LIBRO II, CAPÍTULO III

Marcelo explicando a sus amigos por qué el nombre de _Príncipe de

Paz_ es aplicado a Cristo, declara qué cosa es paz.

Calló Marcelo un poco, luego que dijo esto..., y descansando, y como

recogiéndose[352] todo en sí mismo por un espacio pequeño, alzó

después los ojos al cielo, que ya estaba sembrado de estrellas, y

teniéndolos en ellas como enclavados, comenzó a decir así:

«Cuando[353] la razón no lo demostrara, ni por otro camino se pudiera

entender cuán amable cosa sea[354] la paz, esta vista hermosa del

cielo que se nos descubre agora, y el concierto que tienen entre

sí aquestos resplandores que lucen en él, nos dan suficiente

testimonio. Porque, ¿qué otra cosa es, sino paz, o ciertamente

una imagen perfecta de paz, esto que agora vemos en el cielo y

que con tanto deleite se nos viene[355] a los ojos? Que[356] si

la paz es, como San Agustín breve y verdaderamente concluye, una

orden sosegada o un tener sosiego y firmeza en lo que pide el buen

orden, eso mismo es lo que nos descubre agora esta imagen. Adonde el

ejército de las estrellas, puesto como en ordenanza y como concertado

por sus hileras[357], luce hermosísimo; y adonde cada una dellas

inviolablemente guarda su puesto; adonde no usurpa ninguna el lugar

de su vecina ni la turba en su oficio, ni menos, olvidada del suyo,

rompe jamás la ley eterna y santa que le puso la Providencia; antes,

como hermanadas todas y como mirándose entre sí, y comunicando sus

luces las mayores con las menores, se hacen muestra de amor; y

como en cierta manera[358] se reverencian unas a otras, y todas

juntas templan a veces sus rayos y sus virtudes, reduciéndolas a una

pacífica unidad de virtud, de partes y aspectos diferentes compuesta,

universal y poderosa sobre toda manera[359].

»Y si así se puede decir, no sólo son un dechado de paz clarísimo

y bello, sino un pregón y un loor que con voces manifiestas y

encarecidas nos notifica cuán excelentes bienes son los que la paz en

sí contiene y los que hace en todas las cosas. La cual voz y pregón

sin ruido se lanza en nuestras almas, y de lo que en ellas lanzada

hace[360], se ve y entiende bien la eficacia suya y lo mucho que

las persuade. Porque luego, como convencidas de cuanto les es útil

y hermosa la paz, se comienzan ellas a pacificar en sí mismas y a

poner a cada[361] una de sus partes en orden. Porque si estamos

atentos a lo secreto que en nosotros pasa, veremos que este concierto

y orden de las estrellas, mirándolo, pone en nuestras almas sosiego,

y veremos que con sólo tener los ojos enclavados en él con atención,

sin sentir en qué manera, los deseos nuestros y las afecciones

turbadas que confusamente movían ruido en nuestros pechos de día, se

van quietando poco a poco, y como adormeciéndose, se reposan, tomando

cada una su asiento, y reduciéndose a su lugar propio, se ponen sin

sentir en sujeción y concierto.

»Y veremos que, así como ellas se humillan y callan, así lo principal

y lo que es señor en el alma, que es la razón, se levanta y recobra

su derecho y su fuerza, y como alentada con esta vista celestial y

hermosa, concibe pensamientos altos y dignos de sí, y como en una

cierta manera se recuerda[362] de su primer origen, y al fin pone

todo lo que es vil y bajo en su parte, y huella sobre ello[363].

Y así puesta ella en su trono como emperatriz, y reducidas a sus

lugares todas las de más partes del alma, queda todo el hombre

ordenado y pacífico.

«Mas ¿qué digo de nosotros que tenemos razón? Esto insensible y

aquesto rudo del mundo, los elementos y la tierra y el aire y los

brutos se ponen todos en orden y se quietan luego que poniéndose el

sol, se les representa aqueste ejército resplandeciente. ¿No veis

el silencio que tienen agora todas las cosas, y cómo parece que

mirándose en este espejo bellísimo, se componen todas ellas y hacen

paz entre sí, vueltas a sus lugares y oficios, y contentas con ellos?

»Es sin duda el bien de todas las cosas universalmente la paz; y así,

dondequiera que la ven, la aman. Y no sólo ella, mas la vista de su

imagen de ella las enamora y las enciende en codicia de asemejársele,

porque todo se inclina fácil y dulcemente a su bien. Y aun si

confesamos, como es justo confesar, la verdad, no solamente la paz

es amada generalmente de todos, mas sola ella es amada y seguida y

procurada por todos. Porque cuanto se obra en esta vida por los que

vivimos en ella, y cuanto se desea y afana, es por conseguir este

bien de la paz, y este es el blanco adonde enderezan su intento y el

bien a que aspiran todas las cosas. Porque si navega el mercader y si

corre los mares, es por tener paz con su codicia, que le solicita y

guerrea. Y el labrador en el sudor de su cara y rompiendo la tierra

busca paz, alejando de sí cuanto puede al enemigo duro de la pobreza.

Y por la misma manera, el que sigue el deleite y el que anhela la

honra y el que brama por la venganza, y, finalmente, todos y todas

las cosas buscan la paz en cada una de sus pretensiones. Porque, o

siguen algún bien que les falta, o huyen algún mal que los enoja.»

LA PERFECTA CASADA

LIBRO VII

Comentando el versículo de los _Proverbios_, XXXI, 15: «madrugó

y repartió a sus gañanes las raciones», hace Fray Luis una

primorosa descripción del alba y encarece las delicias del

madrugar.

El madrugar es tan saludable, que la razón sola de la salud, aunque

no despertara el cuidado y obligación de la casa, había de levantar

de la cama en amanesciendo a las casadas. Y guarda en esto Dios,

como en todo lo demás, la dulzura y suavidad de su sabio gobierno,

en que aquello a que nos obliga es lo mismo que más conviene a

nuestra naturaleza y en que recibe por su servicio lo que es nuestro

provecho[364]. Así que, no sólo la casa, sino también la salud,

pide a la buena mujer que madrugue. Porque cierto es que es nuestro

cuerpo del metal de los otros cuerpos, y que la orden que guarda la

naturaleza para el bien y conservación de los demás, esa misma es la

que conserva y da salud a los hombres.

Pues ¿quién no ve que a aquella hora despierta el mundo todo junto,

y que la luz nueva saliendo, abre los ojos de los animales todos,

y que si fuese entonces dañoso dejar el sueño, la naturaleza (que

en todas las cosas generalmente, y en cada una por sí, esquiva y

huye el daño, y sigue y apetece el provecho, o que, para decir la

verdad, es ella eso mismo que a cada una de las cosas conviene y es

provechoso), no rompiera tan presto el velo de las tinieblas que

nos adormecen, ni sacara por el oriente los claros rayos del sol, o

si los sacara, no les diera tanta fuerza para nos despertar?[365].

Porque si no despertase naturalmente la luz, no le cerrarían las

ventanas tan diligentemente los que abrazan el sueño. Por manera

que la naturaleza, pues nos envía la luz, quiere, sin duda, que nos

despierte. Y pues ella nos despierta, a nuestra salud conviene que

despertemos.

Y no contradice a esto el uso de las personas que ahora el mundo

llama señores, cuyo principal cuidado es vivir para el descanso y

regalo del cuerpo, las cuales guardan la cama hasta las doce del

día[366]. Ante esta verdad, que se toca con las manos, condena

aquel vicio, del cual, ya por nuestros pecados o por sus pecados de

ellos mismos[367], hacen honra y estado[368], y ponen parte de su

grandeza en no guardar ni aun en esto el concierto que Dios les pone.

Castigaba bien una persona, que yo conocí, esta torpeza, y nombrábala

con su merescido vocablo. Y aunque es tan vil como lo es el hecho,

daráme vuestra merced[369] licencia para que lo ponga aquí, porque es

palabra que cuadra. Así que, cuando le decía alguno que era estado

en los señores este dormir, solía él responder que se erraba la

letra[370], y que por decir _establo_ decían _estado_. Y ello a la

verdad es así, que aquel desconcierto de vida tiene principio y nasce

de otro mayor desconcierto, que está en el alma y es causa él también

y principio de muchos otros desconciertos torpes y feos. Porque la

sangre y los demás humores del cuerpo, con el calor del día y del

sueño, encendidos demasiadamente y dañados, no solamente corrompen

la salud, mas también aficionan e inficionan el corazón feamente.

Y es cosa digna de admiración que, siendo estos señores en todo lo

demás grandes seguidores, o por mejor decir, grandes esclavos de su

deleite, en esto sólo se olvidan dél, y pierden por un vicioso dormir

lo más deleitoso de la vida, que es la mañana.

Porque entonces la luz, como viene después de las tinieblas y se

halla como después de haber sido perdida, parece ser otra y hiere

el corazón del hombre con una nueva alegría, y la vista del cielo

entonces, y el colorear de las nubes y el descubrirse el aurora (que

no sin causa los poetas la coronan de rosas)[371], y el aparecer la

hermosura del sol, es una cosa bellísima. Pues el cantar de las aves,

¿qué duda hay sino que suena entonces más dulcemente? y las flores y

las yerbas y el campo, todo despide de sí un tesoro de olor. Y como

cuando entra el rey de nuevo en alguna ciudad se adereza y hermosea

toda ella, y los ciudadanos hacen entonces plaza[372] y como alarde

de sus mejores riquezas; así los animales y la tierra y el aire, y

todos los elementos, a la venida del sol se alegran, y como para

recibirle, se hermosean y mejoran y ponen en público cada uno sus

bienes. Y como los curiosos suelen poner cuidado y trabajo por ver

semejantes recibimientos, así los hombres concertados y cuerdos,

aun por sólo el gusto, no han de perder esta fiesta que hace toda

la naturaleza al sol por las mañanas; porque no es gusto de un solo

sentido, sino general contentamiento de todos, porque la vista se

deleita con el nascer de la luz y con la figura[373] del aire y

con el variar de las nubes; a los oídos las aves hacen agradable

armonía; para el oler, el olor que en aquella sazón el campo y las

yerbas despiden de sí es olor suavísimo, pues el fresco del aire de

entonces templa con grande deleite el humor calentado con el sueño, y

cría salud y lava las tristezas del corazón, y no sé en qué manera le

despierta a pensamientos divinos antes que se ahogue en los negocios

del día.

Pero, si puede tanto con estos hijos de tinieblas el amor dellas,

que aun del día hacen noche, y pierden el fruto de la luz con el

sueño, y ni el deleite, ni la salud, ni la necesidad y provecho que

dicho habemos, son poderosos para los hacer levantar, vuestra merced

que es hija de luz, levántese con ella, y abra la claridad de sus

ojos cuando descubriere sus rayos el sol, y con pecho puro levante

sus manos limpias al Dador de la luz, ofresciéndole con santas y

agradescidas palabras su corazón, y después de hecho esto, y de

haber gozado del gusto del nuevo día, vuelta a las cosas de su casa,

entienda en su oficio.

Antología de prosistas castellanos · 第 44 / 79 题