Marcelo explicando a sus amigos por qué el nombre de _Príncipe de
Paz_ es aplicado a Cristo, declara qué cosa es paz.
Calló Marcelo un poco, luego que dijo esto..., y descansando, y como
recogiéndose[352] todo en sí mismo por un espacio pequeño, alzó
después los ojos al cielo, que ya estaba sembrado de estrellas, y
teniéndolos en ellas como enclavados, comenzó a decir así:
«Cuando[353] la razón no lo demostrara, ni por otro camino se pudiera
entender cuán amable cosa sea[354] la paz, esta vista hermosa del
cielo que se nos descubre agora, y el concierto que tienen entre
sí aquestos resplandores que lucen en él, nos dan suficiente
testimonio. Porque, ¿qué otra cosa es, sino paz, o ciertamente
una imagen perfecta de paz, esto que agora vemos en el cielo y
que con tanto deleite se nos viene[355] a los ojos? Que[356] si
la paz es, como San Agustín breve y verdaderamente concluye, una
orden sosegada o un tener sosiego y firmeza en lo que pide el buen
orden, eso mismo es lo que nos descubre agora esta imagen. Adonde el
ejército de las estrellas, puesto como en ordenanza y como concertado
por sus hileras[357], luce hermosísimo; y adonde cada una dellas
inviolablemente guarda su puesto; adonde no usurpa ninguna el lugar
de su vecina ni la turba en su oficio, ni menos, olvidada del suyo,
rompe jamás la ley eterna y santa que le puso la Providencia; antes,
como hermanadas todas y como mirándose entre sí, y comunicando sus
luces las mayores con las menores, se hacen muestra de amor; y
como en cierta manera[358] se reverencian unas a otras, y todas
juntas templan a veces sus rayos y sus virtudes, reduciéndolas a una
pacífica unidad de virtud, de partes y aspectos diferentes compuesta,
universal y poderosa sobre toda manera[359].
»Y si así se puede decir, no sólo son un dechado de paz clarísimo
y bello, sino un pregón y un loor que con voces manifiestas y
encarecidas nos notifica cuán excelentes bienes son los que la paz en
sí contiene y los que hace en todas las cosas. La cual voz y pregón
sin ruido se lanza en nuestras almas, y de lo que en ellas lanzada
hace[360], se ve y entiende bien la eficacia suya y lo mucho que
las persuade. Porque luego, como convencidas de cuanto les es útil
y hermosa la paz, se comienzan ellas a pacificar en sí mismas y a
poner a cada[361] una de sus partes en orden. Porque si estamos
atentos a lo secreto que en nosotros pasa, veremos que este concierto
y orden de las estrellas, mirándolo, pone en nuestras almas sosiego,
y veremos que con sólo tener los ojos enclavados en él con atención,
sin sentir en qué manera, los deseos nuestros y las afecciones
turbadas que confusamente movían ruido en nuestros pechos de día, se
van quietando poco a poco, y como adormeciéndose, se reposan, tomando
cada una su asiento, y reduciéndose a su lugar propio, se ponen sin
sentir en sujeción y concierto.
»Y veremos que, así como ellas se humillan y callan, así lo principal
y lo que es señor en el alma, que es la razón, se levanta y recobra
su derecho y su fuerza, y como alentada con esta vista celestial y
hermosa, concibe pensamientos altos y dignos de sí, y como en una
cierta manera se recuerda[362] de su primer origen, y al fin pone
todo lo que es vil y bajo en su parte, y huella sobre ello[363].
Y así puesta ella en su trono como emperatriz, y reducidas a sus
lugares todas las de más partes del alma, queda todo el hombre
ordenado y pacífico.
«Mas ¿qué digo de nosotros que tenemos razón? Esto insensible y
aquesto rudo del mundo, los elementos y la tierra y el aire y los
brutos se ponen todos en orden y se quietan luego que poniéndose el
sol, se les representa aqueste ejército resplandeciente. ¿No veis
el silencio que tienen agora todas las cosas, y cómo parece que
mirándose en este espejo bellísimo, se componen todas ellas y hacen
paz entre sí, vueltas a sus lugares y oficios, y contentas con ellos?
»Es sin duda el bien de todas las cosas universalmente la paz; y así,
dondequiera que la ven, la aman. Y no sólo ella, mas la vista de su
imagen de ella las enamora y las enciende en codicia de asemejársele,
porque todo se inclina fácil y dulcemente a su bien. Y aun si
confesamos, como es justo confesar, la verdad, no solamente la paz
es amada generalmente de todos, mas sola ella es amada y seguida y
procurada por todos. Porque cuanto se obra en esta vida por los que
vivimos en ella, y cuanto se desea y afana, es por conseguir este
bien de la paz, y este es el blanco adonde enderezan su intento y el
bien a que aspiran todas las cosas. Porque si navega el mercader y si
corre los mares, es por tener paz con su codicia, que le solicita y
guerrea. Y el labrador en el sudor de su cara y rompiendo la tierra
busca paz, alejando de sí cuanto puede al enemigo duro de la pobreza.
Y por la misma manera, el que sigue el deleite y el que anhela la
honra y el que brama por la venganza, y, finalmente, todos y todas
las cosas buscan la paz en cada una de sus pretensiones. Porque, o
siguen algún bien que les falta, o huyen algún mal que los enoja.»
LA PERFECTA CASADA
LIBRO VII
Comentando el versículo de los _Proverbios_, XXXI, 15: «madrugó
y repartió a sus gañanes las raciones», hace Fray Luis una
primorosa descripción del alba y encarece las delicias del
madrugar.
El madrugar es tan saludable, que la razón sola de la salud, aunque
no despertara el cuidado y obligación de la casa, había de levantar
de la cama en amanesciendo a las casadas. Y guarda en esto Dios,
como en todo lo demás, la dulzura y suavidad de su sabio gobierno,
en que aquello a que nos obliga es lo mismo que más conviene a
nuestra naturaleza y en que recibe por su servicio lo que es nuestro
provecho[364]. Así que, no sólo la casa, sino también la salud,
pide a la buena mujer que madrugue. Porque cierto es que es nuestro
cuerpo del metal de los otros cuerpos, y que la orden que guarda la
naturaleza para el bien y conservación de los demás, esa misma es la
que conserva y da salud a los hombres.
Pues ¿quién no ve que a aquella hora despierta el mundo todo junto,
y que la luz nueva saliendo, abre los ojos de los animales todos,
y que si fuese entonces dañoso dejar el sueño, la naturaleza (que
en todas las cosas generalmente, y en cada una por sí, esquiva y
huye el daño, y sigue y apetece el provecho, o que, para decir la
verdad, es ella eso mismo que a cada una de las cosas conviene y es
provechoso), no rompiera tan presto el velo de las tinieblas que
nos adormecen, ni sacara por el oriente los claros rayos del sol, o
si los sacara, no les diera tanta fuerza para nos despertar?[365].
Porque si no despertase naturalmente la luz, no le cerrarían las
ventanas tan diligentemente los que abrazan el sueño. Por manera
que la naturaleza, pues nos envía la luz, quiere, sin duda, que nos
despierte. Y pues ella nos despierta, a nuestra salud conviene que
despertemos.
Y no contradice a esto el uso de las personas que ahora el mundo
llama señores, cuyo principal cuidado es vivir para el descanso y
regalo del cuerpo, las cuales guardan la cama hasta las doce del
día[366]. Ante esta verdad, que se toca con las manos, condena
aquel vicio, del cual, ya por nuestros pecados o por sus pecados de
ellos mismos[367], hacen honra y estado[368], y ponen parte de su
grandeza en no guardar ni aun en esto el concierto que Dios les pone.
Castigaba bien una persona, que yo conocí, esta torpeza, y nombrábala
con su merescido vocablo. Y aunque es tan vil como lo es el hecho,
daráme vuestra merced[369] licencia para que lo ponga aquí, porque es
palabra que cuadra. Así que, cuando le decía alguno que era estado
en los señores este dormir, solía él responder que se erraba la
letra[370], y que por decir _establo_ decían _estado_. Y ello a la
verdad es así, que aquel desconcierto de vida tiene principio y nasce
de otro mayor desconcierto, que está en el alma y es causa él también
y principio de muchos otros desconciertos torpes y feos. Porque la
sangre y los demás humores del cuerpo, con el calor del día y del
sueño, encendidos demasiadamente y dañados, no solamente corrompen
la salud, mas también aficionan e inficionan el corazón feamente.
Y es cosa digna de admiración que, siendo estos señores en todo lo
demás grandes seguidores, o por mejor decir, grandes esclavos de su
deleite, en esto sólo se olvidan dél, y pierden por un vicioso dormir
lo más deleitoso de la vida, que es la mañana.
Porque entonces la luz, como viene después de las tinieblas y se
halla como después de haber sido perdida, parece ser otra y hiere
el corazón del hombre con una nueva alegría, y la vista del cielo
entonces, y el colorear de las nubes y el descubrirse el aurora (que
no sin causa los poetas la coronan de rosas)[371], y el aparecer la
hermosura del sol, es una cosa bellísima. Pues el cantar de las aves,
¿qué duda hay sino que suena entonces más dulcemente? y las flores y
las yerbas y el campo, todo despide de sí un tesoro de olor. Y como
cuando entra el rey de nuevo en alguna ciudad se adereza y hermosea
toda ella, y los ciudadanos hacen entonces plaza[372] y como alarde
de sus mejores riquezas; así los animales y la tierra y el aire, y
todos los elementos, a la venida del sol se alegran, y como para
recibirle, se hermosean y mejoran y ponen en público cada uno sus
bienes. Y como los curiosos suelen poner cuidado y trabajo por ver
semejantes recibimientos, así los hombres concertados y cuerdos,
aun por sólo el gusto, no han de perder esta fiesta que hace toda
la naturaleza al sol por las mañanas; porque no es gusto de un solo
sentido, sino general contentamiento de todos, porque la vista se
deleita con el nascer de la luz y con la figura[373] del aire y
con el variar de las nubes; a los oídos las aves hacen agradable
armonía; para el oler, el olor que en aquella sazón el campo y las
yerbas despiden de sí es olor suavísimo, pues el fresco del aire de
entonces templa con grande deleite el humor calentado con el sueño, y
cría salud y lava las tristezas del corazón, y no sé en qué manera le
despierta a pensamientos divinos antes que se ahogue en los negocios
del día.
Pero, si puede tanto con estos hijos de tinieblas el amor dellas,
que aun del día hacen noche, y pierden el fruto de la luz con el
sueño, y ni el deleite, ni la salud, ni la necesidad y provecho que
dicho habemos, son poderosos para los hacer levantar, vuestra merced
que es hija de luz, levántese con ella, y abra la claridad de sus
ojos cuando descubriere sus rayos el sol, y con pecho puro levante
sus manos limpias al Dador de la luz, ofresciéndole con santas y
agradescidas palabras su corazón, y después de hecho esto, y de
haber gozado del gusto del nuevo día, vuelta a las cosas de su casa,
entienda en su oficio.