pudiere y imitar la bondad divinal. Todo
lo que en los demás se halla de hermoso y honesto es razón que él
sólo en sí lo guarde y lo cumpla. Que de tal suerte se aventaje a sus
vasallos, que no le miren como hombre mortal, sino como a venido del
cielo para bien de todo su reino. No ponga los ojos en sus gustos ni
en su bien particular, sino días y noches se ocupe en mirar por la
salud de la república y cuidar del procomún. Muy ancho campo se nos
abría para alargarnos en este razonamiento; pero, pues el Rey está
ausente, no será necesario particularizar esto más. Sólo servirá para
que los que estáis presentes tengáis por cierto que en la resolución
que se ha tomado se tuvo muy particular cuenta con esto: que en el
nuevo Rey concurran las partes de virtud, prudencia, valor y piedad
que se podían desear. Lo que viene más a propósito es exhortaros a
la obediencia que le debéis prestar y a conformaros con la voluntad
de los jueces, que os puedo asegurar es la de Dios, sin la cual todo
el trabajo que se ha tomado sería en vano, y de poco momento la
autoridad del que rige y manda, si los vasallos no se le humillasen.
Pospuestas, pues, las aficiones particulares, poned las mientes en
Dios y en el bien común; persuadíos que aquel será mejor príncipe
que con tanta conformidad de pareceres y votos, cierta señal de la
voluntad divina, os fuere dado. Regocijáos y alegráos; festejad este
día con toda muestra de contento. Entended que debéis al santísimo
Pontífice, que presente está para honrar y autorizar este auto, y
a los jueces muy prudentes, por cuya diligencia y buena maña se ha
llevado al cabo sin tropiezo un negocio, el más grave que se puede
pensar, cuanto cada cual de vos a sus mismos padres que os dieron el
ser y os engendraron.»
Concluídas estas razones y otras en esta sustancia, todos estaban
alerta esperando con gran suspensión y atención el remate deste
auto y el nombramiento del Rey. Él mismo en alta voz pronunció la
sentencia dada por los jueces, que llevaba por escrito. Cuando llegó
al nombre de Don Fernando, así él mismo, como todos los demás que
presentes se hallaron, apenas por la alegría se podían reprimir,
ni por el ruido oir unos a otros. El aplauso y vocería fué cual se
puede pensar. Aclamaban para el nuevo Rey, vida, victoria y toda
buenandanza. Mirábanse unos a otros, maravillados como si fuera
una representación de sueño. Los más no acababan de dar crédito
a sus orejas; preguntaban a los que cerca les caían quién fuese
el nombrado. Apenas se entendían unos a otros; que el gozo cuando
es grande impide los sentidos que no puedan atender ni hacer sus
oficios. Los músicos, que prestos estaban, a la hora cantaron con
toda solemnidad, como se acostumbra, en acción de gracias, el himno
_Te Deum laudamus_.
Hízose este acto tan señalado prostero del mes de junio, el cual
concluído, despacharon embajadores para avisar al Infante Don
Fernando y acucialle[427] la venida. Hallábase él, a la sazón, en
Cuenca, cuidadoso del remate en que pararían estos negocios.