admiraba no poco al observar que según iba acercándose á la costa se
complacía tanto en ello como horas antes en alejarse. Y observaba
más: observaba que ya no le parecían tan grandes, tan terribles, tan
insuperables aquellas tormentas que le habían arrebatado de su casa y
hecho pasar una noche de perros en un rincón de la Zanguina; que bien
pudo haber sido un poco menos terco con su padre, y con ello sólo se
hubiera ahorrado la mala noche y todo lo que á ella siguió, incluso
la aventura en que se encontraba, la cual, aunque le había recreado
grandemente, le dejaba el amargor de su motivo... y, por último, que
le inquietaba bastante el poco andar de la lancha. Y con observar
todo esto, y con asombrarse de ello, y con no apartar sus ojos de la
nublada faz de Reñales sino para llevarlos á las no muy alegres de
sus compañeros, ó hacia los peñascos, cada vez más perceptibles, de
la costa, no caía en la cuenta de que todo aquel milagro era obra
de un inconsciente apego á la propia pelleja, amenazada de un grave
riesgo que se leía bien claro en la actitud recelosa de aquellos
hombres tan avezados á los peligros del mar.
Pasó así más de una hora, sin que en la lancha se oyeran otros
rumores que el crujir de los estrovos, las acompasadas caídas de los
remos en el agua, y el ardiente respirar de los hombres que ayudaban
con su fatiga á las lonas á medio henchir. Á ratos era el aire algo
más fresco, y entonces descansaban los remeros. En los celajes no se
notaba alteración de importancia. Por la popa y por la proa se veían
las lanchas que llevaban el mismo derrotero que la de Reñales.
Todo iba, pues, lo mejor de lo posible, y así continuó durante otra
media hora; y llegó Andrés á reconocer bien distintamente, sin
el auxilio de ojos extraños, los Urros de Liencres, y luégo los
acantilados de la Virgen del Mar.
De pronto percibieron sus oídos un pavoroso rumor lejano, como si
trenes gigantescos de batalla rodaran sobre suelos abovedados; sintió
en su cara la impresión de una ráfaga húmeda y fría, y observó que
el sol se obscurecía y que sobre la mar avanzaban, por el Noroeste,
grandes manchas rizadas, de un verde casi negro. Al mismo tiempo
gritaba Reñales:
--¡Abajo esas mayores!... ¡El tallaviento solo!
Y Andrés, helado de espanto, vió á aquellos hombres tan valerosos
abandonar los remos y lanzarse, descoloridos y acelerados, á cumplir
los mandatos del patrón. Un solo instante de retardo en la maniobra,
hubiera ocasionado el temido desastre; porque apenas quedó izado
el tallaviento, una racha furiosa, cargada de lluvia, se estrelló
contra la vela, y con su empuje envolvió la lancha entre rugientes
torbellinos. Una bruma densísima cubrió los horizontes, y la línea de
la costa, mejor que verse, se adivinaba por el fragor de las mares
que la batían, y el hervor de la espuma que la asaltaba por todas sus
asperezas.
Cuanto podía abarcar entonces la vista en derredor, era ya un
espantoso resalsero de olas que se perseguían en desatentada carrera,
y se azotaban con sus blancas crines sacudidas por el viento. Correr
delante de aquella furia desatada, sin dejarse asaltar de ella, era
el único medio, ya que no de salvarse, de intentarlo siquiera. Pero
el intento no era fácil, porque solamente la vela podía dar el empuje
necesario, y la lancha no resistiría sin zozobrar ni la escasa lona
que llevaba en el centro.
Andrés lo sabía muy bien; y al observar cómo crujía el palo en su
carlinga, y se ceñía como una vara de mimbre, y crepitaba la vela, y
zambullía la lancha su cabeza, y tumbaba después sobre un costado,
y la mar la embestía por todas partes, no preguntó siquiera por qué
el patrón mandó arriar el tallaviento y armar _la unción_ en el
castillete de proa. Más que lo que la maniobra significaba en aquel
momento angustioso, heló la sangre en el corazón de Andrés el nombre
terrible de aquel angosto lienzo desplegado á la mitad de un palo muy
corto. _¡La unción!_ Es decir, entre la vida y la muerte.
Por fortuna, la lancha la resistió mejor que el tallaviento; y con
su ayuda, volaba entre el bullir de las olas. Pero éstas engrosaban
á medida que el huracán las revolvía; y el peligro de que rompieran
sobre la débil embarcación, crecía por instantes. Para evitarle se
agotaban todos los medios humanos. Se arrojaron por la popa los
hígados del pescado que iba á bordo, y se extendió por el mismo lado
el tallaviento flotante. Se conseguía algo, pero muy poco, con estos
recursos... ¡Huir, huir por delante!... Esto sólo, ó resignarse á
perecer.
Y la lancha seguía encaramándose en las crestas espumosas, y cayendo
en los abismos, y volviendo á erguirse animosa para caer en seguida
en otra sima más profunda, y ganando siempre terreno, y procurando,
al huir, no presentar á las mares el costado.
De tiempo en tiempo, los pescadores clamaban fervorosos:
--¡Virgen del Mar, adelante!... ¡Adelante, Virgen del Mar!
Á Andrés le parecían siglos los minutos que llevaba corridos en
aquel trance espantoso, tan nuevo para él; y comenzaba á aturdirse
y á desorientarse entre el estruendo que le ensordecía; la blancura
y movilidad de las aguas, que le deslumbraban; la furia del viento
que azotaba su rostro con manojos de espesa lluvia; los saltos
vertiginosos de la lancha, y la visión de su sepultura entre los
pliegues de aquel abismo sin límites. Sus ropas estaban empapadas en
el agua de la lluvia y la muy amarga que descendía sobre él después
de haber sido lanzada al espacio, como densa humareda, por el choque
de las olas; flotaban al aire sus cabellos goteando, y comenzaba á
tiritar de frío. Ni intentaba siquiera desplegar sus labios con una
sola pregunta. ¿Para qué esta inútil tentativa? ¿No lo llenaban todo,
no respondían á todo cuanto pudiera preguntar allí la mísera voz
humana, los bramidos de la galerna?
Así pasó largo rato mirando maquinalmente cómo sus compañeros de
martirio, con el ansia de la desesperación unas veces, y otras con la
serenidad de los corazones impávidos, desalojaban, con cuantos útiles
servían para ello, el agua que embarcaba en la lancha algún maretazo
que la alcanzaba por la popa, ó movían el aparejo, á una señal del
patrón en un instante de respiro.
El exceso mismo del horror, suspendiendo el ánimo de Andrés, fué
predisponiendo su discurso á la actividad regularizada y á la
coordinación de las ideas, aunque en una órbita algo extraña á las
condiciones de un espíritu constituído como el suyo. Por ejemplo: no
discurrió sobre las probabilidades que tenía de salvarse. Para él era
ya cosa indiscutible y resuelta el morir allí. Pero le preocupó mucho
la clase de muerte que le esperaba; y analizó el fatal suceso momento
por momento y detalle por detalle. Del minucioso análisis dedujo que
su propio cuerpo arrojado de pronto en aquel infierno rugiente, en
la escala de una proporción rigurosa representaba mucho menos que el
átomo que cae en las fauces de un tigre con el aire que éste aspira
en un bostezo. Pero ¿cabía imaginar un desamparo, una soledad, un
desconsuelo más espantosos en derredor de un hombre para morir? En
seguida pasaron por su memoria, en triste desfile, los mártires que
él recordaba de la numerosa legión de héroes, á la cual pertenecían
los desventurados que le rodeaban, destinados quizás á desaparecer
también, de un momento á otro, en aquel horrible cementerio. Y
los vió, uno por uno, luchar brevísimos instantes con las fuerzas
de la desesperación, contra el inmenso poder de los elementos
desencadenados; hundirse en los abismos; reaparecer con el espanto
en los ojos y la muerte en el corazón, y volver á sumergirse para no
salir ya sino como informe despojo de un gran desastre flotando entre
los pliegues de las olas y arrastrados al capricho de la tempestad.
Y viéndolos á todos así, llegó á ver á Mules; y viendo á Mules,
se acordó de su hija; y acordándose de su hija, por una lógica
asociación de ideas llegó á pensar en todo lo que le había pasado y
fué causa de que él se viera en el riesgo en que se veía, y entonces,
á la luz que sólo perciben los ojos humanos en las fronteras de la
muerte, estimó en su verdadera importancia aquellos sucesos; y se
avergonzó de sus ligerezas, de su insensatez, de sus ingratitudes, de
su última locura, causa, quizá, de la desesperación de sus padres; y
volvió su mortal naturaleza á reclamar sus derechos; y amó la vida,
y le espantaron de nuevo los peligros que corría en aquel instante;
y temió que Dios hubiera dispuesto arrancársela de aquel modo, en
castigo de su pecado.
Temblaba de horror; y cada crujido del fúnebre aparejo, cada
estremecimiento de la lancha, cada maretazo que la alcanzaba, le
parecía la señal del último desastre. Para colmo de angustias, vió de
pronto, por su banda, flotar un remo entre las espumas alborotadas;
y en seguida otros dos. También lo vieron los contristados
pescadores. Y vieron más á los pocos momentos: vieron una masa negra
dando tumbos entre las olas. Era una lancha perdida. ¿De quién? ¿Y
sus hombres? Estas preguntas leía Andrés en las caras lívidas de sus
compañeros. Notó que, puestos de rodillas y elevando los ojos al
cielo, hacían la promesa de ir al día siguiente, descalzos y cargados
con los remos y las velas, á oir una misa á la Virgen, si Dios obraba
el milagro de salvarles la vida en aquel riesgo terrible. Andrés
elevó al cielo la misma oferta desde el fondo de su corazón cristiano.
Por obra de esta nueva impresión, le asaltó otro pensamiento que
impregnó de amargura su alma generosa. Si él salía vivo de allí,
en su mano estaba no volver á exponerse á tales riesgos; pero los
infelices que le acompañaban, aunque con él se salvaran entonces, ¿no
sentirían amargado el placer de salvarse con los recelos de perecer á
la hora menos pensada en otra convulsión de la mar, tan repentina y
horrorosa como aquélla? ¡Desdichado oficio, que tales quiebras tenía!
Y fué reparando, uno por uno, en todos los pescadores de la lancha.
De todo había allí: desde el mozo imberbe hasta el viejo encanecido;
y todos parecían más resignados que él; y, sin embargo, cada una
de aquellas vidas era más necesaria en el mundo que la suya. Esta
consideración, hiriéndole la fibra del amor propio, infundió algún
calor á sus ánimos abatidos.
Y la tempestad seguía desenfrenada, y la lancha corriendo, loca y
medio anegada ya, delante de ella. En uno de sus bandazos, estuvo su
carel á medio palmo de un bulto que se mecía entre dos aguas, dejando
flotantes sobre ellas espesos manojos de una cabellera cerdosa.
--¡Muergo!--gritó Reñales, queriendo, al mismo tiempo, apoderarse del
cadáver con una de sus manos.
Andrés sintió que el frío de la muerte le invadía otra vez el
corazón, que la vida iba á faltarle; y sólo un acontecimiento como
el ocurrido allí en el mismo instante, pudo rehacer sus fuerzas
aniquiladas.
Y fué que Reñales, por coincidir su movimiento con un recio balance
de la lancha, perdió el equilibrio y cayó sobre el costado derecho,
dándose un golpe en la cabeza contra el carel. Sin gobierno la
lancha, atravesóse á la mar; saltó hecho astillas el palo, y arrebató
el viento la vela. Andrés entonces, comprendiendo la gravedad del
nuevo peligro,
--¡Á los remos!--gritó á los consternados pescadores, lanzándose él
al de popa, abandonado por Reñales al caer, y poniendo la lancha
en rumbo conveniente, con destreza y agilidad bien afortunadas para
todos.
Pasaban entonces por delante de Cabo Menor, sobre cuyas espaldas de
roca avanzaban las mares para despeñarse al otro lado en bramadora
cascada. Desde allí, ó mejor dicho, desde Cabo Mayor, á la boca del
puerto, y siguiendo por el islote de Mouro hasta el cabo Quintres y
el de Ajo, toda la costa era una sola cenefa de mugidoras espumas que
hervían y trepaban, y se asían á los acantilados, y volvían á caer
para intentar de nuevo el asalto, al empuje inconcebible de aquellas
montañas líquidas que iban á estrellarse furiosas, sin punto de
sosiego, contra las inconmovibles barreras.
--¡Adelante, Virgen del Mar!--repetían con voz firme los remeros al
compás de su fatiga.
Andrés, empuñando su remo; clavados sus pies, más que asentados,
en el panel de la lancha; luchando y viendo luchar á sus valerosos
compañeros con esfuerzo sobrehumano, contra la muerte que los
amenazaba por todas partes, comenzaba á sentir la sublimidad de
tantos horrores juntos, y alababa á Dios delante de aquel pavoroso
testimonio de su grandeza.
Á todo esto, Reñales no movía pie ni mano; y Cole, que achicaba el
agua sin cesar con otro compañero, á una señal de Andrés, que estaba
en todo, suspendió su importantísimo trabajo y acudió á levantar
al patrón, que había quedado aturdido con el golpe y sangraba
copiosamente por la herida que se había causado en la cabeza.
Atendiósele lo menos mal que se pudo en tan apurada situación; y
con ello fué reanimándose poco á poco, hasta que intentó volver
á su puesto cuando la lancha, cruzando como un rayo por delante
del Sardinero, llegaba enfrente de la Caleta del Caballo. Pero en
aquellos instantes, además de la serenidad y de la inteligencia, se
necesitaba fuerza no común para gobernar; y á Reñales le faltaba esta
última condición tan importante, al paso que Andrés, en el punto en
que se hallaba de la costa, las reunía todas sobradamente.
--Pues ¡adelante!--le dijo el patrón acurrucándose en el panel,
porque su cabeza dolorida no podía resistir los azotes de la
tempestad,--¡y que se cumpla la voluntá de Dios!
¡Adelante! Adelante era acometer al puerto, es decir, jugar la
vida en el último y más imponente azar; porque el puerto estaba
cerrado por una serie de murallas, de olas enormes, que, al llegar
al angosto boquete y sentirse oprimidas allí, parte de cada una de
ellas asaltaba y envolvía el escueto peñasco de Mouro, y el resto
se lanzaba á la obscura gola, y la henchía, y alzaba sus espaldas
colosales para caber mejor, y á su paso retemblaban los ingentes
muros de granito. Pero ¿cómo huir del puerto? ¿Á dónde tirar en
busca de un refugio? ¿No era un milagro cada instante que pasaba sin
que la lancha zozobrase en el horrible camino que traía?
Lo menos malo de aquella situación era que iba á resolverse muy
pronto; y esta convicción se leía bien claramente en las caras de los
tripulantes, fijas en la de Andrés é inmóviles, como si de repente se
hubieran petrificado todas á la vez, por obra de un mismo pensamiento.
--Ya lo sabe usté, don Andrés--dijo Reñales á éste:--enfilando por
la proba el alto de Rubayo y el Codío de Solares, es la media barra
justa.
--Cierto--respondió amargamente Andrés, sin apartar los ojos de la
boca del puerto, ni sus manos del remo con que gobernaba;--pero
cuando no se ven ni el Codío de Solares ni el alto de Rubayo, como
ahora, ¿qué se hace, Reñales?
--Ponerse en manos de Dios y entrar por donde se pueda,--respondió
el patrón, después de una breve pausa, y devorando con los ojos el
horrible atolladero que no distaba ya dos cables de la lancha.
Hasta entonces, todo lo que fuera correr delante del temporal, era
acercarse á la salvación; pero desde aquel momento podía ser tan
peligroso el avance rápido como la detención involuntaria; porque la
lancha se hallaba entre el huracán que la impelía, y el boquete que
debía asaltarse en ocasión en que las mares no rompieran en él.
Andrés, que no lo ignoraba, parecía una estatua de piedra con ojos de
fuego; los remeros, máquinas que se movían al mandato de una mirada
suya; Reñales no se atrevía á respirar.
Sobre el monte de Hano había una multitud de personas que
contemplaban con espanto, y resistiendo mal los embates del furioso
vendaval, la terrible situación de la lancha. Andrés, por fortuna
suya y de cuantos iban con él, no miró entonces hacia arriba. Le
robaba toda la atención el examen del horroroso campo en que iba á
librarse la batalla decisiva.
De pronto gritó á sus remeros:
--¡Ahora!... ¡Bogar!... ¡Más!...
Y los remeros, sacando milagrosas fuerzas de sus largas fatigas, se
alzaron rígidos en el aire, estribando en los bancos con los pies y
colgados del remo con las manos.
Una ola colosal se lanzaba entonces al boquete, hinchada, reluciente,
mugidora, y en lo más alto de su lomo cabalgaba la lancha á toda
fuerza de remo.
El lomo llegaba de costa á costa; mejor que lomo, anillo de reptil
gigantesco, que se desenvolvía de la cola á la cabeza. El anillo
aquél siguió avanzando por el boquete adentro hacia las Quebrantas,
en cuyos arenales había de estrellarse rebramando; pasó bajo la
quilla de la lancha, y ésta comenzó á deslizarse de popa como por la
cortina de una cascada, hasta el fondo de la sima que la ola fugitiva
había dejado detrás. Allí se corría el riesgo de que la lancha _se
durmiera_; pero Andrés pensaba en todo, y pidió otro esfuerzo heróico
á sus remeros. Hiciéronle; y remando para vencer el reflujo de la
mar pasada, otra mayor que entraba, sin romper en el boquete, fué
alzándola de popa y encaramándola en su lomo, y empujándola hacia el
puerto. La altura era espantosa, y Andrés sentía el vértigo de los
precipicios; pero no se arredraba, ni su cuerpo perdía los aplomos en
aquella posición inverosímil.
--¡Más!... ¡más!--gritaba á los extenuados remeros, porque había
llegado el momento decisivo.
Y los remos crujían, y los hombres jadeaban, y la lancha seguía
encaramándose, pero ganando terreno. Cuando la popa tocaba la cima de
la montaña rugiente, y la débil embarcación iba á recibir de ella el
último impulso favorable, Andrés, orzando brioso, gritó conmovido,
poniendo en sus palabras cuanto fuego quedaba en su corazón:
--¡Jesús, y adentro!...
Y la ola pasó también, sin reventar, hacia las Quebrantas, y la
lancha comenzó á deslizarse por la pendiente de un nuevo abismo. Pero
aquel abismo era la salvación de todos, porque habían doblado la
punta de la Cerda y estaban en puerto seguro.
En el mismo instante, cuando Andrés, conmovido y anheloso, se echaba
atrás los cabellos y se enjugaba el agua que corría por su rostro,
una voz, con un acento que no se puede describir, gritó desde lo alto
de la Cerda:
--¡Hijo!... ¡Hijo!
Andrés, estremeciéndose, alzó la cabeza; y, delante de una
muchedumbre estupefacta, vió á su padre con los brazos abiertos, el
sombrero en la mano, y la espesa y blanca cabellera revuelta por el
aire de la tempestad.
Aquella emoción suprema acabó con las fuerzas de su espíritu; y el
escarmentado mozo, plegando su cuerpo sobre el tabladillo de la
chopa, y escondiendo su cara entre las manos trémulas, rompió á
llorar como un niño, mientras la lancha se columpiaba en las ampollas
colosales de la resaca, y los fatigados remeros daban el necesario
respiro á sus pechos jadeantes.
* * * * *
Al mismo tiempo, en medio de las brumas de enfrente, un pobre
patache, abandonado ya, barrida su cubierta, desgarradas sus lonas,
tremolando al viento su cordaje deshilado, entre tumbos espantosos y
cabezadas locas, con el último balance echaba los palos por la banda;
saltaban las cadenas de las anclas con que se agarraba al fondo, en
las ansias de la desesperación; reventaba una mar contra la quilla
descubierta y lanzaba el mutilado casco en medio del furor de las
rompientes, cuyas espumas escupían, casi en el acto, las astillas de
su despedazado costillaje.
Aquellos tristes despojos flotantes eran lo único que quedaba del
_Joven Antoñito de Rivadeo_.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXIX
EN QUÉ PARÓ TODO ELLO
No merece el bondadosísimo lector que me ha seguido hasta aquí
con evangélica paciencia, que yo se la atormente de nuevo con el
relato de sucesos que fácilmente se imaginan, ó son de escasísima
importancia á la altura en que nos hallamos del asunto principal...
si es que hay asunto principal en este libro. Dejemos, pues, que
pasen horas desde las infaustas que se puntualizan en el capítulo
precedente; que rueden lágrimas de hiel escaldando mejillas de
afligidos, y otras harto más dulces entre abrazos de alegría y
latidos de corazones sin tortura; que las piadosas ofertas á Dios,
en momentos de grandes apuros, se cumplan, y que los fervorosos
mareantes, y Andrés delante de todos ellos, descalzos y con los
vestidos mojados aún por el agua de la tempestad, y con los remos
y las velas al hombro, vayan al templo y salgan de él entre el
respeto y la conmiseración de las gentes de la ciudad; que corran
días después, y el saborcillo de otros sucesos nuevos mate en la
pública voracidad el ansia por los pasados, por tristes ó ruidosos
que hayan sido; que las lecciones recibidas aprovechen, en unos para
perdonar, en otros para corregirse; que Andrés normalice su vida por
los nuevos derroteros á que le arrastran una repentina y cordial
aversión á las ligerezas y entretenimientos de antes... y cierta
entrevista con su amigo Tolín, solicitada por éste y celebrada en
lo más secreto y apartado del escritorio de don Venancio Liencres;
que, en señal de lo firme de sus propósitos y lo arraigado de sus
aversiones, queme sus naves, es decir, venda su _Céfiro_ y sus útiles
de pesca, y regale el dinero de su valor al viejo Mechelín, por
mano del padre Apolinar, pues él no debe poner más los pies en la
bodega; que aquella meritísima familia se regocije en la creencia
de que sus oraciones, con una vela encendida ante la imagen de San
Pedro, al saber que Andrés estaba en la mar el día de la galerna,
contribuyeran poderosamente á su salvación; dejemos también que el
hijo de don Pedro Colindres llame á Cleto, y á solas con él, le jure,
con la solemnidad con que lo hizo otra vez en lo alto del Paredón,
pero con mayor confianza en sus fuerzas para llegar á cumplirlo,
todo lo que el noblote hijo de Mocejón necesitaba creer para quedarse
solamente con la carga de sus dudas de llegar á ser correspondido, y
la de la vergüenza de ser hijo de su madre, que no era carga ligera;
dejemos, en fin, que pasen dos días más, y Cleto vista la librea
de los servidores de _barco de rey_, en vísperas de ser llevado
al Departamento, y que la justicia humana encierre en la cárcel
pública á las hembras del quinto piso para formarlas un proceso por
difamadoras y escandalosas, y vamos á dar el último vistazo á la
bodega de la calle Alta.
Está allí el padre Apolinar; y mientras tía Sidora y Sotileza
traginan tristemente y en silencio, él pasea por la salita
conversando con Mechelín, que se calienta con los rayos del sol que
penetran por la ventana, sentado en una silla, muy cargado de ropa,
descolorido y descarnado. No apetece ya la pipa, y sus ojos tristes
lo miran todo sin curiosidad. Estuvo á pique de morir. Confesóse con
el fraile; le viaticó éste después, y al día siguiente «ya había un
poco de hombre.» Fué reviviendo algo más; y en cuanto pudo ponerse
derecho, saltó de la cama que le entristecía mucho. Contaba con
llegar á restablecerse lo necesario para volver á sus faenas de
bahía. Cosas de viejos achacosos que parecen, como los niños, la flor
de la maravilla. Sólo que en los viejos achacosos cada zarpada de
los achaques se lleva una buena tajada entre las uñas. El médico del
Cabildo alentaba sus esperanzas; pero yo tengo para mí que otra le
quedaba dentro al buen doctor.
La mañana había sido de prueba para el pobre viejo. Como no podía
salir de casa, habían estado á despedirse de él todos los mareantes
que se llevaba la leva, y faltaba Cleto todavía. Colo había estado
con Pachuca. Lloraba la infeliz, que se deshacía. En la bodega
fueron todos á consolarla; pero cuantos más consuelos la daban, más
angustiosos eran sus gemidos. Al mismo tiempo, la calle parecía un
mar de lágrimas; y cada vez que tía Sidora y Sotileza salían hasta
el portal para llorar con los que lloraban, Mechelín oía los tristes
rumores y sentía también la necesidad de llorar un poco, y lloraba al
cabo; porque sobre la pena de todos los que lloraban, él tenía la del
temor de no volver á ver en el mundo á aquellos camaradas que se iban.
Pero, en fin, esto había pasado y se había hablado mucho sobre ello
en la bodega; y se estaba hablando ya de otro asunto, sobre el cual
decía el padre Apolinar, al llegar nosotros á enterarnos de lo que
allí sucedía:
--Eso no debe extrañarte á tí, Miguel. Después de lo ocurrido en
esta casa, no cabe otra conducta en un hombre honrado. Ponte en los
casos, Miguel; ponte en los casos.