Cuenta cómo pasó su primera edad

Éramos tres hermanas y nueve hermanos; todos parecieron a sus padres,

por la bondad de Dios, en ser virtuosos, si no fuí yo, aunque era

la más querida de mi padre; y antes que comenzase a ofender a

Dios, parece tenía alguna razón, porque yo he lástima cuando me

acuerdo[305] las buenas inclinaciones que el Señor me había dado y

cuán mal me supe aprovechar de ellas.

Pues[306] mis hermanos ninguna cosa me desayudaban a servir a Dios.

Tenía uno casi de mi edad; juntábamonos entramos[307] a leer vidas

de santos,--que era el que yo más quería, anque[308] a todos tenía

gran amor y ellos a mí--; como vía los martirios que por Dios las

santas pasaban, parecíame compraban muy barato el ir a gozar de Dios,

y deseaba yo mucho morir ansí; no por amor que yo entendiese tenerle,

sino por gozar tan en breve de los grandes bienes que leía haber en

el cielo; y juntábame con este mi hermano a tratar qué medio habría

para esto. Concertábamos irnos a tierra de moros, pidiendo por amor

de Dios, para que allá nos descabezasen; y paréceme que nos daba

el Señor ánimo en tan tierna edad, si viéramos algún medio, sino

que[309] el tener padres nos parecía el mayor embarazo. Espantábanos

mucho el decir que pena y gloria era para siempre en lo que leíamos.

Acaecíanos estar muchos ratos tratando de esto; y gustábamos de decir

muchas veces: _para siempre, siempre, siempre_. En pronunciar esto

mucho rato, era el Señor servido me quedase en esta niñez imprimido

el camino de la verdad.

De que vi que era imposible ir adonde me matasen por Dios,

ordenábamos ser ermitaños, y en una huerta que había en casa

procurábamos, como podíamos, hacer ermitas, poniendo unas

pedrecillas, que luego se nos caían; y ansí no hallábamos remedio

en nada para nuestro deseo; que ahora me pone devoción ver cómo me

daba Dios tan presto lo que yo perdí por mi culpa. Hacía limosna como

podía, y podía poco. Procuraba soledad para rezar mis devociones, que

eran hartas, en especial el rosario, de que mi madre era muy devota

y ansí nos hacía serlo. Gustaba mucho, cuando jugaba con otras niñas,

hacer monesterios, como que éramos monjas; y yo me parece deseaba

serlo, aunque no tanto como las cosas que he dicho.

Acuérdome que, cuando murió mi madre, quedé yo de doce años poco

menos; como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida

fuíme a una imagen de Nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre, con

muchas lágrimas[310]. Paréceme que, aunque se hizo con simpleza, que

me ha valido; porque conocidamente he hallado a esta Virgen soberana

en cuanto me he encomendado a ella, y, en fin, me ha tornado a sí.

Fatígame ahora ver y pensar en qué estuvo el no haber yo estado

entera en los buenos deseos que comencé. ¡Oh, Señor mío! pues parece

tenéis determinado que me salve, plega a vuestra Majestad sea ansí;

y de hacerme tantas mercedes como me habéis hecho, ¿no tuviérades

por bien, no por mi ganancia, sino por vuestro acatamiento, que no

se ensuciara tanto posada adonde tan contino habíades de morar?

Fatígame, Señor, aun decir esto, porque sé que fué mía toda la culpa;

porque no me parece os quedó a vos nada que hacer para que desde esta

edad no fuera toda vuestra. Cuando voy a quejarme de mis padres,

tampoco puedo, porque no vía en ellos sino todo bien, y cuidado de mi

bien.

Pues pasando de esta edad, que[311] comencé a entender las gracias de

naturaleza que el Señor me había dado, que según decían eran muchas,

cuando por ellas le había de dar gracias, de todas me comencé a

ayudar para ofenderle...

Paréceme que comenzó a hacerme mucho daño lo que ahora diré.

Considero algunas veces cuán mal lo hacen los padres que no procuran

que vean sus hijos siempre cosas de virtud de todas maneras;

porque con serlo[312] tanto mi madre, de lo bueno no tomé tanto en

llegando a uso de razón, ni casi nada, y lo malo me dañó mucho. Era

aficionada a libros de Caballerías[313], y no tan mal tomaba este

pasatiempo, como yo le tomé para mí; porque no perdía su labor, sino

desenvolvíemonos para leer en ellos; y por ventura lo hacía para

no pensar en grandes trabajos que tenía, y ocupar sus hijos, que

no anduviesen en otras cosas perdidos. Desto le pesaba tanto a mi

padre, que se había de tener aviso a que no lo viese. Yo comencé a

quedarme en costumbre de leerlos[314], y aquella pequeña falta que

en ella[315] vi, me comenzó a enfriar los deseos y comenzar[316] a

faltar en lo demás; y parecíame no era malo, con gastar muchas horas

del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque ascondida de mi

padre. Era tan en extremo lo que en esto me embebía, que si no tenía

libro nuevo, no me parece tenía contento.

LAS MORADAS

PRIMERAS MORADAS, CAPÍTULO II

Antología de prosistas castellanos · 第 37 / 79 题