--¿Te gusto, puño?--exclamó el otro, parándose esparrancado en mitad

de la salita.--¿Te paizco bien con esta empavesá? ¡Ju, ju!... ¿Ónde

está mi tío?

--Están á misa los dos... No te marches hasta que vuelvan... Quiero

que te vean así.

--Ni falta que hacen, ¡puño!... Pa que me güelvan á echar... Por tí

vene yo, Sotileza... porque te lo ofrecí; y á más á más, tengo que

decirte una cosa que me jurga mucho acá entro, ¡puño!

--Pues mira--respondió la moza en ademán resuelto,--si llegas á

hablarme de cosa que yo no te pregunte, te planto en metá de la calle

y no vuelves á entrar aquí. ¿Lo oyes bien?

--¡Puño! ¿Tamién tú?... Pero si tengo un pensar, ¿qué mal hay en

echarle juera?

--Cuando venga al caso.

--Es que agora viene, ¡puño!

--¡Te digo que no... y no seas burro!... ¡Madre de Dios! ¡qué arte de

vestirse!... ¡Ven acá, animal!

Muergo avanzó dos pasos hacia Sotileza. Ésta, después de mirarle de

arriba abajo, le deshizo el nudo mal hecho de la corbata de seda

negra; volvió á hacerle como era debido; estiró los fuelles de la

pechera de la camisa y arregló sobre ella las largas puntas colgantes

del pañuelo de _marga_ de seda. Muergo la dejaba hacer, sin atreverse

á respirar siquiera. Sentía en el pecho la impresión de aquellos

dulces manoseos, y temblaba de pies á cabeza.

--¡Qué bardal de pelos!--exclamó la moza después que acabó con la

corbata.--¿Por qué no te han esquilado un poco, arlotón? ¿No hay

siquiera un peine en todo el Cabildo de Abajo?

Y en esto le arrancó la gorra de la cabeza, y comenzó á encresparle

la melena con los dedos.

--¡Virgen María, si esto es un monte cerrao! Espera que le arregle un

poco antes de meter el peine.

Y al mismo tiempo que esto decía Sotileza, hundía las manos en la

espesura.

Muergo lanzaba de su pecho rugidos sordos, y Sotileza, lejos de

amedrentarse con ellos, tira de aquí y desbroza de allá, cuanto más

roncaba él, con mayor ansia hundía ella sus dedos en la escabrosidad.

De pronto lanzó Muergo un verdadero bramido.

--¿Te duele?--preguntó Sotileza sin cejar en su empeño.

--¡No, puño!--contestó el bárbaro bajando más la cabeza.--¡Jálame

más... más!... ¡que me gusta mucho!... ¡Más juerte, Sotileza!

¡puño!... Así, así... ¡Jala más!... ¡más entodía!... ¡Ayyy!...

Sotileza dió entonces un salto hacia atrás, porque sintió las manazas

de Muergo alrededor de su talle.

--¡Eso no!--le gritó al mismo tiempo.

--¡Eso sí, puño!--bramó el monstruo.--¡Pos qué te pensabas?...

Y avanzó hacia ella, trémulo y erizado, indómito, espantoso.

En el rincón de la salita había una vara con que tía Sidora había

sacudido la lana de su colchón unos días antes. Sotileza se abalanzó

á ella; y antes que Muergo llegara á tocarle en el pelo de la ropa,

ya tenía encima de su alma dos varazos que le arrancaron sendas

blasfemias. Muergo se detuvo allí, pero rugiente y anheloso. Sotileza

le sacudió otro par de verdascazos.

--¡Atrás!... ¡más atrás!...--le gritó al mismo tiempo fiera y

resuelta.

Muergo retrocedió tres pasos.

--¡Más atrás!--insistió Sotileza esgrimiendo la vara.--¡Allí...

contra la paré!...

Y sólo cuando Muergo arrimó á ella las espaldas, dejó Sotileza su

actitud amenazante. Muergo jadeaba, y Sotileza poco menos. Ésta

le habló entonces así, como si quisiera clavarle al muro con sus

palabras:

--Ese es tu lugar, y éste el mío. ¿Lo entiendes bien? Pues el día en

que vuelvas á equivocarte, será la última vez que yo te mire á la

cara. ¿Te conformas?

--¡Sí, puño!--respondió el otro, como bramaría una fiera acurrucada

en el rincón de la jaula.

--Toma ahora la gorra,--díjole entonces Sotileza con gran serenidad,

después de haberla alzado del suelo.

Muergo alargó la mano.

--Amáñate primero un poco los pelos,--le advirtió la resuelta moza,

sacudiendo entre tanto, muy cariñosamente, el polvo de la gorra.

Muergo obedeció sin chistar.

--Baja ahora la cabeza.

Muergo obedeció también. Entonces Sotileza, con sus propias manos, le

puso la gorra como debía ponerse.

--No la toques--le dijo después de enderezarse el otro, en cuyo pecho

se oían zumbidos, como de lejanas rompientes.--¿Estás contento?

--Pues mírame tú como otras veces--respondió Muergo.--¡Así... así!...

¡Ay, puño, que salú da eso!

Sotileza se echó á reir, y en seguida dijo:

--Cuéntame ahora lo que tenías que contarme.

Muergo, despertando con estas palabras del estupor en que le había

hundido la reciente escena, se disponía á referir á Sotileza el

encuentro que tuvo con Andrés en las inmediaciones de la Zanguina;

pero entraron en la bodega tía Sidora y su marido, que volvían de

misa, y el relato quedó sin hacerse.

--¡Alabao sea el Santísimo Nombre de Dios!--exclamó la marinera

contemplando á su sobrino.--¡En los días de su vida discurrió el

mesmo Satanás estampa como la que tienes hoy!

--¡Vaya, que paeces un gabarrón empavesao!--añadió tío Mechelín

haciéndose cruces.

Con esto y lo que le había pasado poco antes, acabósele la paciencia

á Muergo; el cual, con dos reniegos y una interjección brutal por

toda despedida, largóse de allí resuelto á no parar hasta Miranda,

en cuya ermita ondeaba, desde el amanecer, la bandera del Cabildo de

San Martín de Abajo, y clamoreaba el sonoro esquilón, recreándose en

todo ello los ojos y los oídos de los devotos mareantes que, paso á

paso, iban acercándose allá por los atajos del breve y hondo valle

intermedio.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXII

LOS DE ARRIBA Y LOS DE ABAJO

El Sardinero, en cuyas soledades se alzó en breves días un edificio,

uno solo, destinado á fonda y hospedería, había vuelto á quedarse

desierto y abandonado de todos, por obra de un lamentable suceso[3]

ocurrido en sus playas. Pasaban veranos, y solamente algún entoldado

carro del país, que servía de vehículo y de tienda de campaña á tal

cual necesitado de los tónicos vapuleos de las olas, se veía por

allí de tarde en cuando; los bailes campestres, tan afamados después

acá, andaban á la sazón á salto de romería, y ni siquiera cuajaban

en todas ellas; comenzaba á no ser de _mal tono_ entre las familias

pudientes lo que en las mismas ha llegado á vicio de veranear en la

aldea; un viaje á Madrid era empresa de tres días, y se contaban

por los dedos los santanderinos que conocían de vista la capital

de Francia; nos visitaban durante media semana los distinguidos

herpéticos de Ontaneda, ó lo menos vulgar entre los reumáticos de las

Caldas ó de Viesgo, al fin de sus temporadas, amén de unas cuantas

familias «del interior» que por inexcusable necesidad venían á

remojar sus lamparones en las playas de San Martín; y por lo tocante

á la gente menuda, que no tenía vapores al Astillero, ni trenes á

Bóo, ni tranvías urbanos, ni sociedades de baile por lo fino, ni

otras recreaciones que tanto abundan ahora; ni estaban absorbidos

los pensamientos de los unos por los arduos problemas sociales, ni

se desvelaban las otras con los cuidados de remedar en usos y atavío

á las señoras de copete, merendaba en el _Verdoso_ ó en Pronillo, ó

triscaba tan guapamente en el Reganche ó en los prados de San Roque,

con variantes de paseo en los mercados del Muelle, cuando el tiempo

no permitía lucir al aire libre los trapillos domingueros.

[3] La muerte del brigadier Buenaga, en un día de mucha resaca.

Quiero decir con todo esto y lo que me callo por no repetir lo que

bien dicho tengo en no sé cuántos libros y ocasiones, que si entre

los mareantes de acá el suceso de una regata, en los tiempos á

que voy refiriéndome, causaba todavía las apuntadas impresiones,

en la población terrestre también despertaba no poco interés,

particularmente si, como acontecía en este caso, era muy señalado

el día, y la salsilla agregada por el Municipio daba al espectáculo

cierta apariencia de _fiesta marítima_. Cada Cabildo tenía sus

partidarios en la ciudad; y en lides de aquella naturaleza, bien

recio demostraba sus inclinaciones cada partidario.

Ello fué que, aunque había romería en los prados de Miranda, y el

sol calentaba bien, á las dos de la tarde ya estaba á pie firme la

primera hilada de curiosos sobre la misma arista del Muelle, desde

el Merlón inclusive, hasta cerca de la Capitanía del Puerto. Poco

después se formó la segunda fila; y en seguida la tercera, y la

cuarta, y la quinta, siempre empujando las de atrás á las precedentes

y culebreando entre todas los muchachos, y nunca perdiendo su aplomo

la primera, ni zambulléndose en la bahía un espectador. Cómo se obra

este milagro, nadie lo sabe; pero el milagro es aquí un hecho á cada

instante.

Detrás de las cortinas tendidas sobre las barandas de los balcones,

comenzaban ya las damas á colocarse en apretados racimos, dando

la preferencia las de casa á las invitadas de fuera. En el fondo,

rostros barbudos. Después iban desapareciendo poco á poco las

cortinas, y aparecían, en su lugar, sombrillas y paraguas de todos

los imaginables colores; con lo cual, cada balcón ofrecía el aspecto

de una maceta enorme con flores colosales.

En el Muelle, entre la última fila de curiosos y las casas, buscando

agujeros ó rendijas por donde colarse, la atolondrada familia del

boticario de Villalón; explicando el intríngulis de la regata,

que jamás han visto, á sus respectivas y emperifolladas esposas,

el castizo harinero de Medina del Campo, ó el reseco magistrado

de Valladolid; risoteando con su novio, la repullada sirvienta, y

contoneándose los almibarados pollos, no tan encanijados como la

_crema_ de ahora, mientras lanzan pedazos de corazón á los balcones,

con flechas de miradas mortecinas. De tarde en cuando, cohetes al

aire desde el Círculo de Recreo y trasera de la Capitanía.

De pronto, la música de la Caridad resonando á lo lejos; después,

más cerca, y luégo más cerca todavía... hasta que los menos torpes

de oído pueden notar que viene tocando un paso doble, con bríos muy

intermitentes. Las masas se revuelven hacia la _escalerilla de los

Bolados_, á poca distancia del Merlón, y por ella bajan los músicos

imberbes; y después, de lancha en lancha, de bote en bote y como

Dios y su agilidad les dan á entender, llegan á encaramarse en el

puente de un quechemarín que tiene por bauprés una percha ensebada:

la cucaña del Ayuntamiento. Y vuelta á soplar allí los pobres

muchachos... Y más cohetes desde allí también.

Las lanchas y los botes que rodean al quechemarín y se prolongan en

ancha faja hacia el norte y hacia el sur, con otras lanchas y otros

botes que hay enfrente, llenos de gente también, forman espaciosa

calle, á uno de cuyos extremos, el de la escalerilla, están fondeadas

dos lanchas en una misma línea, paralela al Muelle; y al opuesto,

otra que tiene á proa una bandera con los colores de la matrícula de

Santander, tremolando en un corto listón de pino. Aquella bandera

será la credencial del triunfo, cuando la coja la lancha que primero

vuelva de la Peña de los Ratones, distante de ella tres millas al sur

de la bahía.

Sopla una ligera brisa del nordeste; y aprovechándola, voltejean

en el fondo de este animado y pintoresco cuadro los esquifes de

lujo con todas sus lonas y perejiles al aire. No falta el _Céfiro_,

regido diestramente por Andrés, á quien acompañan sus amigos; pero no

Tolín, que está en el balcón de su casa, muy arrimadito á la hija del

comerciante don Silverio Trigueras. Á media distancia entre la lancha

de la bandera del premio y el quechemarín de la percha ensebada,

está, en primera fila, la barquía de Mechelín con toda la gente de

la bodega y algunos agregados, los más de ellos por cuestión de

amistad, y los menos para ayudar con el remo al veterano de Arriba.

Pachuca con su saya nueva, y Sotileza hecha un espanto de buena moza,

ocupan el lugar preferente, es decir, el centro de la banda que da al

callejón despejado. Por una cruel disposición de la casualidad, la

familia de Mocejón, puerca, regañona y solitaria, está en su roñosa

barquía, dos botes más atrás que la de Mechelín.

De pronto se alza entre las gentes embarcadas y las de tierra un

rumor que apaga los tristes jipidos de la música, y aparece como una

exhalación, por el sur de la Monja y entre remolinos de espuma, una

lancha blanca con cinta roja, cargada de remeros (ocho por banda),

en pelo y con una ceñida camiseta blanca con rayas horizontales, por

todo vestido de cintura arriba. Casi al mismo tiempo, y en rumbo

contrario, aparece otra azul con faja blanca, por delante el Merlón,

á rema ligera también, y tripulada de idéntico modo. Ambas van

gobernadas al remo por el patrón respectivo, de pie sobre el panel de

popa.

Las dos se cruzan como dos centellas, enfrente de la escalerilla,

entre el alegre vocerío de los tripulantes; y se deslizan y vuelan, y

marcan sus rumbos de gaviota gallardas curvas de blanca y hervorosa

estela. Cualquiera de las dos sería capaz de escribir así con la

quilla el nombre de su Cabildo. Después, la rema es despacio:

picadas no más con la pala del remo... y vuelta á volar en seguida

para quedarse de pronto con las alas tendidas al aire, meciéndose

al blando vaivén de las aguas removidas. En estas evoluciones

parecen corceles fogosos trabajados por sus jinetes para domar sus

impaciencias antes de entrar en la arena del torneo. Y algo hay de

esto en los hermosos escarceos de las lanchas antes del regateo,

puesto que lo hacen los remeros para _ir entrando en calor_. ¡Entrar

en calor así! ¡Y con la mitad de ello tendría sobrado un forzudo

ganapán para no menearse en cuatro días!

En fin, la marea está en su punto; suena la música otra vez; bajan á

las dos lanchas de respeto inmediatas á la escalerilla, personas de

ambos pelajes, es decir, el marino y el terrestre; entran de popa en

el callejón las dos lanchas del regateo; atrácase cada una de ellas

á otra de las del jurado; sujétanlas allí sendos jueces, llamados

_señores de tierra_, mientras las tripulaciones se ponen en orden y

se aperciben á la liza; hácese la convenida señal... ¡y allá va eso!

La del Cabildo de Arriba, es decir, la blanca, va por la derecha. Á

la segunda _estropada_, está delante de la barquía de Mechelín; y

entonces, entre el crujir de estrovos y toletes, rechinar de remos

sobre las bozas, el murmullo del torbellino revuelto por las lanchas

y el gritar de los remeros, sobresale la voz de Cleto, que rema á

proa, lanzando al aire estas palabras resonantes:

--¡Por tí, Sotileza!

Y Sotileza le vió tender su fornido tronco hacia atrás, y, con la

fuerza de sus brazos, arquear el grueso remo de palma, como si fuera

un acero toledano.

Nada respondió la rozagante callealtera con los labios, porque la

emoción sentida con el lance le embargaba el uso de la lengua; y algo

hubiera dicho de muy buena gana, ya que no por Cleto solo, aunque no

dejó de estimar su cortesía, por el pedazo de honra cabildera que

en el empeño se jugaba; pero, en cambio, el viejo Mechelín, vuelto

al calor de sus entusiasmos por el fuego de aquellas cosas, agitó

la gorra dominguera en el aire, y gritó con la voz de sus mejores

tiempos:

--¡Hurra por tí, valiente... y por todos los de allá arriba!

Y las dos lanchas pasan, como si misterioso huracán las impeliera;

y rebasan en tres segundos de la bandera de honor que las saluda

flameando; y las dos estelas se confunden en una sola; y las puntas

de los remos enemigos se tocan algunas veces; y caen y se alzan las

palas de éstos sin cesar, y tan á tiempo, como si un solo brazo las

moviera; y los troncos de los remeros se doblan y se yerguen con

ritmo inalterado: de modo que hombres, remos y lancha, componen, á

los ojos deslumbrados del espectador, un solo cuerpo regido por una

sola voluntad.

Y así van alejándose, sin que el ojo más sutil pueda notar medio

palmo de ventaja en ninguna de las dos. En ocasiones tales, suele

decidir el resultado de la lucha una estratagema; algo como

zancadilla á tiempo; una atracada de sorpresa, por ejemplo, cuando

no se puede cortar el rumbo, en buena ley, á la más animosa; pero en

este caso se juega limpio y á cartas descubiertas.

Á medio camino, ya se las ve más apartadas entre sí, ganando espacio

á la derecha, porque el descenso de la marea comenzará pronto, y hay

que contar con la deriva que las apartaría del rumbo conveniente si

ahora enfilaran la peña por la proa. Dos minutos después, la simple

vista no puede apreciar la diferencia entre sus colores; y un poco

más allá, son dos bultos descoloridos, casi informes, y apenas se

distingue el aleteo de los remos sino por el centellear del sol en

los chorros de líquidos cristales que al levantarse destilan de sus

palas.

Al fin desaparece una lancha detrás del islote, y en seguida la

otra... y vuelven ambas á aparecer por el este del peñasco,

conservando la primera la misma ventaja que al ocultarse las dos.

Pero ¿cuál de ellas es la que viene delante? Muchos espectadores

dudan: los que miran con catalejos de atalaya ó con gemelos de

teatro, sostienen que la callealtera; y, según sus dictámenes, su

ventaja es tal, que tiene ya ganada la partida sólo con no aflojar en

la rema, aunque la otra redoble sus esfuerzos.

Poco á poco van tomando forma los dos bultos y aumentando los tamaños

y apreciándose movimientos y colores... Ya pueden los ojos más

inexpertos medir la distancia que separa las dos lanchas; y cuando la

callealtera está sobre el banco del Bergantín, tiene la azul á más de

cable y medio por la popa.

Ninguna de ellas ceja, sin embargo, en sus esfuerzos: en ambas se

boga con el mismo coraje que al principio. Ya que una sola haya

de vencer, que se estime por los maestros los méritos de la menos

afortunada.

La callealtera avanza como un rayo, y llega á la boca del ancho

canal; y desde allí, con los remos en banda ya, regida por su diestro

patrón, se atraca á la lancha de la bandera. Arrebátala Cleto de un

tirón, entre los hurras y el palmoteo de la gente; y sin perder su

arrancada, la vencedora llega hasta la barquía de Mechelín; y allí

Cleto, desencajado, reluciente de sudor, como todos sus camaradas,

dice con su recia voz, trémula por el entusiasmo:

--¡Tómala tú, Sotileza!... ¡pa que la claves tú mesma con las tus

manucas!

Y con aplauso de todos, compañeros y circunstantes, entrega la

bandera, que en aquel momento era la honra del Cabildo de Arriba, á

la hermosa callealtera, que la amarra con sus propias manos, como

Cleto lo pedía, al pico del tajamar de la lancha triunfadora.--Muchos

cohetes en el Círculo de Recreo y en la Capitanía, y muchos

trompetazos y cohetes también en el quechemarín.

Mientras tía Sidora y su marido, locos de alegría, abrazan á Cleto,

y también á Colo que se arrima allá para recibir los aplausos de

Pachuca entusiasmada, se alza un coro de maldiciones en la barquía de

Mocejón por la «desvergonzada» hazaña de su hijo, y llega hasta cerca

de la boca del canal, para torcer el rumbo en seguida y desaparecer

por detrás del Merlón, la lancha azul del Cabildo de Abajo.

La callealtera había recorrido seis millas en veinticinco minutos.

Cuando terminó esta primera parte de la fiesta, ya estaban sobre el

puente del quechemarín, en cueros vivos, salvo la zona cubierta por

un pintoresco taparrabo, los contendientes de la cucaña.

Muergo era uno de ellos, y andaba dado á los demonios porque acababa

de presenciar desde allí el episodio de la barquía cuando más le

estaba requemando la derrota de la lancha de su Cabildo. Pensaba

vengarse de Cleto ofreciendo á Sotileza la bandera de la cucaña.

Por verle las gentes asomar al palo, se oyó una exclamación de

asombro avanzar en oleadas desde la muchedumbre del Muelle hasta la

que circundaba al quechemarín. Parecía un bárbaro australiano, ó un

salvaje de la Polinesia.

Á los dos pasos sobre la percha, se le fueron los pies; perdió el

equilibrio, y cayó al agua dando tumbos y pernadas en el aire.

Entonces se le tuvo por algo así como un chimpanzé, derribado por una

bala desde la copa de un árbol de los bosques vírgenes del África.

Resoplando en el agua verdosa, buceando y revolviéndose en ella como

si fuera su natural elemento, un ballenato pintiparado. Á todo se

parecía menos á un hombre de raza europea. Y como él tomaba el bureo

por aplauso á sus donaires, en cada tentativa de asalto á la cucaña

hacía mayores barbaridades.

Desde las primeras, estaba Sotileza con grandes deseos de marcharse

de allí; y como á tía Sidora le pasaba lo mismo y á tío Mechelín no

le divertían gran cosa, armáronse los remos de la barquía, y fuése

ésta poquito á poco hacia la calle Alta.

El lector y yo nos apartaremos también de aquel espectáculo que,

con Muergos y sin ellos, cansa muy pronto á los más pacientes

espectadores.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXIII

LAS HEMBRAS DE MOCEJÓN

Por la noche rebosaba de parroquianos la Zanguina, y apenas cabían

los sobrantes en los arcos de afuera. Los ochavos de la cucaña se

habían partido entre los que luchaban por ellos; y así y todo, fué

necesaria una trampa, consentida por quien pudo no pasarla, para

llegar sin zambullida hasta el extremo de la percha. Muergo, que no

hallo los zapatos al retirarse, después de rascar malamente el sebo

que se le había agarrado al pellejo durante la brega y á pesar de los

remojones, se había propuesto invertir su ganancia correspondiente

en darse un regodeo de estómago y en un moquero blanco para regalar

á Sotileza. Porque aunque de pronto le costó un berrinche la pérdida

de los zapatos, considerando después que éstos de nada habían de

servirle, puesto que no se amañaba á andar con ellos, acabó por

darlos al olvido. Así es que, mientras el Cabildo entero se agitaba

en su derredor comentando á gritos el suceso de la tarde, él,

callandito y descuidado, atiborraba el cuerpo de _fritanga_ y pan

del día, con largas intermitencias de lo tinto, especialmente cuando

el diablo le amontonaba en la memoria el suceso aquél de la bandera

después de la regata; los verdascazos de por la mañana, cuando soñaba

con cosa bien distinta, y hasta su encuentro nocturno con Andrés,

cuyo relato no había podido hacer á Sotileza... ¡Andrés!... ¡Bien de

veces le vió él aquella misma tarde rondando la barquía callealtera

con su bote! ¡Y qué ojos echaba el tunante á algo de lo que había en

ella! Para matar este gusanillo, latigazo doble; y así iba capeando

el temporal tan guapamente.

En un grupo de los de afuera departía el padre Apolinar, muy

sulfurado.

Tomando lenguas de unos y de otros, había llegado á saber que su

panegírico de los Santos Mártires de Calahorra no había gustado cosa

mayor al Cabildo, y hasta que, en opinión de algún escrupuloso, el

sermón _no valía_.

Esta indignidad traía desconcertado al santo varón.

--¡Cuerno con los doctores de sueste!--exclamaba el fraile.--Pues ¿á

qué estarán acostumbrados, jinojo?

--Tocante á eso, pae Polinar--le respondió un patrón de lancha, muy

mesurado en el decir,--y sin ofensa de naide, solamente dende el

año cuarenta y nueve en que nusotros solos hicimos esa capilla, por

habérsenos echao de la Puntida pa labrar allí esas casonas que hay

ahora; solamente dende esos tiempos, sin contar los de atrás, se han

dicho cosas de primera, motivao á los Santos Mártiles, por hombres de

mucha palabra y fino saber... la verdá por avante, pae Polinar, sin

agravio de nenguno.

--¡Cosas de primera! ¡cosas de primera, jinojo!... ¡Vaya unas cosas!

Punto más, tilde menos, siempre las mismas. Que los cortaron la

cabeza en Calahorra, que los verdugos las echaron al Ebro... y mucho

de ¡oh! por aquí, ¡ah! por el otro lado... y chanfaina al último,

¡jinojo!... Chanfaina y no más que chanfaina. ¿Sabías tú lo del barco

de piedra?

--¿Quién será capaz de no saberlo aquí, pae Polinar?

--Claro, hombre, claro. Pero ¿como yo lo conté?... ¿Cómo venía

el barco?... ¿qué rumbos tomaba?... ¿qué tiempos y qué mares le

combatían?... ¿cómo abocó á este puerto?... ¿por qué no abocó á otros

antes?... ¿Os han contado algo de ello nunca esos picos de oro, con

traza y con arte? ¿lo sabían, por si acaso, como lo sé yo?... ¿Sabía

el Cabildo mismo aquello de la peña de los Mártires... la Horadada,

que llaman otros?

--Algo se sabía de eso, pae Polinar.

Sotileza · 第 19 / 27 段