Andrés salió de su casa, porque necesitaba el aire y los ruidos y

el movimiento de la calle para no ahogarse en la estrechez de su

gabinete, y no volverse loco con la batalla de sus cavilaciones.

Además, su padre le había arrojado de ella y condenado á no volver

á verle mientras en su cabeza germinaran los mismos pensamientos

que habían producido aquella tempestad en el seno de la familia;

y Andrés, que por gustar entonces los primeros amargores de las

contrariedades de la vida, tomaba los sucesos en el valor de todo

su aparato, ni hallaba fuerzas en su voluntad para imprimir nuevo

rumbo á sus ideas, ni desparpajo bastante en su juvenil entusiasmo

para desarmar la cólera de su padre con una mentira. Salió, pues,

de casa para cambiar de ambiente y de lugares; para huir de lo que

más de cerca le perseguía, y para pedir al acaso de los ruidos, de

las multitudes y de los misterios de la noche, un dictamen ó, cuando

menos, una tregua que no podían darle ni la soledad de su cuarto, ni

la pesadumbre de aquellos muros, para él caldeados por la cólera de

su familia.

Por eso andaba y andaba, sin derrotero fijo; y, para colmo de sus

contrariedades, la noche, con cuyo rocío contaba para refrescar el

horno de sus ideas, era de sur en calma, negra y bochornosa; pesaba

el ambiente tibio, y hasta en la luz de los faroles públicos hallaba

el errabundo mozo la tortura del calor que enardecía la sangre de sus

venas. ¡Y él, que iba anhelando los fríos hiperbóreos y el ruido de

una tempestad! ¡Hasta los elementos parecían conjurados en su daño! Y

lo creía de buena fe.

Dejó las calles del centro porque se asfixiaba en ellas, y enderezó

sus pasos hacia los suburbios.

Cuando llegó á los gigantes plátanos de Becedo, se acordó de que á

dos pasos de allí vivía el padre Apolinar. Tuvo grandes tentaciones

de subir á su casa para referirle cuanto le ocurría... Pero ¿qué

adelantaría con ello? ¿Qué sabía el pobre fraile de las cosas que

le pasaban á él? ¿Qué prestigio era el suyo ante un hombre como

don Pedro Colindres, para calmar sus arrebatos y reducirle á la

razón?... ¡Á la razón! Pero ¿sabía el mismo Andrés por dónde debía

comenzar la defensa de su pleito, ni si el pleito era defendible,

ni si era pleito siquiera? ¿De qué se trataba, en substancia? De

un supuesto que él intentaba imponer á su familia como deber de la

honra, y de una tenaz resistencia de su padre á reconocerlo así.

¿Cabían mediadores serios en una porfía semejante? Y aunque cupieran,

¿era creíble que se prestara nadie á sostener la causa del hijo

contra la autoridad de los padres irritados? Y aunque se prestara,

¿cómo habían de darse éstos por vencidos, si el declararlo así era

la humillación y el desprestigio de los derechos indiscutibles

que tenían como dueños y señores suyos? Además, bien considerada

su actual situación, ni siquiera procedía directamente de este

desacuerdo, sino del altercado que produjo; de su propia obstinación

en no declarar lo que su padre pretendía, y de las durezas con que

éste le reprochó su rebeldía inusitada. Éste era el caso; y para su

resolución definitiva, no veía otro agente que el tiempo, cuya marcha

fatal é inalterable borra las grandes impresiones del ánimo, apacigua

las batallas del cerebro, cambia la faz de las cosas y enquicia el

humano discurso. Por entonces no estaba el pobre mozo más que para

sentir y para padecer.

Rendido, al cabo, de dar vueltas en aquel paseo, sentóse en el banco

más retirado y sombrío. Pero allí le asaltaron, con furia implacable,

los recuerdos de la calle Alta. ¿Qué habría pasado en la pobre bodega

desde que él había bajado á la ciudad después del gran escándalo?

¿Qué efecto habría causado éste en los honradísimos viejos, al volver

cada cual de sus quehaceres? ¡Qué pensarían de él! ¡Qué les habría

dicho Silda!... ¡Y las palabras de ésta, respondiendo á su hidalgo

ofrecimiento, tan desdeñosas, tan crudas, hallándose los dos en lo

más imponente del conflicto!...

Y eslabonando con este recuerdo el de todo cuanto le había pasado

desde entonces, y la consideración de lo que le estaba pasando,

embravecióse más y más la tempestad de su cabeza; pensó volverse

loco bajo el fragor de aquella lucha de ideas incongruentes y de

conclusiones desesperantes, y se levantó nervioso y agitado; y

volvió á moverse de un lado para otro; y anduvo, y anduvo, sin saber

por dónde, hasta que al cabo de una hora bien corrida, notó que se

hallaba al otro extremo de la ciudad y á dos pasos de la Zanguina.

Bullían los mareantes de Abajo en derredor de ella; y por esta

sola razón, trató de apartarse de allí. Le espantaban las gentes

conocidas. Pero ¿á dónde iba ya? Miró su saboneta de oro y vió que

marcaba las diez y media. Á las diez acostumbraba él á retirarse

á casa todas las noches. Ya estaría su madre echándole en falta,

y quizá muerta de angustia recordando de qué modo había salido á

la calle... Pero ¡volver á casa en la situación de ánimo en que

se hallaba él, y tener que presentarse delante de su padre que le

había arrojado de allí con prohibición terminante de no acercársele

mientras siguiera pensando del modo que pensaba!... ¡Y al día

siguiente, vuelta á lo mismo; y además el presidio del escritorio,

donde ya se sabría todo lo que le pasaba!... ¡Qué infernal

complicación de contrariedades para el fogoso y alucinado muchacho!

Mientras su discurso recorría vertiginosamente estos espacios, con

grandes señales de optar por lo menos cuerdo, sintió un golpecito en

la espalda y una voz que le decía:

--¡Varada en peña, don Andrés!

Volvióse éste sobrecogido, pensando que alguien se entretenía en

leerle los pensamientos, si es que no había estado él pensando á

gritos, y conoció al bueno de Reñales, patrón de lancha de los más

formales y sesudos del Cabildo de Abajo.

--¿Por qué me lo dice usted?--le preguntó Andrés.

--¿No ve cómo anda por aquí esta probe gente, como rebaño á la vista

del lobo?

--Y ¿por qué es eso?

--Pensé que usté lo sabía, don Andrés... Pos es motivao á la leva.

--Era de esperar ya... Y ¿qué tal es?

--Pos, hijo, una barredera... No la recuerdo mayor. Esta tarde se

nos ha notificao por la Comendancia... No queda un mozo en los dos

Cabildos... Del de Abajo, solamente, van cuatro de segunda campaña

por no haber número bastante de los de primera... ¡con que fegúrese

usté!

--Triste es eso, Reñales; pero son cargas del oficio.

--¡Güeno está el oficio, don Andrés!... Dos días hace que no vamos á

la mar.

--Pues ¿cómo así?

--¿No ve usté el cariz del tiempo?

--Bien en calma está.

--Sí; pero calma traidora... ¿Quién se fía de ella, don Andrés?

--Tres días van así ya, y nada ha sucedido.

--Ya lo veo... Pero eso es bueno pa sabido.

--El viento al sur no tiene malicia ahora: es viento de la estación.

--Ya nos hacemos cargo; y algo por eso, y mucho por lo que apura la

necesidá, pensamos salir mañana. ¡Buenos ánimos llevará esta probe

gente con el galernazo que les ha venío de arriba!...

Andrés se quedó pensativo unos instantes, y preguntó en seguida al

patrón:

--¿Dice usted que mañana irán las lanchas á la mar?

--Si Dios quiere y el tiempo no empeora.

--¿Á qué va la de usted, tío Reñales?

--Á merluza.

--Me alegro, porque voy á ir en ella.

--¡Usté, don Andrés?

--Yo, sí. ¿Qué tiene de particular?

--De particular, no es cosa mayor, que abonao es usté pa ello, y la

mar bien le conoce.

--Pues entonces...

--Decíalo yo porque podía usté aguardar á mejor ocasión.

--¿Qué mejor ocasión que ésta?

--Mejores las hay, don Andrés, mejores: siempre que está el tiempo al

nordeste.

--Pues yo le prefiero al sur cuando es estacional, como ahora.

--Es un gusto como otro, don Andrés; aunque no verá usté un solo

mareante que le tenga igual. Yo cumplo al respetive con decir lo que

me paece.

--Y yo lo agradezco por el buen deseo... Con que no hay más que

hablar.

--¿Por supuesto que querrá usté que le vayan á avisar á casa?

--¡De ningún modo! No hay necesidad de alborotar el barrio. Yo

estaré aquí, ó en la Rampa, á la hora conveniente; y si no estoy, se

larga usted sin esperarme. Entre tanto, quédese esto entre los dos, y

no diga usted una palabra de los propósitos que tengo... Pudiera no

ir; y no hay necesidad de que se atribuya el caso á lo que no es.

--¡Je, je!... Vamos, eso es decir que no está usté muy seguro de que

á última hora...

--Justamente... Pudiera no estar tan animoso entonces...

--Y recela que se le tenga por encogío...

--Eso es.

--Pus no lo creería quien le conozca, don Andrés.

--¡Quién sabe!... Por si acaso, punto en boca, y lo dicho.

--Nunca supo hablar la mía pa descubrir secretos.

--Hasta mañana, Reñales.

--Si Dios quiere, don Andrés.

No le había salido á éste muy errada la cuenta al discurrir que para

verse libre, de cualquier modo, de apuros como el suyo, no había otro

remedio que entregarse á los decretos de la ciega casualidad. La que

le llevó á la Zanguina y le acercó al prudente Reñales en el momento

crítico de resolver, por su propio consejo, el único conflicto

verdaderamente serio en que se había visto aquella noche, poniéndole

entre los labios la golosina de un envejecido y vehemente deseo, dió

al traste con todas sus vacilaciones y le arrojó en las marañas de un

nuevo desatino.

¡Volver á casa después de haberle echado de ella su padre tan sin

motivo ni razón! ¡Que penara, que penara un poco por su dureza

inoportuna! Eso le enseñaría á no ser tan injusto y tan violento

otra vez. En cuanto á su madre... Pero ¿qué había hecho ella para

defender al hijo atribulado? ¿No había puesto su haz correspondiente

en la hoguera de las cóleras del padre, calumniando las generosas

intenciones de la inocente Silda? Pues que penara también un poco...

que mucho más estaba penando él... Mas aunque por ahorrar esas penas

á sus padres se decidiera á tornar aquella noche al abandonado hogar,

¿qué resolvería esta _abnegación_ de su parte, quedando la discordia

en pie y recrudeciéndose de nuevo al día siguiente, quizás entre el

suplicio de insoportables mediadores?... Nada, nada: oído de piedra

á las voces de su corazón, que le aconsejaban cosa muy distinta...

¡y adelante con su proyecto! Éste lo resolvía todo á la vez. Una

mala noche pronto se pasaría; y en cambio, al día siguiente, ni

caras indigestas, ni palabras impertinentes, ni miradas burlonas; y

en vez del hormigueo de las calles, y el tufo de las muchedumbres,

y el polvo de las basuras, y el tormento de la conversación, la

inmensidad del espacio, la grandeza de la mar, el aire salino, el

columpio de las ondas y el olvido de la tierra infestada de la peste

de los hombres. Entre tanto, las horas correrían, cambiaríanse los

pareceres... y el que pasa un punto, pasa un mundo.

De este modo iba afirmando Andrés en su voluntad la resolución que

le había inspirado su casual encuentro con Reñales, y hasta creyendo

de buena fe que podía ser Providencia lo que parecía casualidad,

cuando lo cierto era que se había agarrado á aquel asidero como

pudo agarrarse á las alas de una mosca, para caer del lado á que se

inclinaba en el momento de resolverse ó á volver á su casa, como era

lo cuerdo y conveniente, ó á declararse en abierta rebelión contra

todos sus deberes, que era lo descabellado. Pero ya sabemos lo que

son apreturas de esa especie en cabezas juveniles como la de Andrés,

y no hay que maravillarse de que optara por lo peor en la necesidad

de elegir entre dos cosas que le parecían rematadamente malas.

Y tan firme llegó á ser su repentino propósito, que para evitar, en

lo posible, todo riesgo de que se le malograra, apenas se despidió de

Reñales se alejó de las inmediaciones de la Zanguina, para discurrir

á su gusto sin excitar la curiosidad de nadie. Porque le quedaba

otro punto, muy interesante, por dilucidar. ¿Dónde y cómo iba á pasar

las horas que faltaban hasta la madrugada del día siguiente? No había

que pensar en fondas ni paradores, donde el menor de los riesgos era

el ser él muy conocido de fondistas y mesoneros; ni tampoco en la

casa de ningún amigo... Pasarse tantas horas recorriendo calles, tras

de ser excesivamente penoso, era muy expuesto á llamar la atención

más de lo conveniente... Sin dudas ni vacilaciones optó por la

Zanguina.

En la Zanguina, dentro de muy poco rato, no quedaría un marinero;

porque aunque muchos de ellos acostumbraban á dormir allí, esto

acontecía en lo más penoso de las costeras; y en aquella ocasión

llevaban ya dos días sin salir á la mar. Estando sola la Zanguina,

llegaría en el momento de ir á cerrarse sus puertas, y no antes,

porque, echándole de menos en su casa, no sería extraño que alguien

fuera allí á preguntar por él. Le diría al tabernero, muy conocido

suyo, todo lo que había que decirle para que no le chocara su

pretensión de pasar así la noche, tumbado sobre un banco, hasta la

hora de salir á la mar en la lancha de Reñales... Y comenzó á ponerlo

por obra antes que se le enfriaran los propósitos.

Con grandes precauciones, porque el sitio era de los más poblados

de la ciudad, observó, á la mayor distancia posible, cómo fueron

retirándose poco á poco hasta los parroquianos más pegajosos del

afamado establecimiento; y en cuanto vió señales de que iban á

entornarse sus puertas, acercóse allá y expuso sus intenciones al

tabernero. No le chocaron á éste cosa mayor, porque sabía hasta dónde

llegaba la pasión del hijo del capitán Bitadura por las costumbres de

la gente marinera.

--¡Pero no me diga, don Andrés, que se va á pasar aquí la noche

encima de un banco duro!--le dijo el tabernero.--Le arreglaré un poco

de mullida con la metá de la mi cama...

--Nada de eso--respondió Andrés.--Si me acuesto sobre mullida, no

despertaré á la hora que necesito.

--Si de toas maneras he de abrir yo la taberna antes que den el

_apuya_.

--No importa. Yo me entiendo. Ponme en la mesa del último cajón de

allá un pedazo de queso, otro de pan, un vaso de vino y una vela, y

no te cuides de mí sino para despertarme mañana á tiempo, si es que

no me he despertado yo...

El tabernero empezó á complacerle encendiendo una vela de sebo; la

encajó después en una palmatoria de hoja de lata, y fuése con ella

al departamento indicado por Andrés. Caminando éste detrás de la

luz, vió un bulto en la obscuridad del fondo de uno de los primeros

cajones de la fila. El bulto roncaba que era un espanto.

--¿Quién duerme ahí?--preguntó Andrés.

--Es Muergo--respondió el hombre de la vela.--Entendimos que se

volvía loco de rabia cuando supo que le alcanzaba la leva... Juraba

y perjuraba que primero se echaba á la mar que consentir en que le

llevaran al servicio... Dimpués tomó una cafetera de aguardiente;

pensemos que acababa aquí con medio Cabildo; rindióle al cabo el

sueño, y se quedó como usté le ve ahora... Juera del alma, don

Andrés, es una pura bestia.

¡Y Andrés envidiaba en aquel instante hasta la suerte de Muergo!

Minutos después, el aturdido mozo, en el rincón más obscuro del más

apartado cuchitril de la Zanguina, reponía las fuerzas del cuerpo

quebrantado, con las míseras provisiones que el tabernero había

puesto sobre la bisunta mesa, mientras aspiraba oleadas de aquella

atmósfera pestilente, y sentía en las profundidades de su cabeza el

estruendo de la batalla que estaban librando allí sus no domadas

ideas.

Algo más tarde, cansado de meditar y de temer, estiró las piernas

sobre el banco en que se sentaba; apoyó el tronco contra la pared;

cruzó los brazos sobre el pecho, y quiso facilitarle su conquista

al sueño, que tanto necesitaba, apagando la luz, que es enemiga

del reposo; pero desistió de su propósito, porque no se atrevía á

quedarse á obscuras y solo con sus alborotados pensamientos.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXVII

OTRA CONSECUENCIA QUE ERA DE TEMERSE

Por rara casualidad estaba don Venancio Liencres en casa cuando llegó

á sus puertas la capitana preguntando por él, precisamente por él.

Cierto que se hallaba ya con el sombrero puesto para salir á perorar

un rato en el senado del _Círculo de Recreo_, donde á la sazón se

agitaba entre los _senadores_ no sé qué punto de transcendencia para

las harinas castellanas, las obras del ferrocarril y los cueros de

Buenos Aires; pero, en fin, estaba en casa, y recibió á la madre de

Andrés sin visible disgusto, y á solas como ella quería.

Allí, anegada en llanto, y en el secreto de la confesión, declaró

Andrea á don Venancio todo lo que les estaba pasando con su hijo.

Temía que en las respuestas dadas por éste á su padre se envolviera

un propósito de casamiento con la tarasca callealtera. Y esto no

podía suceder, porque sería la perdición de él, la vergüenza de toda

su familia y el escándalo del pueblo. El capitán estaba ya dando los

pasos necesarios para enterarse mejor de la magnitud del peligro;

pero esto no bastaba: era preciso que don Venancio mismo, que tantos

títulos reunía para merecer el respeto del desatinado mozo, le

hablara al alma, le amonestara, se le impusiera; y que por Dios, y

que por los santos... Y lágrima va, y sollozo viene. Y don Venancio

no salía de su asombro, sino para considerar lo mucho que debía valer

la fuerza de su palabra, cuando á ella seguía acudiendo la capitana

en los conflictos más graves de su vida.

Excusado es decir que la tranquilizó con un discurso, prometiéndola

que todo se arreglaría del mejor modo posible. La capitana llegó á su

casa antes que su marido; y don Venancio Liencres entró en el Senado

con el talante de los grandes hombres satisfechos de llevar entre los

cascos el hervor de un gran problema.

Cuando volvió para cenar, rodeado de su familia, ni su señora pudo

resistir un solo momento más la curiosidad de saber á qué había ido

la capitana á tales horas y de tal modo á su casa, ni él dominar el

deseo de declararlo todo en aquel instante solemne, con el santo fin

de que se viera lo que llegarían á ser jóvenes tan irreflexivos como

Andrés, sin hombres de maduro seso y legítima autoridad que los

volvieran á la senda de sus deberes.

Y precisamente ocurrió el relato de lo más grave de la aventura de

la calle Alta, en los momentos en que Luisa, dejando caer el tenedor

desde la altura de su boca, declaraba que no quería cenar más. Siguió

la historia con comentarios del mismo narrador, gestos y monosílabos

de asco de su señora y aspavientos de Tolín... y Luisa, cuya

inapetencia continuaba y cuya alteración de semblante descubría una

violenta agitación nerviosa, rompió dos platos de una sola puñada.

En seguida se retiró á su cuarto, manifestando antes que si no se

contaran en la mesa historias tan indecorosas como aquélla, no se

trastornarían los nervios de nadie, ni se perderían por completo las

ganas de cenar.

Convino su augusta madre en que no era del mejor tono hablar de

«lances tan apestosos» delante de señoras tan principales, y mandó

disponer una taza de salvia para su hija. La cual, encerrada ya en su

cuarto, dijo á su madre, después de tomar dos sorbos de la pócima,

que ya se sentía bien y que no apetecía otra cosa que el descanso de

la cama.

Alegróse mucho de saberlo don Venancio; y como ya llevaba un buen

rato de perorar con Tolín, que no acababa de asombrarse del suceso,

túvosele por bastante ventilado por entonces; bostezó don Venancio;

recogió su señora y guardó en el aparador los postres sobrantes; y,

con las «buenas noches» de costumbre, se encerró cada cual en su

agujero.

Despojándose estaba Tolín de su tuina doméstica, tras de haber dado

largo recreo á sus ojos en la contemplación de los cuadros de la

pared, cuando sintió un golpecito á la puerta, y la voz muy queda de

su hermana que por la rendijilla le preguntaba:

--¿Se puede?

Apresuróse Tolín á abrir, y entró Luisa de puntillas, con la

palmatoria sin luz en una mano, y el índice de la otra sobre los

labios. Iba muy pálida, bastante ojerosa y no poco trémula de manos

y de voz. Cerró cuidadosamente la puerta por dentro y dijo á su

hermano, que la contemplaba atónito, señalándole una silla junto á

la mesa sobre la cual continuaba la cartera atestada de dibujos y

acuarelas:

--Siéntate ahí.

--Pero ¿qué te pasa, mujer?--preguntóla Tolín, volviendo á vestirse

la tuina y con los ojos muy azorados.

--Ya lo sabrás--respondió muy bajito la interpelada.--Pero no alces

la voz ni hagas ruido, porque no hay necesidad de que sepa nadie que

te he hecho yo esta visita.

Tolín se sentó, y Luisa se quedó de pie delante de él, sin querer

aprovechar la silla que su hermano puso á su lado, ofreciéndosela con

insistencia.

--No quiero sentarme--dijo Luisa:--hablo mejor así, de arriba abajo,

tal como estamos... Cara á cara, puede que no fuera yo tan valiente

contigo como necesito serlo ahora... En fin, hombre, dejemos estas

boberías... ¡Ay, Dios mío de mi alma!... Mira, Tolín: si llego á

meterme en la cama con este escozor que siento por acá dentro; si no

me aventuro á desahogarme un poco contigo, creo que me da algo esta

noche... que me muero, vamos, lo mismo que te lo digo... ¡lo mismo,

Tolín!

Tolín, cada vez más consumido por la curiosidad de saber qué le

pasaba á su hermana, insistió de nuevo con ella para que acabara de

explicarse.

--Á eso voy--dijo Luisa con más deseos que valor para hacerlo.--¿Tú

has oído bien la historia que contó papá en la mesa?

--Sí que la he oído.

--La has oído...

--Te repito que sí.

--Me alegro, Tolín, me alegro de que la hayas oído bien. ¿Y qué te

parece?

--¡Mire usté ahora con qué coplas salimos!--exclamó Tolín muy

contrariado.

--¿Pues con qué coplas he de salirte, hombre?--preguntóle

candorosamente su hermana.

--Pues con las tuyas, ¡canario!

--¡Pero si las mías empiezan por ahí, bobo!

Tolín se encogió de hombros y volvió un momento la cabeza hacia otra

parte.

--Como siempre, Luisa, como siempre--añadió un instante

después.--Maldito si se pueden atar dos cominos con todos los

aspavientos tuyos. En fin, dí lo que te dé la gana; ya veremos lo que

sale.

Luisa miró á su hermano con un gesto que no era un himno á la

perspicacia del mozo aquél, y le dijo:

--Quiero saber yo lo que te parece á tí esa indecencia de historia.

--Pues me parece muy mal, Luisa, ¡muy mal!... tan indecente como á

tí... ¿Lo quieres más claro?

--Eso es lo que yo quería saber, Tolín; eso mismo... precisamente eso

mismo.

--Entonces, ya estás servida...

--¡Un hombre que se viste de señor; que es hijo de buenos padres; que

se tutea con nosotros; que está colocado en el escritorio de papá,

manoseando sus caudales; que come en esta mesa tan á menudo!... ¡un

hombre así, encerrado en una bodega asquerosa, con una sardinera

tarasca, y salir luégo de allí los dos, corridos de vergüenza, entre

la rechifla de las mujeronas y de los borrachos de toda la calle!...

¡Y á más, á más, cuando le apuran un poco, decir á su padre y á su

madre que es muy capaz de casarse con ella!... ¿Tú has visto algo

como esto en parte alguna, Tolín?... ¿Lo has leído siquiera en ningún

libro, por muy descaradote y puerco que sea?... Vamos, hombre, dilo

con franqueza.

--No, Luisa, no... No he visto nada como ello. ¿Y qué?

--Que eso no debe de quedar así.

--Ya has oído que papá piensa tomar cartas en el asunto.

--No basta que papá las tome; tienes que tomarlas tú también.

--¡Yo!

--Sí, tú; y desde mañana, Tolín.

--Pero ¿qué diablos me va á mí ni qué?...

--¿Que qué te va á tí? ¿No eres su amigo tú... y de la infancia,

Tolín, que es todo lo amigo que se puede ser de una persona?... ¿No

estás con él en el escritorio? ¿No estáis abocados á ser socios y

jefes de la casa de papá el día menos pensado?...

--Lo menos veinte veces te he oído decir esas mismas cosas, por

pecadillos de Andrés de bien escasa importancia.

--Pero éstos son pecados gordos, hijo, ¡muy gordos! y te lo vuelvo á

repetir, porque ahora va de veras.

--Pues déjalo que vaya, que en buenas manos está el pandero.

--Es que yo quiero ponerle en las tuyas.

--¿Y sabes tú si yo sabría tocarle?

--Lo que no se sabe se aprende, cuando el caso lo pide; y aquí lo

pide... ¡y mucho!

--Pero, trastuela del demonio... ¡mira que cualquiera que te

escuchara y te viera tan exigente y tan nerviosa por un asunto que,

después de todo, no te importa media avellana!... ¿Eres procuradora

de Andrés, ó qué?...

--Á nadie le importa lo que yo soy, Tolín; pero quiero que esa...

pingonada, no se haga; y no se hará, ¿lo entiendes?

--Y si se hiciera, ¿qué?

--¡Virgen del Carmen!... ¡Ni en broma lo digas, Tolín!

Aquí le temblaban los labios pálidos á Luisa, y Tolín se la quedó

mirando, con una expresión muy distinta de la que hasta entonces se

había visto en su cara.

--¿Sabes, Luisa--la dijo, sin dejar de mirarla así,--que con eso que

te oigo, y recordando lo que te tengo oído bastante parecido á ello,

voy entrando en aprensiones?...

--¿Aprensiones de qué, Tolín?--repuso Luisa, dispuesta, no solamente

á oir todo lo que quisiera decirle su hermano sobre la calidad de

sus aprensiones, sino también á tirarle de la lengua para que hablara

cuanto antes.--Vamos, con franqueza.

--Aprensiones--continuó Tolín,--de que algo más que la amistad es lo

que te mueve á interesarte tanto por Andrés.

Sotileza · 第 23 / 27 段