Andrés no era aprensivo en trances como aquél; y por no serlo, se

admiraba no poco al observar que según iba acercándose á la costa se

complacía tanto en ello como horas antes en alejarse. Y observaba

más: observaba que ya no le parecían tan grandes, tan terribles, tan

insuperables aquellas tormentas que le habían arrebatado de su casa y

hecho pasar una noche de perros en un rincón de la Zanguina; que bien

pudo haber sido un poco menos terco con su padre, y con ello sólo se

hubiera ahorrado la mala noche y todo lo que á ella siguió, incluso

la aventura en que se encontraba, la cual, aunque le había recreado

grandemente, le dejaba el amargor de su motivo... y, por último, que

le inquietaba bastante el poco andar de la lancha. Y con observar

todo esto, y con asombrarse de ello, y con no apartar sus ojos de la

nublada faz de Reñales sino para llevarlos á las no muy alegres de

sus compañeros, ó hacia los peñascos, cada vez más perceptibles, de

la costa, no caía en la cuenta de que todo aquel milagro era obra

de un inconsciente apego á la propia pelleja, amenazada de un grave

riesgo que se leía bien claro en la actitud recelosa de aquellos

hombres tan avezados á los peligros del mar.

Pasó así más de una hora, sin que en la lancha se oyeran otros

rumores que el crujir de los estrovos, las acompasadas caídas de los

remos en el agua, y el ardiente respirar de los hombres que ayudaban

con su fatiga á las lonas á medio henchir. Á ratos era el aire algo

más fresco, y entonces descansaban los remeros. En los celajes no se

notaba alteración de importancia. Por la popa y por la proa se veían

las lanchas que llevaban el mismo derrotero que la de Reñales.

Todo iba, pues, lo mejor de lo posible, y así continuó durante otra

media hora; y llegó Andrés á reconocer bien distintamente, sin

el auxilio de ojos extraños, los Urros de Liencres, y luégo los

acantilados de la Virgen del Mar.

De pronto percibieron sus oídos un pavoroso rumor lejano, como si

trenes gigantescos de batalla rodaran sobre suelos abovedados; sintió

en su cara la impresión de una ráfaga húmeda y fría, y observó que

el sol se obscurecía y que sobre la mar avanzaban, por el Noroeste,

grandes manchas rizadas, de un verde casi negro. Al mismo tiempo

gritaba Reñales:

--¡Abajo esas mayores!... ¡El tallaviento solo!

Y Andrés, helado de espanto, vió á aquellos hombres tan valerosos

abandonar los remos y lanzarse, descoloridos y acelerados, á cumplir

los mandatos del patrón. Un solo instante de retardo en la maniobra,

hubiera ocasionado el temido desastre; porque apenas quedó izado

el tallaviento, una racha furiosa, cargada de lluvia, se estrelló

contra la vela, y con su empuje envolvió la lancha entre rugientes

torbellinos. Una bruma densísima cubrió los horizontes, y la línea de

la costa, mejor que verse, se adivinaba por el fragor de las mares

que la batían, y el hervor de la espuma que la asaltaba por todas sus

asperezas.

Cuanto podía abarcar entonces la vista en derredor, era ya un

espantoso resalsero de olas que se perseguían en desatentada carrera,

y se azotaban con sus blancas crines sacudidas por el viento. Correr

delante de aquella furia desatada, sin dejarse asaltar de ella, era

el único medio, ya que no de salvarse, de intentarlo siquiera. Pero

el intento no era fácil, porque solamente la vela podía dar el empuje

necesario, y la lancha no resistiría sin zozobrar ni la escasa lona

que llevaba en el centro.

Andrés lo sabía muy bien; y al observar cómo crujía el palo en su

carlinga, y se ceñía como una vara de mimbre, y crepitaba la vela, y

zambullía la lancha su cabeza, y tumbaba después sobre un costado,

y la mar la embestía por todas partes, no preguntó siquiera por qué

el patrón mandó arriar el tallaviento y armar _la unción_ en el

castillete de proa. Más que lo que la maniobra significaba en aquel

momento angustioso, heló la sangre en el corazón de Andrés el nombre

terrible de aquel angosto lienzo desplegado á la mitad de un palo muy

corto. _¡La unción!_ Es decir, entre la vida y la muerte.

Por fortuna, la lancha la resistió mejor que el tallaviento; y con

su ayuda, volaba entre el bullir de las olas. Pero éstas engrosaban

á medida que el huracán las revolvía; y el peligro de que rompieran

sobre la débil embarcación, crecía por instantes. Para evitarle se

agotaban todos los medios humanos. Se arrojaron por la popa los

hígados del pescado que iba á bordo, y se extendió por el mismo lado

el tallaviento flotante. Se conseguía algo, pero muy poco, con estos

recursos... ¡Huir, huir por delante!... Esto sólo, ó resignarse á

perecer.

Y la lancha seguía encaramándose en las crestas espumosas, y cayendo

en los abismos, y volviendo á erguirse animosa para caer en seguida

en otra sima más profunda, y ganando siempre terreno, y procurando,

al huir, no presentar á las mares el costado.

De tiempo en tiempo, los pescadores clamaban fervorosos:

--¡Virgen del Mar, adelante!... ¡Adelante, Virgen del Mar!

Á Andrés le parecían siglos los minutos que llevaba corridos en

aquel trance espantoso, tan nuevo para él; y comenzaba á aturdirse

y á desorientarse entre el estruendo que le ensordecía; la blancura

y movilidad de las aguas, que le deslumbraban; la furia del viento

que azotaba su rostro con manojos de espesa lluvia; los saltos

vertiginosos de la lancha, y la visión de su sepultura entre los

pliegues de aquel abismo sin límites. Sus ropas estaban empapadas en

el agua de la lluvia y la muy amarga que descendía sobre él después

de haber sido lanzada al espacio, como densa humareda, por el choque

de las olas; flotaban al aire sus cabellos goteando, y comenzaba á

tiritar de frío. Ni intentaba siquiera desplegar sus labios con una

sola pregunta. ¿Para qué esta inútil tentativa? ¿No lo llenaban todo,

no respondían á todo cuanto pudiera preguntar allí la mísera voz

humana, los bramidos de la galerna?

Así pasó largo rato mirando maquinalmente cómo sus compañeros de

martirio, con el ansia de la desesperación unas veces, y otras con la

serenidad de los corazones impávidos, desalojaban, con cuantos útiles

servían para ello, el agua que embarcaba en la lancha algún maretazo

que la alcanzaba por la popa, ó movían el aparejo, á una señal del

patrón en un instante de respiro.

El exceso mismo del horror, suspendiendo el ánimo de Andrés, fué

predisponiendo su discurso á la actividad regularizada y á la

coordinación de las ideas, aunque en una órbita algo extraña á las

condiciones de un espíritu constituído como el suyo. Por ejemplo: no

discurrió sobre las probabilidades que tenía de salvarse. Para él era

ya cosa indiscutible y resuelta el morir allí. Pero le preocupó mucho

la clase de muerte que le esperaba; y analizó el fatal suceso momento

por momento y detalle por detalle. Del minucioso análisis dedujo que

su propio cuerpo arrojado de pronto en aquel infierno rugiente, en

la escala de una proporción rigurosa representaba mucho menos que el

átomo que cae en las fauces de un tigre con el aire que éste aspira

en un bostezo. Pero ¿cabía imaginar un desamparo, una soledad, un

desconsuelo más espantosos en derredor de un hombre para morir? En

seguida pasaron por su memoria, en triste desfile, los mártires que

él recordaba de la numerosa legión de héroes, á la cual pertenecían

los desventurados que le rodeaban, destinados quizás á desaparecer

también, de un momento á otro, en aquel horrible cementerio. Y

los vió, uno por uno, luchar brevísimos instantes con las fuerzas

de la desesperación, contra el inmenso poder de los elementos

desencadenados; hundirse en los abismos; reaparecer con el espanto

en los ojos y la muerte en el corazón, y volver á sumergirse para no

salir ya sino como informe despojo de un gran desastre flotando entre

los pliegues de las olas y arrastrados al capricho de la tempestad.

Y viéndolos á todos así, llegó á ver á Mules; y viendo á Mules,

se acordó de su hija; y acordándose de su hija, por una lógica

asociación de ideas llegó á pensar en todo lo que le había pasado y

fué causa de que él se viera en el riesgo en que se veía, y entonces,

á la luz que sólo perciben los ojos humanos en las fronteras de la

muerte, estimó en su verdadera importancia aquellos sucesos; y se

avergonzó de sus ligerezas, de su insensatez, de sus ingratitudes, de

su última locura, causa, quizá, de la desesperación de sus padres; y

volvió su mortal naturaleza á reclamar sus derechos; y amó la vida,

y le espantaron de nuevo los peligros que corría en aquel instante;

y temió que Dios hubiera dispuesto arrancársela de aquel modo, en

castigo de su pecado.

Temblaba de horror; y cada crujido del fúnebre aparejo, cada

estremecimiento de la lancha, cada maretazo que la alcanzaba, le

parecía la señal del último desastre. Para colmo de angustias, vió de

pronto, por su banda, flotar un remo entre las espumas alborotadas;

y en seguida otros dos. También lo vieron los contristados

pescadores. Y vieron más á los pocos momentos: vieron una masa negra

dando tumbos entre las olas. Era una lancha perdida. ¿De quién? ¿Y

sus hombres? Estas preguntas leía Andrés en las caras lívidas de sus

compañeros. Notó que, puestos de rodillas y elevando los ojos al

cielo, hacían la promesa de ir al día siguiente, descalzos y cargados

con los remos y las velas, á oir una misa á la Virgen, si Dios obraba

el milagro de salvarles la vida en aquel riesgo terrible. Andrés

elevó al cielo la misma oferta desde el fondo de su corazón cristiano.

Por obra de esta nueva impresión, le asaltó otro pensamiento que

impregnó de amargura su alma generosa. Si él salía vivo de allí,

en su mano estaba no volver á exponerse á tales riesgos; pero los

infelices que le acompañaban, aunque con él se salvaran entonces, ¿no

sentirían amargado el placer de salvarse con los recelos de perecer á

la hora menos pensada en otra convulsión de la mar, tan repentina y

horrorosa como aquélla? ¡Desdichado oficio, que tales quiebras tenía!

Y fué reparando, uno por uno, en todos los pescadores de la lancha.

De todo había allí: desde el mozo imberbe hasta el viejo encanecido;

y todos parecían más resignados que él; y, sin embargo, cada una

de aquellas vidas era más necesaria en el mundo que la suya. Esta

consideración, hiriéndole la fibra del amor propio, infundió algún

calor á sus ánimos abatidos.

Y la tempestad seguía desenfrenada, y la lancha corriendo, loca y

medio anegada ya, delante de ella. En uno de sus bandazos, estuvo su

carel á medio palmo de un bulto que se mecía entre dos aguas, dejando

flotantes sobre ellas espesos manojos de una cabellera cerdosa.

--¡Muergo!--gritó Reñales, queriendo, al mismo tiempo, apoderarse del

cadáver con una de sus manos.

Andrés sintió que el frío de la muerte le invadía otra vez el

corazón, que la vida iba á faltarle; y sólo un acontecimiento como

el ocurrido allí en el mismo instante, pudo rehacer sus fuerzas

aniquiladas.

Y fué que Reñales, por coincidir su movimiento con un recio balance

de la lancha, perdió el equilibrio y cayó sobre el costado derecho,

dándose un golpe en la cabeza contra el carel. Sin gobierno la

lancha, atravesóse á la mar; saltó hecho astillas el palo, y arrebató

el viento la vela. Andrés entonces, comprendiendo la gravedad del

nuevo peligro,

--¡Á los remos!--gritó á los consternados pescadores, lanzándose él

al de popa, abandonado por Reñales al caer, y poniendo la lancha

en rumbo conveniente, con destreza y agilidad bien afortunadas para

todos.

Pasaban entonces por delante de Cabo Menor, sobre cuyas espaldas de

roca avanzaban las mares para despeñarse al otro lado en bramadora

cascada. Desde allí, ó mejor dicho, desde Cabo Mayor, á la boca del

puerto, y siguiendo por el islote de Mouro hasta el cabo Quintres y

el de Ajo, toda la costa era una sola cenefa de mugidoras espumas que

hervían y trepaban, y se asían á los acantilados, y volvían á caer

para intentar de nuevo el asalto, al empuje inconcebible de aquellas

montañas líquidas que iban á estrellarse furiosas, sin punto de

sosiego, contra las inconmovibles barreras.

--¡Adelante, Virgen del Mar!--repetían con voz firme los remeros al

compás de su fatiga.

Andrés, empuñando su remo; clavados sus pies, más que asentados,

en el panel de la lancha; luchando y viendo luchar á sus valerosos

compañeros con esfuerzo sobrehumano, contra la muerte que los

amenazaba por todas partes, comenzaba á sentir la sublimidad de

tantos horrores juntos, y alababa á Dios delante de aquel pavoroso

testimonio de su grandeza.

Á todo esto, Reñales no movía pie ni mano; y Cole, que achicaba el

agua sin cesar con otro compañero, á una señal de Andrés, que estaba

en todo, suspendió su importantísimo trabajo y acudió á levantar

al patrón, que había quedado aturdido con el golpe y sangraba

copiosamente por la herida que se había causado en la cabeza.

Atendiósele lo menos mal que se pudo en tan apurada situación; y

con ello fué reanimándose poco á poco, hasta que intentó volver

á su puesto cuando la lancha, cruzando como un rayo por delante

del Sardinero, llegaba enfrente de la Caleta del Caballo. Pero en

aquellos instantes, además de la serenidad y de la inteligencia, se

necesitaba fuerza no común para gobernar; y á Reñales le faltaba esta

última condición tan importante, al paso que Andrés, en el punto en

que se hallaba de la costa, las reunía todas sobradamente.

--Pues ¡adelante!--le dijo el patrón acurrucándose en el panel,

porque su cabeza dolorida no podía resistir los azotes de la

tempestad,--¡y que se cumpla la voluntá de Dios!

¡Adelante! Adelante era acometer al puerto, es decir, jugar la

vida en el último y más imponente azar; porque el puerto estaba

cerrado por una serie de murallas, de olas enormes, que, al llegar

al angosto boquete y sentirse oprimidas allí, parte de cada una de

ellas asaltaba y envolvía el escueto peñasco de Mouro, y el resto

se lanzaba á la obscura gola, y la henchía, y alzaba sus espaldas

colosales para caber mejor, y á su paso retemblaban los ingentes

muros de granito. Pero ¿cómo huir del puerto? ¿Á dónde tirar en

busca de un refugio? ¿No era un milagro cada instante que pasaba sin

que la lancha zozobrase en el horrible camino que traía?

Lo menos malo de aquella situación era que iba á resolverse muy

pronto; y esta convicción se leía bien claramente en las caras de los

tripulantes, fijas en la de Andrés é inmóviles, como si de repente se

hubieran petrificado todas á la vez, por obra de un mismo pensamiento.

--Ya lo sabe usté, don Andrés--dijo Reñales á éste:--enfilando por

la proba el alto de Rubayo y el Codío de Solares, es la media barra

justa.

--Cierto--respondió amargamente Andrés, sin apartar los ojos de la

boca del puerto, ni sus manos del remo con que gobernaba;--pero

cuando no se ven ni el Codío de Solares ni el alto de Rubayo, como

ahora, ¿qué se hace, Reñales?

--Ponerse en manos de Dios y entrar por donde se pueda,--respondió

el patrón, después de una breve pausa, y devorando con los ojos el

horrible atolladero que no distaba ya dos cables de la lancha.

Hasta entonces, todo lo que fuera correr delante del temporal, era

acercarse á la salvación; pero desde aquel momento podía ser tan

peligroso el avance rápido como la detención involuntaria; porque la

lancha se hallaba entre el huracán que la impelía, y el boquete que

debía asaltarse en ocasión en que las mares no rompieran en él.

Andrés, que no lo ignoraba, parecía una estatua de piedra con ojos de

fuego; los remeros, máquinas que se movían al mandato de una mirada

suya; Reñales no se atrevía á respirar.

Sobre el monte de Hano había una multitud de personas que

contemplaban con espanto, y resistiendo mal los embates del furioso

vendaval, la terrible situación de la lancha. Andrés, por fortuna

suya y de cuantos iban con él, no miró entonces hacia arriba. Le

robaba toda la atención el examen del horroroso campo en que iba á

librarse la batalla decisiva.

De pronto gritó á sus remeros:

--¡Ahora!... ¡Bogar!... ¡Más!...

Y los remeros, sacando milagrosas fuerzas de sus largas fatigas, se

alzaron rígidos en el aire, estribando en los bancos con los pies y

colgados del remo con las manos.

Una ola colosal se lanzaba entonces al boquete, hinchada, reluciente,

mugidora, y en lo más alto de su lomo cabalgaba la lancha á toda

fuerza de remo.

El lomo llegaba de costa á costa; mejor que lomo, anillo de reptil

gigantesco, que se desenvolvía de la cola á la cabeza. El anillo

aquél siguió avanzando por el boquete adentro hacia las Quebrantas,

en cuyos arenales había de estrellarse rebramando; pasó bajo la

quilla de la lancha, y ésta comenzó á deslizarse de popa como por la

cortina de una cascada, hasta el fondo de la sima que la ola fugitiva

había dejado detrás. Allí se corría el riesgo de que la lancha _se

durmiera_; pero Andrés pensaba en todo, y pidió otro esfuerzo heróico

á sus remeros. Hiciéronle; y remando para vencer el reflujo de la

mar pasada, otra mayor que entraba, sin romper en el boquete, fué

alzándola de popa y encaramándola en su lomo, y empujándola hacia el

puerto. La altura era espantosa, y Andrés sentía el vértigo de los

precipicios; pero no se arredraba, ni su cuerpo perdía los aplomos en

aquella posición inverosímil.

--¡Más!... ¡más!--gritaba á los extenuados remeros, porque había

llegado el momento decisivo.

Y los remos crujían, y los hombres jadeaban, y la lancha seguía

encaramándose, pero ganando terreno. Cuando la popa tocaba la cima de

la montaña rugiente, y la débil embarcación iba á recibir de ella el

último impulso favorable, Andrés, orzando brioso, gritó conmovido,

poniendo en sus palabras cuanto fuego quedaba en su corazón:

--¡Jesús, y adentro!...

Y la ola pasó también, sin reventar, hacia las Quebrantas, y la

lancha comenzó á deslizarse por la pendiente de un nuevo abismo. Pero

aquel abismo era la salvación de todos, porque habían doblado la

punta de la Cerda y estaban en puerto seguro.

En el mismo instante, cuando Andrés, conmovido y anheloso, se echaba

atrás los cabellos y se enjugaba el agua que corría por su rostro,

una voz, con un acento que no se puede describir, gritó desde lo alto

de la Cerda:

--¡Hijo!... ¡Hijo!

Andrés, estremeciéndose, alzó la cabeza; y, delante de una

muchedumbre estupefacta, vió á su padre con los brazos abiertos, el

sombrero en la mano, y la espesa y blanca cabellera revuelta por el

aire de la tempestad.

Aquella emoción suprema acabó con las fuerzas de su espíritu; y el

escarmentado mozo, plegando su cuerpo sobre el tabladillo de la

chopa, y escondiendo su cara entre las manos trémulas, rompió á

llorar como un niño, mientras la lancha se columpiaba en las ampollas

colosales de la resaca, y los fatigados remeros daban el necesario

respiro á sus pechos jadeantes.

* * * * *

Al mismo tiempo, en medio de las brumas de enfrente, un pobre

patache, abandonado ya, barrida su cubierta, desgarradas sus lonas,

tremolando al viento su cordaje deshilado, entre tumbos espantosos y

cabezadas locas, con el último balance echaba los palos por la banda;

saltaban las cadenas de las anclas con que se agarraba al fondo, en

las ansias de la desesperación; reventaba una mar contra la quilla

descubierta y lanzaba el mutilado casco en medio del furor de las

rompientes, cuyas espumas escupían, casi en el acto, las astillas de

su despedazado costillaje.

Aquellos tristes despojos flotantes eran lo único que quedaba del

_Joven Antoñito de Rivadeo_.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXIX

EN QUÉ PARÓ TODO ELLO

No merece el bondadosísimo lector que me ha seguido hasta aquí

con evangélica paciencia, que yo se la atormente de nuevo con el

relato de sucesos que fácilmente se imaginan, ó son de escasísima

importancia á la altura en que nos hallamos del asunto principal...

si es que hay asunto principal en este libro. Dejemos, pues, que

pasen horas desde las infaustas que se puntualizan en el capítulo

precedente; que rueden lágrimas de hiel escaldando mejillas de

afligidos, y otras harto más dulces entre abrazos de alegría y

latidos de corazones sin tortura; que las piadosas ofertas á Dios,

en momentos de grandes apuros, se cumplan, y que los fervorosos

mareantes, y Andrés delante de todos ellos, descalzos y con los

vestidos mojados aún por el agua de la tempestad, y con los remos

y las velas al hombro, vayan al templo y salgan de él entre el

respeto y la conmiseración de las gentes de la ciudad; que corran

días después, y el saborcillo de otros sucesos nuevos mate en la

pública voracidad el ansia por los pasados, por tristes ó ruidosos

que hayan sido; que las lecciones recibidas aprovechen, en unos para

perdonar, en otros para corregirse; que Andrés normalice su vida por

los nuevos derroteros á que le arrastran una repentina y cordial

aversión á las ligerezas y entretenimientos de antes... y cierta

entrevista con su amigo Tolín, solicitada por éste y celebrada en

lo más secreto y apartado del escritorio de don Venancio Liencres;

que, en señal de lo firme de sus propósitos y lo arraigado de sus

aversiones, queme sus naves, es decir, venda su _Céfiro_ y sus útiles

de pesca, y regale el dinero de su valor al viejo Mechelín, por

mano del padre Apolinar, pues él no debe poner más los pies en la

bodega; que aquella meritísima familia se regocije en la creencia

de que sus oraciones, con una vela encendida ante la imagen de San

Pedro, al saber que Andrés estaba en la mar el día de la galerna,

contribuyeran poderosamente á su salvación; dejemos también que el

hijo de don Pedro Colindres llame á Cleto, y á solas con él, le jure,

con la solemnidad con que lo hizo otra vez en lo alto del Paredón,

pero con mayor confianza en sus fuerzas para llegar á cumplirlo,

todo lo que el noblote hijo de Mocejón necesitaba creer para quedarse

solamente con la carga de sus dudas de llegar á ser correspondido, y

la de la vergüenza de ser hijo de su madre, que no era carga ligera;

dejemos, en fin, que pasen dos días más, y Cleto vista la librea

de los servidores de _barco de rey_, en vísperas de ser llevado

al Departamento, y que la justicia humana encierre en la cárcel

pública á las hembras del quinto piso para formarlas un proceso por

difamadoras y escandalosas, y vamos á dar el último vistazo á la

bodega de la calle Alta.

Está allí el padre Apolinar; y mientras tía Sidora y Sotileza

traginan tristemente y en silencio, él pasea por la salita

conversando con Mechelín, que se calienta con los rayos del sol que

penetran por la ventana, sentado en una silla, muy cargado de ropa,

descolorido y descarnado. No apetece ya la pipa, y sus ojos tristes

lo miran todo sin curiosidad. Estuvo á pique de morir. Confesóse con

el fraile; le viaticó éste después, y al día siguiente «ya había un

poco de hombre.» Fué reviviendo algo más; y en cuanto pudo ponerse

derecho, saltó de la cama que le entristecía mucho. Contaba con

llegar á restablecerse lo necesario para volver á sus faenas de

bahía. Cosas de viejos achacosos que parecen, como los niños, la flor

de la maravilla. Sólo que en los viejos achacosos cada zarpada de

los achaques se lleva una buena tajada entre las uñas. El médico del

Cabildo alentaba sus esperanzas; pero yo tengo para mí que otra le

quedaba dentro al buen doctor.

La mañana había sido de prueba para el pobre viejo. Como no podía

salir de casa, habían estado á despedirse de él todos los mareantes

que se llevaba la leva, y faltaba Cleto todavía. Colo había estado

con Pachuca. Lloraba la infeliz, que se deshacía. En la bodega

fueron todos á consolarla; pero cuantos más consuelos la daban, más

angustiosos eran sus gemidos. Al mismo tiempo, la calle parecía un

mar de lágrimas; y cada vez que tía Sidora y Sotileza salían hasta

el portal para llorar con los que lloraban, Mechelín oía los tristes

rumores y sentía también la necesidad de llorar un poco, y lloraba al

cabo; porque sobre la pena de todos los que lloraban, él tenía la del

temor de no volver á ver en el mundo á aquellos camaradas que se iban.

Pero, en fin, esto había pasado y se había hablado mucho sobre ello

en la bodega; y se estaba hablando ya de otro asunto, sobre el cual

decía el padre Apolinar, al llegar nosotros á enterarnos de lo que

allí sucedía:

--Eso no debe extrañarte á tí, Miguel. Después de lo ocurrido en

esta casa, no cabe otra conducta en un hombre honrado. Ponte en los

casos, Miguel; ponte en los casos.

Sotileza · 第 25 / 27 段