La humildad siempre labra, como la abeja en la colmena la miel... Mas
consideremos que la abeja no deja de salir a volar para traer flores,
ansí el alma en el propio conocimiento; créame[317], y vuele algunas
veces a considerar la grandeza y majestad de su Dios. Aquí hallará su
bajeza mejor que en sí mesma y más libre de las sabandijas, adonde
entran en las primeras piezas, que es el propio conocimiento, que
anque, como digo, es harta misericordia de Dios que se ejercite en
esto, tanto es lo de más como lo de menos, suelen decir. Y créanme,
que con la virtud de Dios obraremos muy mejor virtud, que muy atadas
a nuestra tierra. No sé si queda dado bien a entender; porque es cosa
tan importante este conocernos, que no querría en ello hubiese jamás
relajación, por subidas que estéis[318] en los cielos; pues mientra
estamos en esta tierra, no hay cosa que más nos importe que la
humildad. Y ansí torno a decir, que es muy bueno y muy rebueno[319]
tratar de entrar primero en el aposento adonde se trata de esto, que
volar a los demás, porque este es el camino; y si podemos ir por
lo seguro y llano, ¿para qué hemos de querer alas para volar? mas
que busque cómo aprovechar más en esto. Y a mi parecer, jamás nos
acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios: mirando su
grandeza, acudamos a nuestra bajeza, y mirando su limpieza, veremos
nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos
estamos de ser humildes. Hay dos ganancias de esto: la primera está
claro, que parece una cosa blanca, muy más blanca[320] cabe la negra,
y al contrario la negra cabe la blanca; la segunda es, porque nuestro
entendimiento y voluntad se hace más noble y más aparejado[321] para
todo bien, tratando a vueltas de sí con Dios; y si nunca salimos de
nuestro cieno de miserias, es mucho inconveniente.
CARTAS
CARTA 132
Al señor Lorenzo de Cepeda, hermano de la Santa; desde Toledo a 2
de Enero de 1577