El Duque de Arcos, encargado por el Rey de las operaciones
militares en la sierra de Ronda, va a reconocer el fuerte de
Calalui, donde, en 1501, habían sufrido una gran derrota los
cristianos, en la que había muerto don Alonso de Aguilar, hermano
mayor del Gran Capitán. Mendoza, imitando a Tácito, hace una
sentida y patética descripción del lugar y del suceso.
(El Duque) mandó apercibir la gente de la Andalucía y de los señores
de ella, de a pie y de a caballo, con vitualla para quince días,
que era lo que parecía que bastase para dar fin a esta guerra. En
el entretanto que la gente se juntaba, le vino voluntad de ver y
reconocer el fuerte de Calalui[267], en Sierra Bermeja, que los moros
llaman Gebalhamar, adonde en tiempos pasados se perdieron don Alonso
de Aguilar y el Conde de Ureña[268]: don Alonso señalado capitán
y ambos grandes príncipes entre los andaluces; el de Ureña abuelo
suyo[269] de parte de su madre, y don Alonso bisabuelo de su mujer.
Salió de Casares descubriendo y asegurando los pasos de la montaña,
previsión necesaria por la poca seguridad en acontecimientos de
guerra y poca certeza de la fortuna. Comenzaron a subir la sierra,
donde se decía que los cuerpos habían quedado sin sepultura[270];
triste y aborrecible vista y memoria. Había entre los que miraban
nietos y descendientes de los muertos o personas que por oídas
conocían ya los lugares desdichados. Lo primero dieron en la
parte donde paró la vanguardia con su capitán por la escuridad de
la noche, lugar harto extendido y sin más fortificación que la
natural, entre el pie de la montaña y el alojamiento de los moros.
Blanqueaban calaveras de hombres y huesos de caballos, amontonados,
desparcidos, según, cómo y dónde habían parado; pedazos de armas,
frenos, despojos de jaeces[271]. Vieron más adelante el fuerte de los
enemigos, cuyas señales parecían pocas y bajas y aportilladas[272].
Iban señalando los pláticos de la tierra dónde habían caído
oficiales, capitanes y gente particular[273]; referían cómo y dónde
se salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el Conde de
Ureña[274] y Don Pedro de Aguilar, hijo mayor de Don Alonso; en qué
lugar y dónde se retrajo Don Alonso y se defendía entre dos peñas; la
herida que el Ferí, cabeza de los moros, le dió primero en la cabeza
y después en el pecho, con que cayó; las palabras que le dijo andando
a brazos: _¡Yo soy Don Alonso!_; las que el Ferí le respondió cuando
le hería: _Tú eres Don Alonso, mas yo soy el Ferí de Benestepar_, y
que no fueron tan desdichadas las heridas que dió Don Alonso como
las que recibió[275]; dónde mataron los capitanes rendidos, dónde
tomaron los estandartes, dónde los despedazaron y escarnecieron[276];
cómo lloraron a Don Alonso amigos y enemigos. Mas en aquel punto
renovaron los soldados el sentimiento; gente desagradecida sino en
las lágrimas. Mandó el general hacer memoria[277] por los muertos,
y rogaron los soldados que estaban presentes que reposasen en paz,
inciertos si rogaban por deudos o por extraños, y esto les acrecentó
la ira y el deseo de hallar gente contra quien tomar venganza.
Vista la importancia del lugar si los enemigos lo ocupasen, envió
dende a poco el Duque una bandera de infantería que entrase en el
fuerte y lo guardase. Vino en este tiempo resolución del Rey que
concedía a los moros cuasi todo lo que le pedían, que tocaba al
provecho dellos, y comenzaron algunos a reducirse...