Dirigiéndose al Obispo de Córdoba, don Pedro Portocarrero,
introduce Fray Luis los personajes que figurarán en el diálogo de
la obra, y supone que son tres amigos suyos, de su misma Orden de
San Agustín.
Era por el mes de Junio, a las vueltas[344] de la fiesta de San
Juan, al tiempo que en Salamanca comienzan a cesar los estudios,
cuando Marcelo, el uno de los que digo (que así le quiero llamar
con nombre fingido, por ciertos respetos que tengo, y lo mismo haré
a los demás), después de una carrera tan larga, como es la de un
año en la vida que allí se vive[345], se retiró, como a puerto
sabroso, a la soledad de una granja que, como vuestra merced sabe,
tiene mi monasterio en la ribera de Tormes[346]; y fuéronse con él,
por hacerle compañía, y por el mismo respeto, los otros dos. Adonde
habiendo estado algunos días, aconteció que una mañana, que era la
del día dedicado al apóstol San Pedro, después de haber dado al
culto divino[347] lo que se le debía, todos tres juntos se salieron
de la casa a la huerta que se hace[348] delante della. Es la huerta
grande, y estaba entonces bien poblada de árboles, aunque puestos sin
orden; mas eso mismo hacía deleite en la vista, y sobre todo, la hora
y la sazón.
Pues entrados en ella, primero, y por un espacio pequeño, se
anduvieron paseando y gozando del frescor, y después se sentaron
juntos a la sombra de unas parras y junto a la corriente de una
pequeña fuente, en ciertos asientos. Nace la fuente de la cuesta que
tiene la casa a las espaldas, y entraba en la huerta por aquella
parte, y corriendo y estropezando, parecía reírse. Tenían también
delante de los ojos y cerca dellos una alta y hermosa alameda. Y
más adelante, y no muy lejos, se veía el río Tormes, que aun en
aquel tiempo, hinchiendo bien sus riberas, iba torciendo el paso por
aquella vega. El día era sosegado y purísimo, y la hora muy fresca.
Así que, asentándose y callando por un pequeño tiempo, después de
sentados, Sabino (que así me place llamar al que de los tres era el
más mozo), mirando hacia Marcelo y sonriéndose, comenzó a decir así:
«Algunos hay a quien la vista del campo los enmudece[349], y debe
ser condición de espíritus de entendimiento profundo; mas yo, como
los pájaros, en viendo lo verde, deseo o cantar o hablar.»
--«Bien entiendo por qué lo decís--respondió al punto Marcelo--, y
no es alteza de entendimiento, como dais a entender por lisonjearme
o por consolarme, sino cualidad de edad y humores diferentes que nos
predominan y se despiertan con esta vista, en vos de sangre, y en mí
de melancolía[350]. Mas sepamos--dice--de Juliano[351] (que éste era
el nombre del tercero) si es pájaro también o si es de otro metal.»
--«No soy siempre de uno mismo--respondió Juliano--, aunque agora al
humor de Sabino me inclino algo más. Y pues él no puede agora razonar
consigo mismo mirando la belleza del campo y la grandeza del cielo,
bien será que nos diga su gusto acerca de lo que podremos hablar.»
Entonces Sabino, sacando del seno un papel escrito y no muy grande:
«Aquí, dice, está mi deseo y mi esperanza.»
Marcelo, que reconoció luego el papel, porque estaba escrito de su
mano, dijo, vuelto a Sabino y riéndose: «No os atormentará mucho el
deseo a lo menos, Sabino, pues tan en la mano tenéis la esperanza; ni
aun deben ser ni lo uno ni lo otro muy ricos, pues se encierran en
tan pequeño papel.»
--«Si fueren pobres--dijo Sabino--, menos causa tendréis para no
satisfacerme en una cosa tan pobre.»
--«¿En qué manera--respondió Marcelo--, o qué parte soy yo para
satisfacer a vuestro deseo, o qué deseo es el que decís?»
Entonces Sabino, desplegando el papel, leyó el título, que decía:
_De los nombres de Cristo_; y no leyó más, y dijo luego: «Por cierto
caso hallé hoy este papel, que es de Marcelo, adonde, como parece,
tiene apuntados algunos de los nombres con que Cristo es llamado en
la Sagrada Escritura, y los lugares de ella adonde es llamado así. Y
como le vi, me puso codicia de oirle algo sobre aqueste argumento,
y por eso dije que mi deseo estaba en este papel; y está en él mi
esperanza también, porque, como parece dél, éste es argumento en
que Marcelo ha puesto su estudio y cuidado, y argumento que le debe
tener en la lengua; y así, no podrá decirnos agora lo que suele
decir cuando se excusa, si le obligamos a hablar, que le tomamos
desapercibido. Por manera que, pues le falta esta excusa, y el tiempo
es nuestro, y el día santo, y la sazón tan a propósito de pláticas
semejantes, no nos será dificultoso el rendir a Marcelo, si vos,
Juliano, me favorecéis.»