Á la capitana le pareció bien la idea; casi tanto como otra que se

le había puesto á ella entre cejas desde las primeras respuestas de

Andrés.

No había llegado al portal don Pedro Colindres, cuando su mujer

estaba ya poniéndose la mantilla apresuradamente. Minutos después,

iba caminando hacia casa de don Venancio Liencres.

Andrés había salido á la calle rato hacía.

[Ilustración]

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XXV

OTRAS CONSECUENCIAS

En poquísimas horas, ¡cómo había cambiado de aspecto el interior de

la bodega de tío Mechelín! ¡Qué cuadro tan triste el que ofrecía

mientras don Pedro Colindres enderezaba sus pasos hacia ella! Silda,

desfallecida, cansada de llorar y sin lágrimas ya en sus ojos

enrojecidos, sentada en un taburete, apoyaba su hermoso busto contra

la cómoda por el lado frontero al dormitorio, cuyas cortinillas

estaban recogidas hacia los respectivos extremos de la barra. No

daba otras señales de vida que algún entrecortado suspiro que quería

devorar, y no podía, en el fondo mismo de su pecho, y las miradas

tristes que de vez en cuando dirigía al lecho de la alcoba sobre el

cual yacía vestido el viejo marinero. Tía Sidora, sentada á media

distancia entre los dos, padeciendo por las penas de ellos tanto

como por las suyas propias, sólo dejaba de consolar á Sotileza para

acudir con sus palabras, de mal forjados alientos, á levantar los

abatidos ánimos de su marido. Y, entre tanto, ¡cómo se le deslizaban,

gota á gota primero, y después hilo á hilo, las lágrimas por la

noblota faz abajo!...

Conocíalo Mechelín en el temblar de la voz de su pobre compañera,

porque la luz del candil no daba para tanto; y queriendo pagarla sus

esfuerzos con algo que se los evitara, decía desde su lecho, con el

ritmo triste de los agonizantes:

--¡Cosa de ná, mujer; cosa de ná!... Sólo que anda uno tan apurao de

casco, tan resentío de fondos, que el tocar en una amayuela le hace

una avería en ellos... Hazte tú bien el cargo... Venía uno de la mar

con un poco de risa en el ánimo, porque le duraba á uno entoavía el

acopio de la de ayer... y hasta pensaba uno ir tirando con ello...

esta semana siquiera. Dempués, Dios diría... Y remando así, oye

uno este decir y el otro en metá de la calle; y pregunta uno, y va

sabiendo mucho más... y entra uno en casa con el agua á media bodega,

y encuentra aquí el sospiro y allá las lágrimas; y acaba uno de irse

á pique sin poderlo remediar... ¡porque no está uno avezao á eso, y

no es uno de peña viva!... Pero güelve el hombre á flote otra vez; y

aunque saque una costilla quebrantá... ú la boca muy amarga... esto

pasa; los tiempos lo curan... de un modo ú de otro... y á remar

otra vez, Sidora... Y éste es el caso; porque yo no estoy pior que

ayer, aunque á tí te paezca cosa diferente: estoy un poco desguarnío,

motivao á lo que sabéis; me pedía el cuerpo esta miaja de descanso, y

he querío dársela. Y no hay más.

--¿Y te paece poco, Miguel... te paece poco!--replicábale su mujer.

--Poco, Sidora, poco--tornaba á decir el marinero;--y menos me

paeciera entoavía, si ese angeluco de Dios no penara tanto y

considerara que no tiene faltas de qué avergonzarse, ni siquiera

señal de culpa en lo que ha pasao.

--Eso la digo, Miguel, eso la digo yo; y á ello me responde que de

qué sirve la verdá si no hay quien la crea.

--¡Dios que la ha visto, hijuca; Dios que la ha visto!--exclamó

entonces Mechelín desde su cama.--Y con ese testigo á tu favor, ¿qué

importa el mundo entero en contra tuya?

--Pos ni ese enemigo tiene, Miguel; porque aquí ha visto entrar la

calle entera á condolerse de su mal y á poner á las causantes en el

punto que merecen... Pero ¡válgame el santísimo Nombre de Jesús!...

¿de qué mil diantres estarán hechas esas almas de Satanás?... ¿por

qué serán tan negras?... ¿qué recreo sacarán de causar tantos males

á criaturas que no los merecen? ¿Cómo pueden vivir una hora con una

entraña tan corrompía?...

--¡Esas, esas!--exclamó Silda entonces, reanimándose un instante con

el aguijón de sus punzantes recuerdos.--¡Esas son las que me han

clavao un puñal aquí... aquí, en metá del corazón!... ¿Y no habrá

justicia que las castigue en el mundo antes que Dios las dé allá lo

que merecen?...

--Tamién se tratará de eso, hijuca; que por onde cogelas hay, según

es cuenta--repuso tía Sidora.--Y si la nuestra mano no bastara pa ese

fin, otras habrá de más alcance y bien interesás en ello. Ya se te ha

dicho. Alcuérdate de que no has sido tú sola la ofendía.

--¡Uva, uva!--dijo tío Mechelín.

--Porque me acuerdo de ello se me dobla la pena,--replicó Silda con

una intención que estaban muy lejos de conocer tía Sidora y su marido.

--Verdá es--dijo aquélla,--que respetive á ese otro particular, no

pudo la mancha haber caído en paño que más estimáramos... ¡Cómo ha

de ser, hijuca!... un mal nunca viene solo... Pero Dios está en los

cielos, y hará que esa persona no se ofenda con los que no están

culpaos en su daño. Él vino por su pie, naide le llamó; y el recao

que traía, bien pudo traerle en ocasión de menos riesgo... ¡Riesgo

digo yo! ¿Cómo había de recelársele tan siquiera ese corazón de

oro!... Y tocante á las gentes de su casa, tamién se pondrán en la

razón pa no creer que los pagamos con afrentas los favores que han

sembrao aquí. ¿No te haces tú este cargo, hijuca?...

Sotileza se mordió los labios y cerró los ojos apretando mucho los

párpados, como si la atormentaran internas visiones siniestras. Tío

Mechelín lanzó un quejido angustioso y se revolvió en su lecho.

--¿Quieres que te cambie el reparo, Miguel?--preguntóle tía Sidora,

acercándose presurosa á la cabecera de la cama.

--No hay pa que te canses en ello por ahora--respondió Mechelín

tras un profundo suspiro; y añadió por lo bajo, aproximando lo más

que pudo la cabeza á su mujer:--Trabaja por aliviar la pena á ese

angeluco de Dios, y no te alcuerdes de mí, que con la melecina de

este descanso estoy tan guapamente.

Pero á Silda, aunque los agradecía mucho, la mortificaban ya los

consuelos de aquella especie. ¡Había oído tantos desde el mediodía!

Conociólo tía Sidora; calló, y volvió á reinar el silencio en la

bodega.

Así estaba el cuadro cuando se oyeron golpes á la puerta, que estaba

trancada por dentro. Salió á abrir la marinera, después de secarse

los ojos con el delantal, y se halló frente á frente con don Pedro

Colindres, cuya actitud airada espantó á la pobre mujer. Temiéndose

lo más malo, de buena gana le hubiera pedido un poco de caridad para

el desconsuelo y los dolores de aquella casa; pero no se atrevió á

tanto; y don Pedro, tras brevísimas y secas palabras, entró en la

salita precediendo á tía Sidora. Sotileza, al verle delante, con la

sangre helada en sus venas se levantó repentinamente; y tío Mechelín,

al conocer la voz del capitán, se arrojó de la cama al suelo. Pero le

engañó la voluntad, y sólo pudo llegar hasta la puerta de la alcoba,

á cuyo marco se agarró para no desplomarse.

--¿Qué es eso, Miguel?--preguntóle Colindres, sorprendido con la

aparición del pobre marinero, tan pálido, desfallecido y desencajado.

--Poca cosa, señor don Pedro; poca cosa--respondió con angustia,

aunque tratando de sonreir, el interrogado.--Quería yo recibirle á

usté con los honores que aquí se le deben, y me falló el aparejo...

vamos, que me equivoqué.

Y como el pobre hombre se desfalleciera más al hablar así, el mismo

capitán le cogió en sus brazos, y, ayudado de las dos mujeres, le

volvió á la cama.

--Ya soy hombre otra vez, señor don Pedro--dijo Mechelín un momento

después de hallarse tendido sobre el lecho.--Está visto que en

dándole al cuerpo esta melecina, no pide cosa mayor... por la

presente.

Cuando se volvió el capitán hacia las dos mujeres que habían salido

de la alcoba, observó que lloraban en silencio. El corazón del viejo

marino, aunque envuelto en corteza ruda, era, como se sabe, blando

y compasivo. No hay, pues, que extrañar que el padre de Andrés, al

llegar el momento de soltar aquellas tempestades que le batían el

cerebro al salir de su casa, no supiera por dónde comenzar, ni cómo

arreglarse para exponer la razón de su presencia en medio de aquel

triste cuadro.

Al fin, y queriendo mostrarse más entero de lo que estaba, dijo á las

angustiadas mujeres:

--¿Qué mil demonios está pasando aquí?... Vamos á ver... Porque lo de

Miguel no es para tanto moquiteo.

--¡Ay, señor!--respondió la marinera entre sollozos ahogados,--¡eso,

después de lo otro!...

--Y ¿cuál es lo otro, mujer?

--¡Lo otro!... Pos pensaba yo que por ello sólo venía usté.

--¡Uva!--dijo tío Miguel desde su cama.

Al capitán se le amontonaron en la cabeza todos los recuerdos de su

reciente entrevista con Andrés; y la mala sangre que las imprudencias

de éste le habían hecho, le obligó, retoñando de pronto, á decir con

mucha exaltación:

--Es verdad, Sidora: por ello sólo he venido aquí. ¿Te parece

bastante motivo para el viaje?

--Y sobrao, con más de la mitá, señor,--respondió la pobre mujer

acoquinada.

Silda, que no podía tenerse de pie, volvió á sentarse en el mismo

rincón en que la vimos antes.

El capitán, encarándose á ella, la dijo con cierta sequedad:

--Es preciso que yo sepa, de tu misma boca, lo que ha pasado aquí

esta mañana. ¿Tienes ánimos para referirlo, pero sin quitar un ápice

de la verdad, ni añadir una tilde que la desfigure?

--Sí, señor,--respondió con entereza la interrogada.

--Por supuesto, Miguel--añadió don Pedro Colindres volviéndose hacia

la alcoba,--en el supuesto de que el relato no sirva de cebo á tus

males; porque, aunque el caso apura, no es puñalada de pícaro. Yo

volveré á otra hora...

--No, señor don Pedro--se apresuró á responder Mechelín,--no hay pa

qué molestarle á usté más; porque, apurámente, relate es ese que

hasta me engorda el oirle. Y no se espante de ello; que consiste en

que, cuanto más me repiten el caso, más me voy hiciendo á él y menos

me daña acá dentro... Cuenta, cuenta, saleruco de Dios, sin reparo

de ná, pa que se entere bien el señor don Pedro.

--Y bien puede usté creer al venturao--añadió tía Sidora;--que, por

gusto de él, no se hablara de otra cosa en todo el santo día de Dios

en esta casa.

Con estas manifestaciones y la buena y bien notoria voluntad de

Silda, comenzó ésta á referir el suceso con los mismos pormenores que

le había referido Andrés en su casa.

--Exactamente--dijo el capitán, apenas acabó Sotileza su relato.--Lo

mismo que yo sabía hasta donde tú lo has dejado. Pero, después acá,

¿qué más ha ocurrido?

--Señor... yo á punto fijo no lo sé, y no puedo responderle más.

--Á lo que paece, y por lo que cuentan los vecinos que aquí van

entrando--dijo tía Sidora,--el mal enemigo que lo regolvió dende

abajo, se vió á pique de que le arrastraran las gentes por el moño.

Porque antes de que esta venturá saliera de su cárcel, ya ellas

habían contreminao la calle entera con injurias y maldaes... ¡Si no

medran de otra cosa, señor! Después, la de abajo subió y se encerró

en casa con la otra, sin atreverse á abrir las puertas del balcón,

porque habían sembrao muchos agravios, y, por malas que sean, tenía

que pesarles la obra en la concencia... siquiera por el miedo...

Luégo llegaron de la mar el padre y el hijo: aticuenta que la noche y

el día; y rifieren que hubo en la casa una tempestá, porque al uno,

arrimao á las pícaras con la mala intención, too le paecía poco; y

al otro venturao se le partía el corazón y se le caía la cara de

vergüenza. Creo que maltrató á la hermana, y estuvo en poco que no le

alcanzaran golpes á su madre. Aquí ha bajao... no sé cuántas veces:

de aquella entrá no pasa; y allí se está arrimao á la paré, con las

manos en las faltriqueras, el ojo airao y la greña caída. No dice

_jus_ ni _muste_, por más que se le anima pa que vea que no se le

cobran á él pecaos de su casta... y se güelve como entró... Hay quien

dice que se puede hacer bueno, con testigos, lo que esos demonios de

mujeres dijieron y traficaron pa perdición de esta casa; y que no

deben quedar tantas maldaes sin castigo... Y esto es too lo que le

podemos decir á usté, señor don Pedro, por lo que nos cuentan de lo

que ha pasao en estas horas que llevamos arrinconaos en esta soledá

tan triste... Tocante al probe Miguel, ya se puede usté hacer cargo:

es viejo, está muy achacoso; encontróse con esto al llegar á casa...

¡él, que había salido de ella hecho unas tarrañuelas!... y cayó

desplomao; vamos, desplomao como una paré vieja... De modo que no es

de asombrarse naide porque á esta desventurá y á mí se nos escape la

lágrima de tarde en cuando. ¡Han visto tan pocas las paredes de esta

casa, señor don Pedro!

No le faltaba mucho á éste para contribuir con una más á las ya

vertidas allí, cuando acabó su relato entre sollozos la atribulada

marinera, porque bien tenía su hijo á quien salir en muchas de sus

corazonadas de carácter; pero sorteó bien el apuro, y resuelto á

cumplir su propósito de examinar bien aquel terreno, ya que estaba

sobre él y podía, con un poco de prudencia, hacerlo sin molestar á

nadie, continuó sus investigaciones así:

--No es eso precisamente lo que yo trataba de averiguar, Sidora,

aunque me alegre de saberlo.

--Usté dirá, señor.

--Quería yo que me dijérais qué impresión los ha causado el suceso...

--Pues bien á la vista está, señor...

--No es eso tampoco... no he hecho yo la pregunta bien. ¿Qué

propósitos tenéis después de lo ocurrido? ¿á quién echáis la culpa?...

--¡La culpa!... ¿Á quién se la hemos de echar? Á quien la tiene:

á esas pícaras de arriba... Bien claro lo ha dicho tamién esta

desgraciá...

--Ya, ya; ya me he enterado. Pero suele suceder, cuando se examinan

en familia casos como ese de que tratamos, que unos dicen que «si

no hubiera sido por esto, no hubiera acontecido lo otro;» y que

«si tú,» y que «si yo,» y que «si el de más allá...» en fin, ya me

entiendes. Luégo viene el ajuste de cuentas, digámoslo así; y lo que

debe Juan, y lo que debe Petra... y lo que debiera suceder... y lo

que sucederá... y lo que se espera... y lo que se teme...

--¡Lo que se espera!... ¡lo que se teme!--repetía la pobre mujer

mirando de hito en hito al capitán.

--¡Díselo, Sidora, díselo, que ahora es la ocasión!--voceó desde su

cama Mechelín.

--¿Y qué es lo que ha de decirme?--preguntó don Pedro Colindres,

volviéndose con fruncido ceño hacia la alcoba.

--Pus lo que ella sabe y ahora viene al caso--respondió el

marinero.--¡Anda, Sidora, ya que le tienes tan á mano! ¡Anímate,

mujer, que él güeno es de por suyo!

--Sí, hijo, sí. ¿Por qué no he de decirlo?--contestó tía Sidora.--No

es ello ningún pecao mortal.

El capitán estaba en ascuas, y Sotileza como una escultura de hielo

en su rincón de la cómoda.

--Sepa usté, señor don Pedro--dijo tía Sidora,--que juera de las

amarguras del caso, por lo que es en sí, aquí no hay otro pío que

nos atormente, que el no saber lo que nos espera por lo relative á

don Andrés.

--¡Á ver, á ver!--murmuró el capitán, acomodándose mejor en la silla

para redoblar su atención. Si la hubiera fijado un poco en la cara de

Sotileza en aquel momento, ¡qué sonrisa de hieles hubiera visto en su

boca, y qué centella de ira en sus ojos!

--El señor don Andrés--continuó tía Sidora,--entraba aquí como en su

mesma casa, porque debíamos abrírsela de par en par. Él merecía que

se hiciera eso con él en los mismos palacios de la reina de España; y

por merecerlo tanto, aquí no tenía más que corazones que se gozaban

en verle tan parcialote y campechano con personas que no eran quién,

ni siquiera pa limpiarle las suelas de los zapatos... Bien sabe

usté, señor, que si hoy tenemos pan que llevar á la boca, al corazón

de él y á la caridá de su familia lo debemos. Por no causarle una

pesaúmbre y por no dársela á sus padres, ca uno de nosotros hubiera

arrancao peñas con los dientes, si peñas con los dientes hubiera

habido que arrancar pa ello... Pero hay almas de Satanás, señor, que

enferman con la salú de su vecino... y ya sabe usté lo acontecío esta

mañana... El golpe iba á la honra de esta desdichá; pero alcanzó la

metá de él á don Andrés, que estaba en casa entonces como pudo estar

otro cualquiera. Por lo que á nosotros nos duele, sacamos el dolor

que tendrá él, y la pena y los enojos de toda su familia... Justo y

natural es que así sea; pero, ¡por el amor de Dios, señor don Pedro!

mire las cosas con buena entraña, y quítenos la metá de la pesaúmbre

que nos ahoga perdonando la que le dimos, sin más parte en ello que

la que tomó el demonio por nosotros.

--¡Uva, señor don Pedro, uva!--añadió Mechelín desde allá

dentro.--¡Eso pedimos, eso queremos... que no es cosa mayor en ley de

josticia y buena voluntá!

--¿Y eso es todo cuanto se os ocurre?--preguntó el capitán respirando

con más desahogo que antes.--¿Eso es todo cuanto deseáis, por lo que

á mí toca... por lo que pueda importarme ese suceso... por la parte

que de él ha alcanzado á mi hijo?

--¿Y le paece á usté poco!--exclamaron casi al mismo tiempo tía

Sidora y su marido.

El capitán soltó, allá en los profundos de su pechazo, una

interjección de las más gordas, por ciertos amargores de conciencia

que comenzaba á sentir enfrente del candoroso desinterés de aquel

honrado matrimonio; y para disimularlos mejor, habló así:

--Eso se da por entendido, Sidora: en mi casa no hay nadie tan

inconsiderado que, por mucho que le duela lo acontecido... ¡y mira

que nos duele bien! trate de haceros responsables de daños que no

habéis causado... Pero se me había figurado á mí que podríais desear,

y sería muy natural que lo deseárais, otra cosa muy distinta: algo...

como, por ejemplo, el castigo de esas dos bribonas por medio de la

justicia humana; y que os ayudara yo en el empeño, por poder más que

vosotros.

--¡Uva, uva!--sonó la voz de Mechelín dentro de la alcoba.

--También se ha tratado algo de eso, señor--dijo tía Sidora muy

reanimada con la actitud que iba tomando el capitán.--Pero hubo sus

mases y sus menos sobre el particular. Hay quien dice que es mejor

dejarlo así, porque esas cosas tocantes á la honra no conviene

manosearlas mucho; y hay quien piensa que castigando á las causantes

se pone la verdá más á la vista.

--¡Uva, uva!...

--Por las trazas--dijo el capitán,--¿tú estás porque eso se lleve

adelante, Miguel?

--Sí, señor--respondió éste,--¡y á toa vela!

--¿Y tú, muchacha?--preguntó don Pedro á Sotileza;--tú, que eres la

más interesada.

--¡También!--respondió con bravura la interpelada.

--Pues si creéis que eso conviene--añadió tía Sidora, antes que

se consultara su voluntad,--que no quede por mí. No soy vengativa,

señor; pero la verdá es que no se puede hacer vida con sosiego onde

están esas mujeres, y que si ahora se quedan trunfantes con esa

maldá, como se han quedao siempre, yo no sé lo que pasará mañana aquí.

--Pues se hará lo posible porque lleven esta vez su

merecido,--concluyó el capitán, á quien se le antojaba que el castigo

de las hembras de Mocejón también desembarazaría de ciertos estorbos

la situación de Andrés ante la opinión pública.

Poco después de esto se levantó para marcharse. Sotileza se levantó

también; y venciendo con un visible esfuerzo de voluntad repugnancias

que la combatían, le dijo así, sin apartarse de la cómoda sobre cuya

meseta se apoyaba con una mano:

--Señor don Pedro, por nada de lo que se ha tratado aquí ha venido

usté á esta casa.

--¿Qué dices, muchacha!--exclamó el capitán mirándola con asombro.

--La pura verdá--respondió Silda con valentía.--Y por ser la verdá,

la digo sin ánimo de ofender á naide con ella... y porque quiero que

vaya usté seguro de llevar por la paz lo que pensó llevarse de aquí

por la guerra.

--¡Hijuca!--exclamó asustada tía Sidora.

Mechelín se incorporó sobre la cama, y don Pedro Colindres no

disimuló cosa mayor la zozobra en que le ponían aquellas terminantes

afirmaciones de Sotileza. Ésta continuó:

--Quiero que usté sepa, oído de mi mesma boca, que nunca me dejé

tentar de la cubicia, ni me marearon los humos de señorío; que estimo

á Andrés por lo que vale, pero no por lo que él pueda valerme á mí; y

que si para poner ahora á salvo la buena fama no hubiera otro remedio

que el que me diera llevándome á ser señora á su lado, con la honra

en pleito me quedara, antes que echarme encima una cruz de tanto peso.

--¡Por vida del mismo pateta!--respondió el capitán mirando á

la valiente moza con un gesto que tanto tenía de agrio como de

dulce,--que no sé á dónde quieres ir á parar por ese camino.

--Pensé que sobraba la mitá de lo dicho para ser bien entendida de

usté,--replicó Sotileza.

--Pues figúrate que no he comprendido pizca de tus intenciones, y que

quiero que me las pongas en la palma de la mano.

Sotileza continuó:

--Conozco bien á Andrés, porque le llevo tratao muchos años; y por

eso, y por algo que me dijo esta mañana al verme aquí agonizando de

vergüenza, y por el aire que usté traía al entrar en esta casa, bien

puedo yo creer que haya repetido á su padre lo que yo no quise dejar

sin la respuesta que cuadraba.

Don Pedro Colindres, interpretando las últimas palabras de Silda en

un sentido bien poco honroso para Andrés, se picó del honorcillo y

repuso con dureza:

--Pues si él te dijo lo que yo presumo, ¿qué más podías desear tú?

¿En esas estamos ahora, después de tantos pujos de humildad?

Con esto fué Sotileza quien se sintió herida en el amor propio; y

para acabar primero y á su gusto aquella porfía que la molestaba,

pero que debía sostener, porque le interesaba, concluyó así:

--Yo no he dicho ahora cosa que desmienta lo que dije antes. Pensé

que era sobrado hablar así para que usté solo me entendiera; pero ya

que me salió mal la cuenta, lo diré más claro. De caridá vivo aquí, y

con estos cuatro trapucos valgo lo poco en que me tienen las gentes.

Vestida de sedas y cargada de diamantes, sería una tarasca y se me

irían los pies en los suelos relucientes. Malo para los que tuvieran

que aguantarme, y peor para mí que me vería fuera de mis quicios. Á

esta pobreza estoy hecha, y en ella me encuentro bien, sin desear

cosa mejor. Esto no es virtú, señor don Pedro; es que yo soy de esa

madera. Por eso dije á Andrés lo que él bien sabe; y necesito que

usté me conozca, porque no quiero responder más que de mis faltas...

ni tampoco que se me gane la delantera en casos como el presente;

que por humilde que una sea, no dejan de doler los gofetones que se

le den por humos que nunca se tuvieron. Con esto ya lleva usté más

de lo que venía buscando, y yo me quedo con un cuidado de menos...

Y perdóneme ahora la libertá con que le hablo, siquiera porque el

sosiego de todos lo pide así.

Verdaderamente daba Sotileza á don Pedro Colindres mucho más de lo

que éste había ido á buscar á la bodega de la calle Alta; pero el

capitán no debía confesarlo allí, porque entendía que la confesión

no realzaría gran cosa la calidad de los pensamientos generadores

de aquel paso. Por eso dijo á Sotileza, por todo comentario á sus

declaraciones:

--Aunque aplaudo esa honrada modestia que tan bien te está, quiero

que sepas que esta vez has pecado conmigo de maliciosa... Y no

hablemos más del asunto, si os parece. Olvídese todo; contad conmigo

como siempre, y aun mejor que nunca... y cuídate mucho, Miguel.

Adiós, Sidora... Adiós, guapa moza.

Y salió de allí don Pedro Colindres, bien convencido de que si en

su casa continuaba agitándose la cola del escándalo de marras, no

sería por obra de la familia de Mechelín. Esto simplificaba mucho el

conflicto que le había lanzado á él á la calle; y por creerlo así,

volvía al lado de la capitana bastante más tranquilo que cuando se

había apartado de ella.

Entre tanto, Silda, acudiendo al hechizo que tenía su voz para el

asombrado matrimonio, se despachaba á su gusto, dando á sus palabras

dirigidas al capitán el sentido más apartado de su verdadera

significación.

¿Se dejaron engañar los pobres viejos? Parecía que sí, pues no debió

tomarse por señal de lo contrario la postración en que volvió á

caer el dolorido marinero, apenas le dejaron solo las mujeres para

disponer la una un nuevo reparo, y prepararle la otra una escudilla

de caldo con vino de la Nava; ni la extraña expresión que había

quedado estampada en la faz de tía Sidora. Con las emociones de la

inesperada escena, se podían explicar ambas cosas, sin tomarlas por

señales de una nueva pesadumbre.

[Ilustración]

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XXVI

MÁS CONSECUENCIAS

Sotileza · 第 22 / 27 段