EL P. JUAN DE MARIANA

(1536-1623)

Su _Historia de España_ latina salió a luz por primera vez en Toledo

en 1592; en la misma ciudad se publicó la primera edición romanceada

en 1601.

La historiografía contaba ya en España con diestros investigadores,

que habían rectificado multitud de errores de la historia

tradicional, mediante el estudio crítico de crónicas, diplomas,

inscripciones, etc.; tales eran Garibay, Ambrosio de Morales, Zurita.

Mariana no se sentía inclinado a estas tareas, pues las suyas

habituales eran las del teólogo y moralista; sólo como ocupación

accesoria se dedicó a componer la Historia de España. Así que no

se propuso continuar los estudios especiales en averiguación de

la verdad, sino que, contentándose con lo hecho por otros, como

en sus obras echaba de menos el arte de la narración, no aspiraba

sino a vulgarizar lo estudiado por otros: _mi intento no fué hacer

historia, sino poner en orden y estilo lo que otros habían recogido_.

Su principal preocupación fué, pues, la narración agradable; escoge

en las diversas fuentes que maneja la versión de los hechos que

buenamente le parece más verdadera, y luego la expone sin reparo

crítico alguno; sucediendo más de una vez que la hermosura de un

relato fabuloso le atrae y le obliga a acogerlo sin expresar la menor

duda, pues lo que él pretendía era hacer, más que una historia

averiguada, una historia literaria y nacional, de la cual nada bello

y nada heroico debía ser excluído. Ciertamente que consiguió tal

propósito; su obra es hasta ahora el más digno monumento en honor de

la historia y tradiciones españolas, como lo es Tito Livio de las

romanas.

En el estilo de esta obra se ven claramente influencias, tanto de

la índole personal del autor, como de sus lecturas habituales. La

entereza de carácter y la austeridad de pensamiento de Mariana se

reflejan en su narración histórica, a veces seca, pero que sabe

revestirse siempre de un aire de autoridad y decoro que, como dice

Capmany, «apenas distingue uno después si son las cosas o las

palabras las que aparecen grandes y majestuosas». Ni aun en las

arengas es declamador o retórico.

Las habituales tareas de teólogo, político y moralista a que se

consagró Mariana, hacen que su narración, no sólo esté llena de

máximas y aforismos, según la costumbre general de los historiadores

de la época, sino que se desvíe, más o menos visiblemente, para

obligarla a correr por el cauce de las ideas filosóficas y sociales

del autor.

Su cultura clásica le hace imitar a Tito Livio en la manera amplia

y tranquila de relatar, y a Tácito en las sentencias y reflexiones

con que moraliza constantemente el relato. Además, como Mariana

había escrito primero su obra en latín, de aquí que al romancearla

conservara algún dejo de construcción latina como el que apuntamos en

la nota de la página 193.

En fin: la obligada lectura de crónicas castellanas de los siglos

XIV y XV le encariñó con el lenguaje viejo, y de ellas se le pegaron

multitud de arcaísmos, como: _aína_ ‘presto, luego’; _al_ ‘otro’,

_asaz_ ‘bastante, harto’; _ca_ ‘porque’, muy usado por Mariana, y

algo también por Fray Luis de Granada; _dende_ ‘desde allí’, _hobo_

‘hubo’, _maguer_ ‘aunque’, _suso_ ‘arriba’. Sin duda esto tenía por

objeto revestir así el lenguaje de un aspecto más venerable. Razón

tenía Saavedra Fajardo al decir en su _República literaria_ que así

como otros se tiñen las barbas por parecer mozos, Mariana se las

teñía por hacerse viejo. Lo cierto es que con ser la _Historia de

España_ treinta años posterior a la _Guerra de Granada_ de Mendoza,

representa un lenguaje mucho más antiguo. Este no es defecto especial

de Mariana, quien sabe mantener en un límite prudente el arcaísmo;

las Crónicas ejercían tal atractivo sobre los que las leían, que

los poetas que sacaban de ellas romances o comedias, solían imitar

su lenguaje arcaico con mucha más exageración que a Mariana, pues

llegaban a escribir sus versos contrahaciendo la _fabla antigua_.

Además del arcaísmo prudentemente manejado, se observa en Mariana

alguna otra afectación; sobre todo un particular estudio para

huir del uso del gerundio, forma verbal de que tanto abusan las

malas narraciones; en su lugar, Mariana emplea con preferencia

el participio oracional. Fuera de esto, el estilo de Mariana se

distingue por una gran llaneza y naturalidad, y por una construcción

ligera que prefiere la nueva yuxtaposición de las cláusulas a

englobarlas con relación de dependencia[374].

HISTORIA DE ESPAÑA

LIBRO XVII, CAPÍTULO XIII

Muerte del Rey Don Pedro el Cruel, 22 ó 23 marzo, 1369. En el

capítulo anterior contó Mariana cómo Don Enrique, vuelto de

Francia, allegó en rededor suyo muchos partidarios; le recibieron

por Rey Burgos y otras ciudades, y cercó a Toledo que aún se

mantenía por Don Pedro.

El Rey Don Pedro, desamparado de los que le podían ayudar, y

sospechoso de los demás, lo que sólo le restaba, se resolvió de

aventurarse, encomendarse a sus manos y ponerlo todo en el trance y

riesgo de una batalla; sabía muy bien que los reinos se sustentan y

conservan más con la fama y reputación que con las fuerzas y armas.

Teníale con gran cuidado el peligro de la real ciudad de Toledo;

estaba aquejado y pensaba cómo mejor podría conservar su reputación.

Esto le confirmaba más en su propósito de ir en busca de su enemigo

y dalle[375] la batalla. Procuráronselo estorbar los de Sevilla;

decíanle que se destruía y se iba derecho a despeñar; que lo mejor

era tener sufrimiento, reforzar su ejército y esperar las gentes

que cada día vendrían de sus amigos y de los pueblos que tenían

su voz[376]. Esto que le aconsejaban era lo que en todas maneras

debiera seguir, si no le cegaran la grandeza de sus maldades y la

divina justicia, que estaba ya determinada de muy presto castigallas.

Estando en este aprieto, sucedióle otro desastre, y fué que Vitoria,

Salvatierra y Logroño, que eran de su obediencia, fatigadas de las

armas del Rey de Navarra[377], y por falta de socorro por estar

Don Pedro tan lejos, se entregaron al Navarro. Ayudó a esto Don

Tello[378], el cual, si estaba mal con Don Pedro, no era amigo de su

hermano Don Enrique, y así se estaba a la mira[379] en Vizcaya, sin

querer ayudar a ninguno de los dos.

Proseguíase en este comedio el cerco de Toledo. Y como quier que

aquella ciudad estuviese, como dijimos, dividida en aficiones,

algunos de los que favorecían a Don Enrique intentaron de

apoderalle[380] de una torre del muro de la ciudad que miraba al

real, que se dice la torre de los Abades. Como no le sucediese[381]

esta traza, procuraron dalle entrada en la ciudad por el puente de

San Martín[382], sobre lo cual los del un bando y del otro vinieron a

las manos, en que sucedieron algunas muertes de ciudadanos.

Sabidas estas revueltas por el Rey Don Pedro, dióse muy mayor priesa

a irla a socorrer, por no hallalla perdida cuando llegase. Para ir

con menor cuidado mandó recoger sus tesoros, y con sus hijos Don

Sancho y Don Diego llevallos a Carmona, que es una fuerte y rica

villa del Andalucía, y está cerca de Sevilla. Hecho esto, juntó

arrebatadamente su ejército y aprestó su partida para el reino de

Toledo. Llevaba en su campo tres mil hombres de a caballo; pero la

mitad de ellos, ¡mal pecado![383], eran moros, y de quien no se

tenía entera confianza, ni se esperaba que pelearían con aquel brío

y gallardía que fuera necesario. Dícese que al tiempo de su partida

consultó a un moro sabio de Granada, llamado Benagatin, con quien

tenía mucha familiaridad, y que el moro le anunció su muerte por una

profecía de Merlín[384], hombre inglés que vivió antes deste tiempo,

como cuatrocientos años. La profecía contenía estas palabras: «En las

partes de occidente, entre los montes y el mar, nacerá una ave negra,

comedora y robadora, y tal, que todos los panales del mundo querrá

recoger en sí, y todo el oro del mundo querrá poner en su estómago, y

después gormarlo ha[385], y tornará atrás. Y no perecerá luego por

esta dolencia, caérsele han las péñolas, y sacarle han las plumas

al sol, y andará de puerta en puerta y ninguno la querrá acoger, y

encerrarse ha en la selva y allí morirá dos veces: una al mundo, y

otra a Dios, y desta manera acabará.» Esta fué la profecía, fuese

verdadera o ficción, de un hombre vanísimo que le quisiese burlar;

como quiera que fuese, ella se cumplió dentro de muy pocos días.

El Rey Don Pedro, con la hueste que hemos dicho, bajó del Andalucía

a Montiel, que es una villa en la Mancha y en los Oretanos antiguos,

cercada de muralla, con su pretil, torres y barbacana, puesta en

un sitio fuerte y fortalecida con un buen castillo. Sabida por Don

Enrique la venida de Don Pedro, dejó a Don Gómez Manrique, Arzobispo

de Toledo, para que prosiguiese el cerco de aquella ciudad, y él,

con dos mil y cuatrocientos hombres de a caballo, por no esperar

el paso de la infantería, partió con gran priesa en busca de Don

Pedro. Al pasar por la villa de Orgaz, que está a cinco leguas de

Toledo, se juntó con él Beltrán Claquin[386] con seiscientos caballos

extranjeros que traía de Francia; importantísimo socorro y a buen

tiempo, porque eran soldados viejos y muy ejercitados y diestros en

pelear. Llegaron al tanto[387] allí Don Gonzalo Mejía, maestre de

Santiago, y Don Pedro Muñiz[388], maestre de Calatrava, y otros

señores principales que venían con deseo de emplear sus personas

en la defensa y libertad de su patria. Partió Don Enrique con esta

caballería; caminó toda la noche, y al amanecer dieron vista a los

enemigos, antes que tuviesen nuevas ciertas que eran partidos de

Toledo.

Ellos, cuando vieron que estaba tan cerca Don Enrique, tuvieron gran

miedo, y pensaron no hobiese alguna traición y trato para dejarlos

en sus manos; a esta causa[389] no se fiaban los unos de los otros.

Recelábanse también de los mismos vecinos de la villa. Los capitanes,

con mucha priesa y turbación, hicieron recoger los más de los

soldados que estaban alojados en las aldeas cerca de Montiel; muchos

dellos desampararon las banderas de miedo o por el poco amor y menos

gana con que servían.

Al salir del sol formaron sus escuadrones de ambas partes y animaron

sus soldados a la batalla. Don Enrique habló a los suyos en esta

sustancia[390]: «Este día, valerosos compañeros, nos ha de dar

riquezas, honra y reino, o nos lo ha de quitar. No nos puede suceder

mal, porque de cualquiera manera que nos avenga, seremos bien

librados; con la muerte, saldremos de tan inmensos e intolerables

afanes como padecemos; con la victoria, daremos principio a la

libertad y descanso, que tanto tiempo ha deseamos. No podemos

entretenernos ya más; si no matamos a nuestro enemigo, él nos ha de

hacer perecer de[391] tal género de muerte, que la ternemos[392]

por dichosa y dulce si fuere ordinaria, y no con crueles y bárbaros

tormentos. La naturaleza nos hizo gracia de la vida con un necesario

tributo, que es la muerte; ésta no se puede excusar; empero los

tormentos, las deshonras, afrentas e injurias, evitarálas vuestro

esfuerzo y valor. Hoy alcanceréis una gloriosa victoria, o quedaréis

como honrados y valerosos tendidos en el campo. No vean tal mis

ojos; no permita vuestra bondad, Señor, que perezcan tan virtuosos

y leales caballeros. Mas ¿qué muerte tan desastrada y miserable

nos puede venir que sea peor que la vida acosada que traemos? No

tenemos guerra con enemigo que nos concederá partidos razonables,

ni aun una tolerable servidumbre, cuando queramos ponernos en sus

manos; ya sabéis su increíble crueldad, y tenéis bien a vuestra costa

experimentado cuán poca seguridad hay en su fe y palabra. No tiene

mejor fiesta, ni más alegre[393], que la que solemniza con sangre y

muertes, con ver destrozados los hombres delante de sus ojos. ¿Por

ventura habémoslo[394] con algún malvado y perverso tirano, y no

con una inhumana y feroz bestia, que parece ha sido agarrochada en

la leonera para que de allí con mayor braveza salga a hacer nuevas

muertes y destrozos? Confío en Dios, y en su apóstol Santiago, que

ha caído en la red que nos tenía tendida y que está encerrado, donde

pagará la cruel carnicería que en nos[395] tiene hecha; mirad, mis

soldados, no se os vaya; detenedla, no la dejéis huir, no quede

lanza ni espada que no pruebe en ella sus aceros. Socorred, por

Dios, a nuestra miserable patria, que la tiene desierta y asolada;

vengad la sangre que ha derramado de vuestros padres, hijos, amigos

y parientes. Confiad en nuestro Señor, cuyos sagrados ministros

sacrílegamente ha muerto, que os favorecerá para que castiguéis tan

enormes maldades, y le hagáis un agradable sacrificio de la cabeza de

un tal monstruo horrible y fiero tirano»[396].

Acabada la plática, luego con gran brío y alegría arremetieron a

los enemigos; hirieron en ellos con tan gran denuedo, que sin poder

sufrir este primer ímpetu en un momento fueron desbaratados. Los

primeros huyeron los moros[397], los castellanos resistieron algún

tanto; mas como se viesen perdidos y desamparados, se recogieron,

con el Rey Don Pedro, en el castillo de Montiel. Murieron muchos

de los moros en la batalla, muchos más fueron los que perecieron

en el alcance[398]; de los cristianos no murió sino sólo un

caballero[399]. Ganóse esta victoria un miércoles, catorce días de

marzo del año de 1369.

Don Enrique, visto cómo Don Pedro se encerró en la villa, a la

hora la hizo cercar de una horma (pared de piedra seca) con gran

vigilancia porque no se les pudiese escapar. Comenzaron los cercados

a padecer falta de agua y de trigo, ca lo poco que tenían les dañó

de industria[400], a lo que parece, algún soldado de los de dentro,

deseoso de que se acabase presto el cerco. Don Pedro, entendido el

peligro en que estaba, pensó cómo podría huirse del castillo más a

su salvo[401]. Hallábase con él un caballero que le era muy leal,

natural de Trastamara, decíase Men Rodríguez[402] de Sanabria; por

medio deste hizo a Beltrán Claquin una gran promesa de villas y

castillos y de docientas mil doblas castellanas, a tal que, dejado

a Don Enrique, le favoreciese y le pusiese en salvo. Extrañó esto

Beltrán; decía que si tal consintiese, incurriría en perpetua infamia

de fementido y traidor; mas como todavía Men Rodríguez le instase,

pidióle tiempo para pensar en tan grande hecho. Comunicado el negocio

secretamente con los amigos de quien más se fiaba, le aconsejaron

que contase a Don Enrique todo lo que en este caso pasaba; tomó su

consejo. Don Enrique le agradeció mucho su fidelidad, y con grandes

promesas[403] le persuadió a que con trato doble hiciese venir a Don

Pedro a su posada, y le prometiese haría lo que deseaba. Concertaron

la noche; salió Don Pedro de Montiel armado sobre un caballo con

algunos caballeros que le acompañaban; entró en la estancia de

Beltrán Claquin con más miedo que esperanza de buen suceso. El recelo

y temor que tenía dicen se le aumentó un letrero que leyó poco antes,

escrito en la pared de la torre del homenaje del castillo de Montiel,

que contenía estas palabras: _Esta es la torre de la Estrella_. Ca

ciertos astrólogos le pronosticaron que moriría en una torre deste

nombre. Ya sabemos cuán grande vanidad sea la destos adevinos, y

cómo después de acontecidas las cosas se suelen fingir semejantes

consejas. Lo que se refiere que le pasó con un judío médico es cosa

más de notar. Fué así, que por la figura de su nacimiento le había

dicho que alcanzaría nuevos reinos y que sería muy dichoso. Después,

cuando estuvo en lo más áspero de sus trabajos, díjole: «cuán mal

acertastes en vuestros pronósticos», respondió el astrólogo: «aunque

más hielo caiga del cielo, de necesidad el que está en el baño ha de

sudar.» Dió por estas palabras a entender que la voluntad y acciones

de los hombres son más poderosas que las inclinaciones de las

estrellas[404].

Entrado pues Don Pedro en la tienda de Don Beltrán, díjole que ya

era tiempo que se fuesen. En esto entró Don Enrique armado; como vió

a Don Pedro, su hermano, estuvo un poco sin hablar como espantado;

la grandeza del hecho le tenía alterado y suspenso, o no le conocía

por los muchos años que no se vieran. No es menos sino que los que

se hallaron presentes estaban entre miedo y esperanza vacilando. Un

caballero francés dijo a Don Enrique, señalando con la mano a Don

Pedro: «mirad que ese es vuestro enemigo.» Don Pedro con aquella

natural ferocidad que tenía, respondió dos veces: «yo soy, yo soy.»

Entonces Don Enrique sacó su daga y dióle una herida con ella en

el rostro. Vinieron luego a los brazos, cayeron ambos en el suelo;

dicen que Don Enrique debajo, y que con ayuda de Beltrán, que les

dió vuelta y le puso encima, le pudo herir de muchas puñaladas, con

que le acabó de matar. Cosa que pone grima, un rey, hijo y nieto de

reyes, revolcado en su sangre derramada por la mano de un su hermano

bastardo. ¡Extraña hazaña!

A la verdad, cuya[405] vida fué tan dañosa para España, su muerte le

fué saludable; y en ella se echa bien de ver que no hay ejércitos,

poder, reinos ni riquezas que basten a tener seguro a un hombre que

vive mal e insolentemente. Fué este un extraño ejemplo para que en

los siglos venideros tuviesen que considerar, se admirasen y temiesen

y supiesen también que las maldades de los príncipes las castiga

Dios, no solamente con el odio y mala voluntad con que mientras viven

son aborrecidos, ni sólo con la muerte, sino con la memoria de las

historias, en que son eternamente afrentados y aborrecidos por todos

aquellos que las leen, y sus almas sin descanso serán para siempre

atormentadas.

Antología de prosistas castellanos · 第 46 / 79 题