(1504-1588)
El _Libro de la Oración y Meditación_ se imprimió por primera vez en
1567, y la _Introducción al Símbolo_, en 1582. El lenguaje castellano
había servido ya, no sólo para escribir libros de entretenimiento,
sino para tratar asuntos graves y doctrinales en manos de Fray
Antonio de _Guevara_, Juan de _Valdés_, Florián de _Ocampo_, etc.
Sin embargo, antes de Fray Luis de Granada, sólo el beato _Juan de
Avila_ († 1569) había empleado el romance en cuestiones de mística y
teología de un modo genial, entre varios de segundo orden.
«El Venerable Ávila, dice Capmany, había creado, por decirlo así, un
lenguaje místico de robusto y subido estilo, y el Venerable Granada
lo hermoseó, lo retocó con lumbres y matices y le dió número, fluidez
y grandiosidad en las cláusulas.»
Granada es el tipo acabado de la lengua oratoria del siglo XVI; el
espíritu popular de la predicación cristiana aparece en él unido
a las más altas cualidades artísticas de la persuasión; por la
amplitud del período recuerda a Cicerón, en quien se inspiraba;
alguno le llamó el _Cicerón de España_. Su principal empeño en
el terreno del arte parece haber sido enriquecer la construcción
sintáctica sacándola de la sencillez ordinaria de la conversación
a la complejidad y magnificencia del discurso elevado. En su obra
latina _Retórica eclesiástica_, código de sus principios artísticos,
se desentiende de la que allí se llama _composición sencilla o
simple_, diciendo que «no está sujeta a la ley de los números ni
tiene períodos _muy largos_, y della usamos nosotros _en el trato
familiar_»; en cambio, estudia con prolijidad la _composición doble_
que «usa de oraciones torcidas y _largas_»; a menudo deja traslucir
su predilección por las más complicadas construcciones, así que dice
de una de sus clases: «Cuanto más larga, tanto es más elegante, con
tal, empero, que guarde tasa en esta extensión.»
Es preciso notar en su período largo que ni suele serlo en exceso,
como el de algunos oradores de hoy día, ni tiene ordinariamente la
redondez del silogismo, sino que fluye más bien por la simple adición
de miembros; y se muestra la inexperiencia del que por primera vez
intenta una reforma, en que esa adición está, las más veces, hecha
con conjunciones meramente copulativas, y sobre todo por medio del
relativo _el cual_ (comp., página 89, nota 172), que aparece, no sólo
usurpando casi completamente el puesto de su sinónimo _que_, sino que
se usa mucho cuando para nada haría falta ligar dos miembros con los
lazos de relativo y antecedente, y sería menos pesado, por ejemplo,
enlazarlos por la simple copulativa y un demostrativo: _Los santos
mártires, siendo vencidos y muertos, vencieron y triunfaron del
mundo; lo cual muestra_ (y esto muéstralo) _una carta del Emperador
Maximino, el cual_ (quien) _después de haber intentado_, etc.
(Símbolo II.º, 13.º, § 3). _Esto nos declaran los cuatro postreros
capítulos del libro de Job, en los cuales_ (donde) _hablando Dios
con este santo, le da conocimiento de su omnipotencia...; para lo
cual_ (para ello) _comenzando por las partes mayores del universo...
discurre luego por todas las otras menores...; después de lo cual_
(y después) _desciende a tratar de los animales_ (Símbolo I.º, 1.º).
En los trozos que siguen se pueden ver muestras de los principales
aspectos del estilo de Fray Luis: el tono grandilocuente e inflamado
de la Meditación sobre el Juicio final; el tono retórico y declamador
empleado en la consideración del Descendimiento, que no parece que la
escribió, sino que la habla desde el púlpito, y la placidez risueña y
candorosa con que se deleita en la pintura de animales y plantas en
la primera parte del _Símbolo de la Fe_.