--¡Algo, algo! Saber algo es lo mismo que no saber nada en cosas

tan importantes, ¡cuerno! Pues ahora ya lo sabéis con todos sus

pelos y señales. Ya sabéis que ese arco admirable que forma la peña,

fué hecho por el barco milagroso al tropezar con ella y pasarla de

parte á parte. Y ¿por quién lo sabéis?... ¿lo sabéis por boca de

esos predicadores de rasolís? Pues lo sabéis por habérmelo oído

á mí esta mañana; á mí, á este pobre fraile del convento de Ajo,

que, con enseñaros tanto en un sermón de tres meses de fatiga y más

de quince textos en latín de lo mejor, no llegó á daros gusto...

¡Margaritas á puercos, hijos; margaritas á puercos!... Pero más

tarde os veréis en otra; y éste será el mejor castigo que merecen,

¡cuerno! las habladurías de esos fanfarrias... Y no digo más,

¡jinojo! porque os pica mucho el ajo de esta tarde, y no quiero que

penséis que me alegro de ello, por tomarlo á castigo de Dios... que

bien pudiera, ¡cuerno! que bien pudiera tomarlo por esa banda sin

pecado de vanidad. ¡Uf!... ¡Lenguas, lenguas; _linguæ corruptæ_,

carne mísera, carne concupiscente!... Y adiós, muchachos, que me voy

á mis quehaceres... Por supuesto, no hay que advertir que lo uno no

quita lo otro. La puerta del padre Apolinar no se cerrará por eso

para nadie. ¡Pero cuidado con que llaméis á ella, en todos los días

de vuestra vida, para asuntos de la Cátedra del Espíritu Santo!...

porque entonces no responderé aunque me la echéis abajo... ¡aunque me

la echéis abajo, cuerno!

Y se fué pae Polinar menos enfadado de lo que él mismo creía.

Entre tanto, no se podía parar en la calle Alta. Cánticos en la

taberna, diálogos de balcones á ventanas, jolgorios en las aceras

y bailoteos en medio del arroyo. Todo aquel vecindario estaba

desquiciado de alegría... todo, menos la familia de Mocejón, que,

encerrada en su caverna, no cesaba de maldecir á Cleto por la afrenta

que había echado á la casa haciendo lo que hizo con la «moscona

de abajo» después del regateo. Y para mayor rescoldera de las dos

furias, el lance se comentaba en la calle con aplauso general,

porque en la calle no había pizca de vergüenza, y era voz corriente

que ninguna moza era más merecedora que Sotileza de lo que con ella

se hizo, por ocurrencia gallardísima de Cleto; y hasta se había

hablado de si _apereaban_ ó no; de si había ó no había mutuos y

transcendentales propósitos entre ambos, y de que, si no los había,

debiera de haberlos... Y mucho de ello se había escuchado desde el

quinto piso; y por no oirlo, se habían cerrado las puertas del

balcón y se habían tapiado hasta las rendijas, prefiriéndose por las

hembras de Mocejón este recurso al de dar rienda suelta á sus iras

venenosas en ocasión tan comprometida para ellas. Porque voluntad y

lengua y arte, les sobraban para alborotar en medio cuarto de hora

toda la calle. ¡Lo habían hecho tantas veces!... Pero faltaba la

ocasión, la disculpa; un poco, no más, de motivo, de apariencia de

él tan sólo; y en cuanto le tuvieran, y le tendrían, porque tras él

andaban sin descanso... ¡oh, entonces, entonces las pagaría todas

juntas la tal y la cual de la bodega de abajo, y aprendería lo que

ignoraba el mal hijo, el infame hermano, el indecente, el animal, el

sinvergüenza, el lichonazo de Cleto!

Y no cerraban boca, mientras Mocejón zumbaba como un tábano en el

rincón de la sala, y el acribillado mozo saboreaba en la taberna

de tío Sevilla, ajeno enteramente al hervidero de entusiasmo que

le circundaba, y en plácido reposo, los dulcísimos recuerdos de su

última proeza.

En la bodega de Mechelín no cabía la gente cuando llegó Andrés.

Porque Andrés creyó muy de necesidad darse una vueltecita por allí

para felicitar al veterano y echar unos parrafejos con la familia,

en ocasión tan señalada. Tía Sidora reventaba en el pellejo; su

marido parecía haber arrojado veinte años de encima de cada espalda.

Sotileza, después de las emociones de la tarde, se hallaba ya en su

acostumbrado nivel.

El remozado pescador, por remate de largos comentarios del regateo,

llegó á decir á Andrés:

--¡Mire usté, hombre, que fué alvertencia bien ocurría la de ese

demonio de muchacho!... Ya lo vería usté, que no andaba muy lejos...

Hablo relative á la bandera que entregó á Sotileza pa que ella mesma

la amarrara á la lancha. ¡Dígote que no lo creyera en él!... Y que me

gustó el auto, ¿por qué se ha de negar?... Y también á tí, Sidora,

que hasta pucheros hacías de puro satisfecha... y al mesmo angeluco

de Dios éste, que bien se le bajó la color y le temblaron las

manucas... ¡y á toa la gente de la calle, hombre, que se hace lenguas

sobre el caso!

--¿Querrá usté creer, don Andrés--añadió tía Sidora,--que anda el

muchacho, á la presente, como si hubiera cometido con nosotros un

pecao mortal? ¡Será venturá de Dios esa criatura?... ¡Vea usté!

Otros, en su caso, meterían la ocurrencia por los ojos.

--¡Uva!--confirmó tío Mechelín.

¡Preguntarle á Andrés si había notado el suceso, cuando no perdió el

detalle más insignificante de él!... ¡Encarecerle la ocurrencia de

Cleto, y los merecimientos de Cleto, y hasta el agradecimiento de

Sotileza, cuando lo tenía todo junto, hecho un bodoque, atravesado

en la garganta algunas horas hacía! Pero ¿cómo había de sospechar

el honradote matrimonio, aunque hubiera sabido lo de la arboleda de

Ambojo y lo que á esto se siguió en la bodega, que un mozo de las

condiciones aparentes de Andrés podía dar en la manía de no sufrir

con paciencia ni que las moscas, sin permiso de él, se enredaran

en las ondas del pelo de Sotileza? Algo mejor lo sabía ésta; y por

saberlo, con una ojeada rápida leyó en la cara de Andrés el mal

efecto que le estaban causando las alabanzas á la galantería del

pobre Cleto. Por eso trató de echar la conversación hacia otra parte;

pero no pudo conseguirlo. Tío Mechelín, ayudado de su mujer y de los

tertulianos, entre los cuales se hallaban Pachuca y Colo, insistía en

su tema; y como todo lo veía entonces de color de rosa, y á todos los

quería alegres y satisfechos á su lado, acabó sus congratulaciones y

jaculatorias diciendo:

--¡Mañana va á ser domingo tamién pa tí, Sotileza! Ya que tanto te

gusta la deversión, vas á venirte conmigo en la barquía: á media

mañana. Á poco más de media tarde estaremos de vuelta.

--Hay mucha costura sin rematar,--respondió Sotileza.

--No puede ser por mañana--dijo tía Sidora,--porque tengo yo que

estar en la Plaza todo el día. Otra vez irá. ¿Nordá, hijuca?

--¡Por vida del incomeniente!--exclamó Mechelín.--Otro día puede que

no esté yo de tanto humor como estaré mañana. Pero, en fin, haré por

estarlo. ¿Nordá, saleruco de Dios?

Cuando salió Andrés de la bodega, muy poco después de esta

conversación, mientras iba calle abajo hacia la Catedral, jurara

que llevaba en cada oído un importuno moscardón que le iba zumbando

sin cesar unas mismas palabras. Algo más allá, estas palabras,

que le sonaban en los oídos, eran gérmenes de pensamientos que se

le revolvían en la cabeza; andando, andando, estos pensamientos

engendraron propósitos; y estos propósitos llenáronle de recuerdos

la memoria; y estos recuerdos produjeron luchas violentísimas; y

las luchas, serios razonamientos; y los razonamientos, sofismas

deslumbradores; y los sofismas, propósitos otra vez; y estos

propósitos, tumultos y oleadas en el pecho.

Así llegó á casa, y así pasó la noche, y así despertó al otro día, y

así fué al escritorio; y por eso engañó á Tolín á media mañana y, por

segunda vez en su vida, con otro pretexto mal forjado, para faltar á

todos sus deberes.

Al abocar, un cuarto de hora más tarde, á la calle Alta por la Cuesta

del Hospital, no sin haber pasado antes por la Pescadería y visto

desde lejos á tía Sidora bajo su toldo de lona, Carpia, que salía de

su casa, retrocedió de pronto; metióse en el portal, echó escalera

arriba y se puso en acecho en la meseta del segundo tramo. Desde

allí, procurando no ser vista, vió entrar á Andrés en la bodega. En

seguida subió volando al quinto piso; habló breves palabras con su

madre, y volvió á salir á la escalera; bajó hasta el portal sin hacer

ruido; y de puntillas, conteniendo hasta la respiración, como un

zorro al asaltar un gallinero, se acercó á la puerta de la bodega.

Estirando el pescuezo, pero cuidando mucho de no asomar la cabeza al

hueco de la puerta, abierta de par en par, conoció, por los rumores

que llegaban á su oído sutil, que los «sinvergüenzas» no estaban

enfrente del carrejo, sino al otro extremo de la salita. Escuchó

más, y oyó palabras sueltas, que le sonaron á recriminaciones de

Sotileza y á excusas y lamentaciones apasionadas de Andrés... Por más

que aguzaba el oído, bien aguzado de suyo, no podía coger una frase

entera que la pusiera en la verdad de lo que pasaba allí.

--¿Y qué me importa á mí la verdá de lo que pueda pasar entre

ellos?--se dijo, cayendo en la cuenta de lo inútil de su

curiosidad.--Lo que importa es que se crea lo peor; y eso es lo que

va á creerse ahora mismo.

Y en seguida hundió la cabeza desgreñada en el vano; miró á la

cerradura de la puerta, arrimada á la pared del carrejo; vió que

la llave, como presumía, estaba por la parte de afuera, lo cual

simplificaba mucho su trabajo; avanzó dos pasos callandito, muy

callandito; alargó el brazo, y trajo la puerta hacia sí, con mucho

cuidado para que no rechinaran las bisagras; comenzó á trancar

poco á poco, muy poco á poco, mientras adentro crecía el rumor de

la conversación; y cuando hubo corrido así todo el pasador de la

cerradura, quitó la llave y la guardó en el bolsillo de su refajo. En

seguida salió del portal á la acera; llamó á su madre desde allí; y

tan pronto como la Sargüeta respondió en el balcón, dijo con sereno

acento y como si se tratara de un asunto corriente y de todos los

días:

--¡Ahora!

Aquí, unos cuantos compases de silencio. Poca gente por la calle;

algunas marineras remendando bragas en los balcones, ó asomadas á tal

cual ventana de entresuelo, ó murmurando en un portal. Carpia está

á la parte de afuera del de su casa, arrimada á la pared, con los

brazos cruzados. Chicuelos sucios revolcándose acá y allá. De pronto

se oye la voz de la Sargüeta:

--¡Carpia!

--¡Ñora!

--¿Qué haces?

--Lo que usté no se piensa.

--Súbete á casa con mil rayos.

--No me da la gana.

--Ya te he dicho que no te pares nunca onde estás... ¡y bien sabes

tú por qué!... ¡Güena casa tienes pa recreo sin estorbar á naide!...

¡Arriba, te digo otra vez!

--¡Caraspia, que no me da la gana! ¿Lo oye?

--¡Que subas, Carpia, y no me acabes la pacencia!... ¡Que ná tienes

que hacer en onde estás!

--Tengo que hacer mucho, madre, ¡mucho!... ¡más de lo que á usté se

le fegura, caraspia!... Estoy guardando la honra de la escalera,

¡sí! y la honra de toa la vecindá. ¡Ha de saberse dende hoy quién

es ca uno!... ¡por qué está la mi cara abrasá de las santimperies,

y por qué están otras tan blancas y repolidas! ¡Caraspia, que esto

no se puede aguantar! ¡Á los mesmos ojos de uno!... ¡á la mesma

luz del megodía! ¡Es esto vergüenza, madre? ¡Es esto vergüenza?...

Pus pa sacársela á la cara estoy aquí ahora... ¡pa que se acabe

esto de una vez, y se queden las gentes de honor en sus casas, y

vayan las enmundicias á la barreúra! Pa eso... ¡La mosconaza! ¡la

indecenteee!...

--Pero, mujer, ¿qué es ello? ¿qué está pasando, Carpia?

--¡Que el c...tintas y la señorona, solos, los probes de Dios, están

en la bodega á puerta cerrá!... ¡y que esta casa, de portal arriba,

no es de esos tratos, caraspia!

Aquí ya se acercan los chicuelos á la hija de la Sargüeta; se

detienen los transeuntes; se abren balcones que estaban cerrados, y

se ponen de codos sobre las barandillas mujeres que antes estaban

sentadas entre puertas.

Y replica la Sargüeta desde el balcón, á su hija que se contonea en

la acera delante del portal:

--¡Y esto te pasma?... ¡Y por eso te sefocas, inocente de Dios? ¡Pos

bien á la vista estaba! ¡Delante de los ojos lo tenías! Pero con too

y con ello, guarda el sefoco, que pueden angunas que nos escuchan

pedirte cuenta de lo que digas... ¡Porque aquí no habría gente de

mal vivir si no hubiera sinvergüenzas que las taparan, puñales!...

Y delante de la cara de Dios, tan bribona es la que se vende por

un pingajo, como la que la empondera... Y de estas encubridoras

hay aquí muchas, ¡puñales!... ¡Y esas son las que sonsacan á los

hijos de familia pa meterlos en esas perdiciones y afrentar á las

gentes de bien! ¡Esas, esas! ¡y por lo que chumpan! ¡y lo que se les

pega!... ¡y lo que las vale!... ¡Así estoy yo sin hijo!... ¡así me le

engañaron!... ¡bribonas!... ¡que él no se alcordaba de ella! ¡bien

en paz vivía en su casa!... (De pronto se fija la Sargüeta en una

vecina de enfrente, que la estaba mirando.) ¿Qué se te pierde aquí,

pendejona?... ¿Te pica lo que digo?... ¿Te resquema la concencia?

--¡Calla, infamadora, deslenguada!--dice la aludida, que ni se

acordaba de entrar en pelea, pero que no la rehusa ya que se le pone

tan á mano.--¿Qué se me ha de perder á mí en tu casa si no es la

salú, con sólo mirar haza ella?

Carpia desde abajo:

--¡Déjela, madre, déjela, que con esa se mancha hasta la basura que

se la tire á la cara!

--¡Dejarla yo!--exclama la Sargüeta, deshaciéndose el nudo del

pañuelo de la cabeza para volver á hacerle con las manos trémulas por

la ira.--¡Dejarla yo!... sin pelos en el moño la dejaría, ¡puñales!

si la tuviera más cerca.

--¡Á mí tú?--dice la de enfrente comenzando á ponerse

nerviosa.--¡Lambionaza!... ¡bocico de chumpa-güevos!

--¡Á tí, sí, chismosona!... ¡cubijera!... ¡Y también á esa otra

lambe-caras que te está prevocando contra mí!

La «otra lambe-caras,» desde su balcón:

--¡Echa, echa solimán por esa bocaza del demonio, coliebra!...

¡escandalosa!... ¡borrachona!

Carpia, desde abajo, sin que se callen las de arriba:

--«¡Escandalosa!...» Pregúntela, madre, por qué la carenó el pellejo

la otra noche el su marido... Y si no se atreve á cantarlo, que lo

cante la brujona de la su vecina, que la corre los cubijos por lo que

se le pega al gañote, ¡caraspia!

La «brujona» del entresuelo, sin que callen las anteriores:

--¡Yo cubijera de naide! ¡Desvergonzaona!... ¡cancaneá!...

¡envidiosa!... ¿Te lo ha dicho ella por si acaso?...

--Me lo ha dicho quien lo ha visto con sus mesmos ojos... y no me

dejará mentirosa á la hora presente... porque oyéndolo está bien

cerca de aquí, asomá á la ventana, por más señas... ¡Caraspia, no te

hagas la disimulá, que too el mundo sabe que por tí hablo!

La de la ventana, entre el vocerío de todas las anteriores:

--Pa que yo te dijera esas cosas, juera menester que me rebajara á

cruzar palabra contigo y á alcordarme de espantajos indecentes como

esa otra... Y tú, perra lambiona, ¿por qué tiras de la lengua á

denguno cuando eres un talego de maldaes, como la madre que te parió?

¡Desgobernás... que dormís las cafeteras en el balcón por falta de

cama!... ¡porconazas!...

El «espantajo indecente:»

--¿Qué más quisieras tú, desollaona, descamisá, que yo te consintiera

tomar en boca el mi nombre?

La de la ventana:

--¡Puáa! ¡Allá va el nombre tuyo ahora mesmo!... ¡Abaja á recogerle

en la basura de la calle, que la está manchandoooo!...

Y por aquí corto la muestra del paño de los procedimientos por medio

de los cuales van las hembras de Mocejón enzarzando reñidoras en la

pelea, y á la vez subdividiéndola en otras muchas y por otros tantos

motivos diferentes entre sí; de modo que en menos de un cuarto de

hora está toda la calle, como diría don Quijote, lo mismo que si

se hubiera trasladado á ella la discordia del campo de Agramante,

pues «allí se pelea por la espada, aquí por el jaez, acullá por el

águila, acá por el yelmo, y todos pelean y todos no se entienden.» Se

grita á gañote suelto, y se vomitan vocablos cuya crudeza no puede

representarse por signos de ninguna especie, porque no los hay que

pinten su dejo de carácter, aguardentoso, desgarrado y mal oliente

á la vez. Todas las reñidoras gritan á un tiempo, y ya no se trata

de responder á una agresión asquerosa con otra más desarrapada,

sino de expeler, á toda fuerza de pulmón, cuantas injurias, cuantas

torpezas, cuantas hediondeces se le vayan ocurriendo á cada furia

de aquéllas. Para el buen éxito de estos propósitos no basta la voz

humana, por recia que sea, en medio de la infernal baraúnda, y se

acude al auxilio de la gimnástica, porque la simple mímica vulgar

no alcanzaría tampoco. Por eso patea una mujer aquí, puesta en

jarras; y allí se revuelve otra, y ata y desata diez veces seguidas

el pañuelo de su cabeza; y otra se alza y se baja más allá, con los

ojos encandilados y las venas del pescuezo reventando; quién se

golpea desaforadamente las caderas con los puños cerrados, ó se azota

el trasero con las manos abiertas; otra echa el tronco fuera de la

balaustrada, y con las greñas sobre los ojos y el jubón desatacado,

esgrime los dos brazos al aire; y otras, en fin, como las hembras de

Mocejón, lo hacen todo ello en un instante, y mucho más todavía, sin

dar paz ni sosiego á sus gargantas, ni punto de reposo á sus lenguas

maldicientes.

No era nuevo este espectáculo en la calle Alta; y por no serlo,

los transeuntes le daban escasa importancia al advertirle; pero al

preguntar por el motivo al primer espectador arrimado á una pared

ó esparrancado en medio de la acera, oían mencionar la supuesta

engatada de la bodega de Mechelín, que para eso estaba allí Carpia,

más atenta á propagar estos rumores por la calle, que á defender su

terreno en la batalla, especialmente desde que ésta había llegado

al ardor y al movimiento deseados; y los transeuntes y los curiosos

de todas especies iban arrimándose y arrimándose, uno á uno y poco

á poco, hasta formar espeso y ancho grupo delante de la puerta; y

continuando las preguntas, se declaraban nombres y apellidos, y se

aguzaba la curiosidad y sobrevenían los comentarios de rigor.

De vez en cuando, la puerta de la bodega retemblaba sacudida

por adentro; y entonces en la boca de Carpia había sangrientos

dicharachos para los pícaros que fingían de aquel modo estar

encerrados juntos, contra su voluntad.

El lector honrado comprenderá sin esfuerzo la situación de

aquellos infelices. Sotileza, en el calor del hondísimo disgusto

que la produjo la llegada súbita de Andrés desalentado, confuso

y balbuciente, señal de lo descabellado de su resolución; atenta

sólo á reprocharle con palabras duras su temerario proceder, no oyó

el poquísimo ruido que hizo la puerta de la bodega al ser cerrada

por Carpia, ó le atribuyó, si llegó á fijarse en él, á causas bien

diferentes de la verdadera; y por lo que toca á Andrés, ni un

cañonazo le hubiera distraído del aturdimiento en que le puso la

resuelta actitud de Sotileza. Tampoco le llamaron la atención las

primeras y, para ella, confusas voces de Carpia dirigiéndose á su

madre, pues acostumbrada la tenían las mujeres del quinto piso á

oirlas dialogar harto más recio desde el balcón á la calle; pero

cuando empezó á encresparse la pelamesa, y el vocerío fué más

resonante, la misma gravedad de la situación en que se veía la pobre

muchacha excitó su curiosidad; y dejando interrumpidas sus duras

recriminaciones á Andrés, que no hallaba réplicas en sus labios,

apartóse de él para observar lo que acontecía afuera, desde la misma

salita. En cuanto vió la puerta cerrada al otro extremo del carrejo,

se lanzó hasta ella; y al enterarse de que estaba sin llave y corrido

el pasador de la cerradura, exclamó con espanto, llevando sus manos

cruzadas y convulsas hasta cerca de la boca:

--¡Virgen de las Angustias!... ¡lo que han hecho conmigo!

Después miró por el ojo de la cerradura, y vió á Carpia junto á la

puerta de la calle, y en derredor de ella, algunos curiosos que la

interrogaban y miraban después hacia la bodega. Sintió un frío mortal

en el corazón, y le faltaron alientos hasta para llamar á Andrés,

que, aturdido é inmóvil, la contemplaba desde la salita. Al fin le

llamó con una seña. Andrés se acercó. Sotileza, con el color de la

muerte en la cara, desencajados los hermosos ojos y temblando de pies

á cabeza, le dijo:

--¿Oyes bien el vocerío?... Pues mira ahora lo que se ve por aquí.

Andrés miró un instante por la cerradura, y no dijo después una

palabra ni se atrevió á poner sus ojos en los de Sotileza, mientras

ésta le interpelaba así, entre angustiada é iracunda:

--¿Sabes tú lo que es esto? ¿Sabes por qué está cerrada esta puerta?

Andrés no supo qué responder. Sotileza continuó:

--Pues todo esto se ha hecho para acabar con la honra mía. ¡Mira,

mira cómo me la pisotean en la calle! ¡Virgen de la Soledá!... ¡Y tú

tienes la culpa de ello, Andrés!... ¡tú, tú la tienes!... ¿Ves cómo

ya salió lo que yo temía? ¿Estás contento ahora?...

--Pero ¿dónde está la llave?--preguntó Andrés en un rugido, trocado

de repente su abatimiento en desesperación.

--¡Ónde está la llave!... ¿No lo barruntas? En las manos ó en la

faldriquera de esa bribona que nos ha trancao... ¡porque andaba hace

mucho detrás de algo como esto para perdición mía! Y te vería entrar

aquí; y para que tú y yo seamos bien vistos al salir de la bodega

juntos, habrán armao esa riña ella y su madre... porque tienen esas

cosas por oficio. ¿Te vas enterando, Andrés? ¿Te vas enterando bien

de todo el daño que hoy me has hecho!

Andrés, por única respuesta á estas sentidas exclamaciones de la

desventurada muchacha, se abalanzó á la puerta; y en vano añadió á la

fuerza de sus brazos toda la que le prestaba la desesperación para

hacer saltar la cerradura. Después golpeó los ennegrecidos tablones

con sus puños de hierro. Nada adelantó.

--¡Dame una palanca, Silda... un palo... cualquier cosa!--gritó en

seguida.--¡Yo necesito abrir esta puerta ahora mismo, porque tengo

que ahogar á alguno entre mis manos!

--No te apures--le dijo Sotileza con acento de amarga

resignación,--ya se abrirá ella á su debido tiempo, que para eso la

cerraron.

Andrés dejó la puerta y corrió á la salita, acordándose de la ventana

que había en ella. Pero la ventana tenía una gruesa reja de hierro.

No había que pensar en moverla. Vió la vara con que Sotileza había

sacudido el polvo á Muergo el día antes, y trató de arrancar la

cerradura apalancando con un extremo de aquélla contra el tablero

de la puerta; pero la cerradura estaba sujeta con gruesos clavos

remachados por fuera. Metió la vara por debajo de la puerta, y tiró

hacia arriba; y la vara se rompió al instante. Metió después sus

propios dedos, puesto de rodillas; tiró con todas sus fuerzas... y

nada: ni siquiera una astilla de aquellas tablas de empedernido roble.

Entre tanto, crecía el alboroto afuera y espesaba el grupo de mirones

enfrente del portal; y Sotileza, febril y desasosegada, aplicaba á

menudo la vista y el oído al ojo de la cerradura, y se enteraba

de todo. Veía la ansiedad por el escándalo pintada en los rostros

vueltos hacia la bodega, y oía las palabras infamantes que contra su

honor vomitaba la boca infernal de la sardinera; y en cada instante

que corría sin poder salir de aquella cárcel afrentosa, sentía en

la cara el dolor de una nueva espina de las que iba clavándole allí

el azote de la vergüenza. ¡Qué diría la honrada y cariñosa marinera

si al volver de la plaza encontraba la calle de aquel modo, y se

enteraba de lo que ocurría antes de que ella pudiera relatarle la

verdad! ¡Y el viejo marinero! ¡Virgen María!... ¡qué golpe para el

infeliz, cuando volviera por la tarde tan ufano y gozoso!

Estas consideraciones eran las que principalmente atormentaban á la

desdichada Silda; y en la vehemencia de su deseo de salir cuanto

antes á ventilar el pleito de su honra delante de la vecindad,

lanzábase también á golpear la puerta, y á proferir amenazas, y á

desahogar su desesperación á voces por todos sus resquicios.

En cuanto Andrés se convenció de que no había modo de salir de allí

por la fuerza, cayó otra vez en un profundo abatimiento, que le

acobardaba hasta el extremo de taparse los oídos para no sentir la

baraúnda de afuera, y de suplicar á Silda que no le abrumara más con

el peso de sus justísimas reconvenciones. Entonces veía con perfecta

claridad lo insensato y criminal del empeño en que estaba metido, y

el alcance espantoso que en derredor de sí iba á tener su insensatez

imperdonable.

En uno de estos momentos, sentado él, con los codos sobre las

rodillas y la cabeza entre las manos, y Sotileza en medio de la sala,

con los puños sobre las caderas, la vista perdida en el cúmulo de

sus pensamientos, la boca entreabierta, la faz descolorida y el alto

pecho jadeante, dijo de pronto Andrés, alzando la hermosa cabeza:

--Silda, el que la hace, la paga; y si esto es ley hasta en asuntos

de poco más ó menos, en pleitos de la honra debe de serlo con mayor

motivo. Yo estoy manchándote ahora la buena fama...

--¿Qué quieres decirme?--preguntóle duramente Sotileza, saliendo de

sus penosas abstracciones.

--Que las manchas que caigan en tu honra por culpa mía, yo las

lavaré, como las lavan los hombres de bien.

Mordióse los labios Sotileza, y clavando sus empañados ojos en

Andrés, díjole al punto:

Sotileza · 第 20 / 27 段