LIBRO XIX, CAPÍTULO XV

Es alzado por Rey de Castilla Don Juan II. Abnegación de su tío

Don Fernando de Antequera.

Hecho el enterramiento y las exequias del Rey Don Enrique con la

magnificencia que era razón y con toda representación de majestad y

tristeza, los grandes se comunicaron para nombrar sucesor y hacer

las ceremonias y homenajes que en tal caso se acostumbran. No eran

conformes los pareceres, ni todos hablaban de una misma manera. A

muchos parecía cosa dura y peligrosa esperar que un infante de veinte

y dos meses tuviese edad competente para encargarse del gobierno.

Acordábanse de la minoridad de los reyes pasados, y de los males que

por esta causa se padecieron por todo aquel tiempo. Leyóse en público

el testamento del Rey difunto, en que disponía y dejaba mandado que

la Reina, su mujer[406], y el Infante Don Fernando, su hermano, se

encargasen del gobierno del reino y de la tutela del Príncipe. A

Diego López de Zúñiga y Juan de Velasco encomendó la crianza y la

guarda del niño; la enseñanza a Don Pablo, Obispo de Cartagena,

para que en las letras fuese su maestro, como era ya su chanciller

mayor, hasta tanto que el Príncipe fuese de edad de catorce años.

Ordenó otrosí que los tres atendiesen sólo al cuidado que se les

encomendaba, y no se empachasen en el gobierno del reino.

Algunos pretendían que todas estas cosas se debían alterar; alegaban

que el testamento se hizo un día antes de la muerte del Rey cuando

no estaba muy entero, antes tenía alterada la cabeza y el sentido;

que no era razón por ningún respeto dejar el reino expuesto a las

tempestades que forzosamente por estas causas se levantarían. Desto

se hablaba en secreto, desto en público en las plazas y corrillos.

Verdad es que ninguno se adelantaba a declarar la traza que se

debía tener para evitar aquellos inconvenientes; todos estaban a la

mira, ninguno se quería aventurar a ser el primero. Todos ponían

mala voz[407] en el testamento y lo dispuesto en él; pero cada cual

asimismo temía de ponerse a riesgo de perderse si se declaraba

mucho. Ofrecíaseles que el infante Don Fernando los podría sacar

de la congoja en que estaban y de la cuita[408], si se quisiese

encargar del reino; mas recelábase que no vendría en esto por ser

de su natural templado, manso y de gran modestia, virtudes que cada

cual les daba el nombre[409] que le parecía, quién de miedo, quién

de flojedad, quién de corazón estrecho; finalmente, de los vicios

que más a ellas se semejan. La ausencia de la Reina y ser mujer

y extranjera daba ocasión a estas pláticas. Estaba a la sazón en

Segovia con sus hijos cubierta de luto y de tristeza, así por la

muerte de su marido, como por el recelo que tenía en qué pararían

aquellas cosas[410] que se removían en Toledo.

Los grandes, comunicado el negocio entre sí, al fin determinaron

dar un tiento al infante Don Fernando. Tomó la mano Don Ruy López

Dávalos por la autoridad que tenía de condestable y por estar más

declarado que ninguno de los otros. Pasaron en secreto muchas

razones primero; después, en presencia de otros de su opinión, le

hizo para animalle, que se mostraba muy tibio, un razonamiento muy

pensado desta sustancia: «Nos, señor, os convidamos con la corona

de vuestros padres y abuelos, resolución cumplidera[411] para el

reino, honrosa para vos, saludable para todos. Para que la oferta

salga cierta, ninguna otra cosa falta sino vuestro consentimiento;

ninguno será tan osado que haga contradicción a lo que tales

personajes acordaron. No hay en nuestras palabras engaño ni lisonja.

Subir a la cumbre del mando y del señorío por malos caminos, es cosa

fea; mas desamparar al reino que de su voluntad se os ofrece y se

recoge al amparo de vuestra sombra en el peligro, mirad no parezca

flojedad y cobardía. La naturaleza de la potestad real y su origen,

enseñan bastantemente que el cetro se puede quitar a uno y dar a

otro, conforme a las necesidades que ocurren. Al principio del mundo

vivían los hombres derramados por los campos a maneras de fieras; no

se juntaban en ciudades ni en pueblos; solamente cada cual de las

familias reconocía y acataba al que entre todos se aventajaba en la

edad y en la prudencia. El riesgo que todos corrían de ser oprimidos

de los más poderosos y las contiendas que resultaban con los extraños

y aun entre los mismos parientes, fueron ocasión que se juntasen unos

con otros, y para mayor seguridad se sujetasen y tomasen por cabeza

al que entendían con su valor y prudencia los podría amparar[412]

y defender de cualquier agravio y demasía. Este fué el origen que

tuvieron los pueblos, éste el principio de la majestad real[413], la

cual por entonces no se alcanzaba por negociaciones ni sobornos; la

templanza, la virtud y la inocencia prevalecían. Asimismo no pasaba

por herencia de padres a hijos; por voluntad de todos y de entre

todos se escogía el que debía suceder al que moría. El demasiado

poder de los reyes hizo que heredasen las coronas los hijos, a veces

de pequeña edad, de malas y dañadas costumbres. ¿Qué cosa puede ser

más perjudicial que entregar a ciegas y sin prudencia al hijo, sea el

que fuere, los tesoros, las armas, las provincias, y lo que se debía

a la virtud y méritos de la vida, dallo al que ninguna muestra ha

dado de tener bastantes prendas? No quiero alargarme más en esto ni

valerme de ejemplos antiguos para prueba de lo que digo. Todavía es

averiguado que por la muerte del Rey Don Enrique el Primero sucedió

en esta corona, no Doña Blanca, su hermana mayor, que estaba casada

en Francia, sino Doña Berenguela, acuerdo muy acertado, como lo

mostró la santidad y perpetua felicidad de Don Fernando, su hijo.

El hijo menor del Rey Don Afonso el Sabio la ganó a los hijos de su

hermano mayor el Infante Don Fernando, porque con sus buenas partes

daba muestras de Príncipe valeroso. ¿Para qué son cosas antiguas?

Vuestro abuelo el Rey Don Enrique quitó el reino a su hermano y

privó a las hijas de la herencia de su padre; que si no se pudo

hacer, será forzoso confesar que los Reyes pasados no tuvieron

justo título. Los años pasados en Portugal el maestre de Avis se

apoderó de aquel reino, si con razón, si tiránicamente, no es deste

lugar apurallo; lo que se sabe es que hasta hoy le ha conservado y

mantenídose en él contra todo el poder de Castilla. De menos tiempo

acá dos hijas del Rey Don Juan de Aragón perdieron la corona de su

padre, que se dió a Don Martín, hermano del difunto, si bien estaba

ausente y ocupado en allanar a Sicilia; que siempre se tuvo por

justo mudase la comunidad y el pueblo conforme a la necesidad que

ocurriese, lo que ella misma estableció por el bien común de todos.

Si convidáramos con el mando a alguna persona extraña, sin nobleza,

sin partes, pudiérase reprehender nuestro acuerdo. ¿Quién tendrá

por mal que queramos por Rey un Príncipe de la alcuña[414] real de

Castilla, y que en vida de su hermano tenía en su mano el gobierno?

Mirad, pues, no se atribuya antes a mal no hacer caso ni responder

a la voluntad que grandes y pequeños os muestran, y por excusar el

trabajo y la carga desamparar a la patria común, que de verdad,

tendidas las manos, se mete debajo las alas y se acoge al abrigo de

vuestro amparo en el aprieto en que se halla. Esto es finalmente

lo que todos suplicamos; que encargaros uséis en el gobierno

destos reinos de la templanza a vos acostumbrada y debida, no será

necesario.»

Después destas razones los demás grandes que presentes estaban se

adelantaron, cada cual por su parte, para suplicalle aceptase. No

faltó quien alegase profecías y revelaciones y pronósticos del cielo

en favor de aquella demanda. A todo esto el Infante, con rostro

mesurado y ledo[415], replicó y dijo no era de tanta codicia ser Rey

que se hobiese de menospreciar la infamia que resultaría contra él de

ambicioso e inhumano, pues despojaba un niño inocente y menospreciaba

la Reina viuda y sola[416], a cuya defensa toda buena razón le

obligaba, demás de las alteraciones y guerras que forzosamente en

el reino sobre el caso se levantarían. Que les agradecía aquella

voluntad y el crédito que mostraban tener de su persona; pero que en

ninguna cosa les podía mejor recompensar aquella deuda que en dalles

por Rey y señor al hijo de su hermano, su sobrino, por cuyo respeto

y por el procomún de la patria él no se quería excusar de ponerse a

cualquier riesgo y fatiga y encargarse del gobierno, según que el

Rey, su hermano, lo dejó dispuesto; solo, en ninguna manera se podría

persuadir de tomar aquel camino agrio y áspero que le mostraban.

Concluído esto, poco después juntó los señores y prelados en la

capilla de Don Pedro Tenorio, que está en el claustro de la iglesia

mayor. El condestable Don Ruy López, por si acaso había mudado de

parecer, le preguntó allí en público a quién quería alzasen por Rey.

El, con semblante demudado, respondió en voz alta: «¿A quién, sino al

hijo de mi hermano?» Con esto levantaron los estandartes, como es de

costumbre, por el Rey Don Juan el Segundo, y los reyes de armas le

pregonaron por Rey, primero en aquella junta, y consiguientemente por

las calles y plazas de la ciudad.

Gran crédito ganó de modestia y templanza el Infante Don Fernando

en menospreciar lo que otros por el fuego y por hierro pretenden.

Los mismos que le insistieron aceptase el reino, no acababan de

engrandecer su lealtad, camino por el cual[417] se enderezó a

alcanzar otros muy grandes reinos que el cielo por sus virtudes le

tenía reservados. Fué la gloria de aquel hecho tanto más de estimar,

que su hermano al fin de su vida andaba con él torcido y no se le

mostraba favorable.

Antología de prosistas castellanos · 第 47 / 79 题