(1527-1591)
Los dos primeros libros de los _Nombres de Cristo_ se imprimieron en
1583; los tres completos, en 1585. _La perfecta casada_, en 1586.
Como se ha visto, la prosa castellana contaba ya en el último tercio
del siglo XVI con muy notables cultivadores.
Fray Luis de León consideraba, sin embargo, que el idioma no había
logrado aún el cultivo esmerado y profundo de que era digno. Claro
es que no podía satisfacerle, aunque lo admiraba, el estilo humilde,
sencillo y descuidado de Santa Teresa; pero ya es más chocante que,
hablando del poco cultivo de la lengua, no dedique ni una alabanza,
ni un recuerdo, a su predecesor, Fray Luis de Granada; el estilo de
éste era un estilo oratorio que sin duda, no contentaba al maestro
León, por no encajar dentro del ideal de perfección artística que
él perseguía[338]. Así que se consideró a sí mismo, más que como
innovador, como padre de la prosa literaria, y no le faltaba alguna
razón.
El lenguaje de Fray Luis de Granada tenía solemnidad, elevación y
valentía; pero por estar aún el idioma poco diestro en la expresión
de razonamientos y pensamientos abstractos, no halla muchas veces
los recursos delicados de la construcción gramatical, y tiene algo
de desmañado y flojo. Por esto Fray Luis de León encontró que el
castellano encerraba tesoros aun no hallados de cadencia, proporción,
asiento y armonía.
Granada se esforzó en trabajar la frase, considerándola como un
silogismo, como un razonamiento o un apóstrofe; León le dedicó su
cuidado mirándola más especialmente como una obra de arte. Los
tratados del uno son como sermones puestos por escrito; los del otro,
como poesías redactadas en prosa[339]. El uno es más elocuente, el
otro más poeta; el uno es, en suma, orador, y el otro escritor.
Fray Luis de León nos declara que su arte era en todo reflexivo y
meditado; arte de selección cuidadosa de palabras, y hasta de letras;
arte de cálculo y medida en la disposición de frases; arte en todo
diestro, esmerado y primoroso que nos ofrece la lengua castellana
ataviada con todos los elementos poéticos y musicales de que es
capaz, y levantada a la altura de las lenguas clásicas.
Él mismo declara también que su empeño principal fué poner en el
habla del vulgo número, abundancia, entonación y armonía. Sin
embargo, a veces usa períodos defectuosos, y esto principalmente por
construirlos tan largos que casi se rompe el enlace de su comienzo
con su remate[340]. Además, las conjunciones _porque_ y _pues_
aparecen encabezando multitud de frases, con el pueril objeto de
encadenarlas materialmente a la que antecede, cuando de no ligarlas
de otra manera bastaría que esta trabazón corriera solamente a cargo
del pensamiento. En fin, pocas veces cae en la tentación de buscar
la falsa elegancia, puesta en moda ya desde el siglo XV, de remitir
afectadamente el verbo al fin de la proposición (verbi gracia:
«Con el calor del día y del sueño _encendidos_ demasiadamente y
_dañados_», pág. 175).
NOMBRES DE CRISTO
INTRODUCCIÓN AL LIBRO III
Declara Fray Luis en qué procuró mejorar el lenguaje de sus
escritos sobre el ordinario y familiar.
Mas a los que dicen que no leen aquestos mis libros por estar en
romance[341] y que en latín los leyeran, se les responde que les
debe poco su lengua, pues por ella aborrecen lo que, si estuviera
en otra, tuvieran por bueno. Y no sé yo de dónde les nace el estar
con ella tan mal; que ni ella lo merece, ni ellos saben tanto de la
latina que no sepan más de la suya, por poco que della sepan, como
de hecho saben della poquísimo muchos. Y destos son los que dicen
que no hablo en romance, porque no hablo desatadamente y sin orden,
y porque pongo en las palabras concierto y las escojo y les doy su
lugar; porque piensan que hablar romance es hablar como se habla en
el vulgo, y no conocen que el bien hablar no es común, sino negocio
de particular juicio[342], ansí en lo que se dice, como en la manera
como se dice; y negocio que de las palabras que todas hablan elige
las que convienen y mira el sonido dellas, y aun cuenta a veces las
letras, y las pesa y las mide y las compone, para que, no solamente
digan con claridad lo que se pretende decir, sino también con armonía
y dulzura. Y si dicen que no es estilo para los humildes y simples,
entiendan que, así como los simples tienen su gusto, así los sabios y
los graves y los naturalmente compuestos no se aplican bien a lo que
se escribe mal y sin orden; y confiesen que debemos tener cuenta con
ellos, y señaladamente en las escrituras que son para ellos solos,
como aquesta lo es.
Y si acaso dijeren que es novedad, yo confieso que es nuevo, y camino
no usado por los que escriben en esta lengua, poner en ella número,
levantándola del decaimiento ordinario. El cual camino quise yo
abrir[343], no por la presunción que tengo de mí, que sé bien la
pequeñez de mis fuerzas, sino para que los que las tienen se animen
a tratar de aquí adelante su lengua como los sabios y elocuentes
pasados, cuyas obras por tantos siglos viven, trataron las suyas,
y para que la igualen, en esta parte que le falta, con las lenguas
mejores, a las cuales, según mi juicio, vence ella en otras muchas
virtudes.