Luisa, lanzando las palabras de su pecho con tal ansia, que parecía
que con ello le desahogaba de un peso insoportable.
--¡Y lo confiesas con esa frescura, Luisa?--dijo el otro haciéndose
cruces.
--¿Y por qué no he de confesarlo, Tolín? ¿Á quién ofendo con ello?
¿Qué hay en Andrés que no merezca estos malos ratos que estoy pasando
por él? ¿No es guapo? ¿No es un mozo como unas perlas? ¿No es bueno
y noble como un pedazo de pan? ¿No es fuerte y valeroso como un Cid?
¿No tiene, por tener de todo, tan buena posición como el mejor de los
mequetrefes que me pasean á mí la calle, con tanto gusto tuyo? ¿No
le tratamos y le estimamos de toda la vida?... Y siendo esto verdad,
¿por qué no he de... quererle yo; sí, señor, de quererle como le
quiero tantos años hace?...
--¿Pero es posible, Luisa, que tú, tan fría con todos los que te
tratan, tan dura de corazón con todos los que te miran, seas capaz
de querer á nadie con ese fuego!...
--Bajo la nieve hay volcanes, Tolín: no sé quién lo dijo por alguien
como yo; pero dijo en ello una gran verdad, según lo que á mí me pasa
ahora...
--Pues, hija mía, para una vez que te quemaste... ¡no hay duda que
fué bien á tiempo!
--¿Por qué lo dices, Tolín?
--Bien á la vista lo tienes, Luisa. ¡Te quemas por quien ni siquiera
repara en ello!
--Pues ahora reparará.
--¡Ahora!
--Ahora, sí... porque hasta ahora no ha sido necesario.
--¡Luisa! ¡Tú no estás en tus cabales! ¡Á un hombre, quizá mal
entretenido con una pescadora soez, ir á!...
--No hay tal entretenimiento, si es verdad lo que se ha contado.
--¡Y se quiere casar con ella!... Tú misma lo temías...
--Pues lo dije... por oirte... Pero aunque sea verdad, y aunque
también lo sea que está mal entretenido, por eso mismo hay que
abrirle los ojos para que vea lo que nunca se atrevió á mirar, porque
es humilde...
--¿Serías capaz de intentar eso, Luisa... de perder la cabeza hasta
ese extremo?
--Yo no sé, Tolín, de lo que sería capaz en el trance en que me
veo... Pero de todos modos, como no he de ser yo quien dé ese paso...
sino tú...
--¡Yo!... ¡Yo ir á ofrecer mi propia hermana!...
--¡Qué ofrecer ni qué calabaza, hombre! Con esa manera de llamar las
cosas, no hay decencia posible en nada. Pero si tú vas, y, con la
confianza que tienes con él, empiezas por afearle lo que ha hecho
y lo que piensa hacer... y le hablas de lo que él vale... de la
consideración que debe á su familia y á sus amigos... de lo bien que
le estaría una novia de entre lo principal del pueblo... y poco á
poco, poco á poco, te vas cayendo, cayendo hacia acá; y, sin decir
lo que yo pienso, le haces comprender que bien podría llegar á
pensarlo... y, en fin, todo lo que se te vaya ocurriendo...
--Luisa, ¡Luisilla de los demonios! Pero ¿cómo te estimas en tan
poco... y por quién me tomas?
--¡Ah grandísimo desalmado! ¡Ahí te quería esperar yo! ¿Por quién
me tomabas tú á mí cuando me hacías la rosca para que le cantara
esas mismas letanías del hijo de mi padre á mi amiga Angustias?
Entonces, el papel que me dabas era de lo más honroso... «Una hermana
mirando por el bien de su hermano... ¡uf! eso parte el corazón de
puro gusto... Así como quien no quiere la cosa, la vas enterando de
lo juicioso que soy... del arte que tengo para el escritorio... de
lo tierno que soy de entraña... de lo que yo me desvivo por cierta
mujer... de que me paso las noches en un suspiro...»
--¡Luisa, canario!--dijo entonces Tolín revolviéndose en su asiento
como si le estuvieran clavando un par de banderillas. Pero Luisa, sin
hacer caso maldito de la interrupción, antes bien gozándose en el
desasosiego de su hermano, continuó remedándole así:
--«... Pero como es tan corto de genio, antes se morirá de
hipocondría que decir á esa mujer, cuando está delante de ella: por
ahí te pudras.»
--¡Luisa!...
--Y por cierto, grandísimo desagradecido, que bien luégo y con buen
arte despaché tu comisión; y bien te allané el camino... y bien poco
te costó después llegar hasta donde has llegado á la hora presente,
que casi nada te falta ya para conseguir lo que deseabas, porque
hasta el erizo de su padre, don Silverio Trigueras, está hecho unas
mieles contigo. ¡Y ahora resulta que he estado yo haciendo un papel
de los más feos... y que!...
--¡Por vida del ocho de bastos, Luisa!... ¡Déjame hablar, ó te saco
al carrejo... y grito para que nos oigan!...
--Eso te faltaba, ¡egoistón!... ¡mal hermano!... ¿Y qué es lo que tú
puedes responder á esto que yo te digo?
--Que aunque todo ello fuera la pura verdad...
--¡Y más de otro tanto que no he querido decir!...
--Que aunque todo ello y lo que te hayas callado fuera la pura
verdad, son los dos casos muy diferentes.
--¡Diferentes! ¿Por dónde? ¿Por qué?
--Porque tú eres una señorita...
--Justo, y tú todo un caballero... Y es una mala vergüenza que un
caballero como tú, porque las mujeres están obligadas, por el bien
parecer, á tragarse todo cuanto sientan por un hombre y á no dárselo
á entender ni siquiera con una mala mirada, ayude á su propia hermana
á salir del ahogo en que se ve, despertando un poco la atención,
con cuatro palabras al caso, de un hombre que es además un amigo
de la mayor intimidad... ¡Bah! Pero que á un caballero, que tiene
obligación, por ser hombre, de ser valiente y arrojado y de ajustar
todas sus cuentas por sí mismo, le arregle una señorita un negocio
de esa clase... no tiene nada de particular: es una hazaña de
rechupete... y hasta obra de misericordia... ¿No le parece á usted el
don escrúpulos de Mari?... ¡Caramba! ¡No sé lo que te diría ahora,
si pudiera yo gritar todo lo que necesito!...
--Corriente. Pues lo doy por gritado, y déjame en paz.
--Así, hijo, así... ¡así se sale luégo del paso! ¡Y tenga usted
hermanos para eso; y desvívase usted por ellos!... y... ¡Virgen de
los Dolores!...
Aquí rompió á llorar la hermana de Tolín, como si el alma se le
saliera por la boca. Tolín trató de consolarla como mejor pudo;
pero aquel antojo estaba á prueba de reflexiones más poderosas que
las insulsas vaguedades que se le ocurrían al hijo de don Venancio
Liencres. De pronto dejó Luisa de llorar, y dijo resueltamente á su
hermano:
--Pues ten entendido que si no llegas á hacer lo que te encargo, voy
á hacerlo yo... ¡yo, por mí misma! Y seré capaz hasta de confesárselo
á su madre y á su padre... y al cura de la parroquia, si me apuras...
Y hasta sabrá la hija de don Silverio Trigueras el pago que tú das á
lo que la tonta de tu hermana hizo por tí.
Tolín estaba en ascuas; creía á su hermana muy abonada para cumplir
lo que ofrecía, y al mismo tiempo le asustaba lo peliagudo de la
empresa que le encomendaba. Sus deseos no eran malos, pero su
irresolución le encogía. Habló á Luisa nuevamente en este sentido,
suplicándola que le dejara buscar el modo y la ocasión á gusto de
él, porque todo se arreglaría con el tiempo.
--No, no--insistió la otra.--No hay un instante que perder. Mañana
mismo vas á dar el primer paso...
--Pero atiéndete á razones...
--Mira: en cuanto venga al escritorio, le llamas aparte; y solos allí
los dos... comienzas á hablarle, y después... ¡caramba! si fuera yo,
bien pronto se lo diría como deben decirse esas cosas...
--Y aunque todo saliera como deseas, tarambana del mismo diablo,
¿sabes tú la cara que pondría mamá?
--Eso corre de mi cuenta, Tolín. ¡Pues podía desaprobarlo! ¡Un
partido tan hermoso para mí!... Tú no te apures por eso, y cuídate de
lo otro.
--En fin--dijo el abrumado mozo, acaso para verse libre por entonces
de un asedio tan tenaz,--haré todo lo posible por complacerte.
--Es que hay que hacer--insistió Luisa sin cejar un punto,--no
solamente lo posible, sino todo lo que sea necesario... Y si esto se
hace ó no se hace, he de saberlo yo mañana por la noche, cuando venga
Andrés aquí... porque tú harás, discretamente, que venga sin falta...
¿lo entiendes bien?... ¡sin falta!
No había escape para Tolín; porque sabía muy bien que, en un
carácter como el de su hermana, todo estruendo era creíble como se
le metiera el antojo entre los cascos. Comprendió que hasta para
evitar campanadas más ruidosas era de necesidad cumplir con empeño la
peliaguda comisión, y á cumplirla así se obligó con su hermana.
Luégo que ésta se convenció de que la promesa de Tolín no era un vano
recurso para salir del paso, trocáronse sus denuestos en arrullos;
encendió su bujía, se despidió con un ferventísimo «adiós,» abrió la
puerta con mucho cuidado; y de puntillas, y más bien deslizándose que
pisando, llegó en un instante á su dormitorio y se encerró en él,
si no libre de inquietudes, con el ánimo más reposado después del
desahogo que acababa de dar á su berrinche.
En cambio Tolín, que se había levantado de la mesa con el espíritu
hecho una balsa de aceite, no pudo atrapar el sueño hasta bien cerca
de la madrugada. ¡El demonio de la chiquilla!...
[Ilustración]
[Ilustración]
XXVIII
LA MÁS GRAVE DE TODAS LAS CONSECUENCIAS
Todavía resonaban hacia la calle de la Mar los gritos de _¡apuyáaa!
¡apuyáaa!_ con que el _deputao_ del Cabildo de Abajo despertaba á los
mareantes recorriendo las calles en que habitaban, y aún no habían
llegado los más diligentes de ellos á la Zanguina para tomar la parva
de aguardiente ó el tazón de cascarilla, cuando ya Andrés, dolorido
de huesos y harto desmayado de espíritu, salía de los Arcos de Hacha,
atravesaba la bocacalle frontera y entraba en el Muelle buscando la
Rampa Larga. Eran apenas las cinco de la mañana, y no había otra luz
que la tenue claridad del horizonte, precursora del crepúsculo, ni se
notaban otros ruidos que el de sus propios pasos, el de las voces de
algún muchacho de lancha, ó el de los remos que éstos movían sobre
los bancos. La negra silueta del aburrido sereno que se retiraba
á su hogar dando por terminado su penoso servicio, ó el confuso
perfil del encogido bracero á quien arrojaba del pobre lecho la dura
necesidad de ganarse el incierto desayuno, eran los únicos objetos
que la vista percibía en toda la extensión del Muelle, descollando
sobre la blanca superficie de su empedrado.
Para los fines de Andrés, aquella madrugada ofrecía mejor aspecto
que la noche precedente. Estaba menos enrarecida la atmósfera; se
aspiraba un ambiente casi fresco; y aunque en los celajes, sobre la
línea del horizonte por donde había de aparecer el sol, se notaban
ciertos matices rojos, este detalle, por sí solo, tenía escasísima
importancia.
De la misma opinión fué Reñales, en cuya lancha le esperaba ya
Andrés, muy impaciente; pues en cada bulto que distinguía sobre el
Muelle, creía ver un emisario de su casa que corría en busca suya.
Porque es de advertir, aunque no sea necesario, que su corto sueño
sobre el banco de la taberna fué una incesante pesadilla en la cual
vió, con todos los detalles de la realidad, las angustias de su
madre que clamaba por él y le esperaba sin un instante de sosiego;
las inquietudes, los recelos y hasta la ira de su padre, que andaba
buscándole inútilmente de calle en calle, de puerta en puerta; y,
por último, las conjeturas, los consuelos, los amargos reproches...
y hasta las lágrimas, entre los dos. Este soñado cuadro no se borró
de su imaginación después de despertar. Le atormentaba el espíritu
y robaba las fuerzas á su cuerpo; pero el plan estaba trazado: era
conveniente, y había que realizarle á toda costa.
Al fin se oyó en el Muelle un rumor de voces ásperas y de pisadas
recias; llegó á la Rampa un tropel de pescadores cargados con sus
artes, su comida, sus ropas de agua, y muchos de ellos con una
buena porción del aparejo de la lancha; y vió complacidísimo Andrés
cómo la de Reñales quedó en breves momentos aparejada y completa de
tripulantes.
Armáronse los remos; arrimóse al suyo, á popa y de pie, el patrón
para gobernar; desatracóse la lancha; recibió el primer empuje de sus
catorce remeros; púsose en rumbo hacia afuera, y comenzó su quilla
sutil á rasgar la estirada, quieta y brillante superficie de la
bahía. Pero por diligente que anduvo, otras la precedían, del mismo
Cabildo y del de Arriba; y cuando llegó á la altura de la Fuente
Santa, dejaba por la popa la barquía de Mocejón, en la cual vió
Andrés á Cleto, cuya triste mirada, por único saludo, agitó en su
memoria los mal apaciguados recuerdos del suceso de la víspera, causa
de aquélla su descabellada aventura.
La luz del crepúsculo comenzaba entonces á dibujar los perfiles de
todos los términos de lo que antes era, por la banda de estribor,
confuso borrón, negra y prolongada masa, desde el cabo Quintres hasta
el monte de Cabarga; apreciábase el reflejo de la costa de San Martín
en el cristal de las aguas que hendía la esbelta embarcación, y en
las praderas y sembrados cercanos renacía el ordenado movimiento de
la vida campestre, la más apartada de las batallas del mundo. Á la
derecha, rojeaban los arenales de las Quebrantas, arrebujados en
lo alto con el verdoso capuz del cerro que sostenían, y hundiendo
sus pies bajo las ondas mansísimas con que el mar, su cómplice
alevoso, se los besaba, entre blandos arrullos. Parecían dos tigres
jugueteando, en espera de una víctima de su insaciable voracidad.
No sé si Andrés, sentado á popa cerca del patrón, aunque miraba
silencioso á todas partes, veía y apreciaba de semejante modo los
detalles del panorama que iba desenvolviéndose ante él; pero está
fuera de duda que no ponía los ojos en un cuadro de aquéllos, sin
sentir enconadas las heridas de su corazón y recrudecida la batalla
de sus pensamientos. Por eso anhelaba salir cuanto antes de aquellas
costas tan conocidas y de aquellos sitios que le recordaban tantas
horas de regocijo sin amargores en el espíritu ni espinas en la
conciencia; y por ello vió con gusto que, para aprovechar el fresco
terral que comenzaba á sentirse, se izaban las velas, con lo que se
imprimía doblado impulso al andar de la lancha.
Con la cabeza entre las manos, cerrados los ojos y atento el oído al
sordo rumor de la estela, llegó hasta la Punta del puerto, y abocó á
la garganta sombría que forman el peñasco de Mouro y la costa de acá;
y sin moverse de aquella postura, alabó á Dios desde lo más hondo
de su corazón, cuando Reñales, descubriéndose la cabeza, lo ordenó
así con fervoroso mandato; porque allí empezaba la tremenda región
preñada de negros misterios, entre los cuales no hay instante seguro
para la vida; y sólo cuando los balances y cabeceos de la lancha le
hicieron comprender que estaba bien afuera de la barra, enderezó el
cuerpo, abrió los ojos y se atrevió á mirar, no hacia la tierra,
donde quedaban las raíces de su pesadumbre, sino al horizonte sin
límites, al inmenso desierto en cuya inquieta superficie comenzaban á
chisporrotear los primeros rayos del sol, que surgía de los abismos
entre una extensa aureola de arrebolados crespones. Por allí, por
allí se iba á la soledad y al silencio imponentes de las grandes
maravillas de Dios y al olvido absoluto de las miserables rencillas
de la tierra, y hacia allí quería él alejarse volando; y por eso le
parecía que la lancha andaba poco, y deseaba que la brisa que henchía
sus velas se trocara súbitamente en huracán desatado.
Pero la lancha, desdeñando las impaciencias del fogoso muchacho,
andaba su camino honradamente, corriendo lo necesario para llegar á
tiempo al punto á donde la dirigía su patrón. El cual llamó de pronto
la atención de Andrés para decirle:
--Mire usté qué _manjúa_ de sardinas.
Y le apuntaba hacia una extensa mancha obscura, sobre la cual
revoloteaba una nube de gaviotas. Por estas señales se conocía la
manjúa. Después añadió:
--Buen negocio pa las barquías que hayan salido á eso. Cuando yo
venga á sardinas, me saltarán las merluzas á bordo. Suerte de los
hombres.
Y la lancha siguió avanzando mar adentro, mientras la mayor parte de
sus ociosos tripulantes dormían sobre el panel; y cuando Andrés se
resolvió á mirar hacia la costa, no pudo reconocer un solo punto de
ella, porque sus ojos inexpertos no veían más que una estrecha faja
parduzca, sobre la cual se alzaba un monigote blanquecino, que era el
faro de Cabo Mayor, por lo que el patrón le dijo.
Y aún seguía alejándose la lancha hacia el Noroeste, sin la menor
sorpresa de Andrés; pues aunque nunca había salido tan afuera, sabía
por demás que para la pesca de la merluza suelen alejarse las lanchas
quince y diez y ocho millas del puerto; y cuando se trata del bonito,
hasta doce ó catorce leguas; por lo cual van provistas de compás para
orientarse á la vuelta.
Á medida que la esbelta y frágil embarcación avanzaba en su
derrotero, iba Andrés esparciendo las brumas de su imaginación y
haciéndose más locuaz. Contadísimas fueron las palabras que había
cambiado con el patrón desde su salida de la Rampa Larga; pero
en cuanto se vió tan alejado de la costa, no callaba un momento.
Preguntaba, no sólo cuanto deseaba saber, sino lo que, de puro
sabido, tenía ya olvidado: sobre los sitios, sobre los aparejos,
sobre las épocas, sobre las ventajas y sobre los riesgos. Averiguó
también á cuántos y á quiénes de los pescadores que iban allí había
alcanzado la leva, y supo que á tres, uno de ellos su amigo Cole,
que era de los que á la sazón dormían bien descuidados. Y lamentó la
suerte de aquellos mareantes; y hasta discurrió largo y tendido sobre
si esa carga que pesaba sobre el gremio era más ó menos arreglada á
justicia, y si se podía ó no se podía imponer en otras condiciones
menos duras; y hasta apuntó unas pocas por ejemplo. ¡Quién sabe de
cuántas cosas habló!
Y hablando, hablando de todo lo imaginable, llegó el patrón á mandar
que se arriaran las velas, y la lancha á su paradero.
Mientras el aparejo de ella se arreglaba, se disponían los de pesca
y se ataban las _lascas_ sobre los careles, Andrés paseó una mirada
en derredor, y la detuvo largo rato sobre lo que había dejado atrás.
Todo aquel extensísimo espacio estaba salpicado de puntitos negros,
que aparecían y desaparecían á cada instante en los lomos ó en los
pliegues de las ondas. Los más cercanos á la costa eran las barquías,
que nunca se alejaban del puerto más de tres ó cuatro millas.
--Aquellas otras lanchas--le decía Reñales, respondiendo á alguna de
sus preguntas y trazando en el aire con la mano, al propio tiempo,
un arco bastante extenso,--están á besugo. Estas primeras, en el
_Miguelillo_; las de allí, en el _Betún_, y éstas de acá, en el
_Laurel_. Ya usté sabe que esos son los mejores _placeres_ ó sitios
de pesca pa el besugo.
Andrés lo sabía muy bien por haber llegado una vez hasta uno de
ellos; pero no por haber visto tan de lejos y tan bien marcados á los
tres.
De las lanchas de merluza, con estar tan afuera la de Reñales, era la
menos alejada de la costa. Apenas la distinguían los ojos de Andrés;
pero los del patrón y los de todos los tripulantes hubieran visto
volar una gaviota encima de Cabo Menor.
Al ver largar los cordeles por las dos bandas después de bien
encarnados los anzuelos en sus respectivas sotilezas de alambre,
Andrés se puso de codos sobre el carel de estribor, con los ojos
fijos en el aparejo más próximo, que sostenía en su mano el pescador
después de haberle apoyado sobre la redondeada y fina superficie de
la lasca, para no rozar la cuerda con el áspero carel al ser halada
para adentro con la merluza trabada. Pasó un buen rato, bastante
rato, sin que en ninguno de los aparejos se notara la más leve
sacudida. De pronto gritó Cole desde proa:
--¡Alabado sea Dios!
Ésta era la señal de la primera mordedura. En seguida, halando Cole
de la cuerda y recogiendo medias brazas precipitadamente, pero no sin
verdaderos esfuerzos de puño, embarcó en la lancha una merluza, que
á Andrés, por no haberlas visto pescar nunca, le pareció un tiburón
descomunal. El impresionable mozo palmoteaba de entusiasmo. Momentos
después veía embarcar otra, y luégo otra, y en seguida otras dos; y
tanto le enardecía el espectáculo, que solicitó la merced de que le
cedieran una cuerda para probar fortuna con ella. Y la tuvo cumplida,
pues no tardó medio minuto en sentir trabada en su anzuelo una
merluza. ¡Pero al embarcarla fué ella! Hubiera jurado que tiraban de
la cuerda hacia el fondo del mar cetáceos colosales, y que le querían
hundir á él y á la lancha y á cuantos estaban dentro de ella.
--¡Que se me va... y que nos lleva!--gritaba el iluso, tira que tira
del cordel. Echóse á reir la gente al verle en tal apuro; acercósele
un marinero, y, colocando el aparejo como era debido, demostróle
prácticamente que, sabiendo halar, se embarca sin dificultad un
ballenato, cuanto más una merluza de las medianas, como aquélla.
--Pues ahora lo veremos,--dijo Andrés nervioso de emoción, volviendo
á largar su cordel.
¡Ni pizca se acordaba entonces de las negras aventuras que á aquellas
andanzas le habían arrastrado!
Indudablemente estaba dotado por la naturaleza de excepcionales
aptitudes para aquel oficio y cuanto con él se relacionara. Desde la
segunda vez que arrojó su cuerda á los abismos del mar, ninguno de
los compañeros de la lancha le aventajó en destreza para embarcar
pronto y bien una merluza.
Lo peor fué que dieron éstas de repente en la gracia de no acudir
al cebo que se les ofrecía en sus tranquilas profundidades, ó de
largarse á merodear en otras más de su gusto; y se perdieron las
restantes horas de la mañana en inútiles tentativas y sondeos.
Se habló, en vista de ello, de salir más afuera todavía, ó, como se
dice en la jerga del oficio, de hacer otra _impuesta_.
--No está hoy el jardín pa flores--dijo Reñales reconociendo los
horizontes.--Vamos á comer en paz y en gracia de Dios.
Entonces cayó Andrés en la cuenta de que, al salir de la Zanguina, no
se había acordado de proveerse de un mal zoquete de pan. Felizmente
no le atormentaba el hambre; y con algo de lo que le fueron
ofreciendo de los fiambres que llevaban en sus cestos los pescadores,
y un buen trago de agua de la del barrilito que iba á bordo,
entretuvo las escasas necesidades de su estómago.
La brisa, entre tanto, iba encalmándose mucho; por el horizonte
del Norte se extendía un celaje terso y plomizo, que entre el
Este y el Sur se descomponía en grandes fajas irregulares de azul
intenso, estampadas en un fondo anaranjado brillantísimo; sobre los
Urrieles, ó Picos de Europa, se amontonaban enormes cordilleras de
nubarrones; y el sol en lo más alto de su carrera, cuando no hallaba
su luz estorbos en el espacio, calentaba con ella bastante más de
lo regular. Los celadores de las lanchas más internadas en la mar,
tenían hecha la señal de «_precaución_,» con el remo alzado en
la bagra; pero en ninguno de ellos ondeaba la bandera que indica
«_recoger_.»
Reñales estaba tan atento á aquellos celajes y estos signos, como á
las tajadas que con los dedos de su diestra se llevaba á la boca de
vez en cuando; pero sus compañeros, aunque tampoco los perdían de
vista, no parecían darles tanta importancia como él.
Andrés le preguntó qué opinaba de todo ello.
--Que me gusta muy poco cuando estoy lejos del puerto...
De pronto, señalando hacia Cabo Mayor, dijo poniéndose de pie:
--Mirad, muchachos, lo que nos cuenta Falagán.
Entonces Andrés, fijándose mucho en lo que le indicaban los
pescadores que estaban más cerca de él, vió tres humaredas que se
alzaban sobre el cabo. Era la señal de que el sur arreciaba mucho en
bahía. Dos humaredas solas hubieran significado que la mar rompía en
la costa.
Malo es el sur desencadenado para tomarla las lanchas á la vela; pero
es más temible que por eso, por lo que suele traer de improviso: el
galernazo, ó sea la virazón repentina al noroeste.
De estos riesgos trataba de huir Reñales tomando cuanto antes la
vuelta al puerto. Mirando hacia él, vió que las barquías estaban
embocándole ya, y que las lanchas besugueras trataban de hacer lo
mismo. Sin pérdida de un instante, mandó izar las velas; y como el
viento era escaso, se armaron también los remos. Todas las lanchas de
altura imitaron su ejemplo.