Es alzado por Rey de Castilla Don Juan II. Abnegación de su tío
Don Fernando de Antequera.
Hecho el enterramiento y las exequias del Rey Don Enrique con la
magnificencia que era razón y con toda representación de majestad y
tristeza, los grandes se comunicaron para nombrar sucesor y hacer
las ceremonias y homenajes que en tal caso se acostumbran. No eran
conformes los pareceres, ni todos hablaban de una misma manera. A
muchos parecía cosa dura y peligrosa esperar que un infante de veinte
y dos meses tuviese edad competente para encargarse del gobierno.
Acordábanse de la minoridad de los reyes pasados, y de los males que
por esta causa se padecieron por todo aquel tiempo. Leyóse en público
el testamento del Rey difunto, en que disponía y dejaba mandado que
la Reina, su mujer[406], y el Infante Don Fernando, su hermano, se
encargasen del gobierno del reino y de la tutela del Príncipe. A
Diego López de Zúñiga y Juan de Velasco encomendó la crianza y la
guarda del niño; la enseñanza a Don Pablo, Obispo de Cartagena,
para que en las letras fuese su maestro, como era ya su chanciller
mayor, hasta tanto que el Príncipe fuese de edad de catorce años.
Ordenó otrosí que los tres atendiesen sólo al cuidado que se les
encomendaba, y no se empachasen en el gobierno del reino.
Algunos pretendían que todas estas cosas se debían alterar; alegaban
que el testamento se hizo un día antes de la muerte del Rey cuando
no estaba muy entero, antes tenía alterada la cabeza y el sentido;
que no era razón por ningún respeto dejar el reino expuesto a las
tempestades que forzosamente por estas causas se levantarían. Desto
se hablaba en secreto, desto en público en las plazas y corrillos.
Verdad es que ninguno se adelantaba a declarar la traza que se
debía tener para evitar aquellos inconvenientes; todos estaban a la
mira, ninguno se quería aventurar a ser el primero. Todos ponían
mala voz[407] en el testamento y lo dispuesto en él; pero cada cual
asimismo temía de ponerse a riesgo de perderse si se declaraba
mucho. Ofrecíaseles que el infante Don Fernando los podría sacar
de la congoja en que estaban y de la cuita[408], si se quisiese
encargar del reino; mas recelábase que no vendría en esto por ser
de su natural templado, manso y de gran modestia, virtudes que cada
cual les daba el nombre[409] que le parecía, quién de miedo, quién
de flojedad, quién de corazón estrecho; finalmente, de los vicios
que más a ellas se semejan. La ausencia de la Reina y ser mujer
y extranjera daba ocasión a estas pláticas. Estaba a la sazón en
Segovia con sus hijos cubierta de luto y de tristeza, así por la
muerte de su marido, como por el recelo que tenía en qué pararían
aquellas cosas[410] que se removían en Toledo.
Los grandes, comunicado el negocio entre sí, al fin determinaron
dar un tiento al infante Don Fernando. Tomó la mano Don Ruy López
Dávalos por la autoridad que tenía de condestable y por estar más
declarado que ninguno de los otros. Pasaron en secreto muchas
razones primero; después, en presencia de otros de su opinión, le
hizo para animalle, que se mostraba muy tibio, un razonamiento muy
pensado desta sustancia: «Nos, señor, os convidamos con la corona
de vuestros padres y abuelos, resolución cumplidera[411] para el
reino, honrosa para vos, saludable para todos. Para que la oferta
salga cierta, ninguna otra cosa falta sino vuestro consentimiento;
ninguno será tan osado que haga contradicción a lo que tales
personajes acordaron. No hay en nuestras palabras engaño ni lisonja.
Subir a la cumbre del mando y del señorío por malos caminos, es cosa
fea; mas desamparar al reino que de su voluntad se os ofrece y se
recoge al amparo de vuestra sombra en el peligro, mirad no parezca
flojedad y cobardía. La naturaleza de la potestad real y su origen,
enseñan bastantemente que el cetro se puede quitar a uno y dar a
otro, conforme a las necesidades que ocurren. Al principio del mundo
vivían los hombres derramados por los campos a maneras de fieras; no
se juntaban en ciudades ni en pueblos; solamente cada cual de las
familias reconocía y acataba al que entre todos se aventajaba en la
edad y en la prudencia. El riesgo que todos corrían de ser oprimidos
de los más poderosos y las contiendas que resultaban con los extraños
y aun entre los mismos parientes, fueron ocasión que se juntasen unos
con otros, y para mayor seguridad se sujetasen y tomasen por cabeza
al que entendían con su valor y prudencia los podría amparar[412]
y defender de cualquier agravio y demasía. Este fué el origen que
tuvieron los pueblos, éste el principio de la majestad real[413], la
cual por entonces no se alcanzaba por negociaciones ni sobornos; la
templanza, la virtud y la inocencia prevalecían. Asimismo no pasaba
por herencia de padres a hijos; por voluntad de todos y de entre
todos se escogía el que debía suceder al que moría. El demasiado
poder de los reyes hizo que heredasen las coronas los hijos, a veces
de pequeña edad, de malas y dañadas costumbres. ¿Qué cosa puede ser
más perjudicial que entregar a ciegas y sin prudencia al hijo, sea el
que fuere, los tesoros, las armas, las provincias, y lo que se debía
a la virtud y méritos de la vida, dallo al que ninguna muestra ha
dado de tener bastantes prendas? No quiero alargarme más en esto ni
valerme de ejemplos antiguos para prueba de lo que digo. Todavía es
averiguado que por la muerte del Rey Don Enrique el Primero sucedió
en esta corona, no Doña Blanca, su hermana mayor, que estaba casada
en Francia, sino Doña Berenguela, acuerdo muy acertado, como lo
mostró la santidad y perpetua felicidad de Don Fernando, su hijo.
El hijo menor del Rey Don Afonso el Sabio la ganó a los hijos de su
hermano mayor el Infante Don Fernando, porque con sus buenas partes
daba muestras de Príncipe valeroso. ¿Para qué son cosas antiguas?
Vuestro abuelo el Rey Don Enrique quitó el reino a su hermano y
privó a las hijas de la herencia de su padre; que si no se pudo
hacer, será forzoso confesar que los Reyes pasados no tuvieron
justo título. Los años pasados en Portugal el maestre de Avis se
apoderó de aquel reino, si con razón, si tiránicamente, no es deste
lugar apurallo; lo que se sabe es que hasta hoy le ha conservado y
mantenídose en él contra todo el poder de Castilla. De menos tiempo
acá dos hijas del Rey Don Juan de Aragón perdieron la corona de su
padre, que se dió a Don Martín, hermano del difunto, si bien estaba
ausente y ocupado en allanar a Sicilia; que siempre se tuvo por
justo mudase la comunidad y el pueblo conforme a la necesidad que
ocurriese, lo que ella misma estableció por el bien común de todos.
Si convidáramos con el mando a alguna persona extraña, sin nobleza,
sin partes, pudiérase reprehender nuestro acuerdo. ¿Quién tendrá
por mal que queramos por Rey un Príncipe de la alcuña[414] real de
Castilla, y que en vida de su hermano tenía en su mano el gobierno?
Mirad, pues, no se atribuya antes a mal no hacer caso ni responder
a la voluntad que grandes y pequeños os muestran, y por excusar el
trabajo y la carga desamparar a la patria común, que de verdad,
tendidas las manos, se mete debajo las alas y se acoge al abrigo de
vuestro amparo en el aprieto en que se halla. Esto es finalmente
lo que todos suplicamos; que encargaros uséis en el gobierno
destos reinos de la templanza a vos acostumbrada y debida, no será
necesario.»
Después destas razones los demás grandes que presentes estaban se
adelantaron, cada cual por su parte, para suplicalle aceptase. No
faltó quien alegase profecías y revelaciones y pronósticos del cielo
en favor de aquella demanda. A todo esto el Infante, con rostro
mesurado y ledo[415], replicó y dijo no era de tanta codicia ser Rey
que se hobiese de menospreciar la infamia que resultaría contra él de
ambicioso e inhumano, pues despojaba un niño inocente y menospreciaba
la Reina viuda y sola[416], a cuya defensa toda buena razón le
obligaba, demás de las alteraciones y guerras que forzosamente en
el reino sobre el caso se levantarían. Que les agradecía aquella
voluntad y el crédito que mostraban tener de su persona; pero que en
ninguna cosa les podía mejor recompensar aquella deuda que en dalles
por Rey y señor al hijo de su hermano, su sobrino, por cuyo respeto
y por el procomún de la patria él no se quería excusar de ponerse a
cualquier riesgo y fatiga y encargarse del gobierno, según que el
Rey, su hermano, lo dejó dispuesto; solo, en ninguna manera se podría
persuadir de tomar aquel camino agrio y áspero que le mostraban.
Concluído esto, poco después juntó los señores y prelados en la
capilla de Don Pedro Tenorio, que está en el claustro de la iglesia
mayor. El condestable Don Ruy López, por si acaso había mudado de
parecer, le preguntó allí en público a quién quería alzasen por Rey.
El, con semblante demudado, respondió en voz alta: «¿A quién, sino al
hijo de mi hermano?» Con esto levantaron los estandartes, como es de
costumbre, por el Rey Don Juan el Segundo, y los reyes de armas le
pregonaron por Rey, primero en aquella junta, y consiguientemente por
las calles y plazas de la ciudad.
Gran crédito ganó de modestia y templanza el Infante Don Fernando
en menospreciar lo que otros por el fuego y por hierro pretenden.
Los mismos que le insistieron aceptase el reino, no acababan de
engrandecer su lealtad, camino por el cual[417] se enderezó a
alcanzar otros muy grandes reinos que el cielo por sus virtudes le
tenía reservados. Fué la gloria de aquel hecho tanto más de estimar,
que su hermano al fin de su vida andaba con él torcido y no se le
mostraba favorable.