los dos á verse con él en su casa, sin falta ninguna, al anochecer.
Ya ellos saben por qué no puede venir acá él mismo. Con que ¿se lo
dirás así en cuanto los veas, guapa moza?
--Se lo diré,--respondió la aludida, sin dejar de coser.
--¡Bendito sea Dios--dijo tía Ramona por despedida,--qué repolluda y
qué maja te hizo su Devina Majestá, y qué agradecía debes estarle!
Y salió arrastrando sus chancletas, mientras Pachuca, mirando á
Sotileza, se reía de las exclamaciones del ama del fraile, bien
conocida en aquel barrio.
Sotileza, tan pronto como Pachuca la dejó sola y sin la obligación de
hablar, aunque fuera poco, empleó todas las fuerzas de su discurso
en adivinar la razón del recado traído por el ama del fraile. Nunca
había pretendido éste cosa semejante; y, desde algún tiempo atrás,
le estaban pasando á ella cosas bien desusadas.
Corrieron las horas, y el matrimonio de la bodega, vestido de media
gala, porque, al cabo, tenía que atravesar una parte de las más
concurridas de la población, y carcomido por la curiosidad más
devoradora, acudió á la cita del padre Apolinar.
Cleto, á la escasa luz del crepúsculo, los vió salir á la calle,
desde la taberna de tío Sevilla donde estaba sentado, con las manos
en los bolsillos, las espaldas mal embutidas entre el mostrador y la
pared, y la cara á medio zambullir en la pechera de su elástico. No
había pegado los ojos en toda la noche última, y había vuelto de la
mar sin acordarse de lo que le había ocurrido en ella. Pae Polinar no
hacía nada por él, y Andrés le cerraba todas las puertas. No tenía
más remedio, para abrirlas, que valerse de su propio esfuerzo. Estaba
dispuesto á hacerle como Dios y sus ahogos le dieran á entender, y en
esto pensaba cuando vió á los viejos de la bodega salir á la calle
juntos.
Alzóse súbitamente de su banco; esperó á que aquéllos doblaran la
esquina de la cuesta del Hospital; miró después al balcón de su casa
y á lo ancho y á lo largo de la calle; y, viéndolo todo libre del
enemigo que le espantaba en la empresa que iba á acometer, llegó en
dos zancadas al portal, y se coló resuelto en la bodega.
Sotileza continuaba cosiendo la saya de Pachuca á la luz del candil
que acababa de colgar en la pared. Por verse Cleto delante de ella,
palpó la dificultad con que ya contaba él, no obstante la firmeza de
su resolución. ¡La palabra, la condenada palabra, que se le negaba
siempre que más falta le hacía!
--Pasaba--balbució, temblando de cortedad,--pasaba... por ahí
delante... y pasando así, dije: «voy á entrar un rato en la bodega;»
y por eso entré... ¡Paño! ¡güena saya coses!... ¿Es pa tí, Sotileza?
Sotileza le dijo que no; y, por cortesía, mandóle que se sentara.
Sentóse Cleto muy separado de ella; y mirándola, mirándola en
silencio largo rato, como si tratara de emborracharse por los ojos
para romper así las trabas de su lengua, acertó á decir:
--Sotileza: una vez me pegastes un botón... allí ajuera... ¿te
alcuerdas?
Sotileza se sonrió un poco sin levantar la vista de su labor, y
respondió á Cleto:
--¡Pues mira que ya ha llovido de entonces acá!
--Pos pa mí--dijo Cleto más animado,--aticuenta que jué ayer.
--Bueno--repuso Sotileza,--¿y qué hay con eso?
--Pos con eso hay--continuó Cleto,--que dimpués de aquel botón, que
era de asa, y entodía le tengo en estos otros calzones... ¡míale
aquí!... Dimpués de aquel botón, juí entrando, entrando en esta
casa... porque no se pué parar en la mía, Sotileza. Bien lo sabes tú,
¡paño! ¡Aquello no es casa, ni aquéllas son mujeres, ni aquel hombre
es hombre! Pos güeno: yo no sabía de cosa mejor que ello... y por
no saberlo, una vez te pegué una patá... ¿te alcuerdas? ¡Paño! ¡Si
vieras lo que ese golpe me ha dolío á mí dimpués acá!...
Sotileza, comenzando á asombrarse de aquello que oía, porque nunca
cosa igual ni parecida había oído de tales labios, clavó los ojos en
los de Cleto; con lo cual cortó, no solamente la palabra, sino hasta
la respiración del pobre mozo. En seguida le dijo:
--Pero ¿por qué me cuentas ahora esas cosas?
--Porque hay que contalas, Sotileza--atrevióse Cleto á
responder;--por eso mesmo, y porque naide ha querío venir á
contátelas por mí... ¡paño! Me paece que en ello no ofendo á naide...
Porque verás tú, Sotileza; verás tú lo que me pasa. De plonto no caía
yo en la cuenta de ello, y me dejaba hinchar, hinchar de aquellas
marejás que iba embarcando según entraba yo aquí; y tú, crece que te
crece... ¡Paño, qué arbolaúra ibas echando de día en día, Sotileza!
Yo no ofendía á nenguno con mirar eso... me paece á mí; ni tampoco
por alegrar la entraña con el recreo de esta bodega, una vez que
otra. Arriba, ná de ello: mucha negrura... la honra de las gentes
por el balcón abajo; sin ley unos á otros... ¡Paño, esto hace mala
sangre... aunque uno la tenga de azúcara!... Y por eso te dí aquella
patá, Sotileza; que si no, no te la diera; y lo sé, porque si aquí se
me dice: «Cleto, échate de cabeza por el Paredón,» por el Paredón me
echo, Sotileza, si con ello te das por bien servía, aunque otra cosa
no me valga que el despeñarme... Pos güeno: de estos sentires, ná
sabía endenantes, Sotileza; aprendílos aquí, sin preguntar por ellos
y sin agravio de naide... Ya ves tú, no jué culpa mía... Me gustaban,
¡paño! me gustaban mucho, me sabían á las puras mieles; ¡como que
nunca me había visto en otra, Sotileza!... Y me hartaba, me hartaba
de ellos... hasta que no me cogieron en el arca... Y dimpués, tumba
de acá, tumba de allá, á modo de maretazos por aentro; poco dormir y
un ñudo en el pasapán... Mira, Sotileza: pensaba yo que no había mal
como las pesaúmbres de mi casa... Pus mejor dormía con ellas que con
estos sentires de acá abajo... ¡Pa que lo veas, paño! Me paece que
tampoco en esto ofendía yo á naide, ¿verdá, Sotileza?... Porque al
mesmo tiempo que esto me pasaba, mejor y mejor vos iba quisiendo ca
día, y con más respeto te miraba á tí, y más deseos me entraban de
verte la voluntá en los ojos, pa servírtela sin que me lo mandaras
con la lengua.
¡Y anda, anda así, meses y meses, y un año y otro, con el ajogo en el
arca y sin saber cómo salir á flote! Porque, ya ves tú, Sotileza: una
cosa es el sentir del hombre, y otra el relatarle, sin palabra, como
yo. Dimpués, lo que tú eres... lo que yo soy: ¡la mesma barreúra,
acomparao contigo!... Pero no podía más, Sotileza, y acudí á hombres
que lo entienden, pa que hablaran por mí; pero como á ellos no les
dolía, ¡paño! me dieron con la puerta en los bocicos. ¡Mira tú qué
falta de caridá! Porque en esto tampoco había mal pa naide, ni se
injuriaba á denguno... ¿Te haces tú bien el cargo, Sotileza, de esto
que te digo?... Pus porque naide ha querío decírtelo de mi parte,
vengo á decírtelo yo, ¡paño!
Sotileza, para quien no era una noticia el amoroso sentir de Cleto,
que bien claro se le tenía leído ella, no se asombró de este
descosido relato, por lo que descubría; pero sí del inesperado
atrevimiento del relatante. Miró á éste muy serena, y le dijo:
--Verdá es que no hay agravio en todo lo que me cuentas, Cleto; pero
¿á santo de qué me lo cuentas ahora?
--¡Paño!--respondió Cleto muy admirado,--pus ¿á santo de qué se
cuentan siempre esas cosas? Pa que se sepan.
--Pues ya las sé, Cleto, ya las sé.
--¡Que las sabes!... ¡Podías no! Pero no es bastante eso, Sotileza.
--¿Y qué más quieres?
--¡Que qué más quiero! ¡Paño!... quiero ser un hombre como tantos
que conozco yo; quiero buscame otra vida que la que traigo, con esta
luz que tú mesma me has encendío acá adrento; quiero vivir como se
vive en esta bodega; quiero trabajar pa tí, y ser limpio, y curioso,
y bien hablao, como tú; quiero barrete el suelo por onde vaigas, y,
cuando me las pidas, traerte hasta las serenitas del mar, que naide
ha visto. ¿Te paece poco, Sotileza?
Cleto estaba en este momento verdaderamente transfigurado, y Sotileza
admirada de ello.
--Nunca te ví tan animoso como ahora, Cleto--le dijo,--ni de tanta
palabra.
--Es que reventó la ola, Sotileza--respondió Cleto más enardecido,--y
yo mesmo creo que no soy lo que antes era. ¡Hasta por tonto me tuve!
y ¡paño! ahora juro que no lo soy con esto que siento acá y me hace
hablar á la fuerza... Y si este milagro es tuyo sin empeñarte en
ello, ¿qué milagros no harías conmigo cuando te empeñaras? Mira,
Sotileza, yo no tengo vicios; soy arrimao al trabajo; no sé querer
mal á naide; estoy hecho á poco; no conocí, en lo mejor de la vida,
más que tristezas y pesaúmbres... viendo aquí cosa muy diferente, ya
sabes cómo la estimo y quién tiene la culpa de ello; en esta casa
hace falta un hombre... ¿te vas enterando, Sotileza?
Sotileza se enteraba demasiado; y por eso respondió á Cleto, con
cierta sequedad:
--Sí; pero ¿qué adelantas con que me entere?
--¿Otra vez, paño!--dijo Cleto exasperado.--¿Ó es eso darme el _no_
con cortesía?
--Mira, Cleto--respondió friamente Sotileza,--yo no tengo obligación
de responder á todas las preguntas que se me hagan sobre esos
particulares: por eso vivo metida en casa sin tirar de la lengua á
naide. Yo no te quiero mal, y sé muy bien lo que vales; pero tengo
acá mi modo de sentir, y quiero guardarle por ahora.
--Lo dicho, Sotileza--exclamó Cleto desalentado:--eso es un barreno
pa que me vaiga á pique.
--No es tanto como eso--replicó Sotileza.--Pero ponte en un caso,
Cleto: si en lugar del _no_ que temes, te diera el _sí_ que vas
buscando, ¿qué adelantarías con ello? Si pa entrar en esta casa, no
más que por pasar el rato, tienes que esconderte de las gentes de la
tuya, ¿qué sería sucediendo lo que tú quieres?
--¡Justo!... ¡lo mesmo que me dijeron los otros!... ¡Paño! ¡Eso no
está en ley!... ¡Yo no escogí la familia que tengo!...
--Pero ¿quién te dijo lo mesmo que yo, Cleto?--preguntó Sotileza, sin
reparar en las exclamaciones del pobre mozo.
--Pae Polinar, en primeramente.
--¡Pae Polinar!... ¿Y quién más?
--Don Andrés.
--¿Á esa persona le fuiste con el cuento, animal!... ¿Y qué te dijo?
--Las mil indinidaes, Sotileza... ¡Muerto me dejó!
--¿Lo ves!... Y ¿cuándo fué ello?
--Ayer por la tarde...
--¡Bien merecido lo tienes! ¿Á qué vas tú á naide con esas coplas?
--¡Paño, ya te lo dije! Me ajuegaba el hipo... Faltábame arrojo pa
hablarte de ello, y buscaba gentes que lo hacieran por mí... ¡No las
buscara hoy, paño, ya que he roto á hablar!... Pero no es éste el
caso, Sotileza.
--¿Cuál es si no?
--Que porque _arriba_ sean malos, lleve yo las triscas.
--Yo no te las doy, Cleto.
--Harto me las das, ¡paño! si me cierras la puerta por los de mi casa.
--No fuí tan allá siquiera, Cleto. ¡No querías correr poco! Te puse
en un caso. ¿Lo entiendes ahora?
--Témome que sí, ¡por vida de mi suerte!... ¡Pero dímelo claro, que á
eso vine aquí!... No te encoja el miedo, Sotileza...
--¡No me hagas hablar!...
--¡Pior es que lo calles, mira... pa según yo estoy! Vamos,
Sotileza... ¿te paezco poco?... Pos dí cómo me quieres: yo allegaré á
serlo, por caro que cueste. ¿Vale más otro, por si acaso? Yo seré más
que él si tú te empeñas...
--¡Vaya que es porfía, hombre!
--¡Si me va la vida en ello, Sotileza!... ¿Pus me arriesgara si no,
paño!... Mira, too es tener un poco de terneza en la entraña, y
dimpués el caso va de por sí solo... Tú me dirás: «por aquí se ha
de ir;» y por allí me iré tan contento... Poco te estorbaré: con un
rinconuco me basta, en lo más apartao... ¡Pior que el que tengo yo
ahora!... Comeré lo que tú dejes de lo que yo te gane pa que vivas
á la sombra... ¡Si yo vivo de ná, Sotileza! Mira, lo mesmo que Dios
está en los cielos, lo que á mí me engorda es un poco de ley, una
miajuca de caridá y algo de alegría al reguedor... ¡Paño, qué gusto
dará eso!... Con que, ya ves tú lo que pido... No es pa ofendese
naide, ¿verdá?... Porque no se piden los imposibles.
Sotileza acabó por sonreir oyendo al pobre muchacho. Éste insistió
en vano para arrancarla una respuesta terminante. La porfía volvió á
incomodarla; y Cleto, desasosegado y fosco, llegó á hablar así:
--Pos dime siquiera que esto que te cuento no te da más oirlo en boca
de otro.
--Y á tí ¿qué te importa, animal?--saltó aquí Sotileza con un dejillo
rasgado é iracundo, que heló la sangre en las venas de Cleto.--¿Quién
eres tú pa pedirme esas cuentas?
--¡Naide, Sotileza, naide! la basura mesma... ¡y ni siquiera
tanto!--clamó el pobre mozo, conociendo la torpeza que había
cometido.--Me cegó la pena, y hablé sin pensalo. Mira, no jué más...
por éstas lo juro.
--Déjame ya en paz.
--¡Pero no me cojas tirria!
--Quítate delante, que harto te aguanté.
--¡Paño, qué mala suerte! ¿No me lo perdonas?
--Si no te largas, no.
--Pos ya estoy andando.
Y así salió aquella vez Cleto de la bodega, mustio y pesaroso, cuando
creyó haber estado á medio jeme de salir triunfante y coronado.
[Ilustración]
[Ilustración]
XXI
VARIOS ASUNTOS Y MUERGO DE GALA
Injuriar fuera la perspicacia del lector, por roma que la supongamos
(y no supondré yo tal cosa), declararle aquí, en son de noticia
importante, que pae Polinar llamó á su casa al matrimonio de la
bodega de la calle Alta para hablarle del asunto que le había
encomendado Cleto. El pobre fraile, con el trabajo que le daba el
sermón que traía entre cejas, y el miedo que le infundían las hembras
de casa de Mocejón, tomó aquel partido para perder menos tiempo y no
verse en un trance que tan de lumbre temía.
Cumplió su cometido con poco entusiasmo, y hasta con la advertencia
de que él ni entraba ni salía, y la condición de que, si el asunto
cuajaba, no supieran ni las moscas del aire que su lengua se había
movido ni para aquello poco que decía por servir al obcecado
muchacho.
--Cleto es buena persona--dijo al último.--Tendría bien por un lado
para ayudar á la casa. No daría guerra en ella; pero la darían
otros, sólo por verle allí tan en paz... Ya sabéis de quién hablo.
¿Te acuerdas, Miguel? ¿Te acuerdas, Sidora?... ¡Qué gente, cuerno!
¡qué gente!... Por otra parte, aunque la muchacha es guapa y honrada
de veras, y por ello sólo merece un marqués, como los marqueses no
buscan marineras para casarse con ellas, Silda, más tarde ó más
temprano, tendrá que apechugar con un callealtero del oficio; y este
callealtero, greña y palote más ó menos, allá se irá en pelaje y en
literaturas con el hijo de Mocejón después de limpio y trasquilado.
¿Entendéis lo que digo?... Pues en conociendo la voluntad de la
interesada, pésense allá en familia las verdes con las maduras de
este particular... y al cuerno, hijos; que yo ni entro ni salgo... ¡y
Dios me librara de ello, jinojo!
Las mismas verdes y las propias maduras que el padre Apolinar veían
en el asunto tía Sidora y su marido, con la única diferencia de que
la primera para todo lo malo hallaba un remedio; y al segundo, hasta
lo mejor llegaba á parecerle muy malo en cuanto se metía á comparar
el oro bruñido de Sotileza con el cobre roñoso del hombre que la
pretendía. Verdad que para tío Mechelín no había nacido galán en el
mundo, ni nacería tan pronto, que en buena justicia la mereciera.
Sotileza había comprendido, por todo lo que le dijo Cleto, después
del recado que le dió la criada del padre Apolinar, que en casa de
éste se había tratado el mismo punto que acababa de ventilarse en la
bodega. De modo que, á media palabra que la dijo tía Sidora después
de convenir con su marido en que era hasta deber de conciencia
consultar, sin perder un instante, la voluntad de la interesada, le
salió ésta al encuentro para referir lo que le había sucedido con
Cleto.
--Mejor pa nusotros--dijo tía Sidora,--que un trabajo nos quitas con
saberlo ya.
--¡Uva!--confirmó tío Mechelín, golpeando el suelo maquinalmente con
uno de sus pies.
Silda callaba y cosía. Tía Sidora añadió, después de un ratito de
silencio:
--Con que tú dirás, hijuca.
--¿Qué quiere usté que diga?
--Lo que te paezca sobre el caso.
--Por sabido se calla.
--Poco decir es.
--Y la metá sobra.
--Quisiera yo, hijuca, que te pusieras en los casos... Hoy ná te
falta, gracias á Dios; pero mañana ó el otro... ya ves tú... semos
mortales, y viejos además, y con poca salú... has de verte sola...
¡y puede que muy luégo!... La casta es mala... ¡mala!... no puede ser
peor; pero él es un venturao, noble como el pan... Con una miaja de
aseo y bien vestido, campará mucho, porque es buen mozo de por sí...
No te le empondero tanto pa metértele por los ojos, sino porque éste
es caso de que se pongan las cosas en su punto, pa que al resolver no
te engañes.
--¡Uva!--dijo Mechelín cambiando de pie para golpear el suelo.
Como Sotileza no daba lumbres, tía Sidora, algo picada por ello,
añadió en seguida:
--¡Pero, hijuca, respóndenos algo, por el amor de Dios, pa que uno
sepa los tus sentimientos!... Si temes engañarte por tí mesma,
¿quieres que pidamos consejo, pinto el caso, á don Andrés?
--¡Ni se lo mienten siquiera!--saltó la moza inmediatamente.--No hace
falta ese consejo, ni el de naide tampoco; que bien sé yo lo que me
conviene.
--Pos eso queremos saber, hijuca: lo que te conviene á tí á la hora
presente.
--¡Uva!
--Me conviene que me dejen en paz sobre esos particulares; que no
me hablen más de ellos, porque no me hace falta, porque ca uno se
entiende, y lengua me sobra pa decir «esto quiero» cuando sea de
menester. Así estoy á gusto... y Dios dirá mañana. ¿Me entienden
ahora?
Y así quedó, por entonces, aquel asunto.
Con bastante más calor se ventilaba otro bien distinto en todas las
tertulias y cocinas de la calle, desde la noche anterior. Este asunto
era el del regateo propuesto por el Cabildo de Abajo, y aceptado
por aclamación _á claustro pleno_ en la taberna del tío Sevilla.
En aquellos tiempos, todavía los mareantes santanderinos no habían
pensado siquiera en meterse en otras aventuras que las del oficio; y
un empeño de tal naturaleza removía en ambos Cabildos el entusiasmo
de la gente moza, y calentaba la sangre en los entumecidos cuerpos
de los veteranos. Porque no se trataba de un lance particular
entre dos lanchas rivales, sino de un suceso que revestía toda la
solemnidad de los grandes conflictos entre dos pueblos limítrofes.
No eran unos cuantos remeros del Cabildo de Abajo que desafiaban á
otros tantos del Cabildo de Arriba, ni se trataba tampoco de ganar,
en concurso libre, un premio ofrecido por un particular ó por el
Ayuntamiento; lances en que caben amaños para repartir la ganga
entre los competidores, y apenas se resiente el amor propio; esto
era muy distinto: era un Cabildo en masa desafiando al otro Cabildo,
nada menos que para el día de los santos patronos del retador,
patronos, á la vez, del Obispado, fiesta solemnísima en Santander;
á la pleamar de la tarde, cosa de las tres y media; con el Muelle
atestado de curiosos; y se regateaba una onza, sacada de la entraña
misma del tesoro de los contendientes; y los mareantes de Abajo eran
vanidosos porque eran muchos, comparados con los de Arriba... En fin,
que particularmente para éstos, el suceso venía á ser una verdadera
cuestión internacional; y por tanto, no es de extrañar que anduvieran
interesados en ella hasta los gatos y los perros de la calle Alta.
Con este motivo, la bodega de tío Mechelín se vió por las noches
más concurrida que de ordinario; pues como no le gustaba ni le
sentaba bien salir á la taberna, donde se hablaba mucho del caso,
los camaradas que le querían de veras, y no eran pocos, iban de vez
en cuando á remozarle los ánimos con los dichos de la taberna, ó á
pedirle su autorizado parecer, siempre que se necesitaba.
Todo esto contrariaba grandemente á Andrés, porque le alejaba de
aquellos sitios en la ocasión en que más sentía la necesidad de
frecuentarlos hasta conseguir siquiera un cuarto de hora de libertad
para advertir á Silda, tan celosa de su honra cuando se trataba de
él, lo expuesta que la tenía en boca del salvaje Muergo. En esto no
faltaba á la palabra empeñada, porque cuando la empeñó, no contaba
con lo que oyó después á aquel animal. Y aunque en opinión de Silda
faltara, ¿qué? Si le estaba engañando, tonto fuera él en guardarla
tan inmerecidas consideraciones: si Muergo mentía, hasta deber de
conciencia era advertírselo á ella. Pero aquel ir y venir de gentes
extrañas, con lo que ya se había dicho de él por sus visitas á la
bodega... y la actitud de su padre, tan distinta de la de otras
veces; lo que le advertía, lo que le vigilaba... las amenazas de
Luisa, que podían cumplirse á la hora menos pensada... y entre tantas
contrariedades, espoleado á la vez por los ímpetus de su carácter
impaciente y fogoso, discurría las cosas más absurdas, y llegaba á
veces con sus proyectos á las lejanías más peligrosas. Y era lo peor
que ni siquiera se asombraba de ello. Todo le parecía bien, á trueque
de salirse con la suya. Ya se sabía: pensamientos apretados en la
mollera de Andrés, resolución descabellada.
En cambio, Cleto se congratulaba, á su modo, de aquel inusitado
crecimiento de tertulianos en la bodega, porque así pasaba él más
inadvertido en ella. Entraba como uno de tantos, y Sotileza no tenía
pretexto siquiera para tacharle de porfiado. Observar sin que le
observaran; ver sin ser visto, como quien dice. Esto se lograba allí
á la sazón, y esto le convenía desde que pae Polinar le había dicho
que tenía de su parte la voluntad de los dos viejos. ¡Qué bien le
supo la noticia! Con lo que él le había dicho á Sotileza y lo que
ellos la añadirían, su negocio podía llegar á arreglarse á la hora
menos pensada. Entre tanto, mucho ojo y mucha prudencia. Y así se
conducía, con el pechazo repleto de esperanzas.
Muergo volvió á la bodega dos noches después de aquél su altercado
con Andrés. Con el clavo que este lance le dejó adentro, la cuestión
pendiente entre ambos Cabildos y media _juma_ de aguardiente que
llevaba, armó en la tertulia un alboroto, y su tío le prohibió
volver á poner allí los pies mientras duraran aquellas excepcionales
circunstancias, por obra de las cuales andaban los ánimos muy
vidriosos en uno y otro Cabildo.
El de Arriba preguntó al de Abajo, que era el retador, hasta dónde
quería el regateo, y desde dónde: él á todo se allanaba.
Respondió el de Abajo que hasta la Peña de los Ratones, desde la
escalerilla de _los Bolados_, según costumbre.
En aquel mismo día comenzaron los preparativos Arriba y Abajo. Por
de pronto, rasca que rasca los pantoques y branques de las lanchas,
hasta dejarlos más lisos que la misma seda; y después, afirma bancos,
bozas y toletes; y luégo carena por lo fino, hasta que no pase una
gota de agua; y venga alquitrán que cubra y no pese; y pinta los
costados, y dale, por último, sebo á los pantoques, ó jabón, si se
teme que el sebo se agarre demasiado.
La lancha de Arriba se pintó de blanco con cinta roja; la de
Abajo, de azul con cinta blanca. Cleto y Colo formaban parte de
la tripulación escogida para la primera; Cole y Guarín de la de
la segunda. Muergo se quedó sin plaza, porque no era de fiar en
lance tan delicado; no por falta de empuje, sino por su brutal
informalidad. Sintió á su modo el desaire; pero se consoló pensando
en que ese día estrenaba vestido, con zapatos y todo, y con el
propósito de dar un tiento al palo ensebado, después del regateo.
Y así fué llegando el 30 de agosto, con regocijo de tantas gentes,
y trasudores del padre Apolinar, que apenas pegó los ojos en toda
la última semana, empeñado en meter en la memoria todo lo que había
borrajeado durante tres meses bien cumplidos.
Al amanecer, ya estaba Muergo en la rampa Larga refregándose la
cabezona y las patazas con el agua del mar. Después, dejando que
éstas se fueran secando por sí solas, mientras iba de vuelta á su
casa para ponerse el vestido nuevo, pasábase el gorro por la cara y
se peinaba la greña con los dedos.
Una hora más tarde, cumpliendo regocijadísimo los deseos y el encargo
de Sotileza, subía hacia la calle Alta, reventando en su atavío
flamante y resbalándose á cada paso en las aceras, porque no se
amañaba con aquellos zapatos de suela algo convexa y muy bruñida, que
acababa de estrenar.
Increíble parecía á los que le miraban, el relieve que adquiría su
fealdad envuelta en paño fino y en camisa limpia. ¡Qué relucir de
pellejo! ¡qué caer de melena por debajo de la ancha gorra con borla
de cordoncillo! ¡qué arqueo de brazos! ¡qué sonreir de gusto!... ¡y
qué _andares_ aquéllos!
Sotileza se santiguó tres veces en cuanto le tuvo delante, y juntó
después las manos y abrió mucho los ojos, como si se asombrara de que
pudieran llegar á tal extremo las humoradas de la naturaleza.
--Aguántate así, Muergo--le dijo entusiasmada.--Deja que te arrepare
un poco desde lejos. ¡Bendito sea el Señor!