_allá abajo_ las que ahora mismo están cayendo encima de la tuya!
--Eso no es responder en justicia, Sotileza.
--Pero es hablar con la verdá de lo que siento. ¡Ay, Andrés! si
contabas con esa idea pa reparar tan poco en hacerme este mal tan
grande, ¡qué lástima que no me lo alvirtieras!
--¿Por qué, Silda?
--Porque pudistes habérmele excusao con decirte yo que nunca tomaría
el remedio que me ofreces.
--¿Que no le tomarías nunca?
--Nunca.
--Y ¿por qué?
--Porque... porque no.
--Pues ¿qué más puedes pedirme, Sotileza?... ¿Qué es lo que quieres?
--De tí nada, Andrés... ni de naide. Lo que quiero ahora--dijo
Sotileza, volviéndose erguida, impaciente y convulsa hacia la
embocadura del carrejo,--es que se abra aquella puerta... ¡que pueda
yo salir cuanto antes á la calle á mirar á la gente cara á cara! Eso
es lo que yo necesito, Andrés; eso es lo que quiero; porque á cada
momento que paso en este calabozo sin salida, se me abrasa algo en
las entrañas.
--Y ¿qué piensas hacer cuando salgamos?--preguntó Andrés, abatido de
nuevo al considerar este trance de prueba.
--Eso no se pregunta á una mujer como yo--dijo Sotileza, que por
momentos iba embraveciéndose.--Pero ¿por ónde salgo, Dios mío?...
¡Y yo quiero salir!... ¡Yo me ahogo en estas estrechuras!... ¡Virgen
María... qué pesaúmbre!
Andrés, condolido de la situación de la desesperada moza, salió de
la salita resuelto á hacer otra tentativa en la puerta de la bodega.
Al acercarse á ella, tropezaron sus pies con un objeto que resonó al
deslizarse sobre las tablas del suelo. Recogióle, y vió que era una
llave. ¿Quién la había puesto allí?... Y ¿qué más daba?
Tal miedo tenía Andrés á la salida en medio de la tempestad que
continuaba rugiendo en la calle, que estuvo dudando si ocultaría el
hallazgo á Sotileza.
--¿Qué haces, Andrés?--le preguntó ésta, que le observaba desde la
salita.
Andrés corrió hacia ella y le mostró la llave, diciendo dónde la
había encontrado. Sotileza lanzó un rugido de alegría feroz.
--¡Ah... la infame!--dijo en seguida.--¡La echó por debajo de la
puerta!... ¡Justo! pa que abramos por adentro y se crea lo que ella
quiere... ¡Pues veremos si te vale el amaño, bribonaza!...
Todo esto lo decía Sotileza temblorosa de emoción, mientras se
abalanzaba á la llave y la reconocía, con una ojeada abrasadora,
después de arrancársela á Andrés de la mano.
Éste, olvidado un momento de la situación comprometidísima en que se
hallaba, contempló con asombro la transformación que iba obrándose
en aquella criatura incomprensible para él. Ya no era la mujer de
aspecto frío, de serena razón y armoniosa palabra; no era la discreta
muchacha, que apagaba fogosos y amañados razonamientos con el hielo
de una reflexión maciza; ni la provocadora belleza que levantaba
tempestades en pechos endurecidos, con el centelleo de una sola
mirada; ni la gallarda hermosura que para ser una dama distinguida,
en opinión del ofuscado Andrés, sólo la faltaba cambiar de vestidura
y de morada; ni, por último, la doncella pudorosa que lloraba,
momentos antes, por los riesgos que corría su buena fama. Ya era la
mujer bravía; ya enseñaba la veta de la vagabunda del Muelle-Anaos y
de las playas de Baja-mar; ya en sus ojos había ramos sanguinolentos,
y en su voz, tan armoniosa y grata de ordinario, dejos de sardinera,
como los que á la sazón llenaban todos los ámbitos de la calle.
Así la vió apartarse de él como una exhalación, llegar á la puerta,
abrirla con mano temblorosa, salir al portal y lanzarse en medio del
grupo que obstruía la acera inmediata. Ni fuerzas hallaba él, en
tanto, en sus piernas para sostenerle derecho el cuerpo desmayado.
Pero consideró que una actitud así era el mejor testimonio de su
imaginada delincuencia; y se rehizo súbitamente, y salió de su
escondrijo detrás de Sotileza, resuelto á todo, aunque sin otro plan
que el de ampararla.
Por asomar al portal, Sotileza vió la estampa de la aborrecida Carpia
entre lo más espeso del grupo. Ni titubeó siquiera. Se lanzó á ella
con el coraje de una fiera perseguida, apartando la gente, que no
trataba de cerrarla el paso; y echándola ambas manos sobre los
hombros, la dijo clavándole en los ojos el acero de su mirada:
--¡Alza esa cabeza de podre, y mírame cara á cara! ¿Me ves, pícara?
¿Me ves bien, infame? ¿Me ves á tu gusto ahora?
Carpia, con ser lo que era, no se atrevía en aquel momento ni á
protestar contra las sacudidas que daba Sotileza á su cara para
ponerla más enfrente de la suya. ¡Tan fascinada la tenían el fiero
mirar y la actitud resuelta de aquella herida leona, si es que no
influía también en su desusado encogimiento el peso de su pecado!
Sotileza, exaltándose á medida que se amilanaba la otra, añadió, sin
dejarla escaparse de sus manos:
--¡Y has pensao que basta que una zarrapastrona como tú quiera
deshonrar á una mujer de bien como yo, para que se salga con la
suya? ¿Cuándo lo soñaste, infame! Me celaste la puerta como zorra
traidora, y cuando viste entrar en mi casa á un hombre honrado, que
entra en ella todos los días por delante de la cara de Dios, nos
encerraste allá, pensando que, al salir los dos con la llave que
echastes por debajo de la puerta, ibas á afrentarme delante de la
vecindá que habéis amontonado aquí tú y la bribona de tu madre, con
un escándalo de esos que sabéis armar cuando vos da la gana... ¡Pues
ya estoy aquí! ¡ya me tienes en la calle! ¿Y qué? ¿Piensas que hay en
ella alguno, por dejao de la mano de Dios que esté, que se atreva á
pensar de mí lo que tú quieres?
Según iba gritando Sotileza, calmábanse las riñas como por encanto:
todas las miradas se convertían hacia ella, y todos los ánimos
quedaron suspensos de sus palabras y ademanes. La Sargüeta se retiró
de su balcón precipitadamente, como se esconde un reptil en su
agujero al percibir ruidos cercanos; y Carpia pensó que se le caía
el mundo encima al verse en medio de aquella silenciosa multitud, á
solas con su implacable enemigo, y tan cargada de iniquidades.
--¿Véislo?--continuó Sotileza sin soltar á Carpia y mirando con
valentía á corrillos y balcones.--¡Ni tan siquiera se atreve á negar
la maldá que la echo en cara! ¿Estará la infame bien abandoná de
Dios! Mira, ¡envidiosona y desalmada! salí de la prisión en que me
tuvistes, con ánimo de arrastrarte por los suelos: ¡tan ciega me
tenía la ira! Pero ahora veo que para castigo tuyo, á más del que te
está dando la concencia, sobra con esto.
Y la escupió en la cara. En seguida, con un fuerte empellón, la
apartó de sí.
Apenas había en la calle quien no tuviera algún agravio que vengar
de la lengua de aquella desdichada; y por eso, cuando en un arrebato
de furia, al verse afrentada de tal modo, trató de lanzarse sobre la
impávida Sotileza, un coro de denuestos la amedrentó, y una oleada
de gente la arrebató más de diez varas calle arriba. Una mozuela se
acercó entonces á la triunfante Silda, y la dijo en voz muy alta:
--Yo la ví, dende allí enfrente, trancar la puerta de la bodega.
--Y yo echar la llave por debajo, á media güelta que dió endenantes
con desimulo--añadió un vejete con la moquita colgando.--Primero lo
dijera yo, porque soy hombre de verdá; pero de perro villano hay que
guardarse mucho, mientres esté sin cadena.
--¡Si no podía engañarme yo... porque no podía ser otra
cosa!--exclamó Sotileza congratulándose de aquellos dos testimonios
inesperados.--Pero bueno es que alguno lo haya visto... ¡y quiera
Dios que vos atreváis á decirlo bien recio en otra parte, si por
ello vos pregunta quien puede castigar estas infamias con la ley!
No podía más la infeliz: un sollozo ahogó la voz en su garganta;
llevóse ambas manos á los ojos, y corrió á esconder su desconsuelo
en el rincón más apartado de la bodega. Mares de llanto vertió allí,
rodeada de la compasión cariñosa de Pachuca y otras convecinas, que
la dejaban llorar, porque sólo llorando podía aliviarse un corazón
repleto de pesadumbres tan amargas.
¿Y Andrés? ¡Qué papel el suyo... y qué castigo de su ligereza! No
pasó del portal. Desde allí observó que la curiosidad de todos estaba
saciándose en lo que hacía y decía Sotileza, y que para nada se
acordaba de él; y en cuanto se revolvió el grupo que tenía enfrente
para arrollar á Carpia, y se llevó detrás todas las miradas de la
gente de la calle, convencido además de que ningún riesgo material
corría ya la víctima de sus imprudencias, salió del portal y se
fué deslizando, como á la disimulada, acera abajo, hasta llegar á
la cuesta del Hospital, donde respiró con desahogo, dió dos recias
patadas en el suelo, apretó los puños y aceleró su marcha, como si le
persiguieran garfios acerados para detenerle.
Bajando á la Ribera por el Puente, vió á tía Sidora, que subía por
la calle de Somorrostro con otra marinera, detenerse de pronto para
dar una risotada de aquéllas suyas, con temblores de pecho y de
barriga. Aquella risotada fué un azote para la cara de Andrés, y una
tenaza para su conciencia. Apretó el paso más todavía, y así anduvo,
sin saber por dónde, hasta la hora de comer; y entonces se metió en
su casa, sin atreverse á medir con la imaginación toda la resonancia
que podía llegar á tener aquel suceso, cuyos detalles, estampados á
fuego en su memoria, le enrojecían el rostro de vergüenza.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXIV
FRUTOS DE AQUEL ESCÁNDALO
¡Si tuvo resonancia el caso! ¿Cómo no había de tenerla con aquel
aparato, á aquellas horas, siendo Andrés quien era, y su cómplice tan
afamada en el barrio, y aun fuera del barrio, y la ciudad tan pequeña
todavía! Se supo todo, todo, y muchísimo más; porque la imaginación
del vulgo es fecundísima en supuestos, y la frescura de las gentes
imperturbable en acreditarlos con grandes visos de verdad; y se
dijo... ¿quién es capaz de saber lo que se dijo, y cómo fué rodando
la bola de nieve, y creciendo, creciendo, hasta que pudieron verla
los más ciegos y percibir los más sordos sus crujidos?
Don Pedro Colindres frecuentaba muchos centros cuya miga era el
tufillo alquitranado. Allí toda la concurrencia de tertulianos era
de gentes de su profesión; y entre estas gentes andaba, con más
calor que entre otras, rodando lo cierto y lo imaginado sobre el
fresquísimo suceso de la calle Alta. Nadie fué tan imprudente que
relatara la historia con pelos y señales al padre del protagonista
de ella; pero el capitán, con los desperdicios de tantas
conversaciones sobre el mismo tema, cortadas de pronto al acercarse
él á los relatantes, fué poco á poco acumulando recelos que, con
los precedentes que ya tenía, imbuídos por su mujer, llegaron á
producirle muy serias inquietudes. La capitana las tuvo insoportables
antes que él; porque las _amigas_ que se le acercaron, recién
atiborradas de aquellas noticias, fueron menos prudentes que los
amigos del capitán, y dejáronla, con el escozor de las presunciones,
á dos dedos de la verdad. Lo poco que faltaba hasta dar con ella,
lo llevaba escrito Andrés en su azoramiento nervioso, en su aire
distraído, en su desazón alarmante.
Cuando, apenas cerrada la noche, entró en casa en este mismo estado
en que, con extrañeza, le habían visto á la hora de sentarse á la
mesa, le llamó su padre al gabinete donde acababa de tener una larga
conferencia con su mujer. Andrés acudió al llamamiento sin intentar
siquiera el disimulo del martirio moral en que se hallaba. Entró,
pues, en el gabinete como entra un reo animoso en la capilla: con la
agonía en su espíritu, pero no indócil ni desesperado.
Don Pedro Colindres, al verle así, notó que se trocaba su indignación
en honda pena, y le dijo:
--En buena justicia, no podrás tenerme, Andrés, por padre duro de
entrañas; no podrás decir que te he esclavizado á mis caprichos de
hombre intratable; que no te he dado toda la libertad que me has
pedido; que no he puesto de mi parte todo cuanto me ha sido posible
para ganar tu sumisión con el cariño, y no con las durezas; porque no
he querido en tí el temor, sino el respeto, y, en todo lo que fuera
compatible con el que me debes, la confianza.
--Es la pura verdad,--respondió Andrés.
--Pues en testimonio de que así lo crees y de que no eres
desagradecido, vas á declarar aquí mismo, ahora mismo, lo que te
pasa, lo que te ha pasado esta mañana.
Andrés sintió su cuerpo bañado en un sudor frío y mortal; faltáronle
las fuerzas con que había contado, y se dejó caer en una silla junto
á la cual estaba de pie. Alarmóse su madre al verle tan pálido, y se
lanzó á él de un brinco desde el sofá en que se hallaba sentada. El
capitán se acercó también, pero no alarmado, porque conocía mejor que
su mujer la causa del desfallecimiento de su hijo.
--¿Qué te sucede, Andrés?... ¡hijo mío!--exclamaba la capitana
cogiéndole la cabeza entre sus manos.
--Nada,--respondió Andrés, enderezándose y queriendo sonreir con un
gran esfuerzo de su voluntad.
--Pues claro que no es nada,--observó don Pedro para tranquilizar
á su mujer. Después, encorvando su cuerpo hasta interponerse entre
ella y su hijo, habló á éste así, dulcificando cuanto pudo la natural
rudeza de su acento:
--Bien conozco que es duro el trance en que te pongo con mi
exigencia; pero ¡qué demonio! temporales más fuertes corremos los
hombres, con el ánimo encogido, eso sí, pero con la cara serena... Ya
ves, hay que dar ejemplo... Con que un poco de voluntad, y pecho al
agua, hijo... ¿Tienes algún reparo en hablar delante de tu madre...
de ciertas cosas que habrá de por medio?... ¿Quieres que se marche
de aquí?... ¿Tienes más confianza con ella y quieres que me marche
yo?... Con franqueza, hombre, ¡lo que tú quieras!... ¡lo que quieras,
hijo, con tal de que nos saques luégo de estas ansias que nos ahogan!
--No quiero que se marche nadie--respondió Andrés,--porque nada de lo
que tengo que decir es para afrentarme con ello por lo que fué en sí,
aunque, por el modo de ser, se lo haya parecido á algunos.
--Pues ya te estamos oyendo--dijo el capitán.--Con que habla; pero
sin ocultarnos ni una pizca de la verdad.
Aquí comenzó Andrés á relatar el caso con la mayor exactitud, y hasta
con exornaciones de su cosecha, para darle más colorido de interés,
con el santo fin de que resaltara, en el mayor bulto posible, la
iniquidad de las hembras de Mocejón.
La capitana se tapaba los ojos con las manos al describir su hijo los
alaridos de las reñidoras y la avidez de los curiosos mientras él
estaba encerrado en la bodega, y cuando salió hasta el portal detrás
de Sotileza, hecha una tempestad, y más tarde se lanzó á la calle
viendo centellas sus ojos y pisando lumbre sus pies.
--¡Qué vergüenza, Virgen Santísima, para tí... y para todos nosotros,
Andrés!--exclamó la capitana al acabar su hijo el relato.
El capitán largó un taco embreado, aunque á media vela; y, mirando
con duro ceño á su hijo, le habló así:
--No está mal hecha la historia; y lo digo porque, con sólo oírtela,
hubiera jurado yo que se me iba pintando de almagre toda la cara.
Pero falta lo más interesante de ella, y espero que nos lo cuentes
con la misma exactitud con que nos has contado lo demás.
--Pues no queda nada por referir,--dijo Andrés con bien poca
sinceridad.
--¡Vaya si queda!--exclamó su padre.--Ahora tienes que decirnos á qué
ibas tú á la bodega esa de la calle Alta.
--Pues iba--respondió Andrés muy vacilante y desconcertado,--á
recoger unos aparejos que...
--¡Mentira, Andrés, mentira!...--le interrumpió su padre con voz y
ademanes muy airados.--Por eso sólo, que pudo hacerse á otra hora
cualquiera del día ó de la noche, no faltas tú, como faltaste esta
mañana, á tus deberes en el escritorio. ¡Confiésanos la verdad,
Andrés!
--Ya la he confesado.
--¡Te repito que mientes!
--Pero ¿qué quieren ustedes que les diga yo?--preguntó Andrés con un
acento en que se confundían la contrariedad harto manifiesta y el
enojo muy mal disimulado.
--La verdad, nada más que la verdad--insistió su padre.--¿Qué
intenciones te llevaban á esa casa á tales horas?
--Las que me han llevado tantísimas veces,--respondió Andrés de mala
gana.
--Me lo voy sospechando--dijo con voz terrible el capitán.--Pero,
cuando menos, en esas otras veces había en la casa alguien más que
esa mujer; tú no faltabas á tus deberes... te podía disculpar la
fuerza de tus aficiones... Ahora no hay nada que te disculpe, Andrés,
nada; nada de cuanto el suceso arroja de sí: todo ello te condena...
Y si te callas, ¿qué es lo que debemos creer?...
Andrés permaneció unos instantes con la cabeza inclinada, la mirada
indecisa y retorciéndose, con mano nerviosa, una de las guías de su
bigote. Después se alzó de la silla y comenzó á dar cortos y agitados
paseos por el gabinete. Estando así, su madre no apartaba de él los
ojos anhelantes, y el capitán insistió en su pregunta:
--¿Qué es lo que debemos creer, Andrés?
Éste, acosado de nuevo en un callejón sin salida, respondió seca y
brutalmente:
--Lo que á ustedes les parezca.
--¿Lo ves, Pedro, lo ves? ¿Ves cómo salió lo que yo me
temía?--exclamó al punto la capitana.--¡Ya han dado sus frutos
aquellas malas compañías! ¡Ya nos lo echaron á perder! ¡Dime ahora
que veo visiones y que soy una madre impertinente!
--¡Déjame en paz con doscientos mil demonios, Andrea, que éste no
es momento de ventilar esas cosas!--replicó á su mujer el capitán,
con voz huracanada; y en seguida, volviéndose hacia Andrés, le dijo,
temblando de ira:--La única respuesta que cuadraba á eso que acabas
de decirme, era un bofetón que te dejara sin muelas en la boca,
¡mentecato! Pero todo se andará, si en que se ande te empeñas. Yo
te lo aseguro... ¿Qué es lo que buscas con esas respuestas, después
de lo que te ha sucedido? ¿Quieres matar, pisoteando el cariño de
tus padres, el bochorno que te da el acordarte de lo que has hecho,
ó tratas de engañarnos con la misma verdad? Pues entiende que yo te
cojo por la palabra y que creo lo que me parece, y que esto que á mí
me parece es lo peor de lo que yo puedo creer. ¿Lo entiendes bien?
--Sí, señor,--respondió Andrés, insensible y sombrío.
--Corriente--añadió su padre, apretando los puños y mordiéndose los
labios de ira.--Pues ahora nos queda otro punto que ventilar aquí, y
de mayor importancia que todos los demás.
La pobre Andrea no cesaba un punto de pasear su mirada angustiosa de
la cara de su marido á la cara de Andrés.
--En el lance de esta mañana no has sido tú solo el corrido de
vergüenza, ni el único que está dando pábulo á las zumbas de todo
aquel barrio y de media ciudad. Considerando eso... porque tú lo
habrás considerado bien, ¿qué ideas te pasan ahora por la cabeza?
¿con qué aparejo piensas dar la proa al temporal?
--Con el que sea necesario,--respondió sin vacilaciones Andrés.
--¡Eso no es responder bastante!
--Pues yo no puedo responder más.
--¡No pongas á prueba mi paciencia, Andrés!
--¡Pues tenga usted algo de caridad conmigo!
Andrea miró entonces á su marido con una expresión en que iban bien
recomendados los deseos de Andrés.
--¡Caridad!--respondió el capitán, sin hacer gran caso de las miradas
de su mujer.--¿Pues la tienes tú con tu padre? ¿No presumes que cada
respuesta de las tuyas es una puñalada para nosotros?... ¡Y no te
dejaré ya de la mano, no, aunque pongas el grito en el cielo; porque
mucho más me duelen á mí los golpes de las palabras tuyas! Con ellas
me has demostrado que mi pregunta te ha llegado á lo vivo; y á dar en
lo vivo tiraba yo, Andrés; y eso vivo es muy grave; y se conoce en
lo que tiemblas y por lo que te callas, más que por lo que dices...
¡Habla, hijo, pero por derecho y claro, sin embustes ni rodeos! Tu
madre y yo tenemos que conocer la extensión de esas aventuras, el
rumbo de tus intenciones. ¡Mira que tememos que sean muy malas;
porque, si fueran buenas, ya nos lo hubieras dicho!
Decirle á Andrés que eran muy malas sus intenciones en el supuesto
de que se enderezaran á lavar las manchas arrojadas por él mismo
en el honor de Sotileza, era sacar de quicios al fogoso muchacho.
No cruzaba por sus mientes, maduro y sazonado por lo menos, el
pensamiento que su padre se temía; y no cruzaba así, porque la
misma Sotileza se le había desdeñado al conocerle, en momentos bien
críticos para la pobre muchacha. Pero ¿por qué, en el supuesto de
que existiera, se le maltrataba de tal modo? ¿Por qué el honor de la
huérfana de Mules, capaz de aquel noble desinterés, no había de ser
tan digno de respeto como el de la más empingorotada señorona?
Y estas consideraciones, hechas en un instante por Andrés,
desconcertáronle en tales términos, que las dió traducidas en las
palabras que dijo para responder á los mandatos y advertencias de su
padre.
La capitana tuvo que interponerse entre su marido y Andrés, para
evitar que el primero cumpliera la amenaza que había hecho antes al
segundo.
No era don Pedro Colindres hombre capaz de tener en poco la honra
ajena sólo por verla en hábitos humildes; pero la respuesta de
Andrés, por lo descosida, por lo irrespetuosa, por lo desatinada en
fin, le había hecho creer que sólo se trataba allí de un antojillo
pueril, de una muchachada peligrosa, de una llamarada de pasión que
era preciso apagar á todo trance y sin pérdida de un solo momento. Y
por si la sospecha no llevaba bastante peso por sí sola, la reforzó
la capitana, que se había quedado atónita con las declaraciones de su
hijo, con estas palabras que salieron vibrantes de su boca:
--Y después de oir esto, Pedro, ¿no caes en la cuenta de lo demás?
¿No se ve bien claro que lo del encierro en la bodega y lo del
escándalo en la calle no ha sido otra cosa que un amaño de esa pícara
para atrapar mejor á este inocente?
--¡Es falso ese supuesto!--respondió iracundo el fogoso mozo,
olvidado del respeto que debía á su madre, por la gran injusticia que
se cometía con la honrada callealtera.
--¡Hasta eso, Andrés, hasta eso!--increpóle su padre lanzando rayos
por los ojos.--¡Hasta el cariño y el respeto á tu madre pisoteas por
salirte con la tuya! ¡Hasta ese extremo te han corrompido el corazón!
¡Hasta ese punto te han cegado los ojos!
--¡Yo no pisoteo esas cosas, padre!--respondió medio sofocado
Andrés.--Pero no soy una peña dura, y me duelen mucho ciertos golpes.
¡Que no me los den!
--Y los que tú nos estás dando á nosotros ahora, hijo del alma,
¿piensas que no duelen?--díjole su madre con el llanto en los ojos.
--¡Bah!--exclamó don Pedro Colindres con feroz ironía.--¿Qué
importan esos golpes? Yo ya soy casco arrumbado; tú, caminando vas
á ello... Días antes, días después, ¿qué más da?... Y con nosotros
bien cumplido tiene. Lo que ahora importa es que él no pase una mala
desazón, y que no pierda sueño la señora marquesa del pingajo... ¡Ira
de Dios!... Esto no se puede sufrir, y yo no contaba con ello...
porque ni tu madre ni yo lo merecemos, Andrés, ¡ingrato! ¡mal hijo!...
--¡Señor!--murmuró roncamente Andrés, sofocado bajo el efecto de
estas palabras que caían en su corazón como gotas de plomo derretido.
--Pedro, ¡por el amor de Dios! cálmate un poco--díjole la capitana
llorando,--que él hablará y nos dirá lo que queremos. ¿No es verdad,
Andrés, que vas á decir... lo que debe decirse... porque tú no has
dicho nada con serenidad hasta ahora?...
--Tras de lo que nos ha confesado--interrumpió el capitán sin
dar tregua á sus iras,--nada puede decirme que no sea una nueva
insensatez, ó una mentira que yo no he de tragarle...
--Ya usted lo oye--dijo Andrés á su madre:--estoy de más aquí; porque
si se me pregunta, yo no he de dejar de responder conforme á lo que
siento.
--Pues por eso--saltó el capitán, llegando á los últimos límites de
su exasperación,--porque conozco la mala calidad de lo que sientes,
no quiero oirte una palabra más; por eso estás aquí de sobra; por
eso quiero que te me quites de delante... y que no vuelva á verte
yo enfrente de mí mientras no vengas pensando de otro modo... ¿Lo
entiendes? ¡mentecato! ¡desagradecido!
--No lo olvidaré,--contestó Andrés con sequedad.
Y salió del gabinete apresuradamente.
Don Pedro Colindres se quedó en él dando vueltas de un lado
para otro, como tigre en su jaula. La capitana le seguía en sus
desconcertados movimientos, con los ojos llenos de lágrimas y algunas
reflexiones entre los labios, que no llegaron á salir de ellos. Así
pasó un buen rato. De pronto dijo el capitán, sin dejar de moverse:
--Dame el sombrero, Andrea.
--¿Á dónde quieres ir?
--Á la calle Alta ahora mismo. Es necesario estudiar ese punto sobre
el terreno, y no desperdiciar instante ni noticia para conjurar el
mal, cueste lo que cueste.